P. Sergio Ricardo Espinoza Vega, L.C.

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«Llamó a los que Él quiso para estar con Él y para enviarlos a predicar»

(Mc 3, 13-14)

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Soy mexicano, de Irapuato, Guanajuato. Nací el 8 de agosto de 1984. Mis papás, Sergio y Laura, siendo de otros Estados, formaron nuestra familia en Irapuato. Tengo una hermana mayor, Valeria, y un hermano menor, Saúl. Durante mucho tiempo en casa vivimos junto con mis tías Cary y Nora, hermanas de mi mamá y de mi papá, respectivamente.

De mi infancia y familia en relación a mi vocación puedo iniciar con el tema de la educación religiosa que recibimos. Mi mamá nos educó en el respeto a Dios y las cosas santas. La misa dominical, la bendición de los alimentos en la comida en familia y las oraciones de la noche eran los momentos más habituales. Era de lo más común escuchar a mi mamá decirnos desde su cuarto antes de irnos a dormir: “Niños, ¿ya dieron gracias?” A lo que respondíamos que sí, a veces en complicidad.

En la Navidad, mi abuelita, q.e.p.d., tenía una participación especial, pues ella cantaba una canción mientras los niños arrullábamos al Niño Dios en un lienzo. Al final del canto, lo colocábamos en una bandeja con dulces, y después de darle un beso, podíamos tomar uno de ellos. Cuando ya todos lo habían hecho, lo poníamos en el Nacimiento que habíamos puesto en casa.

Durante ese periodo, en la calle donde vivíamos, festejábamos las “Posadas”. Iniciaba con el Rosario en la casa de una familia y en las letanías salíamos todos en procesión, cantando las letanías en latín con velas en las manos (y ‘chamuscando’ el cabello de las niñas), pidiendo posada hasta llegar a la casa de la familia que acogía la Sagrada Familia.

Otras vivencias como Año Nuevo, Reyes Magos, el Miércoles de Ceniza, la visita de las 7 Iglesias, etc., hacían que “las cosas de Dios” fueran parte natural, normal de nuestra vida familiar. Una situación que me causaba curiosidad era ver cómo mi mamá ayudaba a mi hermana en la acción de gracias después de comulgar. Al regresar  se ponía de rodillas y después de unos minutos, mi mamá decía la oración “Alma de Cristo” en voz alta y mi hermana repetía.

En la calle donde vivíamos, teníamos un amigo que todos los niños los seguíamos mucho. Mayor que todos nosotros, nos organizaba juegos, sobre todo en esas posadas, y era de un carácter muy alegre. De repente ‘se fue de casa’ y lo veíamos ocasionalmente. Entonces supimos que se había ido al ‘seminario’ de los salesianos. Fue de las primeras veces que recuerdo haber oído hablar del seminario. Yo tenía alrededor de 10 años.

Más adelante, empecé a prepararme para mi Primera Comunión. El sacristán me pedía que llegara antes para ayudarle a preparar la misa. También quería que acolitara, pero en eso no me dejé… Le ayudaba a pasar la cesta de la limosna y a recoger todas las cosas al final. No sé por qué, pero me empezó a mostrar más salas de la Iglesia, me regalaba recortes de hostias y un día hasta me metió a la casa de los padres. Me preguntó qué me parecía el lugar y recuerdo que le dije bien clarito: “No me gusta”. Sin embargo, siempre tuve una reverencia o respeto a los padres, a pesar de no tener cercanía con ninguno de ellos. Fuera de la misa, y en ella, yo desde mi lugar, el padre no existía más.

Un día entre semana fuimos a misa solamente mi mamá y yo. Estábamos en las últimas bancas y ella me preguntó a mitad de misa: “¿No te gustaría estar algún día detrás de ese altar?” Me causó una cierta impresión la pregunta, se me hizo “raro” que yo pudiera ser padre y que “un día” pudiera estar allá. Recuerdo que me dejó tan extrañado que sólo le respondí que no con la cabeza. ¿Pero por qué no? Se me hacía que era una vida “aburrida”. En realidad, era una vida “desconocida”. Parte de esa impresión mía provenía del hecho que nunca había visto un padre fuera de la misa. No sabía qué más hacía. Y eso de estar todo el día, todos los días, dentro de la Iglesia, ¿a qué niño le va a gustar?

Un evento cambió esa mirada… y fue radical. Estudié la primaria en un colegio de recién apertura en esos años. Cada año innovábamos un grado académico. Cuando cursaba sexto de primaria, nos visitaron dos padres… ¡y muy padres! Eran dos religiosos, Legionarios de Cristo, que estaban haciendo sus años de pastoral y se encargaban de la promoción vocacional. Fue una impresión muy grande para mí ver a dos padres, ¡jóvenes!, entrar en mi salón de clases. “¿Qué está haciendo un padre aquí? – pensaba en mis adentros – ¿no tendría que estar en la Iglesia? ¿Entonces… sí salen?”

Recuerdo que la directora los introdujo. Uno era de Chile, muy alto, y el otro de Estados Unidos, que por cierto no dijo nada. El padre de Chile nos dio una charla muy simpática y él era muy alegre (me recordó a aquél vecino mío que se había ido al seminario Salesiano). Después que bajamos a recreo, me lo encontré en el patio y hasta estaba medio jugando fut y haciendo “dominaditas”. Nos invitaron a un fin de semana en la Ciudad de México, en el seminario, al que me apunté inmediatamente.

Después de un tiempo, fueron a mi casa y mi hermano Saúl, que tenía por entonces 5 años, me dijo: “Ya llegaron tus amigos grandotes”. Platicaron con mis papás y fui al fin de semana del que regresé muy contento. Tuvimos la invitación para pasar también allá el verano, al que quise ir con todas las ganas del mundo. Parecería extraño, pero en mi concepción de niño se trataba simplemente de un campamento de verano, como el de los Scout, solo que esta vez era con los padres del seminario, con “mis amigos grandotes”.

Bueno, pues resultó que ese verano, y las muchas cosas que acontecieron en esas breves 4 semanas, se convirtió en ya 18 años. Laus Deo. Hasta este momento del ingreso en el seminario, parecería una historia casi bordada, donde se entrevé la mano de Dios y lo rápido que acontecieron las cosas. Pero esto no es un cuento de hadas, es una historia de vida y como en la vida de cualquier persona, también hubo algo de sufrimiento. No pudiendo narrar esta misma historia desde los ojos de mi familia, les agradezco, valoro y reconozco el dolor humano que significó en ellos una separación física tan temprana, sobre todo para mis papás lo que significó la lucha interna para dejarme quedar en el seminario, su fe en Dios y el amor tan grande por su hijo para dejarlo quedarse… porque lo vieron feliz. Así fue que, después de la primera visita de ellos al seminario, en el verano de 1996, con lágrimas en los ojos y un muy fuerte abrazo, me quedé en el seminario para empezar esta aventura. Gracias papá y mamá. Gracias a mis hermanos.

En el centro vocacional del Ajusco estudié la secundaria y el primer año de preparatoria. En septiembre del 2000 fui aceptado al noviciado y tomé la Sotana en Monterrey. Se preparaba ya para entonces el festejo del 60º Aniversario de la Legión y participamos de las celebraciones en Roma. Fue un viaje increíble que les agradezco a mis papás y a los formadores. En el segundo año de noviciado fui enviado a Cheshire, Estados Unidos. Allí me adentré en otra cultura, pero con el mismo entusiasmo por Jesucristo. Ciertamente me sentí “arrastrado” por el ímpetu con que los hermanos hacían cualquier actividad.

El tiempo de noviciado, la “Universidad donde se estudia a Cristo”, fue un tiempo para crecer en el conocimiento de Cristo y en el discernimiento vocacional. No temo decir ahora, viéndolo desde otra perspectiva, que para el momento de mi primera profesión estaba más empujado por todo el ambiente y el deseo de entrega total. Más adelante se juntaron las circunstancias donde hice una decisión igualmente sincera, pero más madura.

A Roma llegué en agosto del 2003, con apenas 19 años. Esos dos primeros años de filosofía tuve la oportunidad de convivir con el P. Álvaro Corcuera, LC, q.e.p.d., quien era nuestro rector del centro. En el segundo año escolar sucedieron los acontecimientos del Capítulo General Ordinario de la Legión y pocos meses después murió nuestro querido Santo Padre, San Juan Pablo II. Pudimos acompañarlo en el hospital y posteriormente en los Rosarios que se organizaban en la Plaza de San Pedro. En una de esas tardes que acudimos, falleció. Sería incompleta cualquier descripción que hiciera sobre los acontecimientos increíbles que vivimos en Roma en esos días. Pocos meses después, saludábamos al nuevo Papa electo desde la plaza de San Pedro: Benedicto XVI.

Un recuerdo especial para mí fue la homilía en el Aniversario Sacerdotal de Juan Pablo II. Recuerdo que él describía aquél momento del evangelio en donde se encuentra Jesús con Pedro y le invita: “Sígueme, y te haré pescador de hombres”. A lo que el Papa añadió “También hoy, después de 50 años, siento la misma invitación de Cristo, a la que nuevamente respondo: ¡Sí!” Todos en la plaza nos levantamos y respondimos con un atronador aplauso. ¡Gracias Santo Padre!

Mis años de “prácticas apostólicas” los realicé en el Centro Vocacional de Ajusco. Dicen que “el ladrón regresa al lugar del crimen”, pues la ironía me jugó la broma y allí acabé. No digo que me gustaron esos años, ¡los gocé! Recuerdo con mucho agrado el espíritu de compañerismo que teníamos entre nosotros los prefectos. Nos apoyábamos muchísimo, para cosas del trabajo como para el descanso. Agradezco a todos los jóvenes que conocí en esos años, de aprendizaje también para mí, de triunfos y de errores.

Regresé a Roma y los años 2008 a 2012 fueron complicados. Viví momentos extraordinarios, de alegría, de compañerismo, de fervor pero también hubo momentos de confusión y tristeza, en parte por motivo de la persona del fundador. Creo que fueron años de crecimiento en madurez humana y espiritual. Fue triste despedir compañeros, con quienes viví muchos años, con muchas cualidades, que son verdaderos amigos… pero en el camino vocacional yo debía de responder por mí mismo, ¿cierto?

En los años de teología, 2010-2012, además de continuar los estudios y el proceso de renovación de la Legión, intenté inclinarme más a la vida de oración, de diálogo-respuesta personal con el Señor. Fue así que al final del segundo año de teología pedí permiso a mi superior de interrumpir los estudios y hacer un año más de apostolado. Los motivos eran varios y podría compartir los siguientes: crecer en las convicciones personales de mi respuesta a Dios en la Legión, hacer la experiencia personal del apostolado en el Regnum Christi (que no tenía hasta ese momento) y aprovechar que “las aguas se serenasen”.

Ese año de apostolado lo realicé en México DF Sur, en el Colegio CEYCA Bachillerato y en la sección de Jóvenes. Fue simplemente genial. Acabé muy cansado pero muy agradecido. Reconocí aspectos positivos y límites personales, cometí errores y aprendí que debía ser humilde y prudente. Acepté el desafío de vivir mi vida religiosa por convicción personal y no porque un formador estuviera detrás de mí. Recibí mucho más de lo que pude dar. Muchas gracias a todos los jóvenes del Colegio y de Crel Sur que me ayudaron a amar más mi vocación.

Finalmente regresé a Roma, para estudiar el último año de teología, pero con las ganas de salir de nuevo ya sacerdote. Recibí la ordenación diaconal a finales de Junio y fui destinado al Seminario Maria Mater Ecclesiae en Brasil, para ayudar en la formación de los seminaristas diocesanos. Aquí llevo ya tres meses, aprendiendo portugués, aprendiendo de una nueva cultura y “a servir el plan de Dios en mis hermanos”.

No puedo terminar sin mencionar mi agradecimiento a todos mis formadores, aunque genéricamente, que estuvieron al tanto de mi formación. Y aunque no puedo explayarme en lo siguiente, agradezco la cercanía que de mi Madre del Cielo, la Virgen María, pues en muchos momentos importantes ha estado muy presente de mí y de mi familia: María, Madre de Gracia y Madre de Misericordia, en la vida y en la muerte, ampáranos, Gran Señora.

P. Sergio Ricardo Espinoza Vega, L.C.

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