P. Manuel Reyes, L.C.

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¡Tómate un buen vino conmigo!

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            Un día un catador de vino me dijo: «Lo importante es el vino, pero para degustar un buen vino la forma de la copa no es indiferente, por ella se ve el color y la textura; y la misma forma es la que permite oxigenar el vino para degustarlo con mayor plenitud con todos los sentidos». Hasta los 25 años yo estuve tomando un estupendo tequila en una copa de vino de mesa, pero cuando me di cuenta de que en la mano tenía una copa me aventuré a probar un buen vino toscano y no me arrepiento. Me explico, hasta esa edad pensaba que lo único que me haría feliz sería ser un arquitecto exitoso y un buen padre de familia… La verdad, hasta el día de hoy, 11 años después, pienso que eran buenas aproximaciones porque ese proyecto de vida es muy bueno y recomendable, pero para mí hay otro mejor: ser un puente entre los hombres y el corazón de Jesús.

La viruta

Soy el menor de tres hermanos. Hasta poco después de mi primera comunión, más de uno decía que yo iba a ser sacerdote. Honestamente no me molestaban esos comentarios pero después, con el tiempo, la memoria fue enterrándolo en el olvido. Mis papás, personas sencillas, siempre nos han inculcado el valor del trabajo, el honor, la responsabilidad y la fidelidad a la palabra dada; todo con una base cristiana de «misa de los domingos». En esa base educativa desde que recuerdo nos han enseñado a construir la propia vida con confianza en el auxilio de Dios, pero también con nuestro empeño. Cada lección de mi mamá iba acompañada por una frase de la biblia. Poco a poco, de acuerdo a cada etapa, la educación familiar fue permeando hasta llegar a la universidad en donde supe tomar partido de los dones recibidos para tener un cierto destaco profesional, humano y familiar; obteniendo algunos éxitos y proyecciones de otros. Creo que en ese momento tenía un buen futuro. Todo esto era muy bueno, pero en el fondo de mi corazón, al final del día encontraba una especie de vacío que no entendía; que, a simple vista, no parecía lógico ante los pasos «exitosos» de mi vida.

 

La belleza

La belleza ha sido, desde pequeño, mi camino para llegar a Dios. Sin que yo lo supiera, Dios ha trazado un proyecto eterno desde la creación de mi alma. En mi estructura antropológica hay una luz especial para percibir la realidad con una fuerte inclinación a percibir lo bello. Recuerdo que en lo que mis compañeros de escuela pasaban velozmente permaneciendo en la superficie de las cosas, yo permanecía impactado al ver la unidad de la creación; por ejemplo, al contemplar un cielo estrellado. Tal vez este sea el origen de mi vocación contemplativa. Tal vez esta vocación es el motivo por el cual, aun sin saberlo, ya en la universidad cuando estudiaba arquitectura me causaba estupor el proceso creativo en la proyección de los espacios para el hombre. Un estupor similar a aquel que San Juan Pablo II escribe en la primera tabla de su tríptico romano: «Ruah, el espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas…»[1], describiendo su experiencia en el torrente del bosque de la vida que lo reenviaba a la creación del Génesis. De esto se entiende que este camino no es un camino meramente intelectivo, ni ensayo de estilo o retorica, ni de formalismos sociales; es sobretodo un camino existencial que no es trazado solo por los hombres, éste va más allá de nuestras posibilidades. Es don y misterio.

Las exploraciones pseudo-religiosas y religiosas

El arte ha sido desde hace mucho tiempo mi lugar de encuentro con aquello que no es visible a los ojos, pero también un punto de confusión en mi vida, me refiero al encuentro con obras que han perdido su centro. Lo que me mantenía más o menos equilibrado, en medio del de constructivismo cultural de la post-modernidad, creo que era la búsqueda del ideal de la buena arquitectura concebida como el espacio de la persona humana.

Para entonces, mi práctica religiosa estaba diluida por mis obligaciones y proyectos personales; sólo quedaba una base cristiana que me hacía «buena persona» pero no por eso mejor cristiano. De hecho, más bien estaba un poco confundido en mi fe. El mundo del arte y el relativismo cultural que me rodeaba me hizo ser un poco sincretista, percibía la bondad de Dios, la armonía del cosmos, pero jerarquizado con el «amor» entendido reductivamente como sola libertad. Donde Dios era percibido como un dios bonachón, el mismo de todas las religiones pero visto de diferentes ángulos, de ahí mi amistad con todo tipo de personas de diferentes credos y otras que decían no profesar ninguno. En aquel momento de «éxitos», dentro de mí había una crisis existencial donde sentía el vacío de la parcialidad, una amiga al hablar conmigo percibió que en mi vida faltaba Dios y me invitó a su culto (no católico), al cual acudí junto a dos amigos de la universidad. Honestamente nunca pensé en dejar de ser católico, pero me encantó el ambiente de jóvenes alegres que vivían la vida de manera muy sana, y lo mejor de todo: sin menos diversión; por lo cual frecuenté por algunas semanas, hasta que en una ocasión al regresar a mi casa encontré a mi mamá rezando el rosario y me dio mucho coraje que estuviera perdiendo su tiempo con repeticiones… Dado que para entonces hacia un momento de oración diario, en la oración de ese día me vino a la mente ese coraje y le pregunté a Dios qué estaba pasando, me topé con este pasaje: «Porque ha amado tus padres, ha elegido su descendencia después de ellos y te sacó de Egipto con su Presencia y con su Potencia…»[2] En aquél momento no entendí todo lo que hoy entiendo de este pasaje, pero me dejó claro que Dios ha querido expresar su proyecto salvífico a través de mis padres. Entonces, consideré que era tiempo de conocer mejor la fe que toda la vida me habían trasmitido ellos y que en ese momento era casi extraña para mí. Por lo cual empecé a asistir a la misa dominical en la parroquia; después, a un grupo juvenil los sábados donde recibíamos platicas de formación; después, entre semana, a los «Talleres de Oración y Vida» del P. Ignacio Larrañaga, donde empecé verdaderamente a conocer a Jesús en el evangelio y en la adoración Eucaristía. Entonces me di cuenta que «estabas cerca de mí, y yo tan lejos de mí que no me encontraba a mí mismo, mucho menos a ti».

La pregunta

Después de esto inició un camino con crecientes responsabilidades en la parroquia, en la pastoral juvenil, en fin, conociendo la pastoral orgánica. Dirigiendo las pláticas de formación de un grupo juvenil y otro de adolescentes, ayudando en la liturgia de las misas dominicales, pero sobre todo en las misiones de semana santa me di cuenta de la grande necesidad de sacerdotes. En esta necesidad concreta que yo tenía que enfrentar como coordinador fue la primera ocasión que pasó por mi mente la pregunta: ¿Por qué no ser sacerdote? La primera respuesta que me vino fue: Yo soy arquitecto y amo serlo, debo ayudar a la sociedad como arquitecto, además los sacerdotes también necesitan de laicos. Esta primera respuesta es la que contuvo mi discernimiento por dos años. Simultáneamente a la vida de servicio parroquial, continué desarrollándome en los demás campos de mi vida. El trabajo siempre fue un reto estupendo, cada día traía aprendizajes que han marcado mi vida. Una ocasión por trabajo tuve que vivir solo en otra ciudad, en ese periodo por las circunstancias laborales no podía acudir a la iglesia como lo hacía antes, pero tenía mucho tiempo para meditar, esto favoreció para dejarme encontrar por Dios. No pude seguir anestesiándome con el exceso de servicio en la parroquia que servía para justificar mi negativa a la pregunta que estaba dentro de mí y tuve que aceptar que Dios me estaba pidiendo algo especial. Así renuncié al trabajo con el firme propósito de entrar en el seminario al regresar a Monterrey. Cuando se lo dije a mi párroco, frenó un poco mi decisión diciéndome que debía iniciar un proceso vocacional continuando con mi vida ordinaria de trabajo. Así lo hice. En ese proceso vocacional Dios me hizo entender que la vida diocesana no era lo que me pedía, sino una vida comunitaria. El problema que me planteaba era cuál decidir. En ese tiempo ocurrió algo que ya no pensé que me pasaría.

El proyecto de un arquitecto novato

Durante toda la formación universitaria fui construyendo un sueño que entusiasmó mi formación y motivó mi lucha en los momentos profesionales más difíciles: trabajar en un buen despacho de diseño arquitectónico. En México por una impostación pragmática de la arquitectura y por el exceso de egresados de las facultades de arquitectura, los arquitectos trabajan mucho en el campo de la construcción incluso llegando a confundirse en su identidad profesional; en cambio desde las primeras etapas yo vi con claridad una oportunidad de desarrollo personal y cultural siendo un arquitecto en busca de la verdadera identidad, y además con una misión social. Por esta iluminación marqué varias rutas para llegar a mi objetivo, empezando por saber de mis dones y límites poniéndolos en juego para tratar de destacar antes de terminar la universidad, por ello participé en todos los concursos de diseño que pude, los cuales me abrieron un mundo de relaciones profesionales y formas diversas de ver la arquitectura. En esta estrategia profesional fui formando un catalogo profesional que me permitiera presentarme en diversos despachos y así lo hice dejando mi curriculum vitae en los que yo consideraba los mejores. La realidad del mercado me hizo darme cuenta que quienes trabajan en las grandes firmas de arquitectura en México son dos tipos de personas: los hijos de personas importantes o con mucho dinero y los que por medio de su talento se van relacionando hasta hacer valer, o dejar ver, su talento. De estas dos categorías yo estaba excluido de la primera y en la segunda no encajaba muy bien porque aún tenía mucho por pulir y aprender. Pero siguiendo las enseñanzas de mis papás puse manos en la obra confiando en el auxilio divino. Caminé así mi vida universitaria y primeros años de trabajo profesional, pero todo este sueño fue perdiendo su fuerza conforme me fui dando cuenta del plan de Dios.

La tentación

Cuando entendí que Dios me llamaba a la vida religiosa ocurrió algo que ya no pensé que me pasaría: Me llaman de uno de estos despachos de diseño donde había dejado mi curriculum años atrás, para preguntarme si aún estaba interesado en colaborar. Así empecé a realizar el que antes había sido el sueño de mi vida. Sin embargo, todo lo veía como un don de Dios por lo que no quise retirarle «mi ofrecimiento» de vida. Por ello, fui sincero con quien me contrató diciéndole que mi colaboración en la firma sería provisional mientras clarificaba mi camino vocacional, y así empecé a buscar a qué congregación entrar. Desde el inicio, sin darme cuenta busqué como quien va al supermercado y compara los diferentes beneficios de un mismo producto en diferentes marcas. Un día en oración me encontré estas palabras: «Ustedes no me eligieron. Soy Yo quien los elegí». Entonces entendí que así como lo estaba haciendo no encontraría el plan de Dios, sino mis caprichos mundanos; me di cuenta que no era yo quien mantenía «mi ofrecimiento» sino era Cristo quien mantenía su llamada. El problema era que mi pregunta estaba mal formulada, no debía preguntarme qué vida comunitaria elegir, sino qué es lo que Dios quiere para mí. Delante de Dios vi con mucha claridad y paz que no tenía que buscar, sino confiar y escuchar a Dios. Para ello me mantuve en vida de gracia, colaborando en lo posible en la parroquia y desarrollando mi trabajo con perfección. Conforme llegaban más proyectos interesantes, más se revivía mi pasión por la arquitectura. El tiempo pasó y llegó la tentación: Soy muy feliz así. ¿Qué más debo esperar? Si Dios me dio este trabajo, tal vez quiere que siga este camino… Sin darme cuenta, empezaba a reformular mi proyecto de vida. Pero cuando llegaba cada jueves, en la hora santa, Dios mantenía su llamada a la confianza y a la espera.

Lo inesperado

El ambiente en la oficina era genial. Desde Chipinque había una vista bellísima de la ciudad, un espacio abierto y creativo, música para ambientar, trabajo en equipo, entregas constantes de proyectos, nuevos amigos de otras partes del mundo, mucho aprendizaje y además me pagaban. Un día llegó un compañero nuevo. Dado que yo le introduje en su trabajo, teníamos mucho trato y pronto amistad. No era muy religioso. Él era muy joven y éste era su primer trabajo, por ello siempre estaba pensando en la fiesta del fin de semana y en cómo gastarse el dinero. Recuerdo que un día en el tiempo de comida le comenté que yo estaba ahí provisionalmente mientras veía qué quería Dios para mí. Entonces la plática se cortó y después de un momento de silencio, en donde seguramente estaría pensando qué le digo, dice: «Yo tengo un amigo que su hermano está estudiando para ser sacerdote o algo así». Al no tener mucho futuro esa plática la dejamos ahí. Dos días después, lo que esperaba llegó de quien menos me imaginaría: Llega mi amigo a la oficina todo emocionado y espontáneo como siempre me dice: «Oye, ¿qué crees?… Ayer fui a cenar a la casa de mi amigo que te platiqué el otro día y le platiqué a su mamá de ti y te manda este teléfono de un padre, y me dijo que no dejes de llamarle». En ese momento no le di importancia y me metí el papel en la bolsa del pantalón. Esa noche cuando estaba por dormir me acordé de esa conversación. Entonces tuve un momento de oración en donde le pregunté a Jesús si esto era lo que él quería para mí. Ésta también fue una noche de silencio, pero con mucha paz, porque era consciente que no lo busqué, simplemente llegó.

La respuesta

Varias ocasiones, en diversos días de diciembre, intenté hablar con ese padre, pero nunca lo encontré. Un día de enero, llegué una hora antes a la oficina, como solía hacer para tener un momento de oración antes que llegaran los compañeros, y hablando con Jesús con la confianza que para entonces le tenía le dije:

  • No quiero presionarte como antes, pero quiero pedirte que al menos me digan que no les interesa o que es un número equivocado, o me digan algo que me haga ver que no quieres que siga llamando.

Entonces me vino este pensamiento:

  • Mira para ponértela fácil, si hoy tampoco me contesta el padre, significa que no quieres que siga llamándole. Así que esta será la última vez que lo intente.

Esa mañana marqué el número y cuando me contestaron dije:

  • ¡Buenos días! ¿Se encuentra el padre Ricardo?

Después de un instante de silencio me dice:

  • Un momento. ¿De parte de quién?

Le dije mi nombre y cuando me dejó en espera me puse a pensar:

  • ¿Y qué le voy a decir?, ¿qué se dice en estos casos?

Nunca antes había pensado qué decir si me contestaba y, como me contestó muy rápido, fui espontáneo y le platiqué brevemente mi situación. El P. Ricardo me dijo que si podíamos hablar personalmente y, dado mi oficina estaba muy cerca de la casa del padre, le propuse platicar después de la comida. Así lo hicimos. Al final de ese diálogo, él me invitó a una convivencia ese mismo fin de semana en el noviciado de Monterrey. De esa conversación me impactó el respeto por mi libertad y la búsqueda sincera de la voluntad de Dios, cualquiera que fuera; y también la impresión subjetiva por la que parecía que el padre estaba acostumbrado a platicar con arquitectos. Antes había tratado con muchos sacerdotes pero nunca con uno así. Fue extraño, porque uno que se ha dedicado a supervisar la construcción de edificios aprende a cuidarse siempre la espalda de todos y todo, en cambio con este padre que no conocía antes de esta conversación, sentí una confianza inmediata que me hizo abrir mi corazón. Esta fue la primera vez que estaba delante de un Legionario de Cristo.

La convivencia en el noviciado ese fin de semana fue estupenda me impresionó ver a tantos jóvenes sonrientes, felices con cosas sencillas. Eran de diversas partes del mundo. Metidos en un lugar perdido a las afueras de Monterrey, casi al lado de la casa de un amigo y nunca me di cuenta de que ese paraíso existía. Además era un shock el momento en que iniciaba el tiempo de oración porque el lugar se llenaba inmediatamente de silencio; y de la misma manera que en el juego, en la oración parecían felices y en paz. Después de esa convivencia tuve dirección espiritual, cuando el padre estaba en la ciudad, y después fui a otra convivencia en semana santa en la cual me invitó al candidatado que empecé ese mismo verano, no sin antes terminar los que creí que serían los últimos proyectos arquitectónicos de mi vida.

 

Es cuestión de sentido

Cada creatura es creada para un fin. Cuando usamos las creaturas para un fin diferente del cual fueron creadas no funcionan bien, al máximo nos sacan del apuro, pero improvisando sin llegar a su plenitud. Como cuando bebes tequila o coca-cola en una copa de vino de mesa, seguramente se puede beber, te quita la sed, incluso disfrutarlo pero no en su plenitud. Algo similar ocurrió en mi vida: Era divertida, bella, buena, pero no plena porque no había entendido el verdadero sentido de ésta. A cada uno de nosotros Dios nos ha creado por amor en manera única e irrepetible. Dios lo hizo para que seamos felices en plenitud. Dios ha creado tantos caminos para alcanzar esta felicidad cuantas personas ha creado. Para saber cuál es tu camino y el sentido de este, debes confiar y escuchar la voz de Dios.

Apéndice

La llegada al candidatado fue solo el inicio. Aquí no se puede platicar todo, a penas y he dado unas pinceladas. Me falta platicar las muestras de teatro experimental, el desierto, los conciertos, las exposiciones de arte, los raves, la cárcel, el terremoto, algunas muertes, las misiones, las adicciones… ¿y la arquitectura y el arte a la basura? Absolutamente no; «Dios no quita nada y lo da todo», pero todo esto tendrá que ser contado en persona. Si te animas, ¡tómate un buen vino conmigo y te lo platico!

 P. Manuel Reyes, L.C.

 

[1] Cfr. Giovanni Paolo II , Trittico romano, 13-15.

[2] Deuteronomio 4, 37.

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