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Jean-Marie Fornerod, L.C.

Jésus s’est donné à nous.

Lors d’une homélie qu’il prononçait le jour anniversaire de son ordination épiscopale, saint Augustin affirmait : « Vobis enim sum episcopus, vobiscum sum Christianus », « Pour vous je suis évêque, avec vous je suis chrétien » (Sermon 340).

Par ces quelques mots l’évêque d’Hippone résume ce qui fait le cœur de la vocation d’un ministre ordonné : ce qu’il reçoit le jour de son ordination n’est ni un honneur ni un avantage, mais un service, un service pour le peuple de Dieu. Le prêtre, tout comme le diacre ou l’évêque, est un homme comme les autres, avec ses talents et ses défauts, ses forces et ses faiblesses, que Dieu appelle à se consacrer de manière spéciale à son service et au service des hommes. Le prêtre n’est pas une sorte de « super-chrétien », il est, comme les autres membres de l’Église, un disciple du Christ (« avec vous je suis chrétien ») qui a besoin des sacrements, qui a besoin de l’aide et de la prière de ses frères et sœurs pour avancer à la suite de Jésus. Ce qu’il reçoit le jour de son ordination n’est pas pour lui. Ce qu’il reçoit, c’est un don pour les autres. Il devient un signe de la présence de Jésus dans le monde, il devient un instrument de la grâce.

Jésus s’est donné à nous, et il me demande maintenant de m’associer de manière particulière à ce don de lui-même, en devenant moi-même un don pour les autres. C’est en action de grâce que je vis ce moment, en demandant au Seigneur la grâce de pouvoir le laisser agir en moi. Je ne suis pas meilleur que les autres, bien au contraire. Et c’est seulement en laissant le Christ vivre en moi (« et ce n’est plus moi qui vis, c’est le Christ qui vit en moi » écrivait saint Paul aux Galates, Ga 2, 20) que je pourrai accomplir véritablement le service qui m’a été confié.

jean marie fornerodCe qu’il reçoit le jour de son ordination n’est pas pour lui. Ce qu’il reçoit, c’est un don pour les autres. Il devient un signe de la présence de Jésus dans le monde, il devient un instrument de la grâce.

César Hernández, L.C.

Quién a Dios tiene nada le falta, solo Dios basta.

Nací en Tampico, Tamaulipas y soy el mayor de tres hijos. Debido al trabajo de mi papá estuve viviendo en muchos lugares hasta que terminamos por establecernos en la ciudad de Irapuato, Guanajuato en donde conocí el Movimiento Regnum Christi cuando estaba en 5º de preparatoria, después de haber asistido a unas Megamisiones en semana santa.

Terminando el primer año de Universidad decidí irme de colaborador un año a la Academia de Dublin Oak en Irlanda. Durante ese año creció en mí un gran interés por conocer y aprender más acerca del Movimiento y de la Legión. Terminado el año decidí dar un segundo año al que fui destinado a trabajar a la ciudad de Monterrey como auxiliar en la Dirección Territorial. A mitad de ese año el primer Legionario que conocí, el P. Alejandro Del Bosque, me planteó por primera vez en mi vida la vocación al sacerdocio. Un segundo sacerdote, meses más tarde, me diría lo mismo “¿Nunca has pensado en ser sacerdote?”. A ambos Legionarios mi respuesta fue negativa pues yo tenía planes de casarme y tener muchos hijos. Terminé mi segundo año de colaborador y decidí continuar con mi carrera universitaria en la ciudad de Monterrey. Justo un semestre antes de graduarme algo me decía en mi interior que lo que tenía no me llenaba. No sabía que me sucedía pero comencé a pensar en muchas cosas y a reflexionar sobre el sentido de mi vida y sentía que algo me hacía falta a pesar de tener ya un lugar en una empresa en la que hacía mis prácticas profesionales y a pesar de salir con una niña con la que siempre había querido salir. Hasta que le llamé al P. Alejandro Del Bosque para expresarle los sentimientos que en ese momento estaba experimentando. Le comenté que quizá aquélla pregunta sobre la vocación que me había hecho tres años atrás era cierta. Me recomendó asistir al candidatado durante el verano una vez graduado de la Universidad. Me llegó un gran miedo y muchas dudas, y así estuve durante un par de meses. Hasta que con la ayuda de la dirección espiritual y siguiendo los consejos de un gran Legionario experimentado en el tema vocacional poco a poco fui dando pasos para poder prepararme para el candidatado. Fue así como decidí renunciar a la empresa en la que trabajé tan solo por tres meses. Le avisé a mis papás de la decisión que estaba tomando, empaqué mis cosas y me decidí ir al candidatado; por supuesto en miedo de muchas dudas y con un cierto miedo a estarme equivocando.

Así fue como en el verano del 2005 llegué a Monterrey para iniciar el candidatado. Llegué con la idea de que me dirían que no tenía vocación y me regresaría a continuar con mi vida. Para mi sorpresa el candidatado me encantó y decidí quedarme en la Legión. Así fui enviado a iniciar mi noviciado en Alemania, dos años que fueron para mí muy difíciles por el hecho de cambiar de ritmo de vida pero años de un gran crecimiento espiritual. Estoy muy contento de mi vocación, es un llamado que Dios me ha hecho a seguirle y poder ser un instrumento de su amor y de su infinita misericordia. Estoy convencido de que gracias a las oraciones de muchas personas pude perseverar en mi vocación. Y estoy convencido de que el llamado al sacerdocio, como decía San Juan Pablo II, es un don y misterio…Dios llama a hombres necios y débiles para confundir a los sabios y fuertes; es un tesoro en vasijas de barro pero quién a Dios tiene nada le falta, solo Dios basta.

Cesar HernandezNací en Tampico, Tamaulipas y soy el mayor de tres hijos. Debido al trabajo de mi papá estuve viviendo en muchos lugares hasta que terminamos por establecernos en la ciudad de Irapuato, Guanajuato en donde conocí el Movimiento Regnum Christi cuando estaba en 5º de preparatoria, después de haber asistido a unas Megamisiones en semana santa.

Alejandro Paéz, L.C.

“Nadie me ha mirado así. Sin fijarse en mi miseria…”

 “Yo tenía la convicción férrea de que Dios quería que yo fuera legionario.  Pero para entonces ya me había percatado de que no puedes vivir de lo que otra persona quiere, ni aunque la otra persona sea Dios.  Me di cuenta de que lo único que puede fundar una vida es el amor.  Más ¡el amor al Amor!”

Nací el 18 de febrero de 1985 en Monterrey, México.  Se podría decir que somos una familia “normal”, pero no estoy seguro que mis cinco hermanas y yo estaríamos de acuerdo…  Somos una familia extraordinaria, como todas, con gente extraordinaria y una unidad a prueba de fuego.  Papá y Mamá, desde que yo recuerdo, fueron siempre personas de religión auténtica, ni mochos ni paganos.  Amaban a Dios en serio.  Y vivían en consecuencia.  Papá llegaba a mi cama todos los días en la madrugada a darme un beso.   Yo sabía que se iba a nadar y luego a misa y que llegaba para desayunar con todos.  Mamá iba a misa en las mañanas en la parroquia o en “la sección”.  Y a nosotros nos llevaban los domingos a la Iglesia de Fátima, hasta que construyeron María de los Ángeles que quedaba más cerca.  Bendecíamos la mesa antes de comer, y después de comer a veces rezábamos un misterio del rosario juntos.  Y en algún momento se instituyó en la familia el “sexto misterio” que consistía en rezar un misterio extra del rosario por el miembro de la familia que más lo necesitaba (yo siempre pensaba que era por mi hermana Jimena, que es con la que más me peleaba…).  Esa era toda la religiosidad explícita de la casa.

Pero Dios estaba en todo y por todas partes de trasfondo.  A veces esto se reflejaba en los crucifijos chiquitos que todavía están en las paredes de cada cuarto; a veces en lo que mi papá hacía en su trabajo y sobre todo en los principios con los que lo hacía; a veces en los apostolados de mi mamá y en las cosas que hacía por “los padres” y “las misses”.  Y todo esto marcaba el estándar de lo que se esperaba de ti en la familia Páez.  Sólo había tres reglas:  1) los nombres de tus hermanas se dicen con todas las sílabas (nada de Tere, ni Fede, ni Fer); 2) si quieres sentarte a comer en la mesa te pones zapatos y 3) prohibido comer chicle porque pareces vaca.  Así es que el ambiente era de una completa libertad, pero de la buena.  Habías absorbido implícitamente los valores de esta familia, sabías cómo se porta la gente de esta familia, sabías que todos te iban a querer aunque fueras el más soberano desastre y sabías que nunca te iba a faltar nada.  Esto son los Páez en dos párrafos.

Fui al colegio Irlandés de Monterrey.  Allí me enteré de que “los padres” eran los Legionarios de Cristo y que “las misses” eran las Consagradas del Regnum Christi que estaban en el CECVAC donde iban las niñas.  Me enteré también que tenía un tío que se había “ido de padre” y una tía que se había “ido de miss”.  Y cuando tenía 5 años mi hermana Federica decidió también “irse de miss” y más tarde Fernanda y todavía más tarde Andrea.  Así que toda mi vida ha estado empapada de la espiritualidad del Regnum Christi desde que tengo memoria.  ¡Gracias a Dios!

En algún retiro en quinto de primaria me incorporé al ECYD pero hubo que esperar un año para empezar un equipo porque todo mundo se incorporaba en sexto.  Así que me empecé a juntar con otros del ECYD que eran un año más grandes que yo.  Un día uno de ellos se quedaba a dormir en mi casa.  Y ya en la noche, tirados en un colchón en el piso leyendo Calvin y Hobbes y viendo el anuario del CECVAC, me dice:  “Me voy a ir a la apostólica.”  Como no tenía idea de lo que era la apostólica, le dije con todo el aplomo: “Ah.”

En el siguiente año me invitó varias veces a visitarlo a la apostólica y allí vi que era un lugar para niños que querían “ser padres”.  Y seguía pensando: “Ah”.  En ese año, sexto de primaria, fui a un retiro a una casa al lado del noviciado.  Me confesé y el padre me dio de penitencia las tres Aves Marías de rigor.  Pues fue en esa visita que se me ocurrió preguntarle a la Virgen: “¿qué quieres que haga?”.  Y en ese momento supe sin ningún lugar a duda, ni entonces ni después, que Dios me quería sacerdote Legionario de Cristo.  Tenía 12 años.

Por supuesto que en ese momento yo no veía mucho más allá de la apostólica.  Entendí que Dios me llamaba a la Legión de Cristo y la puerta de entrada era la apostólica.  Así que por allí había que ir.  Un primo mío, que era nuestro responsable del ECYD en sexto, muchos años después me contó que le dije:  “Se me hace que me voy a ir de padre”.  Y él: “¿Porqué?”.  Y, según dice, le contesté: “Porque quiero…”.  Recuerdo vagamente cuando le dije a mi mamá en el cuarto de tele de la casa.  Como que me quiero acordar que ella estaba en su sillón verde junto a la ventana y me dijo: “Pues muy bien.  Vamos a ver qué hacemos…”.  Y a los pocos días llegaron dos padres a visitarme…  Sí recuerdo con toda claridad que una vez en el carro con ella le dije “si yo fuera padre, sería legionario”.  Y de eso todavía estoy seguro.

En el verano de 1997 llegué a la apostólica de Monterrey para hacer el cursillo de verano.  Al final de cursillo fui destinado a la apostólica de New Hampshire y el 18 de agosto, cumpleaños de mi papá, volamos papá, mamá, Andrea y yo a USA.  Según yo me estaba estrenando de adolescente así es que traía puesto un jersey de futbol americano de Texas A&M que creo que era de mi abuelo…  Nos quedamos en un hotelito, The Glenn House Inn, que parecía casa de muñecas y servía huevos benedictinos de desayuno así es que tanto mamá como papá estaban contentos.  A la mañana siguiente llegamos a la apostólica.  La entrada es larga y los árboles a ambos lados de la calle estaban entre verdes y amarillos.  Un padre en sotana, el P. Steven Liscinsky LC que era el prefecto de estudios, caminaba afuera con las manos atrás haciendo la meditación.  Entramos a la capilla donde los apostólicos también estaban en meditación.  El P. Kermit Syren LC estaba contando una historia de un oso en Alaska.  Así llegué a New Hampshire.  Allí pasé los primeros cinco años de mi vida legionaria, que yo recuerde, sumamente feliz.

El día de Pentecostés del año 2000 recibí el uniforme de precandidato.  Una noche poco después el P. David Steffy me preguntó “¿Usted sabe algo de Francés?”.  Cuando le dije que no me dijo: “Pero podría aprender ¿no?”.  Sí…  Y allí me dijo que me iba a Canadá para fundar la nueva apostólica en Cornwall y que de pasada le avisara a Joe Houser que también se venía conmigo…  Así es que al día siguiente en el desayuno le dije a Joe Houser que terminara rápido de comer y que empacara todo porque nos íbamos esa misma mañana a Cornwall.  Mi estancia en Cornwall duró poco porque los nuevos que entraron ese verano eran todos más chicos que nosotros de forma que nosotros volvimos a New Hampshire al final del verano y algunos apostólicos tomaron nuestros lugares.

El 14 de Septiembre de 2002, vísperas de la fiesta de la Virgen de los Dolores recibí la sotana legionaria.  Fue un momento que obviamente había esperado mucho, pero mirando ahora hacia atrás me doy cuenta de que era un anhelo muy infantil, propio de la edad que tenía.  Recuerdo que me hacía casi igual de ilusión poder ponerme guayabera porque me encantaba cómo se veía…  Pero lo que sí era auténtico y, por gracia de Dios, más maduro de lo que me podía percatar era el orgullo de ser legionario de Cristo.  Yo quería ser parte de esta cosa grande y gloriosa y fuerte que tenía grandes planes que yo no conocía muy bien pero que sabía que era una causa justa y de Dios y que valía la pena vivir y morir en ella.

Hice mi noviciado en Bad Münstereifel, Alemania, bajo los buenos auspicios del P. Joseph Burtka LC y del entonces H. Konstantin Ballestrem LC.  Fueron dos años de un poquito de maduración, de mucho despiste y de todas las buenas intenciones del mundo.  Me encantó ver a la Legión de otros lugares, Alemania, Austria, Hungría, Polonia…  Sin darme cuenta, me sentía muy a gusto porque esto era lo que yo había soñado:  una Legión mucho más grande que yo y mis cosas que hacía la obra de Dios por todo el mundo.  Éramos apenas unos 15 novicios pero éramos parte de una cosa muy grande y hermosa.  Yo estaba convencido de que Dios me quería legionario.  Estaba encantado de estar en la Legión.  Y me hacía falta poco más para ser feliz.  Así que el 4 de septiembre de 2004, con 19 años, emití mis primeros votos en la Iglesia de los Jesuitas de Bad Münstereifel.  Me acuerdo vagamente de que durante los ejercicios previos a la profesión estuve inquieto sin saber muy bien por qué.  Lo que sí sabía es que Dios quería esto.  Y si él lo quería yo lo quería.

De mis estudios humanísticos en Salamanca, España, recuerdo muy poco.  Fueron en realidad apenas diez meses embarraditos porque en julio de 2005 ya estaba llegando a Roma a estudiar filosofía.  En España, por primera vez después de la apostólica y del noviciado llegaba a una comunidad grande, y sobre todo, a una comunidad de cultura predominantemente latina, que para este entonces se me había hecho un poco ajena.  Era también mi primer año de vida religiosa y el primero en un periodo de estudios.  O sea, empezaban las “grandes ligas”…  Todo esto, además de que tenía 19 años, contribuyó a que mi tiempo en Salamanca fuera un periodo de ajustes, de crecer y querer madurar y de pasar por los momentos incómodos de no saber muy bien qué ni cómo y de estar entre distraído y desorientado.  Mis formadores en ese momento –P. Jesús María Delgado LC y P. Humberto Gaytán LC–  fueron estelares.  El P. Jesús María fue un rector que dirigía con el ejemplo.  No cabía la menor duda de que él estaba entregado a Dios en su vocación y de que se sentía realizado en la Legión.  Una vez caminando entre los pinos de la casa, mientras vigilaba a las urracas con un ojo, me dijo:  “Lo que pasa con usted es que está viviendo de las rentas…  Porque, claro, Dios ha sido muy bueno con usted y usted está viviendo de lo que ha recibido en su casa”.  Esto me ha acompañado siempre.  Era verdad.  Yo había recibido mucho muy pasivamente desde el inicio de mi vida y hasta entonces no había empezado a correr.  Quizá ni a caminar…  Pero tenía claro que Dios me quería legionario… y seguía adelante.  Pasarían todavía casi diez años antes de que empezara a caminar.

Al año siguiente llegué a Roma, a la gloriosa “Sección B”, a estudiar bachillerato en filosofía.  En Roma viví lo que podía ser un auténtico grupo de hermanos.  Tuve la suerte de tener como asistente al P. Jader Vanegas que se ocupaba mucho de nosotros y de nuestras cosas y hacía que el grupo se reuniera muy naturalmente en torno a él.  Ese grupo era como mi familia dentro de la comunidad.  Allí hablábamos de las cosas que nos interesaban a todos sin ningún tipo de fachadas.  Nunca hubo necesidad de grandes actividades especiales “de integración”.  De hecho, lo que más recuerdo es el trabajo que hacíamos en equipo: estar limpiando las mesas discutiendo de filosofía hasta que llegaran “los de licencia” a pontificar y “resolver” todas nuestras dudas…  Roma fue un tiempo muy hermoso.  Me entregué de lleno a los estudios de filosofía y a la vida de comunidad.  Y al cabo de dos años recibí mi destino de prácticas apostólicas:  Francia.

No me lo esperaba.  Para nada.  Pero resultó ser un periodo clave en mi vida.  Francia merecería un libro entero en que describir todo lo que pasó allí.  Pero en pocas palabras:  crecí.  En Francia se quedó el niño y salió el adulto, el religioso consciente.  Por fortuna, tuve como rector al P. Bruce Wren LC que supo acompañar esta transformación de modo magistral.  Por primera vez, en Francia, me cuestioné en serio por qué estaba en la Legión.  ¿Qué significaba estar aquí y ser religioso?  En Francia pude darme cuenta de modo consciente de mis propias cualidades, de mis talentos, de mi propio valor.  Y por lo tanto de mis posibilidades…  Y fue un momento de escoger en libertad y con conocimiento de causa lo que estaba haciendo con mi vida.  Este párrafo no hace justicia a la magnitud del momento.  Pero estaré eternamente agradecido al P. Bruce porque él ha sido para mí –además de un gran, gran amigo– un maestro de libertad.  Esto es lo último que me dijo antes de volver a Roma cuatro años después:  “Hermano, nunca pierda su libertad”.

De vuelta a Roma, llegué a vivir a la Sede de la Dirección General para colaborar con la Prefectura General de Estudios y hacer la licencia en filosofía.  Volviendo la vista atrás, ahora veo que estos años fueron los más débiles de mi historia.  Yo seguía adelante, viviendo de la renta.  Pero se estaba acabando el vuelito…  Yo tenía la convicción férrea de que Dios quería que yo fuera legionario.  Pero para entonces ya me había dado cuenta de que no puedes vivir de lo que otra persona quiere, ni aunque la otra persona sea Dios.  Y en ese contexto comencé la teología.

Un día en una plática el conferenciante hizo pasar un crucifijo por las bancas de los que estábamos oyendo.  Yo lo tomé y lo vi y lo pasé y ya.  Coincidió que se lo pasé a una consagrada que lo tomó y lo abrazó con verdadera pasión.  Eso me sacudió hasta el alma.  Todo el día volvía a ver la escena una y otra vez en mi cabeza hasta el punto que me causaba conmoción física.  En la noche estaba turbado a tal grado que que no quise ir a oraciones de la noche con la comunidad.  Subí al cuarto piso de la casa donde estaba el oratorio del P. Álvaro y allí me arrodillé solo y me puse a llorar como niño.  Pero llorada fea como las que te atragantas las lágrimas y respiras a trompicones…  ¿Cómo era posible que yo estuviera viviendo con tanta indiferencia frente a esta persona que supuestamente estaba siguiendo?  ¿Cómo era posible que iba a ser sacerdote y no conocía verdaderamente a ese Cristo?

 A las pocas semanas me invitaron al curso de Amor Seguro sobre la Teología del Cuerpo con Lorea Bringas.  Allí sucedió una cosa completamente inesperada y un poco desproporcionada quizá a lo que te llevas de uno de esos cursos.  Allí vi con claridad que toda mi vida había estado viviendo de obediencia, de fe, de la confianza ciega en la llamada de Dios a la Legión.  Todas cosas muy buenas, sin duda.  ¡Pero vi con claridad que no bastaba!  Me di cuenta de que lo único que puede fundar una vida es el amor.  Más ¡el amor al Amor!  Y yo no estaba viviendo por amor a Dios, para amar a Dios.  Me encantaba la Legión.  Me sentía en casa y sabía que Dios me quería allí.  Pero no había aprendido a amarlo a él.

Los últimos tres años de mi vida han sido un laboratorio en el amor y la misericordia de Dios.  He aprendido a rezar.  O mejor, he aprendido a aprender a rezar.  Y a cansarme y dejarlo y luego a volver con la cola entre las patas…  Y sobre todo me he dado cuenta de la enorme paradoja que es la vida humana, que es que aunque esta sea mi historia, Dios es el protagonista de mi historia.  Esto del amor es un modo de vivir mucho más desaliñado.  Es menos aséptico y clínico que el de una convicción fría –por muy verdadera que sea– porque el amor es entre gente, que tiene pasiones e imperfecciones y debilidades y a veces hace pucheros y patalea.  Y peca.  Esto último ha sido lo más difícil de entender y aceptar.  Que a las puertas del sacerdocio no soy perfecto.  No he conquistado el pecado.  Porque esto, en el fondo, no me compete a mí sino a Cristo en la Cruz, con el que ahora me configuro.  Y a pesar de esto Dios no retira la promesa.  Dios no retira la vocación.  Quizá después de todo es a este momento al que él quería llegar.  Y por eso cuando me preguntan si estoy listo, siempre respondo “Cristo está listo.”  Yo solo le digo “llévame en pos de ti.  Corramos.”  (Cant 1, 4)  Y él solo me contesta:  “Yo te instruiré.  Yo te enseñaré el camino a seguir.  Con mis ojos fijos en ti, yo seré tu Consejero.” (Sal 32, 8)

apaezEl H. Alejandro Páez LC nació en Monterrey, N.L., el 18 de febrero de 1985.  Fue alumno del Instituto Irlandés de Monterrey desde maternal hasta sexto de primaria.  En 1997 ingresó a la escuela Apostólica de Monterrey pero al finalizar el curso introductorio de verano fue enviado a Immaculate Conception Apostolic School en New Hampshire, USA.  En 2002 se trasladó a Bad Münstereifel, Alemania, en donde vivió dos años de noviciado y emitió sus primeros votos religiosos.  En seguida cursó un año de estudios humanísticos en Salamanca, España y al terminar éste, comenzó sus estudios de bachillerato en filosofía en el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum de Roma.  A continuación trabajó cuatro años en la apostólica de París, Ecole Apostolique de l’Immaculée Conception, como formador y prefecto de estudios.  En agosto de 2010 emitió sus votos perpetuos en la capilla de la casa de los Legionarios en San Pedro, Garza García. Vuelto a Roma en 2011, fue llamado a la Sede de la Dirección General de los Legionarios de Cristo para colaborar en la Prefectura General de Estudios y completó la licencia en filosofía y el bachillerato en teología.  Será ordenado diácono el 2 de julio de 2016 en la parroquia de Nuestra Señora de Fátima en Monterrey y sacerdote el 10 de diciembre en la basílica de San Juan de Letrán en Roma.

Peter Krezalek, L.C.

A story of my vocation

After turning 30 years old it occurred to me that I had just became of the same age as Jesus Christ when he started his public ministry. That realization was gone as fast as it came. Three years later, at the age of 33, a new and more intense understanding glided into my mind, that I was entering the age of Christ when he chose to lay down his life for us, for me.

This time it was a more deep and profound thought and it lasted throughout the whole year. I knew that Christ’s love for me was sealed by His redemptive act on the cross and yet, what was I doing for him in return during the course of my life? That question ignited a change in my life, a call and a grace to respond to it and eventually would lead me to entering a religious life and the priestly ordination.

Soon after having that understanding I reached for a random book on my shelf, started reading it and simply couldn’t put it down. It was “The dark night of the soul” written by St. John of the Cross. Later I would find out that most people never read this great spiritual work , or if they do, they only do it at more advanced stage in their spiritual life. I, on the other hand, had started my spiritual journey with this book. The hours were passing by and by the wee hours of the night I knew that in the words of John of the Cross I was finding a key to the truth, the beauty, the love I have been looking for my entire life.

Then followed the seven years of research and learning and reading and praying. I was led to a discovery of the great works of St. Augustine, St. Thomas Aquinas, and even listen to some protestant radio programs while lamenting a lack of equivalent catholic programming and resources. Eventually I discovered EWTN, the Relevant Radio, Dr Scott Hahn, St. John Paul II’s “Theology of the body,” and I was truly affirmed in my belief that there is only One, Holy, Catholic and Apostolic Church and the gates of hell will not prevail against it and that I not only shouldn’t be shy about it but be proud and try to lead as many as I could to discover it and love it.
I also started realizing that with the growing knowledge and understanding of the faith there must be a change of heart and my actions must be aligned with what I professed to believe.

Therefore, I decided to pray more, go regularly to confession, receive the Holy Communion and spend more time in front of the Eucharist. These actions had a profound impact on strengthening my faith to the point that one day while kneeling in front of the Blessed Sacrament, I started wondering what would happen if I totally surrendered, stopped playing games, gave everything up and follow Christ unconditionally. Yet, I wasn’t ready. In an instant I took control of my thoughts and became very scared, since I wanted to be in control of my life, my destiny and not willing to walk by faith but by sight.

That process lasted for 7 years and I was finally ready at the age of 39 to change for good. A decision came to join a group from Chicago on a pilgrimage to the Holy Land. When our group was still at the airport waiting on the flight to Tel Aviv, a priest joined us and I realised that there was something different about him. Here he was in the middle of the crowds not being afraid to wear his black suit and a white priestly collar making his fidelity and the witness to Christ almost palpable in the human sea of indifference. Then later I saw him praying breviary at the airport looking as if the whole world around him ceased to exist. I started wondering, who is this guy? It was such a powerful testimony of one’s fidelity and authenticity. He was the first Legionary of Christ I have ever met and his humility and charity were instrumental in my realisation that I wanted to live my life just like that, faithful, authentic, humble and charitable.

During the Mass in Jerusalem it became obvious that the Eucharistic celebration is very special for a Legionary priest. Right there I knew that such a reverence was appropriate of this greatest moment when Christ’s Last Supper, his death and resurrection converged and was preserved for all generations wherever the Holy Sacrifice of the Mass is celebrated. This convergence is available for us due to the fact the the eternal God in the person of Jesus Christ entered the temporal reality through his incarnation and changed the dimension of time forever.
In the Mass the divine eternity and temporal dimension of creturness coexists at the same time for us to receive the fruits of Christ’s redemptive action from 2000 years ago.

Visiting the holy places and reflecting upon the mystery of the infinite God of universe, who stooping so low in order to prove his fidelity and love for his creatures and at the same time discovering and learning more about the Legionaries of Christ left such a mark on my soul that for the first time in my life I started seriously thinking about giving my whole life to God to prove my love for Him. There, in the land where Christ lived, walked, died and rose my fascination with becoming a Legionary of Christ began. Following the footsteps of Christ especially in the narrow streets of Via Dolorosa and attending the Holy Mass at the most holy sites of Christians changed me completely. When following the footsteps of Our Lord among chaotic crowds of shoppers, bystanders, buyers, and sellers I felt this calmness in my heart realizing that when Christ was passing these narrow streets he was completely focused on God the Father and his mission and nothing distracted him. I had been given this beautiful grace of understanding that one’s life is just like this walk Via Dolorosa, a way full of distractions and disordered commotions yet if we are totally focused on God we can persevere and get to the finish line faithfully following Our Lord. At that point I knew that I could never go back to my comfortable way of living and be indifferent to that deep understanding I had experienced some 7 years earlier at the age of 33 and what Christ’s sacrifice meant for me.

Yet, that knowledge, that experience, that new meaning in my life would probably have never happened without these three major events in my life. First, the day of my first communion which was a real and profound experience and understanding of the mystery in which Christ came to dwell in my young heart. All the truths of the faith learned during a year long preparation crystallized in a form of such a powerful experience that would never lead me to doubt the real and true presence of Christ in the Eucharist. Second, occurred during a period in my life away from God when I finally went to confession one day and for the first time ever did not receive an absolution. Until that moment I was always certain of God’s great love for me and always ready to forgive me. In my mind I wanted to have it both ways, to be close to God and his promise for eternal happiness, yet at the same time to enjoy to the fullest the joys of this life, even though they were not according to His plan. There was probably no other way for me to stop blurring the line between what my faith was and what my actions were, but hearing for the first time in my life the words of a priest “I cannot absolve you.” It was a shock to me, as a son of the Church, believing in all its teachings, hoping for the eternal happiness in Christ’ kingdom I found myself for the first time separated from the priestly absolution and the forgiveness of sins.

This led me to quickly change of my ways, returning to God in humility and soon hearing anew these beautiful words: “I absolve you…” And, the third moment was a discovery of the “Theology of the body,” written by St. John Paul II. Upon finishing reading it I realized for the first time in my life that it doesn’t matter if one gets married here on Earth or not. Because even though the conjugal union is the most beautiful thing in this life, and we all know it when experiencing an unquenchable thirst to love and to be loved, that this is nothing but a spark, a dim reflection of what the flame of love is that awaits us in the mystical union of Christ and his most beautiful bride – the Church. For the first time in my life I was free, I knew I didn’t have to spend all my energies searching for happiness here in so many places, so many faces… for the first time in my life I was ready to embrace fully everything what God had in store for me.

And embrace I did. On the eve of my fortieth birthday after sending an email to the Legionaries of Christ asking for an advice on a possibility of entering their Congregation, I stopped at a street corner, as I used to do for some time, to give money to a poor man, whom I haven’t seen for a while. And then his normal “Thank you” and “God bless you” were replaced with a long pause, a deep look at me and a question: “Where have you been?” And right there I thought at that moment that it was Christ asking me about my last 39 years.

That e-mail resulted in my attending the “Test Your Call” retreat for those who are discerning a vocation and I was impressed with the quality of those who already answered the call. During those days I had experienced a kind of dark night of the soul and after spiritual direction and an initial interview with a Legionary priest I had an understanding that this religious and priestly vocation was probably not for me due to my age and there might be other possibilities in a lay Regnum Christi movement. At first I thought that it was a great news since it was God’s answer to my search for Him. But for some reason I felt sadness and spent hours in prayer leaving everything in Mary’s hands. Then after speaking with a Novice Instructor a door was open for me to join a candidacy program in June of 2008 to see if the religious life was for me. Then a final trip to Lourdes and Fatima followed to thank Our Lady for keeping watch over me over all those years and asking for her protection. When I heard a reading in the chapel of the apparition in Fatima about those who leave everything for God will gain a hundred fold, I knew that it was meant for me. Later taking a bath in the waters of Lourdes I asked Mary to cleanse me from all impurities and guide me with her holy hands and transform this unworthy speck of dust into a humble and holy Legionary priest and her son. And finally leaving my job, entering the candidacy program, eight days of Spiritual Exercises, and receiving my Legionary cassock on Sep. 14, 2008 followed.

Peter KrezalekAfter turning 30 years old it occurred to me that I had just became of the same age as Jesus Christ when he started his public ministry. That realization was gone as fast as it came. Three years later, at the age of 33, a new and more intense understanding glided into my mind, that I was entering the age of Christ when he chose to lay down his life for us, for me. This time it was a more deep and profound thought and it lasted throughout the whole year.

Francesco Picaro, L.C.

“Avevo i rasta, oggi sono un legionario di cristo”

“L’incontro con Gesù Cristo mi ha cambiato la vita. Soprattutto, mi ha dato il coraggio di fare cose che non avrei mai pensato di fare. Come per esempio, tagliarmi i capelli!”.

Chi lo incontra in giro oggi, con quel volto che trasmette pace e serenità e i capelli corti non potrebbe mai immaginarlo, eppure P. Francesco Picaro, sino al 2002 era quello che chiameremmo un rasta. Capelli lunghi, i classici dreadlocks, fascia giamaicana in testa e tanta voglia di non passare inosservato. L’immagine, ma non la sostanza. Un po’ come nella società di oggi, dove più dell’essere conta l’apparire. Anzi, per meglio dire, il “sembrare”.  Ecco, per mettere a fuoco meglio la questione, è più giusto dire che Francesco Picaro, classe 1984, nato a Novara da genitori pugliesi di Altamura, nella sua adolescenza “sembrava” un rasta: “perché in realtà non ero un seguace della filosofia rastafariana e del loro modo di intendere la vita. Semplicemente, mi piaceva portare i capelli così, per me era un modo di distinguermi dalla massa: c’era chi lo faceva col chiodo, c’era chi lo faceva coi tatuaggi, io lo facevo coi capelli rasta. In più mi piaceva molto la musica reggae e quindi mi identificavo con questo genere di musica portando i capelli rasta. In genere queste cose si fanno quando uno vuole far vedere qualcosa di grande che porta dentro e non sa come esprimerlo, allora usa questi segni, non sa come farli uscire e si mostra al mondo così. Io poi portavo i dreadlocks anche quand’ero all’oratorio…”

Già, l’oratorio. Per chi come Francesco viene da una famiglia profondamente cattolica, il riferimento non può che essere quello. I sacramenti, la Messa, qualche volta sull’altare a fare il chierichetto, il sabato a giocare a pallone con gli amici su quel campo in cemento dove se cadi ti sbucci malamente le ginocchia: “Vedevo un po’ la parte esterna della vita ecclesiale – racconta – come tutti i ragazzi di quell’età. Quando l’animatore dell’oratorio mi chiamava io c’ero, ma non è che poi andassi molto al di là di tutto questo e di qualche attività insieme agli altri. Senza contare che poi, come tanti, vedevo il traguardo della Cresima come una sorta di diploma. Della serie: ho finito il percorso del Catechismo, ho preso il Sacramento, adesso lasciatemi stare. E’ così che piano piano ho cominciato ad allontanarmi dalla chiesa. Pur senza mai rinnegare la mia religione, quando ho compiuto 13 anni ho abbandonato gradualmente quello stile di vita: non andavo più a Messa tanto spesso e cercavo di stare più lontano possibile dall’oratorio, dai gruppi di preghiera e quant’altro. Una fase lunga della mia vita, quasi quattro anni”. Anni intensi, durante i quali Francesco cerca dentro di sé le risposte, non trovando però quella giusta e fermandosi sempre davanti ai dubbi che gli si ponevano di fronte: “Avevo bisogno di esperienze forti – spiega – sentivo che qualcosa, in quella vita che stavo conducendo, mi mancava, ma non lo trovavo da nessuna parte e soprattutto non sapevo cosa fosse. Intuivo soltanto che avevo bisogno di una scossa che mi aiutasse a fare un po’ d’ordine dentro di me e a fare emergere quelle che erano le mie necessità”.

Erano i primi segni del lavoro del Signore su Francesco, ma è ancora presto perché possa decifrarlo: “L’unica cosa che sentivo era di voler vivere un momento forte – spiega – così nel 2001, a 17 anni appena compiuti, vado da mia madre e le dico che volevo passare una Pasqua diversa. Venivo da quattro anni di completo distacco dalla chiesa e dentro di me è nata questa sete di vivere un momento speciale, forte di preghiera. Provate a immaginare la scena: 17 anni, fascia giamaicana in testa, capelli lunghi e una domanda diversa dalle solite, una domanda che cercava una risposta più spirituale, per la mia vita interiore; eppure mia madre non si sorprende, le mamme infatti conoscono il cuore dei figli e le loro necessità, così sorridendo mi dice che a Messina c’erano dei sacerdoti comboniani, che facevano dei campi di lavoro e di discernimento e io decido di mettermi in viaggio. Sono stati tre giorni intensi: il triduo della Pasqua Missionaria prevedeva infatti catechesi da parte dei padri comboniani, condivisione e vita comunitaria, tutti aspetti che poi ho ritrovato nella mia esperienza attuale. E proprio durante una di queste catechesi, quella del Venerdì Santo sulla Passione di Cristo, ho avuto la chiarissima percezione che Cristo aveva sofferto tutto quello, per me. Oggi posso dire che quell’esperienza è stata fondamentale per la mia vita: Cristo era diventato qualcuno per me, non era più un’idea ascoltata a catechismo, ma l’amico che mi aveva salvato. Sono tornato a Novara arricchito, cambiato, pieno e con un rinnovato slancio”. A tal punto che si riavvicina alla chiesa e all’oratorio riprendendo il cammino da dove l’aveva interrotto e anzi raddoppiando l’impegno: “Passavo in oratorio anche quasi tutta la giornata, avevo riscoperto la gioia del servizio e la bellezza di pregare e la cosa bella era che non le sentivo più né come una astratta proposta, né come una “imposizione” ma come una mia esigenza. Quando preghi il Signore Lui ti parla: io ero ancora insoddisfatto, ma era una insoddisfazione piacevole. Stavo bene, ma c’era una domanda di fondo dentro di me che io non riuscivo a mettere a fuoco. Volevo ancora di più”.

Parrocchia e preghiera. Preghiera e riflessione. Francesco ricomincia lentamente a prendere contatto con quel mondo che l’aveva accompagnato nella preadolescenza e il “don dell’oratorio”, quello che l’aveva sempre assistito, ripone in lui la fiducia, assegnandogli la cura di un gruppo di giovani di 13-15 anni: “Ci si trovava in oratorio a San Martino, per un cammino di crescita dei ragazzi e quando si parlava del fatto che alcuni pensavano di allontanarsi dalla chiesa io li capivo, perché avevo vissuto quelle stesse sensazioni. La sfida era ed è portare i ragazzi all’incontro con Cristo”. A settembre dello stesso anno, un altro scossone scuote la vita di Francesco, mettendolo davanti ad una prova che finirà per orientarlo definitivamente: “Mia madre si era ammalata in maniera molto seria – racconta – e aveva subito diversi interventi. In quel mese subisce un nuovo ricovero, ma è l’ultimo e dopo nove giorni purtroppo muore. A quel punto ricomincio a farmi delle domande, soprattutto chiedevo a Dio perché proprio quando mi stavo riavvicinando alla chiesa mi avesse fatto questo. Eventi simili ti segnano e io non avevo molte scelte: tornare alla vita di prima lontano dalla chiesa, oppure abbandonarmi a Dio, a quel Dio che aveva sofferto ed era morto e risorto per me, abbandonarmi a Lui con ancora più forza e farmi guidare da Lui. Ho scelto la seconda strada e la mia vita da quel momento è cambiata, ho cominciato a domandarmi cosa fosse per me la vita e cosa potessi fare io per gli altri. Era l’inizio del mio discernimento vocazionale”.

Insieme al discernimento, va avanti anche la vita di Francesco. Che si diploma perito aeronautico (“ci ho messo un anno in più perché… diciamo che ho sentito la necessità di approfondire alcune materie”, scherza), si fidanza e nel frattempo continua a frequentare la sua parrocchia a Novara: “Un mese dopo la morte di mia madre cominciava il ritiro di inizio anno della parrocchia e io decido di prendervi parte. Anche quello fu un momento determinante per me: venne infatti a portare una testimonianza un fratello dei Legionari di Cristo. Loro si trovavano a Gozzano e io li vedevo spesso, perché a Pasqua venivano sempre a dare una mano per le benedizioni, dato che la mia parrocchia a Novara era molto grande. Dopo quella testimonianza, cerco di tenermi in contatto con quel fratello e quando mi è possibile vado a trovarlo a Gozzano. La sua amicizia mi ha aiutato molto nel cammino, mi ha guidato e dato consigli preziosi in questo periodo di discernimento che è durato un paio d’anni e che stavo affrontando, sempre accompagnato dalla direzione spirituale”.

Dopo la maturità arriva il tempo delle scelte, quelle che si pongono davanti ad ogni diciottenne che esce dal ciclo degli studi superiori. “Dopo la maturità – racconta – avevo tutte le buone intenzioni di cercare un buon lavoro o continuare gli studi universitari…ma sono rimaste solo buone intenzioni e alla fine dell’estate non avevo ancora scelto nessuna delle due opzioni. E così, mio padre giustamente mi disse che l’opzione “rimanere a casa a fare niente, o qualcosa di simile” non gli piaceva molto. Allora mi sono rivolto a un’agenzia che offre lavori con contratti interinali e così ho fatto un anno come magazziniere in diverse aziende. Un lavoro duro soprattutto a causa dei turni: quando mi toccava quello delle 6-14, mi dovevo alzare alle 4.30 del mattino e specialmente in inverno non era per niente piacevole. Ma è stata un’esperienza che mi ha aiutato molto; per me in quel momento (siamo nel 2004) era molto importante la preghiera e il cammino di discernimento si stava facendo sempre più intenso. Già dall’ultimo anno di scuola superiore cercavo di andare a Messa tutti i giorni (cosa che a me sembrava normale… mi sarei accorto di lì a poco perché) e così, quando ho iniziato a lavorare, ho cercato di mantenere questo impegno con Gesù. Se mi toccava il turno di mattina, andavo a Messa il pomeriggio e viceversa. Ringrazio il Signore che mi ha accompagnato anche in quei momenti. Inoltre, grazie a questa esperienza, posso oggi capire meglio il valore del lavoro e i sacrifici che comporta. Posso capire quelle persone che arrivano a casa e sono stanche per pregare e allora posso dar loro qualche consiglio “vissuto”, perché anche io a mia volta ho potuto sperimentare le stesse difficoltà.

Dopo un anno di riflessione e lavoro, la scelta di Francesco è compiuta: sarebbe entrato in seminario, la sua strada era quella. Non restava che dirlo agli altri, al suo mondo: “Mio padre e mia sorella sono stati contentissimi di questa mia scelta. Quanto alla ragazza, è stato diverso. La vocazione la sentivo io, anche se non in modo chiarissimo nei primi tempi. L’orizzonte della vocazione si è schiarito poco a poco e allora le ho spiegato la cosa, da parte sua c’è stata molta comprensione e in seguito siamo rimasti in buoni rapporti”. Restava solo da decidere dove andare a vivere la vocazione, a quale porta bussare. I Legionari di Cristo, quegli stessi fratelli che vedeva ogni anno in parrocchia, diventano la sua casa: “Uno di quei giorni in cui loro erano venuti a benedire casa mia – prosegue ancora – quando mia madre era ancora in vita, proprio lei aveva preso nota di quella visita. Quando io decisi di entrare in noviziato chiesi a mia sorella se ci fosse a casa una Bibbia, rispuntò fuori la Bibbia di mia mamma e con essa quel foglietto sul quale c’era scritto l’indirizzo dei Legionari di Cristo di Gozzano, con i nomi dei tre fratelli che erano venuti da noi”.

Padre Francesco, dopo alcuni anni al noviziato di Gozzano, ha vissuto nella comunità dei Legionari di Cristo di Roma. Con loro ha ritrovato quella dimensione di fraternità e comunità che aveva conosciuto in un ambiente diverso da adolescente. Preghiera, studio, ma anche tanta missione per le strade, fra la gente, a portare il messaggio di Cristo: “Fra lo studio della filosofia e quello della teologia, abbiamo un periodo di due-tre anni dedicato proprio al ministero, alla pastorale. Io sono stato prima due anni a Gozzano, dai fratelli Legionari: mi sentivo un po’ come il fratello maggiore di tanti ragazzi che cominciavano il cammino ed era bello perché in fondo ritrovavo anche un po’ di quella dimensione che vivevo all’oratorio, ero un po’ una loro guida nelle varie attività. Poi sono andato in Messico, in una delle nostre scuole, dove ho fatto da professore di religione e guida spirituale ai ragazzi più giovani, seguendo le immancabili attività di oratorio. Poi naturalmente c’erano i ritiri spirituali e durante la Settimana Santa organizzavamo le Megamisiones una grande opera di evangelizzazione di strada: siamo andati in un villaggio a Nord di Città del Messico, a parlare di Cristo nelle case di alcune famiglie, portando il messaggio porta a porta. E’ stato un anno difficile, ma bello e importante”. Evangelizzare, parlare di Cristo, dell’attualità e della modernità del Suo messaggio di salvezza. Nel piccolo microcosmo di paese come a migliaia di chilometri da casa. Alle persone che non conosci e a quelle con cui hai vissuto una parte della vita. Come ad esempio gli amici, quegli stessi che Padre Francesco ha frequentato nelle varie tappe del suo cammino: “Li incontro ancora, i miei amici – racconta – e tutti mi hanno chiesto il perché di questa scelta. Se lo sono chiesti quelli che avevo all’oratorio ma anche quelli che frequentavo nel periodo in cui ero lontano dalla chiesa. E anche questi ultimi, che magari hanno idee o percorsi di vita distanti dal mio, oggi mi ascoltano volentieri. Succede perché non mi vedono solo come un religioso che parla loro di Dio, ma come un amico e in situazioni come queste è fondamentale. Se è un amico che ti parla di Gesù e non un estraneo, ti fidi di più, perché lo conosci da prima, hai condiviso un tratto di strada con lui e sei maggiormente disposto ad ascoltare ed accogliere il messaggio di cui si sta facendo portavoce”.

Nel settembre 2013, a Gozzano, Padre Francesco Picaro ha fatto professione perpetua; ha poi completato il percorso di studi e si trova ora a Firenze, dove svolge la sua missione nel campo della pastorale giovanile.

 “E dire – conclude – che io non avrei mai pensato nella mia vita di vivere quanto ho sperimentato fino ad oggi: la vocazione mi ha dato la forza per affrontare tutto, ho trovato in Gesù Cristo un Amico forte, una Persona che mi accompagna e mi sorregge ovunque sia. Lo studio, la preghiera costante, l’opera di evangelizzazione, ma anche l’aver cambiato radicalmente il mio aspetto sono cose concrete come tante altre che faccio ogni giorno per amore verso di Lui. Queste azioni le faccio con semplicità, per amore. Vado avanti così e sono felice”.

Francesco PicaroChi lo incontra in giro oggi, con quel volto che trasmette pace e serenità e i capelli corti non potrebbe mai immaginarlo, eppure P. Francesco Picaro, sino al 2002 era quello che chiameremmo un rasta. Capelli lunghi, i classici dreadlocks, fascia giamaicana in testa e tanta voglia di non passare inosservato. L’immagine, ma non la sostanza.

Gastón Vicuña, L.C.

«El ciento por uno en esta vida y la vida eterna» (Mt 19,29)

Esta vida es un segundo. Ya lo sabía. Precisamente eso me tenía dándole a Dios los meses de verano a mis 16 años. Pero esa noche, arrodillado entre varios legionarios y consagrados adorando a Cristo Eucaristía, no podía entender cómo esos hombres se decidían a consagrar su vida totalmente a Dios. De pronto, comenzaron a cantar… y lo comprendí todo.

Siempre me ha dado risa cuando alguien se acerca a felicitarme por el hecho de estar siguiendo al Señor. “Ni que fuera mérito o idea mía…”, pienso yo. Por lo menos mi experiencia es que la vocación es un don gratuito; la iniciativa es divina, el don de poder escuchar y responder también, etc. Es verdad que implica una respuesta en libertad, pero la experiencia de plenitud es tal, que uno se siente como creado para esto, y que nada en el mundo sería capaz de llenar un corazón que ha sido creado sólo para Él.

¿Cómo fue mi llamado? Tres veces en mi vida me ha hablado fuerte Dios; a los 10, a los 13 y a los 16 años. En todas ellas me invadió un sentimiento de vértigo, como el que te da cuando estás a un paso del vacío, pero un vértigo que te envuelve y te llena al alma de felicidad, de saberte infinitamente amado por Alguien que te ha creado y te quiere para Sí.

Soy el mayor de 7 hermanos de una familia llena de valores, muy alegre y unida. Mi relación con Dios se fue dando en mi vida de forma natural y espontánea, en primer lugar gracias al ejemplo de mis papás, a quienes debo todo. La primera vez que sentí que Dios que me llamaba fue muy chico, como decía. Fue algo tan simple como el ver a un sacerdote legionario en el Colegio Cumbres en donde estudiaba, que bromeaba con un compañero sobre la vocación. De pronto, percibí con fuerza en el fondo del alma la certeza de que Dios no lo llamaba a él, sino a mí. Pero más que un pensamiento, fue como si Dios inundara mi alma de felicidad y me arrebatara hacia Él. Fue algo difícil de expresar, y muy breve.

A los 12 años me incorporé al ECYD. Me gustaban mucho las actividades que se organizaban, especialmente los retiros de fin de semana, con sus juegos, dinámicas y competencias. La segunda vez que Dios me habló claro fue en uno de ellos, cuando en una reflexión evangélica escuchamos que «todo el que deja casa, familia, amigos… por mí, recibirá el ciento por uno en esta vida y la vida eterna» (Mt 19,29). Estas palabras se clavaron en mi corazón, y volví a sentir esa fuerte llamada. Comprendí con claridad que la vida era sólo el paso previo a la vida eterna, y que tenía que invertir entonces todo lo que había recibido de Dios por alcanzar esta meta y ayudar a otros a alcanzarla.

Sin embargo, con el paso de los meses olvidé estas luces de Dios y seguí mi vida normal de adolescente. En los estudios me iba relativamente bien, lo que me daba mucho tiempo para hacer otras cosas. Me gustaba mucho salir a fiestas; jugar fútbol, tenis, básquetbol; cantar con mi grupo de música, etc. En el ECYD seguía participando con mucho interés en las diversas actividades, y en poco tiempo me invitaron a ser responsable de un equipo de chicos menores que yo, al cual me entregué en cuerpo y alma por sacarlo adelante. Me di cuenta que mientras más me daba a los demás, más feliz era. Me gustaba mucho todo lo que fuera organizar apostolados (y perder clases), ir de misiones, ayudar a los demás, especialmente a los más necesitados.

A mis 15 años me ofrecieron la oportunidad de ser colaborador de verano, es decir, darle a Cristo mis vacaciones para  trabajar en algún club del ECYD del mundo. Recuerdo que la invitación me desconcertó… una cosa era hacer apostolado en mi tiempo libre y otra muy distinta era gastar mis vacaciones en ello. Así que le dije al padre encargado que no, gracias. Durante ese verano, mientras veraneaba con mi familia, volvía a mi cabeza la negativa que había dado. Me preguntaba si mi entrega y relación con Dios era algo serio o sólo un juego, un pasatiempo. ¿Confiaba en que Dios sólo me podía pedir lo que me haría feliz? Esas semanas de vacaciones fueron transformadoras para mí, y sentí la mano amorosa de Dios que me ayudaba a entender sus designios y a ser más de Él.

Regresando al colegio supimos que un compañero nuestro había muerto en un accidente de montaña. Esto me movió aun más a aprovechar el tiempo que tenía entre manos. A pesar de las dificultades naturales y mayores compromisos académicos, me entregué más al apostolado y al ECYD. Experimenté a un Dios que llenaba mi corazón de plenitud y felicidad, muchas veces en medio de pruebas y cruces. Cuando me ofrecieron nuevamente la oportunidad de ser colaborador de verano, no lo pensé dos veces. Él me daba una segunda, y tal vez última, oportunidad; no la podía desaprovechar.

Ese verano de 1999 fue una gran experiencia que viví junto a los otros 13 colaboradores que fuimos a México. Nuestra estadía coincidió con la visita del Papa Juan Pablo II a este país, por lo que pudimos estar muy cerca del Santo Padre. Recuerdo especialmente cuando asistimos al estadio Azteca, junto a más de 120 mil personas, y tuvimos la gracia de estar con él, escucharlo, y más que todo, ver su testimonio de apóstol incansable por la causa de Cristo. También en esos meses tuvimos la oportunidad de convivir con los miembros del Centro Estudiantil, jóvenes que maduraban un llamado de Dios a colaborar en su plan de salvación en el Movimiento y la Legión. Pero quizás la mayor gracia fue la de vivir en una comunidad de legionarios y consagrados en Ciudad de México.

Una noche, arrodillado entre varios legionarios y consagrados adorando a Cristo Eucaristía, no podía entender cómo esos hombres se decidían a consagrar su vida totalmente a Dios. De pronto, comenzaron a cantar y lo comprendí todo. Era Dios que me hablaba fuerte y claro por tercera vez. “Christe Rex noster, adveniat Regnum tuum!” repetían en su canto. Comprendí que Jesús es el Rey del mundo, el Señor de la Vida y de la Historia. Es el Rey también del corazón de todo ser humano, y lo que estos hombres hacían era simplemente ofrecer sus vidas al servicio de este Rey supremo, felices de poder hacer algo por la extensión de su Reino. Esa noche volví a saberme amado y llamado a una vida totalmente dedicada al Amor.

Volví a Chile con un gran tesoro en mi corazón. Me incorporé al Regnum Christi y fui profundizando mi relación con Dios. Al año siguiente fundamos el Centro Estudiantil junto con otros 4 amigos, donde descubrí la maravillosa vocación de la consagración laical en el Movimiento. Terminando el colegio me consagré a Dios y me fui a vivir a México, donde tuve mi formación como consagrado, estudié la carrera de Economía y trabajé como director del ECYD en Guadalajara. Después de 8 años vi con claridad que Dios me estaba llamando al sacerdocio, y comencé un período de 7 años de formación y estudios para llegar a este momento de la ordenación sacerdotal. Actualmente trabajo en Santiago de Chile, en la hermosa labor de la pastoral juvenil en nuestros colegios y secciones juveniles.

Gaston VicuñaEl P. Gastón Vicuña Larraín, L.C. nació el 10 de enero de 1983 en Santiago de Chile. Estudió en el Colegio Cumbres de Santiago, donde comenzó a participar en el ECYD y luego en el Movimiento Regnum Chisti. El último año de enseñanza media hizo una experiencia vocacional en el Centro Estudiantil, después de la cual se consagró a Dios. Del año 2001 al 2009 fue laico consagrado en el Regnum Christi; estudió Economía en la Universidad Anáhuac de México y fue director del ECYD en Guadalajara, México. El año 2009 ingresó al Noviciado de la Legión de Cristo en Irlanda, y al año siguiente continuó su formación académica en Salamanca, España. Los estudios de filosofía y teología los cursó en el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum en Roma, Italia, entre los años 2011 y 2016. Actualmente el P. Gastón colabora en la pastoral juvenil en Santiago de Chile.

Sebastián Rodríguez

Dejé mi examen en blanco diciéndome:
«Si me decido hoy a ser sacerdote será para toda mi vida,
mientras que esta nota será una más de las muchas que recibiré
por los exámenes que haré en el futuro».

Me decidí por el sacerdocio cuando tenía 12 años. Estaba haciendo un examen de inglés, cuando pasó un hermano Legionario por el pasillo fuera de mi sala de clase; era normal que pasaran, pero ese día su paso dejó algo en mí. «¿Cómo será ser uno de ellos?, me gustaría vestir de esa manera, organizar retiros, campamentos, hablar de Dios a las personas, dar la Comunión. ¿No será que Dios me llama?».

Fue el estilo de pensamiento que me surgió al verlo pasar, pero fue tan claro y fuerte que me dije: «Si me decido hoy a ser sacerdote será para toda mi vida, mientras que esta nota será una más de las muchas que recibiré por los exámenes que haré en el futuro». Con esa convicción dejé el lápiz a un lado y no continué haciendo el examen. ¿Cosas de niño? ¿Cómo tan chico y tan seguro? Mirando atrás es difícil explicármelo, sin embargo, fue lo que sentí en ese momento y mi decisión inicial se ha ido fortaleciendo a lo largo de los años cada vez que le he preguntado al Señor: ¿qué quiere Dios?

    Nací en Santiago de Chile el 27 de marzo de 1986 en un ambiente familiar maravilloso; rodeado del amor de mis padres, de mi hermana mayor y de mis dos hermanos menores. Siempre hemos estado muy unidos a toda la familia; era frecuente vernos acompañados de los primos, tíos y abuelos durante el año, especialmente durante las fiestas y vacaciones de verano.

    Entré al colegio Cumbres en 1991, cuando cumplí 5 años, y fue así cómo los Legionarios entraron en mi vida. En 1997, casi con 12 años, me incorporé al ECyD y no me perdía actividades (el ECYD, Encuentros, Convicciones y Decisiones, es una organización del Movimiento Regnum Christi, para adolescentes que hacen una alianza con Cristo y entre sí para construir un mundo nuevo según el Evangelio). Gracias a la formación de mi familia, del Cumbres y del ECyD, fui recibiendo la gran enseñanza de tener a Cristo en el centro de mi vida, como a un Amigo, como el mejor de los amigos, a quien puedo confiarle todo. Además, pude aprender a buscar conocer a Cristo, para amarle personalmente y luego transmitirle de forma apasionada y eficaz.

    Después de esa prueba de inglés, en que sentí el llamado, me fui directamente a la Capilla donde estuve un buen tiempo en oración. Salí de ahí con grandes motivaciones, tanto es así que fui a la biblioteca para pedir un libro sobre algún sacerdote que contara su vocación (la verdad es que quería salir de la duda: «¿A todos los llama Dios en una prueba de inglés?» – me preguntaba –, esa era mi duda, ¿para qué ocultarla?, tenía 12 años). El libro se me acabó esa misma tarde, estaba ansioso, y comencé a hablar con mi director espiritual (el mismo hermano Legionario que había pasado por la ventana). Fui un fin de semana a conocer el Centro Vocacional (Seminario Menor de los Legionarios de Cristo) y me gustó mucho. Pensé entrar, pedí permiso para irme el año que entraba, pero con el tiempo, y ayuda de mis papás, me di cuenta que Dios me llamaba por otro camino. Fue así como a los 14 años, el 1 de febrero de 2001, entré a vivir con los Legionarios en el Centro Estudiantil, un grupo pensado para el discernimiento vocacional de los Laicos Consagrados del Regnum Christi, pero en Chile abierto para ambas vocaciones.

    Estuve en el Centro Estudiantil mis últimos cuatro años de colegio. Algo que me motivaba de esta nueva realidad, fundada en Chile el año 2000, era que seguíamos estudiando en el mismo colegio, es decir, mantenía mi ambiente, mis amigos y profesores, además de discernir y hacer madurar esa posible vocación haciendo mucho apostolado en el ECyD. La decisión no fue fácil, por un lado estaba convencido de haber escuchado el llamado de Dios, pero por otro, el hecho de dejar a mi familia me costaba demasiado. A pesar de ello, al ver que era Dios el que me lo estaba pidiendo, que de mí dependía corresponderle y que el Centro Estudiantil me iba a ser importante para poder discernir y cuidar mejor mi vocación, me lancé a pedir el permiso a mis papás. Me dijeron que no. Sus argumentos fueron los mismos que cuando les pedí permiso para entrar al Centro Vocacional: que era muy chico, que lo pensara mejor y que debía conocer más el mundo.

     A mitad de año (todavía con 13 años), en una visita a Cristo Eucaristía, vi bastante claro que Dios me pedía entrar el próximo año. Pero «¿cómo quieres que entre si no tengo el permiso?» – le reclamé a Jesús – y me habló claro; quedamos en que haría una presentación a toda mi familia para hablarles sobre el Centro Estudiantil, demostrándoles, con mis palabras, cuáles eran mis motivaciones para seguir este camino. Preparé unas invitaciones especiales que entregué con anticipación a cada uno (a mis padres, hermanos y a la Lili, la nana de mi casa) para que no faltara nadie; hablé con los miembros del Centro Estudiantil de entonces para preguntarles qué hacían y cómo vivían; y, con esa información, fui preparando con mucho entusiasmo mi Power Point.

    Cuando llegó el día de la presentación (29 de octubre de 2000) no me fue fácil, era “el todo o nada” y al mismo tiempo sabía que si me daban el permiso, igual me costaría por pensar en dejarlos. Pese al nerviosismo, la presentación salió tal como lo tenía planeado: les hablé de lo que quería, respondí a las preguntas que tenían, y les invité a comer unas galletas que les había comprado mientras les tocaba música en un órgano electrónico que tenía. Al terminar mi papá me dijo que me veía seguro y que él sí me daba permiso. Recuerdo que le preguntó a mi hermana y ella también dio su aprobación: «Si él lo quiere, por mí bien». Al día siguiente hablé con mi mamá y, junto a mi papá, me dieron el permiso definitivo; ahora era un hecho que me iba a ir a vivir con los padres a partir del próximo año. Esos meses que me quedaban en la casa los aproveché para estar muy cerca de ellos, terminé el año de colegio, seguí pensando bien mi decisión y continué trabajando en mi vida espiritual: rezando, comulgando todos los días en el colegio, participando en las actividades del ECyD e incluso, gracias al apoyo de mis papás para estar realmente seguro de mi decisión, pude ir de peregrinación a Roma para el término del Jubileo del año 2000 y el 60ª Aniversario de la Legión de Cristo.

     De regreso del viaje a Roma tuve dos semanas de vacaciones inolvidables con mi familia, era la despedida, y eso hizo que fueran días muy especiales. Como dije antes, entré al Centro Estudiantil el 1 de febrero de 2001 y encontré un gran ambiente de caridad, de alegría, de oración y de sencillez, el cual me ayudó mucho a adaptarme rápidamente a mi nueva forma de vida. A mi familia la veía domingo por medio (aunque muchas veces también la veía en la salida del colegio, o a mis hermanos en el recreo), sin embargo fueron cuatro años para que ambos nos ayudáramos a entender las exigencias de la vocación religiosa y lógicamente a darnos cuenta de lo bonito que era seguir a Jesús y lo importante que era para mí el corresponder a Su invitación.

    Terminando el colegio, graduándome en diciembre de 2004, estaba todo listo para comenzar mi formación sacerdotal y entrar formalmente a la Congregación. El 1 de enero del año 2005 viajé a Brasil. Tuve dos meses de Candidatado (Postulantado) en Curitiba y dos años de noviciado en Sao Paulo. Fueron dos años muy enriquecedores para rezar, conocer más a Cristo y enamorarme de mi vocación. Seguí con mi apostolado en el ECyD, ahora ayudando en la fundación del Club Coliseo en la ciudad de Mogi das Cruzes. El 25 de febrero de 2007 profesé mis primeros votos por 3 años, lo que me convirtió por fin en miembro religioso de la Congregación de los Legionarios de Cristo y luego de unos años de formación, el 27 de marzo de 2012, hice mi Profesión Perpetua recibida por el Cardenal Velasio de Paolis en Madrid, mientras trabajaba apostólicamente en los clubes del ECYD de Sant Cugat y Barcelona.

    Es así como desde que sentí el primer llamado, tras mis años de estudio y trabajo apostólico, puedo decir que soy muy feliz. Y que a pesar de las situaciones difíciles que he tenido que afrontar, normal en toda vocación, todo ha valido la pena. Estar cerca de Dios es una gran experiencia en todo sentido, cada día es un desafió que me llena de alegría, sin duda, seguir a Cristo es una vocación maravillosa. Confío en Dios en que muchos más serán llamados y puedan vivir tan felices como yo, y le pido que los que sientan esta llamada sean siempre generosos para cumplir con lo que Dios quiere para ellos.

    Seré ordenado sacerdote, Dios mediante, en diciembre de este año. Les pido oraciones para que pueda ser un fiel instrumento en las manos de Dios y pueda administrar los sacramentos acercando a muchas personas a percatarse de cuánto Dios las quiere. Y de esta forma poder transmitir a Dios a los demás aportando en lo que se pueda al crecimiento espiritual de todos los que estén cerca de mí. Termino con una oración que siempre me ha ayudado desde que me incorporé al Movimiento Regnum Christi: «Me toca a mí, y de mi depende que tus palabras Señor no se pierdan, me toca a mí, que tu mensaje de salvación llegue a todos los hombres».

Sebastían RodríguezNació el 27 de marzo del año 1986 en Santiago de Chile. Estudió en el colegio Cumbres. Estuvo 4 años en el Centro Estudiantil de Chile. El 1 de enero de 2005 comenzó el Candidatado en Brasil durante dos años y luego fue a Sao Paulo para ingresar al noviciado. Hizo su primera profesión religiosa el día 25 de febrero de 2007. Durante seis meses ayudó en la pastoral juvenil y en la promoción vocacional en Porto Alegre. A mediados del 2007 viajó a Estados Unidos para estudiar un año de Humanidades y Ciencias Clásicas en Cheshire (Connecticut). En septiembre de 2008 comenzó Filosofía en Thornwood (Nueva York). Luego de titularse bachiller en Filosofía, en julio del año 2010, trabajó en España durante tres años en la pastoral juvenil de Sant Cugat y Barcelona, siendo también administrador de los clubes Faro de ambas ciudades. El 27 de marzo de 2012 hizo su Profesión Perpetua. Desde agosto de 2013 vive en Roma, donde estudió tres años de Teología y tras la ordenación diaconal, colabora en la administración del Ateneo Pontificio Regina Apostolorum.

Ryan Richardson

“What return can I make to the Lord for all His goodness to me? I will take up the cup of salvation and call on the name of the Lord.” (Psalm 116: 12-13).

I began to ask myself, “Where does it all end? Is there one, ultimate goal that brings lasting satisfaction?” If so, then I wanted to dedicate all my energy in pursuing this goal.

            Perhaps the most frequent question I receive is, “So, when did you first decide to be a priest?” I often chuckle at the question because, atleast for me, the answer can’t be given in a single phrase or a short conversation. While some priests were suddenly aware of a special calling to serve the Lord at a fairly early age, I didn’t even think of the priesthood until a bit later in life. Instead, the discovery of a vocation occurred gradual, over time.

            Although I was born and raised a Catholic in South Louisiana, I wasn’t the most pious child. It was my older brother Tim (my only sibling) who was the altar boy and goody two shoes of the family. I was more rambunctious and the class clown.  I can remember making fun of my older brother for going to Mass on Sundays and wasting an hour of watching football or playing outside. It’s not that I detested religion or the Mass, but I just didn’t see its’ relevance. I was much more concerned with friends, grades and sports. As I grew up, I excelled in American Football and it consumed much of my life. In high school, I played the fullback position and was elected a team captain. We were one of the best teams in the state of Louisiana and many of the players went on to play at the collegiate level. The sport taught me so many life lessons such as hard work, sacrifice and teamwork. I also excelled in the classroom. I was in all honors classes and ranked near the top of my class.

            My so called “conversion” experience happened during my late high school years.  Even though I excelled in sports and grades, I noticed a certain interior dissatisfaction. If we won a game, I experienced happiness, but that experience didn’t last long. Almost immediately, I found myself preparing for the next game.  Even after a winning season, I was suddenly planning for the next season (and so on). It was the same thing with studies. I would do well on a test, experience a brief moment of satisfaction and then start studying for the next exam. I began to ask myself, “Where does it all end? Is there one, ultimate goal that brings lasting satisfaction?” If so, then I wanted to dedicate all my energy in pursuing this goal.

            I began to take my faith seriously and started to develop habits of prayer and sacramental life. I prayed the rosary daily before lunch, went to Mass regularly on Sundays and frequented the sacrament of confession. For the first time, the person of Christ was relevant in my daily life. I started dialoguing often with Him and the Blessed Mother and tried to live an authentic Christian life. Even though I continued to excel at sports and academics, my perspective toward them changed. My relationship with Christ now became the center from which all else revolved around.

            After high school, I attended college at Loyola University New Orleans and met a Legionary for the first time. I was immediately impressed. His demeanor, way of dress, dynamism and passion for Christ were extremely attractive. Even though I had not been actively discerning a priestly vocation, a thought crossed my mind that seemed to come from nowhere. That idea was,If you were to be a priest, be a priest like that.” I soon developed a relationship with him and a few other Legionaries and became a member of Regnum Christi. I fell in love with the charism and, after graduation, spent two years as a Regnum Christi Missionary.  I lived in a Legionary community and saw first-hand the spirit of charity and sense of mission in the Legion. I felt at home and discerned that God might be calling to me to the priesthood. Therefore, I decided to atleast join the Summer Candidacy Program in Cheshire, Connecticut. I had nothing to lose. There was no commitment to join and after the three months I would have a better idea of where God was calling me. I just had one condition. I made a visit to Our Lady in the Novitiate courtyard and prayed this prayer: “Mary, if this for me, just bring me happiness. If you fill me with joy, then I will follow wherever God leads.” At the end of the Summer, I could honestly say that I was the happiest I had ever been in my life. I became a Novice in September 2005 and adventure of religious life began. Since then, I haven’t turned back.

            Reflecting on these last eleven years in the Legion, I am reminded of Jesus’ parable of the workers in the vineyard (Matthew 20:1-16). The landowner goes out and calls various workers at different times of the day. Even though some were called earlier than others, they each receive the same wage. For those of us called to the priesthood, that wage is God’s mercy. His goodness to me has given great joy and has led me on a path unimaginable. He has called me to a specific vocation of priestly service in the Legion of Christ and has asked me to be an instrument of His love and mercy in the world.  “What return can I make to the Lord for all His goodness to me? I will take up the cup of salvation and call on the name of the Lord.” (Psalm 116: 12-13).

richardson-ryanDeacon Ryan Richardson is a spiritual director for college age students and young adults in the Diocese of Dallas, Texas. Born and raised in New Orleans, He graduated summa cum laude in 2003 from Loyola University New Orleans, where he obtained a bachelor’s degree in Economics and received the John X Wegman Award for Most Outstanding Business Undergraduate. After graduation, he volunteered one year as Director of Chapter Development for COMPASS, a national network of Catholic college students. He was named the program’s Executive Director in 2004 and in 2005 joined the Legionaries of Christ. During his years of priestly formation he has served as an Assistant to the Instructor of Novices in Cheshire, CT and co-founder of Upper Room Rome, an apostolate that networks English speaking Catholic college students in the Eternal City. In 2016, he graduated summa cum laude with degrees in Philosophy and Theology from the Pontifical Athenaeum Regina Apostolorum in Rome, Italy. He was ordained a deacon on August 6, 2016 in Rolling Prairie, Indiana and will be ordained a priest in Rome on December 10, 2016.

Rafael Kizimia

“Antes mesmo de te formar no ventre materno, Eu te escolhi; antes que viesse ao mundo, Eu te separei e te designei para a missão de profeta para as nações.” (Jeremias 1,5)

No último ano da escola me convidaram para fazer missões de evangelização na Amazônia, pelo que comecei a me preparar com muita alegria. Uma semana antes de embarcar eu estava rezando o terço no meu quarto e de repente, depois de um ano e meio sem pensar um só segundo no tema, surgiu uma convicção muito forte dentro de mim: eu seria sacerdote.

Desde pequeno senti sempre um grande desejo de fazer alguma coisa pelos outros, de fato quando me perguntavam o que queria fazer quando crescesse sempre respondia que gostaria de ser médico para ajudar aos outros. O que não sabia era que Deus tinha outros planos.

Nasci numa família católica, mas por um ou outro motivo nem sempre vivemos intensamente a nossa fé o que nos levou a peregrinar por outros caminhos fora da Igreja até que como bons filhos voltamos a casa. Meu pai faleceu quando eu ainda tinha 10 anos, pelo que desde esse momento entre a minha mãe, meus irmãos e eu nasceu um vinculo muito especial que nos une até hoje. Agradeço muito a Deus porque desde o começo deram um apoio incondicional à minha vocação não obstante as dificuldades que tiveram que enfrentar.

            Com o passar do tempo o desejo de fazer alguma coisa pelos outros se fortificava em mim, mas eu não achava mais que ser médico era a solução, pouco a pouco sentia que formar uma família colmaria esses desejos.

            Quando estava no último ano do ensino fundamental, a providência de Deus começou a atuar com mais clareza. Um dia nos perguntaram na escola quem gostaria de ser padre, como isso nunca tinha passado pela minha cabeça não disse nada, mas um grande amigo meu teve a inspiração de levantar a mão e dizer que tinha a curiosidade de saber se Deus o chamava. Alguns dias depois um jovem, que hoje é um sacerdote legionário, o Pe. Alexandre Nunes, veio conversar com o meu amigo e convidar ele para fazer missões e conhecer o seminário do Legionário de Cristo. Como eu estava ao seu lado também recebi o convite, ao final meu amigo não foi nesta viagem, mas eu, sem saber bem o porquê, decidi ir.

            Depois de passar a semana santa no noviciado da Legião, eu comecei a fazer missões de evangelização, estas experiências marcaram a minha vida e fizeram germinar a semente da vocação que Deus já tinha plantado em mim e que ainda não era consciente. Depois do primeiro ano de missionário me incorporei ao Movimento Regnum Christi o que me ajudou a viver uma profunda experiência de vida cristã. Acho que tal experiência me fez ver que era possível ser cristão no mundo, ser jovem e seguir a Cristo. Das muitas coisas que fizemos me lembro de modo especial as reuniões de formação e os encontros com Cristo que fazíamos os sábado à noite antes de sair para uma festa. Era como ser um fermento na massa, não importava o ambiente em que estávamos, nós conseguíamos viver a alegria de ser jovens e ao mesmo tempo formar ao nosso redor um ambiente sadio e cristão.

            Quando estava no final do primeiro ano do ensino médio senti pela primeira vez que talvez Deus me chamasse ao sacerdócio, então comentei ao meu diretor espiritual que me disse para colocar tudo isso nas mãos de Nossa Senhora. E assim o fiz, confesso que neste momento tive a certeza que seria sacerdote. Sem embargo, no ano seguinte, por medo e falta de generosidade comecei a me afastar um pouco dos meus compromissos de vida cristã, nas vezes que tinha direção espiritual não tocava no tema da vocação. Assim se passou um ano e meio onde nem por um instante pensei de novo na vocação. Por isso, eu já começava a pensar na minha futura profissão, no desejo de formar uma família e levava adiante a paixão que sentia pelo teatro. Já fazia dois anos que trabalhava como ator e estava me saindo cada vez melhor, cheguei a ganhar alguns prêmios e desejava fazer uma experiência no cinema, mas Deus tinha outros planos.

            No último ano da escola me convidaram para fazer missões de evangelização na Amazônia, pelo que comecei a me preparar com muita alegria. Uma semana antes de embarcar eu estava rezando o terço no meu quarto e de repente, depois de um ano e meio sem pensar um só segundo no tema, surgiu uma convicção muito forte dentro de mim: eu seria sacerdote. Os dez dias passados na Amazônia foram de muita luta contra meu egoísmo, mas ao ver tantas almas que precisavam conhecer a Cristo, aquele desejo que sentia quando era criança, de ajudar aos outros, recobrou força em mim e eu finalmente entendi qual era o meu caminho.

            Uma vez tomada a decisão senti uma grande paz mesmo que os medos humanos de um futuro desconhecido não deixaram de surgir, mas Deus deu forças e graças a mim e às pessoas que estavam ao meu redor, mesmo quando não entendiam a minha decisão.

            Finalmente em janeiro de 2004 iniciei essa aventura maravilhosa que é a consagração a Deus. Aos poucos meses de ter começado o noviciado fui enviado à Espanha para continuar ali a minha formação por mais 4 anos. Depois de estudar a filosofia em Roma pude regressar ao Brasil onde trabalhei por 3 anos em dois seminários da Legião.

            Realmente não é fácil tomar a decisão de deixar tudo para seguir a Cristo, mas uma vez que se coloca o pé nesta estrada posso testemunhar que é a coisa mais maravilhosa do mundo, não que seja fácil e não tenha suas dificuldades e sofrimentos, mas a alegria de fazer tudo por aquele que deu a vida por nós e de levar muitas almas para o céu, supera tudo isso.

kizimia-rafaelO Pe. Rafael Kizimia Fantini nasceu em São Paulo, Brasil. Tem dois irmãos e provem de uma família católica. Decidiu entrar no seminário em 2004 aos 18 anos depois de alguns anos de experiência em missões de evangelização que o fizeram ver a necessidade que as almas tem da ajuda dos sacerdotes. No mesmo ano de 2004 foi enviado a Salamanca, Espanha onde continuou seu noviciado e fez os estudos de humanidades clássicas. No ano de 2008 se mudou para Roma onde cursou dois anos de filosofia. De 2010 a 2013 trabalhou como formador em dois seminários da Legião de Cristo no Brasil. Finalmente terminou seus estudos de teologia em Roma no ano de 2016.

Pablo Solis

« ¡Cuántas maravillas has hecho, Señor, Dios mío, cuántos designios por nosotros; nadie se te puede comparar! Quisiera publicarlos, pregonarlos, más su número es incalculable». (Sal 40,6)

Así que, sin poderlo explicar mejor, diría que nunca más me volví a sentir solo.

Nací en la Ciudad de México hace casi 38 años, el 16 de diciembre de 1978. El sólo hecho de haber podido nacer lo considero ya un gran don de Dios. Al tercer mes de embarazo mi madre tuvo un aborto natural y, a punto de realizarle el legrado, el médico detectó que yo todavía seguía ahí. En otras palabras, estando embarazada mi madre de mellizos perdió a mi hermano, pero ella y yo nos salvamos tras un embarazo de alto riesgo y un parto complicado.

En mi casa somos tres hermanos hombres y mis papás. Yo soy el de en medio. Gracias a Dios siempre hemos sido muy unidos. Puedo decir que mis hermanos son mis mejores amigos. De mis papás aprendí a amar a Dios y a los demás.

De niño me gustaba mucho jugar a ser superhéroe. Me imaginaba que tenía poderes especiales y luchaba para salvar a las personas. El mundo del cine y los efectos especiales también nos atraían mucho a mí y a mis hermanos. Junto con mis primos y amigos, jugábamos a hacer películas de todo tipo. Éramos bastante creativos. Sin duda viví una infancia muy feliz.

Gracias a Dios crecí en un ambiente lleno de amor y de fe. Mis papás formaban parte de un grupo de evangelización y oración para matrimonios que se reunían una vez por semana en diferentes casas. El ejemplo de mis padres, de sus amigos y la presencia cercana de un gran sacerdote, el P. Mariano Siller, M.Sp.S., hicieron que para mí la vivencia de la fe cristiana fuera algo muy normal. También el ejemplo de mi abuela materna me marcó mucho, pues, a pesar de gozar de una posición social acomodada, siempre fue una mujer sencilla y caritativa que ponía a Dios en primer lugar, antes que cualquier otra cosa. Era una mujer que irradiaba paz.

Desde que tenía siete u ocho años comencé a prepararme para recibir la primera comunión. Mi mamá formaba parte del equipo de catequistas que atendían a las señoras. Yo disfrutaba de ir para jugar con mis amigos. Desde entonces se me quedó grabada una canción infantil que me ha servido de guía en mi relación con Cristo durante mi vida. La canción dice: “tú tienes un amigo que te ama,… su nombre es Jesús”. Y es que para mí, Jesús es el amigo que nunca falla, Él siempre ha estado ahí en las buenas y en las malas.

Un momento crucial en mi vocación y en mi amistad con Cristo se dio durante el año que estuve interno en Estados Unidos. Cuando tenía doce años mis papás me mandaron a una academia en Wisconsin de los legionarios de Cristo para aprender inglés. Al inicio me costó adaptarme, pues extrañaba mucho a mi familia. Hasta que un día uno de los formadores dijo: “ustedes no se han dado cuenta que desde que se subieron al avión nunca han estado solos, Jesús ha estado siempre con ustedes”. A partir de ese momento algo cambió. Me di cuenta que Cristo no era una especie de amigo imaginario o un Dios que está por encima de las nubes y nos observa desde lejos. Me di cuenta de que Cristo siempre estaba en mi interior y que podía compartir con Él absolutamente todo. Así que, sin poderlo explicar mejor, diría que nunca más me volví a sentir solo.

Durante ese mismo año el testimonio de los legionarios que trabajaban en la academia me atrajo mucho. Me parecían hombres sólidos, alegres, deportistas, profundos, pero sobre todo, que transmitían un gran amor a Cristo. Me gustaba mucho confesarme y hablar con ellos, pues siempre daban buenos consejos. Por aquella época me dio por escribir cuentos en los que involucraba a mis amigos entre los personajes. Una vez comencé a imaginarme una historia de tres amigos que tenían que salvar a unos niños judíos durante la segunda guerra mundial. Uno de ellos era sacerdote y daba su vida para defenderlos. Recuerdo que en un momento me di cuenta que yo me identificaba con aquel personaje y me pregunté por qué. Fue la primera vez que me vino a la mente la posibilidad de que Dios me estuviera llamando a entregarle mi vida para servir a los demás.

Como tenía mucha confianza con el P. Thomas Moylan, LC, director de la academia, lo hablé con él y me dijo que no me preocupara, que había que ponerlo en manos de Dios, dar tiempo al tiempo y estar a la escucha. Ese año me incorporé al ECyD, la propuesta del Regnum Christi para adolescentes. Durante el viaje de Navidad a Roma con la academia visitamos Asís. Ahí nos contaron la vida de san Francisco y quedé impresionado. A partir de entonces sentí un gran deseo de poder llegar a amar a Cristo tanto como él y comencé a rezar una oración que él compuso y que todavía rezo con frecuencia: “Oh Señor, haz de mí un instrumento de tu paz…”.

Cuando volví a México entré al CEYCA, colegio de legionarios al sur de la ciudad. Pronto me di cuenta de que yo hablaba un lenguaje diferente al resto de mis compañeros. Pero, poco a poco, me fui ganando el respeto y la estima de mis compañeros, aunque al inicio me costó, pues el ambiente a veces me parecía un poco falso o superficial. Hacía frecuentes visitas a Cristo en la Eucaristía para conversar con Él. Durante mis años de bachillerato hice grandes amigos con los que mantengo todavía una gran amistad. Incluso al final de la secundaria y prepa recibí el “Optimus”, un reconocimiento que se le da a un solo miembro de la generación por parte del colegio y de los compañeros.

Durante aquellos años viví grandes y muy buenas experiencias, pero reconozco que también me fui alejando cada vez más y más de Dios. Como cualquier adolescente comencé a salir a las fiestas, conocer chicas, tener novia, fumar, beber alcohol, irme de pinta, etc… Tenía cierta facilidad para socializar con las personas y hacer amigos. Poco a poco me fui dejando llevar más y más por el ambiente y la vanidad. Fui dejando de lado mi relación don Dios y empecé a vivir más para agradar a los demás.

A veces me venía a la mente la idea de que Dios me llamaba a entregarle mi vida, pero yo rechazaba ese pensamiento y no lo comentaba con nadie, pues yo quería tener una esposa, mis hijos, mi negocio y vivir bien para poder ayudar a otros. Yo me decía: “si Dios quiere que sea feliz ¿cómo puede pedirme algo distinto a lo que yo quiero?”

Al momento de elegir carrera me volví a plantear el tema de la vocación al sacerdocio. Pensaba que había llegado el momento de decirle que sí a Dios, pero me rehusaba. Hice la carrera de ingeniería industrial en la Universidad Iberoamericana de la Ciudad de México, pero nunca fue algo que realmente me apasionara. Veía como muchos de mis compañeros vivían preocupados por su carrera buscando asegurarse una profesión en la vida, pero yo no me sentía realizado, algo faltaba.

Tuve la oportunidad de trabajar en el área de marketing de dos grandes empresas multinacionales, en Procter & Gamble y después en Kraft Foods. Viví una gran experiencia, conocí grandes personas, aprendí mucho y llegué a pensar que la mercadotecnia era lo mío. Sin embargo, todavía había momentos en donde sentía que algo faltaba y me volvía la idea de la vocación. Por ejemplo, recuerdo que una vez en Procter, mientras trabajaba en la computadora, me vino el pensamiento: “¡Tú deberías ser sacerdote!”. Me molesté, pues por más que intentaba dejar de lado esa idea, regresaba cuando menos lo esperaba.

Aunque fueron años muy felices los que pasé en la universidad y en los trabajos que tuve, dentro de mí quedaba una especie de nostalgia de Dios. Un primo me invitó a participar en un apostolado que se llamaba “Sinergia empresarial”. Me citó para una reunión en la Universidad Anáhuac de poniente. Recuerdo que llegué con tiempo y me estacioné frente a la capilla de la universidad. Decidí entrar para hacer una visita. Olía a incienso, lo que me trajo muchos recuerdos. Sentí la necesidad de rezar. Me arrodillé en la última banca y comencé a pedir a Dios como un niño que me indicara el camino que debía seguir. Recuerdo que le decía llorando: “Quiero volver a ti, pero no sé cómo.”

Unos meses después, para celebrar su 25 aniversario de bodas, mis papás nos llevaron de peregrinación a Medjugorje, en Bosnia. En ese sencillo lugar de oración me incomodaba ver personas tan plenas, fervorosas y felices, mientras yo me sentía perdido, vacío y superficial. Cuando subimos al monte Krizevac para rezar el Viacrucis viví uno de los momentos que considero más importante en mi vocación, pues sentí la inspiración de pedir a María que me diera las fuerzas que yo no tenía para cumplir la voluntad de Dios. A partir de ese momento muchas cosas comenzaron a cambiar en mi vida y comencé a experimentar la misericordia de Dios.

Poco tiempo después un amigo me invitó a participar en Encuentros con Cristo, una actividad de oración que suelen tener los miembros del Regnum Christi. Fue así como, después de muchos años, volví a tener contacto con los legionarios de Cristo. Poco a poco comencé a involucrarme más y más en las actividades del Movimiento hasta que me incorporé. Ese vacío que sentía se fue llenando y algo en mí me decía que yo estaba hecho para transmitir a los demás la experiencia del amor de Cristo que yo había vivido. Empecé a acercarme una vez más a Dios y todo comenzó a adquirir un nuevo orden y un nuevo sentido. La relación con mis papás, mis hermanos y mis amigos empezó a mejorar. Yo mismo me sentía más feliz y más pleno.

Seguía trabajando en Kraft, en el área de galletas. Combinaba mis horas de trabajo con el tiempo dedicado al apostolado, a la familia y a los amigos. En una ocasión me pidieron trabajar en un proyecto para lanzar una galleta americana al mercado mexicano. Yo no le veía sentido, pero algunos directivos insistieron. Dediqué varios meses de intenso trabajo, noches sin dormir, fines de semana encerrado, etc… para sacar el proyecto. Cuando me tocó presentarlo entré a la reunión y en menos de diez minutos estaba afuera con el proyecto rechazado por el director de ventas. Aunque esto se puede considerar como un evento normal y común en cualquier carrera profesional, recuerdo que al salir de ahí me vino la pregunta: “¿Todo esto por una &*# galleta?” No podía dejar de pensar qué pasaría si en lugar de ofrecer todos mis talentos, tiempo y esfuerzo por lanzar una galleta lo hiciera para una causa más trascendente. Después de mucho pensarlo decidí renunciar y comenzar a prepararme para irme a hacer una maestría para emprendedores en Boston.

Continué mi participación en el Movimiento colaborando un tiempo en un proyecto en la Universidad Anáhuac del Sur y después en Red Misión. Era responsable de un equipo de jóvenes del Regnum Christi y tuve la oportunidad de vivir experiencias increíbles con ellos, como la Jornada Mundial de la Juventud con el Papa Benedicto XVI en Colonia. Fue en unas misiones de Semana Santa en el 2005 durante una adoración nocturna el Jueves Santo cuando volví a sentir con fuerza el llamado a ser legionario de Cristo. Lo consulté con mi director espiritual y quedamos que haría un año de discernimiento antes de ir al candidatado, período de prueba antes del noviciado.

Finalmente entré al noviciado de la Legión de Cristo en septiembre del 2006, con 27 años de edad. Para mí, la prueba más grande de mi vocación ha sido la misma perseverancia, pues sé que sin la gracia de Dios no habría podido llegar hasta este momento. En estos años hemos vivido períodos muy duros como Congregación y como Movimiento. Toda la Iglesia ha sido sacudida por tantos escándalos. Yo puedo decir con gratitud que en la Legión y en el Regnum Christi lo que he aprendido es amar a Cristo, por encima de todas las cosas, y a entregar mi vida para que Él reine en mi corazón y en el de todos los que me rodean. Eso es lo que me ha sostenido, mi consagración a Él y sólo a Él.

Jesucristo es el Amigo fiel que me ha acompañado siempre, me ha sostenido y ha llenado mi corazón con una felicidad que sólo puede entender quien lo ha experimentado, incluso en medio de las dificultades, sacrificios y adversidades. Doy gracias a Dios por esta vida, por mi vocación y por todos los dones que me ha dado. Y te pido a ti, por caridad, que has aguantado leyendo este testimonio, una oración por mí para que sea siempre fiel a su voluntad. Dios te bendiga y te acompañe siempre.

psprofileEl P. Pablo Solís Aguirre, L.C. nació en la Ciudad de México el 16 de diciembre de 1978, en el seno de una familia católica como el segundo de tres hermanos. Antes de ser legionario de Cristo adquirió el título de ingeniero industrial por la Universidad Iberoamericana y trabajó en P&G, Kraft, UAS y Red Misión. Entró a la Legión de Cristo en 2006 en Monterrey, México, en donde dos años más tarde hizo su primera profesión de votos. En 2008 se trasladó a Cheshire, CT, para hacer un año de estudios humanísticos. En 2009 viajó a Roma para colaborar en la secretaría general de la Congregación y obtener el bachillerato en filosofía por el Pontificio Ateneo Regina Apostolorum. Hizo su profesión perpetua en el 2011 en Valencia, España, donde colaboró hasta el 2013 como director de la sección de jóvenes del Regnum Christi. Regresó a Roma para realizar los estudios de bachillerato en teología y colaborar en la secretaría general de la Congregación. El P. Pablo comenzará su ministerio sacerdotal en la Ciudad de México como director de la sección de jóvenes del Regnum Christi en la Universidad Anáhuac.