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«El diácono tiene la misión de recordarnos el misterio de Dios humilde» – Ordenaciones diaconales en Roma

Ordenaciones Diaconales 2017El día de hoy, 13 de mayo, el Cardenal Angelo Comastri, Arcipreste de la Basílica de San Pedro en la Ciudad del Vaticano y Vicario General de Su Santidad para la Ciudad del Vaticano, ordenó diáconos a siete seminaristas diocesanos del Pontificio Colegio Internacional Maria Mater Ecclesiae (PCIMME) y a seis legionarios de Cristo en el altar de la Cátedra de San Pedro en la Basílica Vaticana.

La celebración, enmarcada en el XXV Aniversario del PCIMME, contó«El diácono tiene la misión de recordarnos el misterio de Dios humilde» con la participación de un gran número de sacerdotes legionarios y algunos sacerdotes diocesanos y religiosos, los seminaristas del PCIMME, los legionarios de las comunidades de Roma, las consagradas del Regnum Christi y los laicos consagrados que viven en Roma, así como familiares y amigos de los nuevos diáconos y algunos miembros del Regnum Christi de Italia.

Los nuevos diáconos son: de la diócesis de Neyyanttinkara, India, los padres Bruno Xavier y Lijo Francis Saji Pushpam; de la arquidiócesis de Trivandrum, India, los padres Davidson Jestus y Manish Peter; de la Obra María Madre y Reina de la Unidad, Ecuador, el padre Eddy Alejandro de la Torre Hurtado; de la arquidiócesis de Abuja, Nigeria, el padre Peter Ehinomhen Okojie; de la diócesis de Sonsón-Rionegro, Colombia, el padre Sebastián Toro Toro; de la Congregación de los Legionarios de Cristo, los padres Michael James Baggot  (Estados Unidos), José Rigoberto Cano (México), Sadrac Salvador Hernández (México), Marcos Gerardo Salazar Márquez (México), Rodrigo Martínez Murillo (México), y Luis Gustavo D’Suze Santos (Venezuela).

«Agradecemos a Dios el don de estos nuevos diáconos para su Iglesia. El Señor, que guía nuestros pasos y nuestra historia, conoce bien el significado de esta celebración, en la cual recordamos los esfuerzos, el trabajo, los sacrificios y la generosidad de estos nuevos diáconos y de sus formadores y compañeros», comentó el padre Óscar Turrión, rector del Pontificio Colegio Internacional Maria Mater Ecclasiae.

«El diácono tiene la misión de recordarnos el misterio de Dios humilde»La fotogalería de las ordenaciones diaconales se puede ver aquí

A continuación transcribimos la traducción al español de la homilía que pronunció el Card. Angelo Comastri.

El Evangelista Juan, al final de su admirable prólogo, afirma algo que a primera vista parece impresionante, pero es verdad. Juan dice: «A Dios nadie lo ha visto jamás» (Jn 1,18). Y es verdad. Podemos ver las huellas de Dios, los efectos de la presencia de Dios, pero no podemos ver el rostro de Dios.

Hay un salmo, el salmo 18, que dice: «El cielo proclama la gloria de Dios y el firmamento anuncia la obra de sus manos». Justamente un gran científico, Isaac Newton, decía que bastaba mirar el cielo lleno de estrellas para quedar encantado frente al universo. Se necesita ser ciegos para no reconocer al autor, se necesita ser ingenuos para no adorarlo. Se ven los efectos, pero no se ve el rostro de Dios. Carlo Linneo, un gran botánico, tal vez el más grande botánico de todos los tiempos, decía: «Cuando estudio las flores veo la firma de Dios y casi entreveo el paso de Dios». Pero Dios no se ve.

Juan decía: «Nadie ha visto jamás a Dios; el que lo ha revelado es el Hijo único, que está en el seno del Padre». Él nos ha contado acerca de Dios. Él nos ha revelado a Dios. Jesús, y este es el corazón de nuestra fe, es el Hijo de Dios que se ha hecho hombre, asumió nuestra humanidad para contarnos, con su humanidad, el misterio de Dios, hacérnoslo ver.

«El diácono tiene la misión de recordarnos el misterio de Dios humilde»Queridos hermanos y hermanas, Jesús nos ha revelado una característica de Dios que ninguno podía imaginar, nos ha hecho conocer una característica de Dios que ninguna religión podía pensar en absoluto. Jesús nos ha revelado que Dios es humilde. Es impresionante esta característica de Dios.

Ya Isaías, en el Antiguo Testamento, nos refiere una pregunta, un interrogante de Dios que es este: «¿Hacia quién volveré la mirada?» (Is 66,2) Y Dios responde: «Sobre el humilde» (Is 66,2). Evidentemente porque Dios y el humilde se atraen connaturalmente. La vida de Jesús es toda una revelación de la humildad de Dios. La humildad que hace parte del amor. Es una característica irrenunciable del amor.

En Belén lo vemos lleno de humildad. Los ángeles dicen a los pastores que vayan a Belén: «Y esto les servirá de señal: encontrarán a un niño recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre» (Lc 2,12) Este es el trono en el cual Dios se ha presentado en el mundo, porque Dios es humilde.

En la última cena, además, Jesús comenzó a lavar los pies a los discípulos. Pedro mismo no está preparado frente a este gesto y reacciona diciéndole a Jesús: «¡Tú jamás me lavarás los pies a mí!» (Jn 13,8) Es decir, no te acepto en esta humildad. Pero Jesús le responde: Pedro, «si yo no te lavo, entre tú y yo se abre un abismo» (cf. Jn 13,8). Es decir, si no aceptas esta característica de Dios, que es irrenunciable, tú no entiendes nada de Dios. Pedro probó dificultad, pero logró acoger el misterio de Dios humilde.

«El diácono tiene la misión de recordarnos el misterio de Dios humilde»Queridos diáconos, tenéis la tarea de recordarnos esta característica de Dios. Todos somos tentados, el orgullo está siempre a la puerta. El diaconado tiene esta maravillosa misión: recordarnos que Dios es humilde, recordarnos que Jesús vino a servir y a dar la vida. ¡Qué importante es esta misión! Y el diaconado es la base de todo el sacerdocio. Y es una característica que debe permanecer siempre en todas las manifestaciones de vuestra vida.

Los santos comprenden esto maravillosamente. Pensad que san Agustín, en el libro VI de sus confesiones llegó a escribir que experimentaba dificultad para encontrar a Jesús porque no lo buscaba de humilde a humilde. Y Agustín dijo también que los demonios nacieron a causa del orgullo. Dios creó buenos a todos, también los demonios fueron creados como seres buenos, eran ángeles. El orgullo los ha transformado en demonios.

Pensad en san Francisco que dijo, en su elogio de las virtudes, que en toda la tierra no se podría encontrar a una persona que tuviera una sola virtud si no tiene primero la humildad. Y mientras rezaba en silencio llegó a hacer esta exclamación, se dirigió a Dios y le dijo: «Tu eres humildad».

Queridos futuros diáconos, vosotros tenéis una gran tarea en la Iglesia. Una tarea que debéis desempeñar siempre de manera viva y fuerte: recordarnos esta característica de Dios para que también nosotros podamos seguir siempre este camino, porque es el camino en el cual podemos encontrar a Dios y manifestar a Dios con nuestra vida.


LOS NUEVOS DIÁCONOS LEGIONARIOS

P. Michael Baggot, L.C. Es originario de Houston, Texas, Estados Unidos, y nació el 18 de mayo de 1985. Ingresó al noviciado en Cheshire, Estados Unidos, el 20 de septiembre de 2008 y en diciembre de ese mismo año se trasladó al noviciado de Bad Münstereifel, Alemania. Un año después se trasladó al noviciado de Dublín, Irlanda, donde emitió la primera profesión religiosa el 12 de septiembre de 2010. Realizó las prácticas apostólicas en Estados Unidos como auxiliar de la gira de recaudación de fondos y como profesor en el colegio Pinecrest de Atlanta. En 2014 obtuvo la licencia en filosofía por el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum y ese mismo año inició el bachillerato en teología.

P. José Rigoberto Cano, L.C. Nació el 21 de noviembre de 1978 en Irapuato, Guanajuato, México. Ingresó al noviciado de Monterrey el 15 de septiembre de 2009, después de haber cursado la carrera de medicina. Emitió la primera profesión religiosa el 14 de agosto de 2011. En octubre de 2013 obtuvo el bachillerato en filosofía por el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum y en 2014 inició el bachillerato en teología en el mismo Ateneo Pontificio. Durante sus prácticas apostólicas, de 2013 a 2014, fue miembro del equipo auxiliar de la sección de jóvenes de Hermosillo e instructor de formación del Instituto Irlandés de Hermosillo. Actualmente cursa el tercer año de bachillerato en teología.

P. Luis Gustavo D’Suze, L.C. Nació en Caracas, Venezuela, el 19 de septiembre de 1986. Fue miembro del ECYD y del Regnum Christi en Barquismeto. Ingresó a la Legión de Cristo en 2003 e hizo su noviciado en Monterrey. Estudió dos años de humanidades clásicas en Salamanca, España, y el bachillerato en filosofía en Thornwood, Estados Unidos. Sus prácticas apostólicas las realizó, desde 2009 hasta 2012, en la Ciudad de México y luego en Chihuahua, donde colaboró como auxiliar de gira de recaudación, auxiliar de la secretaría territorial, y luego como instructor de formación del Colegio Everest, apoyando también en las secciones del ECYD y del Regnum Christi. Emitió la profesión perpetua el 15 de Agosto del 2011 en la Ciudad de México. En 2012 se trasladó a Roma para continuar sus estudios de filosofía obteniendo la licencia en filosofía en 2014 por el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum. Ese mismo año inició el bachillerato en teología y actualmente cursa el tercer año.

P. Sadrac Hernández Ramírez, L.C. Nació el 16 de abril de 1987 en México. Hizo su noviciado en Gozzano de 2004 a 2006. Cursó el bienio de humanidades en Salamanca y en 2008 fue destinado a Thornwood para estudiar la filosofía. Salió a prácticas apostólicas en 2010 y fue prefecto de disciplina del Centro vocacional de La Joya durante tres años. En 2013 recibió la misión de ser instructor de formación de la secundaria del Instituto Cumbres de México y miembro del equipo auxiliar del ECYD en el poniente de la Ciudad de México. En 2014 volvió a Roma y actualmente cursa el tercer año de teología en el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum.

P. Rodrigo Martínez Murillo, L.C. Nació el 5 de septiembre de 1984 en México. Estudió en el Centro vocacional de León de 1997 a 2001. Ingresó al noviciado de Monterrey el 15 de septiembre de 2001. Hizo su primera profesión el 24 de agosto de 2003. Cursó un bienio de estudios humanísticos en Salamanca y, posteriormente, estudió el bachillerato en filosofía en el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum de Roma. En 2007 inicia sus prácticas apostólicas como instructor de formación del Instituto Cumbres de León y miembro del equipo auxiliar del ECYD, además de colaborar un año en la promoción vocacional en la zona del Bajío. Emitió su profesión perpetua el 26 de agosto de 2012. En 2014 obtuvo la licencia en filosofía en el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum donde ahora está cursando el tercer año de bachillerato en teología.

P. Marcos Salazar Márquez, L.C. Nació el 4 de abril de 1983 en Aguascalientes, México. Es exalumno del Cumbres de Aguascalientes. Ingresó al noviciado en Cheshire el 15 de septiembre de 2006 y un mes después se trasladó al noviciado de Cornwall donde emitió la primera profesión religiosa el 6 de septiembre de 2008. De 2008 a 2009 cursó las humanidades en Cheshire y en 2009 inició el bachillerato en filosofía en el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum. En 2011 inició sus prácticas apostólicas como miembro del equipo auxiliar de la sección de jóvenes de Monterrey e instructor de formación de preparatoria del Instituto Irlandés de Monterrey. En 2014 regresó a Roma para iniciar el bachillerato en teología.

Homilía del Card. Beniamino Stella en las ordenaciones sacerdotales 2015

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ITALIANO: Siate testimoni e ministri della Misericordia

Ordinazioni presbiterali della Congregazione dei Legionari di Cristo

Basilica di San Paolo fuori le Mura, 12 Dicembre 2015

Cari amici Legionari di Cristo, con gioia ho accolto l’invito rivoltomi a partecipare a questa giornata di festa, per la vostra Congregazione e per la Chiesa, nella quale 44 diaconi riceveranno l’ordinazione presbiterale. Ogni sacerdote è un dono per la Chiesa e per l’umanità, quindi sono tante oggi le ragioni di letizia, che portiamo insieme all’altare del Signore.

A partire dalle letture che la liturgia oggi ci propone – tra i tanti commenti possibili sul ministero sacerdotale – vorrei presentarvi alcuni tratti caratteristici della persona del sacerdote, dalla vocazione sino alla missione.

Ogni sacerdote – lo sappiamo bene – è «scelto tra gli uomini», «costituito nelle cose che riguardano Dio» e «mandato nel mondo».

Siamo, da Dio Padre provvidente, «scelti tra gli uomini»; il primo pensiero va dunque, spontaneamente alla distinzione tra carriera e vocazione. In una carriera è l’uomo il protagonista assoluto; elabora un progetto, si forma in vista di esso, predilige le relazioni che crede funzionali in tal senso. La carriera, potremmo dire, è un piano concepito e portato avanti, con determinazione. Non così la vocazione, perché in essa l’iniziativa è di Dio, il primo passo è Suo. La vocazione è risposta, per amore, a Qualcuno che chiama, è accoglienza e relazione, non progetto.

In questo senso, permettetemi di portare l’attenzione sul gesto che compirò tra poco, l’imposizione delle mani su questi diaconi. È un gesto eloquente, che ricorda come essi “ricevono” qualcosa, meglio Qualcuno – lo Spirito Santo – che non si possono dare da soli; hanno compiuto il loro iter formativo, sono stati ritenuti idonei al ministero e ora ricevono il presbiterato; non conquistano dei “gradi”; accolgono un dono, non un premio alle fatiche. Essi chiedono, non presentano pretese, e ricevono il Dono che Dio fa loro, attraverso la Chiesa.

È bene per un sacerdote mantenere, sempre, per tutta la vita, la consapevolezza di essere stato scelto, perché in tale momento si sono incontrati l’amore di Dio, che chiama, e quello dell’uomo, che risponde; tale consapevolezza, perciò, è la “cassaforte” della nostra gioia, tramite la memoria della grazia ricevuta, del “primo amore”, come ha ricordato Papa Francesco (Meditazione Quotidiana a Santa Marta, 30 Gennaio 2015): l’amore con cui Dio ci ha scelti «è stata una gioia grande», secondo le parole del Santo Padre, e ne è nata «una voglia di fare cose grandi».

Questa scelta Dio la opera «tra gli uomini», non tra i “super apostoli”, come li ha chiamati San Paolo (2Cor 11,5), o in qualche élite depositaria di speciali rivelazioni o carismi; Dio non chiama i “migliori”, ma quelli che Lui vuole – è il mistero della predilezione divina – perché, facendosi santi nella vita ministeriale, possano santificare i loro fratelli.

La nostra storia personale, direi la nostra natura umana, è un “libro” che, da sacerdoti, non possiamo smettere di consultare; lì spesso risiede la radice dei successi e anche delle difficoltà, o dei drammi, che incontriamo nel ministero. «Un buon prete, ha detto Papa Francesco ai partecipanti al Convegno recentemente organizzato dalla Congregazione per il Clero, è prima di tutto un uomo con la sua propria umanità, che conosce la propria storia, con le sue ricchezze e le sue ferite, e che ha imparato a fare pace con essa, raggiungendo la serenità di fondo, propria di un discepolo del Signore». Come è importante conoscere bene, in profondità, questo libro, che siamo ciascuno di noi!

Scelto da Dio Padre, tra gli uomini, il sacerdote è poi «costituito nelle cose che riguardano Dio»; non si tratta di una osservazione da poco, perché individua in modo chiaro e – direi – mai abbastanza ribadito, qual’è la sfera di competenza, l’ambito di azione, del sacerdote: «le cose che riguardano Dio». Infatti, oggi, e sempre, occorre fare attenzione all’idea o al concetto di sacerdozio. Spesso lo vogliamo connotare e quasi chiarire o illuminare con un quid, di cui avrebbe bisogno, per avere senso e comprensione, per noi e per gli altri.

E’ quell’atteggiamento che porta a considerare la vita sacerdotale sempre bisognosa di altre aggiunte, o di altri ingredienti; ad esempio, sacerdozio e …docenza in una facoltà; sacerdozio e … presenza in tv; sacerdozio e … internet; sacerdozio e … mondo degli itineranti o del turismo, e così via: spostando, in fondo, il centro focale, facendo, alla fine, sempre qualcosa che metta al centro i nostri interessi e le nostre abilità, e in secondo piano, ai margini della vita e poi, purtroppo della giornata, il sacerdozio e il suo valore intrinseco, con quelle sue esigenze profonde, sacramentali e di spiritualità personale, che lo alimentano e gli danno vitalità intrinseca e propria.

È un rischio insidioso, anche, fra l’altro, nel rapporto con i confratelli, perché induce a dare maggior importanza a ciò che distingue e non a ciò che unisce e che, alla lunga, può incrinare o porre a rischio, la comunione e la fraternità sacramentale, fondata sull’Ordine Sacro. In questo modo, il sacerdozio può divenire solo il “pretesto”, per occuparsi d’altro; le sue esigenze scivolano via e creano dei piccoli idoletti, “padroni” del nostro tempo, delle nostre energie più belle e sane, e, ancor peggio, del nostro cuore.

Si diventa così dei “liberi professionisti” del ministero, funzionari del sacro, e si cade in quella temibile “autosecolarizzazione”, che a volte finisce per offuscare una lucida e attraente visione di Chiesa e del suo mistero; e finisce anche per spegnere lo zelo pastorale dei sacerdoti,  portandoli a contemplare e a compiacersi più delle bellezze di Narciso, che delle necessità e delle attese del gregge; in tale contesto, mi preme ricordare a voi, le parole rivolte da Papa Francesco ai giovani consacrati (17 Settembre 2015), quando ha voluto ricordare che questo è «uno dei peggiori atteggiamenti di un religioso: rispecchiare sé stesso, il narcisismo».

Il tesoro più prezioso che ogni sacerdote ha da coltivare per tutta la vita, e da custodire con timore e tremore, è solo Cristo nel proprio cuore, in un rapporto discepolare d’amore, testimoniato attraverso una vita buona secondo il Vangelo, al servizio dei fratelli, reso presente nella celebrazione dell’Eucaristia e nella disponibilità per il sacramento della Riconciliazione. Questo è il nostro centro di vita interiore, questo ogni sacerdote ha da offrire al proprio fratello, per riconciliarlo in profondità e fargli amare la vita, come dono di Dio,  suscitando, al fine, nel cuore dell’umanità: la fiducia in un Dio che è Padre, la gioia del Vangelo e quella speranza, quella non delude, che nasce da esso.

Ma il cammino vocazionale, iniziato con la chiamata di Dio, arricchito dal dono dell’ordinazione, non si risolve in una via solitaria verso la santità, a discapito, o nonostante, i fratelli. Gesù ha mandato nel mondo i suoi discepoli, perché fossero in esso gli operatori al servizio del Regno. Il dono del sacerdozio allora non è questione di prestigio o di ascesa, nella Chiesa o nella vostra Congregazione, ma di missione, in ragione della vocazione iniziale; infatti, ha ricordato Papa Francesco al Capitolo Generale dei Sacerdoti di Schönstatt (3 Settembre 2015), «il sacerdote non sta più in alto, e neppure più avanti degli altri, ma cammina con loro, amandoli con lo stesso amore di Cristo».

Così, nella missione l’itinerario pedagogico di Dio è compiuto; egli chiama alcuni a seguirlo nella via del sacerdozio, tramite la Chiesa, li forma e li guida in un costante cammino discepolare, per poi restituirli al mondo, come Suoi “strumenti” di santificazione. Non diventate sacerdoti per voi stessi, ma per la Chiesa e per il  mondo; Cristo vi “consacra” a Sé per donarvi a tutti. Non lasciate che le insidie della mondanità spirituale e le fatiche, disordinate, del ministero, gettino ombra su questa realtà spirituale e sacramentale. Il dono che oggi ricevete possa sempre fare di voi un dono per i fratelli che incontrerete nel vostro ministero, al servizio del Regno.

È stato da pochi giorni aperto dal Santo Padre il Giubileo della Misericordia; non posso fare a meno di richiamare il compito affidato anche a voi di essere in special modo testimoni e ministri della misericordia di Dio in questo tempo, come parte sostanziale della missione che oggi vi è affidata. Nel farlo, soprattutto, «non stancatevi di perdonare, come faceva Gesù. Siate perdonatori, non nascondetevi dietro paure o rigidità», come ha ricordato Papa Francesco ai sacerdoti cubani (20 Settembre 2015).

E ancora, fate giungere i rivoli della misericordia divina sino agli angoli più oscuri della vita delle persone, sino alle loro ferite più dolorose.

In questo giorno di festa e gioia condivisa, l’augurio più caro che mi sento di farvi è che, configurati sempre più a Cristo Buon Pastore, con la protezione di Maria Madre della Chiesa e Regina degli Apostoli, possiate conservare la gioia interiore di questa giornata, per tutta la vita.

Possiate poi portarla agli angoli e alle periferie più lontane e difficili dell’umanità, certi che lo Spirito Santo che vi ha scelti per seguire Gesù, per stare con lui e mandarvi ad annunciare il Regno, benedirà il vostro servizio sacerdotale, in attesa di incontrare Lui, sempre Lui – Cristo ieri, oggi e sempre –  ricchi di frutti, nella Casa del Padre. Amen.

ESPAÑOL: Sed testigos y ministros de la Misericordia

Ordenación presbiteral de 44 Legionarios de Cristo

Basílica de San Pablo Extramuros, 12 de diciembre de 2015

Homilía del Card. Beniamino Stella

Queridos amigos Legionarios de Cristo, con gran alegría he acogido la invitación que me habéis hecho de participar en este día de fiesta para vuestra Congregación y para la Iglesia entera. Hoy 44 diáconos recibirán la ordenación presbiteral. Cada sacerdote es un don para la Iglesia y para la humanidad y por ellos son tantas las razones para la alegría que traemos juntos al altar del Señor.

Partiendo de las lecturas que la liturgia nos propone, y entre tantos comentarios posibles sobre el ministerio sacerdotal, quiero presentarles algunos rasgos característicos de la persona del sacerdote, desde su vocación hasta su misión.

Cada sacerdote, lo sabemos bien, ha sido «elegido de entre los hombres», «constituido en las cosas que se refieren a Dios» y «es enviado al mundo».

Dios, Padre providente, nos ha «elegido de entre los hombres». Mi primer pensamiento se dirige espontáneamente a una distinción entre carrera y vocación. En una carrera el hombre es el protagonista absoluto: elabora un proyecto, se forma para realizarlo, cultiva especialmente las relaciones que considera útiles para alcanzarlo. Podemos decir que la carrera es un plan concebido y realizado con determinación. No es así con la vocación. En ella la iniciativa es de Dios y el primer paso lo da Él. La vocación es una respuesta dada por amor a Uno que llama. Es acogida y relación, no un proyecto.

En este sentido, permitidme centrar la atención sobre el gesto que realizaré en unos momentos: la imposición de las manos sobre estos diáconos. Se trata de un gesto elocuente, que nos recuerda cómo ellos «reciben» algo, o mejor dicho, a Alguien –al Espíritu Santo– que ellos no pueden darse a sí mismos. Han completado su itinerario formativo, han sido considerados idóneos para el ministerio y ahora reciben el presbiterado. No es que conquisten «grados» o «títulos». Más bien acogen un don, que no un premio por sus fatigas. Ellos piden, sin presentar exigencias, y así reciben a través de la Iglesia el Don que Dios les hace a cada uno de ellos.

Es bueno que los sacerdotes mantengan siempre, durante toda la vida, la conciencia de haber sido elegidos, pues es en ese momento que se han encontrado, por un lado, el amor de Dios que llama y, por otro, el amor del hombre que responde. Esta conciencia es la «caja fuerte» de nuestra alegría por la memoria de la gracia recibida, del «primer amor», como ha recordado el Papa Francisco (Meditación cotidiana en Santa Marta, 30 de enero de 2015): el amor con el que Dios nos ha elegido «ha sido una gran alegría», según las palabras del Santo Padre, y de ahí ha brotado «un deseo de hacer cosas grandes».

Dios realiza esta elección «de entre los hombres» y no de entre los «súper apóstoles» como los llama San Pablo (2Cor 11,5) ni de entre una élite depositaria de revelaciones o carismas especiales. Dios no llama a los «mejores», sino a los que Él quiere –es el misterio de la predilección divina–, para que santificándose en la vida sacerdotal puedan, a su vez, santificar a sus hermanos.

Nuestra historia personal, diría incluso nuestra naturaleza humana, es un «libro» que, como sacerdotes, no podemos dejar de consultar. La raíz de los éxitos, de las dificultades y de los dramas que encontramos en nuestro ministerio frecuentemente reside en ella. «Un buen sacerdote, –ha dicho el Papa Francisco a los participantes en el Congreso organizado recientemente por la Congregación para el Clero–, es ante todo un hombre con su propia humanidad, que conoce la propia historia, con sus riquezas y sus heridas, y que ha aprendido a hacer las paces con ella, alcanzando la serenidad profunda, propia de un discípulo del Señor». ¡Qué importante es que conozcamos bien, en profundidad, este libro que somos cada uno de nosotros!

Elegido por Dios Padre de entre los hombres, el sacerdote es «constituido en las cosas que se refieren a Dios». No se trata de una observación menor, pues identifica en modo claro, y diría incluso que no se puede subrayar suficientemente, cuál es la esfera de competencia, el ámbito de acción del sacerdote: «las cosas que se refieren a Dios». Hoy y siempre es necesario estar atentos a la idea o concepto que nos hacemos del sacerdocio. Con frecuencia queremos connotarlo y casi clarificarlo o iluminarlo con un quid, un «algo», que parecería necesario para que el sacerdocio pueda tener sentido y sea comprensible para nosotros y para los demás.

Esta es la actitud que nos lleva a pensar que la vida sacerdotal está necesitada de añadidos, de otros ingredientes. Por ejemplo: sacerdocio y… enseñanza en una facultad; sacerdocio y… presencia en la televisión; sacerdocio e… internet; sacerdocio y… mundo de los itinerantes o del turismo; etcétera. En el fondo se van quitando del centro los elementos esenciales del sacerdocio hasta lograr que ocupen el lugar central nuestros intereses personales y nuestras habilidades. Y así se relega a un segundo plano, a los márgenes de nuestra vida y por desgracia también de la jornada, el sacerdocio y su valor intrínseco, con sus exigencias profundas, sacramentales y de espiritualidad personal, que lo nutren y le dan la vitalidad que le es intrínseca y propia.

Esta actitud es también un riesgo insidioso en la relación con los hermanos en el sacerdocio, pues induce a dar una mayor importancia a lo que nos distingue y no a lo que nos une. A la larga, deteriora o incluso pone en riesgo la comunión y la fraternidad sacramental, fundada en el Orden Sagrado. Así, el sacerdocio puede convertirse solamente en un «pretexto» para ocuparse de otras cosas. Sus exigencias se van difuminando y nos creamos pequeños ídolos, «dueños» de nuestro tiempo, de nuestras energías más bellas y sanas y, peor todavía, de nuestro corazón.

Se llega así a ser «libres profesionistas» del ministerio, funcionarios de lo sagrado y se cae en la temible «autosecularización» que a veces llega incluso a ofuscar una visión lúcida y atrayente de la Iglesia y de su misterio. Se llega también a apagar el celo pastoral de los sacerdotes, llevándolos a contemplar y complacerse más de las bellezas de Narciso que de las necesidades y expectativas del rebaño que les es confiado. En este contexto, siento la urgencia de recordarles las palabras que el Papa Francisco dirigió a los jóvenes consagrados (17 de septiembre de 2015) cuando ha querido evidenciar que éste es «uno de las peores actitudes de un religioso: reflejarse a sí mismo, el narcisismo».

El tesoro más precioso que todo sacerdote debe cultivar a lo largo de toda su vida y custodiar con temor y temblor, es solo Cristo en su corazón, en una relación de amor de discípulo, dando testimonio de ella con una vida buena según el Evangelio, al servicio de los hermanos que se concreta en la celebración de la Eucaristía y la disponibilidad para el sacramento de la Reconciliación. Éste es nuestro centro de vida interior, esto es lo que cada sacerdote tiene para ofrecer a sus hermanos, para reconciliarlos en profundidad y hacerlos amar la vida como don de Dios. Así se puede llegar a suscitar en el corazón de la humanidad la confianza en un Dios que es Padre, la alegría del Evangelio y la esperanza que no defrauda y que nace de él.

Ahora bien, el camino vocacional, iniciado con una llamada divina, enriquecido con el don de la ordenación, no se convierte en un camino solitario hacia la santidad, en detrimento o incluso a pesar de los hermanos. Jesús ha enviado a sus discípulos al mundo para que fueran obreros al servicio del Reino. El don del sacerdocio, entonces, no es cuestión de prestigio o de encumbramiento ni en la Iglesia ni en vuestra Congregación, sino de misión, en virtud de la vocación inicial. De suyo, el Papa Francisco recordaba al Capítulo General de los Sacerdotes de Schönstatt (3 de septiembre de 2015): «El sacerdote no está más arriba, ni por delante de los demás, sino que camina con ellos, amándolos con el mismo amor de Cristo».

Así pues, es en la misión en donde llega a cumplimiento el itinerario pedagógico de Dios. Él llama a algunos a seguirlo en el camino del sacerdocio. Los forma y los guía por el ministerio de la Iglesia en un constante camino de discípulos para luego devolverlos al mundo como sus «instrumentos» de santificación. No seáis sacerdotes para vosotros mismos, sino para la Iglesia y para el mundo. Cristo os «consagra» a sí para daros a todos. No permitáis que las insidias de la mundanidad espiritual y las fatigas desordenadas del ministerio, oscurezcan esta realidad espiritual y sacramental. Que el don que recibís hoy pueda hacer de vosotros siempre un don para los hermanos que encontraréis en vuestro ministerio al servicio del Reino.

Hace unos días el Santo Padre ha inaugurado el Jubileo de la Misericordia. No puedo no recordaros la tarea que se os confía también a vosotros de ser en modo especial testigos y ministros de la misericordia en este tiempo, como parte sustancial de la misión que hoy la Iglesia os confía. Al hacerlo, sobre todo, «no se cansen de perdonar. Sean perdonadores. No se cansen de perdonar, como lo hacía Jesús. No se escondan en miedos o en rigideces», como ha recordado el Papa Francisco a los sacerdotes cubanos (20 de septiembre de 2015).

Una vez más os lo digo, haced llegar los ríos de la misericordia divina hasta los rincones más oscuros de la vida de las personas, hasta las heridas más dolorosas.

En este día de fiesta y de alegría que compartimos, el deseo más sentido que quiero haceros es que, configurándoos siempre más con Cristo Buen Pastor, con la protección de María Madre de la Iglesia y Reina de los Apóstoles, podáis conservar la alegría interior de esta jornada durante toda la vida.

Que podáis llevarla a las periferias y los lugares más alejados y difíciles de la humanidad con la confianza que os da saber que el Espíritu Santo, que os ha elegido para seguir a Jesús, para estar con Él y enviaros a anunciar el Reino, bendecirá vuestro servicio sacerdotal mientras esperáis encontrarlo a Él, siempre a Él, Cristo es el mismo ayer, hoy y siempre, llenos de frutos, en la casa del Padre. Amén.

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ENGLISH: Be witnesses of God’s mercy

Thy Kingdom Come!

Priestly Ordinations of the Congregation of the Legionaries of Christ

Basilica of St. Paul Outside the Walls, December 12 2015

My dear friends, Legionaries of Christ, it was with great joy that I accepted the invitation to participate in this day of celebration for your Congregation and for the Church, in which 44 deacons will be ordained priests. Every priest is a gift for the Church and humanity, and so we have many reasons to rejoice today, and together we bring them all to the Lord’s altar.

Based upon readings that the liturgy proposes today – and among so many possible comments about priestly ministry – I would like to present some characteristic features of the personality of the priest, from his vocation to his mission.

Every priest – as we well know – is “chosen from among men,” “constituted in the things which refer to God,” and “sent into the world.”

We, by God’s Providence, have been “chosen from among men.” My first thought, then, arrives spontaneously at the distinction between career and vocation. In a career, man is the absolute protagonist; he develops a project, prepares himself with this project in mind, and fosters the relationships that he believes will help him achieve his goal. But a vocation is different, because in a vocation, God takes the initiative – the first step is His. A vocation is a response of love to Him who calls; it is an act of acceptance and a relationship, not a project.

In this regard, let me draw attention to the gesture that I will perform shortly, the laying on of hands on these deacons. It is an eloquent gesture, which reminds us that they “receive” something, or rather, Someone – the Holy Spirit – that they cannot give to themselves. They have completed their training process, they have been deemed worthy of the ministry, and now they receive the priesthood. It is not that they are graduating.  Rather, they welcome a gift, which is not a reward for hard word. They ask, without demanding anything, and through the Church they receive the Gift that God grants them.

It is good for a priest to maintain, for his whole life, the awareness of having been chosen, because in that moment there is an encounter between the love of God, who calls, and the love of man, who responds. This awareness, therefore, is the “safety deposit box” of our joy, maintained by the memory of the grace which we have received, that “first love,” as Pope Francis has reminded us: (Daily Meditation in the Chapel of the Domus Sanctae Marthae, January 30th 2015) the love with which God has chosen us “has been a great joy,” according to the words of the Pope, and from it is born “a desire to do great things.”

God makes this election “from among men” and not from among “super apostles,” as St. Paul calls them (2 Cor 11:5), nor from among some spiritual elite custodians of special revelations or charisms.  God does not call “the best,” but rather those who He wishes to call – this is the mystery of divine predilection – so that, by sanctifying themselves in their priestly life and ministry, they may sanctify their brothers.

Our personal history, I would dare say also our human nature, is a “book” which, as priests, we must continually make reference to. The root of the successes and the difficulties, or the drama, we meet in the ministry often resides in it. “A good priest,” said Pope Francis to the participants in a conference recently organized by the Congregation for the Clergy, “is first of all a man with his own humanity, who knows his history, with its riches and its wounds, and who has learned to make peace with it, attaining in depth serenity, proper of a disciple of the Lord.” How important it is that we know well, it all its depth, this book which is each of us!

Chosen by God from among men, the priest is “constituted in the things which refer to God.” This is not a minor observation, because it clearly identifies – and I’d say this is something which cannot be emphasized enough – the area of competence and action of a priest: “the things which refer to God.” Today, and always, it is necessary to be attentive to the idea or concept we have of the priesthood. Often we would like to characterize and almost clarify or illuminate it with a quid, a “something”, which it would need in order for it to make sense or be better understood.

This attitude makes us think that the priestly life is in need of something, an added ingredient, for example: priesthood and…teaching in a university; priesthood and…presence in television; priesthood and…the internet; priesthood and…the world of itinerant peoples and tourism, and so on. In the end, we end up moving the focal point, and eventually doing something that puts our own interests and abilities at the center. Thus, we relegate the priesthood to a secondary category, to the margins of our life and even of our day. When we act that way, we loose sight of the intrinsic value of our priesthood and its deeper demands, of both sacramental and personal spirituality, which are the sources that nurture and give the intrinsic vitality proper to our ministry.

This attitude is also an insidious risk to the relationship with one’s brothers in the priesthood, because it leads us to give more importance to the things which distinguish us than to the things which unite us. In the long run, this may deteriorate and even put at risk the communion and sacramental brotherhood which is founded upon Holy Orders. Thus, the priesthood may become just a “pretext” to devote oneself to other things. Its demands start to fade away and thus we create little idols, “masters” of our time, of our healthy and beautiful energy, and what is worse, of our very heart.

We end up becoming “freelance professionals” of the ministry, functionaries of the sacred, and we slip into a frightening “self-secularization” which usually obscures a bright and attractive vision of the Church and Her mystery. As a result, the pastoral zeal of priests is smothered, driving them to contemplate and satisfy themselves more with the beauties of Narcissus than with the needs and hopes of the flock entrusted to them. In this context, I feel the urgency to remind  you of the words Pope Francis addressed to young consecrated persons (September 17, 2015) when he told them that this is “one of the worst attitudes of a religious: to focus on oneself, narcissism.”

The most precious treasure which every priest should cultivate throughout his life, and which he should guard with fear and trembling, is only having Christ in his heart, with the relationship of a loving disciple, bearing witness to it through a holy life lived according to the Gospel, of service to his brothers which is made concrete in the celebration of the Eucharist, and in his availability for the sacrament of Reconciliation. This is the center of our interior life. This is what each priest has to offer to his brothers and sisters, in order to truly reconcile them and teach them to love life as a gift from God, thus arousing in the heart of all humanity a confidence in God who is Father, the joy of the Gospel, and a resulting hope that does not disappoint.

The path of the vocation, which began with God’s call, and is now enriched by the gift of ordination, does not end in an individual journey towards holiness, without taking our fellow human beings into account. Jesus sent his disciples into the world so that they might be laborers at the service of the Kingdom. The gift of the priesthood, then, is not a question of prestige or ascension, neither in the Church nor in your Congregation, but one of mission which flows from the very beginning of your vocation. In fact, Pope Francis reminded the General Chapter of the Priests of Schönstatt (September 3, 2015) that “the priest is not above or before the rest, but walks with them, loving them with Christ’s love.”

So it is that God’s pedagogical itinerary comes to completion in the mission. He calls some to follow him on the path of the ministerial priesthood, and through the Church, he trains them and guides them in a constant of path of discipleship so that He might return them to the world as His “instruments” of sanctification. You do not become a priest for yourselves, but for the Church and the world. Christ “consecrates” you to Himself in order to give you as a gift to everyone. Do not allow the trappings of spiritual worldliness cast a shadow on this spiritual and sacramental reality. May the gift which you receive today ever make of you a gift for the brothers and sisters you encounter in your ministry as you serve the Kingdom.

Just a few days ago the Holy Father inaugurated the Jubilee Year of Mercy. I feel the need to remind you that you too are called to be special witnesses and ministers of the Mercy of God. This is an essential part of the mission entrusted to you today. In doing so, above all, “never tire of forgiving. Be forgivers. Like Jesus, never tire of forgiving. Don’t hide behind fear or inflexibility,” as Pope Francis reminded priests in Cuba (September 20, 2015).

Again I say to you, help the rivers of divine mercy flow into the darkest corners of people’s lives, into their most painful wounds.

In this day of celebration and joy which we share, my most ardent desire for you is that, configured ever more to Christ the Good Shepherd, and under the protection of Mary, Mother of the Church and Queen of the Apostles, you may maintain the inner joy of this day throughout your entire life.

May you bring that joy to the most remote and difficult corners and fringes of humanity, confident that the Holy Spirit, who has chosen you to follow Jesus, to be with Him and to send you to proclaim the Kingdom, will bless your priestly ministry while you wait to meet Him, always Him – Christ yesterday, today, and always – full of fruits, in the house of the Father. Amen.

PORTUGUÊS: Ser testemunhas e ministros da misericórdia de Deus

Ordenações Sacerdotais da Congregação dos Legionários de Cristo

Basílica de São Paulo Fora dos Muros, 12 de dezembro de 2015

 

Caros amigos Legionários de Cristo, com alegria aceitei o convite para participar neste dia de festa, para a sua Congregação e para a Igreja, na qual 44 diáconos serão ordenados sacerdotes. Cada sacerdote é um dom para a Igreja e para a humanidade, e por isso hoje são tantas as razões para alegrar-se que levamos juntos ao altar do Senhor.

A partir das leituras que a liturgia nos oferece hoje – entre os muitos comentários possíveis sobre o ministério sacerdotal – gostaria de apresentar algumas características da pessoa do sacerdote, da vocação até a missão.

Cada sacerdote – como bem sabemos – é “escolhido entre os homens”, “constituído nas coisas que dizem respeito a Deus” e “enviado ao mundo.”

Somos, por Deus Pai Providente, “escolhidos entre os homens”; a primeira ideia é, portanto, a distinção entre profissão e vocação. Numa profissão o homem é o protagonista absoluto; ele elabora um projeto, se forma em vista disso, e dirige as relações que acredita oportunas a este objetivo. Profissão, poderíamos dizer, é um plano concebido e realizado com determinação. Não é como uma vocação, porque esta é a iniciativa de Deus, o primeiro passo é Dele. O chamado é uma resposta de amor a alguém que chama, ela é acolhida e relacionamento, não um projeto.

A este respeito, permitam-me chamar a atenção para o gesto que eu vou fazer em breve, a imposição das mãos sobre estes diáconos. É um gesto eloquente que nos recorda que eles “recebem” algo, ou melhor, Alguém – o Espírito Santo – que eles não podem dar a si mesmos; eles concluíram o seu processo de formação, foram considerados idôneos para o ministério e, agora, recebem o sacerdócio; não sobem um “posto” numa profissão; não recebem uma recompensa pelo trabalho duro. Eles pedem, sem pretensões, e recebem o dom que Deus lhes dá, por meio da Igreja.

É bom para um sacerdote manter sempre na vida, a consciência de ter sido escolhido, porque nestes momentos se encontram o amor de Deus, que chama, e do homem, que responde; essa consciência, portanto, é a “caixa- forte” da nossa alegria, através da memória da graça recebida, do “primeiro amor”, como mencionou o Papa Francisco (meditação diária em Santa Marta, 30 de janeiro de 2015): o amor com o qual Deus escolheu-nos “é uma grande alegria”, nas palavras do Santo Padre, e dele nasce “um desejo de fazer grandes coisas.”

Deus realiza esta escolha “entre os homens“, não entre os “super- apóstolos”, como os chamava São Paulo (2 Cor 11,5), ou entre uma elite possuidora de revelações ou dons especiais; Deus não chama o “melhor”, mas os que Ele quer – é o mistério do dom divino – para que, tornando-se santos na vida ministerial, possam santificar os seus irmãos.

A nossa história pessoal, eu diria que a nossa natureza humana, é um “livro”, que, como sacerdotes, não podemos deixar de consultar; lá reside muitas vezes a raiz dos sucessos e também das dificuldades, e dos dramas, que encontramos no ministério. “Um bom sacerdote, disse o Papa Francisco aos participantes do Congresso organizado recentemente pela Congregação para o Clero, é antes de tudo um homem com sua própria humanidade, que conhece a sua própria história, com suas riquezas e suas feridas, e aprendeu a viver em paz com essa realidade, alcançando uma serenidade profunda, típica de um discípulo do Senhor “. Como é importante entender bem, em profundidade, este livro, que somos cada um de nós!

Escolhido por Deus Pai, entre os homens, o sacerdote é, então, “constituído nas coisas que dizem respeito a Deus”; não é apenas uma mera observação, porque identifica claramente qual é a área de responsabilidade, o âmbito de ação do sacerdote: “as coisas que dizem respeito a Deus”. Na verdade, hoje e sempre, devemos prestar atenção para o conceito de sacerdócio. Muitas vezes nós queremos explicá-lo com alguma outra coisa, com algo que parece ser necessário para fazer sentido para nós e para os outros.

É a atitude que nos leva a considerar o sacerdócio sempre na dependência de outras coisas, ou outros elementos; por exemplo, sacerdócio… e o ensino numa universidade; sacerdócio… e presença na TV; sacerdócio… e internet; sacerdócio… e o mundo das viagens e do turismo, e assim por diante. Portanto, muda-se o foco, colocando no centro nossos interesses e habilidades, e em segundo plano, à margem da vida e, infelizmente, do nosso dia a dia, o sacerdócio e o seu valor intrínseco, com suas exigências mais profundas, espirituais e sacramentais, que alimentam e dão vitalidade própria.

É um risco traiçoeiro, também, no relacionamento com os irmãos, porque faz você dar mais importância ao que separa e não ao que une, e a longo prazo, pode quebrar ou colocar em risco a comunhão e a fraternidade sacramental, fundada na Ordem Sagrada. Desta forma, o sacerdócio pode tornar-se somente um “pretexto” para lidar com o outro; suas exigências são colocadas de lado e se criam pequenos ídolos, “senhores” do nosso tempo, das nossas energias mais belas e saudáveis, e, pior, do nosso coração.

Tornam-se assim os “profissionais” do ministério, funcionários do sagrado, e se pode cair na temida “auto-secularização”, o que por vezes acaba obscurecendo a visão clara e atraente da Igreja e seu mistério; e também acaba apagando o zelo pastoral dos sacerdotes, levando-os a contemplar e se deleitar mais nas belezas de Narciso que das necessidades e expectativas do rebanho; neste contexto, devo salientar a vocês, as palavras dirigidas pelo Papa Francisco aos jovens consagrados (17 de setembro de 2015), quando ele lembrou que esta é “uma das piores atitudes de um religioso: refletir a si mesmo, o narcisismo.”

O tesouro mais precioso que cada sacerdote tem que cultivar ao longo da sua vida, e que deve ser guardado com temor e tremor, é somente Cristo no seu próprio coração, numa relação de discípulo no amor, testemunhado por uma vida de bem segundo o Evangelho, no serviço aos irmãos, tornado presente na Eucaristia e na disponibilidade para o sacramento da Reconciliação. Este é o nosso centro de vida interior, que cada sacerdote tem para oferecer ao seu irmão, para reconciliá-lo profundamente e fazê-lo amar a vida como um dom de Deus, suscitando no coração da humanidade a confiança em um Deus que é Pai, a alegria do Evangelho e aquela esperança que não engana.

Mas o caminho vocacional, que começou com o chamado de Deus, enriquecido pelo dom da ordenação, não termina numa estrada solitária rumo à santidade, em detrimento de, ou apesar dos irmãos. Jesus enviou seus discípulos ao mundo, para que fossem nele trabalhadores a serviço do Reino. O dom do sacerdócio, então, não é uma questão de prestígio, ou ascendência, na Igreja ou em sua congregação, mas é uma questão de missão, devido à sua vocação inicial; de fato, recordou o Papa Francisco ao Capítulo Geral dos Sacerdotes de Schoenstatt (3 de setembro de 2015), “o sacerdote não está mais alto, nem à frente dos outros, mas caminha com eles, amando-lhes com o mesmo amor de Cristo”.

Assim, o plano pedagógico de Deus é cumprido na missão; Ele chama alguns para segui-lo no sacerdócio, através da Igreja, forma-os e leva-os num caminho constante de discipulado, e, em seguida, devolve-los para o mundo, como seus “instrumentos” de santificação. Não se tornem sacerdotes para vocês mesmos, mas para a Igreja e para o mundo; Cristo “consagra-lhes ” a si para dar-lhes a todos. Não deixem que as armadilhas da mundanidade espiritual e as fadigas desordenadas do ministério, lancem uma sombra sobre essa realidade espiritual e sacramental. Que o dom que vocês recebem hoje possa sempre fazer de vocês um dom para os irmãos que encontram no seu ministério, ao serviço do Reino.

Alguns dias atrás o Santo Padre abriu o Jubileu da Misericórdia; eu não posso deixar de lembrar a tarefa que lhes foi confiada de ser de maneira especial testemunhas e ministros da misericórdia de Deus neste tempo, como uma parte substancial da missão que é confiada a vocês hoje. Ao fazer isso, acima de tudo, “não se cansem de perdoar, como Jesus fazia. Sejam perdoadores, não se escondam atrás do medo ou da rigidez”, como mencionou o Papa aos sacerdotes cubanos (20 de setembro de 2015).

E ainda, façam que os rios da misericórdia Divina cheguem até os cantos mais escuros da vida das pessoas, até as suas feridas mais dolorosas.

Neste dia de festa e confraternização, o voto mais querido que eu gostaria de fazer é que, cada vez mais configurados a Cristo Bom Pastor, com a proteção de Maria, Mãe da Igreja e Rainha dos Apóstolos, vocês possam manter a alegria interior deste dia por toda a vida.

Que vocês possam então levá-la às periferias mais remotas e difíceis da humanidade, certos de que o Espírito Santo, que lhes escolheu para seguir Jesus, para estar com ele e lhes enviar para anunciar o Reino, abençoará o seu serviço sacerdotal, na espera de encontrar com Ele, sempre Ele – Cristo ontem, hoje e sempre – cheios de frutos, na Casa do Pai. Amém.

 

13-12-2014 – Nota de prensa: Ordenaciones sacerdotales LC 2014

El Card. De Paolis ordenó 35 sacerdotes Legionarios de Cristo

«Hoy es el momento de la cosecha, tras una larga siembra»

  • «Las ordenaciones son siempre motivo de confianza en el futuro», dijo el Cardenal.
  • Felicitó a toda la Legión diciendo: «Hoy es el momento de la cosecha, después de una larga siembra».
  • Los nuevos sacerdotes proceden de 11 países.
  • Las historias vocacionales de los nuevos sacerdotes se pueden leer en: ordenaciones.legionariosdecristo.org
  • Fotografías de la ceremonia disponibles aquí.

13 de diciembre de 2014.- El Cardenal Velasio De Paolis C.S., ordenó sacerdotes a 35 Legionarios de Cristo en una misa en la Basílica de San Juan de Letrán, en Roma.

En su homilía el Cardenal dijo: «Las ordenaciones sacerdotales son siempre motivo de confianza en el futuro, de esperanza». Añadió: «y este año tanto más porque marcan un momento de particular importancia para la vida del mismo Instituto. Durante los últimos tres años la Legión, siguiendo las instrucciones y directivas del mismo Santo Padre, ha afrontado y recorrido un camino de verificación de su historia y de su vida».

De Paolis les recordó también que el sacerdocio los introduce a una intimidad especial con Jesucristo: «Vuestra vocación es al amor, y al amor más grande, que es el don de la propia vida. Es una vocación a la amistad con Jesús».

Dirigiéndose a los ordenados el Cardenal les dijo que su vocación «es un don para los demás: para la Iglesia, para la salvación del mundo». Y también les señaló: «Queridísimos jóvenes, hoy alcanzáis la meta de vuestra vocación. Una meta imposible para los esfuerzos y las fatigas humanas, aunque éstas se requieran y en modo perseverante. […] Para vosotros ha sido una decisión que habéis madurado durante muchos años delante de Dios y de vuestra conciencia, ayudados por el consejo de vuestros superiores; en la oración asidua, para tener la luz necesaria y el conforto de la fuerza del Espíritu Santo».

Además agradeció a los padres de familia, a los formadores y a quienes con su oración han acompañado los nuevos sacerdotes a llegar a este momento decisivo de sus vidas.

Los nuevos sacerdotes

Los 35 nuevos sacerdotes provienen de 11 países: Alemania (1), Australia (1), Brasil (3), Colombia (3), España (1), Estados Unidos (9), Francia (1), Guatemala (1), Hungría (1), México (12), Nueva Zelanda (2).

La historia vocacional de la mayoría de ellos se puede leer aquí

El mayor de los nuevos sacerdotes tiene 40 años, el más joven 30. Es también la primera vez que se ordenan sacerdotes en una misma ceremonia tres legionarios procedentes de Oceanía.

De los 35 nuevos sacerdotes, 16 iniciaron su discernimiento vocacional y en los centros vocacionales (seminarios menores) de la Legión de Cristo. El resto ingresó directamente al noviciado después de haber concluido el bachillerato, durante el período universitario o después de haber tenido alguna experiencia laboral.

Entre los nuevos sacerdotes se encuentran el P. Mauricio Ruiz (Colombia), quien descubrió su vocación tras la experiencia en las fuerzas armadas de su país y en el estudio de la ingeniería y trabaja ahora en Valencia, España; el P. Manuel Reyes (Monterrey, México) quien es también arquitecto y ahora capellán de la Universidad Anáhuac de Puebla; los padres Simon Cleary (Nueva Zelanda) y Benjamin O’Loughlin (Estados Unidos), que lleva adelante el proyecto Music Inside U, una web para jóvenes que profundiza en el sentido de la letra de las canciones de moda; el P. Carlos Padilla (Querétaro, México) que es autor del libro Doce en la cancha y trabaja en la pastoral juvenil en la Ciudad de México; los brasileños Alexandre Nunes y Antônio Dubena colaboran como formadores de seminaristas diocesanos, uno en Roma y otro en Brasil. El P. Sergio Salcido (Hermosillo, México) es ingeniero químico y fue voluntario durante un año en el programa de colaboradores del Regnum Christi antes de ingresar a la Legión y actualmente trabaja en Puebla. El P. Fredi Durán es el primer sacerdote legionario originario de Guatemala. El P. Randall Meissen (Estados Unidos) es autor de varios libros y prepara un doctorado en lenguas clásicas. Por su parte, el P. Bruno do Spirito Santo (Brasil) es autor de la antología de poesías Parnaso sacro.

Sobre la Legión de Cristo

La Legión de Cristo es una Congregación religiosa clerical de derecho pontificio fundada en 1941. En 1965 el Papa Pablo VI le concedió el Decreto de Alabanza. Su director general es el P. Eduardo Robles-Gil, L.C., quien fue elegido en el Capítulo General Extraordinario de 2014. En octubre de 2014 la Santa Sede aprobó las nuevas constituciones de la Legión.

Al 1 de enero de 2014 la Legión de Cristo contaba con 4 obispos, 954 sacerdotes y unos 836 religiosos en formación, además de cerca de mil seminaristas menores. Más estadísticas de la Legión de Cristo aquí.

Para más información:

Oficina de Prensa Internacional: P. Benjamín Clariond, L.C. – bclariond@legionaries.org – móvil: +39 329 901 6609

Oficina de Prensa en España: Amalia Casado González . Móvil: +34 600 90 15 14 . mail: acasado@arcol.org

Oficina de Prensa en México: Javier Bravo Dosal . mail: jbravo@arcol.org

Homilía completa del Card. De Paolis (traducción al español) se encuentra aquí

Fotografías de las ordenaciones (se pueden publicar dando crédito a LC Photoservice o al fotógrafo, según se indique en la fotogalería): aquí

Web y redes sociales:

LISTA DE LOS NEO-SACERDOTES Y SUS LUGARES DE ORIGEN

Alemania (1)
  • Bertalan Egervari, L.C. (Alemania)
Australia (1)
  • Stephen Howe, L.C. (Adelaide, Australia)
Brasil (3)
  • Bruno do Espírito Santo, L.C. (Salto, Sao Paulo)
  • Alexandre Nunes, L.C. (Sao Paulo)
  • Antônio Dubena, L.C. (Pitanga, Paraná)
Colombia (3)
  • Mauricio Ruiz, L.C. (Manizales)
  • Rodolfo Agudelo, L.C. (Rionegro, Antioquia)
  • Óscar Galindo, L.C. (Ibagué)
España (1)
  • Pablo Roger, L.C. (Barcelona)
Estados Unidos (9)
  • Randall J. Meissen, L.C. (Columbia, MO)
  • Peter Mullan, L.C. (Elkton, MD)
  • Joseph E Poulin, L.C. (Hemet, CA)
  • Andrew LaBudde, L.C. (Atlanta, GA)
  • Paul E. Alger, L.C. (Huntsville, AL)
  • David T. Barton, L.C. (Milwaukee, WI)
  • John Bender, L.C. (Steubenville, OH)
  • Benjamin S. O’Loughlin (Syracuse, NY)
  • John Sweeney, L.C. (Columbia, MD)
Francia (1)
  • Blaise Patier, L.C. (Brive-la-Gaillarde, Corrèze)
Guatemala (1)
  • Fredi Durán López, L.C. (Guatemala)
Hungría (1)
  • Bálint Szábo-Molnar, L.C. (Bakonyszentlászló)
México (12)
  • Jorge Lorenzo Martínez, L.C. (Coatzacoalcos, Ver.)
  • Manuel Reyes Barbosa, L.C. (Monterrey, N.L.)
  • Sergio Salcido Valle, L.C. (Hermosillo, Son.)
  • Carlos A. Martínez Teuscher, L.C. (Magdalena de Kino, Sonora)
  • Edgar Espinosa Chacón, L.C. (Tapachula, Chiapas)
  • Alfonso Martínez Olivares (Atotonilco el Alto, Jal.)
  • José Alberto Caballero Guerrero, L.C. (Toluca, Estado de México)
  • Luis Jesús Rodríguez (Morelia, Mich.)
  • Gonzalo Franco, L.C. (Irapuato, Gto.)
  • Carlos Andrés Villarreal Urbina, L.C. (Monterrey, N.L.)
  • Carlos Padilla, L.C. (Querétaro, Qro.)
  • Sergio Espinoza, L.C. (Irapuato, Gto.)

Nueva Zelanda (2)

  • Simon J. Cleary, L.C. (Dunedin)
  • David Joyce, L.C. (Palmerston North, Manawaty-Wanganui)