P. Fredi Durán L.C.

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Dios me fue abriendo el corazón para ser generoso.

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En realidad nunca pensé en ser sacerdote, me interesaba más ser policía por eso de jugar desde pequeño con pistolas. Así que nunca me pasó por la mente el ser sacerdote hasta que empecé a tener una relación más personal con Dios nuestro Señor.

Es así como comienza mi historia. Soy el segundo de cuatro hijos, dos mujeres y dos hombres; los hombres estamos en medio y las mujeres en los extremos. Por muchos años fui el consentido hasta que llegó mi hermano y entonces él acaparó toda la atención. Eso no quiere decir que me hayan olvidado sino que entonces recibía menos de lo que estaba acostumbrado. Cuando era pequeño tanto mi papá como mi mamá trabajaban, así que pasaba el tiempo con mis abuelitos. Fueron ellos los que me cuidaron por muchos años hasta que mi mamá se dedicó totalmente a la casa y a nosotros.

La niñez me la pase muy alegre jugando baloncesto, dando vueltas en la bici y hasta teniendo mi primer amor… y después otro amor y después otro y después un gran dolor… la primera vez que me enamoré de una chica fue en cuarto primaria, pero todavía seguía más interesado en los carros y en el deporte. Después fue en sexto y finalmente en segundo básico.

Una de las experiencias que más me marcó fue la muerte de mi abuelito, pues él había sido siempre quien me cuidaba cuando salía en la bici, la reparaba y me llevaba a la parada del bus. Tenía once años cuando falleció. Estaba en la casa de un amigo y me acuerdo que no podía dejar llorar y de pensar que ya no estaba y cuánto me haría falta. Fue en ese momento en donde experimenté una gracia muy fuerte y la idea de la resurrección vino muy clara a mi mente y estaba seguro que lo volvería a ver. Fue así como Dios poco a poco se hacía presente en mi vida.

Otra experiencia que me marcó mucho fue cuando recibí un golpe en la boca de uno de mis amigos, tuve que ir al hospital para que me cosieran el labio y después con el dentista para que me arreglaran los dientes. En ese tiempo tenía frenos y todo el trabajo que había hecho el dentista se había arruinado. Los mismos frenos provocaron que se me cortara el labio y que se me desacomodasen los dientes… En fin, por ese accidente tuve tiempo para pensar y darme cuenta de lo frágiles que somos y de lo mucho que damos las cosas por sentado… Fue así como comencé a rezar más, si bien después de la muerte de mi abuelito rezaba todas las noches. No era que mi vida fuera la de un santito.

La verdadera conversión inicio en la adolescencia cuando pensaba que tenía todo, amigos, amigas, fiestas, carro, ropa y demás, pero en lo más profundo de mi ser encontraba que hacía falta algo, que todavía no era del todo feliz, satisfecho y contento. En esa época habíamos dejado de ir a Misa los domingos. Mi mamá ya se había cansado de invitarnos para que fuéramos a Misa y entonces cada uno hacía lo que quería. En 1995 tuve mi primer contacto con el movimiento Regnum Christi y con un padre legionario, el P. Peter Byrne. Me gusto lo que hacían y cómo tenían sus actividades, pero no inicié con ellos sino que comencé a frecuentar grupos de oración con amigos del colegio que vivían su fe, solo que estos grupos eran protestantes… Sin embargo fue así como se fue despertando en mí el deseo de conocer y descubrir más sobre la fe y la Iglesia. Así que finalmente recibí otra gracia, el deseo de comenzar a buscar cuál era la fe católica que conocía, pero en la que estaba muy poco cultivado. Después de leer varios libros sobre la fe católica, entre ellos uno de Scott Hahn, empecé frecuentar la Iglesia. Sabía que no podía recibir la comunión, pero era ya algo ir por mi cuenta.

En ese año el Papa Juan Pablo II había escrito la carta apostólica sobre el rosario y comencé a rezarlo diariamente…. Me impresionó mucho que haya comenzado espontáneamente a contemplar los misterios del rosario, tal como el papa lo decía.

Después de este camino de cercanía a Dios nuestro Señor, algo sucedió… Me parecía escuchar que Dios me pedía algo más, que hiciera algo más… Ya estaban mejor mis relaciones con mi familia; el trato con mis amigos era mejor y hasta estaba frecuentando un grupo de oración y de encuentro con Dios en donde estaba aprendiendo más sobre la Biblia… pero algo más hacía falta….

En el 2002 ya estaba experimentando una cierta inquietud por la vocación. Mi vida de oración se había acrecentado y trataba de ir a Misa, no sólo todos los Domingos, sino también entre semana. Seguía, sin embargo, con todas las cosas que hacía habitualmente: universidad, ping-pong, amigos, puerto, y familia… Pero, cada vez que iba a Misa, me parecía que el Evangelio me hablaba en particular y casi todos los temas tenían que ver con seguir a Cristo, con dejar las redes, con salir de tu tierra… Es difícil de explicar, pero parecían flechazos que se iban quedando dentro… Por fin decidí ir a confesarme. Había escuchado con este grupo de amigos que en las paginas amarillas estaban los horarios de las misas y de confesión de las iglesias, así que busqué una cercana y fui para allá. Me llevé una grata sorpresa al ver a una amiga de mi mamá, así que ya había alguien conocida… Fue en esa confesión donde por primera vez le expresé a alguien que pensaba que Dios me estaba llamando. Las palabras muy alentadoras del padre fueron un sencillo “sigue el ejemplo de María, di como María: “Hágase en mi según tu palabra”. Estas palabras encontraron tanta resonancia en mi interior que a la vez me asustaban y me lanzaban a una aventura. Eso de haber empezado a rezar el rosario diario había hecho que mi alma estuviera atenta para percibir por donde Dios me llamaba o al menos por dónde ir.

Para hacer la historia breve, yo no quería ir, pero Dios me fue abriendo el corazón para ser generoso. Participé en unas misiones médicas y al ver las necesidades de las personas y después ver hacia atrás en mi vida y ver todo lo que Dios me había dado, me preguntaba por qué me lo había dado, por qué había sido tan afortunado en haber tenido, no solo cosas materiales, sino sobre todo el amor de mis papás, de mis abuelitos, de mis hermanos, tíos y demás… Veía tantas muestras de amor por todos lados, que no me podía quedar sin hacer algo; tenía que corresponder con amor también; amor con amor se paga como dicen. Al final de esas misiones dije que iría a un curso de discernimiento… Vaya que fue una sorpresa incluso para mí, porque esa fue la primera vez que decía en público algo que sólo había guardado en mi interior y ahora al decirlo en voz alta me comprometía…

Lo difícil fue decírselo a mis papás. Así que con mucha solemnidad los llamé a la sala para hablar. No sé que habrán pensado, pues jamás los había llamado así, pero para mi sorpresa cuando les dije que no sabía si Dios me llamaba o no, pero que tenía que ir a este curso para averiguarlo, su respuesta me dejó con la boca abierta, después de las lágrimas de mi mamá y escuchar “que ya lo estaban esperando”. Yo también empecé a llorar; veía ahí mismo otra señal a través de la cual Dios me iba confirmando el camino que debía seguir.

Fue así como inició una aventura, un camino detrás del Señor. Entré al noviciado en el verano del 2003. Hice mi primera profesión en el 2005. Estudié humanidades y filosofía en EEUU. Después realicé las prácticas apostólicas en Denver durante tres años que me encantaron, porque conocí a gente en verdad maravillosa. Estudié teología en Roma, y ahora he iniciado ya mi ministerio como diácono en Florencia.

El camino no ha sido fácil, pero siempre he experimentado la cercanía de Dios, incluso en los momentos en los que yo no le he buscado con más entusiasmo e ilusión y no sé que tendrá preparado para mí en esta nueva etapa de mi vida… Será todo por descubrir y poder escribir junto al salmista: “¿Cómo pagaré al Señor todo lo que ha hecho por mí? Alzaré la copa de salvación” (Salmo 115,3).

P. Fredi Durán, L.C.

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