Francisco Iñarritu, L.C.

Dios llama a sus elegidos desde antes de nacer

La Biblia dice que Dios llama a sus elegidos desde antes de nacer, eso no quiere decir que uno no pueda tardar muchos años en descubrirlo o que, de plano, no quiera saber nada al respecto. Porque, si es cierto que Dios me llamó desde el seno de mi madre, también lo es que, eso era lo último que esperaba, y cuando lo descubrí, no estaba para nada interesado en el asunto.

Crecí en una familia católica en donde se me inculco la fe. En la primaria fui miembro del ECYD, para la secundaria se me acabó el fervor y en la preparatoria pensaba que todo lo relacionado  con eso era para mochos. Me daba flojera, no le encontraba sentido al sacerdocio y se me hacía como una de esas tantas tragedias (accidentes de coche, secuestros, enfermedades incurables, adicciones, etc.) que, cuando uno es adolescente y se siente invencible, piensa que “le sucederán a los demás, pero nunca a mí”.

Un día, Dios me hizo ver que para el resto de la población mundial, yo era parte de esos “demás”, a los que también les pueden suceder las cosas y me lo hizo ver de un modo muy original; llegó un sacerdote a mi escuela para platicarnos la historia de su vocación, nos dijo que le había tocado ser cocinero en el seminario y como no tenían dinero, el gobierno les donaba casi toda la comida. Para el desayuno les alcanzaba únicamente para huevos revueltos en polvo, ¡me dio mucho asco! pero como me gusta cocinar, me imaginé a mí mismo vestido de seminarista preparando el desayuno. En ese momento Dios me habló, me es muy difícil expresar lo que sentí, pero tuve la certeza de que Dios me llamaba a ser sacerdote legionario. Así que, entre la sorpresa y el miedo, decidí que lo mejor que podía hacer era huir.

Trataba de pensar cada vez menos en Dios y todas sus cosas y cada vez más en dinero, fiestas y niñas; no me esforzaba en nada y mis calificaciones se fueron en picada. Ir a misa era una tortura, me imaginaba celebrando misa y me daba paz, pero no quería y alejaba esa idea de mí como si fuera una tentación; sentía dentro de mí algo que me impulsaba a confesarme, pero yo lo resistía con todas mis fuerzas, salía de la Iglesia y sentía como si hubiese dejado un pedazo de mi corazón ahí y no me gustaba. Pasaron los meses, ese sentimiento se fue esfumando, dejando en su lugar un vacío cada vez más grande. Entonces, Dios comenzó a atraerme a Él de una manera muy astuta. Se valió de todo (amistades, experiencias, decepciones), para hacerme ver que estaba desperdiciando todo lo que Él me había dado y que solo Él podía hacerme feliz.

Un año más tarde fui a un congreso para jóvenes en el que escuché una conferencia acerca de la muerte. Quedé tan impactado que decidí dejar de ser mediocre y dar lo mejor de mí mismo en todo lo que hacía, pero eso no incluía el sacerdocio. Participé en misiones en Semana Santa, en el último semestre de preparatoria. Fue una de las semanas más felices de mi vida, en donde redescubrí mi fe e hice el propósito de perseverar y seguir creciendo en espiritualmente.

Me incorporé al Regnum Christi y comencé la carrera de medicina; mi tiempo se dividía entre clases, estudios y actividades de apostolado. Quería sobresalir en todo y me empezó a ir muy bien, tenía muy buenas calificaciones, un gran grupo de amigos, fui elegido para la sociedad de alumnos de medicina y  una vez al mes nos íbamos de misiones médicas, a la sierra; cada vez se nos unían más personas que querían ayudar. A pesar de todo esto, el vacío dentro de mí crecía y cuando lo platiqué con un amigo, me dio la respuesta más obvia: ¡Me faltaba tener novia!

Tuve algunas novias, pero nunca me sentí pleno, ni feliz. Además, llevaba un ritmo de vida tan intenso que ni tiempo me daba, dormía tan pocas horas, mis amigos comenzaron a preocuparse por mí e incluso un sacerdote con el que platicaba me decía que si seguía con tanta actividad me iba a enfermar. Así que al final del tercer semestre de carrera, decidí que tenía que tomar una decisión y abandonar por lo menos uno de los proyectos en los que trabajaba. No sabía cuál, así que le pregunté a la Virgen María y la respuesta no se hizo esperar.

Fue durante un curso de verano del Regnum Christi, en el que iba saliendo de la capilla y recordé que era el cumpleaños de una amiga. Como no podía ir a su fiesta le escribí un mensaje para felicitarla y para decirle que esperaba poder saludarla cuando regresara a casa; en ese momento me vino la casual idea de ya no volver a verla, ni a ella ni a mis amigos, y dejar todo para irme un año de colaborador en el Regnum Christi. Todo sonaba tan alocado y, al mismo tiempo, tan entusiasmante, que dije “sí”; ya luego lo pensé mejor y vi que era algo del Espíritu Santo: me daba mucha tranquilidad, siempre lo había querido hacer; Dios me había dado tantas cosas y hasta ese momento no le había concedido más que las migajas de mi vida.

Trabajé en el ECYD en Padua, Italia. Debo decir que los italianos son excelentes personas y grandes amigos, sin embargo, mis primeros meses allá me valieron por varios años de purgatorio; no hablaba el idioma, no conocía la cultura, tenía dificultades en el trabajo, extrañaba a la carrera y a mis amigos; pero sobre todo, era el único laico viviendo entre sacerdotes y comencé a sentirme de nuevo llamado por Dios y con toda su fuerza. Cada vez que veía a un padre celebrar misa o dar la bendición con el Santísimo, me imaginaba haciendo lo mismo; pensar en ello me daba paz, sin embargo yo rechazaba esa idea al instante; simplemente no quería ser sacerdote; no quería que fuera para mí.  Yo quería ser médico, casarme y tener hijos, el sacerdocio no valía la pena. Sufrí una división interna muy fuerte y la viví en absoluto silencio ya que no quería que nadie me molestara, así que, nunca lo mencioné. Pensé que me iba a volver loco, hasta que un día me harté y le dije a Dios: “Si quieres que me vaya de cura, tienes de aquí a que regrese a México para convencerme, si regreso a México sin haber decidido ser sacerdote, perdiste tu oportunidad”. ¡Y Dios aceptó el reto!

Poco a poco me hizo ver el gran valor que tiene el sacerdocio. Empecé a conocer muchos sacerdotes, jóvenes, ancianos, diocesanos, legionarios, franciscanos, etc. y vi cómo todos ellos eran felices. Me impactó mucho el testimonio de un párroco anciano de un pueblito cercano a Padua. Hablaba ya muy poco y penas y podía caminar, pero la gente le tenía un cariño inmenso. Había pasado muchas décadas entregándose a su gente con todo el corazón y eso había hecho plena su existencia.

Estuve presente en las últimas audiencias públicas de Sn. Juan Pablo II y me movió mucho el ver que, a pesar de su pobre estado de salud, seguía luchando e irradiaba una paz inmensa a todos los que se le acercaban. Sus ojos transmitían una fuerza y una decisión que no parecían de este mundo, y yo quería eso en mi vida.

El golpe de gracia lo dio durante un retiro de ocho días que hice en Roma, después de Navidad; estaba meditando acerca de la creación y de cómo todo lo que existe tiene una finalidad. Para nosotros, seres humanos, esa finalidad es ser felices, aquí en esta vida y en el Cielo. Me di cuenta de que si Dios me había creado solo Él sabía cómo iba a ser plenamente feliz. Él me conoce mucho mejor de lo que yo me conozco a mí mismo, y yo estaba siendo un insensato al no hacerle caso; llevaba ya más de cinco años buscando sin resultado la felicidad, a mi manera, cuando Dios me la ofrecía a manos llenas.

Finalmente, decidí abrir el asunto con mi director espiritual. Me sorprendió mucho que para él la prioridad no era que yo entrara al seminario, sino que abriera mi corazón a Dios. Ya después podría ver cuál era la voluntad de Dios en mi vida; lo que me dio mucha confianza y tranquilidad, él quería ayudarme a ser feliz.

A partir de ese momento las cosas se fueron dando con tranquilidad. Mi director espiritual me presentó la idea de ir al candidatado al final de mi año como misionero, con la finalidad de resolver con claridad el asunto de la vocación. Sabía que Dios me pedía ser sacerdote, pero me faltaba valor para dar el gran paso. Pedí mucho a María que me diera la fuerza necesaria, Ella nunca me había fallado. Y así fue como un día, de repente sentí que Dios me invitaba a hacer la prueba y sin pensarlo, dije que sí. En ese momento me invadió una paz muy grande, la cual hacía ya más de cinco años que había perdido y, por fin, llegaba otra vez a mi alma, como si todo el engranaje de mi corazón volviera a funcionar en perfecta armonía.

Esta misma paz me ha acompañado durante todos estos años, incluso en medio de la oscuridad y la tormenta. Dios es grande y ha sido muy paciente y misericordioso conmigo.

Hice el noviciado en Monterrey y después me fui a Salamanca, España, para estudiar las humanidades. Estudié filosofía en Thornwood, NY y las prácticas apostólicas en Maryland, Philadelphia y el área de Syracuse, NY, durante el periodo de renovación de la Legión.

Estoy profundamente agradecido por todo lo que Dios me dio durante esos años tan especiales. En medio de la tormenta su mano nunca se alejó de mí. Además, me hizo experimentar en carne propia el ciento por uno en amigos, padres, hermanos y hermanas que Él da a quienes lo dejan todo para seguirle a Él. Aún llevo en el corazón a todas las personas que Dios puso en mi camino durante esos cinco años.

Después fui a Roma para estudiar Teología Fueron tres años muy intensos y muy felices, llenos de todo tipo de dones de Dios, retos y experiencias los tres mejores años de mi vida, hasta este momento.

Agradezco a quien siga leyendo estas líneas. Te pido que reces por mí y por todos los que seremos ordenados este 10 de Diciembre. Dios te bendiga.

God calls his chosen ones even before they are born

The Bible tells us that God calls his chosen ones even before they are born. This does not mean that one won´t take several years to find out he has been chosen or that he would actually like the idea. It is true, God called me from my mother´s womb, but that was really the last thing that I wanted to hear when I discovered the call; I was not interested at all.

I was brought up in a practicing Catholic family. When I was in elementary school I joined ECYD, but in 10th graded that Catholic fervor began to fade away and by the time I began high school it had totally disappeared. I thought that everything that had to do with religion was just boring. The idea of the priesthood did not make sense to me at all. I thought it was like one of those tragedies (car accidents, chronic illnesses, kidnappings, addictions, etc.) that we consider ourselves free of during our teenage years, thinking “those things happen to others; they will never happen to me”.

But one day, God made me see that for the rest of the world´s population, I was one of those others to whom all the things I was afraid of might actually happen. He showed it to me in a very original way. One day I was at school and a priest came to share his vocation story with us. He told us that he had been the cook at a seminary and that, since they did not have money, the government had donated food to them. He said that he used to cook powder scrambled eggs for breakfast. How disgusting! Since I like cooking, I pictured myself dressed as a priest preparing breakfast. In that moment God spoke to me. It is very hard for me to express what I felt, but after that I was certain that God was calling me to be a Legionary priest. I was so scared and shocked that I decided that the best thing to do was to run away from him as fast as I could.

I began to think less about God and all things concerning Him, and more about money, parties and girls. I stopped putting forth effort in my responsibilities and my grades plummeted. Going to Mass was torture. I would imagine myself celebrating Mass and that thought would bring me peace, but I did not want to become a priest so I would reject it as if it were a temptation.

 

Something inside of me would push me to go to confession but I would fight it with all of my strength. Coming out of church, I would feel as if I had left a piece of my heart inside and I didn’t like that feeling. Several months passed by and the feeling began to fade away, leaving in its place a huge sense of emptiness. And then God began attracting me to Himself in a very cunning way. He used everything – friendships, experiences, disappointments – to make me understand that I had been wasting everything he had given to me and that He was the only one who could make me happy.

 

One year later I went to a youth conference in which I listened to a talk about death. It moved me so deeply that I decided to stop being mediocre in my life and try to give my best in everything I would do. But I would still not become a priest. Then during my last semester of high school, I went to Holy Week missions. It was one of the happiest weeks of my life. During those missions I rediscovered my faith and made the commitment to persevere in it and to continue growing spiritually.

I joined the Regnum Christi Movement and then I began medical school.  I spent most of my time attending classes, studying and doing apostolate activities. I wanted to excel in everything and everything began to go very well. I had really good grades, great friends, I was chosen for the student board, and once a month we would do medical missions in the poorest of towns in the mountains. Nevertheless, that feeling of emptiness kept growing and growing.

So I told one of my best friends and he suggested the obvious remedy for what I was feeling: I needed a girlfriend!
I dated several girls, but I felt neither fulfilled nor happy. Also, my commitments were so demanding that I did not even have time to go out with them. I slept so few hours at night that my friends began to worry about me. My spiritual director warned me that if I did not slow down it would harm me. So at the end of my third semester I decided that I had to take the decision to quit one of the projects I was involved with. I decided to ask the Blessed Mother and her answer did not take long to arrive.
It was during a summer training course. I was coming out of the chapel when remembered that it was my friend´s birthday. Since I was not going to be able to go to her party, I decided to text her to wish her happy birthday and tell her that I would like to see her later. As soon as I sent the text this random thought came to my mind: What if I don’t see her, nor any of my friends, and leave everything for a year in order to become a missionary. It was so random and at the same time so exciting “yes!” Later on I did see that the thought was actually the Holy Spirit inviting me to do just that: It brought me a lot of peace and tranquility, I have always wanted to become a missionary, and God had given me so many things up until that moment and I had not given anything back to him.

I was sent to Padua, Italy to work in ECYD. I must say that Italians are great people and I have very good friends over there. But at the same time I might add that those first few months in Italy might have earned me a few less years in purgatory. I suffered a lot: I did not speak the language, I did not know the culture, I missed my parents, my friends and medical school. But the greatest problem for me was that I was the only layman living amongst legionaries. I began to feel God’s call in my heart and that idea was creating a lot of anxiety. Every time I would go to Mass I felt that I ought to be on the other side of the altar and I felt a lot of peace with that idea. I would reject it in the moment, because I simply did not want to become a priest. I did not want that for myself. I wanted to become a doctor, get married and havechildren. I did not see any worth in becoming a priest. The worst thing is that I lived all of these things silently, because I did not want anybody to know about it. I thought I was going to become crazy. Until one day, I was so fed up with this internal conflict that I told God: “Look, if you want me to become a priest you have from now until I go back to Mexico to win me over. If I return to Mexico without having decided to become a priest then you will have lost your opportunity”. And God accepted the challenge!
Little by little He made me see the great worth that is in the priesthood. I began meeting a lot of priests, who were young, elderly, diocesan, Legionaries, Franciscans, etc., and I saw how each one of them was truly happy. I was impressed by the witness of an elderly priest from a very small town near the city I was working in. He could barely walk and speak, but people loved him deeply because he had spent decades of his life simply working and serving them with all of his heart. He was very happy and his life was fulfilled.
I was present at one of John Paul II’s last public audiences. I was very moved to see his example. He was so weak but kept fighting. His face radiated an immense peace to all those around him. His blue eyes had a strength and determination that seemed out of this world. I wanted to have that in my life.

But God gave me the grace at an 8 day retreat I attended in Rome after Christmas. I was meditating about creation and how everything that exists has a purpose. For us, human beings, that purpose is to be happy here in this life and in heaven. I realized that if God was the One who created me, then he would know what would truly make me happy. He knows me much better than I know myself and in my arrogance I had been ignoring Him. I had been trying to by happy in my own way for the last five years, and I had failed miserably.
I finally decided to open up to my spiritual director. I was surprised that for him the most important thing was not that I would join the seminary, but that I would open my heart to God. It would be then that I would be able to see what God’s will was for me. This gave me a lot of peace and trust because it made me see that he really wanted me to be happy.
From that moment on things began to go more smoothly. My spiritual director suggested that I should join the candidacy program at the end of my missionary year so that I would be able to resolve the issue and get some clarity about my vocation. I knew God wanted me to become a priest but I lacked the courage to take the step. So I began praying for Mary’s help. I needed her to give me strength and she had never let me down. One day, while I was walking, I felt that God was inviting me to give it a try and join the candidacy program. Without thinking much about it I said “yes”. In that moment I was invaded by a huge sense of peace. A peace that had left my heart many years before and had finally returned. It was as if all of the gears of my heart began working again in perfect harmony.
This same peace has accompanied me throughout all of these years, even in the midst of darkness and chaos. God is great and he has been very patient and merciful with me.
I joined the novitiate in Monterey and then left for Spain to study in the humanities program. I started philosophy in Thornwood, NY, and did my apostolic internship in Maryland, Philadelphia, and Central New York during the years of the Legion’s renewal.

 

I am deeply grateful for everything that God gave to me during those years. In the midst of the storm and confusion, He always stayed close. He allowed me to deeply experience that hundredfold through the friends, fathers, brothers and sisters that he promises to those who leave everything to follow him. I still carry in my heart all of the people who God put in my path during those five years.

 

After that I was sent to Rome to study theology. These three years of my life were very intense and happy, filled with all sorts of gifts from God, challenges and experiences. They were definitely the best years of my life up until now.
I am really grateful to whoever is still reading these lines. I ask that you please pray for me and for all those who will be ordained on December 10th. God bless you.

Francisco IñarrituHice el noviciado en Monterrey y después me fui a Salamanca, España, para estudiar las humanidades. Estudié filosofía en Thornwood, NY y las prácticas apostólicas en Maryland, Philadelphia y el área de Syracuse, NY, durante el periodo de renovación de la Legión.

EN I started philosophy in Thornwood, NY, and did my apostolic internship in Maryland, Philadelphia, and Central New York during the years of the Legion’s renewal.