P. Luis Jesús Rodríguez, L.C.

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Por culpa de mi papá

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Nací el 19 de septiembre de 1983 en Purépero, un pueblo del estado de Michoacán, en México. Aunque desde que nací mis papás residían en Morelia, la capital del estado.

Mi papá estudio ingeniería y es un hombre dedicado a la familia y muy trabajador. Recuerdo con mucho cariño los días en que mis tres hermanas y yo salíamos corriendo a su encuentro cuando llegaba de trabajar. Estoy convencido de que mi papá es el culpable de mi vocación sacerdotal: Dios se valió de a él para llamarme a seguirlo más de cerca.

Mi mamá es una mujer sencilla, dedicada al ciento por ciento al cuidado de mi familia. Siempre nos apoyó en nuestras decisiones. También ella es muy trabajadora y con su manera de ser nos transmitió la fe cristiana. Ella también ha sido parte importante en mi vocación.

Con mis tres hermanas hay una gran unión. De las tres siempre aprendí mucho y cada vez que estoy con ellas disfruto de su compañía. También a ellas les debo tanto en mi vida, sobre todo la alegría en las travesuras que compartimos y tantas oraciones que han hecho por mí.

Desde que tengo memoria siempre quise ser sacerdote. Fue Dios quien infundió este deseo en mi vida, pero se quiso servir de mi papá, quien había estudiado en el seminario. Me gustaba que me contara sus experiencias del seminario. Cada vez que lo hacía, mi corazón ardía por seguir a Cristo más de cerca.

Yo quería ser sacerdote. No tenía idea de la diferencia entre un religioso y un diocesano. Desconocía también el lugar y el momento en el que quería entrar al seminario. Dios se sirvió de dos seminaristas que pasaron un día por mi salón de sexto de primaria y nos invitaron a conocer el seminario. Al instante sentí cómo todas las miradas se posaban en mí, pues nunca había escondido mi deseo de ser sacerdote. Me anoté junto con varios amigos más. Tenía 11 años.

Llegué al seminario menor de los Legionarios de Cristo en la Ciudad de México y desde el momento en que llegué supe que ahí era el lugar donde quería comenzar mi camino sacerdocio. El entusiasmo de los apostólicos, su fervor en la capilla, la cercanía de los superiores, el ambiente de amistad verdadera que había, fueron elementos que impresionaron mi mentalidad de niño. Al poco tiempo, los apostólicos eran para mí como hermanos.

Regresé de ese fin de semana feliz. En el autobús de regreso uno de los padres me regaló un rosario. Gracias a este gesto, comenzamos a rezar el rosario en familia por las noches en el cuarto de mis papás.

El año avanzaba y los dos legionarios volvieron al colegio para hablar con quienes seguíamos interesados. Yo estaba seguro de querer ir. Sin embargo, mi papá me puso tres condiciones para que al final del año me dejaran irme al seminario: sacar buenas calificaciones, que estuviera sano (ese año comencé a tener algunos problemas serios en el estómago), y que entrenara baloncesto (nunca me ha gustado y a él le gusta mucho). Sólo cumplí la tercera.

Los dos legionarios volvieron al colegio y me pidieron los datos de mi casa para ir a hablar con mis papás. Llegaron ese mismo día cerca de las cuatro de la tarde. Uno de los dos legionarios era americano y era con quien yo había tenido más confianza, así que me puse a platicar con él. El otro legionario comenzó a hablar con mis papás. Nunca he sabido de todo lo que hablaron. Después de cuatro horas finalmente convencieron a mi papá. No sé cómo lo lograron. Cuando se fueron los legionarios cerca de las nueve de la noche mi papá había accedido a dejarme ir al seminario.

Ese verano fue uno de los mejores de mi vida: ahora sí me iba acercando al sacerdocio. Para mí, no se trataba de un campamento para discernir si Dios me llamaba: yo estaba seguro que Dios me quería sacerdote. La austeridad del lugar, el frío y la nostalgia de estar lejos de mi familia a mi familia no fueron elementos suficientes para que me cuestionara seguir adelante.

Recibí mi uniforme de apostólica cerca del 15 de agosto de 1995. Pocos días después mis papás fueron a visitarme y dieron su consentimiento definitivo para que pudiera ser legionario. En la apostólica del Ajusco viví cuatro años maravillosos, con grandes hombres como formadores, a quienes siempre he admirado y querido: el P. Álvaro García, fue mi primer superior, el P. Gerardo de la Rosa, el P. José Antonio López, el P. Daniel Massick, el P. Juan Aurelio Iturralde, y tantos otros a quienes agradezco infinitamente.

Pasados esos cuatro años comencé mi noviciado en Salamanca, España. Fueron dos años de crecimiento en madurez, amistad más profunda, conocimiento de Cristo Eucaristía. Recuerdo con cierta nostalgia esos dos años. Cristo trabajó mucho en mi alma. Agradezco al P. Antonio León que supo ser padre y amigo esos dos años.

Después de esos dos años de noviciado seguí con las humanidades en Salamanca. Fue un período especialmente árido y difícil por la cantidad de materias por estudiar, aunque también aunado a grandes alegrías. Agradezco sobre todo a los PP. Jesús Ma. Delgado y William Brock por su paciencia, y sobre todo por haber tenido tanta confianza en mí.

Llegó el momento anhelado por todos los humanistas: el paso a Roma. El 18 de agosto llegué por primera vez a Roma. Una vez más, me sentía en casa, como si hubiera conocido desde pequeño a los legionarios que encontré por primera vez en mi vida.

Fueron dos años de filosofía muy felices y llenos de actividades. La cercanía de mis superiores me ayudaron a superar los momentos difíciles que tuve en ese período. Fueron además una preparación para mi apostolado que tendría los siguientes tres años.

Cerca del verano del 2005 fui destinado a trabajar en el Instituto Oxford en la Cd. de México. Mi primer director de colegio fue el P. Ramón Hevia, y poco después lo suplió el P. Gerard Heaslip: ambos legionarios sólidos, con una gran pasión por educar a los jóvenes. Mi superior era el P. Eduardo Robles Gil, que siempre buscaba estar cercano y ayudarnos en todas nuestras necesidades. De él aprendí mucho a tener los pies en la tierra pero el corazón en el cielo. Quien lo conoce sabe que es un hombre práctico y con un enorme sentido sobrenatural también.

Agradezco esos años en especial al cuerpo docente del Instituto Oxford (no pongo nombres porque sería interminable la lista); a los papás de los alumnos, y sobre todo a quienes fueron mis alumnos que me ayudaron a crecer mucho, sobre todo en la virtud de la paciencia…

Me tocaba regresar a Roma para culminar mis estudios de licencia en filosofía y tres años de teología, antes de la ordenación sacerdotal. El P. Donal Clancy, mi superior, supo muy bien desde el inicio ayudarme a forjar un corazón más sacerdotal y perseverante en los momentos difíciles. Agradezco su don de consejo y toda la exigencia que tuvo conmigo. Durante este período hice mi profesión perpetua el 9 de diciembre de 2010.

Cuando terminé primer año de teología se me ofreció la oportunidad de tener un año más de trabajo en un colegio, y feliz, acepté. Esta vez fue en el primer colegio legionario: el Cumbres Lomas, también en la Cd. de México. Fue un año muy feliz. Una vez más los profesores me trataron siempre muy bien y me enseñaron tantas cosas. Las familias me manifestaron mucho cariño e hicieron de mí una persona mucho más humana y cordial. Les estoy inmensamente agradecido.

Terminé ese año y regresé a Roma a terminar, ahora sí, mi formación hacia el sacerdocio. Regresé a la Sede del Director General donde colaboré en la administración de la casa, donde aún continúo ejerciendo mi ministerio diaconal, y pronto sacerdotal.

“¿Cómo le pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho? Cumpliré al Señor mis votos”. Agradezco de manera especial a Dios ya que con su mano amorosa ha ido guiando siempre mi vida.

P. Luis Jesús Rodríguez, L.C.

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