P. Gonzalo Franco L.C.

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Gracias, gracias, gracias.

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Agradezco a Dios la familia que me regaló. Somos siete y conservo muchos recuerdos muy entrañables. Nací en Irapuato, Gto., México. La vida en casa era muy normal: colegio en las mañanas y por las tardes tareas, un poco de diversión, alguna travesura o algún berrinche, visitar o invitar de vez en cuando algún amigo o alguna actividad. Por lo que recuerdo, los ingredientes del fin de semana eran: convivencia familiar, ayudar en las tareas de la casa (muchas veces a regañadientes, claro está) y otro poco de estudio y deporte. Concluía con la misa dominical. A veces visitábamos a mis tíos y primos y con frecuencia a mis abuelitos. De hecho pasaba mucho tiempo en casa de mis abuelos paternos, me divertía muchísimo con mi abuelita.

Desde que nací, el Regnum Christi fue parte importante de la vida familiar. Mi abuelita materna había estado en el primer grupo de señoras del Movimiento en Irapuato y mis papás lo conocieron unos meses antes que yo naciera. Sin darme cuenta, fue una nota característica de mi crecimiento en la fe. Recuerdo especialmente las veces que acompañaba a mis papás de madrugada para hacer un rato de adoración al Santísimo. Todas las mañanas, mientras íbamos al colegio, rezábamos el ofrecimiento de obras que propone el Regnum Christi y algún misterio del rosario. Años más tarde me enteré de que, además de enseñarnos a rezar, mi mamá lo hacía para mantenernos quietos y evitar que nos peleáramos mientras íbamos al colegio… ingenio de mamá.

No era raro que algún padre visitara la casa y comiera con nosotros. En aquel entonces yo no sabía que eran legionarios, lo que sí me quedaba claro era que me gustaba su manera de ser sacerdotes. Sé que pasaron por la casa varios padres y hermanos pero en especial recuerdo la simpatía del P. Enrique Vizcaíno, con quien después he tenido oportunidad de compartir muchas gratas experiencias. A todos los padres que conocí entonces, hoy les agradezco lo que sembraron en mí.

Me cuentan que en una conferencia, el mismo P. Enrique animó a proponer a los hijos la vocación sacerdotal. Mi mamá regresó esa noche y nos planteó el tema a los tres hombres. Los tres dijimos que no nos atraía pero a la mañana siguiente yo le dije a mi mamá que tal vez sí me gustaría ser sacerdote algún día. Desde entonces, cuando me preguntaban qué iba a ser yo de grande, respondía que sacerdote. Incluso cuando el P. Vizcaíno iba a la casa, nos ‘peleábamos’ –de nuevo el buen humor del P. Enrique– por quién de los dos iba a ser el primer Papa mexicano. Incluso varias personas se acuerdan de que en una clase pública antes de empezar la primaria, cuando la maestra nos preguntó a cada uno qué seríamos de grandes, mi respuesta fue la misma: sacerdote.

Con esa idea muy fija en la mente fui creciendo. Recuerdo algo de las clases de preparación a la Primera Comunión. Mi abuelita materna y mi mamá eran las profesoras y no dudaron en qué alumno escoger como sacerdote cuando les tocó explicar la misa. Creo que todos los conocidos sabían qué quería ser yo de grande y si llegaba alguno que no lo supiera, alguien se encargaba de que me lo preguntaran. Incluso en una ocasión en una pastorela del colegio salí como sacerdote.

Cuando tenía unos diez años comencé a asistir a las actividades del ECyD. La situación del club en aquel momento era bastante precaria: una familia nos prestó durante un tiempo un jardincito que tenían y allí nos reuníamos. Gracias a Dios la zona era tranquila y no era imprudente hacer de la calle o del baldío de al lado, una extensión del jardín para tener allí los juegos y las actividades de formación. Unos meses antes de que me fuera al Centro vocacional consiguieron la casa que usan actualmente. Con más futuro que presente, dedicamos varios días a adaptarla un poco para nuestras actividades. Así empezó el Club Faro de Irapuato y da gusto ver lo que ha crecido.

No sé en qué momento pero ir al Centro vocacional al final de la primaria llegó a ser algo que daba por descontado. Esto no quita que en los últimos meses, cuando sentía que la cosa iba en serio, me llegaran algunas dudas. Entre los promotores vocacionales y mi mamá, me ayudaron a dar el último paso y así, el 13 de julio de 1996, me despedí de mi familia y me subí al autobús que me llevaría al Centro vocacional.

Es verdad que salí cuando era muy pequeño pero los vínculos de la sangre y lo que recibí en familia durante los primeros años de vida han dejado en mí una huella mucho más profunda de lo que habría imaginado. Agradezco a mi familia, especialmente a mis papás, que siempre me apoyaron y que me dejaron seguir la llamada que, en mi sencillez infantil, yo ya sentía desde hacía mucho tiempo. Ha habido dudas de si era adecuado dejarme salir desde pequeño. Yo hoy les digo con tranquilidad y con un poco más de conciencia, la que los años te ayudan a ir adquiriendo, que sin duda alguna lo volvería a hacer y que les agradezco muchísimo por el sacrificio que ha significado pasar alejados tanto tiempo. Humanamente a mí también me habría gustado pasar mucho tiempo con ellos, ser un hijo cercano y ser un buen hermano tanto para mis hermanos, como para mis hermanas… el hecho es que el Buen Dios me ha llamado desde pequeño para seguirlo en esta vocación que, como dice en el Evangelio, implica dejar a la familia y seguirlo (cf. Lc 14, 26). Pero también el Evangelio nos enseña que no pasa desapercibido ante Dios el sacrificio que implica este seguimiento (cf. Mt 19, 29). Estamos en las manos de Dios, que es nuestro Padre. Él dirige nuestras vidas. Ya tendremos la eternidad para desquitarnos.

No me costó el cambio de estilo de vida. Más aún, creo que fue bastante natural acoplarme a la vida del Centro vocacional, en la Ciudad de México. Siempre he pensado que la formación que recibí en casa fue una excelente preparación. Estudio, deporte, convivencia, oración, trabajo. Grandes ideales e ilusiones y con una meta lejana, todavía más allá del horizonte: algún día llegar a ser sacerdote. Para mí fueron unos años de crecimiento, de una adolescencia no demasiado marcada y de dar con espontaneidad los primeros pasos en el seguimiento de Cristo.

En septiembre del año 2000 llegué a Monterrey para comenzar el noviciado. Allí recibí la sotana con estas solemnes palabras, que anhelo que algún día se cumplan: «Que el uniforme que hoy la Legión te entrega sea, al término de tu vida, gloriosa mortaja que te acompañe hasta el umbral de la otra, donde el Señor te esté esperando». Fueron dos años más bien difíciles, de comenzar un trabajo de vida espiritual más serio y con bastante purificación interior. Hoy agradezco mucho a Dios todo lo que aprendí en esos años, sobre todo el hecho de que me haya ayudado a empezar a desapegarme de mí mismo y a ir formando en mí un corazón sacerdotal. Al final del noviciado llegó otro momento muy esperado, la profesión religiosa. Después de un poco de tiempo de preparación, podía por fin consagrar formalmente mi vida a Dios.

Posteriormente pasé a España. Viví dos años en Salamanca, dedicándome al bachillerato en humanidades. Además de que disfruté mucho viviendo en esa ciudad tan especial, rica en historia y cultura, el Señor me ayudó a robustecer mi fe, sobre todo en su presencia en la Eucaristía. Recuerdo que un Jueves Santo, acompañando a Cristo que acababa de instituir la Eucaristía y oraba en Getsemaní, el Señor me regaló un rato muy íntimo con Él, de verdadera oración y vinieron después varias semanas de profundizar la gracia que había recibido.

Luego viví dos años en Roma en los que tuve unas experiencias inolvidables: el Capítulo general de nuestra Congregación, la muerte de San Juan Pablo II y la elección de Benedicto XVI. Al concluir esta etapa, recibí la misión de ir a Colombia como formador en nuestro noviciado. Tampoco éstos fueron años fáciles. Me topé con muchas de mis limitaciones personales y descubrí facetas de mí que no conocía. De hecho, comenzó aquí un proceso de maduración que desembocó en una acogida más consciente de la llamada que el Señor me había regalado. Agradezco mucho a las personas –legionarios y demás conocidos– que me han acompañado desde esos años, hasta la fecha.

En mis últimos meses de estancia en ese país salió a la luz todo lo del fundador de nuestra Congregación. Fue muy duro. Regresé a Roma en esta situación de confusión en la que se encontraba la Legión y pude vivir de cerca todo el proceso que vino después. Para mí ha sido una gracia que no pedí y que he valorado mucho. Desde entonces tengo la oportunidad de colaborar en la Secretaría general de la Congregación, donde he aprendido mucho de quienes tienen el encargo, nada fácil, de dirigir a la Legión. Gracias también a todos ellos por su labor generosa, que el Señor les ilumine y les fortalezca para tomar las decisiones adecuadas.

Paralelo al proceso institucional que afrontaba la Legión, yo había iniciado un camino de maduración, de preguntas y de inquietudes internas. El tiempo, los buenos compañeros y mis formadores fueron un apoyo indispensable en estos meses. También estoy convencido de que las oraciones de tantos católicos que en todo el mundo piden por las vocaciones, me fortalecieron, e incluso diría que me salvaron cuando las cosas estaban más oscuras.

Y a lo largo de estos años complicados, me di cuenta de cuánto le debo a la Virgen. Yo no había sido alguien especialmente devoto de Ella pero se ha hecho presente en mi vida de una manera bastante clara. Me siento un hijo suyo, al que Ella ha cuidado y acompañado con mucho cariño, muchísimo más allá de cualquier mérito mío, y le estoy profundamente agradecido.

Todo este camino interior que pasé me llevó a conocer más a Dios, a sentir renovada su llamada a seguirle y a renovar aquel sí sencillo y un poco ingenuo que le había dado cuando era pequeño y que ahora se convertía en un sí más consciente. ¿Tú me llamas a ser un religioso y a ser tu sacerdote? Sí, Señor, quiero seguirte; quiero dedicar mi vida a predicar el Evangelio, a difundir entre los demás tu palabra y a compartir con ellos lo maravilloso que es descubrir tu mano amorosa en nuestra vida de todos los días. Ayúdame a ser un fiel ministro tuyo y a que sea para los demás un reflejo, leve pero genuino, de tu amor. Tu amor hacia mí ha superado infinitamente cualquier mérito mío, dame la gracia de que mi vida sacerdotal imite, aunque sea de lejos, esta dinámica de darme a los demás como Tú te das a nosotros, con sobreabundancia, sin límites.

P. Gonzalo Franco, L.C.

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