P. Andrés Villarreal, L.C.

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Sacerdote desde siempre y para siempre

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“Su hijo tiene ganas de vivir”. Estas fueron las palabras que el doctor le dijo a mi mamá en el hospital cuando me tuvieron que operar de emergencia del corazón un mes después de haber nacido. Soy triate, nací a los 7 meses y medio de embarazo, o mejor, nacimos a los 7 meses y medio y estuvimos en la incubadora por algún tiempo: mi hermana, la mayor de los tres, estuvo una semana; mi hermano, 15 días; y yo, cuatro semanas. Cuando nací los doctores no me daban muchas esperanzas de vida: nací pesando un kilo y 400 gramos, con una hernia en el estómago y con problemas en el corazón.

Los doctores no creían que fuera a sobrevivir, pero Dios tiene sus planes; y aquí me tienen a unos días de acercarme a las gradas del altar. Los doctores creían que me iba a morir, pero Dios tenía una misión preparada para mí. Con profunda alegría y desde lo más profundo de mi corazón, puedo decir: ¡Gracias Señor por el don del sacerdocio!

Durante los primeros años de mi infancia estuve tomando medicinas que me ayudaron a regular el ritmo cardiaco y a superar, a Dios gracias, esta enfermedad. No obstante, puedo decir que disfruté mucho mi niñez al lado de mis triates y de mis dos hermanos mayores a los que quiero mucho y los llevo en mi corazón. De hecho, los triates teníamos la “mala fama” de ser muy tremendos, nos llamaban: “los trimendos“.

Fue en esta temprana edad cuando Dios puso en mí la semilla de la vocación sacerdotal. En primer lugar porque mis papás fueron un ejemplo de vida cristiana, con las luchas y dificultades propias del matrimonio y del sacar adelante a una familia numerosa; por otro lado, me ayudó mucho el testimonio del P. Carlos Vásquez, mi tío sacerdote, quien tenía mucha ilusión de por estar en el día de mi ordenación y quien no podrá hacerlo físicamente, pero sí espiritualmente, murió hace casi 3 años de cáncer. Otro aspecto que me ayudó en estos años de mi infancia fue el haber estudiado en un colegio católico, y aquí les debo las gracias a los hermanos Maristas y Lasallistas que me dieron ejemplo de entrega y de donación a los demás. Y por último, la experiencia de ser acólito o monaguillo me marcó mucho, es aquí donde mi deseo por ser sacerdote se comenzó a fraguar.

Mis años de secundaria y de preparatoria fueron años muy bonitos, llenos de experiencias, de recuerdos, de amistades que hasta hoy conservo. También fueron años de discernimiento vocacional, de descubrir la voluntad de Dios para mí; años de lucha interior, de ir percibiendo que Dios me estaba hablando y me estaba pidiendo dejarlo todo para seguirlo a Él, y de sentir la fascinación por el mundo y con muchas posibilidades por delante.

Al final de la preparatoria y en medio de mis luchas internas, tuve la oportunidad y la gracia de conocer al P. Ricardo Sada (actual director territorial de México), quien me supo escuchar, quien me supo acompañar y quien me supo apoyar y orientar en mi camino vocacional. Dios Nuestro Señor se valió de él como instrumento para mostrarme su voluntad y le agradezco al P. Ricardo por haber sido ese instrumento, por su ejemplo de donación y entrega y por su ayuda y apoyo especialmente en los momentos más duros de mi vocación.

En junio del 2001, después de presentar mi último examen de preparatoria, llegué al Noviciado de la Legión en la ciudad de Monterrey (de donde soy originario) para comenzar la aventura de mi vocación en la Legión.

El 15 de septiembre de ese mismo año, recibí el uniforme legionario, nuestro hábito, y fui trasladado a Salamanca, España para iniciar mi primera etapa de formación: el noviciado. Agradezco a cada uno de mis formadores por su paciencia, su apoyo y cercanía paternal. Hago mención del P. José Luis Richard quien fue mi superior y formador durante esta primera etapa de mi vida en la Legión y por todo lo que ha hecho por mí durante todos mis años de formación hasta el día de hoy, sin duda él ha sido pieza clave en mi perseverancia en la Legión.

Después del noviciado, hice mis primeros votos y comencé mis estudios de humanidades ahí mismo, en Salamanca. Al terminar esos dos años fui enviado a Thornwood, NY para estudiar mi filosofía. Fueron años de intenso estudio, de intenso trabajo y de intensa preparación para las prácticas apostólicas.

Al final de la filosofía recibí mi carta de destino para realizar mi apostolado como Instructor de Formación en el Cumbres san Javier en Guadalajara. Fue una experiencia extraordinaria, aunque fue tan sólo un año y 3 meses, pero puedo decir que me marcó muchísimo y me ayudó a ver todo desde una perspectiva más sacerdotal. De forma inesperada me dieron la noticia de que me trasladaba a León como Asistente de los hermanos precandidatos en el Centro Vocacional.

Este año fue muy especial, porque fue el año en que hice mi profesión perpetua en manos del P. Álvaro Corcuera en Monterrey. Fue un día que recuerdo con mucho cariño, un paso muy importante en este camino al sacerdocio, fue el día en el que me comprometí a seguirle para siempre.

Días más tarde me llegó otra carta en la que me pedían que me fuera a Colombia a trabajar en la sección de jóvenes de Bogotá, Pereira y Manizales donde estuve dos años. Fue toda una experiencia. Desde aprender las palabras típicas de Colombia, la cocina, la cultura, etc. Me ayudó y me enriqueció mucho. Tengo grandes recuerdos de Colombia, de los jóvenes que Dios puso en mi camino, Dios quiera y me toque regresar a “Colombia tierra querida”.

Al final de este periodo y de una visita rápida a Monterrey, me llegó la tan esperada carta de volver a Roma, en mi caso, iba por primera vez a Roma después de 10 años de formación. La carta no especificaba si llegaba a estudiar la licencia en filosofía o teología, pero Dios sí lo sabía. Comencé mis estudios de teología con mucha ilusión por que el sacerdocio se acercaba cada vez más. Estos 3 años en Roma fueron años muy bonitos, años también difíciles por todo lo que había pasado, años de reflexión, de maduración, de profundizar en lo que Dios quería de mí y de la Legión. Son años que nunca podré olvidar, fueron años que me ayudaron a prepararme para mi sacerdocio. Agradezco a cada uno de mis superiores, de forma especial al P. Francisco De Juan, quien me aguantó por 3 años y quien siempre estuvo ahí para apoyarme en todo momento.

Algo que no he mencionado antes, pero que hago ahora es lo siguiente: el año en que hice mi profesión perpetua (2009) fue el año en el que estalló “la bomba”; las noticias tristes, pero ciertas sobre nuestro fundador salieron a la luz pública. Y a partir de ese momento una marea de críticas, de problemas, de dificultades internas se vinieron encima. No podemos negar el pasado, no podemos cerrarnos ante la verdad, tampoco se trata de ser ingenuos y de pensar que nada pasó o que todo sigue igual. Los escándalos del fundador han hecho daño a la Iglesia, a las almas, a muchas personas inocentes, y a los mismos legionarios que no sabíamos de la doble vida del fundador; hizo mucho daño. Por mi parte, como legionario, pido perdón por los errores cometidos en el pasado, y me comprometo a luchar por ser fiel y santo sacerdote, por dar testimonio de autenticidad y de hacer lo que esté de mi parte por dar un buen ejemplo a las almas que Dios ponga en mi camino y de ser un fiel instrumento de su gracia.

Me acerco a las gradas del altar reconociendo mi propia miseria, mi fragilidad, mi nada, mi pequeñez. Reconociendo que necesito de su gracia para perseverar en este camino al que Él me ha querido llamar. Pido a María Santísima que me cubra con su manto y le pido a ella que me alcance la gracia de la perseverancia final.

Que Dios los bendiga.

P. Andrés Villarreal, L.C.

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