P. John Sweeney, L.C.

pjohnsweeney

El Fichero.

Share on FacebookTweet about this on TwitterShare on Google+Pin on PinterestEmail this to someone

 

Introducción

               Una pregunta que me hace la gente muchas veces al escuchar algo de mi historia es: ¿Cómo escogió al sacerdocio mientras era tan joven? Creo que la mejor respuesta sería la siguiente: Yo no escogí el sacerdocio. Dios me escogió a mí. Lo oí, y le seguí.

               Crecí en una familia católica americana típica. Soy el segundo de tres hijos. Disfruté jugar con mi hermana mayor y mi hermano menor, pero también discutíamos. Veía caricaturas y jugaba videojuegos. Mis papás nos llevaron a la iglesia cada domingo, y mi mamá siempre tomó algunos minutos al final del día para rezar con cada uno de nosotros antes de dormir. En pocas palabras, la Fe era una parte de nuestra vida diaria, en maneras que cambiaron y maduraron con el tiempo.

¿Qué es la llamada de Dios?

               Como a cualquier niño me preguntaron qué quería hacer cuando fuese grande. Empecé a imaginar cuál sería la “ocupación de mis sueños”. Mi primera respuesta no era ni bombero, ni doctor, ni astronauta. Todas estas cosas me parecían emocionantes, pero no eran lo que más me gustaban; éstas eran… ¡los dinosaurios! Desafortunadamente, dado que se había extinguido, me era difícil pensar en una ocupación  relacionad directamente con ellos, fuera del desenterrar sus huesos. Entonces, tal vez eso era: cuando yo fuese grande, podría llegar a ser un paleontólogo. Era una palabra grande, pero me encantaban los dinosaurios.

               Todo eso me hizo preguntarme cómo mis papás habían sabido lo que querían ser de grandes. Entonces un día le pregunté a mi mamá, y ella me dio una respuesta muy sabia. “Tú oyes la llamada de Dios, y la sigues”. Me dijo que Dios tiene un plan para todos. Desde que somos bebés, Dios tiene  pensada nuestra educación, nuestro trabajo, incluso nuestras futuras familias. Y llama a cada uno a seguir este plan hecho con amor. Esto tenía sentido. Pensé, pero ¿qué pasa si uno no oye la llamada de Dios? ¿Cómo suena esa voz? “Es como una voz pequeña – me dijo mi mamá – pero no una voz que se oye con el oído, sino una que se siente en el corazón”. Bueno, yo no oía nada en mi corazón. ¿Cuándo sucederá? Ella me dijo que el tiempo cambia para cada persona. Algunos la oyen muy jóvenes, otros la oyen hasta que están en la universidad, o incluso después. “Pero tú escucha – me dijo – y la oirás cuando llegue”.

Mi misión

               Cuando tenía diez años, las cosas empezaron a pasar muy rápidamente. Como si Dios estuviese diciendo, “Eh, John, ¡óyeme!” Por entonces mi mamá estaba bastante involucrada con la iglesia: en la parroquia, en nuestro colegio, incluso haciendo voluntariado con las Misioneras de la Caridad en Baltimore. Antes de este momento nadie de mi familia había escuchado hablar de los Legionarios de Cristo o del Regnum Christi. Pero ese año mi familia los conoció, empezó a participar en las actividades que organizaban, y ayudó con el colegio que estaban por abrir cerca de mi ciudad.

               Para mí  esa oportunidad  de “ayudar” significó involucrarme con el grupo de los primeros alumnos del colegio. La idea de cambiar de colegio no me entusiasmó mucho al inicio, pero había algo en este colegio nuevo, sus maestros, el equipo formativo, hasta en mis compañeros, que me empezó a entusiasmar. Lo que más me influyó allí era mi contacto con los padres y hermanos Legionarios que venían para ofrecer los sacramentos y otros ministerios. Hablaban de Nuestro Señor, de su misión en la sociedad, y de llevar al mundo entero a Dios de tal manera que se encendió una chispa en mi corazón. Después del  primer mes de clases me invitaron a participar en el ECyD, y acepté, no sin un poco de temor de lo desconocido. Pero nunca en mi vida me he arrepentido de esta decisión. Iba a muchos retiros del ECyD, incluso a alguno organizado en el noviciado de los Legionarios en Cheshire, Connecticut, con otros chicos de mi edad. En estos retiros empecé a formar una amistad real con Cristo. Quería ser su amigo cercano. Quería imitarlo. Y quería hacer cualquier cosa que me pedía o me llamaba a hacer.

               Como dije, las cosas pasaban rápidamente en este momento, y todavía recuerdo que una noche me quedaba pensando en todo. Había acabado de ducharme cuando se me ocurrió una idea. Pensé que mientras me duchaba hacía un rato, podría haberme caído, golpeado la cabeza, y muerto. Pero esto no me pasó. ¿Por qué pudiendo pasar un accidente repentino en cualquier momento, no pasaba? De los retiros había aprendido que Dios es el único que controla el inicio y el fin de nuestras vidas, y que cada momento de por medio es un don suyo. ¿Pero entonces – pensé – qué pasó con “el fichero”?

               Déjenme explicar. Cuando yo tenía tan sólo quince meses, mi mamá estaba jugando conmigo en frente de un fichero grande que tenemos en nuestra casa. Empecé a subirlo, abriendo los cajones e intentando montarlos. En un momento mi mamá salió para responder al teléfono, pero de repente oyó el fichero caerse, y volvió a toda prisa. Al llegar, vio nada más el fichero en el piso. De mí nada más se escuchaban mis gritos. Aunque la esquina del fichero cayó sobre una silla, los cajones se abrieron, tocando el piso, sin dejar espacio para mí. Ni con la ayuda de mi papá pudo levantar el mueble; mi papá tuvo que vaciarlo cajón por cajón para aligerarlo suficientemente. Pero una vez levantado del piso el fichero, mis papás me encontraron sano y salvo, sin ningún rasguño. Me encontraba por debajo de aquella silla que estaba sosteniendo el fichero. En esa esquina estaba el único cajón que no se había abierto; era el único lugar seguro.

Empecé a ver esta historia que había escuchado tantas veces desde otro punto de vista. Si yo hubiera muerto entonces, hubiera sido antes de cometer ningún pecado, y yo estaría ya gozando de Dios en el cielo. Pero estaba bastante convencido que no hubiera estado debajo de esa silla sino hubiese sido por la ayuda de mi ángel de la guarda. Pero, ¿por qué Dios quiso que yo viviera, con mis tentaciones y dificultades, en vez de llamarme tan temprano al cielo? Mi conclusión era que Dios quería que yo hiciera algo grande e importante, tanto así que lo prefería a tenerme en el cielo como bebé. Me di cuenta entonces que tenía que escuchar atentamente a Dios para descubrir qué era esa cosa tan grande e importante.

Pensé que una posibilidad era la de que pudiese llegar a ser sacerdote. No era nada fuera de lo común, pero salvar a las almas por la celebración de los sacramentos ciertamente me parecía algo grande e importante. ¿Cómo saber si esto era el plan de Dios para mí o no? Entonces me acordé que una de mis nuevas compañeras de clase tenía un hermano mayor en la escuela apostólica de los Legionarios en New Hampshire. No conocía esa escuela, pero entendí que era un lugar para chichos que pensaban que tal vez Dios les llamaba a ser sacerdotes, en donde podían descubrir si era en verdad su vocación. Bueno, yo quería saber. Si la misión especial de Dios para mí era lo que estaba en juego, y si esta misión era tan importante que Dios mismo me había salvado del “fichero”, entonces no quería esperar más de lo necesario para descubrir cuál era esa misión. Yo quería ir a la escuela apostólica

Aquella misma noche conté lo que pensaba y mi decisión a mis papás. No se lo esperaban, y sabían tan poco de la escuela en New Hampshire como yo. Mi mamá me aseguró su apoyo para que yo siguiera la llamada de Dios, cualquiera que fuese. Mi papá apoyó también, pero tenía sus sospechas de este “internado” desconocido. Me dijo que lo iba a pensar una vez que me graduase del octavo grado (me encontraba en el sexto entonces). Me consolé con la historia vocacional de Santa Teresa de Lisieux, cuya autobiografía estaba leyendo con mi mamá por este tiempo. Y por sugerencia de uno de los sacerdotes legionarios, decidí imitarla rezando por mi vocación. Mi mamá siempre salía temprano a la iglesia los domingos para hacer una hora Eucarística en la capilla de adoración, entonces le pedí que me llevara con ella. Seguí buscando ser el mejor amigo de Cristo, imitándole en casa y en el colegio, ayudando también de las actividades del ECyD. Y en los dos años siguientes, mi deseo de descubrir el plan de Dios para mí, y si este plan era o no ser sacerdote, no desapareció.

Eventualmente mi familia pudo viajar a New Hampshire y conocer la escuela apostólica en primera persona. Vimos que el ambiente era de una familia espiritual, y que los chicos y jóvenes querían dar lo mejor de sus vidas a Dios y discernir si Dios les llamaba a una consagración total o no, guiados en ese propósito por el equipo formativo de los Legionarios.  Viendo esto, mis papás estuvieron de acuerdo en dejarme ir para estudiar la preparatoria allí. Entonces, el verano después de mi graduación del octavo grado, mi papá me llevó a New Hampshire para dejarme en la escuela apostólica.  Al despedirme sí me sentí un poco triste, pero al mismo tiempo con mucho ánimo para empezar por fin a descubrir el plan de Dios para mi vida, y más importante, al conocer cada vez más a mis nuevos compañeros, me sentí en casa.

Conclusión

               Pero mi historia no terminó allí. En la escuela apostólica aprendí muchas lecciones e hice muchos amigos; algunos de ellos se ordenarán sacerdotes conmigo. Como dije, me sentí en casa y que pertenecía a ella. ¿Y el futuro? No estaba seguro al inicio de lo que Dios quería para después de la preparatoria, si su plan era de verdad que yo fuera sacerdote. Me tocaba seguir escuchando.

Gracias a una invitación hecha el año anterior a mi llegada, todos fuimos a México en enero de mi primer año en New Hampshire para visitar a las escuelas apostólicas que tenían los Legionarios en aquel país. Allí conocí a muchos más de mi edad que buscaban ser fieles a lo que Dios les pedía en ese momento. El viaje me abrió los ojos, y recuerdo que hice una visita a la capilla en uno de los primeros días para agradecer al Señor esa oportunidad. En esa visita, sentí que Dios estaba poniendo en mi corazón la respuesta que yo buscaba. Todo lo que me había pasado en los últimos años, desde el primer contacto de mis papás con los Legionarios de Cristo, hasta mi participación en el ECyD; desde mis horas Eucarísticas, hasta mi llegada a la escuela apostólica, era Dios diciéndome que quería que yo fuera un sacerdote legionario. Me estaba guiando y llamando por este camino, y era mi decisión escuchar y seguir. En aquella visita, decidí hacer justo esto.

Después de graduarme en la escuela apostólica, entré directamente al noviciado de los Legionarios en Cheshire, lugar que había visitado tantas veces en el pasado. En los trece años de formación que siguieron he encontrado que Dios no había terminado con sus sorpresas, pero he intentado guardar una confianza total en él. Con su gracia espero seguir escuchando y siguiendo su voluntad, y ayudando a los demás a hacer lo mismo, por el resto de mi vida.

P. John Sweeney, L.C.

Share on FacebookTweet about this on TwitterShare on Google+Pin on PinterestEmail this to someone