P. Carlos Padilla L.C.

pcarlospadilla

 El estadio que te espera…

Share on FacebookTweet about this on TwitterShare on Google+Pin on PinterestEmail this to someone

 

¡Hay que empezar por el estadio! Ese es el lugar favorito de mis recuerdos. Nuestra hinchada sufría en la grada la eliminación de nuestros queridos Pumas, veía jóvenes abrazando su bandera llorando desconsolados y otros colgados del poste recriminando al árbitro aquel offside no marcado. Perdimos con la cara al frente y la garganta desgarrada en Goyas. Nos íbamos a casa y yo sabía que ese había sido mi último partido como laico. Ahora, con solo 18 años, Dios me permitiría asistir a uno más emocionante: el partido de mi vida, ese que estaba por dar un giro en 180º.

Era el año 2002. Había terminado una prepa llena de muchas fiestas, buenos amigos y poco estudio. Sobre mi escritorio descansaban los papeles de la Universidad (ahora inútiles) con la admisión a mi carrera soñada: Ciencias Políticas.

Días después de aquel juego, aún con la bufanda auriazul al cuello, escuchaba desde mi cuarto el claxon anunciando la salida. Se parecía demasiado a la escena típica de los viernes en que mis amigos pasaban por mí para salir de fiesta. Ahora era diferente, iba a un seminario para seguir mi vocación. ¿Sacerdote? Ni yo me la creía.

Tiré la bufanda en el armario, y ahí se mezcló con lo que habían sido los vestigios de mi vida: un sin fin de jerseys de americano con el legendario 9, los conjuntos tan usados en los viernes de plan y los sábados de antro y una marea de playeras de mis amados Pumas. Arriba del closet una foto de mi ex novia y mi reloj de los cowboys.

Cerré las puertas como quien tras ver mil escenas termina un capítulo de su vida. Bajé las escaleras mochila al hombro y con el pasaporte en mano me dije a mí mismo: “Todo lo considero basura con tal de alcanzar a Cristo”

¿Qué puede haber en el corazón de un chico de 18 años que lo deja todo para seguir una vocación sacerdotal? ¿Cómo se me ocurrió esta locura? ¿Por qué se emprende una aventura sin final escrito?

De eso se trata esta historia y así se entreteje la vida. El amor entra por los ojos; así me pasaba también con las niñas. La vocación es una llamada, es sentir un atractivo, tener química con un tipo de vida, percibir un movimiento de tu voluntad a seguir a Cristo, a tener su mismo “modus vivendi”, a vivir su Palabra. La vocación es quedar flechado. Entra por los ojos, se clava en tu corazón, mueve tu voluntad y te hace libre, te enamora. Nada diferente a lo que un novio siente por su chica…

Un día en la prepa hablábamos de futbol, de niñas, de fiestas, del profe de Biología “que no hay quien lo aguante”. En fin, de todos esos temas trascendentes que a un adolescente de quince le preocupan. Llegó un sacerdote al cole y para variar pasó desapercibido. Luego comenzó a hacer ruido con sus partiditos de fut donde nadie le ganaba, más ruido con sus misiones, más movimiento con sus homilías y buenas confesiones. Organizaba de todo: peregrinaciones, retiros, viajes, encuentros, era un huracán, un huracán de Dios. Audaz, intrépido, sincero, inteligente, espiritual convencido de su vocación y lo peor de todo es que se le veía feliz. Su solo testimonio te obligaba a plantearte esta idea: si un día tuviese que ser sacerdote, ¡te juro que sería como Él! Su nombre: Juan Pedro Oriol.

Comenzamos a asistir a la “Casa del Reino”, leíamos el evangelio, organizábamos algún apostolado y se cerraba con unos buenos tacos al pastor. Cada vez que conocía a un legionario descubría el mismo espíritu del padre Juan Pedro. Ese estilo tan peculiar de ser sacerdote se encarnaba en más padres y hermanos legionarios, que eran como él pero de otro modo, a su modo, pero en el fondo el carisma era el mismo, prueba de que el carisma legionario venía de Dios.

Me rapé a cero la cabeza antes de ir a nuestro triduo de incorporación al Regnum Christi. Me dijeron que sería un retiro en silencio, así que me puse a tono (seguro  que inspirado en alguna peli oriental).

El padre Donahue fue el primero que puso el dedo en la llaga. Ahí, por primera vez, me planteé en serio el ser sacerdote. “Al llegar al cielo, dijo, nos esperan nuestras almas, esas que nosotros ayudamos a salvar aquí en la tierra. Dime ¿no te gustaría que te recibiera un estadio lleno, pletórico y que con euforia y emoción coreara tu nombre y que mientras observas las bengalas, las banderas y los aplausos de todos, Cristo te saliera al paso en el centro del campo para darte un gran abrazo?”

A mí ya me bastaba que me hablaran del estadio para que se me erizara la piel. Se lo dije al entonces “brother John” en una dirección espiritual y me la soltó directa: ¿No crees que Dios podría llamar tu a ser sacerdote? Si su español daba miedo su pregunta me dio pavor… Pero ahí se quedó la pelotita, botando ligera en el área.

Mi vida continuaba a la velocidad que mi Golf 94 me lo permitía. Ese día quizá lo aceleré de más y no pude frenar a tiempo justo en la cresta del puente. Mi mejor amigo y eterno copiloto Richy, se estrelló en el parabrisas y a mí me salvó la vida el cinturón de seguridad que ese día me puse de pura “casualidad”.

Parecía que el accidente lo había visto Querétaro entero. Del otro lado de la carretera pasó mi amigo Chente, cruzó la calle y me regaló lo que necesitaba: un buen abrazo “pal susto”. Rompí a llorar. Nunca había visto, la muerte tan cerca y cuando le dije: “No sé porque me salvé, Chente, de verdad no lo sé” El remató aquella pelota que estaba en mi área chica así: “Dios quería que vivieras por algo, por algo lo permitió Dios”.

En ese momento me vino como de rayo la imagen de los novicios legionarios caminando con su sotana en Monterrey. Hacía apenas tres semanas les había visitado, justo al día siguiente de ponerme de novio con una niñaza (así era mi vida, un partido a ida y vuelta) La espinita que me había dejado aquel fin de semana en el noviciado, Chente la terminó de clavar y sin saberlo fue fiel a su vocación de “pescador de hombres”.

Aquel 2002 continuó a ritmo de Ska, Punk y Trova. Sin duda el año más divertido de mi vida. En el último de prepa yo era un chavo normal, con unas calificaciones que había que esconder, con suficiente saldo en el celular para organizar “lo que hiciera falta”, con muchos planes para el “fin” y una buena novia en la ciudad, pero yo vivía escuchando de modo muy tenue y respetuoso una firme llamada de Alguien que ya me hacía profundamente feliz.

Quizás las misiones me acabaron derribando. Visitar a los más pobres para traerles el evangelio se estaba convirtiendo en mi deporte favorito. Aconsejar a amigos y amigas, predicar contra el aborto, los vicios y empujar a mi salón a la comunión eran ya las cosas que “sí llenaban”

Le di el micrófono a Dios y sin miedo le regalé dos meses de la que en realidad era Su vida. Han pasado ya doce años de seguir escuchándole a los pies del Sagrario, de escucharle en mis hermanos, en los niños del apostolado, en mi familia y en cientos de ellas alrededor del mundo. La llamada, yo durante 12 años, no la he dejado de escuchar. Pasamos momentos durísimos en la Legión y me puse en duda todo, no lo voy a negar. Pero aun ahí en medio de esa borrasca seguí escuchando su voz que me decía: “YO no me he echado atrás…” (Is 50,5)

Agradezco a mi queridísima Virgen María, a la Santísima Trinidad y a mi amada Iglesia Católica. A la Legión encarnada en muchos hermanos y superiores, en especial a los que han sabido ser mis amigos, a tantas consagradas, a mi hermana y a mis papás, a toda mi familia y a las cientos de personas que en el apostolado han sido el abrazo de Dios para mí. El sacerdocio es el estadio que me espera, espero con su aliento ganar este partido. ¡Envío a todos mi bendición sacerdotal!

P. Carlos Padilla, L.C

Share on FacebookTweet about this on TwitterShare on Google+Pin on PinterestEmail this to someone