Gastón Vicuña, L.C.

«El ciento por uno en esta vida y la vida eterna» (Mt 19,29)

Esta vida es un segundo. Ya lo sabía. Precisamente eso me tenía dándole a Dios los meses de verano a mis 16 años. Pero esa noche, arrodillado entre varios legionarios y consagrados adorando a Cristo Eucaristía, no podía entender cómo esos hombres se decidían a consagrar su vida totalmente a Dios. De pronto, comenzaron a cantar… y lo comprendí todo.

Siempre me ha dado risa cuando alguien se acerca a felicitarme por el hecho de estar siguiendo al Señor. “Ni que fuera mérito o idea mía…”, pienso yo. Por lo menos mi experiencia es que la vocación es un don gratuito; la iniciativa es divina, el don de poder escuchar y responder también, etc. Es verdad que implica una respuesta en libertad, pero la experiencia de plenitud es tal, que uno se siente como creado para esto, y que nada en el mundo sería capaz de llenar un corazón que ha sido creado sólo para Él.

¿Cómo fue mi llamado? Tres veces en mi vida me ha hablado fuerte Dios; a los 10, a los 13 y a los 16 años. En todas ellas me invadió un sentimiento de vértigo, como el que te da cuando estás a un paso del vacío, pero un vértigo que te envuelve y te llena al alma de felicidad, de saberte infinitamente amado por Alguien que te ha creado y te quiere para Sí.

Soy el mayor de 7 hermanos de una familia llena de valores, muy alegre y unida. Mi relación con Dios se fue dando en mi vida de forma natural y espontánea, en primer lugar gracias al ejemplo de mis papás, a quienes debo todo. La primera vez que sentí que Dios que me llamaba fue muy chico, como decía. Fue algo tan simple como el ver a un sacerdote legionario en el Colegio Cumbres en donde estudiaba, que bromeaba con un compañero sobre la vocación. De pronto, percibí con fuerza en el fondo del alma la certeza de que Dios no lo llamaba a él, sino a mí. Pero más que un pensamiento, fue como si Dios inundara mi alma de felicidad y me arrebatara hacia Él. Fue algo difícil de expresar, y muy breve.

A los 12 años me incorporé al ECYD. Me gustaban mucho las actividades que se organizaban, especialmente los retiros de fin de semana, con sus juegos, dinámicas y competencias. La segunda vez que Dios me habló claro fue en uno de ellos, cuando en una reflexión evangélica escuchamos que «todo el que deja casa, familia, amigos… por mí, recibirá el ciento por uno en esta vida y la vida eterna» (Mt 19,29). Estas palabras se clavaron en mi corazón, y volví a sentir esa fuerte llamada. Comprendí con claridad que la vida era sólo el paso previo a la vida eterna, y que tenía que invertir entonces todo lo que había recibido de Dios por alcanzar esta meta y ayudar a otros a alcanzarla.

Sin embargo, con el paso de los meses olvidé estas luces de Dios y seguí mi vida normal de adolescente. En los estudios me iba relativamente bien, lo que me daba mucho tiempo para hacer otras cosas. Me gustaba mucho salir a fiestas; jugar fútbol, tenis, básquetbol; cantar con mi grupo de música, etc. En el ECYD seguía participando con mucho interés en las diversas actividades, y en poco tiempo me invitaron a ser responsable de un equipo de chicos menores que yo, al cual me entregué en cuerpo y alma por sacarlo adelante. Me di cuenta que mientras más me daba a los demás, más feliz era. Me gustaba mucho todo lo que fuera organizar apostolados (y perder clases), ir de misiones, ayudar a los demás, especialmente a los más necesitados.

A mis 15 años me ofrecieron la oportunidad de ser colaborador de verano, es decir, darle a Cristo mis vacaciones para  trabajar en algún club del ECYD del mundo. Recuerdo que la invitación me desconcertó… una cosa era hacer apostolado en mi tiempo libre y otra muy distinta era gastar mis vacaciones en ello. Así que le dije al padre encargado que no, gracias. Durante ese verano, mientras veraneaba con mi familia, volvía a mi cabeza la negativa que había dado. Me preguntaba si mi entrega y relación con Dios era algo serio o sólo un juego, un pasatiempo. ¿Confiaba en que Dios sólo me podía pedir lo que me haría feliz? Esas semanas de vacaciones fueron transformadoras para mí, y sentí la mano amorosa de Dios que me ayudaba a entender sus designios y a ser más de Él.

Regresando al colegio supimos que un compañero nuestro había muerto en un accidente de montaña. Esto me movió aun más a aprovechar el tiempo que tenía entre manos. A pesar de las dificultades naturales y mayores compromisos académicos, me entregué más al apostolado y al ECYD. Experimenté a un Dios que llenaba mi corazón de plenitud y felicidad, muchas veces en medio de pruebas y cruces. Cuando me ofrecieron nuevamente la oportunidad de ser colaborador de verano, no lo pensé dos veces. Él me daba una segunda, y tal vez última, oportunidad; no la podía desaprovechar.

Ese verano de 1999 fue una gran experiencia que viví junto a los otros 13 colaboradores que fuimos a México. Nuestra estadía coincidió con la visita del Papa Juan Pablo II a este país, por lo que pudimos estar muy cerca del Santo Padre. Recuerdo especialmente cuando asistimos al estadio Azteca, junto a más de 120 mil personas, y tuvimos la gracia de estar con él, escucharlo, y más que todo, ver su testimonio de apóstol incansable por la causa de Cristo. También en esos meses tuvimos la oportunidad de convivir con los miembros del Centro Estudiantil, jóvenes que maduraban un llamado de Dios a colaborar en su plan de salvación en el Movimiento y la Legión. Pero quizás la mayor gracia fue la de vivir en una comunidad de legionarios y consagrados en Ciudad de México.

Una noche, arrodillado entre varios legionarios y consagrados adorando a Cristo Eucaristía, no podía entender cómo esos hombres se decidían a consagrar su vida totalmente a Dios. De pronto, comenzaron a cantar y lo comprendí todo. Era Dios que me hablaba fuerte y claro por tercera vez. “Christe Rex noster, adveniat Regnum tuum!” repetían en su canto. Comprendí que Jesús es el Rey del mundo, el Señor de la Vida y de la Historia. Es el Rey también del corazón de todo ser humano, y lo que estos hombres hacían era simplemente ofrecer sus vidas al servicio de este Rey supremo, felices de poder hacer algo por la extensión de su Reino. Esa noche volví a saberme amado y llamado a una vida totalmente dedicada al Amor.

Volví a Chile con un gran tesoro en mi corazón. Me incorporé al Regnum Christi y fui profundizando mi relación con Dios. Al año siguiente fundamos el Centro Estudiantil junto con otros 4 amigos, donde descubrí la maravillosa vocación de la consagración laical en el Movimiento. Terminando el colegio me consagré a Dios y me fui a vivir a México, donde tuve mi formación como consagrado, estudié la carrera de Economía y trabajé como director del ECYD en Guadalajara. Después de 8 años vi con claridad que Dios me estaba llamando al sacerdocio, y comencé un período de 7 años de formación y estudios para llegar a este momento de la ordenación sacerdotal. Actualmente trabajo en Santiago de Chile, en la hermosa labor de la pastoral juvenil en nuestros colegios y secciones juveniles.

Gaston VicuñaEl P. Gastón Vicuña Larraín, L.C. nació el 10 de enero de 1983 en Santiago de Chile. Estudió en el Colegio Cumbres de Santiago, donde comenzó a participar en el ECYD y luego en el Movimiento Regnum Chisti. El último año de enseñanza media hizo una experiencia vocacional en el Centro Estudiantil, después de la cual se consagró a Dios. Del año 2001 al 2009 fue laico consagrado en el Regnum Christi; estudió Economía en la Universidad Anáhuac de México y fue director del ECYD en Guadalajara, México. El año 2009 ingresó al Noviciado de la Legión de Cristo en Irlanda, y al año siguiente continuó su formación académica en Salamanca, España. Los estudios de filosofía y teología los cursó en el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum en Roma, Italia, entre los años 2011 y 2016. Actualmente el P. Gastón colabora en la pastoral juvenil en Santiago de Chile.