P. José Alberto Caballero, L.C.

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La mejor aventura de mi vida

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Soy el cuarto hijo de una familia católica practicante, en total somos cinco hijos, tengo tres hermanos mayores y sólo un hermano menor. A mis papás les debo la vida, la educación en la fe y sin duda, mi vocación.

Soy Mexicano nacido en los 80’s, de la ciudad de Toluca, estudié en un colegio católico que dejó huella en mí por su devoción a María.

Como pueden imaginarse me considero una persona normal, crecí en un ambiente muy sano. Por muchos años desde que tengo uso de razón mi jornada se resumía en escuela, fútbol, amigos, rezar en familia y también una que otra vez peleas en casa y en la escuela. Académicamente puedo decir que fui un buen estudiante aunque no siempre saqué 10 en conducta.

El inicio de mi aventura vocacional, puedo datarlo durante la IV visita del Papa Juan Pablo II a México en enero del año 1999. Tal vez antes había tenido la idea de ser sacerdote o irme al seminario, pero nuca fue algo definitivo, para ese año yo estaba en prepa y ya estaba haciendo mis planes a mediano y largo plazo. Fue en la Misa del Autódromo Hnos. Rodríguez de aquél domingo 24 de enero; en su homilía el Papa saludó a los presentes, cuando se dirigió a los jóvenes dijo estas palabras: «Saludo con gusto a los jóvenes aquí presentes a muchos de los cuales Cristo los invita a seguirle más de cerca. ¡No tengan miedo!». En ese momento me vino a la mente una canción de Misa que dice: Te ofrecemos Señor nuestra juventud… Con ello me cuestioné si, como católico practicante, me estaba esforzando por darle a Dios el primer lugar en mi vida, ¿por qué no darle la primera oportunidad en mi vida? Así que decidí ver si Él me llamaba para ser sacerdote, convencido que me diría que no, pero le daría una oportunidad y después podría hacer mis planes, estudiar Medicina o Actuaría.

Regresando de esa Misa le comenté a mi papá mis reflexiones y decidimos que iría al seminario menor a terminar mi prepa y así me podía ahorrar un año sabático, tratando de matar dos pájaros de un tiro: continuar mis estudios y ver si Dios me quería sacerdote.

En el verano de 1999 comencé 2° de prepa en el seminario menor de Ciudad de México, en el Centro Vocacional del Ajusco. Después de un año los superiores me dijeron que podía ir al noviciado, aunque yo quería terminar la prepa, una vez más le di una oportunidad a Dios. Fue así que vestí la sotana por primera vez el 15 de septiembre de 1999, estuve casi dos meses en Monterrey y después me enviaron al Salamanca, España, donde estuve cuatro años, dos de noviciado, uno de bachillerato y el otro de humanidades clásicas.

En agosto 2004 llegué a Roma para comenzar mis estudios de filosofía y estar en Roma fue una experiencia inolvidable. Pude ver de cerca a Juan Pablo II, un par de veces, ya en silla de ruedas y muy cansado; pude estar presente en la plaza de San Pedro rezando el rosario, aquel 2 de abril, cuando llegó a la casa del Padre. También estuve presente en la plaza en el funeral; si yo estaba ahí fue porque algunos años atrás, él, en su visita a México fue un instrumento de Dios para que descubriera mi verdadera vocación.

Una de las experiencias que llevo en mi corazón estando en Roma, fue estar en la plaza de San Pedro en la elección del Papa Benedicto XVI, estar ahí con miles de fieles de todo el mundo esperando ver el rosto del nuevo representante de Cristo es algo que las palabras no pueden explicar, alegría inmensa, esperanza, paz, amor,  etc… en cuestión de minutos colapsaron Roma, la Ciudad Eterna, y el mundo entero a la espera del anuncio del nuevo Papa.

En el año 2006, terminé el bachillerato en filosofía y hasta el 2009 hice tres años de pastoral, las famosas prácticas apostólicas. Fueron años en los que conocí a muchas personas, familias y amigos en diferentes partes de la República Mexicana y el mundo. Estuve en un inicio en Ciudad de México, en uno de los dos seminarios menores que tenemos, después me cambiaron a colaborar con el ECyD y la pastoral vocacional en el norte de Italia en la comunidad de Padua. Seis meses después me enviaron a México para continuar mis años de pastoral y trabajé en la promoción vocacional para los seminarios menores, en los estados de Jalisco, Colima y Michoacán, durante casi dos años y los últimos meses en las ciudades del Bajío, en el estado de Guanajuato. El 8 de septiembre de 2008 hice mi profesión perpetua en el seminario menor de la ciudad de Guadalajara.

En octubre de 2009 regresé a Roma para terminar la licencia en filosofía y en octubre 2011 comencé el bachillerato en teología. El 29 de junio de 2014 recibí el don del diaconado. Durante esos años en Roma como apostolado me tocó apoyar en el agradecimiento y la búsqueda de bienhechores, pude conocer en persona a muchas almas que se quitan el pan de la boca para ayudar a los futuros sacerdotes, conocí en persona esos bienhechores que me han ayudado a mí y a otros a través de su generosidad, pero sobre todo por sus oraciones y su grande fe. También ayudé un poco en una parroquia en el sur de Italia, no en Nápoles, no en Sicilia, no en Calabria, sí en la Región Apulia (lo que sería el tacón de la bota: Puglia) con el trabajo de pastoral juvenil, aunque fueron sólo unos meses aprendí mucho por el buen ejemplo y la amistad con un buen sacerdote, un seminarista (que ya es sacerdote) y un joven que ahora es seminarista.

Como diácono fui destinado a trabajar pastoralmente con los jóvenes en la ciudad de Tijuana y desde ahí ayudar en Mexicali y Ensenada. Durante estos pocos meses de ministerio he podido constatar en carne propia la necesidad que tienen las almas y esa sed que tienen de Dios. No cabe duda que somos instrumentos al servicio de Dios y de los hombres.

No es posible resumir toda una vida y los últimos 15 años en pocas líneas, pero no puedo terminar sin agradecer a Dios el don de la vida, el don de la fe y por la maravillosa familia que me dio. Agradezco a todos mis familiares amigos y conocidos, porque aunque sin darse cuenta fueron el terreno fértil que Dios preparó para que yo pudiera descubrir la llamada al sacerdocio. Cuando Dios da una vocación al sacerdocio es para la comunidad, es de todos. Agradezco también a mi familia religiosa y todas las personas que durante tantos años me han acompañado con su oración, con su cercanía y con su apoyo. Gracias a mis compañeros de batalla, muchos hermanos que están siguiendo a Dios en otro camino en diferentes partes del mundo, pero tantos momentos que pasamos juntos descubriendo los planes de Dios en nuestras vidas; y otros que han encontrado su vocación en el camino de la vida religiosa y sacerdotal.

A pocos días de recibir el segundo grado del orden sacerdotal, el presbiterado, les pido sus oraciones para que Dios nos conceda la perseverancia final en su servicio y podamos ser testigos del amor de Dios entre los hombres, llevando a todos lados la alegría del evangelio. Pidamos por las vocaciones y por la santificación de las almas consagradas y los sacerdotes.

¡Dios los bendiga!

P. José Alberto Caballero, L.C.

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