P. Jorge Lorenzo Martínez, L.C.

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CRISTO ENCENDIÓ MI CORAZÓN AL INVITARME A SALVAR ALMAS

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No he venido, ni pretendo, enseñarte algo que tú mismo, y muy dentro de ti, ya conoces. Únicamente buscaré contarte mi historia, y ésta, a decir verdad, tuvo que cambiar de escritor a medio guión hecho.

Todo comenzó en un castillo – no, afirmación equivocada-, en realidad comenzó de camino a un campo de Golf, cuando mi amigo Luis me hizo una pregunta que desbalancearía todo mi juego ese día.

Pero, nos estamos adelantando mucho. Jorge es, y esperamos que siga siendo, una persona como tu amigo con el que juegas dominó todos los miércoles o con el cual estudias cuando estás apurado y no has estudiado en todo el año, o con el que llamarías para irte a comer unos tacos a las once de la noche para hacer una pausa y después seguir estudiando. En fin, tu típico cuate de la carrera que te sigue a todos lados, menos a subir una montaña o a correr en el cerro (pues piensa que para eso Dios creó los caballos, pero eso es otro tema). Pues bien, este mismo Jorge a los 10 años se encontraba ante, tal vez, el reto más difícil de su vida infantil y futura. Eran aproximadamente las once de un domingo por la mañana, la línea de espera era muy larga y Jorge no podía dejar de pensar: “Es que es imposible vivir sin video juegos, es que no hay sentido ¿Cómo me pueden pedir eso?” – el sacerdote les había hablado sobre el desapego de ellos mismos y de tomar una decisión ante su primera comunión: “Entregarle a Jesús aquello que más querían o quedarse con su tesoro y hacer a un lado a Jesús”.

El turno llegó en menos de un instante. Jorge se encontraba frente a la Eucaristía y pensaba para sus adentros: “Pero, Jesús, ¿cómo me pides esto?”- con gesto de esfuerzo y mucho corazón dijo para sí mismo: “Tú ganas, Jesús. No te puedo hacer a un lado”. El tiempo siguió su curso y el niño creció en todo, sabiduría, tamaño y ¡mañas! Ahora ya era un ingeniero Químico con un buen trabajo y sueños de darle la vuelta al mundo en velero. Su vida, al menos humanamente hablando, iba viento en popa, le encantaba resolver problemas; su vida espiritual … en detrimento. Un buen día recibió una llamada para la cual, no había nada en la tierra que lo pudiera preparar. Le avisaban que su mamá tenía cáncer y se estaría sometiendo a los tratamientos en los siguientes días. Él permaneció a su lado sin dejarla sola, hasta que una buena tarde, después de que aterrizara el avión que llevaba a Juan Pablo II a México, ella le notó triste y le preguntó: ¿Por qué estás triste? Y él le respondió: “Porque tú, que estás muriendo, eres feliz, y yo no puedo serlo”. Ella le respondió con una suavidad en la voz, el tipo que solo una mamá puede alcanzar: “¿Acaso crees que no me gustaría conocer a tus hijos y los hijos de tus hermanos, acaso crees no me cuesta dejarles? Jorge respondió con un seco y profundamente orgulloso “NO” y ella continuó diciendo: “Pues SÍ. Claro que me cuesta y mucho. Yo todo lo que quise en esta vida fue formar mi familia, pero si Dios me pide este pequeño sacrificio… ¿Cómo se lo voy a negar?”

Jorge salió de la habitación y lloró aun con mayor dolor, pues no entendía que su mamá vivía en un plano que él había hecho a un lado hacía ya mucho tiempo. Jorge buscó estar muy cerca de su mamá e inclusive estuvo a su lado en el momento de su muerte. Todos los presentes rezaban y cantaban salmos. Ella se iba, pero le dejaba un regalo, una enseñanza para la cual él todavía no estaba listo; le dejaba en herencia la muestra de una FE vivida y predicada.

Pero, regresemos al campo de golf. Eran las 7:50 am de un sábado DFV (después de fiesta del viernes). Las calles vacías. Sólo algunas personas con uniformes fosforescentes, llamados “corredores”, circulaban por las calles. Escuchaban algo de música y Luis le preguntó: “Jorge, ¿qué se siente ser feliz? Lo tienes todo: buen trabajo, soltero, coche, viajas y vas a comprar un velero”. La respuesta de Jorge fue un silencio de reflexión seguido de un “no lo sé, aun no lo soy”.

Jorge continuó su vida buscando meterse en su trabajo, relacionarse con novias inestables y pasar muchas horas de fiestas, hasta que un buen día tuvo un accidente, del cual debió salir con huesos rotos. Sin embargo, no tenía ni un rasguño del accidente. Comenzó a cuestionarse si Dios trataba de decirle algo … pero él no escuchaba nada. Días más tarde, su hermana María José le haría una pregunta: “Jorge ¿No te das cuenta que Dios te trata decir algo?” A lo que él respondió: “Sí, pero no lo escucho. No sé qué estoy haciendo mal”. Y ella añadió: “Muchas veces no es lo que estás haciendo mal, sino lo que has dejado de hacer”. Y es aquí donde recibió la primera luz que lo tumbó del caballo; ahora él entendía que tenía que regresar a buscar a su amigo Jesús.

Jorge comenzó a retomar su vida de sacramentos y decidió acudir a un retiro y fue este el momento del rencuentro con su amigo Jesús, solo que ya ambos habían crecido y ahora Jesús plantaba en su corazón un carbón que ardería con fuerza: “La salvación de las almas”. Para Jorge el conocer que Jesús le permitía e invitaba a llegar a salvar un alma, fue como entrar en un nuevo horizonte, que le asombraba y entusiasmaba. Era tal su entusiasmo que el sacerdote que dirigía el retiro le invitó a platicar y le preguntó si todo estaba bien, porque le notaba muy contento, alegre. Jorge comenzó a hablar con el sacerdote y éste al final le preguntó: “¿Disculpe, pero usted alguna vez pensó en la vocación?” En ese momento Jorge recordó todo.

Recordó que cuando estaba por graduarse había sentido un fuerte llamado en su conciencia que le invitaba a ser sacerdote; recordó que ante la presión que sentía por pagar la beca y terminar sus estudios, le había dicho a Jesús, a su amigo: “Perdón, pero ahora no puedo”; sin embargo, ahora la oración de Jorge era diferente y sería metida a la prueba, pues se le había ocurrido decir a Jesús: “Pídeme lo que quieras, que yo no me echaré para atrás”.

Jesús me tomó la palabra; de hecho la palabra, el brazo, las piernas y todo mi ser; y vuelvo a reconocerle en las palabras que resuenan en mí: “Señor me enamoraste de ti, oh Señor, y me dejé enamorar, pues tu amor fue más grande que Yo” (muy parecidas a las de Jeremías 20).

Es aquí donde la historia cambia de escritor, pues el 28 de junio del 2002, a mis 27 años, le entrego la pluma y la hoja de mi vida a Dios para que juntos continuemos escribiendo esta aventura.

Como dije al comienzo, no pretendo enseñarte lo que tú ya sabes y que está detrás de toda historia vocacional: Que ahí donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia; que es Dios quien nos ama con locura y es Él quien nos ha escogido. Que es Él quien espera a la puerta, pacientemente esperando que le abras, y que no tengas miedo de conocerle de verdad, porque una vez que de verdad lo encuentres ya no serás tú, sino Cristo que vivirá en Ti.

En pocos días Él celebrara la misa en mí, a través de mí (in persona Christi) y créeme que levantaré mi oración por ti, para que le ayudes a salvar un alma.

P. Jorge Lorenzo Martínez, L.C.

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