P. Edgar Espinosa, L.C.

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Gracias Señor por el inmerecido don del sacerdocio

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Tengo treinta y tres años, la edad con la que Cristo quiso voluntariamente ofrecer su vida en la cruz para morir por nosotros y abrirnos las puertas del cielo.

Lo primero que quiero decir es que nunca imaginé ni pensé, ser sacerdote, de pequeño quería ser policía, bombero y astronauta, pero jamás pasó por mi mente la idea de llegar a las gradas del altar como otro Cristo.

Vengo de una familia católica, mi mamá se preocupó por darnos los sacramentos, pero a decir la verdad, vivíamos poco nuestra fe en casa. Siempre había pensado en casarme, tener un buen trabajo que me diera lo necesario para vivir a gusto con una hermosa familia. Soñaba en tener una bonita casa, un porche blanco en la puerta y mucho dinerito en el bolsillo para disfrutar del mundo con mi familia.

Fue en el 1998 al regresar a casa después de una experiencia de misiones con Juventud Misionera, un apostolado del Regnum Christi, que comencé a sentir con mucha fuerza una voz que me decía que me quería sacerdote. Mi respuesta fue “No, estás loco ¿sacerdote yo? De ninguna manera; yo me quiero casar, formar una familia…”

Mi vida no correspondía al tipo de jóvenes que suelen en un momento determinado de su vida decir “quiero ser sacerdote”: no frecuentaba mi parroquia y mi vida Cristiana era muy superficial, vivía para el fin de semana, para los amigos, para la novia, para la fiesta y la diversión. Había comenzado a frecuentar las actividades de los Legionarios en mi ciudad. Me parecían excelentes sacerdotes, pero siempre los vi como algo que no tenía que ver conmigo. Mis sueños estaban muy lejos de su estilo de vida.

A este respecto tengo que decir que soy muy afortunado: la llamada fue fuerte y clara: Dios me quería su sacerdote y con grande amor me lo hizo ver de forma muy patente. Normalmente somos nosotros los que tenemos que preguntarle a Él y tratar de entender que es lo que quiere de nuestras vidas, ¿para qué nos ha creado? A mí en cambió me cambió la jugada y me dio muchos motivos para ver con claridad que el sacerdocio era la vocación para la que me había mandado a este mundo.

Regresando de Misiones de semana santa, comencé a sentir esta voz que me decía, “te quiero sacerdote”, tenía 16 años toda una vida por delante, muchos sueños e ilusiones por realizar, y de repente el Señor me pedía algo que yo no quería ni entendía. Sabía que era Él, pero solo de pensarlo me daban ganas de salir corriendo, ¿sacerdote yo?

Cada día que pasaba la confusión se hacía más grande veía con claridad que Dios me estaba llamando a dejarlo todo y seguirle, por otro lado: las fiestas, los amigos, la novia; no estaba dispuesto a tirar a la basura mi vida, lo que siempre había soñado, mis proyectos e ilusiones.

Dios me invitaba a dejarlo todo y seguirle. Fueron momentos muy difíciles, una lucha interna muy fuerte, confusión, lágrimas, pero entendí que si Él lo pedía no se podía equivocar. Una de las ideas que me ayudó a dar el paso fue el hecho de verlo en la cruz y pensar: “si Él ha dado su vida por mí, como no voy yo a hacer lo mismo por Él, como no voy yo a dar mi vida por Él que ha dado la suya por mi” no fue fácil, una lucha dentro de mí se debatía entre escoger la fiesta que yo me estaba preparando con las cosas que a mí me gustaban o aquella fiesta desconocida que el Señor desde toda la eternidad tenía preparada para mí.

Quería resolver mi problema, sentía que no podría vivir en paz con esta duda de la llamada, máxime cuando la veía muy clara. Quería que alguien me dijera si tenía o no vocación, que me dieran una confirmación de lo que percibía, quería tener una certeza humana de lo que escuchaba en mi interior, no podía vivir con esta incertidumbre y me decidí a jugarme el todo por el todo participando en un curso vocacional de los Legionarios. Me acuerdo poco de esos días, solo que la pasé muy mal, me venía continuamente a la cabeza la pregunta ¿qué vas a hacer con tu vida?

Finalmente y después de mucha oración acepte la invitación de Cristo a seguirlo, me había dado muchas pruebas, muchos signos que yo hasta ese momento no había querido ver pues no me sentía identificado con esta vocación. Decidí quedarme en el Centro Vocacional para continuar mi preparatoria con la clara conciencia que el Señor me quería en ese lugar no obstante yo no me sintiera en casa.

Recuerdo vivamente ya como seminarista que durante la misa en el momento de la consagración cuando el sacerdote elevaba la Eucaristía, la oración que desde el fondo de mi corazón se elevaba a Dios era: “Señor, yo no me imagino ahí (en el lugar del sacerdote celebrando misa), pero si tu aquí me quieres, hágase tu voluntad” Todos los días durante largo tiempo esta fue mi oración. Con el paso de los años y a pocos días de recibir este don tan maravilloso, recordar esta escena me conmueve hasta las lágrimas. Darme cuenta del amor tan grande que el Señor nos tiene y como basta un poco de buena voluntad de nuestra parte para que Él derrame sus gracias sobre nosotros; me emociona. Ese mismo año pocos meses después había llenado mi corazón de amor por esta vocación tan maravillosa por la cual me ha creado. Un amor que a lo largo de estos 15 años de formación se ha acrecentado de forma maravillosa.

Me emociona mucho platicar como Dios actuó en mi vida para hacerme conocer y entender que está era la razón por la que me había creado. Creo vivamente que todos tenemos una vocación, una misión en esta vida, el camino que Dios con todo su amor ha pensado para cada uno. El camino que nos dará la realización plena en esta vida y en la futura.

El hecho de aceptar lo que el Señor me proponía me hizo encontrar esa felicidad que estaba buscando. No importa lo que Dios te pida, si te lo pide es porque te quiere feliz, es el camino que ha pensado para que encuentres esa tu felicidad. Le doy gracias a Dios que haya puesto su mirada en mi y le pido me de las gracias para poder dar la talla en la hermosa y emocionante vocación que ha querido regalarme.

Tengo treinta y tres años y estoy feliz de recibir tan maravilloso don, ofrezco voluntariamente mi vida al Señor para configurarme con Él y ayudar a muchas almas a llegar al cielo.

P. Edgar Espinosa, L.C.

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