Alejandro Páez, L.C.

“Nadie me ha mirado así. Sin fijarse en mi miseria…”

 “Yo tenía la convicción férrea de que Dios quería que yo fuera legionario.  Pero para entonces ya me había percatado de que no puedes vivir de lo que otra persona quiere, ni aunque la otra persona sea Dios.  Me di cuenta de que lo único que puede fundar una vida es el amor.  Más ¡el amor al Amor!”

Nací el 18 de febrero de 1985 en Monterrey, México.  Se podría decir que somos una familia “normal”, pero no estoy seguro que mis cinco hermanas y yo estaríamos de acuerdo…  Somos una familia extraordinaria, como todas, con gente extraordinaria y una unidad a prueba de fuego.  Papá y Mamá, desde que yo recuerdo, fueron siempre personas de religión auténtica, ni mochos ni paganos.  Amaban a Dios en serio.  Y vivían en consecuencia.  Papá llegaba a mi cama todos los días en la madrugada a darme un beso.   Yo sabía que se iba a nadar y luego a misa y que llegaba para desayunar con todos.  Mamá iba a misa en las mañanas en la parroquia o en “la sección”.  Y a nosotros nos llevaban los domingos a la Iglesia de Fátima, hasta que construyeron María de los Ángeles que quedaba más cerca.  Bendecíamos la mesa antes de comer, y después de comer a veces rezábamos un misterio del rosario juntos.  Y en algún momento se instituyó en la familia el “sexto misterio” que consistía en rezar un misterio extra del rosario por el miembro de la familia que más lo necesitaba (yo siempre pensaba que era por mi hermana Jimena, que es con la que más me peleaba…).  Esa era toda la religiosidad explícita de la casa.

Pero Dios estaba en todo y por todas partes de trasfondo.  A veces esto se reflejaba en los crucifijos chiquitos que todavía están en las paredes de cada cuarto; a veces en lo que mi papá hacía en su trabajo y sobre todo en los principios con los que lo hacía; a veces en los apostolados de mi mamá y en las cosas que hacía por “los padres” y “las misses”.  Y todo esto marcaba el estándar de lo que se esperaba de ti en la familia Páez.  Sólo había tres reglas:  1) los nombres de tus hermanas se dicen con todas las sílabas (nada de Tere, ni Fede, ni Fer); 2) si quieres sentarte a comer en la mesa te pones zapatos y 3) prohibido comer chicle porque pareces vaca.  Así es que el ambiente era de una completa libertad, pero de la buena.  Habías absorbido implícitamente los valores de esta familia, sabías cómo se porta la gente de esta familia, sabías que todos te iban a querer aunque fueras el más soberano desastre y sabías que nunca te iba a faltar nada.  Esto son los Páez en dos párrafos.

Fui al colegio Irlandés de Monterrey.  Allí me enteré de que “los padres” eran los Legionarios de Cristo y que “las misses” eran las Consagradas del Regnum Christi que estaban en el CECVAC donde iban las niñas.  Me enteré también que tenía un tío que se había “ido de padre” y una tía que se había “ido de miss”.  Y cuando tenía 5 años mi hermana Federica decidió también “irse de miss” y más tarde Fernanda y todavía más tarde Andrea.  Así que toda mi vida ha estado empapada de la espiritualidad del Regnum Christi desde que tengo memoria.  ¡Gracias a Dios!

En algún retiro en quinto de primaria me incorporé al ECYD pero hubo que esperar un año para empezar un equipo porque todo mundo se incorporaba en sexto.  Así que me empecé a juntar con otros del ECYD que eran un año más grandes que yo.  Un día uno de ellos se quedaba a dormir en mi casa.  Y ya en la noche, tirados en un colchón en el piso leyendo Calvin y Hobbes y viendo el anuario del CECVAC, me dice:  “Me voy a ir a la apostólica.”  Como no tenía idea de lo que era la apostólica, le dije con todo el aplomo: “Ah.”

En el siguiente año me invitó varias veces a visitarlo a la apostólica y allí vi que era un lugar para niños que querían “ser padres”.  Y seguía pensando: “Ah”.  En ese año, sexto de primaria, fui a un retiro a una casa al lado del noviciado.  Me confesé y el padre me dio de penitencia las tres Aves Marías de rigor.  Pues fue en esa visita que se me ocurrió preguntarle a la Virgen: “¿qué quieres que haga?”.  Y en ese momento supe sin ningún lugar a duda, ni entonces ni después, que Dios me quería sacerdote Legionario de Cristo.  Tenía 12 años.

Por supuesto que en ese momento yo no veía mucho más allá de la apostólica.  Entendí que Dios me llamaba a la Legión de Cristo y la puerta de entrada era la apostólica.  Así que por allí había que ir.  Un primo mío, que era nuestro responsable del ECYD en sexto, muchos años después me contó que le dije:  “Se me hace que me voy a ir de padre”.  Y él: “¿Porqué?”.  Y, según dice, le contesté: “Porque quiero…”.  Recuerdo vagamente cuando le dije a mi mamá en el cuarto de tele de la casa.  Como que me quiero acordar que ella estaba en su sillón verde junto a la ventana y me dijo: “Pues muy bien.  Vamos a ver qué hacemos…”.  Y a los pocos días llegaron dos padres a visitarme…  Sí recuerdo con toda claridad que una vez en el carro con ella le dije “si yo fuera padre, sería legionario”.  Y de eso todavía estoy seguro.

En el verano de 1997 llegué a la apostólica de Monterrey para hacer el cursillo de verano.  Al final de cursillo fui destinado a la apostólica de New Hampshire y el 18 de agosto, cumpleaños de mi papá, volamos papá, mamá, Andrea y yo a USA.  Según yo me estaba estrenando de adolescente así es que traía puesto un jersey de futbol americano de Texas A&M que creo que era de mi abuelo…  Nos quedamos en un hotelito, The Glenn House Inn, que parecía casa de muñecas y servía huevos benedictinos de desayuno así es que tanto mamá como papá estaban contentos.  A la mañana siguiente llegamos a la apostólica.  La entrada es larga y los árboles a ambos lados de la calle estaban entre verdes y amarillos.  Un padre en sotana, el P. Steven Liscinsky LC que era el prefecto de estudios, caminaba afuera con las manos atrás haciendo la meditación.  Entramos a la capilla donde los apostólicos también estaban en meditación.  El P. Kermit Syren LC estaba contando una historia de un oso en Alaska.  Así llegué a New Hampshire.  Allí pasé los primeros cinco años de mi vida legionaria, que yo recuerde, sumamente feliz.

El día de Pentecostés del año 2000 recibí el uniforme de precandidato.  Una noche poco después el P. David Steffy me preguntó “¿Usted sabe algo de Francés?”.  Cuando le dije que no me dijo: “Pero podría aprender ¿no?”.  Sí…  Y allí me dijo que me iba a Canadá para fundar la nueva apostólica en Cornwall y que de pasada le avisara a Joe Houser que también se venía conmigo…  Así es que al día siguiente en el desayuno le dije a Joe Houser que terminara rápido de comer y que empacara todo porque nos íbamos esa misma mañana a Cornwall.  Mi estancia en Cornwall duró poco porque los nuevos que entraron ese verano eran todos más chicos que nosotros de forma que nosotros volvimos a New Hampshire al final del verano y algunos apostólicos tomaron nuestros lugares.

El 14 de Septiembre de 2002, vísperas de la fiesta de la Virgen de los Dolores recibí la sotana legionaria.  Fue un momento que obviamente había esperado mucho, pero mirando ahora hacia atrás me doy cuenta de que era un anhelo muy infantil, propio de la edad que tenía.  Recuerdo que me hacía casi igual de ilusión poder ponerme guayabera porque me encantaba cómo se veía…  Pero lo que sí era auténtico y, por gracia de Dios, más maduro de lo que me podía percatar era el orgullo de ser legionario de Cristo.  Yo quería ser parte de esta cosa grande y gloriosa y fuerte que tenía grandes planes que yo no conocía muy bien pero que sabía que era una causa justa y de Dios y que valía la pena vivir y morir en ella.

Hice mi noviciado en Bad Münstereifel, Alemania, bajo los buenos auspicios del P. Joseph Burtka LC y del entonces H. Konstantin Ballestrem LC.  Fueron dos años de un poquito de maduración, de mucho despiste y de todas las buenas intenciones del mundo.  Me encantó ver a la Legión de otros lugares, Alemania, Austria, Hungría, Polonia…  Sin darme cuenta, me sentía muy a gusto porque esto era lo que yo había soñado:  una Legión mucho más grande que yo y mis cosas que hacía la obra de Dios por todo el mundo.  Éramos apenas unos 15 novicios pero éramos parte de una cosa muy grande y hermosa.  Yo estaba convencido de que Dios me quería legionario.  Estaba encantado de estar en la Legión.  Y me hacía falta poco más para ser feliz.  Así que el 4 de septiembre de 2004, con 19 años, emití mis primeros votos en la Iglesia de los Jesuitas de Bad Münstereifel.  Me acuerdo vagamente de que durante los ejercicios previos a la profesión estuve inquieto sin saber muy bien por qué.  Lo que sí sabía es que Dios quería esto.  Y si él lo quería yo lo quería.

De mis estudios humanísticos en Salamanca, España, recuerdo muy poco.  Fueron en realidad apenas diez meses embarraditos porque en julio de 2005 ya estaba llegando a Roma a estudiar filosofía.  En España, por primera vez después de la apostólica y del noviciado llegaba a una comunidad grande, y sobre todo, a una comunidad de cultura predominantemente latina, que para este entonces se me había hecho un poco ajena.  Era también mi primer año de vida religiosa y el primero en un periodo de estudios.  O sea, empezaban las “grandes ligas”…  Todo esto, además de que tenía 19 años, contribuyó a que mi tiempo en Salamanca fuera un periodo de ajustes, de crecer y querer madurar y de pasar por los momentos incómodos de no saber muy bien qué ni cómo y de estar entre distraído y desorientado.  Mis formadores en ese momento –P. Jesús María Delgado LC y P. Humberto Gaytán LC–  fueron estelares.  El P. Jesús María fue un rector que dirigía con el ejemplo.  No cabía la menor duda de que él estaba entregado a Dios en su vocación y de que se sentía realizado en la Legión.  Una vez caminando entre los pinos de la casa, mientras vigilaba a las urracas con un ojo, me dijo:  “Lo que pasa con usted es que está viviendo de las rentas…  Porque, claro, Dios ha sido muy bueno con usted y usted está viviendo de lo que ha recibido en su casa”.  Esto me ha acompañado siempre.  Era verdad.  Yo había recibido mucho muy pasivamente desde el inicio de mi vida y hasta entonces no había empezado a correr.  Quizá ni a caminar…  Pero tenía claro que Dios me quería legionario… y seguía adelante.  Pasarían todavía casi diez años antes de que empezara a caminar.

Al año siguiente llegué a Roma, a la gloriosa “Sección B”, a estudiar bachillerato en filosofía.  En Roma viví lo que podía ser un auténtico grupo de hermanos.  Tuve la suerte de tener como asistente al P. Jader Vanegas que se ocupaba mucho de nosotros y de nuestras cosas y hacía que el grupo se reuniera muy naturalmente en torno a él.  Ese grupo era como mi familia dentro de la comunidad.  Allí hablábamos de las cosas que nos interesaban a todos sin ningún tipo de fachadas.  Nunca hubo necesidad de grandes actividades especiales “de integración”.  De hecho, lo que más recuerdo es el trabajo que hacíamos en equipo: estar limpiando las mesas discutiendo de filosofía hasta que llegaran “los de licencia” a pontificar y “resolver” todas nuestras dudas…  Roma fue un tiempo muy hermoso.  Me entregué de lleno a los estudios de filosofía y a la vida de comunidad.  Y al cabo de dos años recibí mi destino de prácticas apostólicas:  Francia.

No me lo esperaba.  Para nada.  Pero resultó ser un periodo clave en mi vida.  Francia merecería un libro entero en que describir todo lo que pasó allí.  Pero en pocas palabras:  crecí.  En Francia se quedó el niño y salió el adulto, el religioso consciente.  Por fortuna, tuve como rector al P. Bruce Wren LC que supo acompañar esta transformación de modo magistral.  Por primera vez, en Francia, me cuestioné en serio por qué estaba en la Legión.  ¿Qué significaba estar aquí y ser religioso?  En Francia pude darme cuenta de modo consciente de mis propias cualidades, de mis talentos, de mi propio valor.  Y por lo tanto de mis posibilidades…  Y fue un momento de escoger en libertad y con conocimiento de causa lo que estaba haciendo con mi vida.  Este párrafo no hace justicia a la magnitud del momento.  Pero estaré eternamente agradecido al P. Bruce porque él ha sido para mí –además de un gran, gran amigo– un maestro de libertad.  Esto es lo último que me dijo antes de volver a Roma cuatro años después:  “Hermano, nunca pierda su libertad”.

De vuelta a Roma, llegué a vivir a la Sede de la Dirección General para colaborar con la Prefectura General de Estudios y hacer la licencia en filosofía.  Volviendo la vista atrás, ahora veo que estos años fueron los más débiles de mi historia.  Yo seguía adelante, viviendo de la renta.  Pero se estaba acabando el vuelito…  Yo tenía la convicción férrea de que Dios quería que yo fuera legionario.  Pero para entonces ya me había dado cuenta de que no puedes vivir de lo que otra persona quiere, ni aunque la otra persona sea Dios.  Y en ese contexto comencé la teología.

Un día en una plática el conferenciante hizo pasar un crucifijo por las bancas de los que estábamos oyendo.  Yo lo tomé y lo vi y lo pasé y ya.  Coincidió que se lo pasé a una consagrada que lo tomó y lo abrazó con verdadera pasión.  Eso me sacudió hasta el alma.  Todo el día volvía a ver la escena una y otra vez en mi cabeza hasta el punto que me causaba conmoción física.  En la noche estaba turbado a tal grado que que no quise ir a oraciones de la noche con la comunidad.  Subí al cuarto piso de la casa donde estaba el oratorio del P. Álvaro y allí me arrodillé solo y me puse a llorar como niño.  Pero llorada fea como las que te atragantas las lágrimas y respiras a trompicones…  ¿Cómo era posible que yo estuviera viviendo con tanta indiferencia frente a esta persona que supuestamente estaba siguiendo?  ¿Cómo era posible que iba a ser sacerdote y no conocía verdaderamente a ese Cristo?

 A las pocas semanas me invitaron al curso de Amor Seguro sobre la Teología del Cuerpo con Lorea Bringas.  Allí sucedió una cosa completamente inesperada y un poco desproporcionada quizá a lo que te llevas de uno de esos cursos.  Allí vi con claridad que toda mi vida había estado viviendo de obediencia, de fe, de la confianza ciega en la llamada de Dios a la Legión.  Todas cosas muy buenas, sin duda.  ¡Pero vi con claridad que no bastaba!  Me di cuenta de que lo único que puede fundar una vida es el amor.  Más ¡el amor al Amor!  Y yo no estaba viviendo por amor a Dios, para amar a Dios.  Me encantaba la Legión.  Me sentía en casa y sabía que Dios me quería allí.  Pero no había aprendido a amarlo a él.

Los últimos tres años de mi vida han sido un laboratorio en el amor y la misericordia de Dios.  He aprendido a rezar.  O mejor, he aprendido a aprender a rezar.  Y a cansarme y dejarlo y luego a volver con la cola entre las patas…  Y sobre todo me he dado cuenta de la enorme paradoja que es la vida humana, que es que aunque esta sea mi historia, Dios es el protagonista de mi historia.  Esto del amor es un modo de vivir mucho más desaliñado.  Es menos aséptico y clínico que el de una convicción fría –por muy verdadera que sea– porque el amor es entre gente, que tiene pasiones e imperfecciones y debilidades y a veces hace pucheros y patalea.  Y peca.  Esto último ha sido lo más difícil de entender y aceptar.  Que a las puertas del sacerdocio no soy perfecto.  No he conquistado el pecado.  Porque esto, en el fondo, no me compete a mí sino a Cristo en la Cruz, con el que ahora me configuro.  Y a pesar de esto Dios no retira la promesa.  Dios no retira la vocación.  Quizá después de todo es a este momento al que él quería llegar.  Y por eso cuando me preguntan si estoy listo, siempre respondo “Cristo está listo.”  Yo solo le digo “llévame en pos de ti.  Corramos.”  (Cant 1, 4)  Y él solo me contesta:  “Yo te instruiré.  Yo te enseñaré el camino a seguir.  Con mis ojos fijos en ti, yo seré tu Consejero.” (Sal 32, 8)

apaezEl H. Alejandro Páez LC nació en Monterrey, N.L., el 18 de febrero de 1985.  Fue alumno del Instituto Irlandés de Monterrey desde maternal hasta sexto de primaria.  En 1997 ingresó a la escuela Apostólica de Monterrey pero al finalizar el curso introductorio de verano fue enviado a Immaculate Conception Apostolic School en New Hampshire, USA.  En 2002 se trasladó a Bad Münstereifel, Alemania, en donde vivió dos años de noviciado y emitió sus primeros votos religiosos.  En seguida cursó un año de estudios humanísticos en Salamanca, España y al terminar éste, comenzó sus estudios de bachillerato en filosofía en el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum de Roma.  A continuación trabajó cuatro años en la apostólica de París, Ecole Apostolique de l’Immaculée Conception, como formador y prefecto de estudios.  En agosto de 2010 emitió sus votos perpetuos en la capilla de la casa de los Legionarios en San Pedro, Garza García. Vuelto a Roma en 2011, fue llamado a la Sede de la Dirección General de los Legionarios de Cristo para colaborar en la Prefectura General de Estudios y completó la licencia en filosofía y el bachillerato en teología.  Será ordenado diácono el 2 de julio de 2016 en la parroquia de Nuestra Señora de Fátima en Monterrey y sacerdote el 10 de diciembre en la basílica de San Juan de Letrán en Roma.