Pablo Solis

« ¡Cuántas maravillas has hecho, Señor, Dios mío, cuántos designios por nosotros; nadie se te puede comparar! Quisiera publicarlos, pregonarlos, más su número es incalculable». (Sal 40,6)

Así que, sin poderlo explicar mejor, diría que nunca más me volví a sentir solo.

Nací en la Ciudad de México hace casi 38 años, el 16 de diciembre de 1978. El sólo hecho de haber podido nacer lo considero ya un gran don de Dios. Al tercer mes de embarazo mi madre tuvo un aborto natural y, a punto de realizarle el legrado, el médico detectó que yo todavía seguía ahí. En otras palabras, estando embarazada mi madre de mellizos perdió a mi hermano, pero ella y yo nos salvamos tras un embarazo de alto riesgo y un parto complicado.

En mi casa somos tres hermanos hombres y mis papás. Yo soy el de en medio. Gracias a Dios siempre hemos sido muy unidos. Puedo decir que mis hermanos son mis mejores amigos. De mis papás aprendí a amar a Dios y a los demás.

De niño me gustaba mucho jugar a ser superhéroe. Me imaginaba que tenía poderes especiales y luchaba para salvar a las personas. El mundo del cine y los efectos especiales también nos atraían mucho a mí y a mis hermanos. Junto con mis primos y amigos, jugábamos a hacer películas de todo tipo. Éramos bastante creativos. Sin duda viví una infancia muy feliz.

Gracias a Dios crecí en un ambiente lleno de amor y de fe. Mis papás formaban parte de un grupo de evangelización y oración para matrimonios que se reunían una vez por semana en diferentes casas. El ejemplo de mis padres, de sus amigos y la presencia cercana de un gran sacerdote, el P. Mariano Siller, M.Sp.S., hicieron que para mí la vivencia de la fe cristiana fuera algo muy normal. También el ejemplo de mi abuela materna me marcó mucho, pues, a pesar de gozar de una posición social acomodada, siempre fue una mujer sencilla y caritativa que ponía a Dios en primer lugar, antes que cualquier otra cosa. Era una mujer que irradiaba paz.

Desde que tenía siete u ocho años comencé a prepararme para recibir la primera comunión. Mi mamá formaba parte del equipo de catequistas que atendían a las señoras. Yo disfrutaba de ir para jugar con mis amigos. Desde entonces se me quedó grabada una canción infantil que me ha servido de guía en mi relación con Cristo durante mi vida. La canción dice: “tú tienes un amigo que te ama,… su nombre es Jesús”. Y es que para mí, Jesús es el amigo que nunca falla, Él siempre ha estado ahí en las buenas y en las malas.

Un momento crucial en mi vocación y en mi amistad con Cristo se dio durante el año que estuve interno en Estados Unidos. Cuando tenía doce años mis papás me mandaron a una academia en Wisconsin de los legionarios de Cristo para aprender inglés. Al inicio me costó adaptarme, pues extrañaba mucho a mi familia. Hasta que un día uno de los formadores dijo: “ustedes no se han dado cuenta que desde que se subieron al avión nunca han estado solos, Jesús ha estado siempre con ustedes”. A partir de ese momento algo cambió. Me di cuenta que Cristo no era una especie de amigo imaginario o un Dios que está por encima de las nubes y nos observa desde lejos. Me di cuenta de que Cristo siempre estaba en mi interior y que podía compartir con Él absolutamente todo. Así que, sin poderlo explicar mejor, diría que nunca más me volví a sentir solo.

Durante ese mismo año el testimonio de los legionarios que trabajaban en la academia me atrajo mucho. Me parecían hombres sólidos, alegres, deportistas, profundos, pero sobre todo, que transmitían un gran amor a Cristo. Me gustaba mucho confesarme y hablar con ellos, pues siempre daban buenos consejos. Por aquella época me dio por escribir cuentos en los que involucraba a mis amigos entre los personajes. Una vez comencé a imaginarme una historia de tres amigos que tenían que salvar a unos niños judíos durante la segunda guerra mundial. Uno de ellos era sacerdote y daba su vida para defenderlos. Recuerdo que en un momento me di cuenta que yo me identificaba con aquel personaje y me pregunté por qué. Fue la primera vez que me vino a la mente la posibilidad de que Dios me estuviera llamando a entregarle mi vida para servir a los demás.

Como tenía mucha confianza con el P. Thomas Moylan, LC, director de la academia, lo hablé con él y me dijo que no me preocupara, que había que ponerlo en manos de Dios, dar tiempo al tiempo y estar a la escucha. Ese año me incorporé al ECyD, la propuesta del Regnum Christi para adolescentes. Durante el viaje de Navidad a Roma con la academia visitamos Asís. Ahí nos contaron la vida de san Francisco y quedé impresionado. A partir de entonces sentí un gran deseo de poder llegar a amar a Cristo tanto como él y comencé a rezar una oración que él compuso y que todavía rezo con frecuencia: “Oh Señor, haz de mí un instrumento de tu paz…”.

Cuando volví a México entré al CEYCA, colegio de legionarios al sur de la ciudad. Pronto me di cuenta de que yo hablaba un lenguaje diferente al resto de mis compañeros. Pero, poco a poco, me fui ganando el respeto y la estima de mis compañeros, aunque al inicio me costó, pues el ambiente a veces me parecía un poco falso o superficial. Hacía frecuentes visitas a Cristo en la Eucaristía para conversar con Él. Durante mis años de bachillerato hice grandes amigos con los que mantengo todavía una gran amistad. Incluso al final de la secundaria y prepa recibí el “Optimus”, un reconocimiento que se le da a un solo miembro de la generación por parte del colegio y de los compañeros.

Durante aquellos años viví grandes y muy buenas experiencias, pero reconozco que también me fui alejando cada vez más y más de Dios. Como cualquier adolescente comencé a salir a las fiestas, conocer chicas, tener novia, fumar, beber alcohol, irme de pinta, etc… Tenía cierta facilidad para socializar con las personas y hacer amigos. Poco a poco me fui dejando llevar más y más por el ambiente y la vanidad. Fui dejando de lado mi relación don Dios y empecé a vivir más para agradar a los demás.

A veces me venía a la mente la idea de que Dios me llamaba a entregarle mi vida, pero yo rechazaba ese pensamiento y no lo comentaba con nadie, pues yo quería tener una esposa, mis hijos, mi negocio y vivir bien para poder ayudar a otros. Yo me decía: “si Dios quiere que sea feliz ¿cómo puede pedirme algo distinto a lo que yo quiero?”

Al momento de elegir carrera me volví a plantear el tema de la vocación al sacerdocio. Pensaba que había llegado el momento de decirle que sí a Dios, pero me rehusaba. Hice la carrera de ingeniería industrial en la Universidad Iberoamericana de la Ciudad de México, pero nunca fue algo que realmente me apasionara. Veía como muchos de mis compañeros vivían preocupados por su carrera buscando asegurarse una profesión en la vida, pero yo no me sentía realizado, algo faltaba.

Tuve la oportunidad de trabajar en el área de marketing de dos grandes empresas multinacionales, en Procter & Gamble y después en Kraft Foods. Viví una gran experiencia, conocí grandes personas, aprendí mucho y llegué a pensar que la mercadotecnia era lo mío. Sin embargo, todavía había momentos en donde sentía que algo faltaba y me volvía la idea de la vocación. Por ejemplo, recuerdo que una vez en Procter, mientras trabajaba en la computadora, me vino el pensamiento: “¡Tú deberías ser sacerdote!”. Me molesté, pues por más que intentaba dejar de lado esa idea, regresaba cuando menos lo esperaba.

Aunque fueron años muy felices los que pasé en la universidad y en los trabajos que tuve, dentro de mí quedaba una especie de nostalgia de Dios. Un primo me invitó a participar en un apostolado que se llamaba “Sinergia empresarial”. Me citó para una reunión en la Universidad Anáhuac de poniente. Recuerdo que llegué con tiempo y me estacioné frente a la capilla de la universidad. Decidí entrar para hacer una visita. Olía a incienso, lo que me trajo muchos recuerdos. Sentí la necesidad de rezar. Me arrodillé en la última banca y comencé a pedir a Dios como un niño que me indicara el camino que debía seguir. Recuerdo que le decía llorando: “Quiero volver a ti, pero no sé cómo.”

Unos meses después, para celebrar su 25 aniversario de bodas, mis papás nos llevaron de peregrinación a Medjugorje, en Bosnia. En ese sencillo lugar de oración me incomodaba ver personas tan plenas, fervorosas y felices, mientras yo me sentía perdido, vacío y superficial. Cuando subimos al monte Krizevac para rezar el Viacrucis viví uno de los momentos que considero más importante en mi vocación, pues sentí la inspiración de pedir a María que me diera las fuerzas que yo no tenía para cumplir la voluntad de Dios. A partir de ese momento muchas cosas comenzaron a cambiar en mi vida y comencé a experimentar la misericordia de Dios.

Poco tiempo después un amigo me invitó a participar en Encuentros con Cristo, una actividad de oración que suelen tener los miembros del Regnum Christi. Fue así como, después de muchos años, volví a tener contacto con los legionarios de Cristo. Poco a poco comencé a involucrarme más y más en las actividades del Movimiento hasta que me incorporé. Ese vacío que sentía se fue llenando y algo en mí me decía que yo estaba hecho para transmitir a los demás la experiencia del amor de Cristo que yo había vivido. Empecé a acercarme una vez más a Dios y todo comenzó a adquirir un nuevo orden y un nuevo sentido. La relación con mis papás, mis hermanos y mis amigos empezó a mejorar. Yo mismo me sentía más feliz y más pleno.

Seguía trabajando en Kraft, en el área de galletas. Combinaba mis horas de trabajo con el tiempo dedicado al apostolado, a la familia y a los amigos. En una ocasión me pidieron trabajar en un proyecto para lanzar una galleta americana al mercado mexicano. Yo no le veía sentido, pero algunos directivos insistieron. Dediqué varios meses de intenso trabajo, noches sin dormir, fines de semana encerrado, etc… para sacar el proyecto. Cuando me tocó presentarlo entré a la reunión y en menos de diez minutos estaba afuera con el proyecto rechazado por el director de ventas. Aunque esto se puede considerar como un evento normal y común en cualquier carrera profesional, recuerdo que al salir de ahí me vino la pregunta: “¿Todo esto por una &*# galleta?” No podía dejar de pensar qué pasaría si en lugar de ofrecer todos mis talentos, tiempo y esfuerzo por lanzar una galleta lo hiciera para una causa más trascendente. Después de mucho pensarlo decidí renunciar y comenzar a prepararme para irme a hacer una maestría para emprendedores en Boston.

Continué mi participación en el Movimiento colaborando un tiempo en un proyecto en la Universidad Anáhuac del Sur y después en Red Misión. Era responsable de un equipo de jóvenes del Regnum Christi y tuve la oportunidad de vivir experiencias increíbles con ellos, como la Jornada Mundial de la Juventud con el Papa Benedicto XVI en Colonia. Fue en unas misiones de Semana Santa en el 2005 durante una adoración nocturna el Jueves Santo cuando volví a sentir con fuerza el llamado a ser legionario de Cristo. Lo consulté con mi director espiritual y quedamos que haría un año de discernimiento antes de ir al candidatado, período de prueba antes del noviciado.

Finalmente entré al noviciado de la Legión de Cristo en septiembre del 2006, con 27 años de edad. Para mí, la prueba más grande de mi vocación ha sido la misma perseverancia, pues sé que sin la gracia de Dios no habría podido llegar hasta este momento. En estos años hemos vivido períodos muy duros como Congregación y como Movimiento. Toda la Iglesia ha sido sacudida por tantos escándalos. Yo puedo decir con gratitud que en la Legión y en el Regnum Christi lo que he aprendido es amar a Cristo, por encima de todas las cosas, y a entregar mi vida para que Él reine en mi corazón y en el de todos los que me rodean. Eso es lo que me ha sostenido, mi consagración a Él y sólo a Él.

Jesucristo es el Amigo fiel que me ha acompañado siempre, me ha sostenido y ha llenado mi corazón con una felicidad que sólo puede entender quien lo ha experimentado, incluso en medio de las dificultades, sacrificios y adversidades. Doy gracias a Dios por esta vida, por mi vocación y por todos los dones que me ha dado. Y te pido a ti, por caridad, que has aguantado leyendo este testimonio, una oración por mí para que sea siempre fiel a su voluntad. Dios te bendiga y te acompañe siempre.

psprofileEl P. Pablo Solís Aguirre, L.C. nació en la Ciudad de México el 16 de diciembre de 1978, en el seno de una familia católica como el segundo de tres hermanos. Antes de ser legionario de Cristo adquirió el título de ingeniero industrial por la Universidad Iberoamericana y trabajó en P&G, Kraft, UAS y Red Misión. Entró a la Legión de Cristo en 2006 en Monterrey, México, en donde dos años más tarde hizo su primera profesión de votos. En 2008 se trasladó a Cheshire, CT, para hacer un año de estudios humanísticos. En 2009 viajó a Roma para colaborar en la secretaría general de la Congregación y obtener el bachillerato en filosofía por el Pontificio Ateneo Regina Apostolorum. Hizo su profesión perpetua en el 2011 en Valencia, España, donde colaboró hasta el 2013 como director de la sección de jóvenes del Regnum Christi. Regresó a Roma para realizar los estudios de bachillerato en teología y colaborar en la secretaría general de la Congregación. El P. Pablo comenzará su ministerio sacerdotal en la Ciudad de México como director de la sección de jóvenes del Regnum Christi en la Universidad Anáhuac.