P. Sergio Salcido Valle, L.C.

P. Sergio Salcido 

«El libro, la estocada y mi Cristo Rey» 

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“Dios siempre saca un bien mayor del mal que permite”. Estas palabras resuenan ahora más con mayor claridad al recorrer con la mirada mi camino vocacional. Dios es maravilloso y nos sorprende a cada instante. A mí me sorprendió de manera fuerte hace 17 años cuando leí un libro de una secta buscando respuesta a mis preguntas juveniles sobre Dios y el sentido de mi vida. Un libro que me hundió en una crisis de fe por dos largos años para después, por amor predilecto del Señor, volver a ver la luz y, sin yo imaginarlo, empezar una aventura con Cristo que ahora me llena de felicidad plena.

Nací el 28 de noviembre de 1979 en Hermosillo, Sonora (México) en el seno de una familia de 6 hijos y mis papás. Viví en Guadalupe de Ures, pueblo cercano a la capital. Mi padre es de Sonora y mi madre de Jalisco, ambos son profesores jubilados. De pequeño era un niño bien portado y estudioso, algo tímido, pocos amigos y no deportista. El trabajo campirano y los estudios llenaban mis días. El ambiente familiar era divertido pues los juegos, las peleas, los trabajos en casa, la convivencia y otros elementos, hicieron que mi familia fuera el lugar donde me sentía protegido y acogido como yo era. En un ambiente cristiano fomentado más por mi madre, alguna vez de niño pensé en ser sacerdote pero deseché la idea y “aventé la pelotita” a mi hermano Mario, pues imaginaba al sacerdote como un hombre solo y, dado que mi familia era de mucha gente, por tanto yo no quería eso. Fuera de este momento no recuerdo otra intención de ser sacerdote. Quisiera resumir mi niñez y adolescencia como un período más bien duro y difícil, donde muchas veces sentí nostalgia de Dios y deseos de no dejar pasar mi vida sin hacer nada en el mundo.

Con el inicio de la juventud iniciaron otras aventuras: mis primeros amigos verdaderos en la preparatoria, la primera novia, el consolidar poco a poco mi personalidad, la perspectiva de una carrera universitaria, etc. Fue aquí donde apareció ese “bendito” libro del cual Dios se sirvió para irme “pescando”. Tenía 18 años cuando una prima me “reto” a contestarle algunas preguntas sobre la religión. A pesar de ser “buen católico” no pude hacerlo y empecé a vacilar. Ella me dio un libro de una secta evangélica y lo leí al mismo tiempo que leía la Biblia. Por ignorancia cristiana me tragué varios de sus argumentos y entré en una crisis de fe que me alejó de los sacramentos y finalmente caer en un vacío existencial. Veía ante mí dos caminos: el dejar mi fe para pasarme a una secta o buscar razones para mi fe. Y yo escogí lo segundo. Nada me traía gusto. Iba “rodando” sin meta ni rumbo fijo si bien externamente las cosas no cambiaron mucho. La tempestad estaba en el interior. Y era muy dura…

En la Semana Santa de 1997 llegaron por primera vez a mi pueblo unas chicas de Juventud Misionera: güeritas y muy hermosas. Invitaban a asistir a las pláticas de catequesis que se impartían en la parroquia. Y dado que en mi pueblo se tenía la idea que sólo mujeres iban a la iglesia, por respeto humano no asistí por más que mi alma me decía que asistiera, que quizás allí encontraría respuestas. Dejé pasar un año… y fue más pesado que el anterior. Nuevamente llegan las misioneras al año siguiente y mucho más resuelto me atrevo a ir a las pláticas sin pensar en lo que los demás dijeran. Ya el vacío era enorme, no podía seguir así. Una chica que hablaba en esa plática cautivó mi atención: hablaba de Dios y de su amor con una frescura y sencillez que iba descongelando mi fe y encendiéndola de esperanza. Empecé a ver la luz. Y Dios fue tan maravilloso que en una semana hizo que las tinieblas desaparecieran. Fue un volver a vivir con alegría interior y casi quería comerme al mundo. Fue en la Vigilia Pascual, a la que no pensaba asistir por irme al baile, donde conocí el primer Legionario de Cristo. Mi madre me dijo “que no fuera desgraciado” y fuera a agradecer a Cristo, total el baile iniciaría después de la misa. Y esa misa me tocó el corazón. Años después supe que las misioneras traían “plan con maña” y le habían dicho al padre que me escogiera de acolito para esa misa pues veían que “algo traía”. Lo fui, después de varios años sin serlo, y me sorprendió maravillosamente la manera de celebrar la Eucaristía de ese legionario. El fervor, la tranquilidad, la paz… Y al final, varias chicas se quedaron sin bailar conmigo pues decidí no ir al baile y me quedé ya de noche bastante tiempo en mi cama llorando de agradecimiento a Dios mientras escuchaba repetidas veces la canción “Nadie te ama como yo”. Dios me estaba hablando al corazón.

Esa semana santa de 1998 es inolvidable. Sentía un deseo de corresponder a Dios por el don de reavivar mi fe y por eso me pasó la idea de trabajar en Oaxaca o por allá ayudando a gente pobre. Pero llegó la oportunidad de irme de misiones al año siguiente, gracias a la propuesta de ese legionario. No me importó nada y llegué a la comunidad de La Caridad, en la sierra de Nacozari. Éramos 5 misioneros, todos primerizos excepto el responsable. Fue una semana maravillosa donde ya para el viernes santo Dios tenía preparada “la estocada”. Me pidieron quedarme en la parroquia, contra mi gusto y acompañado de la señora sacristana, a esperar la procesión del via crucis viviente. En cierto momento me dice: “Oye, ustedes son seminaristas, ¿verdad?”. Respondí con enfado que no, “Dios me libre” pensé. Luego ella dijo que también sabía rezar y me llevó atrás de la parroquia, de frente a la serranía y precipicios que iban ocultando un atardecer. Saca su cuaderno y mal leyendo iba recorriendo lo escrito. Yo, súper desesperado, le “iba carrereando” para que ya terminara pero me impacienté más cuando siguió con la hoja siguiente. Y allí Dios hizo su estocada, escuche en mi interior una voz que decía: “Tú eres mi misionero y ¿así tratas a una de mis almas?”. En ese momento “me cayó el veinte” y cambié de actitud hacia la señora. Justo allí me inundó una paz indescriptible, y recuerdo que pensé “siempre quisiera tener esta paz”. Algo sucedió. Ya no fui igual. Considero ese recuerdo como el momento donde Dios me invitó a seguirle, a trabajar en su Viña, a darle paz a tantos hombres que necesitan paz. Regresé a Hermosillo y estudiando cálculo diferencial en la noche vino a mi mente la imagen mía vistiendo un clergyman negro y traje, como legionario. Sorprendido de tal ocurrencia, me negué a continuar pensando eso y me forzaba a concentrarme en las derivadas matemáticas; pero la idea regresaba insistentemente. La repelí varias veces. Ya un poco harto le dije al Señor: “Bien, Señor, lo que Tú quieras pero ya déjame estudiar pues tengo examen”. Y sorprendido percibí de nuevo esa paz indescriptible que había sentido en misiones. Dios me iba encaminando por su camino, no por el mío.

Terminé mi carrera en 2001, estudié Ingeniero Químico en la Universidad de Sonora, habiendo recorrido ya un buen trecho hacia Dios. Participaba en las Megamisiones, me había incorporado al Regnum Christi, mi vida de gracia era mejor, mi personalidad ya estaba consolidada, una novia excelente… Y aquí es cuando, no sin dificultades interiores, me decido “a dar el salto” sabiendo que estaba en manos de Dios: presentada mi defensa de tesis, con la presencia de mi ex novia a la cual le pedí terminar la relación por saber que iba a dar este paso, con mi familia y amigos, anuncio que me voy de colaborador del Regnum Christi… al día siguiente. Una vez más, como en las Megamisiones, no sabía a dónde Dios me llevaba pero lo que sí sabía era que lo que Él quisiera era infinitamente mejor que lo que yo pudiera elegir por mí mismo.

Mi año como colaborador en León fue un parteaguas en mi vida. Un año de vida dada a Dios en totalidad y donde la llamada vocacional se fue haciendo más clara. La peregrinación a Roma en diciembre me ayudó a tener cierta certeza del llamado. Me impactó el ver a los hermanos legionarios estudiando, jugando, trabajando, rezando… Allí dije que quería ser como ellos. El 14 de febrero de 2003 visitando a mi familia anuncié lo que ellos ya presentían: ¡¡¡me voy de cura!!! Recuerdo a mi padre y un hermano llorar, yo temblando mientras les decía y contestaba sus preguntas, pero emocionado pues encontré el apoyo de todos ellos.  Regresé a León con la mirada puesta en el candidatado para el noviciado de Monterrey. Ahora era cuestión de prepararme. En mayo me despedí de mi familia y amigos, con la bendición de todos ellos y contento en el corazón, con cierta incertidumbre pero confiando en Dios, tomé mis maletas, el autobús y salí de mi casa para volar a las alturas que el Señor me pedía. Así, con Cristo nuestro Rey, este soldado inició su aventura formal.

Hasta aquí he querido compartirles cómo el Señor me llamó. Me sorprende cómo Dios puso su mirada de predilección en mí pues no es que haya sido “monedita de oro”, pero me sorprendo mucho más al constatar su amor fiel a lo largo de mis 11 años de formación. Les aseguro que ha habido de todo: momentos muy felices donde he podido ver cuán grande, alto, ancho y largo es el amor de Dios (Ef. 3, 18) manifestado en la amistad y fraternidad de mis hermanos legionarios, de la alegría y satisfacción que da servir a los demás, la intimidad en la oración, la aventura de conocer países y culturas, la exigencia hermosa de la vida religiosa; pero también he tenido momentos de oscuridad, de caída, de luchas inciertas, de dolor, de incertidumbre ante el terremoto que pasó en la Legión… Pero al poner todo en la balanza me alegra enormemente saber que Dios no se ha dejado ganar en generosidad. Él, mi Rey, ha sido siempre fiel a su soldado y puedo decir que efectivamente Él da el ciento por uno en esta vida… ¡y aún me falta la vida eterna! Dios ha sido muy bueno conmigo y con las almas a las que he podido ayudar y servir, comenzando por mi familia y amigos. Darme a Él y darme a los demás me llena de una paternidad espiritual que me hace plenamente feliz. Sé que siempre habrá luchas y por eso me viene a la mente una frase del Papa Francisco: “Dios le da las batallas difíciles a sus mejores soldados”. Y no me asusto pues también Cristo nos ha dicho que su gracia nos basta, que su poder se demuestra en nuestra debilidad (cf. 2 Co 12, 9) y que Él estará conmigo todos los días hasta el fin del mundo (cf. Mt. 28, 20). Así, si Dios está conmigo en mi sacerdocio, ¿a quién he de temer? Él es mi Buen Pastor y estoy seguro que me irá llevando por los caminos de esta vida, por los corazones de las almas que ha puesto, pone y pondrá en mi camino para ayudarle a que Él reine en esos corazones y la sociedad. Cristo me ha elegido para estar con Él y para enviarme a predicar (cf. Mc. 3, 14) y por eso le pido con sinceridad que yo sepa “dejarme usar” dócilmente por Él. Soy un instrumento, un trabajador en su Viña… y también soy un predilecto de su amor, un soldado de tan insigne Rey, un testigo de su amor y de su perdón. ¿Qué más podría pedir en esta vida si tengo el Tesoro por el cual vale la pena vender todo?

 P. Sergio Salcido Valle, L.C.

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