P. Simon Cleary, L.C.

psimoncleary

Nadie fingía estar feliz.

Share on FacebookTweet about this on TwitterShare on Google+Pin on PinterestEmail this to someone

 

De chico, soñaba con ser actor. De hecho, dado que soy de Nueva Zelanda, es posible que yo hubiera tenido suerte, pero probablemente como un doble para el actor de Frodo. Lo que aprendí era que los actores de verdad no sólo hacen expresiones de dolor con la cara, sino también con los ojos. Aprendí a identificar la expresión de los ojos con la emoción que las personas llevan en el corazón. Y me di cuenta, caminando por las calles de mi ciudad, que la mayoría de los empresarios no tenían ojos felices. Algo les hacía triste el alma. Yo decidí que cualquiera fuese mi futuro, querría ser feliz. Y seguía con mis sueños de ser actor, escritor, jugador profesional de fútbol, etc.

En febrero de 1998 mis papás se fueron a un retiro de adultos. Eso implicaba que yo, con catorce años, tenía un fin de semana mucho más relajado que cuando ellos estaban. Mis hermanos y yo comíamos “fast food” a cualquier hora y no había tareas.

Pero mi conciencia me decía: “Tú tienes que ir al retiro”. Yo le respondí: “¡No! Es para adultos. Yo sólo soy un chico”. Aun así, no me dejaba en paz. Entonces la mañana del último día del retiro, desperté y dije a Dios: “Vamos a aclarar que lo del retiro no es Tu voluntad. Si esta moneda cae ‘cruz’ seis veces seguida, Tú me estás diciendo que debo ir al retiro. Si no, entonces clarísimamente no es Tu voluntad que yo vaya al retiro”.

Cuando la moneda cayó ‘cruz’ la primera vez, no me importaba. Tenía 5 otros tiros. La segunda ‘cruz’ me incomodó. Después de la tercera, decidí que no era mi día de suerte. Ya la cuarta que ‘cruz’ salió, sabía que nada más me quedaban dos oportunidades. Con la quinta ‘cruz’, me di cuenta que Dios querría lo del retiro. Sin embargo, lo verifiqué con el sexto tiro, que también salió ‘cruz’.

No me acuerdo nada del retiro. El predicador era de México y no entendía su acento. Yo era la única persona con menos de treinta años en este retiro, y eso que yo no tenía ni la mitad de treinta años. Pero yo había hecho una promesa a Dios, y la tenía que cumplir.

Fue en este retiro que algunos papás de otros legionarios supusieron que yo debería ser un chico muy espiritual, dado que asistía por propia voluntad a un retiro de adultos. Obviamente no iba a decirles que Dios me había obligado. Ellos me invitaron a un campamento de verano con los legionarios, pensando que quizás tenía interés en el sacerdocio. Lo que yo capté de la idea era un viaje a un campamento en Estados Unidos. Me sonaba fenomenal.

Llegando a Cheshire, Connecticut, al campamento “Eagle’s Cliff” en junio de 1998, me impactó una cosa: los ojos de los chicos demostraban ser almas felices. Nadie fingía estar feliz, todos lo eran de verdad. Los más felices eran los padres legionarios que nos cuidaban, y esto que se desvelaban y nos servían mientras éramos nosotros los que jugaban todo el tiempo.

En un viaje a New Hampshire, Dios me impactó otra sorpresa. Sin advertencias, me lanzó un llamado al sacerdocio. Normalmente la vocación se susurra, echa raíces y crece como una planta en el corazón. En mi caso fue como un golpe en plena Hora Eucarística. No podía esconder de qué se trataba, pues quería ser como los sacerdotes felices que veía; el evangelio de la Hora Eucarística era precisamente Lucas 9, sobre las exigencias e incluso la severidad de seguir a Jesús. Como el mismo evangelio expresaba, yo tenía que escoger entre tomar la cruz detrás de Jesús, o no seguirle de cerca. Podía decirle “Sí” o “No”. No podía decirle: “No entendí”.

Entré al seminario menor el verano de 1999, a los 15 años. Mi camino al sacerdocio era fuerte con esa consciencia del llamado. Por otra parte, vi por qué ésta no es la manera normal de una vocación: Jesucristo no quiere seguidores por obligación. Él quiere los que Lo sigan por amor y elección. Muchas veces en mis años de preparación para el sacerdocio, me conformé con obedecer al llamado y a las etapas del seminario. Pero simplemente seguía. Me faltaba interiorizar la vocación y amar a Quien me llamaba. Obedecí, pero amé poco.

Fueron mis tres años de trabajo pastoral, en el Instituto Irlandés de la Ciudad de México, los que empezaron a romper mi esquema. Nadie puede enseñar a otros a seguir a Jesús por deber (¡Y mucho menos a mexicanos!). Se sigue a Jesús por amor. “Este es el amor: no que nosotros hayamos seguido a Jesús, sino que Él nos amó primero y envió a Su Hijo como propiciación para nosotros” (1 Jn 4, 10). Para llevar a otros al amor de Jesús, yo tenía que amarlo más. Y también aprendí que mi obediencia no era tan fuerte como creía. Tuve que apelar a la Misericordia del Señor, en vez de poderme creer suficientemente bueno y fiel seguidor por mí mismo.

Este camino de aprender a amar y confiar en la Misericordia no está completo. Sigo teniendo que aprender a no confiar mi vocación a mis capacidades de cumplir con mi deber. Esto lo pongo por si alguien desease una vocación más clara, le advierto: más claro no quiere decir más fácil.

Amar y confiar en la Misericordia ha sido y será una parte grande de mi crecimiento hacia el sacerdocio. Amar y confiar en los demás sería la segunda gran lección. El Movimiento Regnum Christi está llamado a ser una familia, y yo tuve que aprender a tener hermanas y hermanos en el Movimiento. Teniendo una hermana consagrada, me ayudó mucho a estimar a las consagradas de Regnum Christi. Trabajé cinco años con las consagradas en el Irish Institute de Roma, y aprendí a vivir la familia del Movimiento con ellas, como hermanas. Siempre fui hermano legionario, pero mi crecimiento hacia mis hermanos legionarios también despegó cada vez más en mis últimos años en Roma.

Ahora mi formación para el sacerdocio llega a su fin, y me tocará aprender la paternidad del Movimiento Regnum Christi, en especial la paternidad sacramental de la Legión de Cristo. Tengo la vocación de ser Padre, de llevar almas hacia un renacer en Cristo. Quiero que los sacramentos que pasen por mis manos den alegría y paz a estas almas. Quiero ver que los ojos de con quienes trate sean ojos llenos de felicidad verdadera.

P. Simon Cleary, L.C.

Share on FacebookTweet about this on TwitterShare on Google+Pin on PinterestEmail this to someone