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«Él es nuestro único Señor y nosotros somos sus siervos» – 34 religiosos reciben el ministerio del acolitado en Roma

El 26 de febrero 34 religiosos de las comunidades de teología del Centro de estudios superiores y de la Sede de la dirección general recibieron el ministerio del acolitado en una celebración eucarística presidida por el padre Eduardo Robles-Gil, L.C.

Durante la homilía el padre Eduardo dijo: «La liturgia de hoy nos habla de nuestra pertenencia a Dios. Pertenecemos a Él porque Él nos ha hecho suyos. Y lo menciona la primera lectura claramente cuando dice que aunque una madre se olvidara de su pequeño, Dios no se olvida de nosotros porque somos suyos. Hay una consagración que Dios ha hecho de nosotros, nos ha hecho suyos, nos ha elegido, nos ha llamado y hoy los llama a ustedes a decirle sí al instituirlos acólitos para que estén al servicio de la liturgia, al servicio del culto».

34 religiosos reciben el ministerio del acolitado en RomaEl padre Eduardo concluyó la homilía con estas palabras: «Agradezcamos a Dios esta consagración que Él ha hecho de nosotros. Agradezcamos que Él nos vaya transformando, que nos vaya dando sus dones, que se vaya poniendo en el centro de nuestro corazón. San Pablo dice que lo que se espera de quienes han sido constituidos administradores de las cosas de Dios es que seamos fieles. Que siempre apuntemos hacia Dios nuestro Señor, que le tengamos a Él en el centro».

Profesiones perpetuas en Roma: Vivir la alegría de pertenecer a Dios

El 29 de enero los hermanos Felipe Colodel, L.C. y Santiago Casanova, L.C. emitieron la profesión perpetua en la capilla del Centro de estudios superiores. En la misma celebración eucarística, presidida por el padre Eduardo Robles-Gil, L.C., renovaron sus votos los hermanos Juan Pablo Álamos, L.C. y Gustavo Balestrin, L.C. Los sacerdotes que residen en Roma y los hermanos de la Sede de la dirección general renovaron sus votos por devoción después de un día completo de retiro espiritual. Los hermanos de las comunidades del Centro de estudios superiores renovarán sus votos por devoción después del periodo de exámenes.

 El padre Eduardo inició la homilía compartiendo que durante el retiro espiritual que hicieron los sacerdotes de Roma experimentaron «la invitación de Dios a ver nuestra vida, nuestra consagración religiosa y sacerdotal como la parte de la herencia que nos toca por el gran amor que Dios nos ha tenido. Esa es la sabiduría que viene de Dios: la capacidad de ver que hay que perder la vida para ganarla. Es una sabiduría que viene de la fe. Es esa capacidad de ver las cosas de tal forma que puedes escoger lo que Dios te ofrece y lo aceptas como un don, como un tesoro».

 Más adelante dijo: «Las bienaventuranzas nos ponen en esa misma lógica, la lógica de la sabiduría de Dios y no de la sabiduría del mundo. Y poder ser felices, dichosos, bienaventurados en el Evangelio, en Cristo, en la entrega a Dios y a los hombres».

 Después mencionó el discurso del Papa Francisco del 28 de enero de 2017 a los participantes en la plenaria de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, cuyo tema fue la fidelidad y el abandono. «El Papa advertía el problema que significa para la sociedad actual la cultura de lo provisorio, el dejar de pensar en el futuro, en la vida eterna. Y el Evangelio nos invita a pensar en la vida eterna, que heredaremos la vida eterna», comentó.

 El padre Eduardo señaló que «otro de los peligros que subrayaba el Papa era el de la mundanidad. El Papa decía que “también entre los jóvenes hay muchas víctimas de la lógica de la mundanidad, que se puede sintetizar así: búsqueda de éxito a cualquier precio, del dinero fácil y del placer fácil […] Nuestro compromiso no puede ser otro que el de estar a su lado, para contagiarlos con la alegría del Evangelio y de la pertenencia a Cristo. Hay que evangelizar esa cultura si queremos que los jóvenes no sucumban”. El mundo de los jóvenes debe ser capaz de ver la belleza del Evangelio y la belleza de pertenecer a Dios nuestro Señor. Estamos invitados a ver, sentir y amar nuestra pertenencia a Dios. Él nos pertenece, se nos ha dado a nosotros, pero nosotros también le pertenecemos a Él. Le pedimos hoy la gracia a Dios de ver la belleza de pertenecer a Él, de vivir la alegría de pertenecer a Dios nuestro Señor».

 «“Llevamos un tesoro en vasos de barro”, dice san Pablo (2Co 4,7). “Vigilad y orad para no caer en la tentación”, nos dice Cristo en el Evangelio (Mt 26,41). Estamos en el mundo pero no somos del mundo. Tenemos el compromiso de mostrar al mundo la cara alegre y feliz de pertenecer a Dios», añadió el padre Eduardo.

 Por último, el padre Eduardo invitó a reflexionar sobre la invitación que hacía el Papa Francisco en su mensaje de dar testimonio al mundo y a la Iglesia con la santidad de vida. En palabras del Santo Padre: «Si la vida consagrada quiere mantener su misión profética y su fascinación y seguir siendo escuela de fidelidad para los cercanos y los lejanos (cf. Ef 2,17) debe mantener el frescor y la novedad de la centralidad de Jesús, el atractivo de la espiritualidad y la fuerza de la misión, mostrar la belleza del seguimiento de Cristo e irradiar esperanza y alegría».

 

 El H. Santiago Casanova, L.C. nació el 5 de junio de 1989 en Buenos Aires, Argentina. Ingresó al Centro vocacional de Córdoba en 2002, después de haber terminado la primaria en el Colegio Betania. En el año 2006 ingresó al noviciado de São Paulo, Brasil. Estudió humanidades clásicas en Cheshire, y el bachillerato de filosofía en Roma. De 2011 a 2015 realizó sus prácticas apostólicas en México, primero como instructor de formación en el Instituto Cumbres de Aguascalientes y luego como prefecto de disciplina en el Centro vocacional de Guadalajara. Actualmente se encuentra cursando la licencia en filosofía en el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum.

El H. Felipe Colodel, L.C. nació el 22 de noviembre de 1989 en Campo Largo, Paraná, Brasil. Ingresó al Centro de noviciado de São Paulo el 11 de marzo de 2006. Emitió la primera profesión religiosa el 24 de febrero de 2008. Estudió un año de humanidades en Cheshire y el bachillerato en filosofía en el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum. Durante prácticas apostólicas, de 2011 a 2015, fue promotor vocacional en Brasil y miembro del equipo auxiliar del ECYD de Porto Alegre y Sao Paulo. En 2015 regresó a Roma para iniciar la licencia en filosofía.

El Card. Pietro Parolin ordena sacerdotes a 36 legionarios de Cristo

Nota de Prensa

Roma, 10 de diciembre de 2016.- El Cardenal Pietro Parolin, Secretario de Estado de Su Santidad, ha ordenado sacerdotes a 36 legionarios de Cristo en la Basílica de San Juan de Letrán. Asistieron a la ceremonia más de 3 mil personas entre familiares, amigos, compañeros del seminario y formadores. El P. Eduardo Robles-Gil, L.C., Director general de los Legionarios de Cristo y del Movimiento Regnum Christi presentó a los candidatos a la ordenación.

En su homilía el Cardenal Parolin dijo que la vocación de estos nuevos sacerdotes tiene “una única origen: el hecho de ser buscadores de Dios, de haberse dejado seducir por Él como el profeta Jeremías”. Les recordó también que “el Espíritu Santo por medio de la imposición de las manos y la unción los habilita para el servicio como ministros del Señor en medio del pueblo de Dios […] Son consagrados al Señor para ser misioneros del Evangelio entre la gente”.

Más adelante, el Cardinal Parolin se dirigó a los nuvos sacerdotes: “Su vida no será un rechazo o evasión del mundo, sino una encarnación serena en la historia para que quienes se encuentren con ustedes vivan la relación con Dios que está a la raíz de la existencia humana”. Los puso también en guardia del peligro de la mundanidad espiritual, de la que tanto habla el Papa Francisco. Los invitó a “que muestren a todos aquella humildad y sencillez que Cristo vivió para conquistar nuestra confianza y salvarnos.”

“Que la entera Congregación continúe a caminar con generosidad y valentía por los caminos de la renovación y de la autenticidad evangélicas, siguiendo las líneas trazadas gracias al acompañamiento de la Santa Sede, para mayor Gloria de Dios, para el servicio de la Iglesia y para la salvación del mundo”, concluyó el Card. Parolin.

El rector del seminario de los Legionarios en Roma, P. Christopher Brackett comenta: «Ver a un grupo de jóvenes que, después de varios años de preparación y discernimiento personal, dan el paso al sacerdocio es siempre un motivo de grandea alegría. Vale la pena seguir de cerca a Jesucristo y entregars la vida al servicio de los demás». Añade el P. Brackett: «Han recibido un llamado para ser instrumentos de la misericordia y que encienda en los corazones de los hombres y mujres a quienes sirven el fuego misionero que los lleve a querer compartir el amor de Dios con los demás».

El P. Eduardo Robles-Gil, L.C., director general de los legionarios de Cristo y del Movimiento Regnum Christi comenta: «La Legión de Cristo y toda la familia del Regnum Christi estamos de fiesta, agradeciendo a Dios el don de 36 nuevos sacerdotes para la Iglesia. Agradecemos a las sus familias pues con sus oraciones, cercanía y apoyo, han sido decisivos en el camino de sus hijos el altar.».

En la ordenación concelebraron cerca de 150 sacerdotes. Asistieron en el rito de la unción de las manos y de la entrega del cáliz y la patena Mons. Matthias König, obispo auxiliar de la arquidiócesis de Paderborn, Alemania y Mons. François Bacqué, nuncio apostólico emérito en Holanda. Además, asistió como diácono el Sr. David Parker, de Estados Unidos y padre de uno de los nuevos sacerdotes, David Parker Jr. Ambos fueron ordenados diáconos en una misma ceremonia hace unos meses en Pulaski, Wisconsin, Estados Unidos.

¿Quiénes son los nuevos sacerdotes?

Los 36 nuevos sacerdotes provienen de 11 países: Italia (2), Alemania (2), Brasil (3), Francia (1), Reino Unido (1), Venezuela (1), Argentina (2), Chile (2), México (13), Polonia (1) y Estados Unidos (8). Todos ellos obtuvieron sus grados de filosofía y teología en el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum. Su periodo de estudio y preparación incluyó también una etapa de trabajo pastoral en el campo de la educación, las misiones, la animación de grupos juveniles, la pastoral familiar y la formación de seminaristas menores.

Entre los nuevos sacerdotes se encuentra el P. Mairon Gavlik, oriundo de Brasil, quien realizó su periodo de trabajo pastoral en Alemania y Brasil, y comparte: «Lo que más me atrae del sacerdocio es la experiencia de dejarme encontrar por el amor de Cristo cada día y el deseo de compartir la experiencia de ese amor con las demás personas». También está Juan Andrés Lander, de Venezuela, quien estudió ingeniería en informática, trabajó en una empresa de Inglaterra diseñando software y después de un periodo como voluntario del Regnum Christi descubrió el llamado al sacerdocio en la Legión. El P. Pablo Solís, mexicano, concluyó los estudios de ingeniería industrial en la Universidad Iberoamericana, en México, y trabajó durante unos años en Procter & Gamble y Kraft Foods antes de ingresar al noviciado.

El P. Nikolaus Klemeyer, de Alemania, era luterano y se convirtió al catolicismo antes de entrar a la Legión. Durante su periodo de formación, su familia también pasó a formar parte de la Iglesia Católica. El P. Brett Taira, de Estados Unidos, es converso del budismo y entró al seminario después de haber conocido a Cristo.

El P. Gastón Vicuña, chileno, fue laico consagrado del Regnum Christi durante 8 años y después de un período de discernimiento inició su camino al sacerdocio en la Legión.

Algunos de los nuevos sacerdotes comentan que la experiencia de voluntariado en el programa de colaboradores del Regnum Christi fueron experiencias que les ayudaron a descubrir el sentido de su vida en la entrega a los demás. Entre ellos están los padres Daniel Rolczynski, Michael O’Connor, Ryan Richardson, Esteban Castellanos, Juan Pablo Nájera, César Hernández y Francisco Iñarritu.

Las historias de los nuevos sacerdotes se pueden leer en el sitio web de las ordenaciones sacerdotales.

Texto íntegro de la homilía del Cardenal Parolin:

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Flickr: Fotografías de las ordenaciones 2016

Más información: P. Benjamín Clariond LC / P.  Aaron Smith LC. Email: pressoffice@regnumchristi.net

 

El noviciado, un periodo para enamorarse de Jesucristo

El P. Eduardo Robles-Gil escribió una carta a los novicios que recientemente han ingresado al noviciado dándoles la bienvenida a la Legión y animándoles a aprovechar el noviciado como un momento para enamorarse de Jesucristo.

¡Venga tu Reino!

15 de septiembre de 2016

 

A los novicios de primer año

 

Muy queridos hermanos,

Les escribo en esta solemnidad de la Virgen de los Dolores, patrona de la Legión y, de modo especial, del noviciado, para saludarlos y darles la bienvenida a nuestra familia religiosa. He ido viendo con mucha ilusión las fotografías de la entrega del hábito legionario en los diversos países y siempre me ha venido a la mente la misericordia de Dios que sigue enviando obreros a su mies y que nunca abandona a su pueblo.

Ustedes ahora emprenden sus primeros pasos en la Legión. El noviciado es un período fundamental para su futura vida religiosa en el que han de buscar enamorarse de Jesucristo y confirmar en la oración y con la ayuda de sus formadores su decisión de consagrarse enteramente al servicio de Dios y de los hombres como legionarios. No pierdan nunca de vista este deseo de ser santos y amigos íntimos de Jesús, pues eso les podrá sostener siempre, incluso en medio de las pruebas y retos de la vida. Esta experiencia además les hará capaces de ser testigos de esperanza para las personas que Dios quiera asociar a su vocación.

El evangelio de la misa de hoy nos ha trasladado al calvario, al pie de la cruz junto con María. Ahí ella nos aceptó a todos y cada uno como hijos porque así se lo pidió Jesús. Desde entonces vela por cada uno de nosotros llamados a ser otros Cristos. Igual que San Juan, acojan a María en todas sus cosas: proyectos, ilusiones, temores y sueños… Ella sabrá llevarlos a buen puerto.

Cuenten con un recuerdo en mis oraciones. No dejen de encomendar al Señor, especialmente en sus ratos de adoración, las vocaciones que el Señor regala a su Iglesia para un especial seguimiento como sacerdotes o consagrados, y particularmente a quienes Él quiere llamar a la Legión y a la vida consagrada en el Regnum Christi.

¡Bienvenidos a la gran familia de la Legión y el Regnum Christi! Ustedes son nuestros hermanos menores, y en cada uno descubrimos una bendición y signo del amor de Dios.

Su hermano en Cristo, P. Eduardo Robles-Gil LC

N.B. Cuando tengan oportunidad, transmitan mi agradecimiento y mi saludo a sus familias, especialmente a sus padres. Les adjunto también el texto de un encuentro del Papa Francisco con los novicios y seminaristas del mundo el año 2013 cuya lectura seguramente les será de mucha utilidad.

El sacerdocio legionario

El 4 de agosto el P. Eduardo Robles-Gil envió una carta a los casi 50 legionarios que están haciendo sus ejercicios espirituales de mes en Roma. El tema que eligió para sus reflexiones es el sacerdocio y la vida religiosa en la Legión de Cristo. En años pasados afrontó temas como la conversión del corazón (2014) y el discernimiento (2015). A continuación se ofrece el texto íntegro:

¡Venga tu Reino!

4 de agosto de 2016

 

 

A los Legionarios de Cristo que se encuentran

en Ejercicios espirituales de mes

 

Muy queridos padres y hermanos,

La razón de ser de la Legión de Cristo es «dar gloria a Dios y buscar que Cristo reine en la vida de sus miembros, en el corazón de los hombres y en la sociedad» (CLC 2 §1). Los ejercicios espirituales de mes que están viviendo ahora son uno de los medios privilegiados que la Legión nos ofrece para avanzar decididamente por este camino. Espero que estas líneas los encuentren muy confiados de que el Señor que ha empezado en ustedes la obra buena, él mismo la llevará a término. Saludo a todos y cada uno y les aseguro mi oración por sus intenciones, a la vez que pido a todos que no dejen de rezar por mí.

Durante los ejercicios espirituales resuena con fuerza la invitación de Jesucristo a estar unidos a Él y participar de la misión de instaurar su Reino. Se trata de un llamado para compartir con el Señor su modo de vivir, sus criterios, sus sentimientos, sus penas y sus alegrías. Nuestra respuesta se encarna progresivamente según la vocación de cada uno. En nuestro caso, se trata de la vocación a la vida religiosa y el sacerdocio en la Legión.

Deseo hacerme presente de alguna manera entre ustedes en este tiempo de gracia. Para ello, les comparto algunas reflexiones sobre la vocación a ser sacerdotes religiosos y, especialmente, sobre algunos aspectos del sacerdocio legionario en una triple dimensión: llamados, ungidos y enviados.

 

Sacerdotes religiosos

Cristo ha regalado un único sacerdocio a su Iglesia, del que los fieles participan de dos maneras distintas. Todos los bautizados en Cristo son consagrados para constituir un sacerdocio santo que se realiza en el desarrollo de la gracia bautismal. A la vez, el Señor, con amor de predilección, elige a algunos de entre los hermanos para ejercer, a través del sacramento del Orden, el sacerdocio ministerial, al servicio del sacerdocio común. (cf. Lumen Gentium 10).

Cuando un legionario recibe el sacerdocio, el sacramento del Orden se encuentra con el carisma de la vida religiosa, que le da una fecundidad peculiar. La consagración por la profesión de los consejos evangélicos presenta y favorece la exigencia de una pertenencia más estrecha al Señor. En efecto, en el legionario la vocación al sacerdocio y a la vida religiosa convergen en una profunda y dinámica unidad (cf. Vita Consecrata 30).

Nuestra identidad sacerdotal se define a partir del servicio que estamos llamados a desempeñar a favor de los fieles. Existimos y actuamos para el anuncio del Evangelio al mundo y para la edificación de la Iglesia, actuando in persona Christi capitis (cf. Pastores Dabo Vobis 15). La gracia de los consejos evangélicos y de la vida común ayuda en gran medida a adquirir la santidad que exige el sacerdocio, conscientes de la íntima relación que hay entre la propia vida espiritual y el ejercicio fecundo del ministerio.

El Capítulo General nos recordaba a este respecto: «Sin reducir la amplia gama de apostolados y funciones que el legionario puede asumir, nuestra misión específica en relación con los demás miembros del Regnum Christi consiste en acompañar, formar e impulsarlos en su camino de santidad y apostolado, ejercitando la paternidad espiritual propia del sacerdote» (CCG 2014, 32). Nuestra condición de religiosos legionarios nos permite complementarnos con otras formas de vida con las que compartimos un mismo carisma. Es un signo de eclesiología de comunión y de la igual dignidad de todos los bautizados y la diversidad de funciones en el Cuerpo místico de Cristo.

En el rito de la ordenación sacerdotal hay tres momentos que nos ayudarán a profundizar en el sacerdocio legionario al que el Señor nos invita: el llamado de los elegidos, la unción y el envío.

 

Llamados por el Padre

Cada legionario ha sido llamado por su nombre. Ha sido amado con un amor eterno (cf. Jr 31,3) y ha descubierto con sorpresa que Dios lo conoce desde toda la eternidad, lo invita a la intimidad que cobra esa palabra en la Sagrada Escritura, y lo invita a compartir su misma vida.

Jesús nos ha tomado de entre los hombres, con nuestras cualidades y defectos que Él conoce de sobra, y ha querido fiarse de nosotros. No se impone. Más bien, se insinúa para no violentar nuestra libertad. Invita y propone un camino evangélico, arduo y difícil, pero que se recorre junto con Él. De algún modo nos ha dicho a todos con grandísima originalidad y respeto: «¿Qué buscas? ¡Ven y verás! ¡Sígueme!».

La cercanía con el Maestro también conlleva la conciencia de la propia pequeñez y fragilidad, de la desproporción entre nuestra realidad y la misión que se nos confía. Igual que a Pedro no debe sorprendernos la sensación de indignidad que brota de la conciencia de nuestra miseria y nuestro pecado: «¡Apártate de mí que soy un pecador!».

Pero nuestra miseria no puede ser nunca motivo de temor. Así se lo dijo Jesús a Pedro en después de la pesca milagrosa: «No temas. Desde hoy serás pescador de hombres». Pero a lo largo de su vida, Pedro siguió experimentando el peso del hombre viejo en su corazón. Después de la resurrección, con plena conciencia de las áreas de oscuridad en su vida, confía en la mirada de Jesús que ve también todo lo bueno que hay en su amigo: «Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero». Jesús le confirma su misión pastoral. Es como si le dijera: «No temas. Yo estoy contigo. No te abandono. Tú no me abandones a mí, aunque a veces tengas que gritar: “¡Señor, sálvame!”».

Con esta conciencia, el legionario puede ponerse de pie ante su Señor que lo llama por su nombre. La Legión, que lo conoce bien, lo presenta a un sucesor de los apóstoles y «da la cara» por él ante la tremenda pregunta: «¿Sabes si son dignos?». Y así, respaldado por su familia religiosa que confía en él, puede responder con un «¡Presente!» a su Señor.

A este respecto, nos puede hacer mucho bien repasar las palabras de San Pablo en 2Co 1, 18-22, que si bien se refieren en primer lugar al Bautismo, cobran un significado especial el día de la ordenación:

«Les aseguro, por la fidelidad de Dios, que nuestro lenguaje no es hoy “sí”, y mañana “no”. Porque el Hijo de Dios, Jesucristo, el que nosotros hemos anunciado entre ustedes […] no fue “sí” y “no”, sino solamente “sí”. En efecto, todas las promesas de Dios encuentran su “sí” en Jesús, de manera que por Él decimos “Amén” a Dios, para gloria suya. Y es Dios el que nos reconforta en Cristo, a nosotros y a ustedes; el que nos ha ungido, el que también nos ha marcado con su sello y ha puesto en nuestros corazones las primicias del Espíritu».

En Cristo no se mezclan el “sí” y el “no”. No acepta respuestas a medias, porque Él mismo no las da. Él invita a los que llama para confiarles el sacerdocio a que reiteren ante la asamblea su «sí», a manifestar su fe en la verdad, la belleza, en la bondad de la creación y en la presencia de Dios en medio de su pueblo.

Hoy, por desgracia, en el mundo parece proliferar y dominar el «no». Nuestra cultura posmoderna ha desarrollado una visión negativa de la humanidad y del mundo y culpa a las generaciones anteriores de sus males actuales. No son pocos quienes piensan que negando lo pasado, que consideran negativo, saldrá algo positivo. De ahí surge una lógica de ruptura, de rebeldía, de individualismo a ultranza, que considera tener el verdadero progreso en sus manos, precisamente dando un «no» a todo lo que no ha hecho él mismo, a lo que les dado.

El candidato al sacerdocio, en cambio, responde con un «¡Presente! ¡Sí, Padre!» que repetirá cada día de su vida. Sabe que el Señor lo llama porque ha creado un mundo bueno y ama a los hombres, incluso cuando le hemos dado la espalda. Dios tiene el firme propósito renovar el mundo y ha querido necesitar del «sí» de su elegido para que se le abra la puerta de la historia, para caminar por nuestras calles y proclamar desde los tejados el mensaje de la salvación.

El legionario recibe la ordenación a los pies de la imagen de María, precisamente porque ella fue la mujer que con su «sí» permitió que Cristo nos revelara el rostro misericordioso del Padre.

El «sí» a la llamada nos recuerda que nuestra misión consiste en ayudar a las personas a encontrarse con Cristo para que, a su vez, puedan también ellas entregarle su vida entera.

 

Ungidos por el Espíritu

Un segundo momento especialmente significativo de la ordenación sacerdotal es la unción de las manos del neosacerdote con el Santo Crisma. El obispo le dice: «Jesucristo, el Señor, a quien el Padre ungió con la fuerza del Espíritu Santo, te auxilie para santificar el pueblo cristiano y para ofrecer a Dios el sacrificio».

El Papa Benedicto XVI en la homilía de la misa crismal de 2006 decía: «Si las manos del hombre representan simbólicamente sus facultades, […] entonces las manos ungidas deben ser signo de su capacidad de donar, de la creatividad para modelar el mundo con amor […]. En el Antiguo Testamento, la unción es signo de asumir un servicio: el rey, el profeta, el sacerdote, hace y dona más de lo que deriva de él mismo. En cierto modo, está expropiado de sí mismo en función de un servicio, en el que se pone a disposición de alguien que es mayor que él».

La unción del sacerdote legionario se renueva cada día en los momentos de intimidad con Jesucristo, en los momentos de oración personal, en la celebración fervorosa de la liturgia y de los sacramentos, en la escucha atenta de la Palabra de Dios. En el cultivo de la dimensión contemplativa de su vida se dispone para difundir el buen olor de Cristo, por medio de palabras y de acciones. Es ahí en donde una vez más Jesús nos llama amigos y nos pide que anunciemos todo lo que Él le ha oído al Padre y Él nos ha dado a conocer (cf. Jn 15, 15). Es en el ejercicio cotidiano de las virtudes teologales que se renueva la confianza ante el futuro, pues descubrimos que Dios cuida de nosotros y nos guía por senderos rectos.

Esta especial unción es para santificar el pueblo cristiano, no para guardarla. Jesús nos ha constituido en el sacerdocio y nos ha puesto en condiciones de ser cooperadores de la misión y de la autoridad con la que él mismo cuida el crecimiento, la santificación y el gobierno de la Iglesia (cf. Presbyterorum Ordinis, n 2). Somos sacerdotes no para nosotros mismos, sino, parafraseando el responsorio del común de pastores del breviario, para orar mucho por nuestro pueblo que es la Iglesia, que son nuestros hermanos, tanto los de cerca como los de lejos. Somos sacerdotes para interceder por ellos y presentarle al Señor los gozos y esperanzas, dolores y angustias de los hombres. Y también lo somos para salir a buscar a las ovejas perdidas, para acercarlas al Señor, y derramar en ellas el bálsamo de la misericordia con el que Dios nos ha enriquecido.

Conviene recordar que la unción que hemos recibido es para servir, para ponernos a disposición del Señor. Existe el peligro del clericalismo, del que tanto habla el Papa Francisco, y que, simplificando mucho, tiene un aspecto especialmente pernicioso: creer que solamente los ministros ordenados podemos llevar adelante la Iglesia, y los demás, están ahí para seguir indicaciones. En el Regnum Christi tenemos la enorme bendición de poder colaborar en la misión con miembros consagrados y laicos, hombres y mujeres. Nosotros estamos a su servicio. Algunas veces este servicio será de dirección, pero muchas otras consistirá en colaborar en su formación, su acompañamiento espiritual y sumarnos a las iniciativas apostólicas que vayan surgiendo.

¡Cuánto daño podemos llegar a hacer cuando pretendemos que los sacerdotes somos superiores y cuando no sabemos sumarnos a un equipo, contribuir a la comunión! ¡Y cómo se difunde el buen olor de Cristo cuando recordamos que estamos configurados sacramentalmente con aquel que no ha venido a ser servido sino a servir y dar su vida en rescate por muchos! Así contribuimos fuertemente a la comunión, propiciando que esta unción baje por todo el cuerpo, hasta llegar a «la franja del ornamento« (cf. Sal 133, 2), es decir, hasta los más alejados pero que han sido llamados a participar de esta comunión en Cristo.

 

Enviados por el Hijo

En 1991, san Juan Pablo II decía en la homilía de ordenación de 60 hermanos nuestros: «Legionarios de Cristo quiere decir que habéis aceptado con decisión y generosidad la invitación a difundir y actuar el reino de Dios, dispuestos a dedicaros a la conquista de las almas. A ellas, efectivamente, sin asomo alguno de distinción o particularismo, os vais a dedicar como apóstoles, comprometidos en un servicio consagrado, para su salvación: la salvación del hombre, de todo el hombre, en cooperación con la Iglesia entera para responder a las esperanzas de nuestra época, tan hambrienta del Espíritu, porque siente a su vez el hambre de justicia, de paz, de amor, de bondad, de fortaleza, de responsabilidad, de dignidad humana. Legionarios de Cristo, porque sabéis muy bien que la vía del bien de la humanidad pasa necesariamente por Cristo».

Con la ordenación sacerdotal, el religioso legionario ha completado su formación y está listo para ser enviado, de manera que resuene la voz del Señor en nuestro tiempo. Con su vida y apostolado, invitará a los hombres a dar el paso de la fe. Por la predicación, los sacramentos y la caridad podrá ser un signo por medio del cual Jesús revele el amor de su corazón a los demás y puedan luego optar por poner en sus manos la propia existencia.

El camino para realizar la misión no puede ser diverso al de Cristo. Él se entregaba a todos, especialmente a los más necesitados, les predicaba, los sanaba, los liberaba del maligno y de sus dolencias. Al mismo tiempo, el Señor dedicaba una parte significativa de su tiempo a formar a los doce, y también a un círculo más amplio de hombres y mujeres, que continuarían con su misión y serían sus testigos en Jerusalén y hasta los confines de la tierra. Salía además al encuentro de quienes buscaban un sentido de su vida, y de quienes eran rechazados por los demás. En esta actividad, entretejía momentos solitarios de íntima relación con su Padre en la oración y momentos de descanso con sus amigos más cercanos.

El sacerdote legionario busca con su oración y con su acción apostólica que los cristianos sean sal de la tierra y luz del mundo, y por eso los anima a todos a formar y ejercer su liderazgo que es connatural a la condición de cristiano:

«No digas: “Soy incapaz de influir sobre los demás”, porque si eres cristiano es imposible que no influyas. En la naturaleza no existen contradicciones; tampoco las hay en el hecho de que influyas, porque está en tu naturaleza de cristiano. Si dices que el sol no puede brillar, es una injuria la que le haces; si dices que un cristiano no puede hacer mejores a otros, le haces injuria a Dios y caes en la mentira. Es más fácil que el sol no caliente ni brille a que un cristiano no resplandezca, es más fácil que la luz sea tinieblas a que esto suceda» (San Juan Crisóstomo, Homilía XX sobre los Hechos de los Apóstoles, PG 60, 163-164)

Con la ordenación, Dios tiene la suprema audacia de confiarse a las manos de un hombre. Al sacerdote, Jesús lo ama como amigo, ha dado su vida por él y le demuestra su afecto que no conoce límites. Lo ha elegido para que vaya y dé fruto. Quiere que comparta esta experiencia con otras personas para ayudarlos a realizar la plenitud de su vocación bautismal. Pero sobre todo, lo quiere disponible: quiere que sea un signo claro de su amor y presencia en la vida de los hombres.

En el rito de la ordenación, el obispo entrega al sacerdote el cáliz y la patena mientras le dice: «Recibe la ofrenda del pueblo santo para presentarla a Dios. Considera lo que realizas e imita lo que conmemoras y conforma tu vida con el misterio de la cruz del Señor». El sacerdote es ministro de la misericordia perdonando los pecados, da a los hombres el pan de Dios que baja del cielo y da la vida al mundo, y predica la Palabra como un profeta de Dios. Pero además profundiza en el misterio que ha sido puesto en sus manos: debe buscar fecundar su misión apostólica al unirse a Cristo que se ofrece cada día por la salvación del mundo.

El envío encuentra en el legionario la conciencia del valor de una sola alma, de la brevedad del tiempo y de la realidad de la eternidad. De ahí que busque capacitarse para poder llevar mejor el mensaje, imitar mejor a Cristo para que sea Él quien aparezca. Se concibe a sí mismo como el amigo del esposo, que lo asiste y lo oye y se alegra con su voz, pero sabe que él es voz, y sólo Cristo es la Palabra que hay que anunciar. Por eso se gasta y desgasta por las almas que le han sido confiadas (cf. 2Co 12, 15) y está realmente disponible para ser enviado al mundo entero y busca toda ocasión para manifestar el amor de Cristo.

El sacerdote legionario, para serlo de verdad, debe también saber abrazar la cruz de Cristo y unirse así al sacrificio que ofrece cada mañana. A veces la cruz se hace presente a través de incomprensiones, fracasos según los criterios del mundo, de la experiencia de la propia debilidad, de problemas de salud… También la podemos sentir en la necesidad de doblegar el propio orgullo, de vencer al hombre viejo, de dar un cauce adecuado a nuestras pasiones… Y cómo no sentir la cruz en el cansancio que a veces nos aqueja al echar las redes uno y otro día sin demasiados resultados, o al constatar nuestra pequeñez. Pero precisamente ahí nos encontramos con la fuerza del Resucitado. Cuando algo nos duela, vivamos con la esperanza de quien sabe en quién ha puesto su confianza.

Queridos hermanos, muchos de ustedes se encuentran en la recta final para su ordenación sacerdotal. Algunos ya han hecho la profesión perpetua y otros están por solicitar ser admitidos a ella. Los invito a que miren a Cristo, el único y supremo sacerdote y que sea Él quien les inspire en todo momento. Conozcan también las Constituciones y los documentos del Capítulo General, seguros de que también ahí el Señor tiene guardadas luces especiales para todos los legionarios.

Podría alargarme mucho más, pero no pretendo trazar un dibujo completo de lo que ha de ser un sacerdote legionario. Espero que estas líneas los animen a descubrir y reavivar el don que han recibido de parte del Señor al llamarles al sacerdocio y a la vida religiosa en la Legión. Le pido a Jesucristo, nuestro Rey y Señor, que les conceda responderle con un «sí» cada día más generoso hasta el final de sus vidas.

Su hermano en Cristo,

P. Eduardo Robles-Gil, L.C.

 

N.B. Por favor, no dejen de encomendar a los jóvenes y chicas que están en los diversos cursos de discernimiento vocacional de la Legión y de la vida consagrada del Regnum Christi.

La profesión religiosa – Carta a los novicios legionarios de 2º año

¡Venga tu Reino!

C O N G R E G A T I O

L E G I O N A R I O R U M   C H R I S T I

D I R E C T O R  G E N E R A L I S

Ciudad de México, 6 de agosto de 2015

Transfiguración del Señor

A los hermanos de segundo año de noviciado 

Muy queridos hermanos, 

Les envío un saludo y mi oración a pocos días de que muchos de ustedes harán su primera profesión. En esta fiesta de la Transfiguración del Señor recordamos que la vida religiosa consiste en subir al monte para hacer la experiencia de Dios y luego volver al mundo para compartirla, anunciando a los hombres lo bien que se está junto al Señor. 

El día de su profesión, con la gracia de Dios, se propondrán seguir a Cristo más de cerca como sus legionarios. El paso que se disponen a dar nos llena de alegría y expectación a sus hermanos mayores: nos alegramos con ustedes porque el Señor los ha llamado con especial predilección y vivimos con expectación porque cada uno es una promesa para la instauración del Reino de Cristo en el mundo.

Ustedes llegan a este momento después de dedicarse durante dos años a discernir, profundizar y madurar su propia vocación; de pedir la gracia y colaborar con ella para forjar un amor personal y apasionado a Jesucristo y a su Reino; de asimilar afectiva y efectivamente el espíritu y la disciplina de la Legión (cf. Constituciones, n. 71). Todo esto se ha traducido en un crecimiento y maduración espirituales que les permitirá representar mejor a Jesucristo en medio de su pueblo.

Si bien el crecimiento y el desarrollo de la vocación es el reto y la tarea que debemos enfrentar cada día con ilusión, es muy importante no perder de vista el punto de partida: un encuentro personal con Jesucristo que produjo en sus corazones esa fascinación por el Señor que los llevó a dejarlo todo para compartir su mismo estilo de vida. Ahora que van a abrazar con ilusión una vida pobre, casta y obediente y prometer vivir según las reglas de la Legión de Cristo, tengan bien presente que esto es una respuesta a una mirada de amor de Cristo a cada uno de ustedes. Y es de esa mirada amorosa de donde parte todo.

La vocación legionaria, es inseparablemente vocación a la vida religiosa y al sacerdocio, y es como una semilla que el divino sembrador ha ido esparciendo y que ha caído en tierra buena. En el noviciado, y a lo largo de las distintas etapas de formación, y también en el ministerio, esa semilla se convierte en una planta, luego en un árbol que da sombra, cobija a las aves del cielo y da mucho fruto. Pero se puede correr el riesgo de ver más el árbol que ha surgido y sigue creciendo (con los estudios, un posible cambio de casa de formación, el apostolado, las relaciones con los demás, etc.) y olvidar la semilla de donde brotó todo y que sostiene todo: Jesucristo que nos ha robado el corazón e invitado a estar con Él, (vivir cómo él), para enviarnos a predicar (cf. Mc. 3, 14).

La fórmula de la profesión religiosa de los consejos evangélicos nos ayuda a no perder de vista que lo más importante de nuestra vida es crecer y corresponder al amor. Las palabras con las que consagrarán su vida a Dios en la Legión son: «Yo, en la presencia de la Santísima Trinidad, de la Virgen de los Dolores y de san Juan Evangelista […] prometo y hago voto a Dios omnipotente de vivir […] en pobreza, castidad y obediencia, de acuerdo con la institución de la vida religiosa en la Iglesia, a tenor de las Constituciones de la Congregación de los Legionarios de Cristo» (Constituciones n. 95).

Si analizamos en presencia de quién hacemos nuestra profesión, nos damos cuenta de que el legionario ofrece el don total de su vida en el lugar del amor más grande: el Calvario. Ahí está presente la Santísima Trinidad, pues el Padre ha enviado a su Hijo al mundo para salvarlo, el Verbo muere en la cruz para redimirnos de nuestros pecados y entrega el Espíritu. Al pie de la cruz están la Virgen de los Dolores y San Juan Evangelista, el que da testimonio de todas estas cosas. Es precisamente ahí en donde un novicio que va a profesar se pone de rodillas para corresponder al Amor con un amor que está más en las obras que en las palabras.

Como decía más arriba, la vocación legionaria es una vocación a la vida religiosa y al sacerdocio. Me quiero fijar en la dimensión religiosa: una consagración total a Dios, en el seguimiento cercano, que nos lleva por su gracia a una transformación interior y a una mayor identificación con Jesucristo. Dios nos consagra para sí en la Legión, y nosotros profesamos unos votos como legionarios. Él nos elige y nosotros le respondemos.  Esta dimensión religiosa, de identificación voluntaria y libre con Jesucristo en el corazón y en las obras, es parte integrante y esencial de la vocación, si hemos sido llamados a ser legionarios.

En las Constituciones al iniciar el segundo capítulo sobre el espíritu de la Congregación ponemos una cita de la exhortación apostólica Vita Consecrata que dice: «El fundamento evangélico de la vida consagrada se debe buscar en la especial relación que Jesús, en su vida terrena, estableció con algunos de sus discípulos, invitándoles no sólo a acoger el Reino de Dios en la propia vida, sino a poner la propia existencia al servicio de esta causa, dejando todo e imitando de cerca su propia vida». (n. 14).

Los animo a entrar con mucha confianza en la vida religiosa en la Legión y a entregarse con ánimo generoso para ser religiosos santos que se preparan para anunciar al Cristo que han conocido personalmente. No tengan miedo de sus fragilidades, pues el Señor es rico en misericordia y ama a quien busca darse a Él y a las almas no obstante sus limitaciones. San Juan, que está al pie de la cruz y es nuestro patrono tuvo miedo y huyó en Getsemaní. Pero a pesar de los temores, y con la ayuda de María, el amor venció al temor, la gracia a la debilidad, y se convirtió en el testigo privilegiado y apóstol del amor del Corazón de Cristo.

Los estaré encomendando a ustedes y a sus formadores de manera especial en esta recta final para su profesión religiosa. Procuren hacer memoria de ese primer encuentro con Cristo y a hacer presente el amor que han experimentado a través de la práctica de la caridad y de las obras de misericordia.

No dejen de pedir a Cristo Eucaristía por todos sus hermanos mayores, para que no solamente no dejemos el amor primero, sino que crezcamos cada día para corresponder mejor a un Dios tan misericordioso que ha querido invitarnos a ser verdaderamente suyos en la Legión, sus religiosos y sus sacerdotes.

Su hermano en Cristo y la Legión,

P. Eduardo Robles-Gil, L.C.