P. Bruno do Espírito Santo, L.C.

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Que nada ni nadie te haga perder la fe en Dios

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  1. Los inicios

Nací el 7 de abril de 1983, en una pequeña ciudad del estado de São Paulo, llamada Salto, en Brasil, en el seno de una familia religiosa. El ambiente de mi región y de mi familia favoreció el desarrollo de mi religiosidad y de mi vocación. Mi tierra natal, Salto, es una antigua ciudad brasileña, fundada en 1698, a la orilla derecha del río Tietê. A inicios del siglo XX, hubo una fuerte migración de italianos a mi ciudad, pues venían a trabajar en las plantaciones de café. La colonización italiana trajo además el incremento de la fe católica en la cultura y en la religiosidad de las personas de la región. Este ambiente religioso y creyente unido a la formación que recibí de mis padres ha sido el humus en el que nació mi vocación.

Mi infancia transcurrió en la tranquilidad y en la belleza de aquel lugar. Con los amigos amábamos andar a caballo, pescar, nadar en los ríos, hacer mil y una aventuras que nuestra imaginación nos dictaba. Mi vida transcurría serena entre las maravillas de la creación y la compañía de los amigos. El mundo de nuestro alrededor era todo un universo a ser descubierto y nuestras aspiraciones eran únicamente estar juntos, juntos trabajar, juntos forjar nuestra vida y nuestra familia. Recuerdo que soñábamos en comprar grandes extensiones de tierras en el sur de Brasil, en donde criar miles de cabezas de ganado, hacer dinero y disfrutar. Sin embargo, no era ningún bien terreno lo que nos movía, sino los lazos espirituales de sincera amistad, infundida por Dios en nuestros corazones, pálido reflejo de aquel Amor que no se apaga ni con el tiempo, ni con la distancia, sino que se dilata y aumenta con el deseo. ¿Quién, en efecto, inspiraría deseos tan nobles en corazones tan jóvenes, sino el Espíritu que todo lo abarca, que todo lo contiene? Mejor se dispone a experimentar qué es estar en comunión con Dios quien antes experimentó la concordia con los demás.

 

  1. «Si quieres ser perfecto…»

            Hasta los diez años, mi vida espiritual transcurría normalmente. No sentía un especial llamado de Dios hasta entonces. Pero un hecho cambió mi relación con Dios. A los diez años de edad tuve la dicha de hacer la primera comunión en una misa dominical. Me acuerdo que fue tal mi dicha y alegría que, voluntariamente, me fui a misa todos los días de aquella semana. ¡Al fin podía recibir a Jesús! Y Él se me entregaba con creces, atrayéndome a su Corazón. Eso marcó fuertemente mi vida espiritual. Me acuerdo que las acciones de gracias después de la comunión y los ratos de oración con Él eran para mí un pedacito del Cielo. Yo sabía que aquel océano de consolaciones y luces era sólo pasajero y efímero, mas era también consciente de que el Autor de todas esas gracias era eterno, y Él sabía que yo no buscaba los regalos que Él, en su bondad, me los daba para atraerme a Él.

Sin embargo todo ello, mis planes seguían siendo los míos. No experimenté ahí la voz de su llamado. Él preparaba el terreno de mi alma para sembrar, poco después, la semilla de la vocación. El hecho fundamental y central de mi vocación, que marcó toda mi vida, hasta ahora, se dio a mis once o doce años de edad, no me acuerdo bien. Por este tiempo, cayó en mis manos un libro sobre la vida de cinco santos, escrito por René Fülöp-Miller, intitulado «The Saints that Moved the World: Anthony, Augustine, Francis, Ignatius, Theresa, 1945» (Los santos que conmocionaron al mundo: Antonio del desierto, Agustín, Francisco, Ignacio, Teresa de Ávila). Empecé la lectura movido por el deseo de conocer las batallas de Antonio contra el demonio en el desierto. Con todo, no fue eso lo que marcó el inicio de mi vocación. Seguí con la lectura de Agustín, pero, con la lectura de la vida de Francisco de Asís, mi interior se conmovió profundamente y se produjo como una herida viva y abierta en mi alma, como un tizón de fuego que se clavaba en lo más interior de mi íntimo, y también me estremecí de admiración y de amor. En aquel momento, que no sé precisar cuánto duró, quizá unos instantes, quizá varios días, no lo sé, percibí con claridad que Dios me llamaba a dejarlo todo para seguir a Jesús más de cerca. Con la vida de Francisco, entendí que Jesús me llamaba a dejar el mundo, a morir para el mundo, para vivir para Él solo. Esto ha sido y es la piedra angular de mi vocación: dejar el mundo para seguir a Jesús. Sentí que Dios me llamaba a ser religioso. No pensé entonces en el sacerdocio. No experimenté, al inicio, el llamado a ser sacerdote, sino, con elocuente claridad, sentí que Jesús me quería tras de sus huellas, en su compañía, como su religioso, consagrado a Él como un vaso de elección. ¿Cómo un niño de once o doce años de edad percibe tan diáfanamente el llamado a la vida religiosa? No lo sé, Dios lo sabe. Él sabe cuál es el mejor momento para cada quien. El ejemplo de Francisco me hizo ver que mi entrega debía ser total, pero también sabía, no sé por qué, que Dios no me llamaba a ser franciscano. Pensé, a mi tierna edad, que yo debería buscar una Orden religiosa rigurosa, que me permitiera entregarme totalmente. Pensé incluso en los cartujos de san Bruno. ¿Qué hacer entonces hasta alcanzar mi mayoría de edad? Empecé a intensificar mi vida espiritual: tomé en serio el precepto de la misa dominical, comencé a rezar más veces el rosario durante la semana, diariamente meditaba las Escrituras, acudí con más frecuencia al tribunal de la misericordia de Dios.

 

  1. En la Legión de Cristo

            Pero Dios no quiso esperar, ni que yo esperara. Mientras el deseo de la vida religiosa se revolvía en mi pecho, en 1996, a mis trece años, conocí, a través de mi madre, a un sacerdote de la Legión de Cristo. En 1994, los legionarios de Cristo hicieron el traspaso del noviciado de Curitiba a Itu. En enero de 1996, abrieron ahí en Itu el precandidatado con estudiantes del high school, a fin de abrir al año siguiente la apostólica. Aunque a nadie le platicara sobre mi deseo de ser religioso, mi mamá empezó a intuir que yo tenía inquietudes vocacionales, pues no era común que, de repente, yo empezara a llevar una vida tan intensa de oración. Fue cuando un sacerdote legionario de Cristo celebró una misa en la que mi mamá estaba presente, puesto que mi ciudad dista sólo pocos minutos de Itu. Mi mamá tomó los datos del padre y del seminario. Cierto día, volvía yo del colegio, mientras escuché mi mamá hablar por teléfono con un sacerdote. Noté que mi nombre estaba en la conversación. Evidentemente, pregunté a mi mamá con quién hablaba. Me dijo que se trataba de un sacerdote que tiene un seminario en Itu, y que está convidando a chicos para conocer el seminario. Me causó mucha sorpresa cuando me dijo que había apuntado mi nombre para conocer el lugar. Me enojé mucho con mi mamá por haber asumido un compromiso por mí, sin haberme consultado primero, pero, para no quedar mal con el padre, acepté ir, puesto que se trataba de estar allá un día, convivir y jugar al fútbol con ellos, cosa que me encantaba.

Conocí el Centro Vocacional de la Legión de Cristo en Itu, en 1996, y me gustó. Me llamó la atención el recogimiento de los novicios y el espíritu de oración de ellos. La alegría de los precandidatos era también contagiosa. Decidí hacer más convivencias con ellos. En una de ellas, me preguntaron sobre el curso de verano en enero de 1997, y le dije que me gustaría ser apostólico. Conté a mi mamá que quería entrar en el seminario en Itu. Ella me dio su consentimiento, así como mi papá. Para mí, era como un regalo de Dios que me permitía ser religioso antes de completar dieciocho años.

  1. En Itu

            Dejé mi casa el 10 de enero de 1997, a mis trece años, totalmente decidido a dejarlo todo por Jesús y a ser religioso. Me despedí de mi mamá y ella me dijo una frase, que me recordaría más adelante en mi vida: «Hijo, al abrazar la vida religiosa, verás muchos escándalos, pero que nada ni nadie te haga perder la fe en Dios». No entendí lo que dijo y me olvidé después de esta frase. Sólo años más tarde mi mamá me la vino a recordar. Durante el trayecto en coche de mi casa hasta el centro vocacional (unos quince o veinte minutos), íbamos yo y mi papá callados. Era temprano, quizá las ocho de la mañana. Él me dejaría en el centro vocacional para seguir el camino hacia su trabajo. El corazón se me comprimía en el pecho, pero contuve las lágrimas. Sentí que también a mi papá le costaba. No conseguíamos decir palabra. Él me abrazó, se despidió de mí y se marchó a su trabajo. No me acuerdo si me dijo algo. Creo que no. Sólo me acuerdo que, aquel día, fui uno de los primeros a llegar. Parece que había dos chicos que había llegado antes que yo. En seguida uno de ellos se acercó con una guitarra y empezamos a cantar. Durante el día, iban llegando más chicos y la alegría se incrementaba. Desde el inicio estaba decidido a quedarme, y no extrañé la ausencia de mis papás, sino que experimenté el gozo de la nueva familia que Jesús había elegido para mí. El contacto con los demás estudiantes, con los padres, el ejemplo de los novicios, todo era para mí un estímulo a seguir con pasión mi vocación.

            El seminario de Itu no era un mar de rosas. Había muchas carencias materiales, pero yo estaba tan feliz que no lo percibí sino sólo años después. Pero yo era inmensamente feliz. Amaba estar con mis hermanos, jugar, salir de paseo con ellos por los campos. El centro de la casa, para mí, era la capilla y la pequeña biblioteca que teníamos. Puesto que yo venía de una ciudad pequeña, mi formación intelectual tenía muchas lagunas, pero yo quería seguir adelante en mi vocación y, por ello, tenía que reforzar mi formación intelectual. El ambiente entre los estudiantes favorecía el clima de estudio y de sana emulación intelectual entre nosotros. Entre las asignaturas, mi gusto natural fue creciendo por las lenguas, por el latín y por el griego. En poco tiempo, empecé a progresar mucho entre mis compañeros y apoyado por ellos. El centro vocacional permaneció en Itu hasta los inicios de 1999, cuando nos mudamos para Arujá, en São Paulo. Los años en Itu, creo que fueron de los más felices de mi vida. Sentí que, al dejarlo todo en mi corazón, Dios me dio cien veces más padres, madres, hermanos, amigos.

            Creo que en abril de 1999 nos transferimos para el nuevo centro vocacional. Allí la naturaleza era exuberante y bella. ¡Cuánto crecí en el amor de Dios creador contemplando la maravilla de aquel lugar! Los ríos, los bosques, las aves, el cielo azul, las montañas. Todo me recordaba la infancia, pero aumentado el ciento por uno. Una parte grandiosa de este «ciento por uno» ha sido la vocación al sacerdocio. Mi llamado inicial fue a la vida religiosa y no pensé, en un primer momento, en ser sacerdote. Al paso de mis años, fue creciendo el estupor y la admiración por el sacerdocio. Dios me daba más de lo que yo pensaba o deseaba.

  1. Los años de formación y trabajo pastoral

            El año 2000 ingresé al noviciado en Arujá, SP, hasta la profesión de los votos en 2002. Durante este período, trabajé en la catequesis de primera comunión para niños de un barrio pobre, cerca del noviciado. Además, apoyé también en clubes del ECyD en diversos lugares. El contacto directo con realidades humanas de miseria material y moral, me impulsó aún más a evangelizar, a desgastarme para que Dios sea conocido y amado.

            El 2002 hice mi primera profesión en Brasil y en septiembre fui enviado a Salamanca, España, para hacer mis estudios de humanidades clásicas. Desde mi ingreso en el Centro Vocacional, siempre me gustaron los estudios de latín y de griego. Por eso, las Humanidades fueron para mí un período muy fecundo intelectual y culturalmente. Ahí permanecí hasta el verano de 2004, año en que fui a Roma para empezar mis estudios de filosofía. En 2005, regresé a Brasil para apoyar por unos meses la pastoral vocacional en Curitiba. El mismo año volví a Roma para concluir la filosofía.

            El 2006 fui enviado a las prácticas apostólicas a Brasil. Trabajé un año como formador del Centro Vocacional de Arujá y, en 2007, fue enviado a Salamanca como formador de los estudiantes de Humanidades Clásicas. En agosto de 2009, volví a Roma para estudiar la licenciatura en filosofía.

  1. Los años antes de la ordenación

            En 2012, volví a Brasil para continuar los estudios de teología en el Seminario Maria Mater Ecclesiae. Estos años me valieron mucho para introducirme más en la vida de la iglesia local y para conocer la realidad del clero brasileño. Los fines de semana yo iba apoyar apostólicamente a la parroquia que el obispo confío a la Legión de Cristo en São Paulo, la parroquia de Santa Edwiges. Mi trabajo era fundamentalmente llevar la Comunión a los enfermos del territorio parroquial y a dos casas de ancianos que allí están. Esta experiencia eminentemente apostólica y sacramental dilató en mi alma el amor por el prójimo.

            Recibí la ordenación diaconal el 16 de agosto de 2014. Desde entonces, he podido apoyar a la Iglesia en diversos campos, además del trabajo que yo ya realizaba: predicación, homilías, retiros, bautismos, exequias, celebraciones de la Palabra de Dios… La mies es mucha y pocos son los obreros. Pido a Dios que me haga un fiel obrero de su Reino.

P. Bruno do Espírito Santo, L.C.

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