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Jean-Marie Fornerod, L.C.

Jésus s’est donné à nous.

Lors d’une homélie qu’il prononçait le jour anniversaire de son ordination épiscopale, saint Augustin affirmait : « Vobis enim sum episcopus, vobiscum sum Christianus », « Pour vous je suis évêque, avec vous je suis chrétien » (Sermon 340).

Par ces quelques mots l’évêque d’Hippone résume ce qui fait le cœur de la vocation d’un ministre ordonné : ce qu’il reçoit le jour de son ordination n’est ni un honneur ni un avantage, mais un service, un service pour le peuple de Dieu. Le prêtre, tout comme le diacre ou l’évêque, est un homme comme les autres, avec ses talents et ses défauts, ses forces et ses faiblesses, que Dieu appelle à se consacrer de manière spéciale à son service et au service des hommes. Le prêtre n’est pas une sorte de « super-chrétien », il est, comme les autres membres de l’Église, un disciple du Christ (« avec vous je suis chrétien ») qui a besoin des sacrements, qui a besoin de l’aide et de la prière de ses frères et sœurs pour avancer à la suite de Jésus. Ce qu’il reçoit le jour de son ordination n’est pas pour lui. Ce qu’il reçoit, c’est un don pour les autres. Il devient un signe de la présence de Jésus dans le monde, il devient un instrument de la grâce.

Jésus s’est donné à nous, et il me demande maintenant de m’associer de manière particulière à ce don de lui-même, en devenant moi-même un don pour les autres. C’est en action de grâce que je vis ce moment, en demandant au Seigneur la grâce de pouvoir le laisser agir en moi. Je ne suis pas meilleur que les autres, bien au contraire. Et c’est seulement en laissant le Christ vivre en moi (« et ce n’est plus moi qui vis, c’est le Christ qui vit en moi » écrivait saint Paul aux Galates, Ga 2, 20) que je pourrai accomplir véritablement le service qui m’a été confié.

jean marie fornerodCe qu’il reçoit le jour de son ordination n’est pas pour lui. Ce qu’il reçoit, c’est un don pour les autres. Il devient un signe de la présence de Jésus dans le monde, il devient un instrument de la grâce.

César Hernández, L.C.

Quién a Dios tiene nada le falta, solo Dios basta.

Nací en Tampico, Tamaulipas y soy el mayor de tres hijos. Debido al trabajo de mi papá estuve viviendo en muchos lugares hasta que terminamos por establecernos en la ciudad de Irapuato, Guanajuato en donde conocí el Movimiento Regnum Christi cuando estaba en 5º de preparatoria, después de haber asistido a unas Megamisiones en semana santa.

Terminando el primer año de Universidad decidí irme de colaborador un año a la Academia de Dublin Oak en Irlanda. Durante ese año creció en mí un gran interés por conocer y aprender más acerca del Movimiento y de la Legión. Terminado el año decidí dar un segundo año al que fui destinado a trabajar a la ciudad de Monterrey como auxiliar en la Dirección Territorial. A mitad de ese año el primer Legionario que conocí, el P. Alejandro Del Bosque, me planteó por primera vez en mi vida la vocación al sacerdocio. Un segundo sacerdote, meses más tarde, me diría lo mismo “¿Nunca has pensado en ser sacerdote?”. A ambos Legionarios mi respuesta fue negativa pues yo tenía planes de casarme y tener muchos hijos. Terminé mi segundo año de colaborador y decidí continuar con mi carrera universitaria en la ciudad de Monterrey. Justo un semestre antes de graduarme algo me decía en mi interior que lo que tenía no me llenaba. No sabía que me sucedía pero comencé a pensar en muchas cosas y a reflexionar sobre el sentido de mi vida y sentía que algo me hacía falta a pesar de tener ya un lugar en una empresa en la que hacía mis prácticas profesionales y a pesar de salir con una niña con la que siempre había querido salir. Hasta que le llamé al P. Alejandro Del Bosque para expresarle los sentimientos que en ese momento estaba experimentando. Le comenté que quizá aquélla pregunta sobre la vocación que me había hecho tres años atrás era cierta. Me recomendó asistir al candidatado durante el verano una vez graduado de la Universidad. Me llegó un gran miedo y muchas dudas, y así estuve durante un par de meses. Hasta que con la ayuda de la dirección espiritual y siguiendo los consejos de un gran Legionario experimentado en el tema vocacional poco a poco fui dando pasos para poder prepararme para el candidatado. Fue así como decidí renunciar a la empresa en la que trabajé tan solo por tres meses. Le avisé a mis papás de la decisión que estaba tomando, empaqué mis cosas y me decidí ir al candidatado; por supuesto en miedo de muchas dudas y con un cierto miedo a estarme equivocando.

Así fue como en el verano del 2005 llegué a Monterrey para iniciar el candidatado. Llegué con la idea de que me dirían que no tenía vocación y me regresaría a continuar con mi vida. Para mi sorpresa el candidatado me encantó y decidí quedarme en la Legión. Así fui enviado a iniciar mi noviciado en Alemania, dos años que fueron para mí muy difíciles por el hecho de cambiar de ritmo de vida pero años de un gran crecimiento espiritual. Estoy muy contento de mi vocación, es un llamado que Dios me ha hecho a seguirle y poder ser un instrumento de su amor y de su infinita misericordia. Estoy convencido de que gracias a las oraciones de muchas personas pude perseverar en mi vocación. Y estoy convencido de que el llamado al sacerdocio, como decía San Juan Pablo II, es un don y misterio…Dios llama a hombres necios y débiles para confundir a los sabios y fuertes; es un tesoro en vasijas de barro pero quién a Dios tiene nada le falta, solo Dios basta.

Cesar HernandezNací en Tampico, Tamaulipas y soy el mayor de tres hijos. Debido al trabajo de mi papá estuve viviendo en muchos lugares hasta que terminamos por establecernos en la ciudad de Irapuato, Guanajuato en donde conocí el Movimiento Regnum Christi cuando estaba en 5º de preparatoria, después de haber asistido a unas Megamisiones en semana santa.

Alejandro Páez, L.C.

“Nadie me ha mirado así. Sin fijarse en mi miseria…”

 “Yo tenía la convicción férrea de que Dios quería que yo fuera legionario.  Pero para entonces ya me había percatado de que no puedes vivir de lo que otra persona quiere, ni aunque la otra persona sea Dios.  Me di cuenta de que lo único que puede fundar una vida es el amor.  Más ¡el amor al Amor!”

Nací el 18 de febrero de 1985 en Monterrey, México.  Se podría decir que somos una familia “normal”, pero no estoy seguro que mis cinco hermanas y yo estaríamos de acuerdo…  Somos una familia extraordinaria, como todas, con gente extraordinaria y una unidad a prueba de fuego.  Papá y Mamá, desde que yo recuerdo, fueron siempre personas de religión auténtica, ni mochos ni paganos.  Amaban a Dios en serio.  Y vivían en consecuencia.  Papá llegaba a mi cama todos los días en la madrugada a darme un beso.   Yo sabía que se iba a nadar y luego a misa y que llegaba para desayunar con todos.  Mamá iba a misa en las mañanas en la parroquia o en “la sección”.  Y a nosotros nos llevaban los domingos a la Iglesia de Fátima, hasta que construyeron María de los Ángeles que quedaba más cerca.  Bendecíamos la mesa antes de comer, y después de comer a veces rezábamos un misterio del rosario juntos.  Y en algún momento se instituyó en la familia el “sexto misterio” que consistía en rezar un misterio extra del rosario por el miembro de la familia que más lo necesitaba (yo siempre pensaba que era por mi hermana Jimena, que es con la que más me peleaba…).  Esa era toda la religiosidad explícita de la casa.

Pero Dios estaba en todo y por todas partes de trasfondo.  A veces esto se reflejaba en los crucifijos chiquitos que todavía están en las paredes de cada cuarto; a veces en lo que mi papá hacía en su trabajo y sobre todo en los principios con los que lo hacía; a veces en los apostolados de mi mamá y en las cosas que hacía por “los padres” y “las misses”.  Y todo esto marcaba el estándar de lo que se esperaba de ti en la familia Páez.  Sólo había tres reglas:  1) los nombres de tus hermanas se dicen con todas las sílabas (nada de Tere, ni Fede, ni Fer); 2) si quieres sentarte a comer en la mesa te pones zapatos y 3) prohibido comer chicle porque pareces vaca.  Así es que el ambiente era de una completa libertad, pero de la buena.  Habías absorbido implícitamente los valores de esta familia, sabías cómo se porta la gente de esta familia, sabías que todos te iban a querer aunque fueras el más soberano desastre y sabías que nunca te iba a faltar nada.  Esto son los Páez en dos párrafos.

Fui al colegio Irlandés de Monterrey.  Allí me enteré de que “los padres” eran los Legionarios de Cristo y que “las misses” eran las Consagradas del Regnum Christi que estaban en el CECVAC donde iban las niñas.  Me enteré también que tenía un tío que se había “ido de padre” y una tía que se había “ido de miss”.  Y cuando tenía 5 años mi hermana Federica decidió también “irse de miss” y más tarde Fernanda y todavía más tarde Andrea.  Así que toda mi vida ha estado empapada de la espiritualidad del Regnum Christi desde que tengo memoria.  ¡Gracias a Dios!

En algún retiro en quinto de primaria me incorporé al ECYD pero hubo que esperar un año para empezar un equipo porque todo mundo se incorporaba en sexto.  Así que me empecé a juntar con otros del ECYD que eran un año más grandes que yo.  Un día uno de ellos se quedaba a dormir en mi casa.  Y ya en la noche, tirados en un colchón en el piso leyendo Calvin y Hobbes y viendo el anuario del CECVAC, me dice:  “Me voy a ir a la apostólica.”  Como no tenía idea de lo que era la apostólica, le dije con todo el aplomo: “Ah.”

En el siguiente año me invitó varias veces a visitarlo a la apostólica y allí vi que era un lugar para niños que querían “ser padres”.  Y seguía pensando: “Ah”.  En ese año, sexto de primaria, fui a un retiro a una casa al lado del noviciado.  Me confesé y el padre me dio de penitencia las tres Aves Marías de rigor.  Pues fue en esa visita que se me ocurrió preguntarle a la Virgen: “¿qué quieres que haga?”.  Y en ese momento supe sin ningún lugar a duda, ni entonces ni después, que Dios me quería sacerdote Legionario de Cristo.  Tenía 12 años.

Por supuesto que en ese momento yo no veía mucho más allá de la apostólica.  Entendí que Dios me llamaba a la Legión de Cristo y la puerta de entrada era la apostólica.  Así que por allí había que ir.  Un primo mío, que era nuestro responsable del ECYD en sexto, muchos años después me contó que le dije:  “Se me hace que me voy a ir de padre”.  Y él: “¿Porqué?”.  Y, según dice, le contesté: “Porque quiero…”.  Recuerdo vagamente cuando le dije a mi mamá en el cuarto de tele de la casa.  Como que me quiero acordar que ella estaba en su sillón verde junto a la ventana y me dijo: “Pues muy bien.  Vamos a ver qué hacemos…”.  Y a los pocos días llegaron dos padres a visitarme…  Sí recuerdo con toda claridad que una vez en el carro con ella le dije “si yo fuera padre, sería legionario”.  Y de eso todavía estoy seguro.

En el verano de 1997 llegué a la apostólica de Monterrey para hacer el cursillo de verano.  Al final de cursillo fui destinado a la apostólica de New Hampshire y el 18 de agosto, cumpleaños de mi papá, volamos papá, mamá, Andrea y yo a USA.  Según yo me estaba estrenando de adolescente así es que traía puesto un jersey de futbol americano de Texas A&M que creo que era de mi abuelo…  Nos quedamos en un hotelito, The Glenn House Inn, que parecía casa de muñecas y servía huevos benedictinos de desayuno así es que tanto mamá como papá estaban contentos.  A la mañana siguiente llegamos a la apostólica.  La entrada es larga y los árboles a ambos lados de la calle estaban entre verdes y amarillos.  Un padre en sotana, el P. Steven Liscinsky LC que era el prefecto de estudios, caminaba afuera con las manos atrás haciendo la meditación.  Entramos a la capilla donde los apostólicos también estaban en meditación.  El P. Kermit Syren LC estaba contando una historia de un oso en Alaska.  Así llegué a New Hampshire.  Allí pasé los primeros cinco años de mi vida legionaria, que yo recuerde, sumamente feliz.

El día de Pentecostés del año 2000 recibí el uniforme de precandidato.  Una noche poco después el P. David Steffy me preguntó “¿Usted sabe algo de Francés?”.  Cuando le dije que no me dijo: “Pero podría aprender ¿no?”.  Sí…  Y allí me dijo que me iba a Canadá para fundar la nueva apostólica en Cornwall y que de pasada le avisara a Joe Houser que también se venía conmigo…  Así es que al día siguiente en el desayuno le dije a Joe Houser que terminara rápido de comer y que empacara todo porque nos íbamos esa misma mañana a Cornwall.  Mi estancia en Cornwall duró poco porque los nuevos que entraron ese verano eran todos más chicos que nosotros de forma que nosotros volvimos a New Hampshire al final del verano y algunos apostólicos tomaron nuestros lugares.

El 14 de Septiembre de 2002, vísperas de la fiesta de la Virgen de los Dolores recibí la sotana legionaria.  Fue un momento que obviamente había esperado mucho, pero mirando ahora hacia atrás me doy cuenta de que era un anhelo muy infantil, propio de la edad que tenía.  Recuerdo que me hacía casi igual de ilusión poder ponerme guayabera porque me encantaba cómo se veía…  Pero lo que sí era auténtico y, por gracia de Dios, más maduro de lo que me podía percatar era el orgullo de ser legionario de Cristo.  Yo quería ser parte de esta cosa grande y gloriosa y fuerte que tenía grandes planes que yo no conocía muy bien pero que sabía que era una causa justa y de Dios y que valía la pena vivir y morir en ella.

Hice mi noviciado en Bad Münstereifel, Alemania, bajo los buenos auspicios del P. Joseph Burtka LC y del entonces H. Konstantin Ballestrem LC.  Fueron dos años de un poquito de maduración, de mucho despiste y de todas las buenas intenciones del mundo.  Me encantó ver a la Legión de otros lugares, Alemania, Austria, Hungría, Polonia…  Sin darme cuenta, me sentía muy a gusto porque esto era lo que yo había soñado:  una Legión mucho más grande que yo y mis cosas que hacía la obra de Dios por todo el mundo.  Éramos apenas unos 15 novicios pero éramos parte de una cosa muy grande y hermosa.  Yo estaba convencido de que Dios me quería legionario.  Estaba encantado de estar en la Legión.  Y me hacía falta poco más para ser feliz.  Así que el 4 de septiembre de 2004, con 19 años, emití mis primeros votos en la Iglesia de los Jesuitas de Bad Münstereifel.  Me acuerdo vagamente de que durante los ejercicios previos a la profesión estuve inquieto sin saber muy bien por qué.  Lo que sí sabía es que Dios quería esto.  Y si él lo quería yo lo quería.

De mis estudios humanísticos en Salamanca, España, recuerdo muy poco.  Fueron en realidad apenas diez meses embarraditos porque en julio de 2005 ya estaba llegando a Roma a estudiar filosofía.  En España, por primera vez después de la apostólica y del noviciado llegaba a una comunidad grande, y sobre todo, a una comunidad de cultura predominantemente latina, que para este entonces se me había hecho un poco ajena.  Era también mi primer año de vida religiosa y el primero en un periodo de estudios.  O sea, empezaban las “grandes ligas”…  Todo esto, además de que tenía 19 años, contribuyó a que mi tiempo en Salamanca fuera un periodo de ajustes, de crecer y querer madurar y de pasar por los momentos incómodos de no saber muy bien qué ni cómo y de estar entre distraído y desorientado.  Mis formadores en ese momento –P. Jesús María Delgado LC y P. Humberto Gaytán LC–  fueron estelares.  El P. Jesús María fue un rector que dirigía con el ejemplo.  No cabía la menor duda de que él estaba entregado a Dios en su vocación y de que se sentía realizado en la Legión.  Una vez caminando entre los pinos de la casa, mientras vigilaba a las urracas con un ojo, me dijo:  “Lo que pasa con usted es que está viviendo de las rentas…  Porque, claro, Dios ha sido muy bueno con usted y usted está viviendo de lo que ha recibido en su casa”.  Esto me ha acompañado siempre.  Era verdad.  Yo había recibido mucho muy pasivamente desde el inicio de mi vida y hasta entonces no había empezado a correr.  Quizá ni a caminar…  Pero tenía claro que Dios me quería legionario… y seguía adelante.  Pasarían todavía casi diez años antes de que empezara a caminar.

Al año siguiente llegué a Roma, a la gloriosa “Sección B”, a estudiar bachillerato en filosofía.  En Roma viví lo que podía ser un auténtico grupo de hermanos.  Tuve la suerte de tener como asistente al P. Jader Vanegas que se ocupaba mucho de nosotros y de nuestras cosas y hacía que el grupo se reuniera muy naturalmente en torno a él.  Ese grupo era como mi familia dentro de la comunidad.  Allí hablábamos de las cosas que nos interesaban a todos sin ningún tipo de fachadas.  Nunca hubo necesidad de grandes actividades especiales “de integración”.  De hecho, lo que más recuerdo es el trabajo que hacíamos en equipo: estar limpiando las mesas discutiendo de filosofía hasta que llegaran “los de licencia” a pontificar y “resolver” todas nuestras dudas…  Roma fue un tiempo muy hermoso.  Me entregué de lleno a los estudios de filosofía y a la vida de comunidad.  Y al cabo de dos años recibí mi destino de prácticas apostólicas:  Francia.

No me lo esperaba.  Para nada.  Pero resultó ser un periodo clave en mi vida.  Francia merecería un libro entero en que describir todo lo que pasó allí.  Pero en pocas palabras:  crecí.  En Francia se quedó el niño y salió el adulto, el religioso consciente.  Por fortuna, tuve como rector al P. Bruce Wren LC que supo acompañar esta transformación de modo magistral.  Por primera vez, en Francia, me cuestioné en serio por qué estaba en la Legión.  ¿Qué significaba estar aquí y ser religioso?  En Francia pude darme cuenta de modo consciente de mis propias cualidades, de mis talentos, de mi propio valor.  Y por lo tanto de mis posibilidades…  Y fue un momento de escoger en libertad y con conocimiento de causa lo que estaba haciendo con mi vida.  Este párrafo no hace justicia a la magnitud del momento.  Pero estaré eternamente agradecido al P. Bruce porque él ha sido para mí –además de un gran, gran amigo– un maestro de libertad.  Esto es lo último que me dijo antes de volver a Roma cuatro años después:  “Hermano, nunca pierda su libertad”.

De vuelta a Roma, llegué a vivir a la Sede de la Dirección General para colaborar con la Prefectura General de Estudios y hacer la licencia en filosofía.  Volviendo la vista atrás, ahora veo que estos años fueron los más débiles de mi historia.  Yo seguía adelante, viviendo de la renta.  Pero se estaba acabando el vuelito…  Yo tenía la convicción férrea de que Dios quería que yo fuera legionario.  Pero para entonces ya me había dado cuenta de que no puedes vivir de lo que otra persona quiere, ni aunque la otra persona sea Dios.  Y en ese contexto comencé la teología.

Un día en una plática el conferenciante hizo pasar un crucifijo por las bancas de los que estábamos oyendo.  Yo lo tomé y lo vi y lo pasé y ya.  Coincidió que se lo pasé a una consagrada que lo tomó y lo abrazó con verdadera pasión.  Eso me sacudió hasta el alma.  Todo el día volvía a ver la escena una y otra vez en mi cabeza hasta el punto que me causaba conmoción física.  En la noche estaba turbado a tal grado que que no quise ir a oraciones de la noche con la comunidad.  Subí al cuarto piso de la casa donde estaba el oratorio del P. Álvaro y allí me arrodillé solo y me puse a llorar como niño.  Pero llorada fea como las que te atragantas las lágrimas y respiras a trompicones…  ¿Cómo era posible que yo estuviera viviendo con tanta indiferencia frente a esta persona que supuestamente estaba siguiendo?  ¿Cómo era posible que iba a ser sacerdote y no conocía verdaderamente a ese Cristo?

 A las pocas semanas me invitaron al curso de Amor Seguro sobre la Teología del Cuerpo con Lorea Bringas.  Allí sucedió una cosa completamente inesperada y un poco desproporcionada quizá a lo que te llevas de uno de esos cursos.  Allí vi con claridad que toda mi vida había estado viviendo de obediencia, de fe, de la confianza ciega en la llamada de Dios a la Legión.  Todas cosas muy buenas, sin duda.  ¡Pero vi con claridad que no bastaba!  Me di cuenta de que lo único que puede fundar una vida es el amor.  Más ¡el amor al Amor!  Y yo no estaba viviendo por amor a Dios, para amar a Dios.  Me encantaba la Legión.  Me sentía en casa y sabía que Dios me quería allí.  Pero no había aprendido a amarlo a él.

Los últimos tres años de mi vida han sido un laboratorio en el amor y la misericordia de Dios.  He aprendido a rezar.  O mejor, he aprendido a aprender a rezar.  Y a cansarme y dejarlo y luego a volver con la cola entre las patas…  Y sobre todo me he dado cuenta de la enorme paradoja que es la vida humana, que es que aunque esta sea mi historia, Dios es el protagonista de mi historia.  Esto del amor es un modo de vivir mucho más desaliñado.  Es menos aséptico y clínico que el de una convicción fría –por muy verdadera que sea– porque el amor es entre gente, que tiene pasiones e imperfecciones y debilidades y a veces hace pucheros y patalea.  Y peca.  Esto último ha sido lo más difícil de entender y aceptar.  Que a las puertas del sacerdocio no soy perfecto.  No he conquistado el pecado.  Porque esto, en el fondo, no me compete a mí sino a Cristo en la Cruz, con el que ahora me configuro.  Y a pesar de esto Dios no retira la promesa.  Dios no retira la vocación.  Quizá después de todo es a este momento al que él quería llegar.  Y por eso cuando me preguntan si estoy listo, siempre respondo “Cristo está listo.”  Yo solo le digo “llévame en pos de ti.  Corramos.”  (Cant 1, 4)  Y él solo me contesta:  “Yo te instruiré.  Yo te enseñaré el camino a seguir.  Con mis ojos fijos en ti, yo seré tu Consejero.” (Sal 32, 8)

apaezEl H. Alejandro Páez LC nació en Monterrey, N.L., el 18 de febrero de 1985.  Fue alumno del Instituto Irlandés de Monterrey desde maternal hasta sexto de primaria.  En 1997 ingresó a la escuela Apostólica de Monterrey pero al finalizar el curso introductorio de verano fue enviado a Immaculate Conception Apostolic School en New Hampshire, USA.  En 2002 se trasladó a Bad Münstereifel, Alemania, en donde vivió dos años de noviciado y emitió sus primeros votos religiosos.  En seguida cursó un año de estudios humanísticos en Salamanca, España y al terminar éste, comenzó sus estudios de bachillerato en filosofía en el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum de Roma.  A continuación trabajó cuatro años en la apostólica de París, Ecole Apostolique de l’Immaculée Conception, como formador y prefecto de estudios.  En agosto de 2010 emitió sus votos perpetuos en la capilla de la casa de los Legionarios en San Pedro, Garza García. Vuelto a Roma en 2011, fue llamado a la Sede de la Dirección General de los Legionarios de Cristo para colaborar en la Prefectura General de Estudios y completó la licencia en filosofía y el bachillerato en teología.  Será ordenado diácono el 2 de julio de 2016 en la parroquia de Nuestra Señora de Fátima en Monterrey y sacerdote el 10 de diciembre en la basílica de San Juan de Letrán en Roma.

Peter Krezalek, L.C.

A story of my vocation

After turning 30 years old it occurred to me that I had just became of the same age as Jesus Christ when he started his public ministry. That realization was gone as fast as it came. Three years later, at the age of 33, a new and more intense understanding glided into my mind, that I was entering the age of Christ when he chose to lay down his life for us, for me.

This time it was a more deep and profound thought and it lasted throughout the whole year. I knew that Christ’s love for me was sealed by His redemptive act on the cross and yet, what was I doing for him in return during the course of my life? That question ignited a change in my life, a call and a grace to respond to it and eventually would lead me to entering a religious life and the priestly ordination.

Soon after having that understanding I reached for a random book on my shelf, started reading it and simply couldn’t put it down. It was “The dark night of the soul” written by St. John of the Cross. Later I would find out that most people never read this great spiritual work , or if they do, they only do it at more advanced stage in their spiritual life. I, on the other hand, had started my spiritual journey with this book. The hours were passing by and by the wee hours of the night I knew that in the words of John of the Cross I was finding a key to the truth, the beauty, the love I have been looking for my entire life.

Then followed the seven years of research and learning and reading and praying. I was led to a discovery of the great works of St. Augustine, St. Thomas Aquinas, and even listen to some protestant radio programs while lamenting a lack of equivalent catholic programming and resources. Eventually I discovered EWTN, the Relevant Radio, Dr Scott Hahn, St. John Paul II’s “Theology of the body,” and I was truly affirmed in my belief that there is only One, Holy, Catholic and Apostolic Church and the gates of hell will not prevail against it and that I not only shouldn’t be shy about it but be proud and try to lead as many as I could to discover it and love it.
I also started realizing that with the growing knowledge and understanding of the faith there must be a change of heart and my actions must be aligned with what I professed to believe.

Therefore, I decided to pray more, go regularly to confession, receive the Holy Communion and spend more time in front of the Eucharist. These actions had a profound impact on strengthening my faith to the point that one day while kneeling in front of the Blessed Sacrament, I started wondering what would happen if I totally surrendered, stopped playing games, gave everything up and follow Christ unconditionally. Yet, I wasn’t ready. In an instant I took control of my thoughts and became very scared, since I wanted to be in control of my life, my destiny and not willing to walk by faith but by sight.

That process lasted for 7 years and I was finally ready at the age of 39 to change for good. A decision came to join a group from Chicago on a pilgrimage to the Holy Land. When our group was still at the airport waiting on the flight to Tel Aviv, a priest joined us and I realised that there was something different about him. Here he was in the middle of the crowds not being afraid to wear his black suit and a white priestly collar making his fidelity and the witness to Christ almost palpable in the human sea of indifference. Then later I saw him praying breviary at the airport looking as if the whole world around him ceased to exist. I started wondering, who is this guy? It was such a powerful testimony of one’s fidelity and authenticity. He was the first Legionary of Christ I have ever met and his humility and charity were instrumental in my realisation that I wanted to live my life just like that, faithful, authentic, humble and charitable.

During the Mass in Jerusalem it became obvious that the Eucharistic celebration is very special for a Legionary priest. Right there I knew that such a reverence was appropriate of this greatest moment when Christ’s Last Supper, his death and resurrection converged and was preserved for all generations wherever the Holy Sacrifice of the Mass is celebrated. This convergence is available for us due to the fact the the eternal God in the person of Jesus Christ entered the temporal reality through his incarnation and changed the dimension of time forever.
In the Mass the divine eternity and temporal dimension of creturness coexists at the same time for us to receive the fruits of Christ’s redemptive action from 2000 years ago.

Visiting the holy places and reflecting upon the mystery of the infinite God of universe, who stooping so low in order to prove his fidelity and love for his creatures and at the same time discovering and learning more about the Legionaries of Christ left such a mark on my soul that for the first time in my life I started seriously thinking about giving my whole life to God to prove my love for Him. There, in the land where Christ lived, walked, died and rose my fascination with becoming a Legionary of Christ began. Following the footsteps of Christ especially in the narrow streets of Via Dolorosa and attending the Holy Mass at the most holy sites of Christians changed me completely. When following the footsteps of Our Lord among chaotic crowds of shoppers, bystanders, buyers, and sellers I felt this calmness in my heart realizing that when Christ was passing these narrow streets he was completely focused on God the Father and his mission and nothing distracted him. I had been given this beautiful grace of understanding that one’s life is just like this walk Via Dolorosa, a way full of distractions and disordered commotions yet if we are totally focused on God we can persevere and get to the finish line faithfully following Our Lord. At that point I knew that I could never go back to my comfortable way of living and be indifferent to that deep understanding I had experienced some 7 years earlier at the age of 33 and what Christ’s sacrifice meant for me.

Yet, that knowledge, that experience, that new meaning in my life would probably have never happened without these three major events in my life. First, the day of my first communion which was a real and profound experience and understanding of the mystery in which Christ came to dwell in my young heart. All the truths of the faith learned during a year long preparation crystallized in a form of such a powerful experience that would never lead me to doubt the real and true presence of Christ in the Eucharist. Second, occurred during a period in my life away from God when I finally went to confession one day and for the first time ever did not receive an absolution. Until that moment I was always certain of God’s great love for me and always ready to forgive me. In my mind I wanted to have it both ways, to be close to God and his promise for eternal happiness, yet at the same time to enjoy to the fullest the joys of this life, even though they were not according to His plan. There was probably no other way for me to stop blurring the line between what my faith was and what my actions were, but hearing for the first time in my life the words of a priest “I cannot absolve you.” It was a shock to me, as a son of the Church, believing in all its teachings, hoping for the eternal happiness in Christ’ kingdom I found myself for the first time separated from the priestly absolution and the forgiveness of sins.

This led me to quickly change of my ways, returning to God in humility and soon hearing anew these beautiful words: “I absolve you…” And, the third moment was a discovery of the “Theology of the body,” written by St. John Paul II. Upon finishing reading it I realized for the first time in my life that it doesn’t matter if one gets married here on Earth or not. Because even though the conjugal union is the most beautiful thing in this life, and we all know it when experiencing an unquenchable thirst to love and to be loved, that this is nothing but a spark, a dim reflection of what the flame of love is that awaits us in the mystical union of Christ and his most beautiful bride – the Church. For the first time in my life I was free, I knew I didn’t have to spend all my energies searching for happiness here in so many places, so many faces… for the first time in my life I was ready to embrace fully everything what God had in store for me.

And embrace I did. On the eve of my fortieth birthday after sending an email to the Legionaries of Christ asking for an advice on a possibility of entering their Congregation, I stopped at a street corner, as I used to do for some time, to give money to a poor man, whom I haven’t seen for a while. And then his normal “Thank you” and “God bless you” were replaced with a long pause, a deep look at me and a question: “Where have you been?” And right there I thought at that moment that it was Christ asking me about my last 39 years.

That e-mail resulted in my attending the “Test Your Call” retreat for those who are discerning a vocation and I was impressed with the quality of those who already answered the call. During those days I had experienced a kind of dark night of the soul and after spiritual direction and an initial interview with a Legionary priest I had an understanding that this religious and priestly vocation was probably not for me due to my age and there might be other possibilities in a lay Regnum Christi movement. At first I thought that it was a great news since it was God’s answer to my search for Him. But for some reason I felt sadness and spent hours in prayer leaving everything in Mary’s hands. Then after speaking with a Novice Instructor a door was open for me to join a candidacy program in June of 2008 to see if the religious life was for me. Then a final trip to Lourdes and Fatima followed to thank Our Lady for keeping watch over me over all those years and asking for her protection. When I heard a reading in the chapel of the apparition in Fatima about those who leave everything for God will gain a hundred fold, I knew that it was meant for me. Later taking a bath in the waters of Lourdes I asked Mary to cleanse me from all impurities and guide me with her holy hands and transform this unworthy speck of dust into a humble and holy Legionary priest and her son. And finally leaving my job, entering the candidacy program, eight days of Spiritual Exercises, and receiving my Legionary cassock on Sep. 14, 2008 followed.

Peter KrezalekAfter turning 30 years old it occurred to me that I had just became of the same age as Jesus Christ when he started his public ministry. That realization was gone as fast as it came. Three years later, at the age of 33, a new and more intense understanding glided into my mind, that I was entering the age of Christ when he chose to lay down his life for us, for me. This time it was a more deep and profound thought and it lasted throughout the whole year.

Francesco Picaro, L.C.

“Avevo i rasta, oggi sono un legionario di cristo”

“L’incontro con Gesù Cristo mi ha cambiato la vita. Soprattutto, mi ha dato il coraggio di fare cose che non avrei mai pensato di fare. Come per esempio, tagliarmi i capelli!”.

Chi lo incontra in giro oggi, con quel volto che trasmette pace e serenità e i capelli corti non potrebbe mai immaginarlo, eppure P. Francesco Picaro, sino al 2002 era quello che chiameremmo un rasta. Capelli lunghi, i classici dreadlocks, fascia giamaicana in testa e tanta voglia di non passare inosservato. L’immagine, ma non la sostanza. Un po’ come nella società di oggi, dove più dell’essere conta l’apparire. Anzi, per meglio dire, il “sembrare”.  Ecco, per mettere a fuoco meglio la questione, è più giusto dire che Francesco Picaro, classe 1984, nato a Novara da genitori pugliesi di Altamura, nella sua adolescenza “sembrava” un rasta: “perché in realtà non ero un seguace della filosofia rastafariana e del loro modo di intendere la vita. Semplicemente, mi piaceva portare i capelli così, per me era un modo di distinguermi dalla massa: c’era chi lo faceva col chiodo, c’era chi lo faceva coi tatuaggi, io lo facevo coi capelli rasta. In più mi piaceva molto la musica reggae e quindi mi identificavo con questo genere di musica portando i capelli rasta. In genere queste cose si fanno quando uno vuole far vedere qualcosa di grande che porta dentro e non sa come esprimerlo, allora usa questi segni, non sa come farli uscire e si mostra al mondo così. Io poi portavo i dreadlocks anche quand’ero all’oratorio…”

Già, l’oratorio. Per chi come Francesco viene da una famiglia profondamente cattolica, il riferimento non può che essere quello. I sacramenti, la Messa, qualche volta sull’altare a fare il chierichetto, il sabato a giocare a pallone con gli amici su quel campo in cemento dove se cadi ti sbucci malamente le ginocchia: “Vedevo un po’ la parte esterna della vita ecclesiale – racconta – come tutti i ragazzi di quell’età. Quando l’animatore dell’oratorio mi chiamava io c’ero, ma non è che poi andassi molto al di là di tutto questo e di qualche attività insieme agli altri. Senza contare che poi, come tanti, vedevo il traguardo della Cresima come una sorta di diploma. Della serie: ho finito il percorso del Catechismo, ho preso il Sacramento, adesso lasciatemi stare. E’ così che piano piano ho cominciato ad allontanarmi dalla chiesa. Pur senza mai rinnegare la mia religione, quando ho compiuto 13 anni ho abbandonato gradualmente quello stile di vita: non andavo più a Messa tanto spesso e cercavo di stare più lontano possibile dall’oratorio, dai gruppi di preghiera e quant’altro. Una fase lunga della mia vita, quasi quattro anni”. Anni intensi, durante i quali Francesco cerca dentro di sé le risposte, non trovando però quella giusta e fermandosi sempre davanti ai dubbi che gli si ponevano di fronte: “Avevo bisogno di esperienze forti – spiega – sentivo che qualcosa, in quella vita che stavo conducendo, mi mancava, ma non lo trovavo da nessuna parte e soprattutto non sapevo cosa fosse. Intuivo soltanto che avevo bisogno di una scossa che mi aiutasse a fare un po’ d’ordine dentro di me e a fare emergere quelle che erano le mie necessità”.

Erano i primi segni del lavoro del Signore su Francesco, ma è ancora presto perché possa decifrarlo: “L’unica cosa che sentivo era di voler vivere un momento forte – spiega – così nel 2001, a 17 anni appena compiuti, vado da mia madre e le dico che volevo passare una Pasqua diversa. Venivo da quattro anni di completo distacco dalla chiesa e dentro di me è nata questa sete di vivere un momento speciale, forte di preghiera. Provate a immaginare la scena: 17 anni, fascia giamaicana in testa, capelli lunghi e una domanda diversa dalle solite, una domanda che cercava una risposta più spirituale, per la mia vita interiore; eppure mia madre non si sorprende, le mamme infatti conoscono il cuore dei figli e le loro necessità, così sorridendo mi dice che a Messina c’erano dei sacerdoti comboniani, che facevano dei campi di lavoro e di discernimento e io decido di mettermi in viaggio. Sono stati tre giorni intensi: il triduo della Pasqua Missionaria prevedeva infatti catechesi da parte dei padri comboniani, condivisione e vita comunitaria, tutti aspetti che poi ho ritrovato nella mia esperienza attuale. E proprio durante una di queste catechesi, quella del Venerdì Santo sulla Passione di Cristo, ho avuto la chiarissima percezione che Cristo aveva sofferto tutto quello, per me. Oggi posso dire che quell’esperienza è stata fondamentale per la mia vita: Cristo era diventato qualcuno per me, non era più un’idea ascoltata a catechismo, ma l’amico che mi aveva salvato. Sono tornato a Novara arricchito, cambiato, pieno e con un rinnovato slancio”. A tal punto che si riavvicina alla chiesa e all’oratorio riprendendo il cammino da dove l’aveva interrotto e anzi raddoppiando l’impegno: “Passavo in oratorio anche quasi tutta la giornata, avevo riscoperto la gioia del servizio e la bellezza di pregare e la cosa bella era che non le sentivo più né come una astratta proposta, né come una “imposizione” ma come una mia esigenza. Quando preghi il Signore Lui ti parla: io ero ancora insoddisfatto, ma era una insoddisfazione piacevole. Stavo bene, ma c’era una domanda di fondo dentro di me che io non riuscivo a mettere a fuoco. Volevo ancora di più”.

Parrocchia e preghiera. Preghiera e riflessione. Francesco ricomincia lentamente a prendere contatto con quel mondo che l’aveva accompagnato nella preadolescenza e il “don dell’oratorio”, quello che l’aveva sempre assistito, ripone in lui la fiducia, assegnandogli la cura di un gruppo di giovani di 13-15 anni: “Ci si trovava in oratorio a San Martino, per un cammino di crescita dei ragazzi e quando si parlava del fatto che alcuni pensavano di allontanarsi dalla chiesa io li capivo, perché avevo vissuto quelle stesse sensazioni. La sfida era ed è portare i ragazzi all’incontro con Cristo”. A settembre dello stesso anno, un altro scossone scuote la vita di Francesco, mettendolo davanti ad una prova che finirà per orientarlo definitivamente: “Mia madre si era ammalata in maniera molto seria – racconta – e aveva subito diversi interventi. In quel mese subisce un nuovo ricovero, ma è l’ultimo e dopo nove giorni purtroppo muore. A quel punto ricomincio a farmi delle domande, soprattutto chiedevo a Dio perché proprio quando mi stavo riavvicinando alla chiesa mi avesse fatto questo. Eventi simili ti segnano e io non avevo molte scelte: tornare alla vita di prima lontano dalla chiesa, oppure abbandonarmi a Dio, a quel Dio che aveva sofferto ed era morto e risorto per me, abbandonarmi a Lui con ancora più forza e farmi guidare da Lui. Ho scelto la seconda strada e la mia vita da quel momento è cambiata, ho cominciato a domandarmi cosa fosse per me la vita e cosa potessi fare io per gli altri. Era l’inizio del mio discernimento vocazionale”.

Insieme al discernimento, va avanti anche la vita di Francesco. Che si diploma perito aeronautico (“ci ho messo un anno in più perché… diciamo che ho sentito la necessità di approfondire alcune materie”, scherza), si fidanza e nel frattempo continua a frequentare la sua parrocchia a Novara: “Un mese dopo la morte di mia madre cominciava il ritiro di inizio anno della parrocchia e io decido di prendervi parte. Anche quello fu un momento determinante per me: venne infatti a portare una testimonianza un fratello dei Legionari di Cristo. Loro si trovavano a Gozzano e io li vedevo spesso, perché a Pasqua venivano sempre a dare una mano per le benedizioni, dato che la mia parrocchia a Novara era molto grande. Dopo quella testimonianza, cerco di tenermi in contatto con quel fratello e quando mi è possibile vado a trovarlo a Gozzano. La sua amicizia mi ha aiutato molto nel cammino, mi ha guidato e dato consigli preziosi in questo periodo di discernimento che è durato un paio d’anni e che stavo affrontando, sempre accompagnato dalla direzione spirituale”.

Dopo la maturità arriva il tempo delle scelte, quelle che si pongono davanti ad ogni diciottenne che esce dal ciclo degli studi superiori. “Dopo la maturità – racconta – avevo tutte le buone intenzioni di cercare un buon lavoro o continuare gli studi universitari…ma sono rimaste solo buone intenzioni e alla fine dell’estate non avevo ancora scelto nessuna delle due opzioni. E così, mio padre giustamente mi disse che l’opzione “rimanere a casa a fare niente, o qualcosa di simile” non gli piaceva molto. Allora mi sono rivolto a un’agenzia che offre lavori con contratti interinali e così ho fatto un anno come magazziniere in diverse aziende. Un lavoro duro soprattutto a causa dei turni: quando mi toccava quello delle 6-14, mi dovevo alzare alle 4.30 del mattino e specialmente in inverno non era per niente piacevole. Ma è stata un’esperienza che mi ha aiutato molto; per me in quel momento (siamo nel 2004) era molto importante la preghiera e il cammino di discernimento si stava facendo sempre più intenso. Già dall’ultimo anno di scuola superiore cercavo di andare a Messa tutti i giorni (cosa che a me sembrava normale… mi sarei accorto di lì a poco perché) e così, quando ho iniziato a lavorare, ho cercato di mantenere questo impegno con Gesù. Se mi toccava il turno di mattina, andavo a Messa il pomeriggio e viceversa. Ringrazio il Signore che mi ha accompagnato anche in quei momenti. Inoltre, grazie a questa esperienza, posso oggi capire meglio il valore del lavoro e i sacrifici che comporta. Posso capire quelle persone che arrivano a casa e sono stanche per pregare e allora posso dar loro qualche consiglio “vissuto”, perché anche io a mia volta ho potuto sperimentare le stesse difficoltà.

Dopo un anno di riflessione e lavoro, la scelta di Francesco è compiuta: sarebbe entrato in seminario, la sua strada era quella. Non restava che dirlo agli altri, al suo mondo: “Mio padre e mia sorella sono stati contentissimi di questa mia scelta. Quanto alla ragazza, è stato diverso. La vocazione la sentivo io, anche se non in modo chiarissimo nei primi tempi. L’orizzonte della vocazione si è schiarito poco a poco e allora le ho spiegato la cosa, da parte sua c’è stata molta comprensione e in seguito siamo rimasti in buoni rapporti”. Restava solo da decidere dove andare a vivere la vocazione, a quale porta bussare. I Legionari di Cristo, quegli stessi fratelli che vedeva ogni anno in parrocchia, diventano la sua casa: “Uno di quei giorni in cui loro erano venuti a benedire casa mia – prosegue ancora – quando mia madre era ancora in vita, proprio lei aveva preso nota di quella visita. Quando io decisi di entrare in noviziato chiesi a mia sorella se ci fosse a casa una Bibbia, rispuntò fuori la Bibbia di mia mamma e con essa quel foglietto sul quale c’era scritto l’indirizzo dei Legionari di Cristo di Gozzano, con i nomi dei tre fratelli che erano venuti da noi”.

Padre Francesco, dopo alcuni anni al noviziato di Gozzano, ha vissuto nella comunità dei Legionari di Cristo di Roma. Con loro ha ritrovato quella dimensione di fraternità e comunità che aveva conosciuto in un ambiente diverso da adolescente. Preghiera, studio, ma anche tanta missione per le strade, fra la gente, a portare il messaggio di Cristo: “Fra lo studio della filosofia e quello della teologia, abbiamo un periodo di due-tre anni dedicato proprio al ministero, alla pastorale. Io sono stato prima due anni a Gozzano, dai fratelli Legionari: mi sentivo un po’ come il fratello maggiore di tanti ragazzi che cominciavano il cammino ed era bello perché in fondo ritrovavo anche un po’ di quella dimensione che vivevo all’oratorio, ero un po’ una loro guida nelle varie attività. Poi sono andato in Messico, in una delle nostre scuole, dove ho fatto da professore di religione e guida spirituale ai ragazzi più giovani, seguendo le immancabili attività di oratorio. Poi naturalmente c’erano i ritiri spirituali e durante la Settimana Santa organizzavamo le Megamisiones una grande opera di evangelizzazione di strada: siamo andati in un villaggio a Nord di Città del Messico, a parlare di Cristo nelle case di alcune famiglie, portando il messaggio porta a porta. E’ stato un anno difficile, ma bello e importante”. Evangelizzare, parlare di Cristo, dell’attualità e della modernità del Suo messaggio di salvezza. Nel piccolo microcosmo di paese come a migliaia di chilometri da casa. Alle persone che non conosci e a quelle con cui hai vissuto una parte della vita. Come ad esempio gli amici, quegli stessi che Padre Francesco ha frequentato nelle varie tappe del suo cammino: “Li incontro ancora, i miei amici – racconta – e tutti mi hanno chiesto il perché di questa scelta. Se lo sono chiesti quelli che avevo all’oratorio ma anche quelli che frequentavo nel periodo in cui ero lontano dalla chiesa. E anche questi ultimi, che magari hanno idee o percorsi di vita distanti dal mio, oggi mi ascoltano volentieri. Succede perché non mi vedono solo come un religioso che parla loro di Dio, ma come un amico e in situazioni come queste è fondamentale. Se è un amico che ti parla di Gesù e non un estraneo, ti fidi di più, perché lo conosci da prima, hai condiviso un tratto di strada con lui e sei maggiormente disposto ad ascoltare ed accogliere il messaggio di cui si sta facendo portavoce”.

Nel settembre 2013, a Gozzano, Padre Francesco Picaro ha fatto professione perpetua; ha poi completato il percorso di studi e si trova ora a Firenze, dove svolge la sua missione nel campo della pastorale giovanile.

 “E dire – conclude – che io non avrei mai pensato nella mia vita di vivere quanto ho sperimentato fino ad oggi: la vocazione mi ha dato la forza per affrontare tutto, ho trovato in Gesù Cristo un Amico forte, una Persona che mi accompagna e mi sorregge ovunque sia. Lo studio, la preghiera costante, l’opera di evangelizzazione, ma anche l’aver cambiato radicalmente il mio aspetto sono cose concrete come tante altre che faccio ogni giorno per amore verso di Lui. Queste azioni le faccio con semplicità, per amore. Vado avanti così e sono felice”.

Francesco PicaroChi lo incontra in giro oggi, con quel volto che trasmette pace e serenità e i capelli corti non potrebbe mai immaginarlo, eppure P. Francesco Picaro, sino al 2002 era quello che chiameremmo un rasta. Capelli lunghi, i classici dreadlocks, fascia giamaicana in testa e tanta voglia di non passare inosservato. L’immagine, ma non la sostanza.

Gastón Vicuña, L.C.

«El ciento por uno en esta vida y la vida eterna» (Mt 19,29)

Esta vida es un segundo. Ya lo sabía. Precisamente eso me tenía dándole a Dios los meses de verano a mis 16 años. Pero esa noche, arrodillado entre varios legionarios y consagrados adorando a Cristo Eucaristía, no podía entender cómo esos hombres se decidían a consagrar su vida totalmente a Dios. De pronto, comenzaron a cantar… y lo comprendí todo.

Siempre me ha dado risa cuando alguien se acerca a felicitarme por el hecho de estar siguiendo al Señor. “Ni que fuera mérito o idea mía…”, pienso yo. Por lo menos mi experiencia es que la vocación es un don gratuito; la iniciativa es divina, el don de poder escuchar y responder también, etc. Es verdad que implica una respuesta en libertad, pero la experiencia de plenitud es tal, que uno se siente como creado para esto, y que nada en el mundo sería capaz de llenar un corazón que ha sido creado sólo para Él.

¿Cómo fue mi llamado? Tres veces en mi vida me ha hablado fuerte Dios; a los 10, a los 13 y a los 16 años. En todas ellas me invadió un sentimiento de vértigo, como el que te da cuando estás a un paso del vacío, pero un vértigo que te envuelve y te llena al alma de felicidad, de saberte infinitamente amado por Alguien que te ha creado y te quiere para Sí.

Soy el mayor de 7 hermanos de una familia llena de valores, muy alegre y unida. Mi relación con Dios se fue dando en mi vida de forma natural y espontánea, en primer lugar gracias al ejemplo de mis papás, a quienes debo todo. La primera vez que sentí que Dios que me llamaba fue muy chico, como decía. Fue algo tan simple como el ver a un sacerdote legionario en el Colegio Cumbres en donde estudiaba, que bromeaba con un compañero sobre la vocación. De pronto, percibí con fuerza en el fondo del alma la certeza de que Dios no lo llamaba a él, sino a mí. Pero más que un pensamiento, fue como si Dios inundara mi alma de felicidad y me arrebatara hacia Él. Fue algo difícil de expresar, y muy breve.

A los 12 años me incorporé al ECYD. Me gustaban mucho las actividades que se organizaban, especialmente los retiros de fin de semana, con sus juegos, dinámicas y competencias. La segunda vez que Dios me habló claro fue en uno de ellos, cuando en una reflexión evangélica escuchamos que «todo el que deja casa, familia, amigos… por mí, recibirá el ciento por uno en esta vida y la vida eterna» (Mt 19,29). Estas palabras se clavaron en mi corazón, y volví a sentir esa fuerte llamada. Comprendí con claridad que la vida era sólo el paso previo a la vida eterna, y que tenía que invertir entonces todo lo que había recibido de Dios por alcanzar esta meta y ayudar a otros a alcanzarla.

Sin embargo, con el paso de los meses olvidé estas luces de Dios y seguí mi vida normal de adolescente. En los estudios me iba relativamente bien, lo que me daba mucho tiempo para hacer otras cosas. Me gustaba mucho salir a fiestas; jugar fútbol, tenis, básquetbol; cantar con mi grupo de música, etc. En el ECYD seguía participando con mucho interés en las diversas actividades, y en poco tiempo me invitaron a ser responsable de un equipo de chicos menores que yo, al cual me entregué en cuerpo y alma por sacarlo adelante. Me di cuenta que mientras más me daba a los demás, más feliz era. Me gustaba mucho todo lo que fuera organizar apostolados (y perder clases), ir de misiones, ayudar a los demás, especialmente a los más necesitados.

A mis 15 años me ofrecieron la oportunidad de ser colaborador de verano, es decir, darle a Cristo mis vacaciones para  trabajar en algún club del ECYD del mundo. Recuerdo que la invitación me desconcertó… una cosa era hacer apostolado en mi tiempo libre y otra muy distinta era gastar mis vacaciones en ello. Así que le dije al padre encargado que no, gracias. Durante ese verano, mientras veraneaba con mi familia, volvía a mi cabeza la negativa que había dado. Me preguntaba si mi entrega y relación con Dios era algo serio o sólo un juego, un pasatiempo. ¿Confiaba en que Dios sólo me podía pedir lo que me haría feliz? Esas semanas de vacaciones fueron transformadoras para mí, y sentí la mano amorosa de Dios que me ayudaba a entender sus designios y a ser más de Él.

Regresando al colegio supimos que un compañero nuestro había muerto en un accidente de montaña. Esto me movió aun más a aprovechar el tiempo que tenía entre manos. A pesar de las dificultades naturales y mayores compromisos académicos, me entregué más al apostolado y al ECYD. Experimenté a un Dios que llenaba mi corazón de plenitud y felicidad, muchas veces en medio de pruebas y cruces. Cuando me ofrecieron nuevamente la oportunidad de ser colaborador de verano, no lo pensé dos veces. Él me daba una segunda, y tal vez última, oportunidad; no la podía desaprovechar.

Ese verano de 1999 fue una gran experiencia que viví junto a los otros 13 colaboradores que fuimos a México. Nuestra estadía coincidió con la visita del Papa Juan Pablo II a este país, por lo que pudimos estar muy cerca del Santo Padre. Recuerdo especialmente cuando asistimos al estadio Azteca, junto a más de 120 mil personas, y tuvimos la gracia de estar con él, escucharlo, y más que todo, ver su testimonio de apóstol incansable por la causa de Cristo. También en esos meses tuvimos la oportunidad de convivir con los miembros del Centro Estudiantil, jóvenes que maduraban un llamado de Dios a colaborar en su plan de salvación en el Movimiento y la Legión. Pero quizás la mayor gracia fue la de vivir en una comunidad de legionarios y consagrados en Ciudad de México.

Una noche, arrodillado entre varios legionarios y consagrados adorando a Cristo Eucaristía, no podía entender cómo esos hombres se decidían a consagrar su vida totalmente a Dios. De pronto, comenzaron a cantar y lo comprendí todo. Era Dios que me hablaba fuerte y claro por tercera vez. “Christe Rex noster, adveniat Regnum tuum!” repetían en su canto. Comprendí que Jesús es el Rey del mundo, el Señor de la Vida y de la Historia. Es el Rey también del corazón de todo ser humano, y lo que estos hombres hacían era simplemente ofrecer sus vidas al servicio de este Rey supremo, felices de poder hacer algo por la extensión de su Reino. Esa noche volví a saberme amado y llamado a una vida totalmente dedicada al Amor.

Volví a Chile con un gran tesoro en mi corazón. Me incorporé al Regnum Christi y fui profundizando mi relación con Dios. Al año siguiente fundamos el Centro Estudiantil junto con otros 4 amigos, donde descubrí la maravillosa vocación de la consagración laical en el Movimiento. Terminando el colegio me consagré a Dios y me fui a vivir a México, donde tuve mi formación como consagrado, estudié la carrera de Economía y trabajé como director del ECYD en Guadalajara. Después de 8 años vi con claridad que Dios me estaba llamando al sacerdocio, y comencé un período de 7 años de formación y estudios para llegar a este momento de la ordenación sacerdotal. Actualmente trabajo en Santiago de Chile, en la hermosa labor de la pastoral juvenil en nuestros colegios y secciones juveniles.

Gaston VicuñaEl P. Gastón Vicuña Larraín, L.C. nació el 10 de enero de 1983 en Santiago de Chile. Estudió en el Colegio Cumbres de Santiago, donde comenzó a participar en el ECYD y luego en el Movimiento Regnum Chisti. El último año de enseñanza media hizo una experiencia vocacional en el Centro Estudiantil, después de la cual se consagró a Dios. Del año 2001 al 2009 fue laico consagrado en el Regnum Christi; estudió Economía en la Universidad Anáhuac de México y fue director del ECYD en Guadalajara, México. El año 2009 ingresó al Noviciado de la Legión de Cristo en Irlanda, y al año siguiente continuó su formación académica en Salamanca, España. Los estudios de filosofía y teología los cursó en el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum en Roma, Italia, entre los años 2011 y 2016. Actualmente el P. Gastón colabora en la pastoral juvenil en Santiago de Chile.

Pablo Solis

« ¡Cuántas maravillas has hecho, Señor, Dios mío, cuántos designios por nosotros; nadie se te puede comparar! Quisiera publicarlos, pregonarlos, más su número es incalculable». (Sal 40,6)

Así que, sin poderlo explicar mejor, diría que nunca más me volví a sentir solo.

Nací en la Ciudad de México hace casi 38 años, el 16 de diciembre de 1978. El sólo hecho de haber podido nacer lo considero ya un gran don de Dios. Al tercer mes de embarazo mi madre tuvo un aborto natural y, a punto de realizarle el legrado, el médico detectó que yo todavía seguía ahí. En otras palabras, estando embarazada mi madre de mellizos perdió a mi hermano, pero ella y yo nos salvamos tras un embarazo de alto riesgo y un parto complicado.

En mi casa somos tres hermanos hombres y mis papás. Yo soy el de en medio. Gracias a Dios siempre hemos sido muy unidos. Puedo decir que mis hermanos son mis mejores amigos. De mis papás aprendí a amar a Dios y a los demás.

De niño me gustaba mucho jugar a ser superhéroe. Me imaginaba que tenía poderes especiales y luchaba para salvar a las personas. El mundo del cine y los efectos especiales también nos atraían mucho a mí y a mis hermanos. Junto con mis primos y amigos, jugábamos a hacer películas de todo tipo. Éramos bastante creativos. Sin duda viví una infancia muy feliz.

Gracias a Dios crecí en un ambiente lleno de amor y de fe. Mis papás formaban parte de un grupo de evangelización y oración para matrimonios que se reunían una vez por semana en diferentes casas. El ejemplo de mis padres, de sus amigos y la presencia cercana de un gran sacerdote, el P. Mariano Siller, M.Sp.S., hicieron que para mí la vivencia de la fe cristiana fuera algo muy normal. También el ejemplo de mi abuela materna me marcó mucho, pues, a pesar de gozar de una posición social acomodada, siempre fue una mujer sencilla y caritativa que ponía a Dios en primer lugar, antes que cualquier otra cosa. Era una mujer que irradiaba paz.

Desde que tenía siete u ocho años comencé a prepararme para recibir la primera comunión. Mi mamá formaba parte del equipo de catequistas que atendían a las señoras. Yo disfrutaba de ir para jugar con mis amigos. Desde entonces se me quedó grabada una canción infantil que me ha servido de guía en mi relación con Cristo durante mi vida. La canción dice: “tú tienes un amigo que te ama,… su nombre es Jesús”. Y es que para mí, Jesús es el amigo que nunca falla, Él siempre ha estado ahí en las buenas y en las malas.

Un momento crucial en mi vocación y en mi amistad con Cristo se dio durante el año que estuve interno en Estados Unidos. Cuando tenía doce años mis papás me mandaron a una academia en Wisconsin de los legionarios de Cristo para aprender inglés. Al inicio me costó adaptarme, pues extrañaba mucho a mi familia. Hasta que un día uno de los formadores dijo: “ustedes no se han dado cuenta que desde que se subieron al avión nunca han estado solos, Jesús ha estado siempre con ustedes”. A partir de ese momento algo cambió. Me di cuenta que Cristo no era una especie de amigo imaginario o un Dios que está por encima de las nubes y nos observa desde lejos. Me di cuenta de que Cristo siempre estaba en mi interior y que podía compartir con Él absolutamente todo. Así que, sin poderlo explicar mejor, diría que nunca más me volví a sentir solo.

Durante ese mismo año el testimonio de los legionarios que trabajaban en la academia me atrajo mucho. Me parecían hombres sólidos, alegres, deportistas, profundos, pero sobre todo, que transmitían un gran amor a Cristo. Me gustaba mucho confesarme y hablar con ellos, pues siempre daban buenos consejos. Por aquella época me dio por escribir cuentos en los que involucraba a mis amigos entre los personajes. Una vez comencé a imaginarme una historia de tres amigos que tenían que salvar a unos niños judíos durante la segunda guerra mundial. Uno de ellos era sacerdote y daba su vida para defenderlos. Recuerdo que en un momento me di cuenta que yo me identificaba con aquel personaje y me pregunté por qué. Fue la primera vez que me vino a la mente la posibilidad de que Dios me estuviera llamando a entregarle mi vida para servir a los demás.

Como tenía mucha confianza con el P. Thomas Moylan, LC, director de la academia, lo hablé con él y me dijo que no me preocupara, que había que ponerlo en manos de Dios, dar tiempo al tiempo y estar a la escucha. Ese año me incorporé al ECyD, la propuesta del Regnum Christi para adolescentes. Durante el viaje de Navidad a Roma con la academia visitamos Asís. Ahí nos contaron la vida de san Francisco y quedé impresionado. A partir de entonces sentí un gran deseo de poder llegar a amar a Cristo tanto como él y comencé a rezar una oración que él compuso y que todavía rezo con frecuencia: “Oh Señor, haz de mí un instrumento de tu paz…”.

Cuando volví a México entré al CEYCA, colegio de legionarios al sur de la ciudad. Pronto me di cuenta de que yo hablaba un lenguaje diferente al resto de mis compañeros. Pero, poco a poco, me fui ganando el respeto y la estima de mis compañeros, aunque al inicio me costó, pues el ambiente a veces me parecía un poco falso o superficial. Hacía frecuentes visitas a Cristo en la Eucaristía para conversar con Él. Durante mis años de bachillerato hice grandes amigos con los que mantengo todavía una gran amistad. Incluso al final de la secundaria y prepa recibí el “Optimus”, un reconocimiento que se le da a un solo miembro de la generación por parte del colegio y de los compañeros.

Durante aquellos años viví grandes y muy buenas experiencias, pero reconozco que también me fui alejando cada vez más y más de Dios. Como cualquier adolescente comencé a salir a las fiestas, conocer chicas, tener novia, fumar, beber alcohol, irme de pinta, etc… Tenía cierta facilidad para socializar con las personas y hacer amigos. Poco a poco me fui dejando llevar más y más por el ambiente y la vanidad. Fui dejando de lado mi relación don Dios y empecé a vivir más para agradar a los demás.

A veces me venía a la mente la idea de que Dios me llamaba a entregarle mi vida, pero yo rechazaba ese pensamiento y no lo comentaba con nadie, pues yo quería tener una esposa, mis hijos, mi negocio y vivir bien para poder ayudar a otros. Yo me decía: “si Dios quiere que sea feliz ¿cómo puede pedirme algo distinto a lo que yo quiero?”

Al momento de elegir carrera me volví a plantear el tema de la vocación al sacerdocio. Pensaba que había llegado el momento de decirle que sí a Dios, pero me rehusaba. Hice la carrera de ingeniería industrial en la Universidad Iberoamericana de la Ciudad de México, pero nunca fue algo que realmente me apasionara. Veía como muchos de mis compañeros vivían preocupados por su carrera buscando asegurarse una profesión en la vida, pero yo no me sentía realizado, algo faltaba.

Tuve la oportunidad de trabajar en el área de marketing de dos grandes empresas multinacionales, en Procter & Gamble y después en Kraft Foods. Viví una gran experiencia, conocí grandes personas, aprendí mucho y llegué a pensar que la mercadotecnia era lo mío. Sin embargo, todavía había momentos en donde sentía que algo faltaba y me volvía la idea de la vocación. Por ejemplo, recuerdo que una vez en Procter, mientras trabajaba en la computadora, me vino el pensamiento: “¡Tú deberías ser sacerdote!”. Me molesté, pues por más que intentaba dejar de lado esa idea, regresaba cuando menos lo esperaba.

Aunque fueron años muy felices los que pasé en la universidad y en los trabajos que tuve, dentro de mí quedaba una especie de nostalgia de Dios. Un primo me invitó a participar en un apostolado que se llamaba “Sinergia empresarial”. Me citó para una reunión en la Universidad Anáhuac de poniente. Recuerdo que llegué con tiempo y me estacioné frente a la capilla de la universidad. Decidí entrar para hacer una visita. Olía a incienso, lo que me trajo muchos recuerdos. Sentí la necesidad de rezar. Me arrodillé en la última banca y comencé a pedir a Dios como un niño que me indicara el camino que debía seguir. Recuerdo que le decía llorando: “Quiero volver a ti, pero no sé cómo.”

Unos meses después, para celebrar su 25 aniversario de bodas, mis papás nos llevaron de peregrinación a Medjugorje, en Bosnia. En ese sencillo lugar de oración me incomodaba ver personas tan plenas, fervorosas y felices, mientras yo me sentía perdido, vacío y superficial. Cuando subimos al monte Krizevac para rezar el Viacrucis viví uno de los momentos que considero más importante en mi vocación, pues sentí la inspiración de pedir a María que me diera las fuerzas que yo no tenía para cumplir la voluntad de Dios. A partir de ese momento muchas cosas comenzaron a cambiar en mi vida y comencé a experimentar la misericordia de Dios.

Poco tiempo después un amigo me invitó a participar en Encuentros con Cristo, una actividad de oración que suelen tener los miembros del Regnum Christi. Fue así como, después de muchos años, volví a tener contacto con los legionarios de Cristo. Poco a poco comencé a involucrarme más y más en las actividades del Movimiento hasta que me incorporé. Ese vacío que sentía se fue llenando y algo en mí me decía que yo estaba hecho para transmitir a los demás la experiencia del amor de Cristo que yo había vivido. Empecé a acercarme una vez más a Dios y todo comenzó a adquirir un nuevo orden y un nuevo sentido. La relación con mis papás, mis hermanos y mis amigos empezó a mejorar. Yo mismo me sentía más feliz y más pleno.

Seguía trabajando en Kraft, en el área de galletas. Combinaba mis horas de trabajo con el tiempo dedicado al apostolado, a la familia y a los amigos. En una ocasión me pidieron trabajar en un proyecto para lanzar una galleta americana al mercado mexicano. Yo no le veía sentido, pero algunos directivos insistieron. Dediqué varios meses de intenso trabajo, noches sin dormir, fines de semana encerrado, etc… para sacar el proyecto. Cuando me tocó presentarlo entré a la reunión y en menos de diez minutos estaba afuera con el proyecto rechazado por el director de ventas. Aunque esto se puede considerar como un evento normal y común en cualquier carrera profesional, recuerdo que al salir de ahí me vino la pregunta: “¿Todo esto por una &*# galleta?” No podía dejar de pensar qué pasaría si en lugar de ofrecer todos mis talentos, tiempo y esfuerzo por lanzar una galleta lo hiciera para una causa más trascendente. Después de mucho pensarlo decidí renunciar y comenzar a prepararme para irme a hacer una maestría para emprendedores en Boston.

Continué mi participación en el Movimiento colaborando un tiempo en un proyecto en la Universidad Anáhuac del Sur y después en Red Misión. Era responsable de un equipo de jóvenes del Regnum Christi y tuve la oportunidad de vivir experiencias increíbles con ellos, como la Jornada Mundial de la Juventud con el Papa Benedicto XVI en Colonia. Fue en unas misiones de Semana Santa en el 2005 durante una adoración nocturna el Jueves Santo cuando volví a sentir con fuerza el llamado a ser legionario de Cristo. Lo consulté con mi director espiritual y quedamos que haría un año de discernimiento antes de ir al candidatado, período de prueba antes del noviciado.

Finalmente entré al noviciado de la Legión de Cristo en septiembre del 2006, con 27 años de edad. Para mí, la prueba más grande de mi vocación ha sido la misma perseverancia, pues sé que sin la gracia de Dios no habría podido llegar hasta este momento. En estos años hemos vivido períodos muy duros como Congregación y como Movimiento. Toda la Iglesia ha sido sacudida por tantos escándalos. Yo puedo decir con gratitud que en la Legión y en el Regnum Christi lo que he aprendido es amar a Cristo, por encima de todas las cosas, y a entregar mi vida para que Él reine en mi corazón y en el de todos los que me rodean. Eso es lo que me ha sostenido, mi consagración a Él y sólo a Él.

Jesucristo es el Amigo fiel que me ha acompañado siempre, me ha sostenido y ha llenado mi corazón con una felicidad que sólo puede entender quien lo ha experimentado, incluso en medio de las dificultades, sacrificios y adversidades. Doy gracias a Dios por esta vida, por mi vocación y por todos los dones que me ha dado. Y te pido a ti, por caridad, que has aguantado leyendo este testimonio, una oración por mí para que sea siempre fiel a su voluntad. Dios te bendiga y te acompañe siempre.

psprofileEl P. Pablo Solís Aguirre, L.C. nació en la Ciudad de México el 16 de diciembre de 1978, en el seno de una familia católica como el segundo de tres hermanos. Antes de ser legionario de Cristo adquirió el título de ingeniero industrial por la Universidad Iberoamericana y trabajó en P&G, Kraft, UAS y Red Misión. Entró a la Legión de Cristo en 2006 en Monterrey, México, en donde dos años más tarde hizo su primera profesión de votos. En 2008 se trasladó a Cheshire, CT, para hacer un año de estudios humanísticos. En 2009 viajó a Roma para colaborar en la secretaría general de la Congregación y obtener el bachillerato en filosofía por el Pontificio Ateneo Regina Apostolorum. Hizo su profesión perpetua en el 2011 en Valencia, España, donde colaboró hasta el 2013 como director de la sección de jóvenes del Regnum Christi. Regresó a Roma para realizar los estudios de bachillerato en teología y colaborar en la secretaría general de la Congregación. El P. Pablo comenzará su ministerio sacerdotal en la Ciudad de México como director de la sección de jóvenes del Regnum Christi en la Universidad Anáhuac.

Lucio Boccacci

In the Footsteps of the Prophets

God chose his prophets by calling them to a particular vocation. A prophet discovered his vocation through an experience of God that marked his existence from that point onward. Since then the prophet discovered God’s action everywhere, both in his life and in society.

Only three prophets in Scripture describe the moment they first felt called by God: Isaiah, Jeremiah, and Ezekiel. They narrated their “vocation story” to make themselves and their message more authoritative among the people. God called this prophetSo we better listen to what he has to say! 

God commanded the prophet to speak. Have you ever read, “Thus says the Lord”? The prophet spoke the words God inspired in him.

Yet the prophet didn’t just say something new. He also spoke for his own sake. He wasn’t a mere telegraph for divine revelation. What he taught was really a projection of his own dialogue with God. Hence, the prophet’s most intimate life was at the service of the message he had to proclaim. So what a prophet communicated revealed a lot of the personal drama between him and God.

Every vocation to the priesthood and consecrated life follows this same pattern. The same God that called his prophets continues to call his priests and consecrated. Like the prophets, he calls them to a particular vocation, through a series of God-inspired experiences that change the course of their life. Like the prophets, these encounters with God validate their vocation and their message.

Yet their message is not just God’s message. It’s a message that’s born in the drama of their relationship with God. That’s in part why priests and consecrated are “mediators”. They not only give witness to the Word of God as it bears fruit in their life. But through their response to that Word, God freely binds himself to a microcosm of the drama of being human.

 

Jeremiah, the “Intimate Prophet”

4 Now the word of the Lord came to me saying…

“Before I formed you in the womb I knew you,
and before you were born I consecrated you;
I appointed you a prophet to the nations.”

Then I said, “Ah, Lord God! Truly I do not know how to speak, for I am only a boy.” 

But the Lord said to me,

“Do not say, ‘I am only a boy’;
for you shall go to all to whom I send you,
and you shall speak whatever I command you.

(Jer 1:4-7)

The call of the Prophet Jeremiah didn’t come in a vision, but “the word of the Lord came” to him (Jer 1:4). The word of the Lord was the decisive force behind his prophetic vocation.

And God chose Jeremiah even before he formed him in the womb. Even so, Jeremiah claimed that he was too young and that he didn’t know how to speak. He wasn’t afraid of God’s presence. He was afraid of the greatness of his mission. He worried about how the people would respond to God’s message.

He didn’t understand that what was indispensable for God was that the prophet delivers God’s word. The emphasis was on God’s word. Circumstances didn’t matter. It was God’s way of making himself present when the people became hard of heart. The prophet was the middleman of this drama. And the deep suffering of this particular prophet made for some beautiful and profound words of Scripture (cf. 15:10-21; 17:5-11; 20:7-18; 31:31-34). That’s why he’s called the “intimate prophet”.

 

My mother once told me a story about me similar to these verses in Jeremiah. When she was noticeably pregnant with me, my parents visited Rio de Janeiro’s Christ the Redeemer statue atop Corcovado Mountain. And she climbed all 220 steps to reach the summit! There she entrusted me to Providence in exchange for a safe delivery and a healthy baby. At that moment only God knew the life he had traced out for me. Let’s say my mother got more than she asked for.

The first moments I can remember being called was in High School. I went through a “second conversion” thanks to various books I read on apologetics and the Scriptures. Like Jeremiah, my vocation has always been linked with the Word of God. For this reason I’ve always been close to the Scriptures.

It’s particularly in the Scriptures that I feel my soul makes contact with God’s will for my life. I see reflected in God’s Word insights into my life and mission. And what I wish to communicate with my preaching and my example is a life immersed in the Word of God.

My hope as a priest is to help souls encounter God through his Word. It means a lot to me that as a priest God speaks his Word to his people through the reading of the Gospel at Mass and through the preaching of the homily.

I hope to make the Scriptures come alive in the hearts and minds of young people. I hope to teach them to understand what they read in faith. I hope the Scriptures will become for them what it has become for me: an occasion for prayer to encounter God and discover his will.

 

The Boy Prophet and his Mother

46 After three days they found him in the temple, sitting among the teachers, listening to them and asking them questions. 47 And all who heard him were amazed at his understanding and his answers. 48 When his parents saw him they were astonished; and his mother said to him, “Child, why have you treated us like this? Look, your father and I have been searching for you in great anxiety.” 49 He said to them, “Why were you searching for me? Did you not know that I must be in my Father’s house?” (Lk 2:46-49)

Like Jeremiah, God also predetermined Jesus’ specific mission before Mary conceived of the Holy Spirit (cf. Lk 1:26-38). And we can hear echoes of the calling of Jeremiah when we read the passage of the boy Jesus in the Temple. But unlike young Jeremiah, the boy Jesus didn’t shy away from transmitting God’s word.

Jesus’ deliberate (and perplexing) remaining behind in the Temple can only make sense if he was first called by his Father. This was a response to a calling from God to a new experience that broke with his simple past and forever changed his life in Nazareth. From then on, he would see the normal occurrences of daily life as both an occasion for a future parable and an allusion for the Kingdom of God.

This was Jesus’ vocational moment, even if he was always infinitely aware of his Divine Sonship. Now it became public, and it took on new urgency.

From the prophetic standpoint, his action at the Temple was a typical prophetic sign. It was a completely awkward and enigmatic act. But that’s the way God asks prophets to get our attention. And I think Jesus got his parents’ attention!

The word that best describes Mary’s presence in the Gospel is “accompaniment”. She accompanied the fulfillment of God’s will with her submission in faith. And she accompanied Jesus during all his life, from the womb to the tomb and beyond. This episode in Jesus’ life was no exception, even if for the moment she didn’t understand his actions. One day she would understand that her life was intertwined with Jesus’ mission.

One thing that Mary didn’t understand at the time was that Jesus was walking in the footsteps of the prophets. He revealed nothing short of his own experience of God: “I must be in the things of my Father”. This is his version of the prophets’ famous and repeated phrase: “Thus says the Lord”. But he would say, “Thus says, my Father”. From the onset of adolescence, Jesus’ placed his most intimate life at the service of the message he had to proclaim. He revealed the dialogue between him and his Father. He revealed the drama of the mission that he was to fulfill. Mary was slowly catching on to the role she would play in that mission.

 

I had my own little “prophetic action” when I was a boy. The only reason I know about it is that my parents got it on tape. It happened at my First Communion. Like the boy Jesus, I did something that somehow revealed God’s path for my life.

Pictures were taken in front of the altar after Mass. At that moment I didn’t shy away from getting up on the altar. So I got behind the altar and I used my new first communion prayer book to pretend I was celebrating Mass.

I don’t know why I did it. It was some sort of joke. At least I know my younger brothers enjoyed it. Yet God enjoyed it for a different reason. He knew someday it would come true. It was one of those moments that can only be explained in hindsight. Somehow this innocent little boy followed what appeared to him as an instinct. He was simply doing what he was designed to do by the Father in heaven. Like Jesus in the Temple, this was just a little preview of things to come.

 

I always grew up in an environment where God’s voice could be heard. I thank God for all of my family. Yet I have much to thank the faith example of both my mother and my grandfather.

My grandfather taught me how to see God in in his Creation. He was a retired petroleum engineer that witnessed to his faith through his example and words. I tried to follow that example as I studied chemical engineer at the University of Oklahoma. I sought to find God’s hand behind all the physics and math and chemistry. And I ended up seeing God’s hand leading my life in a new direction.

Yet my mother had a more direct influence in my faith. She always had a profound devotion to Mary, the mother of Jesus. And I was always close to my mother. So it was natural that her devotion to Mary rubbed off on me.

In High School I decided to make a total consecration to Jesus thru Mary. I followed the booklet designed by St. Louis de Montfort. I fulfilled all the daily prayers up to my consecration on Dec 8, 1999. That was my last year of High School. It was the first time I consciously and clearly took note of my calling to the priesthood.

Likewise, Mary has always been at my side throughout all the drama of my vocational discernment. She accompanied me even from before my consecration. Indeed, I grew up praying the rosary at my mother’s side. I asked for her protection for my vocation when a pilgrim statue of Our Lady of Fatima visited our family. I still have my picture with that statue. Before entering college I promised a daily rosary for the rest of my life. And then in the seminary I always received special graces on Marian feast days. My superiors even changed my assignment once on Our Lady of Sorrows (Sept. 14).

Most importantly, I remember one day I traveled home from my summer internship at Phillips Petroleum during college. I worked at a nearby city. So every day I traveled about an hour to and from work. I listened to the “Bible on tape” on the way to work. And I prayed the rosary on the way back. I thought about the calling to the priesthood.

And then God touched my heart in a very direct way. I knew I was called beyond all doubt. I wept in the car as I prayed the rosary. I waved to the other cars passing me on my left. I was okay! These weren’t tears of sadness and despair. They were tears of profound joy and freedom. I finally accepted God’s call.

Then there was a weekend during college that I took off to visit my family. At some point I went shopping with my mother. On the way back I signaled I needed to tell her something. I rarely spoke like this, so she got the hint it was serious. She parked the car in front of the garage. And that’s when I told her I wanted to be a priest.

She looked ahead. She sighed. And when she got a hold of herself, she said, “I know”.

How did she know? I suppose mothers have a way of knowing these things. Mothers don’t just see what’s on the outside. They have an intuition for what’s happening in their children’s life. Certainly that intuition comes from their union of body at pregnancy. Both God and our mothers know us when we’re being knit in the womb. Indeed, it’s a unique gift mothers hold dear.

Luke the Evangelist understood this. That’s why he twice wrote that Mary “treasured all these things in her heart” (cf. Lk 2:19 and 51). Mary learned from her experience with Jesus to accompany the vocation of every priest and consecrated. She’s the mother of all prophets. And she’s my mother too.

The Prophets of Pope Francis

 

So I continue onward towards my diaconate and then my priestly ordination. I have the assurance of God’s Word and Mary’s accompaniment. God has filled my life with the signs of a vocation.

I ask for your prayers, so that I continue forward in my vocation to be a priest consecrated in the Legion of Christ and the Regnum Christi family. With the priests and consecrated at the helm, we all make up a family of prophets.

We’re lucky to have Pope Francis at this moment of our history. At one point Pope Francis delineated his expectations for the year of consecrated life. High on the list was the consecrated person’s call to prophecy.

The Pope counts on priests and consecrated to “wake up the world”. A prophetic witness is actually demanded of everyone. But it’s a special duty for priests and consecrated.

The Pope called prophecy the “distinctive sign of consecrated life”. Our life becomes a prophetic witness because we follow the Lord in a special way. We live the way Jesus lived on earth. And Jesus lived with heaven in sight. That has to strike a chord!

The Pope said that prophets receive from God the ability to scrutinize the times in which they live and to interpret events. So when they are faithful to this calling they become a living prophetic sign of God’s will for the world and for every individual. God is able to touch the lives of so many people through their prayer, example, and apostolic ministry. That’s why the Pope sees this as a priority for consecrated life.

A religious must never abandon prophecy. And he must know that a prophet is never alone. Just like he promised Jeremiah, God promises this to us:

 “Be not afraid of them, for I am with you to deliver you” (Jer 1:8).

boccacci-lucioThe first moments I can remember being called was in High School. I went through a “second conversion” thanks to various books I read on apologetics and the Scriptures. Like Jeremiah, my vocation has always been linked with the Word of God. For this reason I’ve always been close to the Scriptures.

Javier Delgado, L.C.

Dar a Cristo a los demás

Recuerdo mis primeras Megamisiones. Era la misa del Jueves Santo. Me tocó repartir la comunión por primera vez en mi vida y me impresionó la humildad del Señor de ponerse en mis manos para poder llegar a su pueblo. Ese día comprendí qué era lo que el Señor había puesto en mi corazón desde niño: dar a Cristo a los demás. Comprendí que eso era ser sacerdote: traer a Cristo a mis manos y, como ministro suyo, hacerlo llegar a las almas.

Soy Javier Delgado, LC. Nací en Irapuato, México en 1986. Entré a la apostólica – el seminario menor de la Legión – a los 12 años en León. Hoy en día veo niños de esa edad y me pregunto realmente cómo fueron capaces mis padres de darme permiso para irme de casa a tan pequeño. Doy gracias a Dios por la fe de mis padres que supieron dejarme salir de casa tras la llamada de Cristo.

¿Cómo se dio esta llamada? Con toda sencillez. Entre los 7 u 8 años, típica edad en la que los adultos preguntan a los niños qué quieren ser de grandes, me di cuenta que me importaba poco qué iba a ser de grande, me atraían muchas cosas. Sin embargo, una cosa tenía clara, hiciera lo que hiciera, quería dedicarme a dar a Cristo a los demás.

Cuando el Papa Francisco recuerda su infancia suele hablar de su abuela. Yo le debo mi vocación también, en parte, a mis abuelos. Cuando era pequeño me atraía mucho lo que ellos hacían. Me entusiasmaba que, en medio de sus quehaceres habituales, dedicaran gran parte de su tiempo a dar catecismo a los niños, a organizar la Hora Santa en mi Colegio, a llevarnos a los nietos a misiones. Fue en unas misiones con ellos cuando por primera vez me tocó dar una catequesis a niños y organizarles juegos. Recuerdo el gozo interior que el Señor me permitió sentir al final de ese día, el gozo de haber hablado de Jesús.

Esto que me atraía de mis abuelos lo encontré plenamente en el ECYD. A los 10 años entré con mis amigos al Club Faro. Veía en mi responsable del ECYD lo que yo quería ser. Y no sólo por sus cualidades humanas, sino sobre todo porque nos explicaba el Evangelio de manera convincente, aterrizada y atractiva. Si me preguntaba a mí mismo qué quería ser, respondía: ser responsable del ECYD.

De alguna manera Dios ya había sembrado la semilla de mi vocación en esos años. No pensaba en ser sacerdote sino en ser responsable del ECYD, pero en marzo de 1998 en mi retiro de incorporación al ECYD el Señor se encargó de hacerme ver lo que Él quería. El retiro lo predicó el P. Eugenio Martín. Recuerdo el momento en el que, oyéndolo predicar de Cristo, sentí en mi interior la llamada de Dios a ser Legionario. Sentí que tenía que dedicar toda mi vida a predicar a Cristo como ese sacerdote. Sentí que Dios me decía, como empujándome, que me quería así. Ese día en la noche me confesé y le dije al padre que sentía que Dios quería que fuera Legionario de Cristo. Recuerdo que en la acción de gracias después de la comunión del día de mi incorporación me quedé mirando largo rato el Cristo crucificado de la capilla donde estábamos. Fue cuestión de pocas semanas para que todo quedara arreglado. Para mí fue algo muy sencillo y es aquí donde vuelvo a recordar la fe de mis padres que en ningún momento me cuestionaron sino que me creyeron y me apoyaron. Ese verano de 1998 entré a la apostólica de León.

De mis años como apostólico recuerdo con especial cariño y ternura a la Santísima Virgen, mi madre que en todo mi camino de formación me ha acompañado y sostenido con su presencia siempre humilde y discreta. Los formadores en la apostólica nos invitaban continuamente a visitarla en la gruta de los jardines. Poco a poco, en esas visitas aprendí a refugiarme en María. Esta cercanía con María se acrecentó de manera especial cuando a los 14 años me pidieron ir a la fundación de la apostólica de Venezuela. Fueron años difíciles, de purificación de mis intenciones en el seguimiento de Cristo. Al inicio veía la fundación de Barquisimeto como una aventura y con cierto idealismo adolescente. Sin embargo, una vez allí y con el pasar del tiempo, me fui quedando cada vez más con lo esencial de mi vocación: Cristo. Recuerdo que algunas noches me iba a rezar y a llorar a los pies de un cuadro de la Virgen de Guadalupe que teníamos en la apostólica. Le pedía que me cubriera con su manto, lo que aprendí de mi madre que al darme la bendición siempre me decía: “Que Dios te bendiga y te haga un santo, y que la Santísima Virgen te cubra con su manto azul lleno de estrellas”.

Antes de entrar al noviciado tuve una fuerte crisis. El verano antes de entrar estuve casi un mes en mi casa pues llevaba casi un año sin ver a mi familia por estar en Venezuela. En ese período de verano se me enfrió el corazón por abandonar la oración. A pocos días de terminar la visita familiar hablé con mi padre y le dije que estaba pensando no volver al seminario. Recuerdo que me recomendó no tomar la decisión de dejar la Legión sin volver a la apostólica y hablar con mi superior exponiéndole los motivos. Volví a la apostólica con mi crisis y esos meses fueron una lucha en la oración y en la dirección espiritual. Aprendí en esos momentos aquello que dice San Ignacio en sus ejercicios, que los momentos de turbación y tentación no son adecuados para tomar decisiones. Esta lección me ha acompañado por toda mi vida pues uno pasa por momentos en los que la sensibilidad le traiciona, también la racionalidad, y la solución no está en dejarse llevar por lo que siento o pienso, pues más cierto que todo ello es la fidelidad de Dios.

Del noviciado recuerdo un momento especial de gracias en mi segundo año, poco antes de la profesión. Ese día había ido a visitar a la familia de un chico que quería entrar a la apostólica. Al terminar de cenar el sacerdote con el que iba se levantó de la mesa junto con los padres de familia del chico para hablar a solas. Yo me quedé a la mesa con el chico y sus dos hermanas, las dos de mi edad. Una de ellas comenzó a interrogarme sobre mi vocación y a decir que, si salía de la Legión, seguramente encontraba novia rápido, que ella sería la primera. La otra la paró en seco, gracias a Dios. Ese día en la noche llegué al Sagrario con muchos interrogantes, sobre todo, con el corazón removido. Me di cuenta de que fuera de la Legión y del sacerdocio la opción de formar una familia era real. Le dije al Señor que, si quería que yo fuera feliz; y que, si era omnipotente, por qué no cambiaba sus planes sobre mí, en vez de tener que yo cambiar los míos por los suyos. Sentí en mi interior que me respondía: Javier, si quieres yo cambio mis planes por los tuyos, pero si lo que quieres es ser feliz, he pensado para ti el sacerdocio en la Legión. Lo que yo quiero, aunque te cueste, es el camino verdadero de tu felicidad. Esa noche la recuerdo como un pequeño Getsemaní pues aprendí a decir con Cristo: “Padre, si es posible, pase de mi este cáliz, pero no se haga mi voluntad sino la tuya” (Mt 26,39).

El período de formación de las prácticas apostólicas lo hice en Mérida, Yucatán, con los chicos del ECYD. Regresar al ECYD fue uno de los regalos más grandes que he recibido, fue respirar de nuevo el aire del inicio de mi vocación. Recuerdo mis primeras Megamisiones en un pueblo entre Campeche y Yucatán llamado Paraíso. Era la misa del Jueves Santo. Estaba sentado entre los misioneros, tratando de escuchar la Misa. Había algunos misioneros un poco inquietos. Mientras estábamos cantando el Cordero de Dios, el párroco volteó a verme y me llamó. Inmediatamente pensé que algo malo estaba pasando, que querría que pusiera en orden a los chicos, se me pasaron mil opciones por la cabeza… cuando llegué al altar, no me dijo nada; sólo me dio el copón lleno de hostias y su bendición. No me lo podía creer. Empecé a repartir la comunión por primera vez en mi vida y me impresionó la humildad del Señor de ponerse en mis manos para poder llegar a su pueblo, y su humildad de entrar en nuestras bocas. Jesús en la Eucaristía entra en cualquier boca: bocas resecas, bocas tristes, felices, sin dientes, de niños, de adultos… Ese día comprendí qué era lo que el Señor había puesto en mi corazón desde niño: dar a Cristo a los demás. Comprendí que eso era ser sacerdote: traer a Cristo a mis manos y, como ministro suyo, hacerlo llegar a las almas.

No fueron años fáciles. Me tocó salir a las prácticas apostólicas en verano de 2008, pocos meses antes de que se hiciera pública la doble vida de nuestro fundador. Recuerdo que el día antes de que saliera la noticia mi superior me llamó para decirme cómo estaban las cosas. Después de hablar con él me fui a la capilla de la casa y me pregunté a mí mismo: ¿Tú por quién estás aquí? Me puse a hablar muy sinceramente con Cristo y a hacer memoria de por qué había entrado a la Legión y le dije que estaba aquí por Él, porque Él me había llamado y que le renovaba mi consagración. Tomé la resolución de irme al Colegio inmediatamente para hablar con mis responsables del ECYD antes de que la noticia les llegara por otros medios. Quería que los responsables tuvieran claro por quién estaban en el ECYD. Sostener a otros en esos momentos fue lo que más me sostuvo a mí mismo.

En noviembre de 2009, me tocó la gracia de ir a Madrid para unas reuniones sobre el ECYD. Fueron para mí una gracia muy especial. Estaba empezando a cansarme del trabajo con adolescentes. Tenía una fuerte sensación de dispersión en medio del cúmulo de actividades y fastidiado un poco por los chicos. Esos días en Madrid me di cuenta de que tenía que hacer lo mismo que Cristo estaba haciendo conmigo y hace con todos los hombres. Él no se desespera de nosotros, nos tiene en el centro de su Corazón y sale a buscarnos allí en donde estamos, aprovechando cualquier oportunidad, para despertar nuestra sed de eternidad, nuestro deseo de encontrarnos con Él. Esos días tuve la oportunidad de encontrarme con Cristo Eucaristía de una manera muy especial; y la otra gracia de esos días fue el encuentro con mis hermanos y hermanas en el Movimiento.

Una noche, a mitad de las reuniones, estaba reflexionando en lo que era un verdadero encuentro y metido en esas reflexiones entré a la capilla a rezar. Decidí no encender la luz y ponerme sólo delante de Cristo. Quería encontrarme con Él. Dejé mis reflexiones y empecé a contarle al Señor cómo me encontraba, a sacar mis verdaderas preocupaciones, mis anhelos, mis complejos. Decírselo al Señor me hizo llorar mucho, pero a la vez esas lágrimas son las que sostienen en la prueba, son lágrimas derramadas frente al Señor de todo consuelo. Experimenté lo que es abrirle el corazón al Señor y dejar que ungiera con aceite mis heridas. A partir de ese día decidí no pasar un solo día sin ponerme “en verdad” delante del Señor.

Esos días en Madrid fueron para mí la primera experiencia de encuentro con el Regnum Christi en pleno: consagrados, consagradas, laicos y legionarios. Puedo decir que desde entonces me he vuelto “adicto” de nuestra familia. Quizás hoy en día ya sea algo normal, pero hace siete años no lo era. Le agradezco a Dios inmensamente por ese don, por haber podido palpar la realidad de mis hermanos y hermanas en el Movimiento, que pasábamos por momentos especialmente difíciles. Esa experiencia de vivir el Movimiento y las que han venido después han sido para mí una luz en mi identificación con mi vocación legionaria. He releído mis notas de esos meses y encontré una oración que decía: “Señor, no permitas que vaya a olvidar estas experiencias RC que me han marcado como LC. No puedo concebirme legionario sin el Regnum Christi”.

Los últimos años de formación en Roma han sido un período muy hermoso en el que el Señor ha ido limando aristas, purificando y bendiciendo. Empecé diciendo que entré a la Legión para dar a Cristo a los demás. En realidad, en la Legión y el Movimiento he recibido a Cristo por medio de los demás. Lo que más deseo es continuar esta cadena de gracia por la cual el Señor me ha bendecido en primera persona. Sé que como sacerdote me hace ministro de su gracia. Pido tus oraciones para que mi corazón esté siempre lleno de Cristo y así pueda darlo a los demás.

Dice el Papa Benedicto en la Deus Charitas est que uno puede saciar la sed de Dios que tienen los demás y convertirse en fuente de amor sólo en la medida en que beba de la fuente originaria que es Cristo. Esto es lo que pido para mi sacerdocio, que mi sed de Dios sea cada día mayor, mi búsqueda de su rostro cada día más intensa; para que la sed que los hombres tienen de Dios encuentre eco profundo en mi corazón y no quiera sino darles “Agua viva” (Jn 4,10).

Le pido al Señor que en estos próximos años sigamos confiando en Él y sigamos construyendo el Movimiento: una familia unida por la fe en Cristo, acrisolada en el dolor junto a nuestra Madre dolorosa, con el corazón encendido por el amor a Cristo y el deseo de que Él reine en el corazón de todos los hombres. Cristo Rey Nuestro, ¡venga tu Reino!

Javier DelgadoEl P. Javier Delgado, L.C., nació en Irapuato, México en 1986. Entró a la Legión a los 12 años de edad. Hizo su primera profesión de votos a los 18 años en Monterrey. Estudió la licenciatura en filosofía y el bachillerato en teología en el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum. De 2008 al 2011 fue director del ECYD de la Ciudad de Mérida Yucatán, e instructor de formación del Colegio Cumbres de la misma ciudad. Del 2011 al 2016 colaboró en el área de apostolado de la dirección general de los Legionarios de Cristo. Su primer ministerio como sacerdote será en la ciudad de Barcelona como director del ECYD, capellán e instructor de formación del Colegio Santa Isabel.

Brett Taira

Real Presence

“I am the living bread that came down from heaven; whoever eats this bread will live forever; and the bread that I will give is my flesh for the life of the world.” Jn 6:51

Part I

Doorbell rings. I guess I should answer.

“Good afternoon, can we speak to your parents?”, asked the one of the two young men in matching white dress shirts, with black slacks and ties.

“They’re not home.”

“Can we ask you a question?”

Why not? I already got up to answer the door. “OK.”

“Do you know what a prophet is?”

“Yeah, a profit is when you make more money than you spent.”

“…”

Doorbell Dialogs with Jehovah’s Witnesses, Brett Taira, Age 12

I was raised in a Buddhist family living in sunny Southern California. I did not know Christ, but then again I didn’t know Buddha and neither omission seemed to have constituted a loss at the time. I dedicated myself to school, to my friends, and to hobbies. My greatest occupation was passing from the present to the future, and my existential anxiety festered as it became progressively more difficult to perceive any qualitative difference between the former and the later. It had been my hope that upon entering college there would be something “new under the sun”, but novelties are, as ever, circumstantial. The world of the adolescent seemed a highway of limitless possibilities, but the adult ever threatened to substitute ideals for expedients.

Though I had my eyes on Berkeley, I surprised myself by going out-of-state to Rice University in. At college, nobody should be surprised to find a multitude of student groups looking for new members. There’s nothing novel about drawing attention with music and free pizza. I was prepared for smiles, the friendly greetings, and then ultimately the sales pitch. There was the Chinese Club (not to be confused with the Taiwanese), the Linux Club, chain mail-clad Elvish-speaking Tolkein-worshiping Club, and any other student club one could imagine. Of this menagerie the most active of the groups were the religious organizations and in particular the evangelical Christians. As a matter of principle I decided that I wasn’t going to fall for organizations that held you hostage all Sunday morning, yet in spite of my better judgment, I fell for their pitch. I was hungry. There was pizza. I told myself I was just going for the pizza. Just for the pizza…

Three months, a dozen bible studies, half a dozen Sunday worship services, a handful of praise and worship sessions, and innumerable pizzas later I found myself thoroughly immersed in an exemplary group of young Christians from all over the world, specializing in diverse fields of study, and yet united by something intangible, imperceptible, and yet undeniably attractive. Having partaken fully of the practically unlimited supply of Papa John’s Pizza and Crispy Creme donuts, I began to suspect that the marvelous unity and enthusiasm of the group had a more profound origin than just the limitless supply of food. Anyone with a basic level of personal discipline can be friendly, sociable, and patient at the beginning of the year to welcome new freshman, but to do so consistently amidst the stresses of college life for three months straight deserves some attention. Although I was present at the same activities, my friends clearly had something special that I was missing. Participation occurs not through activity, but through belief; and I was more of an observer than a believer.

On December 13, 2000, my friend John asked me if I wanted to become a Christian, and I took the question seriously, however quickly encountering serious doubts. Can I really trust God? How can I trust Him if I don’t know Him? How can I start to know Him if I don’t take the step of faith? Why do I need to take the first step? Why can’t He just show Himself to me? I was waiting for God to make the first move, but that move had already been made.

The impasse was broken by the intervention of an ever present though never welcome party. As my conversation with John continued, so did my agitation and my doubts of God, of his goodness of his trustworthiness. The prospect of faith first seemed an intriguing, but uncertain opportunity. Then suddenly it seemed to me an imprudent and foolish adventure. Finally, the prospect of Christianity loomed over me as a menace and a threat. My thoughts and attitudes toward God had in the course of only a few minutes degenerated radically from fascination to fight-or-flight. That’s when I realized that something nasty was pulling my strings and yanking hard. In this world there are good spirits and bad ones. I had the unpleasantness of making acquaintance with the latter. I was under siege by an unknown enemy who sought above all to prevent me from trusting in a God who for the most part was also largely unknown to me. The question of faith was no longer an academic game of words and ideas. If I chose not to act, it was clear that I would be handing the victory to the nasty spirit. Not deciding is itself a decision of the gravest consequences. The time for gathering information was over. All I really knew about God was that my friends believed in him, and I knew for sure that I trusted my friends. This knowledge wasn’t a scientific proof, it wasn’t philosophical demonstration, and nothing could be more subjective than my personal experience with my friends. The testimony of convinced Christians was all the data I had to work with, and this was the data that gave me the confidence to take the leap of faith.

Part II

“How do pick a church?”
“Easy. Here’s what look for:

Bible-based, fellowship, evangelization, and good music.”

–Dialogs on the Four Marks of a church, 2001

In the summer of 2001, I was on vacation in New York City. Our hotel was just a few blocks from St. Patrick’s Cathedral so out of curiosity I went to the early Mass to leave time for sightseeing the rest of the day. As I entered the massive Neo-Gothic structure I was taken aback by the silence. The stark contrast between the bustling activity of Manhattan commuters and the sepulchral stillness of church gave first gave me pause, and then later alarm. Mass was about to start and the church was still mostly empty. There were no greeters at the entrance. A desperate glance also confirmed my suspicions that there was no choir, no organist, and no praise and worship band. Not wanting to feel out place I imitated the locals by sitting alone in an empty pew roughly equidistant from the handful faithful attending Mass.

After twenty-four tedious minutes passed, Mass ended as underwhelmingly as it had begun. Having been utterly unimpressed by the whole experience I swiftly descending the front steps facing Rockefeller Center, now directing my full attention toward breakfast. Before I even reached the foot of the stairs, I was overcome by the consoling peace of the Holy Spirit. This made no sense at all to me. Despite a thoroughly disappointing liturgical experience, God was responding with grace and consolation. There was something that had gone very, very right and I had no clue what it was.

A week later my travels took me visit Washington D.C. where I arranged to visit my friends from college at their Presbyterian service. As soon as I entered, I was welcomed by three greeters at the front door who promptly led me to the youth room which was buzzing with joyful chatter. I was relieved when I spotted the praise and worship band tuning their guitars and getting ready to play. My friends introduced me to an enthusiastic youth minister in his mid-twenties who preached with passion and conviction. After the service I said goodbye to my friends and felt extremely content with having been able to visit such a vibrant community of young Christians. Yet in the depth of my heart, I knew something was off.  Something was missing something, but I couldn’t identify what it was. Yet how could I find that something, when I didn’t know what I was looking for?

The much needed insight came after returning to California, when my mom took me aside and told me that she had something she wanted to give me. She opened up her jewelry box and withdrew a gold crucifix. I assumed that she must have purchased it during our vacation, but she told me that she had received it as a gift from my grandmother who purchased it on sale because it came with another item that she wanted. My grandmother gave the crucifix to my mother so that she could melt down the gold and make something new. My mom never had time to reforge it, so the crucifix was never melted, and spent years waiting at the bottom of her jewelry box. Every Catholic church I had visited display a crucifix prominently within the sanctuary. All of the Protestant churches I visited were adorned with a bare cross without the corpus, or body of Christ. Not being totally obtuse, I could see that the Holy Spirit was pointing me toward the Catholic Church, so I got in touch with some Catholic friends and related my experience to them. When they told me that the Eucharist was truly the Body and Blood of Christ, then I finally understood what God was trying to tell me. I understood, I believed, and I knew I needed the Eucharist. I needed to join the Catholic Church.

Part III

“If anyone is seriously thinking about the priesthood or consecrated life,

please come down to the center so we can pray for you.”

He said “seriously” thinking about it. I’m just thinking about it casually.

“If you feel that God is calling you, don’t be afraid.”

I’m not afraid. It’s just that I’m not seriously thinking about it.

“It’s OK. Come down here so we can pray for you.”

Good. I’m happy to pray for those other people who are serious about it.

Why am I the only one worried about this? Maybe I am serious…

–Interior Monologues, Steubenville West 2002.

After several months of RCIA classes I received the Sacraments of Baptism, Confirmation, and First Communion on the Easter Vigil of 2002, marking my official reception into the Catholic Church. After the exuberance of those days subsided I realized that I missed those RCIA classes, not so much for the content as for having a clear goal towards which I was striving and a structured itinerary for arriving there. Now that I was a fully incorporated member of the Church, the only sure goal left was heaven, and plan for getting there was not quite as well scheduled as RCIA classes had been. Lacking a specific goal but eager to continue advancing in my faith, I volunteered with youth ministry at St. Joachim’s parish in Costa Mesa, CA during the summer after my sophomore year of college.

I accompanied our teens to the Steubenville West Conference in Arizona. During Eucharistic adoration I received a clear call to the priesthood. For me the call was not the certainty that I would in fact become a priest, but rather it was the perception that Christ was opening a new doorway in my life – an initiative not an ultimatum. There was nothing wrong with the path I had been, and I experienced no pressure to abandon my original plans. Yet Christ’s invitation to the priesthood was intriguing, radically different from anything I had imagined, and it resonated within my soul long after emotions had passed. The vocation is inherently attractive and does not require promotion so much as presentation.

Although I had encountered priests from religious orders, I really didn’t know much of the difference between religious and diocesan priests. Encouraged by a friend, I made a visit to the St. Michael’s Abbey in Silverado Canyon to meet the Norbertines. When I joined their community to pray the Sixth Hour, I received an inspiration from the Holy Spirit and I realized that God was calling me to religious life. From that point forward my journey of discernment led me to visit various other religious congregations. The Legionaries of Christ, being a relatively new and small order with only a small presence in Southern California, were nowhere on my radar screen.

During my discernment process I was also interested in becoming more active in evangelization. I was involved in the pro-life movement in Houston, and often spent my weekends praying outside of Planned Parenthood clinics. The idea of giving public testimony to the faith strongly resonated with me and I felt that Christians should not be afraid to take to the streets to communicate the truth to others. I was Googling for Catholics who did street missions and I came across Mission Youth, an organization sponsored by the Regnum Christi Movement which is dedicated to missions both in the US and abroad. At the time they didn’t offer missions in Houston, but I found out that there were Regnum Christi retreats locally so I attended, eager to meet a group dedicated to the new evangelization. I was immediately impressed by the Legionary priest who preached the retreat, and I quickly became involved with Regnum Christi’s youth work. I joined Regnum Christi in the summer of 2003, and after visiting the novitiate of the Legionaries of Christ in Cheshire, CT I began making plans to join the candidacy after finishing my degree in electrical engineering.

Part IV

“The sincere zeal of the majority of Legionaries, which was evident in the visits to the Congregation’s houses and to many of their works – which met with great appreciation in some quarters – led many people in the past to believe that the increasingly insistent and widespread accusations could not be other than calumnies. Therefore the discovery and the knowledge of the truth concerning the founder gave rise among the members of the Legion to surprise, dismay and profound grief, which was clearly brought out by the Visitators.”

–Communique of the Holy See Regarding the Apostolic Visitation of the Legionaries, May 1st, 2010.

I received my cassock and officially joined the novitiate September 15th, 2004. Life in the seminary was tough, but I enjoyed the time of prayer, study, and service. I was enjoying my studies in Rome when news of the scandal of Fr. Maciel, the founder of our order, came to light in February 2009. As story of the figure who had been the point of reference for all things Legionary took a tragic turn, I couldn’t help but wonder about my future. There was speculation that the congregation would be suppressed by the Vatican. As other priests and seminarians began to leave the Legion, I wondered whether it was time to abandon. Fortunately, Pope Benedict quickly ordered an apostolic visitation and later appointed Card. Velasio DePaolis to oversee the revision of our constitutions. The Pope clearly wanted us to continue not to shut down.

It is not a coincidence that this crisis occurred during the pontificate which emphasized a “hermeneutic of continuity.” The prevailing culture and its “hermeneutic of rupture” wanted to resolve our situation by completely liquidating us, and then starting a new congregation from scratch. Pope Benedict’s approach however reflects truth that the same Spirit which inspired us during our foundation, continues to inspire us even after our crisis. God remains faithful even we had failed. The challenge of these years of renewal was not a question of separating the past and future into two hermetically isolated incommensurables, but rather to be attentive to the good the Holy Spirit has been working in us from the beginning and to remove obstacles that have cropped up along the way so that He can continue his work in generations to come. In the end I came to see this whole renewal process as part of my vocation to the Legion. The crisis has not changed my vocation, but rather my way of responding to the call. The mission to build the Kingdom of Christ has not changed, but rather the awareness of the need to build in communion. The challenges going forward are not inconsequential, but today I feel more accompanied by my Regnum Christi family than ever.

taira-brett-2016Brett Taira, L.C. was born in Santa Barbara, CA. Raised Buddhist he converted to the Catholicism in 2002. In 2004 he received a B.A. in Electrical Engineering from Rice University in Houston. Immediately after graduation he joined the Legionaries of Christ. He completed two years of Novitiate and one year of Humanities in Cheshire, CT. In Rome he studied philosophy for four years, receiving a B.A. and Licentiate in Philosophy from Regina Apostolorum. While in Rome he served as guide for pilgrims, specializing in tours of the Vatican. He did his apostolic internship in Chicago from 2011-2013, working with Conquest clubs, and serving as formation instructor in Everest Academy in Lemont and East Lake Academy in Lake Forest. He returned a second time to Rome for three years to complete a B.A. in Theology at Regina Apostolorum. During the second period in Rome he continued his role as guide for pilgrims in addition to contributing to website development and photography projects. He returned again to Chicago in July 2016 to begin work as Assistant Chaplain to the Regnum Christi Sections of Chicago.