Nikolaus Klemeyer

Dios es amor. Estoy amado por él.

“Los conversos son molestos”, dice [Georges] Bernanos. Por esta razón, y por algunas otras, he diferido mucho tiempo el escribir este relato. Es difícil, efectivamente, que uno hable de su conversión sin hablar de sí […] Así, a menudo, me resigno de hablar en primera persona, es porque está claro para mí, como querría que lo estuviese en seguida para vosotros, que no he desempeñado papel alguno en mi propia conversión.

He querido empezar mi historia con esta cita de André Frossard del libro “Dios existe. Yo me lo encontré” para dejar clara mi intención fundamental. Mi intención es mostrar la acción de Dios en la vida de la propia vida y la vida de mi familia.

El inicio de mi historia vocacionale se sitúa en el norte de Alemania, en la zona de Bremen. Ahí se encuentra la “hacienda de los Klemeyer”, un muy hermoso rancho antiguo en posesión de una familia arraigadamente evangélica-luterana. El abuelo paterno era un pastor luterano y un oficial militar. Por mantenerse fiel a su tropa los Rusos lo hicieron prisionero junto con ella y se quedó en Siberia. Sobrevivió sólo pocos años la dureza de los campos de concentración rusos. Mi abuela entonces crio como viuda de guerra a sus tres hijos. Muy religiosa y aún más luterana, tanto que mi mamá la llamó una vez de broma “un cardenal protestante”. La tradición de los pastores siguió con mi tío, el mayor de los tres hermanos. El del medio y el más joven, mi papá, se dedicaron a la música.

Mi mamá igualmente proviene de una familia profundamente luterana. El abuelo de mi mamá se dedicaba como pastor plenamente a la cura de almas en las parroquias. El papá de mi mamá era médico. Amante de la lectura, reflexivo e interesado como era, nos dimos cuenta después de su muerte, que estudió a fondo sea los escritos de Papa San Juan Pablo II como los del entonces Card. Josef Ratzinger.

Puesto que mi papá recibió en el año 1976 un puesto como flautista en la ópera de Munich nosotros pasamos nuestra niñez en el sur de Alemania, cerca de Munich. Fuimos a una escuela católica y jugábamos en la plaza delante de la Iglesia católica, vecina de nuestra casa. La escalera de la Iglesia católica se convirtió para nosotros en gasolinera y taller para nuestras bicicletas. Vino a veces el sacerdote católico y nos invitó a entrar a la Iglesia. De la presencia de Cristo en el tabernáculo no sabíamos todavía nada.

Dios sin embargo estaba muy presente en nuestra familia. Eramos bautizados, rezábamos en familia y los domingo nos fuimos al servicio luterano. Vivmos la fe de manera natural y familiar. Las fiestas escolares en la escuela eran marcadas por la misa católica organizadas por un movimiento católico alemán. Participé también en unas clases de catequismo para niños, organizadas por una mexicana católica muy creyente según la pedagogía de Sofia Cavalletti, colaboradora de Maria Montissori. Así la vida católica pronto se me hizo familiar de manera inconsciente. Nunca tematizamos lo católico como algo contrario a lo evangélico-luterano. Lo importante era la fe en Cristo. Mis papás eran muy abiertos a catolicismo y valoraban también la riqueza de la fe católica.

Esta semilla de fe y también de lo católico pudo desarrollarse en un ambiente muy sano. Mi familia era súmamente cálida y acogedora. Era una familia grande y muchas veces refugio para otras familias. Así mis papás eran “papás” de más que sólo nosotros. Esta en casa significaba para nosotros: seguridad, paz, alegría y bueno humor, calor y tranquilidad. Además el contacto con la música me ayudaba de hacer crecer en mi un corazón que valoraba mucho la amistad, la fidelidad, la autenticidad y amor duradero y profundo.

En el año 1997 una familia amiga me invitó a participar en un campamiento en Roma. Los organizadores eran los Legionarios de Cristo. Ya que me interesaba ver Roma, me apunté. Eran días súmamente intensos, puesto que era un ambiente totalmente nuevo para mí. La experienca vivida en Roma era la piedra fundamental para mi futuro camino vocacional, dentro de la Iglesia católica, como también dentro de la Legión. Dios me regaló dos cosas: una grande apertura interior y una seguridad que mi “casa” la encontraría en la Iglesia católica y en el Regnum Christi. También tuve mi primer contacto con la Virgen María. Recé mi primer Ave María, que un chico me dejó escrito en una ficha

Este primer contacto con los legionarios de Cristo no terminó. Empecé de asistir a diversos campamentos para jóvenes. Eran para difrutar: uno pudo estar entre jóvenes, vivir la fe abiertamente y con mucha alegría. Viví unos cinco años con un contacto directo con lo católico. En los campamientos no iba a comunión ni a confesión, sabiendo que me faltaba todavía la plena comunión con la Iglesia, pero había un gran deseo de recibir los sacramentos. Por esto pedí en el año 2001 de poder recibir el sacramento en confirmación y así convertir definitivamente a la Iglesia Católica.

Mi decisión de hacerme católico, la cual mis papás apoyaron como una decisión consciente de mi parte, hizo madurar también mi decisión de llegar a ser sacerdote en la Legión. Entrar en la congregación era realmente sólo una cuestión de tiempo. Er motivado por el deseo de dar a Cristo toda mi vida.

Desde mi niñez toqué intensamente el violín, también con el deseo de seguir el ejemplo de mi papá y llegar a ser músico. Ahora sin embargo, con la seguridad interior de tener una vocación al sacerdocio ya no era justificado para mí sacrificar a la música tanto tiempo y esfuerzo. Quería dar a mi vida una orientación clara, y por esto pedí entrar en la escuela apostólica de EEUU. Luego, un año después entré en el noviciado en Alemania.

Es para mi importante subrayar cómo Dios, quien quiso darme este maravilloso don de quererme todo para Sí, no se limitó a mí. Una vocación siempre rompe muchos esquemas. En cierto sentido toda mi familia estaba llamada, especialmente mis papás y mi hermana pequeña. Poco después de mi entrada a la Legión, mi mamá y hermana pequeña, como también mi hermano mayor convirtieron. También mi papá llegó a entender y amar cada vez más la fe católica, que pudo palpar de primera mano en la vida de mi mamá y de los muchos legionarios que pasaron por mi casa. Recuerdo, como profundizó mucho en el entendimiento de la liturgia, y siempre asistió a la misa católica a lado de mi mamá, sin recibir la comunión. Era para él obvio de no recibirla todavía como protestante. Grande era la alegría cuando en su manera sobria me comentó en otoño de 2009 que planeaba de hacerse católico. La confirmación de un hombre de 67 años descendiente de una familia profundamente luterana era un milagro de la gracia de Dios.

Cuando me preguntan si mis papás llegaron a ser católicos por mí, sólo puedo decir que no. Es un misterio de la gracia de Dios. Ciertamente había un deseo de mi parte que un día toda mi familia llegara a ser católica, pero nunca sentí la capacidad de lograrlo. En el caso de mi mamá era un anhelo que muy temprano empezó a madurar en ella. Una vez le pregunté por qué se había hecho católica y realmente no me pudo responder. Dios plantó en ella un deseo hacia la Iglesia Católica, el cual ella nutrió con reflexión y lectura. Lo católico no era algo ajeno, sino lo sentía como algo propio, a lo cual sin embargo uno todavía no pertenecía totalmente. El paso oficial era así un paso más bien pequeño.

En diciembre 2012 Dios cerró soprendentemente un ciclo de vida. Mi papá murió dentro de una semana de una insuficiencia pulmonial. Todos nosotros, hermanos y mi mamá en primero lugar, nos hemos imaginado siempre una vida futura con nuestro padre, como abuelo para los nietos, padre presente en la ordenación sacerdotal, o esposo que pasa años tranquilos con su mujer. Pero partió después de una breve lucha, y Dios lo llamó.

Dios quiso terminar su obra con obra, una parte de su plan con nuestra familia. Después de una conversión tan de repente también llegó una muerta tan inesperada. Estamos agradecidos por los dos.

El camino por el que Dios guía a las almas es y será siempre para mí fuente de contemplación y gratitud. Ya nuestra madre celestial nos enseñó a tener un corazón contemplativo. Su madre conservaba estas cosas en su corazón (Lc 2, 51). Contemplar y profundizar es el encendido para el transmitir. El agua que yo le daré se convertirá en él en manantial que brotará hasta la Vida eterna (Jn 4, 14). Experimentar el amor de Dios, sea en la propia vida, sea también en la vida de las persona que nos rodean siempre será ocasión para la acción de la gracia en tantas almas. No nos tenemos que inventar algo sino simplemente no molestar el plan de Dios.

Gott ist die liebe. Ich bin von ihm geliebt.

«„Die Bekehrten sind lästig”, sagte [Georges] Bernanos. Aus diesen und anderen Gründen habe ich lange gewartet, den vorliegenden Bericht zu schreiben. Es ist schwierig, von der eigenen Bekehrung zu sprechen, ohne von sich selbst zu sprechen. […] Wenn ich nicht umhin kann, oft in der ersten Person zu sprechen, so deshalb, weil es für mich klar ist – ich wünschte, es gelänge mir, meine Leser ebenso davon zu überzeugen -, dass ich nicht die geringste Rolle bei meiner eigenen Bekehrung gespielt habe.»

Dies ist ein Zitat aus dem Buch „Gott existiert. Ich bin ihm begegnet!“ von André Frossard. Es rückt am Anfang dieses Zeugnisses mein Grundanliegen ins rechte Licht. Es geht nicht um meine Lebensgeschichte, sondern um Gottes Handeln im Leben meiner ganzen Familie.

Ich möchte die Berufungsgeschichte im Bremerkreis, in Norddeutschland, anfangen. Dort findet man den „Klemeyerhof“, einen wunderbaren alten Bauernhof im Besitz einer tief evangelisch-lutherischen Familie. Mein Großvater war evangelischer Pfarrer und deutscher Offizier. Aus Treue zu seiner Truppe ist er in die russische Gefangenschaft gegangen und dort geblieben. Ein Jahr nach Kriegsende starb er in einem sibirischen Kriegsgefangenenlager. Meine Großmutter hat als Kriegswitwe ihre drei Söhne allein im Umkreis von Göttingen großgezogen. Sie war tief religiös und noch tiefer evangelisch, so dass meine Mutter sie einmal spaßeshalber einen “evangelischen Kardinal” nannte. Sie war Mitbegründerin des Marburger Kreises –einer evangelischen Gebetsbewegung-, in dem sie über Jahrzehnte hauptamtlich mitarbeitete. Die Pastorentradition wurde durch den ältesten Bruder meines Vaters weitergeführt. Alle drei Brüder widmeten sich intensiv der klassischen Musik; mein Vater und der mittlere der drei Brüder auch beruflich.

Meine Mutter wurde in Bremen geboren und entstammt ebenso einer tief-religiösen evangelischen Familie. Mein Urgroßvater mütterlicherseits war Pfarrer im Raum Stuttgart und hat sich mit seiner Frau ganz dem Dienst der Gemeinde gewidmet. Der Vater meiner Mutter war Kinderarzt. Er war sehr belesen und tief interessiert an den Fragen über Mensch und Gott. Wir entdeckten nach seinem Tod, dass sowohl die Schriften von Johannes Paul II wie auch von Joseph Ratzinger ihn sehr beschäftig hatten.

Mein Vater ging 1976 als Soloflötist an die Münchner Staatsoper. So wuchsen wir Kinder in Bayern, konkret in Pöcking am Starnbergersee, auf. Als Grundschule wählten meine Eltern bewusst eine kleine katholische Privatschule in einem Vorort Münchens. Zuhause versammelten wir uns gerne zum Spielen auf dem großen Innenhof der katholischen Pfarrei in Pöcking, denn unser Grundstück grenzte an die Katholische Kirche. Die Treppen zur Kirche waren sowohl Tankstelle wie auch Werkstatt für unsere Kinderfahrräder. Kam nun der katholische Priester vorbei, so lud er uns manchmal ein, die Kirche zu betreten. Von Christi Gegenwart im Tabernakel ahnten wir jedoch nichts.

Christus war sehr präsent in unserer gläubigen Familie. Wir wurden getauft, wir beteten gemeinsam, gingen am Sonntag zum Gottesdienst und waren eine Familie, die den Glauben auf sehr natürliche Weise lebte. Die Schulfeste waren immer gezeichnet von der katholischen Messe, gestaltet von der Katholischen Integrierten Gemeinde. Als Kind nahm ich auch teil an einer katholischen Früherziehung nach Sofia Cavalletti, einer Mitarbeiterin von Maria Montissori. Diese wurde von einer tief gläubigen mexikanischen Katholikin, Freundin meiner Mutter, geleitet. Dort wurde ich eher unbewusst mit den katholischen Grundwahrheiten vertraut. Meine Eltern hatten ein sehr offenes Verhältnis zum Katholischen und schätzten den Reichtum und die Schönheit des katholischen Glaubens.

Diese ersten Samen christlichen Glaubens und eben auch schon das Katholische durften in einem nahrhaften Boden aufwachsen. Denn das Klima in meiner Familie war äußerst warmherzig und geborgen. Wir waren eine große Familie (zu acht), die immer auch „Zufluchtsort“ für viele andere Familien und Freunde war. Mein Vater und meine Mutter waren somit Vater und Mutter für mehr als nur für uns. Das Wort „Zuhause“ bedeutete viel für uns: Geborgenheit, Frieden, Heiterkeit und Witz, Wärme und eben ein tiefes Gefühl von „zuhause sein“. Auch gefördert durch den frühen Kontakt mit der Musik, hat sich somit in mir ein Herz gebildet, welches Liebe, Freundschaft und Treue sehr hoch schätzte. Ich sehnte mich immer nach Echtheit und währender, tiefer Liebe.

1997 wurde ich, damals zwölfjährig, von einer befreundeten Familie eingeladen, an einer Pilgerfahrt in Rom teilzunehmen. Die Betreuer dieser Fahrt waren die Legionäre Christi. Es waren äußerst intensive Tage, da für mich das so katholische Umfeld gänzlich neu war. Diese Erfahrung war der Grundstein für den zukünftigen Berufungsweg. Gott schenkte mir damals zweierlei: eine große Offenheit und eine Gewissheit, dass ich mein Zuhause in der katholischen Kirche und in der Familie des Regnum Christi finden werde. Hier hatte ich auch einen ersten Kontakt mit der Gottesmutter Maria. Ich sprach ein einfaches Ave Maria, welches mir einer der Jungen auf einen Zettel schrieb, vor ihrer Statue. So ist Gottes Wirken: unscheinbar, aber mächtig.

Dieser erste Kontakt mit den Legionären Christi brach nicht ab. Ich begann an verschiedenen Jugendlager teilzunehmen. Dies war zum Genießen: man durfte unter Jungen sein, die auch den Glauben lebten und dabei war nichts Frömmelndes. Ich wuchs so in den katholischen Glauben hinein, so sehr, dass ich im Sommer 2001 den ersten offiziellen Schritt tat: ich bat darum, in die katholische Kirche eintreten zu dürfen und gefirmt zu werden.

Zu diesem Zeitpunkt habe ich das katholische Leben schon über vier Jahre hinweg intensiv mitbekommen. Aber eben immer nur in einer gewissen Distanz. Ich ging während der Jugencamps oder Reisen nach Rom niemals zur Beichte und empfing auch die Heilige Kommunion nicht. Ich verstand, dass mir die volle Gemeinschaft mit der katholischen Kirche fehlte und so der Empfang der Sakramente nicht kohärent war. Aber der Sehnsucht war da und auch das Verständnis, was für einen Reichtum die Sakramente, besonders die Eucharistie und die Beichte, beinhalten.

Mit der Entscheidung katholisch zu werde, die meine Eltern als bewusste Entscheidung meinerseits unterstützten, reifte auch meine Wunsch, Priester in der Legion zu werden. Der Eintritt in den Orden war eigentlich nur noch eine Frage der Zeit. Jedoch war er motiviert vom Wunsch, Christus mein ganzes Leben zu geben. Diese Freude an der Hingabe reifte über die langen Jahre der Vorbereitung auf das Priestertum hinweg, war aber von Anfang an präsent.

Seit meiner Kindheit spielte ich intensiv Geige, mit dem Wunsch dem Beispiel meines Vaters zu folgen und Musiker zu werden. Nun aber, mit der Sicherheit, zum Priestertum berufen zu sein, war für mich der Mühe- und Zeitaufwand in der Musik nicht mehr gerechtfertigt. So wollte ich meinem Leben eine klare Ausrichtung geben und besuchte für ein Jahr das Kleinseminar der Legionäre Christi in den Vereinigten Staaten. Dort beendete ich die Schule, um dann 2003 mit 18 Jahren in Bad Münstereifel dem Orden beizutreten.

Die Berufung sprengt viele Rahmen. Meine ganze Familie wurde in einem gewissen Sinne berufen. Bald schon traten meine Mutter und meine kleine Schwester der katholischen Kirche bei. So auch mein älterer Bruder durch seinen Entschluss, sein Lebensweg innerhalb der Katholischen Integrierten Gemeinde zu suchen. Mein Vater wurde “Dulder” der häufigen Besuche von Patres und Brüdern der Legionäre. Er schloss den katholischen Glauben und auch das Regnum Christi immer mehr in sein Herz. Als eher wortkarger Mensch, wenn es um innere Überzeugungen und Gedanken ging, offenbarten seine Taten und Reaktionen seine wahre Haltung. Bald besuchte er treu die katholische Messe an der Seite meiner Mutter. Für ihn war es selbstverständlich, als Evangelischer nicht zur Kommunion zu gehen. Die Begründung dafür, dass er nur noch zur katholischen Messe ging, war: “Wenn ich beim evangelischen Gottesdienst keine gute Predigt höre, gehe ich leer nach Hause. Bei der katholischen Messe ist es die Liturgie selber, welche mir unabhängig von der  Predigt den Reichtum des Glaubens übermittelt.”

Somit drang er zum Mittelpunkt des katholischen Glaubens vor, der Liturgie als Vergegenwärtigung der Geheimnisse Christi und erfuhr in meiner Mutter und auch der ganzen Regnum Christi Familie, was katholisches Leben ist. Dennoch war die Überraschung und Freude groß, als er mir auf seine nüchterne Art im Herbst 2009 sagte, er plane nun katholisch zu werden. Die wenige Monate darauf folgende Firmung dieses 67 alten Mannes aus urevangelischer Familie war ein Wunder der Gnade Gottes.

Wenn man mich fragt, ob meine Eltern durch mich katholisch geworden sind, kann ich immer nur sagen:”Nein!” Es ist ein Geheimnis der Gnade Gottes. Natürlich war ein Wunsch da, dass eines Tages meine ganze Familie katholisch werde, aber niemals fühlte ich mich fähig, dies zu bewirken. Im Falle meiner Mutter war es eben ein Same, der schon früh in sie gelegt wurde. Ich fragte sie einmal, warum sie katholisch geworden sei, und sie konnte es nicht wirklich beantworten. Gott hatte in ihrer Seele schon früh eine Sehnsucht zu katholischen Kirche geweckt, die sie in der belesenen und tiefen Art ihres Vaters durch Lektüre und innerem Staunen über den Reichtum nährte. Das Katholische war kein Fremdkörper und fing an etwas Eigenes zu werden.

Im Dezember 2012 hat Gott unerwartet einen Lebenskreis in unserer Familie geschlossen. Mein Vater starb innerhalb einer Woche an einem Lungenversagen. Wir alle, sei es meine Mutter, meine Geschwister und ich selber, hatten uns immer ein Leben mit unserem alten „Väterchen“ vorgestellt. Ob nun Großvater für seine Enkelkinder, Vater anwesend bei der Priesterweihe oder Ehemann, der mit meiner Mutter einen ruhigen letzten Lebensabschnitt verbrachte, dies war er immer für uns. Nun aber verschied er nach kurzem Todeskampf und wurde von Gott heimgeholt.

Wir empfanden, dass Gott damit einen Kreis schließt. Er wollte es so, er wollte sein Werk, ein Teil seines Planes mit unserer Familie schon frühzeitig abschließen. Der Überraschung über eine so schnelle Bekehrung folgte auch die Überraschung eines so schnellen Todes. Beides jedoch passte zusammen und für beides sind wir in unserer Familie dankbar.

Gottes Weg mit den Seelen ist und wird für mich immer Quelle der Betrachtung und Dankbarkeit sein. Schon unsere himmlische Mutter hat uns gelehrt, ein betrachtendes Herz zu bewahren. Seine Mutter bewahrte alles, was geschehen war, in ihrem Herzen (Lukas 2, 51). Betrachten und Vertiefen führt zum  Weitergeben. Vielmehr wird das Wasser, das ich ihm gebe, in ihm zur sprudelnden Quelle werden, deren Wasser ewiges Leben schenkt (Johannes 2, 14). Gott als Liebe zu erfahren, sowohl im eigenen Leben, wie auch im Leben derjenigen, die uns umgeben, ist immer Ursprung für das Wirken der Gnade in so vielen Seelen. Wir müssen uns dabei nichts einfallen lassen, sondern Gottes Plan nicht stören.

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Nikolaus Klemeyer ist am 28. Februar 1985 in Starnberg in Süden von München, Deutschland geboren. Er stammt aus einer evangelischen Familie. Sein Vater war Musiker und Sohn eines Evangelischen Pfarrers. Schon als Jugendlicher hatte P. Nikolaus Klemeyer Kontakt mit den Legionären Christi und nahm an einigen Romfahrten und Jugendlagern teil. 2001 konvertierte er zum Katholischen Glauben. Auch Großteil seiner Familie wurde später katholisch.

2002 trat er dem Kleinseminar der Legionäre Christi in den USA bei und 2003 dem Noviziat in Bad Münstereifel. Er absolvierte die humanistischen Studien in Salamanca in Spanien und die Philosophie- wie auch Theologiestudien in Rom. Außerdem half er als Ausbilder für zwei Jahre im Noviziat in Deutschland und für ein Jahr im Zentrum für humanistische Studien in Salamanca, Spanien.

ES Nicolás Klemeyer nació el 28 de febrero de 1985 en Starnberg, en el sur de Munich, Alemania. Él viene de una familia protestante. Su padre era un músico e hijo de un pastor protestante. Ya en su adolescencia tuvo contacto P. Nicolás Klemeyer con los Legionarios de Cristo y participado en varias peregrinaciones a Roma y campamentos juveniles. En 2001 se convirtió a la fe católica. También la mayoría de su familia fue más tarde Católica.
En 2002 se unió al pequeño seminario de los Legionarios de Cristo en el EE.UU. y 2003 en el noviciado en Bad Münstereifel. Se graduó de los estudios humanísticos en Salamanca en España y la filosofía, así como estudios de teología en Roma. También ayudó como instructor durante dos años en el noviciado en Alemania y por un año en el Centro de Estudios Humanísticos en Salamanca, España.

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