Esteban Rodriguez, L.C.

“Habla Señor que tu siervo escucha” (1 Samuel 3, 10)

Me prometí y le prometí a Dios que la siguiente vez que tomara la decisión de ir al seminario no habría marcha atrás, que le daría todo lo que me pidiera. Y esa promesa quedó enmarcada en mi corazón.

El primer recuerdo vocacional se remonta a mis 12 años cuando amenacé a mi madre en el supermercado en tono enojado: “La próxima vez que digas a las personas en la calle que seré sacerdote no te acompaño de nuevo”, pues le gustaba comentarlo a los demás.

Quién pensaría que sería yo mismo al año siguiente comenzaría a acercarme a dos hombres vestidos de negro y divertidos que me invitaron a un campamento de verano para conocer el seminario menor. Pasado un tiempo comencé el pre seminario y luego de pasadas dos semanas de haber llegado, quise regresar a casa y se lo comenté al Padre; me sugirió tomarme tres días para pensarlo bien. Yo me olvidé por completo que quería regresar a casa, pues esos sentimientos habían pasado.

Después de unos días de convivencia me consulta de nuevo por la intención de irme a lo cual asentí pensando que ya había comprado el boleto de regreso y ya había dado mi palabra. Me lleve una sorpresa cuando en la estación de autobuses compra en ese momento el boleto y me lo entrega. Podría haberme quedado en el seminario, pero Dios tenía otros planes para atraerme a El “con lazos de amor” (Oseas 11, 4).

En el viaje de regreso recuerdo llorar mucho pensando y reviviendo el deseo de estar en el seminario y también en casa con mi familia. Me prometí y le prometí a Dios que la siguiente vez que tomara la decisión de ir al seminario no habría marcha atrás, que le daría todo lo que me pidiera. Y esa promesa quedó enmarcada en mi corazón.

Esos años posteriores al regreso del seminario ayudé en la parroquia con catequesis y luego en el coro de la parroquia. Trabajamos en retiros, campamentos, encuentros de jóvenes, adoraciones y otras actividades. Doy gracias a Dios por esos años hermosos de convivencia con tantos jóvenes con los cuales mantengo cercanía y amistad hasta la fecha. Dios estaba poniéndome en el camino correcto, estaba trabajando la tierra de mi corazón para que al momento oportuno pueda ser generoso.

Ayudando en un campamento haciendo adoración y tome la Biblia para ayudarme de la palabra de Dios para rezar y me encontré con la historia de Samuel, desde entonces cada vez que recibía a Jesús Eucaristía, le pedía “¡Habla Señor que tu siervo escucha, quiero seguirte pero no estoy seguro, ayúdame, llámame!” y hasta el día de hoy en cada comunión esas palabras surgen como una oración espontánea. Desde este momento volvió a pasar por mi mente la posibilidad de ser sacerdote.

En el verano antes del último año de secundaria, aparecen en mi vida de nuevo aquellos hombres de negro, los padres Legionarios de Cristo. Me invitaron a unas misiones por las sierras visitando unas comunidades necesitadas, estaba feliz con la invitación, pero tenía ya el compromiso con el campamento arquidiocesano y las misiones eran un día después. En casa me dijeron que una cosa o la otra, no podía dejar de ayudar en el campamento y decidí dejar de lado las misiones. La sorpresa fue cuando llegando después de esa semana, mi madre me dio permiso para ir a las misiones con los miembros del Regnum Christi. Sería de los momentos claves de mi vocación.

En las noches me quedaba viendo las estrellas, como saben en las sierras el cielo parece estar mucho más cerca. Pensaba cada noche en la llamada a Seguirlo más de cerca como sacerdote, pero tenía mis dudas y no quería dar brazo a torcer ni dejar todos mis amigos, familia y proyecto de vida.

Sucedió lo que sería el inicio de la historia de amor entre Dios y su creatura. Sé que Dios no manda a un ángel o un mensajero para darnos la seguridad en la llamada vocacional, pero se lo pedía con tanta insistencia en la oración que me diera una certeza en el llamado que al final me regaló un gesto del que no podría dudar que estaba respondiéndome a lo que le pedía.

Una noche viendo las estrellas le decía a Dios si quería que lo siguiera como sacerdote, que pase una estrella fugaz en el cielo; me lleve una gran sorpresa cuando de repente no dejo de pensarlo y veo una estrella cayendo, me quede sin habla, Dios estaba escuchando mi oración. Lo guardé como un secreto.

Pero por mi dureza de corazón y falta de fe no sería la única vez que el Señor me daría una respuesta inmediata a mi oración. Como grupo de jóvenes en la parroquia teníamos cada miércoles adoración Eucarística y en una ocasión sentado en la primera fila, veía como se juntaba la cera en el borde de la vela en el altar junto a la custodia. Nuevamente empiezo a pensar en la decisión de irme al seminario y pensé que si Dios lo quería, que me dijera con un gesto que ese camino era para mí. Pensé si Dios lo quiere, que esa cera acumulada en la vela (y que era bastante) se desprendiera como asintiendo a lo que estaba rezando en mi interior. De nuevo sin terminar casi de pensarlo el hecho se hacía realidad, la cera se desprendió y cayó en el altar, lloré por mi dureza de corazón y falta de fe. Hasta el día de hoy guardo ese pequeño pedacito de cera que me recuerda la escucha de Dios a mi oración.

Otra perla en mi vocación, le llamo así porque son el tesoro en la historia de Dios conmigo, fue una semana antes de hacer el viaje al noviciado en Brasil. Fuimos hasta la capital a dos horas de casa a comprar todo lo necesario para irme al seminario. Al final de la jornada junto con mi madre tomamos un taxi desde la casa de mi tía y nos lleva a la estación de autobuses. Llegando a casa busco mi documento de identidad y no lo encuentro, lo había perdido y era el único documento que necesitaba para pasar la frontera. Doy fe que me quedé tranquilo, pensé que si Dios quería que fuera al seminario Él se ocuparía también de esto. Creo que pocas veces experimenté tanta seguridad y fe en la acción de Dios. Pasaban los días y la oración era más confiada.

De repente faltaban dos días para el viaje y mi padre se levantó con un infarto al corazón. Eran las 6 am y en casa todo era un revuelo, mis hermanos corriendo, la ambulancia, mamá preocupada por el tercer infarto de papá y yo sin saber qué hacer. Lo llevaron a la clínica donde lo trataban en la capital. De camino esa misma mañana, a dos días de la partida, una llamada, mi tía sorprendida me cuenta que llegó un taxista y le dejó mi documento de identidad, había recordado de dónde me tomó aquel día para ir a los autobuses y pasó por la casa a regresar el documento. No lo podía creer, otra vez Dios estaba presente respondiendo, saliendo al paso de cada situación. Ahora sólo faltaba que mi papá respondiera bien a las fuertes medicinas que le habían suministrado.

Pase esa noche pensando y hablando con mi mamá, qué sería lo mejor. Agradezco el apoyo de mis hermanos porque nunca se opusieron a mi decisión. Al día siguiente entré en terapia intensiva para ver a mi padre y entre los tubos de respiración me preguntó si estaba feliz con lo que estaba por hacer. Le dije que sí. A lo que respondió, ¡si vos sos feliz, yo soy feliz! Así fue como dejándolo todo emprendí el viaje a esta aventura que es seguir a Cristo como su sacerdote, como su misionero, como su Legionario de Cristo.

María Santísima también ha tenido un especio privilegiado en mi vocación. Recuerdo mi oración constante cada noche de esos dos años de noviciado en Sao Paolo, Brasil, delante de la imagen de María de Guadalupe le pedía que me concediera la gracia de dar la extremaunción a mi papá. En pocas palabras que llegara a verme sacerdote. Pero después de una semana en España para mis estudios humanísticos me llaman de casa para darme la noticia de su partida. En el momento lloré desconsolado por que no había recibido los santos oleos y el viático, me enoje con la Virgen María porque se lo pedí tanto tiempo y con todo el fervor que podía y no me lo concedió.

Pude llegar a su velatorio. Ver a mi familia alrededor del ataúd es una imagen que nunca borraré de mi mente. Acercarme y rezar el santo rosario junto a él era lo único que deseaba y así lo hice. Siempre cargo conmigo una imagen o una medalla de la Virgen y en ese momento antes de cerrar el ataúd saqué mi estampita y se la puse en el bolsillo interno de su saco diciéndole que esa era su entrada para llegar al cielo. María es el camino más seguro para llegar al cielo.

Desde ese momento María no me ha dejado nunca, cada dificultad en esos años de formación y de trabajo apostólico me ha tomado por la mano con tanta paciencia y me ha educado no sin dolor, pero si con mucho amor. Me considero un loco enamorado de su dulce Madre del cielo.

Soy feliz respondiendo a la llamada que Dios me hizo hace años y que me repite en cada Eucaristía: te elegí para amar. Dame Jesús la gracia de la perseverancia final y nunca permitas que me aparte de Tí. Gracias por fijarte en alguien tan insignificante como este servidor y elevarme a las gradas del altar haciéndome otro Cristo para mis hermanos los hombres.

Esteban RodriguezEl P. Esteban Javier Rodríguez, L.C., nació el 20 de septiembre de 1985 en la ciudad de Metán, Salta, Argentina. Entró en la Legión de Cristo a los 18 años de edad. Tras completar los años de noviciado en Sao Paolo, Brasil pasó un semestre en la comunidad de Betania en Buenos Aires y después un año de humanidades clásicas en Salamanca, España. Realizó sus años de prácticas apostólicas como promotor vocacional en el sur de la Ciudad de México. La filosofía y la teología las estudió en el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum en Roma, Italia. Actualmente desarrolla su ministerio en la pastoral vocacional en Guatemala, El Salvador y Costa Rica.