P. Peter Mullan, L.C.

Peter

Aventuras con un bate de Wiffleball

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En retrospectiva, mi vocación sacerdotal legionaria comenzó el día después de nacer. Es sólo en retrospectiva, después de haber sentido la llamada de Dios, que mi supervivencia milagrosa de bebé tiene sentido.

Nací con un bloqueo en los intestinos y fui transportado en helicóptero desde mi ciudad natal de Elkton, Maryland, a Baltimore para una cirugía. Todavía tengo la cicatriz en el estómago de aquella intervención quirúrgica. Antes de la operación mi mamá me bautizó. Así que un día ella me dio a la luz en mi cuerpo, y al día siguiente, me dio a la luz espiritualmente. Para Dios no hubo tiempo que perder.

 

Afortunadamente mis padres formaban parte de un grupo de oración carismática. Durante la convalecencia el grupo de oración vino a orar sobre mí. También tuvimos amigos y familiares rezando por mí. Bastante atención simplemente para otro bebé, y encima el número ocho en la familia. Con el apoyo de tantas oraciones salí bien de la operación. También aprendí a luchar por mi vida, por algo más que Dios tenía reservado para mí. Una aventura había comenzado.

Mi familia, el comienzo de mi aventura

Del hecho de que mi madre me bautizara, se puede entender de qué tipo de familia vengo. Mis padres educaron a todos los diez hijos en la fe, y ambos jugaron un papel único en nuestra educación y desarrollo. Mi padre es un astrónomo de Irlanda del Norte. Ama la fe y le encanta enseñar a otros acerca de la fe; preparaba a cada uno de nosotros para la primera confesión y la primera comunión. Mi madre es una artista y un músico que siempre tenía algo creativo para nosotros. Entre los dos nos educaron muy bien, tanto en la fe como en la escuela.

Soy el número ocho de diez hermanos. Con tantos hermanos mayores había siempre una notable cantidad de actividades. Y entre cinco hermanas mayores y dos menores, naturalmente mi hice muy apegado a mis dos hermanos mayores. Todos aprendimos a compartir, incluyendo en las tareas del hogar. Gracias a la Providencia de Dios y al empeño de mis padres, nunca nos faltó nada, a pesar de ser tantos, y todos beneficiamos de una delicada atención fraterna.

Era el hermano menor y muchas veces mis hermanos mayores estaban fuera en la universidad, trabajando, o en otras actividades. Y con pocos niños de mi edad en el barrio, encontré la manera de entretenerme. Con mi bate de wiffleball iba detrás del cobertizo del jardín a divertirme con juegos y aventuras imaginarias. Un bate puede funcionar como todo tipo de armas: espada, arma, bazuca, arco, lanza, lo que sea. Me encantaba pasar horas de juego imaginario. Esas aventuras imaginarias eran un preludio de lo que implicaría mi futura vocación. No tenía claro lo que quería ser cuando fuera grande, pero en esas horas de juego detrás del cobertizo Dios me estaba preparando para otro tipo de aventura.

A veces la gente nos pregunta qué hacía mi familia para que yo y mi hermano mayor fuéramos sacerdotes legionarios y para que una hermana mayor, Margaret, fuese una laica consagrada del Regnum Christi. ¿Cómo se obtienen esas vocaciones de una familia, además de todos los demás hermanos que están involucrados y practican su fe? Ciertamente no rezábamos el rosario desde el amanecer hasta el anochecer. Un único misterio a la semana era lo máximo que podíamos soportar. Desde luego, siempre fuimos a misa el domingo, pero con la parroquia a una cuadra de la casa, nunca fue difícil ir. Entonces, ¿cuál fue el secreto de la familia?

Nuestros padres se empeñaron a darnos una buena educación. Además de colegios católicos, los diez siempre estábamos involucrados en actividades, ya sea deportivas u otras. Los campamentos de verano eran obligatorios, porque nuestros papás querían desarrollar todos nuestros talentos. Creo que eso fue tan clave en mi vocación como el lado espiritual. Y el mismo lado espiritual siempre se presentaba de modo atractivo. Por ejemplo, hacíamos pastorelas en familia en la fiesta de la Epifanía. Lo mejor era la noche de confesiones: quien se confesaba podía ir a cenar fuera después. Mi padre quería hacer el Evangelio vivo, donde dice que hay mucho regocijo y festejo en el cielo por el arrepentimiento de un pecador. Sin que nos obligara a ir a la confesión, aprendimos el lado alegre de la fe.

Mi hermano Michael tenía inquietudes de ser sacerdote desde su niñez. Fue a través de él que conocimos a los Legionarios de Cristo. En 1992, cuando tenía 10 años, empecé a ir a excursiones y campamentos con los padres legionarios en Connecticut, Washington DC y Wisconsin. Los viajes eran llenos de aventuras, con el sacerdote legionario siendo el primero en idear la próxima aventura. La verdadera aventura comenzaba, no sólo mis juegos imaginarios.

También en 1992, Michael entró al seminario con los Legionarios. Llamaba a casa desde Alemania, España y Roma y me contaba acerca de sus aventuras. En ese momento yo no tenía planes de entrar al seminario, pero me di cuenta que él había encontrado la aventura de su vida.

La llamada

Después de cinco años de formar parte del club juvenil de los Legionarios, sentí el llamado a ser legionario yo también. Todo fue muy sencillo y fácil: Durante una homilía el Padre Lorenzo Gómez mencionó que posiblemente Dios llamaba a algunos de nosotros para ser sus sacerdotes. Después de cinco años de visitar el seminario, me encantaba la vida allí: los deportes, la buena comida y sobre todo estar con los seminaristas. La vida con los Legionarios me parecía bastante fácil, así que decidí que le daría la oportunidad, una vez terminada la preparatoria.

Eso fue en navidad de 1996. En la Pascua de 1997 visité el seminario en Connecticut por mi cuenta, y me pusieron con los seminaristas de preparatoria. Al final de una semana divertida con ellos, decidí hacer el cursillo de verano para probar el seminario. El cursillo duró un mes, y no podría haber sido más feliz. Deportes, excursiones, un viaje a Washington DC, todo con 50 otros chicos de mi edad. Mi sueño se cumplió cuando me aceptaron en el programa. Todo listo para entrar.

Las cosas no estaban tan claras para mis padres. Pasé el verano en Connecticut, a sólo 4 horas de mi casa; pero el seminario se trasladaba a New Hampshire, a 10 horas de casa. Como tenía sólo 15 años de edad, mis padres dijeron que era demasiado lejos. Fue un despertar para mí: La sola idea de no poder volver me hizo correr a la capilla para rezar. ¡No era mi reacción habitual ciertamente! Fue entonces cuando me di cuenta de qué manera sentía el llamado de entrar.

Al ver mi deseo, mis padres decidieron rezar una novena. Una novena normalmente consiste en nueve días de oración, y nuestra familia tiene una especial devoción a Santa Teresa de Lisieux. Como una señal de confirmación para entrar, aparecieron rosas inesperadamente el quinto día de la novena. En mi caso, sólo tenía dos días para volver al seminario. Por lo cual se convirtió en novena de nueve HORAS, de entrega urgente.

Terminadas las nueve horas, supuse que la novena había terminado sin rosas, sin posibilidades de entrar al seminario. Pero fue mi propia mamá quien esa tarde, sin explicar por qué, había comprado sellos sin darse cuenta de qué había en ellos. Sólo esa noche, recorriendo la casa por cualquier signo de rosas, fue cuando vio los sellos: ¡120 sellos de rosas, color amarillo! Ni me puedo imaginar lo humillante que fue para mis padres aceptar unos sellos como prueba para dejarme entrar al seminario. Pero me permitieron con todo su apoyo, y yo era el niño más feliz al poder entrar. Ese fue el comienzo de una amistad duradera con Santa Teresa del Niño Jesús, quien también entró al convento a los 15 años a pesar de la oposición. Ella sabía cómo me sentía, ansioso por comenzar la aventura.

Diecisiete años preparándome

Mientras que el deporte y la buena comida pueden servir de motivación para entrar al seminario, no son suficientes para garantizar la vida de sacerdote. Cuando la gente me pregunta por qué duré 17 años para recibir la ordenación sacerdotal, me doy cuenta de cuánto tenía que aprender. La vida es más que diversión y comida, y durante el camino hacia la ordenación tenía que aprender varias lecciones.

Mis dos años en el seminario menor en New Hampshire todavía estaban llenos de diversión. Con varios lagos cerca, hacíamos de todo: en el invierno trineo, esquiar y hockey sobre hielo. Los dos años allí pasaron volando, y con 17 años estaba entrando en el noviciado.

El área más importante de la preparación de un futuro sacerdote es su vida espiritual, su amistad con Cristo. El noviciado es el período dedicado a su formación espiritual. Fue como novicio en Alemania donde aprendí a ver a Cristo como una persona real, un verdadero amigo, el capitán de la compañía de aventuras, que vive conmigo, y a través de mí quiere llegar a tantos otros.

Profesé mis votos religiosos de pobreza, castidad y obediencia, el 8 de septiembre de 2001, cerca de Colonia, Alemania. Mi siguiente etapa de la formación fue humanidades, en nuestro seminario de Cheshire, Connecticut. Pasé dos años estudiando humanidades clásicas, incluyendo latín y griego. Aunque disfruté los estudios, tenía sólo 19 años de edad, y me costaba dejar de lado mis caprichos y comodidad. Fue momento de maduración. Agradezco a mis superiores de esa etapa en particular, ya que tenían que aguantar mis estados de ánimo.

La filosofía en Roma siguió, de 2003 a 2005. Si los dos años anteriores fueron difíciles para mí, esos dos años en Roma me fueron de maravilla. Con eventos como el 25º jubileo de Juan Pablo II, su enfermedad, muerte y funeral, seguido por la elección del Papa Benedicto XVI, ¡qué gracia pasar dos años en Roma! Ahí es donde aprendí a experimentar la Iglesia como algo real.

En 2005 dejé los estudios por un tiempo para realizar una labor apostólica de cuatro años; así pude servir a las personas de forma más directa. Pasé esos años en los noviciados de los legionarios en Monterrey, México, y Cheshire, Connecticut. Tuve una experiencia similar a la de mis humanidades; esta vez, tuve que aprender a poner todos mis talentos al servicio de los demás. El alto ideal de servir a los demás como sacerdote puede ser muy inspirador, pero ¿estaba dispuesto a trabajar y darme a mí mismo de manera real? Fue otra etapa importante de crecimiento y maduración, al ayudar a los más jóvenes a adaptarse a la vida religiosa.

Los últimos cinco años de mi formación estudié en Roma, del 2009 al 2014. Allí aprendí lecciones muy importantes para mi sacerdocio. En primer lugar, llegué a Roma para estudiar la licenciatura en filosofía. Yo sabía que los cinco años restantes de formación eran para adquirir un conocimiento personal de la fe a través del empeño intelectual. Sólo entonces podría ayudar a otras personas en mi ministerio sacerdotal.

Una segunda lección vino con mi apostolado de dar tours del Vaticano. Al explicar la Basílica de San Pedro y la Capilla Sixtina, descubrí mi propia fe de una manera mucho más profunda. La tremenda belleza y gloria de esos lugares me enseñaron a apreciar el poder y la gloria de la gracia de Dios que brilla en medio de nuestra debilidad. San Pedro era un pescador común de Galilea. Sin embargo, triunfó por abrirse y colaborar con la gracia de Dios. Los dones que recibo como sacerdote son para capacitar a todos los creyentes a experimentar este poder de la gracia de Dios en sus propias vidas.

Una tercera lección fue sin duda la más dolorosa para mí. En 2009 descubrimos algunos hechos del fundador de los Legionarios. Eso provocó una profunda conmoción para todos, y pasamos los últimos cinco años en una profunda renovación, bajo la supervisión y apoyo del Vaticano. A través de esa renovación, descubrimos que hay un auténtico carisma de la Legión, y que todos participamos de ese carisma. Ha sido, sin embargo, un proceso muy doloroso, en el que hemos perdido a algunos de los hombres que más respetaba. En este proceso naturalmente me surgió la duda si esto era para mí.

Crecí luchando batallas de fantasía, pero Cristo me quería luchando en otro tipo de batalla, con las reglas que él establece en el Evangelio. Y así me veo desempañando mi vocación de sacerdote en esta banda de hermanos, los Legionarios de Cristo. Que todos nosotros Legionarios aprendamos su manera de llevar a cabo la misión: amar a los demás hasta el punto de morir por ellos.

La aventura comienza ahora

Como cualquier soldado a punto de embarcarse en su primera misión, estoy lleno de emociones encontradas antes de mi ordenación sacerdotal. He estado entrenando durante 17 años, con hábitos sólidos formados. Pero, ¿qué me espera al final de este salto de paracaídas en territorio desconocido? Sólo Dios sabe. Si hay una cosa que he aprendido de mi entrenamiento con él, es que puedo confiar en él para el éxito y la victoria asegurada. La lucha promete ser intensa, y sé que voy a salir con heridas. Pero no puedo pensar en mejor compañía que la suya, y soy muy feliz y orgulloso de haber sido llamado. Que él me mantenga cerca de él hasta el cielo.

 P. Peter Mullan, L.C.

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