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Juan Andrés Lander, L.C.

Queridos jóvenes: ¡No tengáis miedo de Cristo! Él no quita nada, y lo da todo.
(Benedicto XVI - Homilía 24/04/2005)

Lo primero que aprendí en el Cursillo de Colaboradores del Regnum Christi y que he experimentado en primera persona es que Dios nunca se deja ganar en generosidad.

Las oraciones de la abuela

Nací en Caracas el 16 de mayo de 1979. Desde que tengo uso de razón, mi abuela materna ha rezado para que yo fuera sacerdote. En un principio me parecía lo más natural para mí. Pero cuando entendí la renuncia que implicaba esperé que Dios no me llamara.

En el Instituto Cumbres de Caracas

En 1986 se fundó el Instituto Cumbres de Caracas muy cerca de mi casa. Por ser un colegio católico y bilingüe mis padres decidieron inscribirme allí a mí y a mi hermano menor. En el colegio recibí una formación religiosa que me ha marcado para toda la vida. Recibía la comunión casi todos los días y los domingos con mi familia íbamos siempre a misa ya fuera en el colegio o en la parroquia y me gustaba mucho acolitar. Sin embargo, cada vez que comulgaba le decía a Dios que podía hacer conmigo lo que quisiera, pero que por favor no me llamara al sacerdocio.

Incorporado al ECYD

Desde pequeño me incorporé al ECYD y tenía claro en mi corazón que un cristiano auténtico no solo debe rezar, ir a misa y vivir la vida de gracia, sino que además tiene que hacer algo por los demás. En los últimos años del colegio el Regnum Christi no estaba muy presente en Caracas, por lo que no me enteré ni siquiera que existía. En estos años nacieron una hermana y un hermanito más, con los que se completó la familia.

En la Universidad – AIESEC

Graduado del colegio, en 1996, entré en la Universidad Simón Bolívar dónde estudié Ingeniería de Computación. Fue una etapa que disfruté mucho, amistades, fiestas, viajes, etc. En estos años practicaba mi fe, iba a misa los domingos, rezaba algo cada día, pero sabía que Dios me había dado mucho y esperaba más de mí. Los últimos dos años me involucré en una organización internacional de estudiantes que tiene sede en la Universidad llamada AIESEC. Este grupo tiene como misión el desarrollo de los pueblos y su gente a través del intercambio a nivel laboral de estudiantes recién graduados. Allí canalicé mi deseo de hacer algo por los demás, aunque era a un nivel meramente humano.

Trabajando en Sheffield – SHUXI

Con AIESEC conseguí irme a trabajar a Inglaterra en la ciudad de Sheffield, en una empresa diseñando software, llegué en el 2001. En los meses que me preparaba para ir a Inglaterra tomé un curso opcional de cultura Británica en la Universidad. Una amiga con la que estaba tomando el curso me recomendó leer Harry Potter, me gustó y me ayudó mucho. Vivir en Inglaterra fue realmente mágico. Visité casi todas las ciudades principales, también Gales, Escocia e Irlanda. Llegando a Sheffield contacté la capellanía de la Universidad, se llama SHUXI (Sheffield Hallam University Chaplaincy). Iba a misa con ellos todos los domingos y teníamos diversas actividades. También ayudé algunas veces en la pastoral de adolescentes. Fue una etapa de mucho crecimiento espiritual.

Dublin Oak – Harry Potter

En enero, quedándome seis meses de contrato me dispuse a buscar otro trabajo. Me interesaba vivir en algún otro país de Europa, en el continente, para aprovechar y conocer un poco más. El día que estaba escribiendo mi curriculum recibí un e-mail del director de Dublin Oak que me invitaba a ser prefecto en la Academia. Al principio pensé que el padre se había equivocado, pero luego me confirmó que en efecto quería que yo fuera. Por haber leído Harry Potter se me hizo atractivo el trabajo. Luego que decidí ir, cuando le comentaba a mis amigos les parecía interesante. Desde que acepté el padre me fue preparando poco a poco. Me mandó algunos libros para formarme y comencé a rezar el rosario. En un principio iba a ir directamente a Irlanda desde Inglaterra en agosto.

Cursillo de Colaboradores en México

Pero a finales de junio de 2002 el padre me comentó que sería conveniente que fuera al cursillo de colaboradores para capacitarme para el trabajo en la Academia. Yo no tenía ganas de irme de Inglaterra antes de tiempo, por lo que le escribí al padre un mensaje como de ocho páginas explicándole todas las razones por las que no podía ir al curso. En resumen: no podía irme un mes antes del trabajo, no tenía dispuesto pagar un pasaje para ir a México, a esas alturas seguramente no habrían pasajes para esas fechas, ya había pagado un mes de renta por adelantado y no me lo iban a devolver, etc. El padre me respondió casi de inmediato en cuatro frases: te estoy mandando un cheque por ochocientos euros, ojalá el pasaje cueste menos que eso, que te vaya bien en México, que Dios te bendiga.

Yo en el momento me molesté mucho por la insistencia del padre. Mi jefe me vio molesto y cuando le comenté lo que pasó me dijo que le parecía bien si me iba antes. Llamé a la primera agencia de viaje que encontré y resulta que solo les quedaba un pasaje para esas fechas y que el costaba exactamente ochocientos euros. Cuando llegué a casa el dueño estaba allí y me pidió si me podía ir antes, necesitaba hacer unas remodelaciones… Por lo que ese mismo día, Dios se encargó de desvanecer todas mis objeciones.

 

El cursillo lo hicimos en El Dorado, en Toluca. Desde que llegué me sentí que regresaba a casa. Había un verdadero ambiente de familia con los otros colaboradores. Por primera vez en mi vida conocí a consagrados del Regnum Christi, y me encontré con el mismo espíritu con la que crecí en el colegio.

La llamada a la vida Consagrada

El segundo día, en la oración de la mañana vi con mucha claridad que Dios me llamaba a la vida consagrada en el Regnum Christi. Para mí fue un momento de alegría. Durante años le había pedido a Dios que podía hacer conmigo lo que quisiera pero que prefería que no me llamara al sacerdocio. Me llamó a la vida consagrada, una vida de entrega, y en ese mismo momento le dije que sí.

Luego lo fui viendo con mi director espiritual y me dijo que probablemente en lugar de ir a Dublín sería mejor que me quedara en México como colaborador para que conociera mejor al Regnum Christi. De hecho me incorporé al movimiento en el cursillo.

Pero al final me dijeron en lugar de dar años como colaborador, si quería, podía hacer Ejercicios Espirituales y comenzar el año de formación para la vida consagrada, consagrándome al final del año. A mí me pareció muy bien y acepté.

La llamada al sacerdocio

Estando en los Ejercicios Espirituales en Amecameca, en el cuarto día, vi con mucha claridad que Dios me llamaba al sacerdocio en la Legión. En el momento no me di cuenta de lo grande y especial de esta gracia. Ha sido una certeza que me ha acompañado desde entonces con la misma claridad y brillo. Ya estaba dispuesto a entregar toda la vida, así que le dije a Dios que sí, pero que se pusiera de acuerdo! Cuando lo comenté con mi director espiritual me parece que no me creyó. Me recomendaron mejor dar años como colaborador y seguir el proceso de discernimiento.

En espera para ir al Noviciado

Así que estuve de colaborador en el Ciudad de México, luego me mandaron a Chihuahua y en el 2003 a Caracas. Allí estuve ayudando en la sección de jóvenes y con el ECYD. Finalmente en el 2005 me invitaron a hacer el Candidatado, pero primero me nombraron coordinador de un campamento nacional del ECYD. Gracias a Dios todo salió muy bien y en julio de 2005 comencé el Candidatado en Medellín.

Formación en la Legión

 

Noviciado

 

Después del Candidatado hice el Noviciado en Monterrey (2005-2007). Allí realmente conocí a Cristo y me enamoré mucho más de Dios, de la Iglesia, de la Virgen y de mi vocación. En mi segundo año me topé con el libro “La verdadera devoción de María” de San Luis María Grignion de Montfort e hice mi consagración mariana, que renuevo cada año desde entonces.

Humanidades

Fui a Salamanca, España, para estudiar las humanidades. Por problemas con el pasaporte llegué en Enero de 2008 y tuve que recuperar los meses perdidos. Cuando niño me fastidiaban mucho las materias humanísticas, pero en Inglaterra se me despertó el gusto por la literatura, el arte y la historia y aproveché mucho los estudios en esta etapa. En junio me pidieron adelantar los exámenes para ir a Mallorca a apoyar con dos campamentos del ECYD.

Filosofía

Llegué a Roma en Agosto de 2008. Tomé un cursillo intensivo de italiano y luego dos años de filosofía. Aproveché mucho los estudios, la importancia de conocer la verdad y saber cómo ayudar a otros a descubrirla, más allá de los engaños y falacias que nos propone la cultura dominante. Acompañé como guía a muchas personas que vinieron de peregrinación a Roma en esos años, en especial a los chicos de las Academias de Oaklawn y Dublin Oak.

Prácticas Apostólicas

Terminando la filosofía, en el 2010, fui a Venezuela de prácticas apostólicas. Estuve el primer año como secretario territorial y los otros dos trabajando en el Instituto Cumbres de Caracas como instructor de formación. Fue muy hermoso tener la oportunidad de darme a los demás en la misma institución en que tanto recibí! En especial el trabajar con personas que estuvieron allí desde que yo era pequeño y que tanto contribuyeron en mi formación. También apoyé en el nuestro seminario menor, en Mérida, en algunas ocasiones.

Teología

Finalmente regresé a Roma en el 2013 y aquí he estado desde entonces, estudiando la teología. Ha sido realmente hermoso profundizar en todo lo que conocemos a cerca de Dios, de la Iglesia y de los sacramentos a través de la Revelación, las Sagradas Escrituras, la Tradición y el Magisterio. En este tiempo estuve colaborando con un colegio que tenemos en Roma, coordinando las peregrinaciones que hacen las Academias a Roma y algunos de nuestros colegios de EEUU a Roma.

En el futuro

Ahora he sido destinado como promotor vocacional para nuestro seminario menor de Mérida, Venezuela. Estaré trabajando en Barquisimeto y Maracaibo. Realmente no me lo esperaba y día a día me encuentro más entusiasmado con esta nueva misión. De verdad amo mi vocación Legionaria y estoy muy agradecido con Dios por todo lo que he recibido de mi familia, del Regnum Christi, de la Legión. Será una maravilla poder ayudar a otros a descubrir el llamado y acompañarles en los primeros años a responder a este Dios que en palabras de Benedicto XVI no quita nada y lo da todo.

lander-juan-andresEl P. Juan Andrés Lander, L.C. nació en Caracas el 16 de mayo de 1979. Fue alumno fundador del Instituto Cumbres de Caracas y se graduó en 1996 en la cuarta promoción. Estudió Ingeniería de Computación en la Universidad Simón Bolívar y se graduó en el 2001. Trabajo un año y medio en Sheffield, Inglaterra diseñando Software. Dio tres años como colaborador del Regnum Christi en México, Chihuahua, y Caracas. Ingresó al Noviciado en 2005. El P. Álvaro Corcuera recibió su primera profesión en Monterrey en 2007 y la profesión perpetua en Caracas en 2010. Hizo tres años de prácticas apostólicas, uno como Secretario Territorial y dos como Instructor de Formación en el Instituto Cumbres de Caracas. Durante los estudios de Filosofía y Teología en Roma participó y coordinó diversas peregrinaciones a Roma de las Academias Dublin Oak y Oaklawn a Roma y los colegios Everest y Northwoods. También colaboró en el Colegio Irish en la catequesis y el ECYD.

Leonhard Maier

Die Erde ist zum Himmel geworden…

Ein besseres Leben als das meine kann ich mir nicht vorstellen. Ich darf so eine Fülle und so ein andauerndes Glück erleben, so eine Vorfreude auf das Heimkommen in die Ewigkeit beim Vater, dass so manch einer mich für verrückt hält.

Meine Kindheit durfte ich behütet im Schoß meiner Familie verbringen. Da war mein Vater, der uns Kindern viele Abenteuer ermöglichte, meine Mutter, die uns zu reifen Menschen zu erziehen versuchte, meine zwei jüngeren Geschwister, mit denen ich eine sehr abwechslungsreiche, interessante und aufregende Zeit erlebte, und schließlich meine Großmutter, die Stütze unseres Hauses, die immer da war, besonders in Krisenzeiten. Die Grundschulzeit war großartig in jeder Hinsicht: Lehrer, Freunde und Klassenkameraden, Ski- und Zeltlager, Ausflüge und Freizeiten.

Erste Prägung in Oberbayern

Auch die kirchlichen Festtage waren ein wichtiges Element. Bis zur dritten Klasse hatten meine Großmutter und mein Vater mich immer zur heiligen Messe mitgenommen. Dann aber überredete mich eines Abends ganz spontan ein Freund, ihm beim Ministrantendienst zu helfen, und so war ich von da an Ministrant, was für mich schnell zu einer großen Leidenschaft wurde und weswegen das kirchliche Leben an Wichtigkeit noch zunahm.

Während meiner zehnjährigen Ministrantenzeit wuchs in mir ganz langsam eine starke Liebe zu Christus und zur Kirche, und zudem brachte mich der Betrieb der nahen Wallfahrtskirche Maria Altenburg in Kontakt mit vielen Gläubigen und Priestern. Die Gymnasialzeit gestaltete sich etwas schwieriger. Doch hatte ich großes Glück mit meinem Firmpaten, der damals Kaplan in meiner Pfarrei war. Er unterstützte mich wie kein anderer und wurde mein bester Freund. Durch ihn traf ich auch eines Tages den irischen Pater Eamon Kelly LC, der 1989 als erster Legionär Christi nach Deutschland gekommen war. Dieser lud mich für Sylvester 1998 ins Noviziat nach Bad Münstereifel ein. Ich fuhr hin und war begeistert: Eine Gruppe junger Männer in Ordenskleidung, die auch noch gut Fußball spielten, gut kochten und schließlich tiefgehende geistliche Exerzitien für Jugendliche abhielten.

Von da an wurde mein geistliches Leben wesentlich stabiler. Die Katechsen für Schüler und Studenten der Legionäre Christi waren mir dabei eine große Hilfe. Wichtige Glaubensimpulse vermittelte mir auch das internationale Zusammentreffen von Legionären Christi und Mitgliedern des Regnum Christi im Jahr 2000 in Rom bei der Feier des 60-jährigen Gründungsjubiläums der Gemeinschaft.

Die Berufung wird klarer…

Auf die Oberstufe folgte schließlich das Abitur. Mir war inzwischen klar, dass ich für etwas leben wollte, das reiche Frucht bringt für Zeit und Ewigkeit. Dafür schien es zwei Optionen zu geben: Priester werden oder eine Familie gründen. Ich hatte allerdings schon das Gefühl, dass mich der Herr auf den Weg zum Priester rief. Da passierte im August 2002 Folgendes: Als ich nach der hl. Messe die Kirche verließ, fragte mich am Kirchenportal eine Frau, was ich nach dem Abitur vorhätte. Ich sagte ihr, welche Möglichkeiten ich sah und schloss mit den Worten: „Aber ich weiß noch nicht, was Gott von mir will.“ Sie hörte mir zu, sah mich an und sagte: „Diese Entscheidung kann dir Gott nicht abnehmen. Du musst dich entscheiden!“ Diese Worte trafen mich ins Herz. Keine Ahnung warum, aber in diesem Moment musste ich mir eingestehen, dass ich schon lange wusste, wohin Gott mich eigentlich führen möchte: zum Priestertum. In diesem Moment beschloss ich, mich auf diesen Weg zu machen. Und noch am gleichen Tag beim Abendessen sagte ich es auch meiner Familie: „Jetzt ist mir klar, dass ich Priester werde.“

Ich war noch nicht sicher ob Diözesanpriester oder Legionär Christi? Deshalb besuchte ich zunächst das Priesterseminar im Erzbistum München. Um auch die Legionäre Christi besser kennen zu lernen und etwas Abstand zum bisherigen Umfeld zu gewinnen und zu sehen, was Christus mit meinem Leben vorhat, machte ich mich auf den Weg nach Mexiko, wo ich ein Jahr als „Coworker“ im Regnum Christi an verschiedenen pastoralen Projekten der Legionäre Christi mitarbeiten durfte.

Von Bayern nach Mexiko und Rom

Die neun Monate, die ich in der mexikanischen Stadt Puebla verbrachte, wurden die bis dahin besten meines Lebens, und ich wurde von Gott in jeder Hinsicht reich beschenkt. Sicher trug auch die herzliche und lockere mexikanische Lebenseinstellung viel dazu bei. Zu Weihnachten 2002 nahm ich mit anderen 30 „Coworkern“ aus aller Welt an einer Pilgerfahrt nach Rom teil. Während der geistlichen Exerzitien in Stille in Rom erkannte ich, wie wichtig das Leben in Gemeinschaft und eine umfassende Ausbildung für einen Priester sind. Der Wunsch, Priester in der Ordensgemeinschaft der Legionäre Christi zu werden, festigte sich in dieser Zeit.

 „Jetzt bin ich angekommen“

Im Sommer 2003 begann ich zusammen mit sechs anderen jungen Männern die Kandidatur in Vorbereitung auf das Noviziat in Bad Münstereifel. Es war eine super Zeit! Bereits am ersten Abend nach meiner Ankunft kniete ich mich vor das Kreuz in meinem Zimmer und durfte ein jubelndes Glücksgefühl erleben. Ich sagte mir: „Jetzt bist Du da angekommen, wo Du hingehörst!“ Gott schien mich in diesem Augenblick teilhaben lassen zu wollen an seiner Freude, dass ich bis hierher seinem Ruf gefolgt war.

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Die zwei Jahre in unserem Noviziat in Deutschland genoss ich in vollen Zügen. Unter den 24 Mitbrüdern fand ich schnell Freunde, mit denen ich mich seitdem eng verbunden fühle. Es war so eine Lust, sein junges Leben ganz in die Hände Jesu zu legen! So eine Begeisterung, so ein Schwung, so eine Nächstenliebe! Unser Novizenmeister führte uns ein in die morgendliche einstündige Betrachtung der Heiligen Schrift. Täglich zwei Stunden Anbetung, Zeit, um sich vom Heiligen Geist ergreifen zu lassen in der Gegenwart Gottes.

Internationale Gemeinschaft und Theologiestudium

Ich bin ein Gemeinschaftsmensch. Das Zusammenleben und der Austausch mit meinen Mitbrüdern aus aller Welt haben mich vom ersten Tag an bereichert, besonders die Unterschiedlichkeit der Kulturen, Charaktere und Temperamente. Da war Spanien mit 220 Brüdern, Rom mit 475, Wien mit fünf Legionären Christi und fünf „Coworkern“, Bad Münstereifel mit 50 und nun die Generaldirektion mit 100. Es ist schon gewaltig, Brüder und Freunde zu haben, die aus allen Kontinenten kommen!

Studieren wir Legionäre Christi zu viel? Nichts von meinem Philosophie- und Theologiestudium erscheint mir bis heute überflüssig, in jedem Buch fand ich wertvolle Schätze für meinen Dienst als Seelsorger. Dankbar bin ich, dass ich so viele Themen in Ruhe vertiefen konnte, die für meine Arbeit als Priester wichtig sind.

Bevor ich mit dem Theologiestudium den letzten Teil meiner Vorbereitung auf die Priesterweihe abschloss, absolvierte ich einen sehr lebensnahen und grundlegenden Abschnitt meiner umfassenden Priesterausbildung: Das apostolische Praktikum, welches mich zuerst ein Jahr nach Österreich und dann zwei Jahre nach Bayern in die Jugendarbeit führte. Sehr beeindruckt und bereichert haben mich das Lebens- und Glaubenszeugnis der Menschen, die unsere Ordensgemeinschaft im Gebet oder materiell unterstützen. Von ihnen habe ich viel für mein Leben lernen dürfen.

Gerade dieses von Papst Franziskus ausgerufene Jahr der Barmherzigkeit, dieses letzte Jahr vor meiner Priesterweihe, war für mich ein Segen weil eine ausgezeichnete Vorbereitung auf das, was von nun an mein Dienst sein wird: Allen Menschen ein lebendiges Abbild der barmherzigen Liebe Gottes sein, ein anderer Christus.

Damit Christus in mir lebt!

Sehr dankbar schaue ich auf mein bisheriges Leben zurück, ein besseres hätte ich mir nicht vorstellen können! Überall durfte ich Gott erfahren, in jeder Begegnung und jedem Gespräch, in seiner ganzen Schöpfung, in Freud und Leid, bei all meinen Schwächen und Sünden. Ich habe die große Gewissheit, dass mich Christus zu seinem Priester berufen hat und bin unendlich froh und dankbar dafür! Für mich bedeutet dieser Weg der engen Nachfolge vor allem eins: Dass Christus in mir leben soll!

Leonhard MaierLeonhard Maier LC kam als erstes von drei Kindern am 14. Mai 1982 in Oberbayern zur Welt. Das Feuer für Christus begann zu brennen beim Dienst als Ministrant und bei den Katechesen eines Priesters der Legionäre Christi in der Heiliggeistkirche in München. Nach einer Unterhaltung war der Ruf ins Priestertum klar, doch sollte er ins Priesterseminar oder zu den Legionären Christi? Eine Woche Schweigeexerzitien in Rom gaben ihm die Gewissheit: Gott ruft ihn ins Ordensleben bei den Legionären Christi. Zwei Monate Kandidatur und zweijähriges Noviziat absolvierte er in Bad Münstereifel, humanistische Studien in Salamanca (Spanien), Grundstudium Philosophie in Rom, vier Jahre apostolisches Praktikum in Bayern und Österreich, drei Jahre Grundstudium Theologie (an der päpstlichen Hochschule Regina Apostolorum) und derzeit ist er dabei, sein Lizenziat in Dogmatik abzuschließen (bis Sommer 2017). Zum Diakon wurde er geweiht am 17. April 2016 in der St. Anna- Basilika in Altötting.

Juan Pablo Najera, L.C.

Juan Pablo: 1 ― Dios: 70 X 7 y contando

Les presento mi vida en un marcador: Juan Pablo: 1 ― Dios: 70 X 7 y contando. En realidad, yo tendría que estar en números negativos, pero Dios me ha perdonado varias deudas. En cuanto al 70 X 7, no vayan a creer que es igual a 490; es un modo evangélico de decir “infinito”.

Sé que es un marcador desproporcionado, pero no sería lo mismo sin mi «1» y a mí me hace gran ilusión poder aportarlo. Es como la gota de agua que el sacerdote pone en el cáliz y se pierde en el vino. En esa mezcla es mejor mantener la desproporción. Basta una gota para que se dé el milagro sin diluir el vino, que da sabor.

               También debo reconocer que ese «1» no es sólo mío. En gran parte se lo debo a mis papás de quienes he aprendido a confiar en Dios, en mi familia y en mi Iglesia. Ahora que lo pienso, quizá a ellos los debería poner del lado del marcador divino. Son de los dones más especiales que he recibido en mi vida.

               Me topo con el mismo dilema cuando pienso en mis hermanos, mis amigos, y mis hermanos legionarios. Todos ellos han contribuido al «1» que está de mi lado y todos ellos son dones de Dios. No sería lo mismo sin ellos. Ciertamente sin ellos no sería mejor.

               El partido comenzó mucho antes de que yo lo advirtiera. Cada día anotaba mi punto sin darme cuenta. Bastaba dejarme amar: 1 punto. Poco a poco el juego comenzaba a ponerse más interesante; entraban más elementos. Mientras uno crece, crece también el mundo en que se mueve; crece la independencia; crecen las posibilidades. El plan de juego lo aprendía principalmente de mis papás y de mi Madre, la Iglesia, pero no siempre fui fiel a sus estrategias. Así, hubo ocasiones en que me iba en ceros, o incluso en puntos negativos, pero también de eso fui aprendiendo: cada caída fue ocasión para levantarme. A grandes rasgos, este párrafo encierra mi infancia y primera adolescencia.

               Con todo ello, no había acabado de entender que Dios era un jugador activo en el juego de mi propia vida. Amaba a Dios, buscaba obedecer sus leyes y le rezaba como me habían enseñado, pero no me había dado cuenta de que Él constantemente me hablaba.  Un importante descubrimiento fue durante un retiro al final de la primaria donde un padre legionario nos invitaba a hablar con Jesucristo como con un amigo. Recuerdo que fui a la capilla, empecé un diálogo interior, y no sabía si estaba hablando conmigo mismo o con Jesucristo. Por un lado dudaba y por otro sentía ―no encuentro otra palabra para describirlo― que Alguien me decía «Soy Yo, soy Yo». No me lo decía con palabras. Me lo decía como una invitación a la confianza.

               Abro una pequeña paréntesis para explicar que el “juego” funciona de la siguiente manera: Dios pone todo de su parte y a mí me pide que confíe. Mi acto de confianza es el punto que sólo yo puedo anotar. Suena muy fácil… no lo es. Cada día presenta nuevos retos para confiar en Dios. Teniendo en cuenta que el acto más importante de fe es el que nos toca hacer hoy, podemos llamar este juego, “el juego de la fe”. Dice la Lumen Fidei, «La fe consiste en la disponibilidad para dejarse transformar una y otra vez por la llamada de Dios» (LF 13).

               El juego seguía poniéndose más interesante. Una vez que entiendes que Dios te habla, parece que Dios se emociona: surgen todo tipo de ideas (en estos momentos es bueno conocer a alguien con más experiencia en las cosas de Dios para ver si estas ideas realmente vienen de Él). Ante ciertas invitaciones, yo decía «ya sabía que me ibas a pedir esto», y confiar en Dios era cuestión de generosidad. Otras invitaciones, en cambio, suscitaban en mí un «híjole… esto no me lo esperaba». En estas ocasiones, confiar era cuestión de valentía, de emprender un camino desconocido, de abandonar las propias seguridades. Quien no se sienta capaz de abandonar ciertas seguridades, mejor que ni le entre al juego; mejor que se busque un ídolo. «Ante el ídolo, no hay riesgo de una llamada que haga salir de las propias seguridades, porque los ídolos “tienen boca y no hablan” (LF 13).

               Yo preferí jugármela con un Dios quien sí que habla. Dios me llamó al Regnum Christi, luego a dar un año de colaborador, luego al candidatado, y luego a ser Legionario de Cristo. Todo esto implicó abandonar muchas seguridades, pero hizo mi juego mucho más interesante de lo que hubiera imaginado.

               A estas alturas, yo pensaba que el juego había cambiado sustancialmente. Había entregado mi vida a Cristo como legionario. Esto debería valer más que un punto, ¿no? Además, la vida religiosa también presenta sus retos: la vivencia de los votos, las dificultades en la oración, la vida de comunidad, la renuncia a lo mundano, entre otros. No siempre era fácil pero no me faltaba motivación para levantarme cada día con grande ilusión de seguir acumulando puntos. Sin embargo, sucedía algo extraño: por más puntos que ―según yo― acumulaba, nunca me parecían suficientes. « ¡Soy Legionario de Cristo! ¡Cofundador! ¡Tengo que ser santo!―me decía a mí mismo― ¡Debería estar ganando mucho más puntos!» La ilusión se mezclaba con una cierta frustración; poco a poco esta disminuía y aquella aumentaba.

               Dice el Catecismo: «Se ora como se vive porque se vive como se ora» (CIC 2725). Pues bien, año tras año mi oración se iba volviendo más pesada. Externamente seguía siendo buen religioso y cumplía con mis debere; internamente me sentía atrapado en un círculo de frustración. Eso de acumular y acumular puntos se volvía cada vez más fastidioso. Encima, hubo veces que me fui a puntos negativos: esto era humillante. Es verdad que el juego había cambiado… pero no como yo lo esperaba. Menos mal que Dios nunca dejó de poner su 70 X 7. En un reciente retiro para sacerdotes decía el Papa Francisco: «Nada une más con Dios que un acto de misericordia, ya sea que se trate de la misericordia con que el Señor nos perdona nuestros pecados, ya sea de la gracia que nos da para practicar las obras de misericordia en su nombre».  A lo largo de mi vida religiosa, los momentos en que más he experimentado la cercanía de Dios han sido en el confesionario. Agradezco a Dios por todos esos sacerdotes ―principalmente hermanos en la Legión― a través de quienes he hecho esta experiencia de la Misericordia.

               Pero Dios no se conforma sólo con cumplir su parte. Él quiere vernos cumplir la nuestra. Y no sólo eso… quiere vernos hacerlo con paz y alegría. Así, en el “juego de la fe” Dios también la hace de coach. Y cuando un atleta está ciclado, atorado, o “enmañado” ―como queramos llamarlo―, la prescripción del coach es siempre la misma: back to basics. Es como si Dios me dijera «Juan Pablo, no se trata de acumular puntos. Yo tengo puntos de sobra. A ti te toca poner sólo un punto: confiar en mí». Dicho así en una frase suena muy fácil. En mi caso han tenido que pasar varios años para comenzar a asimilar esta enseñanza. «Señor ―insistía yo― yo quisiera darte más, quisiera orar mejor, quisiera caer menos… ¡quisiera ser más santo! ¡Quiero anotar más puntos!» «Juan Pablo ―repetía el Señor― no me interesan tus puntos. Tú pon la confianza. Lo de la santidad, la oración, y todas tus expectativas… todo eso déjamelo a mí». O dicho en el lenguaje de la misa: «No por ponerle más agua, el vino se transforma en la Sangre de Cristo; basta una gota. Demasiada agua diluye el vino; le quita el sabor». De nuevo tengo que agradecer a mis hermanos en la Legión; esta vez, a quienes han sido mis formadores y directores espirituales. En gran parte, ha sido a través de ellos que Dios me ha dicho estas cosas.

               ¿Y ahora qué sigue? A pocos días de la ordenación diaconal y a unos meses del sacerdocio, siento que Dios me invita al próximo nivel del juego. Quizá el siguiente paso sea quitar la división de marcadores. Aprender de María, campeona en la fe. Ella nunca está en competición con Dios; siempre se suma. En mi vida, por ejemplo, siempre ha favorecido la acción de Dios. Quizá de su mano pueda pasar de, «Juan Pablo: 1 ― Dios: 70 X 7»; a «Juan Pablo en Dios ―y Dios en Juan Pablo―: 70 X 7 +1».

Juan Pablo NajeraEl H. Juan Pablo Nájera, L.C., nació el 9 de diciembre de 1983 en Monterrey, México. Terminando los estudios de preparatoria dio un año como colaborador en el 2002. Después, ingresó en el 2003 al noviciado de los Legionarios de Cristo en Cheshire (EUA) donde también cursó las humanidades. Estudió la licenciatura en filosofía y el bachillerato de teología en Roma. Realizó sus prácticas apostólicas en Saltillo en la pastoral vocacional. Iniciará su ministerio como auxiliar en la Administración Territorial de Monterrey.

Luis Antonio López

El Señor te ha elegido para que seas objeto de su propiedad

Tenía 11 años y todo empezó con un deseo. Jesús pasó por la rivera de mi vida y me invitó a vivir una historia de amor, de amistad y de plenitud.

En mi familia somos seis hermanos, tres hombres y tres mujeres y yo soy el más pequeño. Vengo de una familia muy religiosa y practicante por parte de mi mamá. En mi familia tengo una tía canonizada, Santa María de Jesús Sacramentado Venegas, fundadora de las hijas del Sagrado Corazón de Jesús, que fue canonizada en el año 2000 junto con otros veinticuatro mártires mexicanos. También puedo decir que en mi pueblo se ha conservado mucho la fe religiosa gracias a la entrega y santidad de los párrocos. Toda esta religiosidad influyó mucho en mi niñez, aunque yo siempre fui un niño “travieso” y me la pasaba mucho tiempo en la calle jugando con mis amigos. Recuerdo que, entre otras muchas cosas de las que hablábamos como niños, nos preguntábamos qué queríamos ser de grandes. Yo siempre respondía que me iba a casar, pero la verdad esa respuesta no me convencía del todo.

La historia de mi vocación inició a los 11 años cuando uno de mis hermanos, que es un año mayor que yo, de un día para otro desapareció de la casa. Me dijo que se iba, que era un lugar donde iba a pasar el verano en la ciudad de México y que estaba muy feliz. A mí me costó mucho que se fuera mi hermano, pues siempre íbamos juntos a todas partes. Nos poníamos la misma ropa, dormíamos juntos y teníamos los mismos amigos. Me costó despedirme de él y le rogué mucho que se quedara. No entendía porqué se había marchado de casa ni a dónde iba. Recuerdo que lloré pero en el fondo estaba feliz porque él estaba feliz. A las pocas semanas me empezó a escribir cartas y a contarme lo que hacía: juegos, piscina, actividades, paseos, etc., me empezó a ilusionar y cuando lo fuimos a visitar mi mamá y yo, después de un mes y medio, lo vi muy feliz y muy cambiado.

No recuerdo si hubo un momento exacto cuando recibí la llamada, pero me gusta pensar en un momento donde me convencí de dónde tenía que estar y recuerdo que, una vez que tomé la decisión, sabía que era para siempre. Esto sucedió cuando fui a visitar a mi hermano, junto con mi mamá, a la ciudad de México. Recuerdo que viajamos de noche y fuimos a visitar la Virgen de Guadalupe. Estaba muy emocionado. Apenas llegamos al centro vocacional del Ajusco, donde estaba mi hermano, un lugar desde donde se contempla toda la ciudad de México, lleno de árboles, de campos de juego, tuve una moción interior que no me quedó la menor duda de que yo tenía que estar allí. Fue tan solo llegar, antes incluso de ver a mi hermano o a los demás seminaristas. Me sentía en casa. A partir de esa primera experiencia, todo ese día fue un confirmar esa primera impresión. También me llamó mucho la atención ver que todos los que vivían allí tenían un rostro muy feliz. Allí fue donde me decidí a entrar en el seminario y el momento en el que que me decidí a ser sacerdote. A partir de entonces empecé a decir a mis demás compañeros de la escuela que quería ser sacerdote. Esta respuesta sí me convencía y desde entonces hasta el presente me siento muy feliz de estar respondiendo a la llamada que Dios me hizo para ser sacerdote.

Durante mis años de seminario he estado en diversos países: España, Estados Unidos, Italia, Brasil, México y de nuevo Italia. Ha sido un recorrido largo pero bello. La gracia de Dios me ha asistido y acompañado en todo momento. He podido conocer diversos países, diversas culturas, muchos compañeros a lo largo de estos años y veo clara la mano de Dios que me ha sostenido en los momentos difíciles de este camino. Sin duda, no me hubiera sido posible llegar hasta el presente sin el apoyo de mi familia, de mis hermanos y de tantas personas que me han sostenido con sus oraciones. Mi gratitud la dirijo en modo especial a mis superiores y formadores que me han asistido en estos años y que han sabido ser instrumentos de Dios. Gracias a su entrega y su comprensión he podido salir adelante superando los diversos obstáculos que se han ido presentando en estos años.

Ahora que miro hacia atrás, no me queda más que admirarme y repito con el salmo 115: “Cómo pagaré al Señor por todo el bien que me ha hecho” el Señor. No soy yo quien ha elegido seguir al Señor, sino que el Señor me ha elegido. El Señor es fiel a sus palabras y puedo atestiguar que en ningún momento me ha abandonado. Pido a María el don de la perseverancia en este camino. Ella me ha protegido y acompañado también en este recorrido. A Cristo y a María va mi mayor gratitud por su fidelidad y su Misericordia.

lalEl P. Luis Antonio López, L.C., nació en Guadalajara (Jalisco), México. Es el menor de 6 hermanos. Entró en el centro vocacional del Ajusco, en la ciudad de México, a la edad de 12 años y a los 14 años lo enviaron a Valencia (España) donde hizo dos años de seminario menor. Ingresó al noviciado de Salamanca en el 2001 y tras la primera profesión en el 2003 fue enviado a Cheshire (USA) para estudiar humanidades. En el 2005 se trasladó a Roma donde estudió dos años de filosofía. De 2007 a 2011 ayudó en la formación de los seminaristas menores en Sao Paolo (Brasil) y después en la ciudad de Guadalajara (México). En el 2011 regresó a Roma para terminar sus estudios de filosofía y teología y en este período ha estado apoyando en la secretaría del territorio de Italia. El P. Luis Antonio comenzará su sacerdocio en Italia apoyando con grupos del Regnum Christi.”

Mairon Gavlik

Hemos conocido y creído en el amor (I Jo 4,16).

Soy el P. Mairon Wesley Gavlik Mendes, LC. He nacido en Laranjeiras do Sul, Brasil el 26 septiembre de 1985 en una familia católica.

Tengo un hermano cinco años menor; él ha estudiado psicología. He tenido una infancia y adolescencia normal: mucho deporte, muchos grupos de amigos. He sido scout desde chiquito y desde allí me han invitado a ser monaguillo. He tenido buen contacto con los sacerdotes de mi ciudad, misioneros de. S. Francisco Xavier, especialmente el capellán de mi grupo scout y mi párroco. Me gustaba la vida que llevaban siendo ministros de Dios a servicio de los hombres, especialmente en los sacramentos y en la predicación. Mi región parroquial es muy grande y no hay tantos sacerdotes. Así que había muchas comunidades que conocía que no tenían misa todos los domingos, por lo cual los fieles tenían solamente una celebración de la Palabra, pero no santa misa. Eso me ha cuestionado desde chico suscitando en mí el deseo de poder llevar Cristo a los demás en los sacramentos y en el servicio ordinario, de ser un misionero en las regiones donde los sacerdotes más hicieran falta.

Me considero una persona muy bendecida por Dios. He recibido el don del bautismo menos de un mes de nacido y he tenido un gran ejemplo de fe de mis familiares, especialmente de mis abuelos; siempre me han enseñado el amor que Dios y la Virgen María han tenido por mí. Me recuerdo cuando tenía 9 años; hemos ido de peregrinación al Santuario de la Virgen Aparecida, un viaje de casi unos tres mil quilómetros de ida y regreso. Llegando allá, todos estaban rezando con alegría y lágrimas. He preguntado qué pasaba y me han contado que cuando era muy niño, con poco más de un año de edad, casi he muerto por una grave enfermedad; un mes en el hospital entre la vida y la muerte. Entonces hicieran una promesa a la Virgen y poco a poco me he recuperado. Hasta los seis años, tenía que viajar todos los meses para hacer chequeos. Desde antes que hubiera nacido, he sido consagrado a la Virgen, al año otra vez; María ha estado siempre presente en mi vida y ha sido una madre que siempre me ha acompañado. Ha sido ella quien me condujo a Cristo.

Al empezar mi adolescencia, he conocido un sacerdote misionero de los Legionarios de Cristo; mi primo estaba en el seminario de ellos. Me ha impresionado y les he preguntado si yo también podía hacer una experiencia vocacional con ellos para ver si era mi camino, pues quería ser misionero. Tuve que esperar. Con la espera, el deseo se ha enfriado, pero no se había ido. Cuando tenía la edad para ingresar al seminario menor, he decidido hacer la experiencia por un mes. Nadie me creía. Era más bien un joven que le gustaba las diversiones y no era tanto de rezar. Así empezó la experiencia en el seminario de los LC a 400 km de mi ciudad. Allí me he dado cuenta que Dios tenía algo para mí, una misión para ayudarle en la salvación de las almas. No lo tenía todo claro, pero en mi corazón sentía que Dios me quería allí dedicándome del todo a él y a que todas las personas lo conocieran y le amaran. Después de un par de años, al concluir el bachillerato, he pedido ingresar al noviciado de los LC para concluir mi discernimiento, para ver si Dios verdaderamente me quería su sacerdote o más bien que siguiera como un laico comprometido con su fe. Las alegrías y las dificultades no faltaran; esos han sido los dos caminos que me han conducido siempre más a Cristo y que me hicieron percibir la presencia cercana de Dios y de la Virgen María. Él me invitaba a colaborar con él en la LC, era lo que más quería, pero dependía de mí. A lo largo de mi formación, las oportunidades de una vida más tranquila, más cercana de los míos, de una vida más para mí… siempre han estado. Siempre me he maravillado de cómo Dios respeta nuestra libertad hasta las últimas consecuencias y de cómo nunca deja faltar su gracia. A lo largo de los años de formación –noviciado en Brasil, humanidades clásicas en España, filosofía en Italia, trabajo pastoral en Brasil, licencia en Roma, pastoral en Alemania y Austria, teología en Italia – he podido percibir con creciente claridad el don que Dios había depositado en mi corazón, el de ser su consagrado, su mediador con los hombres, de participar de su misma paternidad, ser su legionario. Lo que más me atrajo de la Legión ha sido su espíritu de familia, su vivo cristocentrismo y su dinamismo, su garra apostólica: dejarse tocar por el amor de Cristo cada día más y buscar compartir ese amor al mayor número de personas posible colaborando con él en la extensión de su Reino de amor.

Nós conhecemos e cremos no amor (I Jo 4,16)

Sou o Pe. Mairon Wesley Gavlik Mendes da família religiosa dos Legionários de Cristo. Nasci em 1985 em Laranjeiras do Sul, no seio de uma família católica…

tenho um irmão mais novo e muitos primos e maravilhosos. Como poucos, sou uma pessoa VIP; Vim do Interior do Paraná, uma região muito rica, com muita qualidade humana, pessoas de bom coração e grandes ideais.

Tive uma infância feliz; vida familiar, esportes, muitos amigos e sentido aventureiro. Desde pequeno participei do grupo escoteiro. Ali cultivei grandes amizades, aprendi a enfrentar as dificuldades que a vida nos traz, não somente para sobreviver, mas principalmente para ver nelas oportunidades de crescimento pessoal; aprendi também que cada dia, apesar de todos seus desafios, sempre se pode viver buscando fazer o bem, colocando Deus, o bem do próximo como prioridade. Percebi que tinha recebido muito de Deus e que existiam pessoas muito mais necessitadas de mim, as quais eu podia ajudar com alguma boa ação fazendo algo melhor a vida delas.

Desde pequeno, tive a oportunidade de conhecer bons sacerdotes, homens de Deus ao serviço dos próprios irmãos. Impressionava de modo especial aqueles missionários que deixavam a própria terra para levar o amor de Deus aonde faltavam sacerdotes. E não precisava ir muito longe; eu conhecia vários lugares onde, por falta de sacerdotes, não se tinha missa. E me dizia: “se eu fosse sacerdote, poderia ajudar essas pessoas”. Um bom dia, conheci um padre missionário que me impressionou pelo seu modo ser; era um Legionário de Cristo que acompanhava aqueles jovens que estavam pensando entrar no seminário. Quando fiquei sabendo disto, perguntei se eu também poderia fazer uma experiência vocacional para ver se aquilo era para mim. Tive que esperar, pois era muito jovem. O tempo foi passando, a juventude trouxe outros interesses; contudo, sabia que algum momento da minha vida, deveria ir fazer uma experiência vocacional no seminário daquele padre para ter certeza do que Deus tinha pensado para mim, do que eu queria fazer com minha vida.

Surgiu a oportunidade e decidi passar um mês com os legionários; ninguém me acreditava! “Ele não vai ficar nenhum mês lá…”. Era um jovem que gostava mais de esportes, passear, sair com os amigos, fazer festa; externamente, meu perfil não era muito de oração. Ademais, estava a quase 400 km da minha casa, o que implicaria ficar longe dos pais; não parecia ter muito futuro. Mas eu queria fazer aquela experiência. Foi muito boa. Experimentei a presença muito próxima de Deus e de nossa Senhora, quem desde pequeno sempre me cuidou; também me senti em casa, numa nova família. Ali, meu coração foi percebendo que Deus tinha algo para mim, uma missão que compartilhar e que se eu quisesse verdadeiramente descobrir qual era o plano que Deus tinha pensado para mim, deveria estar mais perto dele na oração, pois era na oração onde podia escutá-lo melhor. Esta experiência se transformou em anos onde pude perceber que Deus me convidava ajudar-lhe na salvação das almas, para que o maior número de pessoas pudesse conhecer o amor que Ele nos tem, em ajudar verdadeiramente as pessoas em todos os aspectos da sua vida, especialmente em descobrir o sentido do próprio existir: criados por amor e para amar.

A vida sempre nos oferece muitas oportunidades; e várias são muito boas: uma boa profissão, fazer uma carreira, construir uma família bonita, construir uma vida serena. Para mim não foi diferente. Porém sempre estive convencido que são poucas as coisas que verdadeiramente são importantes, que na realidade uma só é necessária: viver com Deus aquela aventura que ele pensou para nós antes mesmo que nascêssemos; descobrir este plano é o caminho de felicidade para cada homem, para que cada homem possa ser feliz e fazer realmente feliz aqueles que estão ao seu entorno. Ao longo da minha formação pude conhecer e acompanhar muitas pessoas, levar uma mão amiga, uma palavra de consolo, a minha simples presença quando era melhor calar ou quando não tinha palavras; lembro-me de alguns dos seus sofrimentos, mas principalmente de rostos tristes que de repente desabrochavam num sorriso, num olhar de esperança ao perceber a presença de Deus nas suas vidas. Neste tempo, pude perceber o dom que Deus tinha posto no meu coração, aquilo que eu mais queria, pois queria ser todo dele, ser seu consagrado para amá-lo no serviço dos meus irmãos, ser ministro do seu amor, uma ponte entre Ele e os homens…. Uma das coisas que mais me impressiona de Deus, é que Ele nos convida, mas sempre nos deixa livres para aceitar ou não o seu plano maravilhoso. Deus nos trata como filhos porque Ele nos ama como Pai de modo gratuito, desinteressado e misericordioso. Somente quem experimenta seu amor paterno pode ser instrumento seu amor.

A Legião de Cristo foi a segunda família que Deus pensou para mim; ali pude conhecê-lo mais, experimentar seu amor, viver a realidade da Igreja que é um corpo feito de muitos membros, mas alimentados pelo mesmo espírito vital e guiados pela mesma cabeça que é Cristo. Sobretudo, sempre me identifiquei com o carisma do Regnum Christi, que é viver como apóstolos formando outros apóstolos, buscar os melhores meios para conhecer o amor que Cristo nos tem e, como testemunha do seu amor, buscar que o maior número de pessoas o conheçam e o amem para que Ele reine no coração de cada pessoa e de toda a sociedade. Isto é o único que pode mudar verdadeiramente o mundo!

gavlik-maironSoy el P. Mairon Wesley Gavlik Mendes, LC. He nacido en Laranjeiras do Sul, Brasil el 26 septiembre de 1985 en una familia católica. Tengo un hermano cinco años menor; él ha estudiado psicología. He tenido una infancia y adolescencia normal: mucho deporte, muchos grupos de amigos.

PT Sou o Pe. Mairon Wesley Gavlik Mendes da família religiosa dos Legionários de Cristo. Nasci em 1985 em Laranjeiras do Sul, no seio de uma família católica; tenho um irmão mais novo e muitos primos e maravilhosos.

Michael O’Connor

“Before I formed you in the womb I knew you,
and before you were born I consecrated you;
I appointed you a prophet to the nations.”
Jeremiah 1:5

The vocation to the priesthood is not something that a man chooses, but rather a call that he responds to. God is the one who chooses. He doesn’t choose the most qualified, but he qualifies the ones that he calls to do his work, to lead souls on the road to salvation.

Join the Legion, see the world!

Well, that is not exactly the reason that I began this journey to the priesthood within the Congregation of the Legionaries of Christ, but it has certainly a blessing for me. Being an international congregation the Legion has centers throughout the entire globe and by the grace of God I’ve been asked to move around quite a bit. God knows exactly what we need and when we need it.

When did this whole journey begin? It is hard to put a date and place on it for me as to when it all began for me. It wasn’t an angel in bright light or a voice from the heavens. I think that throughout my entire life I was enriched with knowing many people and have always sought to discover the best in everyone and try to imitate that. For me the figure of the priest has always been something outstanding. It takes a lot to dedicate your whole life to serving others. In a sense, I consider my recognizing my vocation part of the vocation of my family. Little by little we’ve gone about becoming more “faithful Catholics” together. Sometimes mom and dad were breaking the trail, us kids were dragging behind at times. Then, at a certain point I think God used us to take the front line. Now, we take turns helping each other mutually grow in our faith and relationship with Christ.

Throughout my childhood and teen years the Church was always present. Sometimes my siblings and I were “kindly invited by mom” to help cleaning the pews under orders from mom or working on the Church property to trim bushes or rake leaves. We spent time in and outside the Church. I got to know a number of priests, both diocesan and religious. Still, within me, the desire to follow in their footsteps didn’t begin to grow until the end of High School and didn’t crystalize until I’d made a commitment to dedicate more of my time to Christ. Little by little I formed a desire to service and to make others happy by what I do and commit myself to.

Finishing High School, I was invited by my spiritual director to consider the idea of spending a year before college as a volunteer for the Regnum Christi Movement. It sounded like something very attractive to me, although I didn’t make any commitment at the time. As graduation approached I began to consider the possibility more seriously and in the end made a small act of generosity that God used to begin a great work in my soul. This is a pattern in my life that looking back I recognize more and more. God takes our little acts of love and multiplies them infinitely. From this year of service work was born a vocation and from this vocation a desire to respond generously to the call.

Rome sweet home!

Before entering the novitiate in Cheshire I did a formation course for a month, spiritual exercises for a week and was present in St. Peter’s square for Pope Benedict XVI’s election, each on a different trip! There has always been something about Rome that has attracted me and drawn me back. Little did I know that I’d end up spending 5 more years studying and evangelizing in Rome before being sent on my apostolic mission as a priest.

Toward the end of high school I followed in the footsteps of my older sister, Carrie, who had given a year of service work with Regnum Christi. I thought it was something very impressive that she would take a year off from going to university to go wherever they sent her and not be paid for it. There has always been a special bond between the two of us, and this certainly had something to do with my decision to do the same in 2004. Later that year she entered the Consecrated life in Regnum Christi.

I was assigned to work in Washington D.C. with adolescents and youth. There were a number of boys’ clubs that I visited with a Legionary brother and we also ran camps in Virginia, Delaware and North Carolina. It was a year of a lot of growth for me. I was learning life skills and dealing with all kinds of people while struggling to give the best of myself to others.

Toward the end of the year I was beginning to feel a tug in my heart to see about doing another year of service work. It had helped me a lot and I wanted to continue on the path of being an instrument of God in the lives of others. It all became quite clear one night during week-long spiritual exercises in Rome kneeling before the Blessed Sacrament exposed in the chapel of the Center for Higher Studies. I felt a deep peace in my heart and a clear idea in my mind, I needed to go to the candidacy in Cheshire in the summer to “taste and see” if God was calling me to the priesthood.

The adventure begins

Oftentimes formation years seem eternal. There was no exception in my case. But now, looking back at eleven years of formation, I ask myself “where did the time go?” As one gets older, the years go faster and faster. There is a point where a semester passes in the blink of an eye.

From the moment I entered the novitiate I have felt the hand of God in my life. By no means have these years all been easy. God is a good Father and goes about forming us in many ways.

Looking back, I can see clearly that the experiences that God allowed me to have all been a preparation for what has followed and what is awaiting me in the future. All the souls that God has allowed me to come into contact with have been for me a gift. I am certain that each and every person has given me something that has helped me in my apostolic life up to this point and what is awaiting me in the future.

My first years on the apostolate were spent in the Apostolic School in New Hampshire as an assistant of pre-candidates in the minor seminary. It was a moment of learning the art of working with adolescents and accompanying them in their spiritual life while I also grew in mine. This has been my experience in working with young people throughout my legionary formation. I always find myself excited about giving and then end up receiving so much more.

Returning to Rome for my studies I was blessed to continue to work in the Parish of Gran Madre di Dio in Ponte Milvio and a few activities with groups of young people while balancing with my studies. I came back with a great desire to serve the people that God put on my path. I found myself surrounded by a beautiful family at the parish and many new friends that have supported me throughout this journey with their prayers and example.

Another blessing upon returning to Rome was to be among so many of my legionary brothers, many of whom I hadn’t seen for a few years, and spend this last stretch before ordination accompanied by and accompanying them. The family spirit that we live in the Legion has always been a clear sign for me that God is calling me to this life. To have so many brothers who are there to support, who are on the same journey, who share their experiences, blessings and sufferings is priceless in the life of a priest. When I encounter a new situation that I don’t know how to confront I know that I can go to one of my brothers who will give me advice that I can count on. This has been my experience throughout these years.

The Last Stretch

Returning for the final leg of theological studies was a reality check for me. With the rush of activity and the multiple responsibilities while I was on internship, arriving to Rome was a moment of pause. It is a strange feeling after living in the fast lane for years and then suddenly to find oneself before a stack of books trying to transfer information from them into the mind.

I went from praying my morning meditation when I wasn’t waking up the boys for the day or leading their meditation before Mass to having an entire hour to spend with Christ. It was like a breath of fresh air for my spiritual life. These last years have helped me to value how important prayer life is for the life of a priest. It is from prayer that we draw our strength.

Another reflection that comes forward in this moment is that the priesthood is too great for me! I cannot possibly fulfill all that Christ is asking of me! It is too much! Drawing near to the diaconate ordination this was constantly on my mind. I need to trust in God to persevere in this vocation. There are so many souls that are counting on my priestly vocation and God has chosen me as his instrument of mercy, but I must abandon myself to his hands completely. This has been my prayer in this last stretch. After spiritual exercises during Holy Week I was able to find this peace that I was looking for. It was in prayer, no longer simply a logical idea that occurred to me, that I found peace. Jesus Christ gave me this grace of abandonment to his grace. I pray every day for perseverance in this vocation and for each and every one of the souls that God will put in the path of my priestly ministry.

Michael O'ConnorHe was born in Olympia Fields, Illinois on November 11, 1985, second of 5 children. Michael grew up in Michigan playing sports and working different jobs. He was always nurtured by the faith in his adolescent years and through high school, attending retreats, conventions, missions in Mexico and World Youth Day in Toronto. Finishing High School he did a year of service work as a volunteer with the Legionaries of Christ in Washington, D.C. His thoughts began to turn seriously to the priesthood during this year of service work. He entered the novitiate of the Legionaries of Christ in Cheshire, CT in 2005, then was sent to Dublin, Ireland for his second year of novitiate where he professed his first vows. In 2007 he did his classical studies in Salamanca, Spain before arriving to Rome for philosophy studies. The Legion asked him to work in two minor seminaries following these studies and then he returned to Rome to finish up the Ecclesiastical Studies with 3 years of theology. Eleven years later he is just a few small steps from being a “Priest forever in the line of Melchizedek” (Heb. 7:17)

Nikolaus Klemeyer

Gott ist die liebe. Ich bin von ihm geliebt.

«„Die Bekehrten sind lästig”, sagte [Georges] Bernanos. Aus diesen und anderen Gründen habe ich lange gewartet, den vorliegenden Bericht zu schreiben. Es ist schwierig, von der eigenen Bekehrung zu sprechen, ohne von sich selbst zu sprechen. […] Wenn ich nicht umhin kann, oft in der ersten Person zu sprechen, so deshalb, weil es für mich klar ist – ich wünschte, es gelänge mir, meine Leser ebenso davon zu überzeugen -, dass ich nicht die geringste Rolle bei meiner eigenen Bekehrung gespielt habe.»

Dies ist ein Zitat aus dem Buch „Gott existiert. Ich bin ihm begegnet!“ von André Frossard. Es rückt am Anfang dieses Zeugnisses mein Grundanliegen ins rechte Licht. Es geht nicht um meine Lebensgeschichte, sondern um Gottes Handeln im Leben meiner ganzen Familie.

Ich möchte die Berufungsgeschichte im Bremerkreis, in Norddeutschland, anfangen. Dort findet man den „Klemeyerhof“, einen wunderbaren alten Bauernhof im Besitz einer tief evangelisch-lutherischen Familie. Mein Großvater war evangelischer Pfarrer und deutscher Offizier. Aus Treue zu seiner Truppe ist er in die russische Gefangenschaft gegangen und dort geblieben. Ein Jahr nach Kriegsende starb er in einem sibirischen Kriegsgefangenenlager. Meine Großmutter hat als Kriegswitwe ihre drei Söhne allein im Umkreis von Göttingen großgezogen. Sie war tief religiös und noch tiefer evangelisch, so dass meine Mutter sie einmal spaßeshalber einen “evangelischen Kardinal” nannte. Sie war Mitbegründerin des Marburger Kreises –einer evangelischen Gebetsbewegung-, in dem sie über Jahrzehnte hauptamtlich mitarbeitete. Die Pastorentradition wurde durch den ältesten Bruder meines Vaters weitergeführt. Alle drei Brüder widmeten sich intensiv der klassischen Musik; mein Vater und der mittlere der drei Brüder auch beruflich.

Meine Mutter wurde in Bremen geboren und entstammt ebenso einer tief-religiösen evangelischen Familie. Mein Urgroßvater mütterlicherseits war Pfarrer im Raum Stuttgart und hat sich mit seiner Frau ganz dem Dienst der Gemeinde gewidmet. Der Vater meiner Mutter war Kinderarzt. Er war sehr belesen und tief interessiert an den Fragen über Mensch und Gott. Wir entdeckten nach seinem Tod, dass sowohl die Schriften von Johannes Paul II wie auch von Joseph Ratzinger ihn sehr beschäftig hatten.

Mein Vater ging 1976 als Soloflötist an die Münchner Staatsoper. So wuchsen wir Kinder in Bayern, konkret in Pöcking am Starnbergersee, auf. Als Grundschule wählten meine Eltern bewusst eine kleine katholische Privatschule in einem Vorort Münchens. Zuhause versammelten wir uns gerne zum Spielen auf dem großen Innenhof der katholischen Pfarrei in Pöcking, denn unser Grundstück grenzte an die Katholische Kirche. Die Treppen zur Kirche waren sowohl Tankstelle wie auch Werkstatt für unsere Kinderfahrräder. Kam nun der katholische Priester vorbei, so lud er uns manchmal ein, die Kirche zu betreten. Von Christi Gegenwart im Tabernakel ahnten wir jedoch nichts.

Christus war sehr präsent in unserer gläubigen Familie. Wir wurden getauft, wir beteten gemeinsam, gingen am Sonntag zum Gottesdienst und waren eine Familie, die den Glauben auf sehr natürliche Weise lebte. Die Schulfeste waren immer gezeichnet von der katholischen Messe, gestaltet von der Katholischen Integrierten Gemeinde. Als Kind nahm ich auch teil an einer katholischen Früherziehung nach Sofia Cavalletti, einer Mitarbeiterin von Maria Montissori. Diese wurde von einer tief gläubigen mexikanischen Katholikin, Freundin meiner Mutter, geleitet. Dort wurde ich eher unbewusst mit den katholischen Grundwahrheiten vertraut. Meine Eltern hatten ein sehr offenes Verhältnis zum Katholischen und schätzten den Reichtum und die Schönheit des katholischen Glaubens.

Diese ersten Samen christlichen Glaubens und eben auch schon das Katholische durften in einem nahrhaften Boden aufwachsen. Denn das Klima in meiner Familie war äußerst warmherzig und geborgen. Wir waren eine große Familie (zu acht), die immer auch „Zufluchtsort“ für viele andere Familien und Freunde war. Mein Vater und meine Mutter waren somit Vater und Mutter für mehr als nur für uns. Das Wort „Zuhause“ bedeutete viel für uns: Geborgenheit, Frieden, Heiterkeit und Witz, Wärme und eben ein tiefes Gefühl von „zuhause sein“. Auch gefördert durch den frühen Kontakt mit der Musik, hat sich somit in mir ein Herz gebildet, welches Liebe, Freundschaft und Treue sehr hoch schätzte. Ich sehnte mich immer nach Echtheit und währender, tiefer Liebe.

1997 wurde ich, damals zwölfjährig, von einer befreundeten Familie eingeladen, an einer Pilgerfahrt in Rom teilzunehmen. Die Betreuer dieser Fahrt waren die Legionäre Christi. Es waren äußerst intensive Tage, da für mich das so katholische Umfeld gänzlich neu war. Diese Erfahrung war der Grundstein für den zukünftigen Berufungsweg. Gott schenkte mir damals zweierlei: eine große Offenheit und eine Gewissheit, dass ich mein Zuhause in der katholischen Kirche und in der Familie des Regnum Christi finden werde. Hier hatte ich auch einen ersten Kontakt mit der Gottesmutter Maria. Ich sprach ein einfaches Ave Maria, welches mir einer der Jungen auf einen Zettel schrieb, vor ihrer Statue. So ist Gottes Wirken: unscheinbar, aber mächtig.

Dieser erste Kontakt mit den Legionären Christi brach nicht ab. Ich begann an verschiedenen Jugendlager teilzunehmen. Dies war zum Genießen: man durfte unter Jungen sein, die auch den Glauben lebten und dabei war nichts Frömmelndes. Ich wuchs so in den katholischen Glauben hinein, so sehr, dass ich im Sommer 2001 den ersten offiziellen Schritt tat: ich bat darum, in die katholische Kirche eintreten zu dürfen und gefirmt zu werden.

Zu diesem Zeitpunkt habe ich das katholische Leben schon über vier Jahre hinweg intensiv mitbekommen. Aber eben immer nur in einer gewissen Distanz. Ich ging während der Jugencamps oder Reisen nach Rom niemals zur Beichte und empfing auch die Heilige Kommunion nicht. Ich verstand, dass mir die volle Gemeinschaft mit der katholischen Kirche fehlte und so der Empfang der Sakramente nicht kohärent war. Aber der Sehnsucht war da und auch das Verständnis, was für einen Reichtum die Sakramente, besonders die Eucharistie und die Beichte, beinhalten.

Mit der Entscheidung katholisch zu werde, die meine Eltern als bewusste Entscheidung meinerseits unterstützten, reifte auch meine Wunsch, Priester in der Legion zu werden. Der Eintritt in den Orden war eigentlich nur noch eine Frage der Zeit. Jedoch war er motiviert vom Wunsch, Christus mein ganzes Leben zu geben. Diese Freude an der Hingabe reifte über die langen Jahre der Vorbereitung auf das Priestertum hinweg, war aber von Anfang an präsent.

Seit meiner Kindheit spielte ich intensiv Geige, mit dem Wunsch dem Beispiel meines Vaters zu folgen und Musiker zu werden. Nun aber, mit der Sicherheit, zum Priestertum berufen zu sein, war für mich der Mühe- und Zeitaufwand in der Musik nicht mehr gerechtfertigt. So wollte ich meinem Leben eine klare Ausrichtung geben und besuchte für ein Jahr das Kleinseminar der Legionäre Christi in den Vereinigten Staaten. Dort beendete ich die Schule, um dann 2003 mit 18 Jahren in Bad Münstereifel dem Orden beizutreten.

Die Berufung sprengt viele Rahmen. Meine ganze Familie wurde in einem gewissen Sinne berufen. Bald schon traten meine Mutter und meine kleine Schwester der katholischen Kirche bei. So auch mein älterer Bruder durch seinen Entschluss, sein Lebensweg innerhalb der Katholischen Integrierten Gemeinde zu suchen. Mein Vater wurde “Dulder” der häufigen Besuche von Patres und Brüdern der Legionäre. Er schloss den katholischen Glauben und auch das Regnum Christi immer mehr in sein Herz. Als eher wortkarger Mensch, wenn es um innere Überzeugungen und Gedanken ging, offenbarten seine Taten und Reaktionen seine wahre Haltung. Bald besuchte er treu die katholische Messe an der Seite meiner Mutter. Für ihn war es selbstverständlich, als Evangelischer nicht zur Kommunion zu gehen. Die Begründung dafür, dass er nur noch zur katholischen Messe ging, war: “Wenn ich beim evangelischen Gottesdienst keine gute Predigt höre, gehe ich leer nach Hause. Bei der katholischen Messe ist es die Liturgie selber, welche mir unabhängig von der  Predigt den Reichtum des Glaubens übermittelt.”

Somit drang er zum Mittelpunkt des katholischen Glaubens vor, der Liturgie als Vergegenwärtigung der Geheimnisse Christi und erfuhr in meiner Mutter und auch der ganzen Regnum Christi Familie, was katholisches Leben ist. Dennoch war die Überraschung und Freude groß, als er mir auf seine nüchterne Art im Herbst 2009 sagte, er plane nun katholisch zu werden. Die wenige Monate darauf folgende Firmung dieses 67 alten Mannes aus urevangelischer Familie war ein Wunder der Gnade Gottes.

Wenn man mich fragt, ob meine Eltern durch mich katholisch geworden sind, kann ich immer nur sagen:”Nein!” Es ist ein Geheimnis der Gnade Gottes. Natürlich war ein Wunsch da, dass eines Tages meine ganze Familie katholisch werde, aber niemals fühlte ich mich fähig, dies zu bewirken. Im Falle meiner Mutter war es eben ein Same, der schon früh in sie gelegt wurde. Ich fragte sie einmal, warum sie katholisch geworden sei, und sie konnte es nicht wirklich beantworten. Gott hatte in ihrer Seele schon früh eine Sehnsucht zu katholischen Kirche geweckt, die sie in der belesenen und tiefen Art ihres Vaters durch Lektüre und innerem Staunen über den Reichtum nährte. Das Katholische war kein Fremdkörper und fing an etwas Eigenes zu werden.

Im Dezember 2012 hat Gott unerwartet einen Lebenskreis in unserer Familie geschlossen. Mein Vater starb innerhalb einer Woche an einem Lungenversagen. Wir alle, sei es meine Mutter, meine Geschwister und ich selber, hatten uns immer ein Leben mit unserem alten „Väterchen“ vorgestellt. Ob nun Großvater für seine Enkelkinder, Vater anwesend bei der Priesterweihe oder Ehemann, der mit meiner Mutter einen ruhigen letzten Lebensabschnitt verbrachte, dies war er immer für uns. Nun aber verschied er nach kurzem Todeskampf und wurde von Gott heimgeholt.

Wir empfanden, dass Gott damit einen Kreis schließt. Er wollte es so, er wollte sein Werk, ein Teil seines Planes mit unserer Familie schon frühzeitig abschließen. Der Überraschung über eine so schnelle Bekehrung folgte auch die Überraschung eines so schnellen Todes. Beides jedoch passte zusammen und für beides sind wir in unserer Familie dankbar.

Gottes Weg mit den Seelen ist und wird für mich immer Quelle der Betrachtung und Dankbarkeit sein. Schon unsere himmlische Mutter hat uns gelehrt, ein betrachtendes Herz zu bewahren. Seine Mutter bewahrte alles, was geschehen war, in ihrem Herzen (Lukas 2, 51). Betrachten und Vertiefen führt zum  Weitergeben. Vielmehr wird das Wasser, das ich ihm gebe, in ihm zur sprudelnden Quelle werden, deren Wasser ewiges Leben schenkt (Johannes 2, 14). Gott als Liebe zu erfahren, sowohl im eigenen Leben, wie auch im Leben derjenigen, die uns umgeben, ist immer Ursprung für das Wirken der Gnade in so vielen Seelen. Wir müssen uns dabei nichts einfallen lassen, sondern Gottes Plan nicht stören.

Dios es amor. Estoy amado por él.

“Los conversos son molestos”, dice [Georges] Bernanos. Por esta razón, y por algunas otras, he diferido mucho tiempo el escribir este relato. Es difícil, efectivamente, que uno hable de su conversión sin hablar de sí […] Así, a menudo, me resigno de hablar en primera persona, es porque está claro para mí, como querría que lo estuviese en seguida para vosotros, que no he desempeñado papel alguno en mi propia conversión.

He querido empezar mi historia con esta cita de André Frossard del libro “Dios existe. Yo me lo encontré” para dejar clara mi intención fundamental. Mi intención es mostrar la acción de Dios en la vida de la propia vida y la vida de mi familia.

El inicio de mi historia vocacionale se sitúa en el norte de Alemania, en la zona de Bremen. Ahí se encuentra la “hacienda de los Klemeyer”, un muy hermoso rancho antiguo en posesión de una familia arraigadamente evangélica-luterana. El abuelo paterno era un pastor luterano y un oficial militar. Por mantenerse fiel a su tropa los Rusos lo hicieron prisionero junto con ella y se quedó en Siberia. Sobrevivió sólo pocos años la dureza de los campos de concentración rusos. Mi abuela entonces crio como viuda de guerra a sus tres hijos. Muy religiosa y aún más luterana, tanto que mi mamá la llamó una vez de broma “un cardenal protestante”. La tradición de los pastores siguió con mi tío, el mayor de los tres hermanos. El del medio y el más joven, mi papá, se dedicaron a la música.

Mi mamá igualmente proviene de una familia profundamente luterana. El abuelo de mi mamá se dedicaba como pastor plenamente a la cura de almas en las parroquias. El papá de mi mamá era médico. Amante de la lectura, reflexivo e interesado como era, nos dimos cuenta después de su muerte, que estudió a fondo sea los escritos de Papa San Juan Pablo II como los del entonces Card. Josef Ratzinger.

Puesto que mi papá recibió en el año 1976 un puesto como flautista en la ópera de Munich nosotros pasamos nuestra niñez en el sur de Alemania, cerca de Munich. Fuimos a una escuela católica y jugábamos en la plaza delante de la Iglesia católica, vecina de nuestra casa. La escalera de la Iglesia católica se convirtió para nosotros en gasolinera y taller para nuestras bicicletas. Vino a veces el sacerdote católico y nos invitó a entrar a la Iglesia. De la presencia de Cristo en el tabernáculo no sabíamos todavía nada.

Dios sin embargo estaba muy presente en nuestra familia. Eramos bautizados, rezábamos en familia y los domingo nos fuimos al servicio luterano. Vivmos la fe de manera natural y familiar. Las fiestas escolares en la escuela eran marcadas por la misa católica organizadas por un movimiento católico alemán. Participé también en unas clases de catequismo para niños, organizadas por una mexicana católica muy creyente según la pedagogía de Sofia Cavalletti, colaboradora de Maria Montissori. Así la vida católica pronto se me hizo familiar de manera inconsciente. Nunca tematizamos lo católico como algo contrario a lo evangélico-luterano. Lo importante era la fe en Cristo. Mis papás eran muy abiertos a catolicismo y valoraban también la riqueza de la fe católica.

Esta semilla de fe y también de lo católico pudo desarrollarse en un ambiente muy sano. Mi familia era súmamente cálida y acogedora. Era una familia grande y muchas veces refugio para otras familias. Así mis papás eran “papás” de más que sólo nosotros. Esta en casa significaba para nosotros: seguridad, paz, alegría y bueno humor, calor y tranquilidad. Además el contacto con la música me ayudaba de hacer crecer en mi un corazón que valoraba mucho la amistad, la fidelidad, la autenticidad y amor duradero y profundo.

En el año 1997 una familia amiga me invitó a participar en un campamiento en Roma. Los organizadores eran los Legionarios de Cristo. Ya que me interesaba ver Roma, me apunté. Eran días súmamente intensos, puesto que era un ambiente totalmente nuevo para mí. La experienca vivida en Roma era la piedra fundamental para mi futuro camino vocacional, dentro de la Iglesia católica, como también dentro de la Legión. Dios me regaló dos cosas: una grande apertura interior y una seguridad que mi “casa” la encontraría en la Iglesia católica y en el Regnum Christi. También tuve mi primer contacto con la Virgen María. Recé mi primer Ave María, que un chico me dejó escrito en una ficha

Este primer contacto con los legionarios de Cristo no terminó. Empecé de asistir a diversos campamentos para jóvenes. Eran para difrutar: uno pudo estar entre jóvenes, vivir la fe abiertamente y con mucha alegría. Viví unos cinco años con un contacto directo con lo católico. En los campamientos no iba a comunión ni a confesión, sabiendo que me faltaba todavía la plena comunión con la Iglesia, pero había un gran deseo de recibir los sacramentos. Por esto pedí en el año 2001 de poder recibir el sacramento en confirmación y así convertir definitivamente a la Iglesia Católica.

Mi decisión de hacerme católico, la cual mis papás apoyaron como una decisión consciente de mi parte, hizo madurar también mi decisión de llegar a ser sacerdote en la Legión. Entrar en la congregación era realmente sólo una cuestión de tiempo. Er motivado por el deseo de dar a Cristo toda mi vida.

Desde mi niñez toqué intensamente el violín, también con el deseo de seguir el ejemplo de mi papá y llegar a ser músico. Ahora sin embargo, con la seguridad interior de tener una vocación al sacerdocio ya no era justificado para mí sacrificar a la música tanto tiempo y esfuerzo. Quería dar a mi vida una orientación clara, y por esto pedí entrar en la escuela apostólica de EEUU. Luego, un año después entré en el noviciado en Alemania.

Es para mi importante subrayar cómo Dios, quien quiso darme este maravilloso don de quererme todo para Sí, no se limitó a mí. Una vocación siempre rompe muchos esquemas. En cierto sentido toda mi familia estaba llamada, especialmente mis papás y mi hermana pequeña. Poco después de mi entrada a la Legión, mi mamá y hermana pequeña, como también mi hermano mayor convirtieron. También mi papá llegó a entender y amar cada vez más la fe católica, que pudo palpar de primera mano en la vida de mi mamá y de los muchos legionarios que pasaron por mi casa. Recuerdo, como profundizó mucho en el entendimiento de la liturgia, y siempre asistió a la misa católica a lado de mi mamá, sin recibir la comunión. Era para él obvio de no recibirla todavía como protestante. Grande era la alegría cuando en su manera sobria me comentó en otoño de 2009 que planeaba de hacerse católico. La confirmación de un hombre de 67 años descendiente de una familia profundamente luterana era un milagro de la gracia de Dios.

Cuando me preguntan si mis papás llegaron a ser católicos por mí, sólo puedo decir que no. Es un misterio de la gracia de Dios. Ciertamente había un deseo de mi parte que un día toda mi familia llegara a ser católica, pero nunca sentí la capacidad de lograrlo. En el caso de mi mamá era un anhelo que muy temprano empezó a madurar en ella. Una vez le pregunté por qué se había hecho católica y realmente no me pudo responder. Dios plantó en ella un deseo hacia la Iglesia Católica, el cual ella nutrió con reflexión y lectura. Lo católico no era algo ajeno, sino lo sentía como algo propio, a lo cual sin embargo uno todavía no pertenecía totalmente. El paso oficial era así un paso más bien pequeño.

En diciembre 2012 Dios cerró soprendentemente un ciclo de vida. Mi papá murió dentro de una semana de una insuficiencia pulmonial. Todos nosotros, hermanos y mi mamá en primero lugar, nos hemos imaginado siempre una vida futura con nuestro padre, como abuelo para los nietos, padre presente en la ordenación sacerdotal, o esposo que pasa años tranquilos con su mujer. Pero partió después de una breve lucha, y Dios lo llamó.

Dios quiso terminar su obra con obra, una parte de su plan con nuestra familia. Después de una conversión tan de repente también llegó una muerta tan inesperada. Estamos agradecidos por los dos.

El camino por el que Dios guía a las almas es y será siempre para mí fuente de contemplación y gratitud. Ya nuestra madre celestial nos enseñó a tener un corazón contemplativo. Su madre conservaba estas cosas en su corazón (Lc 2, 51). Contemplar y profundizar es el encendido para el transmitir. El agua que yo le daré se convertirá en él en manantial que brotará hasta la Vida eterna (Jn 4, 14). Experimentar el amor de Dios, sea en la propia vida, sea también en la vida de las persona que nos rodean siempre será ocasión para la acción de la gracia en tantas almas. No nos tenemos que inventar algo sino simplemente no molestar el plan de Dios.

klemeyer-nicholaus

Nikolaus Klemeyer ist am 28. Februar 1985 in Starnberg in Süden von München, Deutschland geboren. Er stammt aus einer evangelischen Familie. Sein Vater war Musiker und Sohn eines Evangelischen Pfarrers. Schon als Jugendlicher hatte P. Nikolaus Klemeyer Kontakt mit den Legionären Christi und nahm an einigen Romfahrten und Jugendlagern teil. 2001 konvertierte er zum Katholischen Glauben. Auch Großteil seiner Familie wurde später katholisch.

2002 trat er dem Kleinseminar der Legionäre Christi in den USA bei und 2003 dem Noviziat in Bad Münstereifel. Er absolvierte die humanistischen Studien in Salamanca in Spanien und die Philosophie- wie auch Theologiestudien in Rom. Außerdem half er als Ausbilder für zwei Jahre im Noviziat in Deutschland und für ein Jahr im Zentrum für humanistische Studien in Salamanca, Spanien.

ES Nicolás Klemeyer nació el 28 de febrero de 1985 en Starnberg, en el sur de Munich, Alemania. Él viene de una familia protestante. Su padre era un músico e hijo de un pastor protestante. Ya en su adolescencia tuvo contacto P. Nicolás Klemeyer con los Legionarios de Cristo y participado en varias peregrinaciones a Roma y campamentos juveniles. En 2001 se convirtió a la fe católica. También la mayoría de su familia fue más tarde Católica.
En 2002 se unió al pequeño seminario de los Legionarios de Cristo en el EE.UU. y 2003 en el noviciado en Bad Münstereifel. Se graduó de los estudios humanísticos en Salamanca en España y la filosofía, así como estudios de teología en Roma. También ayudó como instructor durante dos años en el noviciado en Alemania y por un año en el Centro de Estudios Humanísticos en Salamanca, España.

Rafael Kizimia

“Antes mesmo de te formar no ventre materno, Eu te escolhi; antes que viesse ao mundo, Eu te separei e te designei para a missão de profeta para as nações.” (Jeremias 1,5)

No último ano da escola me convidaram para fazer missões de evangelização na Amazônia, pelo que comecei a me preparar com muita alegria. Uma semana antes de embarcar eu estava rezando o terço no meu quarto e de repente, depois de um ano e meio sem pensar um só segundo no tema, surgiu uma convicção muito forte dentro de mim: eu seria sacerdote.

Desde pequeno senti sempre um grande desejo de fazer alguma coisa pelos outros, de fato quando me perguntavam o que queria fazer quando crescesse sempre respondia que gostaria de ser médico para ajudar aos outros. O que não sabia era que Deus tinha outros planos.

Nasci numa família católica, mas por um ou outro motivo nem sempre vivemos intensamente a nossa fé o que nos levou a peregrinar por outros caminhos fora da Igreja até que como bons filhos voltamos a casa. Meu pai faleceu quando eu ainda tinha 10 anos, pelo que desde esse momento entre a minha mãe, meus irmãos e eu nasceu um vinculo muito especial que nos une até hoje. Agradeço muito a Deus porque desde o começo deram um apoio incondicional à minha vocação não obstante as dificuldades que tiveram que enfrentar.

            Com o passar do tempo o desejo de fazer alguma coisa pelos outros se fortificava em mim, mas eu não achava mais que ser médico era a solução, pouco a pouco sentia que formar uma família colmaria esses desejos.

            Quando estava no último ano do ensino fundamental, a providência de Deus começou a atuar com mais clareza. Um dia nos perguntaram na escola quem gostaria de ser padre, como isso nunca tinha passado pela minha cabeça não disse nada, mas um grande amigo meu teve a inspiração de levantar a mão e dizer que tinha a curiosidade de saber se Deus o chamava. Alguns dias depois um jovem, que hoje é um sacerdote legionário, o Pe. Alexandre Nunes, veio conversar com o meu amigo e convidar ele para fazer missões e conhecer o seminário do Legionário de Cristo. Como eu estava ao seu lado também recebi o convite, ao final meu amigo não foi nesta viagem, mas eu, sem saber bem o porquê, decidi ir.

            Depois de passar a semana santa no noviciado da Legião, eu comecei a fazer missões de evangelização, estas experiências marcaram a minha vida e fizeram germinar a semente da vocação que Deus já tinha plantado em mim e que ainda não era consciente. Depois do primeiro ano de missionário me incorporei ao Movimento Regnum Christi o que me ajudou a viver uma profunda experiência de vida cristã. Acho que tal experiência me fez ver que era possível ser cristão no mundo, ser jovem e seguir a Cristo. Das muitas coisas que fizemos me lembro de modo especial as reuniões de formação e os encontros com Cristo que fazíamos os sábado à noite antes de sair para uma festa. Era como ser um fermento na massa, não importava o ambiente em que estávamos, nós conseguíamos viver a alegria de ser jovens e ao mesmo tempo formar ao nosso redor um ambiente sadio e cristão.

            Quando estava no final do primeiro ano do ensino médio senti pela primeira vez que talvez Deus me chamasse ao sacerdócio, então comentei ao meu diretor espiritual que me disse para colocar tudo isso nas mãos de Nossa Senhora. E assim o fiz, confesso que neste momento tive a certeza que seria sacerdote. Sem embargo, no ano seguinte, por medo e falta de generosidade comecei a me afastar um pouco dos meus compromissos de vida cristã, nas vezes que tinha direção espiritual não tocava no tema da vocação. Assim se passou um ano e meio onde nem por um instante pensei de novo na vocação. Por isso, eu já começava a pensar na minha futura profissão, no desejo de formar uma família e levava adiante a paixão que sentia pelo teatro. Já fazia dois anos que trabalhava como ator e estava me saindo cada vez melhor, cheguei a ganhar alguns prêmios e desejava fazer uma experiência no cinema, mas Deus tinha outros planos.

            No último ano da escola me convidaram para fazer missões de evangelização na Amazônia, pelo que comecei a me preparar com muita alegria. Uma semana antes de embarcar eu estava rezando o terço no meu quarto e de repente, depois de um ano e meio sem pensar um só segundo no tema, surgiu uma convicção muito forte dentro de mim: eu seria sacerdote. Os dez dias passados na Amazônia foram de muita luta contra meu egoísmo, mas ao ver tantas almas que precisavam conhecer a Cristo, aquele desejo que sentia quando era criança, de ajudar aos outros, recobrou força em mim e eu finalmente entendi qual era o meu caminho.

            Uma vez tomada a decisão senti uma grande paz mesmo que os medos humanos de um futuro desconhecido não deixaram de surgir, mas Deus deu forças e graças a mim e às pessoas que estavam ao meu redor, mesmo quando não entendiam a minha decisão.

            Finalmente em janeiro de 2004 iniciei essa aventura maravilhosa que é a consagração a Deus. Aos poucos meses de ter começado o noviciado fui enviado à Espanha para continuar ali a minha formação por mais 4 anos. Depois de estudar a filosofia em Roma pude regressar ao Brasil onde trabalhei por 3 anos em dois seminários da Legião.

            Realmente não é fácil tomar a decisão de deixar tudo para seguir a Cristo, mas uma vez que se coloca o pé nesta estrada posso testemunhar que é a coisa mais maravilhosa do mundo, não que seja fácil e não tenha suas dificuldades e sofrimentos, mas a alegria de fazer tudo por aquele que deu a vida por nós e de levar muitas almas para o céu, supera tudo isso.

kizimia-rafaelO Pe. Rafael Kizimia Fantini nasceu em São Paulo, Brasil. Tem dois irmãos e provem de uma família católica. Decidiu entrar no seminário em 2004 aos 18 anos depois de alguns anos de experiência em missões de evangelização que o fizeram ver a necessidade que as almas tem da ajuda dos sacerdotes. No mesmo ano de 2004 foi enviado a Salamanca, Espanha onde continuou seu noviciado e fez os estudos de humanidades clássicas. No ano de 2008 se mudou para Roma onde cursou dois anos de filosofia. De 2010 a 2013 trabalhou como formador em dois seminários da Legião de Cristo no Brasil. Finalmente terminou seus estudos de teologia em Roma no ano de 2016.

Ryan Richardson

“What return can I make to the Lord for all His goodness to me? I will take up the cup of salvation and call on the name of the Lord.” (Psalm 116: 12-13).

I began to ask myself, “Where does it all end? Is there one, ultimate goal that brings lasting satisfaction?” If so, then I wanted to dedicate all my energy in pursuing this goal.

            Perhaps the most frequent question I receive is, “So, when did you first decide to be a priest?” I often chuckle at the question because, atleast for me, the answer can’t be given in a single phrase or a short conversation. While some priests were suddenly aware of a special calling to serve the Lord at a fairly early age, I didn’t even think of the priesthood until a bit later in life. Instead, the discovery of a vocation occurred gradual, over time.

            Although I was born and raised a Catholic in South Louisiana, I wasn’t the most pious child. It was my older brother Tim (my only sibling) who was the altar boy and goody two shoes of the family. I was more rambunctious and the class clown.  I can remember making fun of my older brother for going to Mass on Sundays and wasting an hour of watching football or playing outside. It’s not that I detested religion or the Mass, but I just didn’t see its’ relevance. I was much more concerned with friends, grades and sports. As I grew up, I excelled in American Football and it consumed much of my life. In high school, I played the fullback position and was elected a team captain. We were one of the best teams in the state of Louisiana and many of the players went on to play at the collegiate level. The sport taught me so many life lessons such as hard work, sacrifice and teamwork. I also excelled in the classroom. I was in all honors classes and ranked near the top of my class.

            My so called “conversion” experience happened during my late high school years.  Even though I excelled in sports and grades, I noticed a certain interior dissatisfaction. If we won a game, I experienced happiness, but that experience didn’t last long. Almost immediately, I found myself preparing for the next game.  Even after a winning season, I was suddenly planning for the next season (and so on). It was the same thing with studies. I would do well on a test, experience a brief moment of satisfaction and then start studying for the next exam. I began to ask myself, “Where does it all end? Is there one, ultimate goal that brings lasting satisfaction?” If so, then I wanted to dedicate all my energy in pursuing this goal.

            I began to take my faith seriously and started to develop habits of prayer and sacramental life. I prayed the rosary daily before lunch, went to Mass regularly on Sundays and frequented the sacrament of confession. For the first time, the person of Christ was relevant in my daily life. I started dialoguing often with Him and the Blessed Mother and tried to live an authentic Christian life. Even though I continued to excel at sports and academics, my perspective toward them changed. My relationship with Christ now became the center from which all else revolved around.

            After high school, I attended college at Loyola University New Orleans and met a Legionary for the first time. I was immediately impressed. His demeanor, way of dress, dynamism and passion for Christ were extremely attractive. Even though I had not been actively discerning a priestly vocation, a thought crossed my mind that seemed to come from nowhere. That idea was,If you were to be a priest, be a priest like that.” I soon developed a relationship with him and a few other Legionaries and became a member of Regnum Christi. I fell in love with the charism and, after graduation, spent two years as a Regnum Christi Missionary.  I lived in a Legionary community and saw first-hand the spirit of charity and sense of mission in the Legion. I felt at home and discerned that God might be calling to me to the priesthood. Therefore, I decided to atleast join the Summer Candidacy Program in Cheshire, Connecticut. I had nothing to lose. There was no commitment to join and after the three months I would have a better idea of where God was calling me. I just had one condition. I made a visit to Our Lady in the Novitiate courtyard and prayed this prayer: “Mary, if this for me, just bring me happiness. If you fill me with joy, then I will follow wherever God leads.” At the end of the Summer, I could honestly say that I was the happiest I had ever been in my life. I became a Novice in September 2005 and adventure of religious life began. Since then, I haven’t turned back.

            Reflecting on these last eleven years in the Legion, I am reminded of Jesus’ parable of the workers in the vineyard (Matthew 20:1-16). The landowner goes out and calls various workers at different times of the day. Even though some were called earlier than others, they each receive the same wage. For those of us called to the priesthood, that wage is God’s mercy. His goodness to me has given great joy and has led me on a path unimaginable. He has called me to a specific vocation of priestly service in the Legion of Christ and has asked me to be an instrument of His love and mercy in the world.  “What return can I make to the Lord for all His goodness to me? I will take up the cup of salvation and call on the name of the Lord.” (Psalm 116: 12-13).

richardson-ryanDeacon Ryan Richardson is a spiritual director for college age students and young adults in the Diocese of Dallas, Texas. Born and raised in New Orleans, He graduated summa cum laude in 2003 from Loyola University New Orleans, where he obtained a bachelor’s degree in Economics and received the John X Wegman Award for Most Outstanding Business Undergraduate. After graduation, he volunteered one year as Director of Chapter Development for COMPASS, a national network of Catholic college students. He was named the program’s Executive Director in 2004 and in 2005 joined the Legionaries of Christ. During his years of priestly formation he has served as an Assistant to the Instructor of Novices in Cheshire, CT and co-founder of Upper Room Rome, an apostolate that networks English speaking Catholic college students in the Eternal City. In 2016, he graduated summa cum laude with degrees in Philosophy and Theology from the Pontifical Athenaeum Regina Apostolorum in Rome, Italy. He was ordained a deacon on August 6, 2016 in Rolling Prairie, Indiana and will be ordained a priest in Rome on December 10, 2016.

Sebastián Rodríguez

Dejé mi examen en blanco diciéndome:
«Si me decido hoy a ser sacerdote será para toda mi vida,
mientras que esta nota será una más de las muchas que recibiré
por los exámenes que haré en el futuro».

Me decidí por el sacerdocio cuando tenía 12 años. Estaba haciendo un examen de inglés, cuando pasó un hermano Legionario por el pasillo fuera de mi sala de clase; era normal que pasaran, pero ese día su paso dejó algo en mí. «¿Cómo será ser uno de ellos?, me gustaría vestir de esa manera, organizar retiros, campamentos, hablar de Dios a las personas, dar la Comunión. ¿No será que Dios me llama?».

Fue el estilo de pensamiento que me surgió al verlo pasar, pero fue tan claro y fuerte que me dije: «Si me decido hoy a ser sacerdote será para toda mi vida, mientras que esta nota será una más de las muchas que recibiré por los exámenes que haré en el futuro». Con esa convicción dejé el lápiz a un lado y no continué haciendo el examen. ¿Cosas de niño? ¿Cómo tan chico y tan seguro? Mirando atrás es difícil explicármelo, sin embargo, fue lo que sentí en ese momento y mi decisión inicial se ha ido fortaleciendo a lo largo de los años cada vez que le he preguntado al Señor: ¿qué quiere Dios?

    Nací en Santiago de Chile el 27 de marzo de 1986 en un ambiente familiar maravilloso; rodeado del amor de mis padres, de mi hermana mayor y de mis dos hermanos menores. Siempre hemos estado muy unidos a toda la familia; era frecuente vernos acompañados de los primos, tíos y abuelos durante el año, especialmente durante las fiestas y vacaciones de verano.

    Entré al colegio Cumbres en 1991, cuando cumplí 5 años, y fue así cómo los Legionarios entraron en mi vida. En 1997, casi con 12 años, me incorporé al ECyD y no me perdía actividades (el ECYD, Encuentros, Convicciones y Decisiones, es una organización del Movimiento Regnum Christi, para adolescentes que hacen una alianza con Cristo y entre sí para construir un mundo nuevo según el Evangelio). Gracias a la formación de mi familia, del Cumbres y del ECyD, fui recibiendo la gran enseñanza de tener a Cristo en el centro de mi vida, como a un Amigo, como el mejor de los amigos, a quien puedo confiarle todo. Además, pude aprender a buscar conocer a Cristo, para amarle personalmente y luego transmitirle de forma apasionada y eficaz.

    Después de esa prueba de inglés, en que sentí el llamado, me fui directamente a la Capilla donde estuve un buen tiempo en oración. Salí de ahí con grandes motivaciones, tanto es así que fui a la biblioteca para pedir un libro sobre algún sacerdote que contara su vocación (la verdad es que quería salir de la duda: «¿A todos los llama Dios en una prueba de inglés?» – me preguntaba –, esa era mi duda, ¿para qué ocultarla?, tenía 12 años). El libro se me acabó esa misma tarde, estaba ansioso, y comencé a hablar con mi director espiritual (el mismo hermano Legionario que había pasado por la ventana). Fui un fin de semana a conocer el Centro Vocacional (Seminario Menor de los Legionarios de Cristo) y me gustó mucho. Pensé entrar, pedí permiso para irme el año que entraba, pero con el tiempo, y ayuda de mis papás, me di cuenta que Dios me llamaba por otro camino. Fue así como a los 14 años, el 1 de febrero de 2001, entré a vivir con los Legionarios en el Centro Estudiantil, un grupo pensado para el discernimiento vocacional de los Laicos Consagrados del Regnum Christi, pero en Chile abierto para ambas vocaciones.

    Estuve en el Centro Estudiantil mis últimos cuatro años de colegio. Algo que me motivaba de esta nueva realidad, fundada en Chile el año 2000, era que seguíamos estudiando en el mismo colegio, es decir, mantenía mi ambiente, mis amigos y profesores, además de discernir y hacer madurar esa posible vocación haciendo mucho apostolado en el ECyD. La decisión no fue fácil, por un lado estaba convencido de haber escuchado el llamado de Dios, pero por otro, el hecho de dejar a mi familia me costaba demasiado. A pesar de ello, al ver que era Dios el que me lo estaba pidiendo, que de mí dependía corresponderle y que el Centro Estudiantil me iba a ser importante para poder discernir y cuidar mejor mi vocación, me lancé a pedir el permiso a mis papás. Me dijeron que no. Sus argumentos fueron los mismos que cuando les pedí permiso para entrar al Centro Vocacional: que era muy chico, que lo pensara mejor y que debía conocer más el mundo.

     A mitad de año (todavía con 13 años), en una visita a Cristo Eucaristía, vi bastante claro que Dios me pedía entrar el próximo año. Pero «¿cómo quieres que entre si no tengo el permiso?» – le reclamé a Jesús – y me habló claro; quedamos en que haría una presentación a toda mi familia para hablarles sobre el Centro Estudiantil, demostrándoles, con mis palabras, cuáles eran mis motivaciones para seguir este camino. Preparé unas invitaciones especiales que entregué con anticipación a cada uno (a mis padres, hermanos y a la Lili, la nana de mi casa) para que no faltara nadie; hablé con los miembros del Centro Estudiantil de entonces para preguntarles qué hacían y cómo vivían; y, con esa información, fui preparando con mucho entusiasmo mi Power Point.

    Cuando llegó el día de la presentación (29 de octubre de 2000) no me fue fácil, era “el todo o nada” y al mismo tiempo sabía que si me daban el permiso, igual me costaría por pensar en dejarlos. Pese al nerviosismo, la presentación salió tal como lo tenía planeado: les hablé de lo que quería, respondí a las preguntas que tenían, y les invité a comer unas galletas que les había comprado mientras les tocaba música en un órgano electrónico que tenía. Al terminar mi papá me dijo que me veía seguro y que él sí me daba permiso. Recuerdo que le preguntó a mi hermana y ella también dio su aprobación: «Si él lo quiere, por mí bien». Al día siguiente hablé con mi mamá y, junto a mi papá, me dieron el permiso definitivo; ahora era un hecho que me iba a ir a vivir con los padres a partir del próximo año. Esos meses que me quedaban en la casa los aproveché para estar muy cerca de ellos, terminé el año de colegio, seguí pensando bien mi decisión y continué trabajando en mi vida espiritual: rezando, comulgando todos los días en el colegio, participando en las actividades del ECyD e incluso, gracias al apoyo de mis papás para estar realmente seguro de mi decisión, pude ir de peregrinación a Roma para el término del Jubileo del año 2000 y el 60ª Aniversario de la Legión de Cristo.

     De regreso del viaje a Roma tuve dos semanas de vacaciones inolvidables con mi familia, era la despedida, y eso hizo que fueran días muy especiales. Como dije antes, entré al Centro Estudiantil el 1 de febrero de 2001 y encontré un gran ambiente de caridad, de alegría, de oración y de sencillez, el cual me ayudó mucho a adaptarme rápidamente a mi nueva forma de vida. A mi familia la veía domingo por medio (aunque muchas veces también la veía en la salida del colegio, o a mis hermanos en el recreo), sin embargo fueron cuatro años para que ambos nos ayudáramos a entender las exigencias de la vocación religiosa y lógicamente a darnos cuenta de lo bonito que era seguir a Jesús y lo importante que era para mí el corresponder a Su invitación.

    Terminando el colegio, graduándome en diciembre de 2004, estaba todo listo para comenzar mi formación sacerdotal y entrar formalmente a la Congregación. El 1 de enero del año 2005 viajé a Brasil. Tuve dos meses de Candidatado (Postulantado) en Curitiba y dos años de noviciado en Sao Paulo. Fueron dos años muy enriquecedores para rezar, conocer más a Cristo y enamorarme de mi vocación. Seguí con mi apostolado en el ECyD, ahora ayudando en la fundación del Club Coliseo en la ciudad de Mogi das Cruzes. El 25 de febrero de 2007 profesé mis primeros votos por 3 años, lo que me convirtió por fin en miembro religioso de la Congregación de los Legionarios de Cristo y luego de unos años de formación, el 27 de marzo de 2012, hice mi Profesión Perpetua recibida por el Cardenal Velasio de Paolis en Madrid, mientras trabajaba apostólicamente en los clubes del ECYD de Sant Cugat y Barcelona.

    Es así como desde que sentí el primer llamado, tras mis años de estudio y trabajo apostólico, puedo decir que soy muy feliz. Y que a pesar de las situaciones difíciles que he tenido que afrontar, normal en toda vocación, todo ha valido la pena. Estar cerca de Dios es una gran experiencia en todo sentido, cada día es un desafió que me llena de alegría, sin duda, seguir a Cristo es una vocación maravillosa. Confío en Dios en que muchos más serán llamados y puedan vivir tan felices como yo, y le pido que los que sientan esta llamada sean siempre generosos para cumplir con lo que Dios quiere para ellos.

    Seré ordenado sacerdote, Dios mediante, en diciembre de este año. Les pido oraciones para que pueda ser un fiel instrumento en las manos de Dios y pueda administrar los sacramentos acercando a muchas personas a percatarse de cuánto Dios las quiere. Y de esta forma poder transmitir a Dios a los demás aportando en lo que se pueda al crecimiento espiritual de todos los que estén cerca de mí. Termino con una oración que siempre me ha ayudado desde que me incorporé al Movimiento Regnum Christi: «Me toca a mí, y de mi depende que tus palabras Señor no se pierdan, me toca a mí, que tu mensaje de salvación llegue a todos los hombres».

Sebastían RodríguezNació el 27 de marzo del año 1986 en Santiago de Chile. Estudió en el colegio Cumbres. Estuvo 4 años en el Centro Estudiantil de Chile. El 1 de enero de 2005 comenzó el Candidatado en Brasil durante dos años y luego fue a Sao Paulo para ingresar al noviciado. Hizo su primera profesión religiosa el día 25 de febrero de 2007. Durante seis meses ayudó en la pastoral juvenil y en la promoción vocacional en Porto Alegre. A mediados del 2007 viajó a Estados Unidos para estudiar un año de Humanidades y Ciencias Clásicas en Cheshire (Connecticut). En septiembre de 2008 comenzó Filosofía en Thornwood (Nueva York). Luego de titularse bachiller en Filosofía, en julio del año 2010, trabajó en España durante tres años en la pastoral juvenil de Sant Cugat y Barcelona, siendo también administrador de los clubes Faro de ambas ciudades. El 27 de marzo de 2012 hizo su Profesión Perpetua. Desde agosto de 2013 vive en Roma, donde estudió tres años de Teología y tras la ordenación diaconal, colabora en la administración del Ateneo Pontificio Regina Apostolorum.