Juan Pablo Najera, L.C.

Juan Pablo: 1 ― Dios: 70 X 7 y contando

Les presento mi vida en un marcador: Juan Pablo: 1 ― Dios: 70 X 7 y contando. En realidad, yo tendría que estar en números negativos, pero Dios me ha perdonado varias deudas. En cuanto al 70 X 7, no vayan a creer que es igual a 490; es un modo evangélico de decir “infinito”.

Sé que es un marcador desproporcionado, pero no sería lo mismo sin mi «1» y a mí me hace gran ilusión poder aportarlo. Es como la gota de agua que el sacerdote pone en el cáliz y se pierde en el vino. En esa mezcla es mejor mantener la desproporción. Basta una gota para que se dé el milagro sin diluir el vino, que da sabor.

               También debo reconocer que ese «1» no es sólo mío. En gran parte se lo debo a mis papás de quienes he aprendido a confiar en Dios, en mi familia y en mi Iglesia. Ahora que lo pienso, quizá a ellos los debería poner del lado del marcador divino. Son de los dones más especiales que he recibido en mi vida.

               Me topo con el mismo dilema cuando pienso en mis hermanos, mis amigos, y mis hermanos legionarios. Todos ellos han contribuido al «1» que está de mi lado y todos ellos son dones de Dios. No sería lo mismo sin ellos. Ciertamente sin ellos no sería mejor.

               El partido comenzó mucho antes de que yo lo advirtiera. Cada día anotaba mi punto sin darme cuenta. Bastaba dejarme amar: 1 punto. Poco a poco el juego comenzaba a ponerse más interesante; entraban más elementos. Mientras uno crece, crece también el mundo en que se mueve; crece la independencia; crecen las posibilidades. El plan de juego lo aprendía principalmente de mis papás y de mi Madre, la Iglesia, pero no siempre fui fiel a sus estrategias. Así, hubo ocasiones en que me iba en ceros, o incluso en puntos negativos, pero también de eso fui aprendiendo: cada caída fue ocasión para levantarme. A grandes rasgos, este párrafo encierra mi infancia y primera adolescencia.

               Con todo ello, no había acabado de entender que Dios era un jugador activo en el juego de mi propia vida. Amaba a Dios, buscaba obedecer sus leyes y le rezaba como me habían enseñado, pero no me había dado cuenta de que Él constantemente me hablaba.  Un importante descubrimiento fue durante un retiro al final de la primaria donde un padre legionario nos invitaba a hablar con Jesucristo como con un amigo. Recuerdo que fui a la capilla, empecé un diálogo interior, y no sabía si estaba hablando conmigo mismo o con Jesucristo. Por un lado dudaba y por otro sentía ―no encuentro otra palabra para describirlo― que Alguien me decía «Soy Yo, soy Yo». No me lo decía con palabras. Me lo decía como una invitación a la confianza.

               Abro una pequeña paréntesis para explicar que el “juego” funciona de la siguiente manera: Dios pone todo de su parte y a mí me pide que confíe. Mi acto de confianza es el punto que sólo yo puedo anotar. Suena muy fácil… no lo es. Cada día presenta nuevos retos para confiar en Dios. Teniendo en cuenta que el acto más importante de fe es el que nos toca hacer hoy, podemos llamar este juego, “el juego de la fe”. Dice la Lumen Fidei, «La fe consiste en la disponibilidad para dejarse transformar una y otra vez por la llamada de Dios» (LF 13).

               El juego seguía poniéndose más interesante. Una vez que entiendes que Dios te habla, parece que Dios se emociona: surgen todo tipo de ideas (en estos momentos es bueno conocer a alguien con más experiencia en las cosas de Dios para ver si estas ideas realmente vienen de Él). Ante ciertas invitaciones, yo decía «ya sabía que me ibas a pedir esto», y confiar en Dios era cuestión de generosidad. Otras invitaciones, en cambio, suscitaban en mí un «híjole… esto no me lo esperaba». En estas ocasiones, confiar era cuestión de valentía, de emprender un camino desconocido, de abandonar las propias seguridades. Quien no se sienta capaz de abandonar ciertas seguridades, mejor que ni le entre al juego; mejor que se busque un ídolo. «Ante el ídolo, no hay riesgo de una llamada que haga salir de las propias seguridades, porque los ídolos “tienen boca y no hablan” (LF 13).

               Yo preferí jugármela con un Dios quien sí que habla. Dios me llamó al Regnum Christi, luego a dar un año de colaborador, luego al candidatado, y luego a ser Legionario de Cristo. Todo esto implicó abandonar muchas seguridades, pero hizo mi juego mucho más interesante de lo que hubiera imaginado.

               A estas alturas, yo pensaba que el juego había cambiado sustancialmente. Había entregado mi vida a Cristo como legionario. Esto debería valer más que un punto, ¿no? Además, la vida religiosa también presenta sus retos: la vivencia de los votos, las dificultades en la oración, la vida de comunidad, la renuncia a lo mundano, entre otros. No siempre era fácil pero no me faltaba motivación para levantarme cada día con grande ilusión de seguir acumulando puntos. Sin embargo, sucedía algo extraño: por más puntos que ―según yo― acumulaba, nunca me parecían suficientes. « ¡Soy Legionario de Cristo! ¡Cofundador! ¡Tengo que ser santo!―me decía a mí mismo― ¡Debería estar ganando mucho más puntos!» La ilusión se mezclaba con una cierta frustración; poco a poco esta disminuía y aquella aumentaba.

               Dice el Catecismo: «Se ora como se vive porque se vive como se ora» (CIC 2725). Pues bien, año tras año mi oración se iba volviendo más pesada. Externamente seguía siendo buen religioso y cumplía con mis debere; internamente me sentía atrapado en un círculo de frustración. Eso de acumular y acumular puntos se volvía cada vez más fastidioso. Encima, hubo veces que me fui a puntos negativos: esto era humillante. Es verdad que el juego había cambiado… pero no como yo lo esperaba. Menos mal que Dios nunca dejó de poner su 70 X 7. En un reciente retiro para sacerdotes decía el Papa Francisco: «Nada une más con Dios que un acto de misericordia, ya sea que se trate de la misericordia con que el Señor nos perdona nuestros pecados, ya sea de la gracia que nos da para practicar las obras de misericordia en su nombre».  A lo largo de mi vida religiosa, los momentos en que más he experimentado la cercanía de Dios han sido en el confesionario. Agradezco a Dios por todos esos sacerdotes ―principalmente hermanos en la Legión― a través de quienes he hecho esta experiencia de la Misericordia.

               Pero Dios no se conforma sólo con cumplir su parte. Él quiere vernos cumplir la nuestra. Y no sólo eso… quiere vernos hacerlo con paz y alegría. Así, en el “juego de la fe” Dios también la hace de coach. Y cuando un atleta está ciclado, atorado, o “enmañado” ―como queramos llamarlo―, la prescripción del coach es siempre la misma: back to basics. Es como si Dios me dijera «Juan Pablo, no se trata de acumular puntos. Yo tengo puntos de sobra. A ti te toca poner sólo un punto: confiar en mí». Dicho así en una frase suena muy fácil. En mi caso han tenido que pasar varios años para comenzar a asimilar esta enseñanza. «Señor ―insistía yo― yo quisiera darte más, quisiera orar mejor, quisiera caer menos… ¡quisiera ser más santo! ¡Quiero anotar más puntos!» «Juan Pablo ―repetía el Señor― no me interesan tus puntos. Tú pon la confianza. Lo de la santidad, la oración, y todas tus expectativas… todo eso déjamelo a mí». O dicho en el lenguaje de la misa: «No por ponerle más agua, el vino se transforma en la Sangre de Cristo; basta una gota. Demasiada agua diluye el vino; le quita el sabor». De nuevo tengo que agradecer a mis hermanos en la Legión; esta vez, a quienes han sido mis formadores y directores espirituales. En gran parte, ha sido a través de ellos que Dios me ha dicho estas cosas.

               ¿Y ahora qué sigue? A pocos días de la ordenación diaconal y a unos meses del sacerdocio, siento que Dios me invita al próximo nivel del juego. Quizá el siguiente paso sea quitar la división de marcadores. Aprender de María, campeona en la fe. Ella nunca está en competición con Dios; siempre se suma. En mi vida, por ejemplo, siempre ha favorecido la acción de Dios. Quizá de su mano pueda pasar de, «Juan Pablo: 1 ― Dios: 70 X 7»; a «Juan Pablo en Dios ―y Dios en Juan Pablo―: 70 X 7 +1».

Juan Pablo NajeraEl H. Juan Pablo Nájera, L.C., nació el 9 de diciembre de 1983 en Monterrey, México. Terminando los estudios de preparatoria dio un año como colaborador en el 2002. Después, ingresó en el 2003 al noviciado de los Legionarios de Cristo en Cheshire (EUA) donde también cursó las humanidades. Estudió la licenciatura en filosofía y el bachillerato de teología en Roma. Realizó sus prácticas apostólicas en Saltillo en la pastoral vocacional. Iniciará su ministerio como auxiliar en la Administración Territorial de Monterrey.