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Nikolaus Klemeyer

Dios es amor. Estoy amado por él.

“Los conversos son molestos”, dice [Georges] Bernanos. Por esta razón, y por algunas otras, he diferido mucho tiempo el escribir este relato. Es difícil, efectivamente, que uno hable de su conversión sin hablar de sí […] Así, a menudo, me resigno de hablar en primera persona, es porque está claro para mí, como querría que lo estuviese en seguida para vosotros, que no he desempeñado papel alguno en mi propia conversión.

He querido empezar mi historia con esta cita de André Frossard del libro “Dios existe. Yo me lo encontré” para dejar clara mi intención fundamental. Mi intención es mostrar la acción de Dios en la vida de la propia vida y la vida de mi familia.

El inicio de mi historia vocacionale se sitúa en el norte de Alemania, en la zona de Bremen. Ahí se encuentra la “hacienda de los Klemeyer”, un muy hermoso rancho antiguo en posesión de una familia arraigadamente evangélica-luterana. El abuelo paterno era un pastor luterano y un oficial militar. Por mantenerse fiel a su tropa los Rusos lo hicieron prisionero junto con ella y se quedó en Siberia. Sobrevivió sólo pocos años la dureza de los campos de concentración rusos. Mi abuela entonces crio como viuda de guerra a sus tres hijos. Muy religiosa y aún más luterana, tanto que mi mamá la llamó una vez de broma “un cardenal protestante”. La tradición de los pastores siguió con mi tío, el mayor de los tres hermanos. El del medio y el más joven, mi papá, se dedicaron a la música.

Mi mamá igualmente proviene de una familia profundamente luterana. El abuelo de mi mamá se dedicaba como pastor plenamente a la cura de almas en las parroquias. El papá de mi mamá era médico. Amante de la lectura, reflexivo e interesado como era, nos dimos cuenta después de su muerte, que estudió a fondo sea los escritos de Papa San Juan Pablo II como los del entonces Card. Josef Ratzinger.

Puesto que mi papá recibió en el año 1976 un puesto como flautista en la ópera de Munich nosotros pasamos nuestra niñez en el sur de Alemania, cerca de Munich. Fuimos a una escuela católica y jugábamos en la plaza delante de la Iglesia católica, vecina de nuestra casa. La escalera de la Iglesia católica se convirtió para nosotros en gasolinera y taller para nuestras bicicletas. Vino a veces el sacerdote católico y nos invitó a entrar a la Iglesia. De la presencia de Cristo en el tabernáculo no sabíamos todavía nada.

Dios sin embargo estaba muy presente en nuestra familia. Eramos bautizados, rezábamos en familia y los domingo nos fuimos al servicio luterano. Vivmos la fe de manera natural y familiar. Las fiestas escolares en la escuela eran marcadas por la misa católica organizadas por un movimiento católico alemán. Participé también en unas clases de catequismo para niños, organizadas por una mexicana católica muy creyente según la pedagogía de Sofia Cavalletti, colaboradora de Maria Montissori. Así la vida católica pronto se me hizo familiar de manera inconsciente. Nunca tematizamos lo católico como algo contrario a lo evangélico-luterano. Lo importante era la fe en Cristo. Mis papás eran muy abiertos a catolicismo y valoraban también la riqueza de la fe católica.

Esta semilla de fe y también de lo católico pudo desarrollarse en un ambiente muy sano. Mi familia era súmamente cálida y acogedora. Era una familia grande y muchas veces refugio para otras familias. Así mis papás eran “papás” de más que sólo nosotros. Esta en casa significaba para nosotros: seguridad, paz, alegría y bueno humor, calor y tranquilidad. Además el contacto con la música me ayudaba de hacer crecer en mi un corazón que valoraba mucho la amistad, la fidelidad, la autenticidad y amor duradero y profundo.

En el año 1997 una familia amiga me invitó a participar en un campamiento en Roma. Los organizadores eran los Legionarios de Cristo. Ya que me interesaba ver Roma, me apunté. Eran días súmamente intensos, puesto que era un ambiente totalmente nuevo para mí. La experienca vivida en Roma era la piedra fundamental para mi futuro camino vocacional, dentro de la Iglesia católica, como también dentro de la Legión. Dios me regaló dos cosas: una grande apertura interior y una seguridad que mi “casa” la encontraría en la Iglesia católica y en el Regnum Christi. También tuve mi primer contacto con la Virgen María. Recé mi primer Ave María, que un chico me dejó escrito en una ficha

Este primer contacto con los legionarios de Cristo no terminó. Empecé de asistir a diversos campamentos para jóvenes. Eran para difrutar: uno pudo estar entre jóvenes, vivir la fe abiertamente y con mucha alegría. Viví unos cinco años con un contacto directo con lo católico. En los campamientos no iba a comunión ni a confesión, sabiendo que me faltaba todavía la plena comunión con la Iglesia, pero había un gran deseo de recibir los sacramentos. Por esto pedí en el año 2001 de poder recibir el sacramento en confirmación y así convertir definitivamente a la Iglesia Católica.

Mi decisión de hacerme católico, la cual mis papás apoyaron como una decisión consciente de mi parte, hizo madurar también mi decisión de llegar a ser sacerdote en la Legión. Entrar en la congregación era realmente sólo una cuestión de tiempo. Er motivado por el deseo de dar a Cristo toda mi vida.

Desde mi niñez toqué intensamente el violín, también con el deseo de seguir el ejemplo de mi papá y llegar a ser músico. Ahora sin embargo, con la seguridad interior de tener una vocación al sacerdocio ya no era justificado para mí sacrificar a la música tanto tiempo y esfuerzo. Quería dar a mi vida una orientación clara, y por esto pedí entrar en la escuela apostólica de EEUU. Luego, un año después entré en el noviciado en Alemania.

Es para mi importante subrayar cómo Dios, quien quiso darme este maravilloso don de quererme todo para Sí, no se limitó a mí. Una vocación siempre rompe muchos esquemas. En cierto sentido toda mi familia estaba llamada, especialmente mis papás y mi hermana pequeña. Poco después de mi entrada a la Legión, mi mamá y hermana pequeña, como también mi hermano mayor convirtieron. También mi papá llegó a entender y amar cada vez más la fe católica, que pudo palpar de primera mano en la vida de mi mamá y de los muchos legionarios que pasaron por mi casa. Recuerdo, como profundizó mucho en el entendimiento de la liturgia, y siempre asistió a la misa católica a lado de mi mamá, sin recibir la comunión. Era para él obvio de no recibirla todavía como protestante. Grande era la alegría cuando en su manera sobria me comentó en otoño de 2009 que planeaba de hacerse católico. La confirmación de un hombre de 67 años descendiente de una familia profundamente luterana era un milagro de la gracia de Dios.

Cuando me preguntan si mis papás llegaron a ser católicos por mí, sólo puedo decir que no. Es un misterio de la gracia de Dios. Ciertamente había un deseo de mi parte que un día toda mi familia llegara a ser católica, pero nunca sentí la capacidad de lograrlo. En el caso de mi mamá era un anhelo que muy temprano empezó a madurar en ella. Una vez le pregunté por qué se había hecho católica y realmente no me pudo responder. Dios plantó en ella un deseo hacia la Iglesia Católica, el cual ella nutrió con reflexión y lectura. Lo católico no era algo ajeno, sino lo sentía como algo propio, a lo cual sin embargo uno todavía no pertenecía totalmente. El paso oficial era así un paso más bien pequeño.

En diciembre 2012 Dios cerró soprendentemente un ciclo de vida. Mi papá murió dentro de una semana de una insuficiencia pulmonial. Todos nosotros, hermanos y mi mamá en primero lugar, nos hemos imaginado siempre una vida futura con nuestro padre, como abuelo para los nietos, padre presente en la ordenación sacerdotal, o esposo que pasa años tranquilos con su mujer. Pero partió después de una breve lucha, y Dios lo llamó.

Dios quiso terminar su obra con obra, una parte de su plan con nuestra familia. Después de una conversión tan de repente también llegó una muerta tan inesperada. Estamos agradecidos por los dos.

El camino por el que Dios guía a las almas es y será siempre para mí fuente de contemplación y gratitud. Ya nuestra madre celestial nos enseñó a tener un corazón contemplativo. Su madre conservaba estas cosas en su corazón (Lc 2, 51). Contemplar y profundizar es el encendido para el transmitir. El agua que yo le daré se convertirá en él en manantial que brotará hasta la Vida eterna (Jn 4, 14). Experimentar el amor de Dios, sea en la propia vida, sea también en la vida de las persona que nos rodean siempre será ocasión para la acción de la gracia en tantas almas. No nos tenemos que inventar algo sino simplemente no molestar el plan de Dios.

Gott ist die liebe. Ich bin von ihm geliebt.

«„Die Bekehrten sind lästig”, sagte [Georges] Bernanos. Aus diesen und anderen Gründen habe ich lange gewartet, den vorliegenden Bericht zu schreiben. Es ist schwierig, von der eigenen Bekehrung zu sprechen, ohne von sich selbst zu sprechen. […] Wenn ich nicht umhin kann, oft in der ersten Person zu sprechen, so deshalb, weil es für mich klar ist – ich wünschte, es gelänge mir, meine Leser ebenso davon zu überzeugen -, dass ich nicht die geringste Rolle bei meiner eigenen Bekehrung gespielt habe.»

Dies ist ein Zitat aus dem Buch „Gott existiert. Ich bin ihm begegnet!“ von André Frossard. Es rückt am Anfang dieses Zeugnisses mein Grundanliegen ins rechte Licht. Es geht nicht um meine Lebensgeschichte, sondern um Gottes Handeln im Leben meiner ganzen Familie.

Ich möchte die Berufungsgeschichte im Bremerkreis, in Norddeutschland, anfangen. Dort findet man den „Klemeyerhof“, einen wunderbaren alten Bauernhof im Besitz einer tief evangelisch-lutherischen Familie. Mein Großvater war evangelischer Pfarrer und deutscher Offizier. Aus Treue zu seiner Truppe ist er in die russische Gefangenschaft gegangen und dort geblieben. Ein Jahr nach Kriegsende starb er in einem sibirischen Kriegsgefangenenlager. Meine Großmutter hat als Kriegswitwe ihre drei Söhne allein im Umkreis von Göttingen großgezogen. Sie war tief religiös und noch tiefer evangelisch, so dass meine Mutter sie einmal spaßeshalber einen “evangelischen Kardinal” nannte. Sie war Mitbegründerin des Marburger Kreises –einer evangelischen Gebetsbewegung-, in dem sie über Jahrzehnte hauptamtlich mitarbeitete. Die Pastorentradition wurde durch den ältesten Bruder meines Vaters weitergeführt. Alle drei Brüder widmeten sich intensiv der klassischen Musik; mein Vater und der mittlere der drei Brüder auch beruflich.

Meine Mutter wurde in Bremen geboren und entstammt ebenso einer tief-religiösen evangelischen Familie. Mein Urgroßvater mütterlicherseits war Pfarrer im Raum Stuttgart und hat sich mit seiner Frau ganz dem Dienst der Gemeinde gewidmet. Der Vater meiner Mutter war Kinderarzt. Er war sehr belesen und tief interessiert an den Fragen über Mensch und Gott. Wir entdeckten nach seinem Tod, dass sowohl die Schriften von Johannes Paul II wie auch von Joseph Ratzinger ihn sehr beschäftig hatten.

Mein Vater ging 1976 als Soloflötist an die Münchner Staatsoper. So wuchsen wir Kinder in Bayern, konkret in Pöcking am Starnbergersee, auf. Als Grundschule wählten meine Eltern bewusst eine kleine katholische Privatschule in einem Vorort Münchens. Zuhause versammelten wir uns gerne zum Spielen auf dem großen Innenhof der katholischen Pfarrei in Pöcking, denn unser Grundstück grenzte an die Katholische Kirche. Die Treppen zur Kirche waren sowohl Tankstelle wie auch Werkstatt für unsere Kinderfahrräder. Kam nun der katholische Priester vorbei, so lud er uns manchmal ein, die Kirche zu betreten. Von Christi Gegenwart im Tabernakel ahnten wir jedoch nichts.

Christus war sehr präsent in unserer gläubigen Familie. Wir wurden getauft, wir beteten gemeinsam, gingen am Sonntag zum Gottesdienst und waren eine Familie, die den Glauben auf sehr natürliche Weise lebte. Die Schulfeste waren immer gezeichnet von der katholischen Messe, gestaltet von der Katholischen Integrierten Gemeinde. Als Kind nahm ich auch teil an einer katholischen Früherziehung nach Sofia Cavalletti, einer Mitarbeiterin von Maria Montissori. Diese wurde von einer tief gläubigen mexikanischen Katholikin, Freundin meiner Mutter, geleitet. Dort wurde ich eher unbewusst mit den katholischen Grundwahrheiten vertraut. Meine Eltern hatten ein sehr offenes Verhältnis zum Katholischen und schätzten den Reichtum und die Schönheit des katholischen Glaubens.

Diese ersten Samen christlichen Glaubens und eben auch schon das Katholische durften in einem nahrhaften Boden aufwachsen. Denn das Klima in meiner Familie war äußerst warmherzig und geborgen. Wir waren eine große Familie (zu acht), die immer auch „Zufluchtsort“ für viele andere Familien und Freunde war. Mein Vater und meine Mutter waren somit Vater und Mutter für mehr als nur für uns. Das Wort „Zuhause“ bedeutete viel für uns: Geborgenheit, Frieden, Heiterkeit und Witz, Wärme und eben ein tiefes Gefühl von „zuhause sein“. Auch gefördert durch den frühen Kontakt mit der Musik, hat sich somit in mir ein Herz gebildet, welches Liebe, Freundschaft und Treue sehr hoch schätzte. Ich sehnte mich immer nach Echtheit und währender, tiefer Liebe.

1997 wurde ich, damals zwölfjährig, von einer befreundeten Familie eingeladen, an einer Pilgerfahrt in Rom teilzunehmen. Die Betreuer dieser Fahrt waren die Legionäre Christi. Es waren äußerst intensive Tage, da für mich das so katholische Umfeld gänzlich neu war. Diese Erfahrung war der Grundstein für den zukünftigen Berufungsweg. Gott schenkte mir damals zweierlei: eine große Offenheit und eine Gewissheit, dass ich mein Zuhause in der katholischen Kirche und in der Familie des Regnum Christi finden werde. Hier hatte ich auch einen ersten Kontakt mit der Gottesmutter Maria. Ich sprach ein einfaches Ave Maria, welches mir einer der Jungen auf einen Zettel schrieb, vor ihrer Statue. So ist Gottes Wirken: unscheinbar, aber mächtig.

Dieser erste Kontakt mit den Legionären Christi brach nicht ab. Ich begann an verschiedenen Jugendlager teilzunehmen. Dies war zum Genießen: man durfte unter Jungen sein, die auch den Glauben lebten und dabei war nichts Frömmelndes. Ich wuchs so in den katholischen Glauben hinein, so sehr, dass ich im Sommer 2001 den ersten offiziellen Schritt tat: ich bat darum, in die katholische Kirche eintreten zu dürfen und gefirmt zu werden.

Zu diesem Zeitpunkt habe ich das katholische Leben schon über vier Jahre hinweg intensiv mitbekommen. Aber eben immer nur in einer gewissen Distanz. Ich ging während der Jugencamps oder Reisen nach Rom niemals zur Beichte und empfing auch die Heilige Kommunion nicht. Ich verstand, dass mir die volle Gemeinschaft mit der katholischen Kirche fehlte und so der Empfang der Sakramente nicht kohärent war. Aber der Sehnsucht war da und auch das Verständnis, was für einen Reichtum die Sakramente, besonders die Eucharistie und die Beichte, beinhalten.

Mit der Entscheidung katholisch zu werde, die meine Eltern als bewusste Entscheidung meinerseits unterstützten, reifte auch meine Wunsch, Priester in der Legion zu werden. Der Eintritt in den Orden war eigentlich nur noch eine Frage der Zeit. Jedoch war er motiviert vom Wunsch, Christus mein ganzes Leben zu geben. Diese Freude an der Hingabe reifte über die langen Jahre der Vorbereitung auf das Priestertum hinweg, war aber von Anfang an präsent.

Seit meiner Kindheit spielte ich intensiv Geige, mit dem Wunsch dem Beispiel meines Vaters zu folgen und Musiker zu werden. Nun aber, mit der Sicherheit, zum Priestertum berufen zu sein, war für mich der Mühe- und Zeitaufwand in der Musik nicht mehr gerechtfertigt. So wollte ich meinem Leben eine klare Ausrichtung geben und besuchte für ein Jahr das Kleinseminar der Legionäre Christi in den Vereinigten Staaten. Dort beendete ich die Schule, um dann 2003 mit 18 Jahren in Bad Münstereifel dem Orden beizutreten.

Die Berufung sprengt viele Rahmen. Meine ganze Familie wurde in einem gewissen Sinne berufen. Bald schon traten meine Mutter und meine kleine Schwester der katholischen Kirche bei. So auch mein älterer Bruder durch seinen Entschluss, sein Lebensweg innerhalb der Katholischen Integrierten Gemeinde zu suchen. Mein Vater wurde “Dulder” der häufigen Besuche von Patres und Brüdern der Legionäre. Er schloss den katholischen Glauben und auch das Regnum Christi immer mehr in sein Herz. Als eher wortkarger Mensch, wenn es um innere Überzeugungen und Gedanken ging, offenbarten seine Taten und Reaktionen seine wahre Haltung. Bald besuchte er treu die katholische Messe an der Seite meiner Mutter. Für ihn war es selbstverständlich, als Evangelischer nicht zur Kommunion zu gehen. Die Begründung dafür, dass er nur noch zur katholischen Messe ging, war: “Wenn ich beim evangelischen Gottesdienst keine gute Predigt höre, gehe ich leer nach Hause. Bei der katholischen Messe ist es die Liturgie selber, welche mir unabhängig von der  Predigt den Reichtum des Glaubens übermittelt.”

Somit drang er zum Mittelpunkt des katholischen Glaubens vor, der Liturgie als Vergegenwärtigung der Geheimnisse Christi und erfuhr in meiner Mutter und auch der ganzen Regnum Christi Familie, was katholisches Leben ist. Dennoch war die Überraschung und Freude groß, als er mir auf seine nüchterne Art im Herbst 2009 sagte, er plane nun katholisch zu werden. Die wenige Monate darauf folgende Firmung dieses 67 alten Mannes aus urevangelischer Familie war ein Wunder der Gnade Gottes.

Wenn man mich fragt, ob meine Eltern durch mich katholisch geworden sind, kann ich immer nur sagen:”Nein!” Es ist ein Geheimnis der Gnade Gottes. Natürlich war ein Wunsch da, dass eines Tages meine ganze Familie katholisch werde, aber niemals fühlte ich mich fähig, dies zu bewirken. Im Falle meiner Mutter war es eben ein Same, der schon früh in sie gelegt wurde. Ich fragte sie einmal, warum sie katholisch geworden sei, und sie konnte es nicht wirklich beantworten. Gott hatte in ihrer Seele schon früh eine Sehnsucht zu katholischen Kirche geweckt, die sie in der belesenen und tiefen Art ihres Vaters durch Lektüre und innerem Staunen über den Reichtum nährte. Das Katholische war kein Fremdkörper und fing an etwas Eigenes zu werden.

Im Dezember 2012 hat Gott unerwartet einen Lebenskreis in unserer Familie geschlossen. Mein Vater starb innerhalb einer Woche an einem Lungenversagen. Wir alle, sei es meine Mutter, meine Geschwister und ich selber, hatten uns immer ein Leben mit unserem alten „Väterchen“ vorgestellt. Ob nun Großvater für seine Enkelkinder, Vater anwesend bei der Priesterweihe oder Ehemann, der mit meiner Mutter einen ruhigen letzten Lebensabschnitt verbrachte, dies war er immer für uns. Nun aber verschied er nach kurzem Todeskampf und wurde von Gott heimgeholt.

Wir empfanden, dass Gott damit einen Kreis schließt. Er wollte es so, er wollte sein Werk, ein Teil seines Planes mit unserer Familie schon frühzeitig abschließen. Der Überraschung über eine so schnelle Bekehrung folgte auch die Überraschung eines so schnellen Todes. Beides jedoch passte zusammen und für beides sind wir in unserer Familie dankbar.

Gottes Weg mit den Seelen ist und wird für mich immer Quelle der Betrachtung und Dankbarkeit sein. Schon unsere himmlische Mutter hat uns gelehrt, ein betrachtendes Herz zu bewahren. Seine Mutter bewahrte alles, was geschehen war, in ihrem Herzen (Lukas 2, 51). Betrachten und Vertiefen führt zum  Weitergeben. Vielmehr wird das Wasser, das ich ihm gebe, in ihm zur sprudelnden Quelle werden, deren Wasser ewiges Leben schenkt (Johannes 2, 14). Gott als Liebe zu erfahren, sowohl im eigenen Leben, wie auch im Leben derjenigen, die uns umgeben, ist immer Ursprung für das Wirken der Gnade in so vielen Seelen. Wir müssen uns dabei nichts einfallen lassen, sondern Gottes Plan nicht stören.

klemeyer-nicholaus

Nikolaus Klemeyer ist am 28. Februar 1985 in Starnberg in Süden von München, Deutschland geboren. Er stammt aus einer evangelischen Familie. Sein Vater war Musiker und Sohn eines Evangelischen Pfarrers. Schon als Jugendlicher hatte P. Nikolaus Klemeyer Kontakt mit den Legionären Christi und nahm an einigen Romfahrten und Jugendlagern teil. 2001 konvertierte er zum Katholischen Glauben. Auch Großteil seiner Familie wurde später katholisch.

2002 trat er dem Kleinseminar der Legionäre Christi in den USA bei und 2003 dem Noviziat in Bad Münstereifel. Er absolvierte die humanistischen Studien in Salamanca in Spanien und die Philosophie- wie auch Theologiestudien in Rom. Außerdem half er als Ausbilder für zwei Jahre im Noviziat in Deutschland und für ein Jahr im Zentrum für humanistische Studien in Salamanca, Spanien.

ES Nicolás Klemeyer nació el 28 de febrero de 1985 en Starnberg, en el sur de Munich, Alemania. Él viene de una familia protestante. Su padre era un músico e hijo de un pastor protestante. Ya en su adolescencia tuvo contacto P. Nicolás Klemeyer con los Legionarios de Cristo y participado en varias peregrinaciones a Roma y campamentos juveniles. En 2001 se convirtió a la fe católica. También la mayoría de su familia fue más tarde Católica.
En 2002 se unió al pequeño seminario de los Legionarios de Cristo en el EE.UU. y 2003 en el noviciado en Bad Münstereifel. Se graduó de los estudios humanísticos en Salamanca en España y la filosofía, así como estudios de teología en Roma. También ayudó como instructor durante dos años en el noviciado en Alemania y por un año en el Centro de Estudios Humanísticos en Salamanca, España.

Michael O’Connor

“Before I formed you in the womb I knew you,
and before you were born I consecrated you;
I appointed you a prophet to the nations.”
Jeremiah 1:5

The vocation to the priesthood is not something that a man chooses, but rather a call that he responds to. God is the one who chooses. He doesn’t choose the most qualified, but he qualifies the ones that he calls to do his work, to lead souls on the road to salvation.

Join the Legion, see the world!

Well, that is not exactly the reason that I began this journey to the priesthood within the Congregation of the Legionaries of Christ, but it has certainly a blessing for me. Being an international congregation the Legion has centers throughout the entire globe and by the grace of God I’ve been asked to move around quite a bit. God knows exactly what we need and when we need it.

When did this whole journey begin? It is hard to put a date and place on it for me as to when it all began for me. It wasn’t an angel in bright light or a voice from the heavens. I think that throughout my entire life I was enriched with knowing many people and have always sought to discover the best in everyone and try to imitate that. For me the figure of the priest has always been something outstanding. It takes a lot to dedicate your whole life to serving others. In a sense, I consider my recognizing my vocation part of the vocation of my family. Little by little we’ve gone about becoming more “faithful Catholics” together. Sometimes mom and dad were breaking the trail, us kids were dragging behind at times. Then, at a certain point I think God used us to take the front line. Now, we take turns helping each other mutually grow in our faith and relationship with Christ.

Throughout my childhood and teen years the Church was always present. Sometimes my siblings and I were “kindly invited by mom” to help cleaning the pews under orders from mom or working on the Church property to trim bushes or rake leaves. We spent time in and outside the Church. I got to know a number of priests, both diocesan and religious. Still, within me, the desire to follow in their footsteps didn’t begin to grow until the end of High School and didn’t crystalize until I’d made a commitment to dedicate more of my time to Christ. Little by little I formed a desire to service and to make others happy by what I do and commit myself to.

Finishing High School, I was invited by my spiritual director to consider the idea of spending a year before college as a volunteer for the Regnum Christi Movement. It sounded like something very attractive to me, although I didn’t make any commitment at the time. As graduation approached I began to consider the possibility more seriously and in the end made a small act of generosity that God used to begin a great work in my soul. This is a pattern in my life that looking back I recognize more and more. God takes our little acts of love and multiplies them infinitely. From this year of service work was born a vocation and from this vocation a desire to respond generously to the call.

Rome sweet home!

Before entering the novitiate in Cheshire I did a formation course for a month, spiritual exercises for a week and was present in St. Peter’s square for Pope Benedict XVI’s election, each on a different trip! There has always been something about Rome that has attracted me and drawn me back. Little did I know that I’d end up spending 5 more years studying and evangelizing in Rome before being sent on my apostolic mission as a priest.

Toward the end of high school I followed in the footsteps of my older sister, Carrie, who had given a year of service work with Regnum Christi. I thought it was something very impressive that she would take a year off from going to university to go wherever they sent her and not be paid for it. There has always been a special bond between the two of us, and this certainly had something to do with my decision to do the same in 2004. Later that year she entered the Consecrated life in Regnum Christi.

I was assigned to work in Washington D.C. with adolescents and youth. There were a number of boys’ clubs that I visited with a Legionary brother and we also ran camps in Virginia, Delaware and North Carolina. It was a year of a lot of growth for me. I was learning life skills and dealing with all kinds of people while struggling to give the best of myself to others.

Toward the end of the year I was beginning to feel a tug in my heart to see about doing another year of service work. It had helped me a lot and I wanted to continue on the path of being an instrument of God in the lives of others. It all became quite clear one night during week-long spiritual exercises in Rome kneeling before the Blessed Sacrament exposed in the chapel of the Center for Higher Studies. I felt a deep peace in my heart and a clear idea in my mind, I needed to go to the candidacy in Cheshire in the summer to “taste and see” if God was calling me to the priesthood.

The adventure begins

Oftentimes formation years seem eternal. There was no exception in my case. But now, looking back at eleven years of formation, I ask myself “where did the time go?” As one gets older, the years go faster and faster. There is a point where a semester passes in the blink of an eye.

From the moment I entered the novitiate I have felt the hand of God in my life. By no means have these years all been easy. God is a good Father and goes about forming us in many ways.

Looking back, I can see clearly that the experiences that God allowed me to have all been a preparation for what has followed and what is awaiting me in the future. All the souls that God has allowed me to come into contact with have been for me a gift. I am certain that each and every person has given me something that has helped me in my apostolic life up to this point and what is awaiting me in the future.

My first years on the apostolate were spent in the Apostolic School in New Hampshire as an assistant of pre-candidates in the minor seminary. It was a moment of learning the art of working with adolescents and accompanying them in their spiritual life while I also grew in mine. This has been my experience in working with young people throughout my legionary formation. I always find myself excited about giving and then end up receiving so much more.

Returning to Rome for my studies I was blessed to continue to work in the Parish of Gran Madre di Dio in Ponte Milvio and a few activities with groups of young people while balancing with my studies. I came back with a great desire to serve the people that God put on my path. I found myself surrounded by a beautiful family at the parish and many new friends that have supported me throughout this journey with their prayers and example.

Another blessing upon returning to Rome was to be among so many of my legionary brothers, many of whom I hadn’t seen for a few years, and spend this last stretch before ordination accompanied by and accompanying them. The family spirit that we live in the Legion has always been a clear sign for me that God is calling me to this life. To have so many brothers who are there to support, who are on the same journey, who share their experiences, blessings and sufferings is priceless in the life of a priest. When I encounter a new situation that I don’t know how to confront I know that I can go to one of my brothers who will give me advice that I can count on. This has been my experience throughout these years.

The Last Stretch

Returning for the final leg of theological studies was a reality check for me. With the rush of activity and the multiple responsibilities while I was on internship, arriving to Rome was a moment of pause. It is a strange feeling after living in the fast lane for years and then suddenly to find oneself before a stack of books trying to transfer information from them into the mind.

I went from praying my morning meditation when I wasn’t waking up the boys for the day or leading their meditation before Mass to having an entire hour to spend with Christ. It was like a breath of fresh air for my spiritual life. These last years have helped me to value how important prayer life is for the life of a priest. It is from prayer that we draw our strength.

Another reflection that comes forward in this moment is that the priesthood is too great for me! I cannot possibly fulfill all that Christ is asking of me! It is too much! Drawing near to the diaconate ordination this was constantly on my mind. I need to trust in God to persevere in this vocation. There are so many souls that are counting on my priestly vocation and God has chosen me as his instrument of mercy, but I must abandon myself to his hands completely. This has been my prayer in this last stretch. After spiritual exercises during Holy Week I was able to find this peace that I was looking for. It was in prayer, no longer simply a logical idea that occurred to me, that I found peace. Jesus Christ gave me this grace of abandonment to his grace. I pray every day for perseverance in this vocation and for each and every one of the souls that God will put in the path of my priestly ministry.

Michael O'ConnorHe was born in Olympia Fields, Illinois on November 11, 1985, second of 5 children. Michael grew up in Michigan playing sports and working different jobs. He was always nurtured by the faith in his adolescent years and through high school, attending retreats, conventions, missions in Mexico and World Youth Day in Toronto. Finishing High School he did a year of service work as a volunteer with the Legionaries of Christ in Washington, D.C. His thoughts began to turn seriously to the priesthood during this year of service work. He entered the novitiate of the Legionaries of Christ in Cheshire, CT in 2005, then was sent to Dublin, Ireland for his second year of novitiate where he professed his first vows. In 2007 he did his classical studies in Salamanca, Spain before arriving to Rome for philosophy studies. The Legion asked him to work in two minor seminaries following these studies and then he returned to Rome to finish up the Ecclesiastical Studies with 3 years of theology. Eleven years later he is just a few small steps from being a “Priest forever in the line of Melchizedek” (Heb. 7:17)

Mairon Gavlik

Hemos conocido y creído en el amor (I Jo 4,16).

Soy el P. Mairon Wesley Gavlik Mendes, LC. He nacido en Laranjeiras do Sul, Brasil el 26 septiembre de 1985 en una familia católica.

Tengo un hermano cinco años menor; él ha estudiado psicología. He tenido una infancia y adolescencia normal: mucho deporte, muchos grupos de amigos. He sido scout desde chiquito y desde allí me han invitado a ser monaguillo. He tenido buen contacto con los sacerdotes de mi ciudad, misioneros de. S. Francisco Xavier, especialmente el capellán de mi grupo scout y mi párroco. Me gustaba la vida que llevaban siendo ministros de Dios a servicio de los hombres, especialmente en los sacramentos y en la predicación. Mi región parroquial es muy grande y no hay tantos sacerdotes. Así que había muchas comunidades que conocía que no tenían misa todos los domingos, por lo cual los fieles tenían solamente una celebración de la Palabra, pero no santa misa. Eso me ha cuestionado desde chico suscitando en mí el deseo de poder llevar Cristo a los demás en los sacramentos y en el servicio ordinario, de ser un misionero en las regiones donde los sacerdotes más hicieran falta.

Me considero una persona muy bendecida por Dios. He recibido el don del bautismo menos de un mes de nacido y he tenido un gran ejemplo de fe de mis familiares, especialmente de mis abuelos; siempre me han enseñado el amor que Dios y la Virgen María han tenido por mí. Me recuerdo cuando tenía 9 años; hemos ido de peregrinación al Santuario de la Virgen Aparecida, un viaje de casi unos tres mil quilómetros de ida y regreso. Llegando allá, todos estaban rezando con alegría y lágrimas. He preguntado qué pasaba y me han contado que cuando era muy niño, con poco más de un año de edad, casi he muerto por una grave enfermedad; un mes en el hospital entre la vida y la muerte. Entonces hicieran una promesa a la Virgen y poco a poco me he recuperado. Hasta los seis años, tenía que viajar todos los meses para hacer chequeos. Desde antes que hubiera nacido, he sido consagrado a la Virgen, al año otra vez; María ha estado siempre presente en mi vida y ha sido una madre que siempre me ha acompañado. Ha sido ella quien me condujo a Cristo.

Al empezar mi adolescencia, he conocido un sacerdote misionero de los Legionarios de Cristo; mi primo estaba en el seminario de ellos. Me ha impresionado y les he preguntado si yo también podía hacer una experiencia vocacional con ellos para ver si era mi camino, pues quería ser misionero. Tuve que esperar. Con la espera, el deseo se ha enfriado, pero no se había ido. Cuando tenía la edad para ingresar al seminario menor, he decidido hacer la experiencia por un mes. Nadie me creía. Era más bien un joven que le gustaba las diversiones y no era tanto de rezar. Así empezó la experiencia en el seminario de los LC a 400 km de mi ciudad. Allí me he dado cuenta que Dios tenía algo para mí, una misión para ayudarle en la salvación de las almas. No lo tenía todo claro, pero en mi corazón sentía que Dios me quería allí dedicándome del todo a él y a que todas las personas lo conocieran y le amaran. Después de un par de años, al concluir el bachillerato, he pedido ingresar al noviciado de los LC para concluir mi discernimiento, para ver si Dios verdaderamente me quería su sacerdote o más bien que siguiera como un laico comprometido con su fe. Las alegrías y las dificultades no faltaran; esos han sido los dos caminos que me han conducido siempre más a Cristo y que me hicieron percibir la presencia cercana de Dios y de la Virgen María. Él me invitaba a colaborar con él en la LC, era lo que más quería, pero dependía de mí. A lo largo de mi formación, las oportunidades de una vida más tranquila, más cercana de los míos, de una vida más para mí… siempre han estado. Siempre me he maravillado de cómo Dios respeta nuestra libertad hasta las últimas consecuencias y de cómo nunca deja faltar su gracia. A lo largo de los años de formación –noviciado en Brasil, humanidades clásicas en España, filosofía en Italia, trabajo pastoral en Brasil, licencia en Roma, pastoral en Alemania y Austria, teología en Italia – he podido percibir con creciente claridad el don que Dios había depositado en mi corazón, el de ser su consagrado, su mediador con los hombres, de participar de su misma paternidad, ser su legionario. Lo que más me atrajo de la Legión ha sido su espíritu de familia, su vivo cristocentrismo y su dinamismo, su garra apostólica: dejarse tocar por el amor de Cristo cada día más y buscar compartir ese amor al mayor número de personas posible colaborando con él en la extensión de su Reino de amor.

Nós conhecemos e cremos no amor (I Jo 4,16)

Sou o Pe. Mairon Wesley Gavlik Mendes da família religiosa dos Legionários de Cristo. Nasci em 1985 em Laranjeiras do Sul, no seio de uma família católica…

tenho um irmão mais novo e muitos primos e maravilhosos. Como poucos, sou uma pessoa VIP; Vim do Interior do Paraná, uma região muito rica, com muita qualidade humana, pessoas de bom coração e grandes ideais.

Tive uma infância feliz; vida familiar, esportes, muitos amigos e sentido aventureiro. Desde pequeno participei do grupo escoteiro. Ali cultivei grandes amizades, aprendi a enfrentar as dificuldades que a vida nos traz, não somente para sobreviver, mas principalmente para ver nelas oportunidades de crescimento pessoal; aprendi também que cada dia, apesar de todos seus desafios, sempre se pode viver buscando fazer o bem, colocando Deus, o bem do próximo como prioridade. Percebi que tinha recebido muito de Deus e que existiam pessoas muito mais necessitadas de mim, as quais eu podia ajudar com alguma boa ação fazendo algo melhor a vida delas.

Desde pequeno, tive a oportunidade de conhecer bons sacerdotes, homens de Deus ao serviço dos próprios irmãos. Impressionava de modo especial aqueles missionários que deixavam a própria terra para levar o amor de Deus aonde faltavam sacerdotes. E não precisava ir muito longe; eu conhecia vários lugares onde, por falta de sacerdotes, não se tinha missa. E me dizia: “se eu fosse sacerdote, poderia ajudar essas pessoas”. Um bom dia, conheci um padre missionário que me impressionou pelo seu modo ser; era um Legionário de Cristo que acompanhava aqueles jovens que estavam pensando entrar no seminário. Quando fiquei sabendo disto, perguntei se eu também poderia fazer uma experiência vocacional para ver se aquilo era para mim. Tive que esperar, pois era muito jovem. O tempo foi passando, a juventude trouxe outros interesses; contudo, sabia que algum momento da minha vida, deveria ir fazer uma experiência vocacional no seminário daquele padre para ter certeza do que Deus tinha pensado para mim, do que eu queria fazer com minha vida.

Surgiu a oportunidade e decidi passar um mês com os legionários; ninguém me acreditava! “Ele não vai ficar nenhum mês lá…”. Era um jovem que gostava mais de esportes, passear, sair com os amigos, fazer festa; externamente, meu perfil não era muito de oração. Ademais, estava a quase 400 km da minha casa, o que implicaria ficar longe dos pais; não parecia ter muito futuro. Mas eu queria fazer aquela experiência. Foi muito boa. Experimentei a presença muito próxima de Deus e de nossa Senhora, quem desde pequeno sempre me cuidou; também me senti em casa, numa nova família. Ali, meu coração foi percebendo que Deus tinha algo para mim, uma missão que compartilhar e que se eu quisesse verdadeiramente descobrir qual era o plano que Deus tinha pensado para mim, deveria estar mais perto dele na oração, pois era na oração onde podia escutá-lo melhor. Esta experiência se transformou em anos onde pude perceber que Deus me convidava ajudar-lhe na salvação das almas, para que o maior número de pessoas pudesse conhecer o amor que Ele nos tem, em ajudar verdadeiramente as pessoas em todos os aspectos da sua vida, especialmente em descobrir o sentido do próprio existir: criados por amor e para amar.

A vida sempre nos oferece muitas oportunidades; e várias são muito boas: uma boa profissão, fazer uma carreira, construir uma família bonita, construir uma vida serena. Para mim não foi diferente. Porém sempre estive convencido que são poucas as coisas que verdadeiramente são importantes, que na realidade uma só é necessária: viver com Deus aquela aventura que ele pensou para nós antes mesmo que nascêssemos; descobrir este plano é o caminho de felicidade para cada homem, para que cada homem possa ser feliz e fazer realmente feliz aqueles que estão ao seu entorno. Ao longo da minha formação pude conhecer e acompanhar muitas pessoas, levar uma mão amiga, uma palavra de consolo, a minha simples presença quando era melhor calar ou quando não tinha palavras; lembro-me de alguns dos seus sofrimentos, mas principalmente de rostos tristes que de repente desabrochavam num sorriso, num olhar de esperança ao perceber a presença de Deus nas suas vidas. Neste tempo, pude perceber o dom que Deus tinha posto no meu coração, aquilo que eu mais queria, pois queria ser todo dele, ser seu consagrado para amá-lo no serviço dos meus irmãos, ser ministro do seu amor, uma ponte entre Ele e os homens…. Uma das coisas que mais me impressiona de Deus, é que Ele nos convida, mas sempre nos deixa livres para aceitar ou não o seu plano maravilhoso. Deus nos trata como filhos porque Ele nos ama como Pai de modo gratuito, desinteressado e misericordioso. Somente quem experimenta seu amor paterno pode ser instrumento seu amor.

A Legião de Cristo foi a segunda família que Deus pensou para mim; ali pude conhecê-lo mais, experimentar seu amor, viver a realidade da Igreja que é um corpo feito de muitos membros, mas alimentados pelo mesmo espírito vital e guiados pela mesma cabeça que é Cristo. Sobretudo, sempre me identifiquei com o carisma do Regnum Christi, que é viver como apóstolos formando outros apóstolos, buscar os melhores meios para conhecer o amor que Cristo nos tem e, como testemunha do seu amor, buscar que o maior número de pessoas o conheçam e o amem para que Ele reine no coração de cada pessoa e de toda a sociedade. Isto é o único que pode mudar verdadeiramente o mundo!

gavlik-maironSoy el P. Mairon Wesley Gavlik Mendes, LC. He nacido en Laranjeiras do Sul, Brasil el 26 septiembre de 1985 en una familia católica. Tengo un hermano cinco años menor; él ha estudiado psicología. He tenido una infancia y adolescencia normal: mucho deporte, muchos grupos de amigos.

PT Sou o Pe. Mairon Wesley Gavlik Mendes da família religiosa dos Legionários de Cristo. Nasci em 1985 em Laranjeiras do Sul, no seio de uma família católica; tenho um irmão mais novo e muitos primos e maravilhosos.

Luis Antonio López

El Señor te ha elegido para que seas objeto de su propiedad

Tenía 11 años y todo empezó con un deseo. Jesús pasó por la rivera de mi vida y me invitó a vivir una historia de amor, de amistad y de plenitud.

En mi familia somos seis hermanos, tres hombres y tres mujeres y yo soy el más pequeño. Vengo de una familia muy religiosa y practicante por parte de mi mamá. En mi familia tengo una tía canonizada, Santa María de Jesús Sacramentado Venegas, fundadora de las hijas del Sagrado Corazón de Jesús, que fue canonizada en el año 2000 junto con otros veinticuatro mártires mexicanos. También puedo decir que en mi pueblo se ha conservado mucho la fe religiosa gracias a la entrega y santidad de los párrocos. Toda esta religiosidad influyó mucho en mi niñez, aunque yo siempre fui un niño “travieso” y me la pasaba mucho tiempo en la calle jugando con mis amigos. Recuerdo que, entre otras muchas cosas de las que hablábamos como niños, nos preguntábamos qué queríamos ser de grandes. Yo siempre respondía que me iba a casar, pero la verdad esa respuesta no me convencía del todo.

La historia de mi vocación inició a los 11 años cuando uno de mis hermanos, que es un año mayor que yo, de un día para otro desapareció de la casa. Me dijo que se iba, que era un lugar donde iba a pasar el verano en la ciudad de México y que estaba muy feliz. A mí me costó mucho que se fuera mi hermano, pues siempre íbamos juntos a todas partes. Nos poníamos la misma ropa, dormíamos juntos y teníamos los mismos amigos. Me costó despedirme de él y le rogué mucho que se quedara. No entendía porqué se había marchado de casa ni a dónde iba. Recuerdo que lloré pero en el fondo estaba feliz porque él estaba feliz. A las pocas semanas me empezó a escribir cartas y a contarme lo que hacía: juegos, piscina, actividades, paseos, etc., me empezó a ilusionar y cuando lo fuimos a visitar mi mamá y yo, después de un mes y medio, lo vi muy feliz y muy cambiado.

No recuerdo si hubo un momento exacto cuando recibí la llamada, pero me gusta pensar en un momento donde me convencí de dónde tenía que estar y recuerdo que, una vez que tomé la decisión, sabía que era para siempre. Esto sucedió cuando fui a visitar a mi hermano, junto con mi mamá, a la ciudad de México. Recuerdo que viajamos de noche y fuimos a visitar la Virgen de Guadalupe. Estaba muy emocionado. Apenas llegamos al centro vocacional del Ajusco, donde estaba mi hermano, un lugar desde donde se contempla toda la ciudad de México, lleno de árboles, de campos de juego, tuve una moción interior que no me quedó la menor duda de que yo tenía que estar allí. Fue tan solo llegar, antes incluso de ver a mi hermano o a los demás seminaristas. Me sentía en casa. A partir de esa primera experiencia, todo ese día fue un confirmar esa primera impresión. También me llamó mucho la atención ver que todos los que vivían allí tenían un rostro muy feliz. Allí fue donde me decidí a entrar en el seminario y el momento en el que que me decidí a ser sacerdote. A partir de entonces empecé a decir a mis demás compañeros de la escuela que quería ser sacerdote. Esta respuesta sí me convencía y desde entonces hasta el presente me siento muy feliz de estar respondiendo a la llamada que Dios me hizo para ser sacerdote.

Durante mis años de seminario he estado en diversos países: España, Estados Unidos, Italia, Brasil, México y de nuevo Italia. Ha sido un recorrido largo pero bello. La gracia de Dios me ha asistido y acompañado en todo momento. He podido conocer diversos países, diversas culturas, muchos compañeros a lo largo de estos años y veo clara la mano de Dios que me ha sostenido en los momentos difíciles de este camino. Sin duda, no me hubiera sido posible llegar hasta el presente sin el apoyo de mi familia, de mis hermanos y de tantas personas que me han sostenido con sus oraciones. Mi gratitud la dirijo en modo especial a mis superiores y formadores que me han asistido en estos años y que han sabido ser instrumentos de Dios. Gracias a su entrega y su comprensión he podido salir adelante superando los diversos obstáculos que se han ido presentando en estos años.

Ahora que miro hacia atrás, no me queda más que admirarme y repito con el salmo 115: “Cómo pagaré al Señor por todo el bien que me ha hecho” el Señor. No soy yo quien ha elegido seguir al Señor, sino que el Señor me ha elegido. El Señor es fiel a sus palabras y puedo atestiguar que en ningún momento me ha abandonado. Pido a María el don de la perseverancia en este camino. Ella me ha protegido y acompañado también en este recorrido. A Cristo y a María va mi mayor gratitud por su fidelidad y su Misericordia.

lalEl P. Luis Antonio López, L.C., nació en Guadalajara (Jalisco), México. Es el menor de 6 hermanos. Entró en el centro vocacional del Ajusco, en la ciudad de México, a la edad de 12 años y a los 14 años lo enviaron a Valencia (España) donde hizo dos años de seminario menor. Ingresó al noviciado de Salamanca en el 2001 y tras la primera profesión en el 2003 fue enviado a Cheshire (USA) para estudiar humanidades. En el 2005 se trasladó a Roma donde estudió dos años de filosofía. De 2007 a 2011 ayudó en la formación de los seminaristas menores en Sao Paolo (Brasil) y después en la ciudad de Guadalajara (México). En el 2011 regresó a Roma para terminar sus estudios de filosofía y teología y en este período ha estado apoyando en la secretaría del territorio de Italia. El P. Luis Antonio comenzará su sacerdocio en Italia apoyando con grupos del Regnum Christi.”

Lucio Boccacci

In the Footsteps of the Prophets

God chose his prophets by calling them to a particular vocation. A prophet discovered his vocation through an experience of God that marked his existence from that point onward. Since then the prophet discovered God’s action everywhere, both in his life and in society.

Only three prophets in Scripture describe the moment they first felt called by God: Isaiah, Jeremiah, and Ezekiel. They narrated their “vocation story” to make themselves and their message more authoritative among the people. God called this prophetSo we better listen to what he has to say! 

God commanded the prophet to speak. Have you ever read, “Thus says the Lord”? The prophet spoke the words God inspired in him.

Yet the prophet didn’t just say something new. He also spoke for his own sake. He wasn’t a mere telegraph for divine revelation. What he taught was really a projection of his own dialogue with God. Hence, the prophet’s most intimate life was at the service of the message he had to proclaim. So what a prophet communicated revealed a lot of the personal drama between him and God.

Every vocation to the priesthood and consecrated life follows this same pattern. The same God that called his prophets continues to call his priests and consecrated. Like the prophets, he calls them to a particular vocation, through a series of God-inspired experiences that change the course of their life. Like the prophets, these encounters with God validate their vocation and their message.

Yet their message is not just God’s message. It’s a message that’s born in the drama of their relationship with God. That’s in part why priests and consecrated are “mediators”. They not only give witness to the Word of God as it bears fruit in their life. But through their response to that Word, God freely binds himself to a microcosm of the drama of being human.

 

Jeremiah, the “Intimate Prophet”

4 Now the word of the Lord came to me saying…

“Before I formed you in the womb I knew you,
and before you were born I consecrated you;
I appointed you a prophet to the nations.”

Then I said, “Ah, Lord God! Truly I do not know how to speak, for I am only a boy.” 

But the Lord said to me,

“Do not say, ‘I am only a boy’;
for you shall go to all to whom I send you,
and you shall speak whatever I command you.

(Jer 1:4-7)

The call of the Prophet Jeremiah didn’t come in a vision, but “the word of the Lord came” to him (Jer 1:4). The word of the Lord was the decisive force behind his prophetic vocation.

And God chose Jeremiah even before he formed him in the womb. Even so, Jeremiah claimed that he was too young and that he didn’t know how to speak. He wasn’t afraid of God’s presence. He was afraid of the greatness of his mission. He worried about how the people would respond to God’s message.

He didn’t understand that what was indispensable for God was that the prophet delivers God’s word. The emphasis was on God’s word. Circumstances didn’t matter. It was God’s way of making himself present when the people became hard of heart. The prophet was the middleman of this drama. And the deep suffering of this particular prophet made for some beautiful and profound words of Scripture (cf. 15:10-21; 17:5-11; 20:7-18; 31:31-34). That’s why he’s called the “intimate prophet”.

 

My mother once told me a story about me similar to these verses in Jeremiah. When she was noticeably pregnant with me, my parents visited Rio de Janeiro’s Christ the Redeemer statue atop Corcovado Mountain. And she climbed all 220 steps to reach the summit! There she entrusted me to Providence in exchange for a safe delivery and a healthy baby. At that moment only God knew the life he had traced out for me. Let’s say my mother got more than she asked for.

The first moments I can remember being called was in High School. I went through a “second conversion” thanks to various books I read on apologetics and the Scriptures. Like Jeremiah, my vocation has always been linked with the Word of God. For this reason I’ve always been close to the Scriptures.

It’s particularly in the Scriptures that I feel my soul makes contact with God’s will for my life. I see reflected in God’s Word insights into my life and mission. And what I wish to communicate with my preaching and my example is a life immersed in the Word of God.

My hope as a priest is to help souls encounter God through his Word. It means a lot to me that as a priest God speaks his Word to his people through the reading of the Gospel at Mass and through the preaching of the homily.

I hope to make the Scriptures come alive in the hearts and minds of young people. I hope to teach them to understand what they read in faith. I hope the Scriptures will become for them what it has become for me: an occasion for prayer to encounter God and discover his will.

 

The Boy Prophet and his Mother

46 After three days they found him in the temple, sitting among the teachers, listening to them and asking them questions. 47 And all who heard him were amazed at his understanding and his answers. 48 When his parents saw him they were astonished; and his mother said to him, “Child, why have you treated us like this? Look, your father and I have been searching for you in great anxiety.” 49 He said to them, “Why were you searching for me? Did you not know that I must be in my Father’s house?” (Lk 2:46-49)

Like Jeremiah, God also predetermined Jesus’ specific mission before Mary conceived of the Holy Spirit (cf. Lk 1:26-38). And we can hear echoes of the calling of Jeremiah when we read the passage of the boy Jesus in the Temple. But unlike young Jeremiah, the boy Jesus didn’t shy away from transmitting God’s word.

Jesus’ deliberate (and perplexing) remaining behind in the Temple can only make sense if he was first called by his Father. This was a response to a calling from God to a new experience that broke with his simple past and forever changed his life in Nazareth. From then on, he would see the normal occurrences of daily life as both an occasion for a future parable and an allusion for the Kingdom of God.

This was Jesus’ vocational moment, even if he was always infinitely aware of his Divine Sonship. Now it became public, and it took on new urgency.

From the prophetic standpoint, his action at the Temple was a typical prophetic sign. It was a completely awkward and enigmatic act. But that’s the way God asks prophets to get our attention. And I think Jesus got his parents’ attention!

The word that best describes Mary’s presence in the Gospel is “accompaniment”. She accompanied the fulfillment of God’s will with her submission in faith. And she accompanied Jesus during all his life, from the womb to the tomb and beyond. This episode in Jesus’ life was no exception, even if for the moment she didn’t understand his actions. One day she would understand that her life was intertwined with Jesus’ mission.

One thing that Mary didn’t understand at the time was that Jesus was walking in the footsteps of the prophets. He revealed nothing short of his own experience of God: “I must be in the things of my Father”. This is his version of the prophets’ famous and repeated phrase: “Thus says the Lord”. But he would say, “Thus says, my Father”. From the onset of adolescence, Jesus’ placed his most intimate life at the service of the message he had to proclaim. He revealed the dialogue between him and his Father. He revealed the drama of the mission that he was to fulfill. Mary was slowly catching on to the role she would play in that mission.

 

I had my own little “prophetic action” when I was a boy. The only reason I know about it is that my parents got it on tape. It happened at my First Communion. Like the boy Jesus, I did something that somehow revealed God’s path for my life.

Pictures were taken in front of the altar after Mass. At that moment I didn’t shy away from getting up on the altar. So I got behind the altar and I used my new first communion prayer book to pretend I was celebrating Mass.

I don’t know why I did it. It was some sort of joke. At least I know my younger brothers enjoyed it. Yet God enjoyed it for a different reason. He knew someday it would come true. It was one of those moments that can only be explained in hindsight. Somehow this innocent little boy followed what appeared to him as an instinct. He was simply doing what he was designed to do by the Father in heaven. Like Jesus in the Temple, this was just a little preview of things to come.

 

I always grew up in an environment where God’s voice could be heard. I thank God for all of my family. Yet I have much to thank the faith example of both my mother and my grandfather.

My grandfather taught me how to see God in in his Creation. He was a retired petroleum engineer that witnessed to his faith through his example and words. I tried to follow that example as I studied chemical engineer at the University of Oklahoma. I sought to find God’s hand behind all the physics and math and chemistry. And I ended up seeing God’s hand leading my life in a new direction.

Yet my mother had a more direct influence in my faith. She always had a profound devotion to Mary, the mother of Jesus. And I was always close to my mother. So it was natural that her devotion to Mary rubbed off on me.

In High School I decided to make a total consecration to Jesus thru Mary. I followed the booklet designed by St. Louis de Montfort. I fulfilled all the daily prayers up to my consecration on Dec 8, 1999. That was my last year of High School. It was the first time I consciously and clearly took note of my calling to the priesthood.

Likewise, Mary has always been at my side throughout all the drama of my vocational discernment. She accompanied me even from before my consecration. Indeed, I grew up praying the rosary at my mother’s side. I asked for her protection for my vocation when a pilgrim statue of Our Lady of Fatima visited our family. I still have my picture with that statue. Before entering college I promised a daily rosary for the rest of my life. And then in the seminary I always received special graces on Marian feast days. My superiors even changed my assignment once on Our Lady of Sorrows (Sept. 14).

Most importantly, I remember one day I traveled home from my summer internship at Phillips Petroleum during college. I worked at a nearby city. So every day I traveled about an hour to and from work. I listened to the “Bible on tape” on the way to work. And I prayed the rosary on the way back. I thought about the calling to the priesthood.

And then God touched my heart in a very direct way. I knew I was called beyond all doubt. I wept in the car as I prayed the rosary. I waved to the other cars passing me on my left. I was okay! These weren’t tears of sadness and despair. They were tears of profound joy and freedom. I finally accepted God’s call.

Then there was a weekend during college that I took off to visit my family. At some point I went shopping with my mother. On the way back I signaled I needed to tell her something. I rarely spoke like this, so she got the hint it was serious. She parked the car in front of the garage. And that’s when I told her I wanted to be a priest.

She looked ahead. She sighed. And when she got a hold of herself, she said, “I know”.

How did she know? I suppose mothers have a way of knowing these things. Mothers don’t just see what’s on the outside. They have an intuition for what’s happening in their children’s life. Certainly that intuition comes from their union of body at pregnancy. Both God and our mothers know us when we’re being knit in the womb. Indeed, it’s a unique gift mothers hold dear.

Luke the Evangelist understood this. That’s why he twice wrote that Mary “treasured all these things in her heart” (cf. Lk 2:19 and 51). Mary learned from her experience with Jesus to accompany the vocation of every priest and consecrated. She’s the mother of all prophets. And she’s my mother too.

The Prophets of Pope Francis

 

So I continue onward towards my diaconate and then my priestly ordination. I have the assurance of God’s Word and Mary’s accompaniment. God has filled my life with the signs of a vocation.

I ask for your prayers, so that I continue forward in my vocation to be a priest consecrated in the Legion of Christ and the Regnum Christi family. With the priests and consecrated at the helm, we all make up a family of prophets.

We’re lucky to have Pope Francis at this moment of our history. At one point Pope Francis delineated his expectations for the year of consecrated life. High on the list was the consecrated person’s call to prophecy.

The Pope counts on priests and consecrated to “wake up the world”. A prophetic witness is actually demanded of everyone. But it’s a special duty for priests and consecrated.

The Pope called prophecy the “distinctive sign of consecrated life”. Our life becomes a prophetic witness because we follow the Lord in a special way. We live the way Jesus lived on earth. And Jesus lived with heaven in sight. That has to strike a chord!

The Pope said that prophets receive from God the ability to scrutinize the times in which they live and to interpret events. So when they are faithful to this calling they become a living prophetic sign of God’s will for the world and for every individual. God is able to touch the lives of so many people through their prayer, example, and apostolic ministry. That’s why the Pope sees this as a priority for consecrated life.

A religious must never abandon prophecy. And he must know that a prophet is never alone. Just like he promised Jeremiah, God promises this to us:

 “Be not afraid of them, for I am with you to deliver you” (Jer 1:8).

boccacci-lucioThe first moments I can remember being called was in High School. I went through a “second conversion” thanks to various books I read on apologetics and the Scriptures. Like Jeremiah, my vocation has always been linked with the Word of God. For this reason I’ve always been close to the Scriptures.

Leonhard Maier

Die Erde ist zum Himmel geworden…

Ein besseres Leben als das meine kann ich mir nicht vorstellen. Ich darf so eine Fülle und so ein andauerndes Glück erleben, so eine Vorfreude auf das Heimkommen in die Ewigkeit beim Vater, dass so manch einer mich für verrückt hält.

Meine Kindheit durfte ich behütet im Schoß meiner Familie verbringen. Da war mein Vater, der uns Kindern viele Abenteuer ermöglichte, meine Mutter, die uns zu reifen Menschen zu erziehen versuchte, meine zwei jüngeren Geschwister, mit denen ich eine sehr abwechslungsreiche, interessante und aufregende Zeit erlebte, und schließlich meine Großmutter, die Stütze unseres Hauses, die immer da war, besonders in Krisenzeiten. Die Grundschulzeit war großartig in jeder Hinsicht: Lehrer, Freunde und Klassenkameraden, Ski- und Zeltlager, Ausflüge und Freizeiten.

Erste Prägung in Oberbayern

Auch die kirchlichen Festtage waren ein wichtiges Element. Bis zur dritten Klasse hatten meine Großmutter und mein Vater mich immer zur heiligen Messe mitgenommen. Dann aber überredete mich eines Abends ganz spontan ein Freund, ihm beim Ministrantendienst zu helfen, und so war ich von da an Ministrant, was für mich schnell zu einer großen Leidenschaft wurde und weswegen das kirchliche Leben an Wichtigkeit noch zunahm.

Während meiner zehnjährigen Ministrantenzeit wuchs in mir ganz langsam eine starke Liebe zu Christus und zur Kirche, und zudem brachte mich der Betrieb der nahen Wallfahrtskirche Maria Altenburg in Kontakt mit vielen Gläubigen und Priestern. Die Gymnasialzeit gestaltete sich etwas schwieriger. Doch hatte ich großes Glück mit meinem Firmpaten, der damals Kaplan in meiner Pfarrei war. Er unterstützte mich wie kein anderer und wurde mein bester Freund. Durch ihn traf ich auch eines Tages den irischen Pater Eamon Kelly LC, der 1989 als erster Legionär Christi nach Deutschland gekommen war. Dieser lud mich für Sylvester 1998 ins Noviziat nach Bad Münstereifel ein. Ich fuhr hin und war begeistert: Eine Gruppe junger Männer in Ordenskleidung, die auch noch gut Fußball spielten, gut kochten und schließlich tiefgehende geistliche Exerzitien für Jugendliche abhielten.

Von da an wurde mein geistliches Leben wesentlich stabiler. Die Katechsen für Schüler und Studenten der Legionäre Christi waren mir dabei eine große Hilfe. Wichtige Glaubensimpulse vermittelte mir auch das internationale Zusammentreffen von Legionären Christi und Mitgliedern des Regnum Christi im Jahr 2000 in Rom bei der Feier des 60-jährigen Gründungsjubiläums der Gemeinschaft.

Die Berufung wird klarer…

Auf die Oberstufe folgte schließlich das Abitur. Mir war inzwischen klar, dass ich für etwas leben wollte, das reiche Frucht bringt für Zeit und Ewigkeit. Dafür schien es zwei Optionen zu geben: Priester werden oder eine Familie gründen. Ich hatte allerdings schon das Gefühl, dass mich der Herr auf den Weg zum Priester rief. Da passierte im August 2002 Folgendes: Als ich nach der hl. Messe die Kirche verließ, fragte mich am Kirchenportal eine Frau, was ich nach dem Abitur vorhätte. Ich sagte ihr, welche Möglichkeiten ich sah und schloss mit den Worten: „Aber ich weiß noch nicht, was Gott von mir will.“ Sie hörte mir zu, sah mich an und sagte: „Diese Entscheidung kann dir Gott nicht abnehmen. Du musst dich entscheiden!“ Diese Worte trafen mich ins Herz. Keine Ahnung warum, aber in diesem Moment musste ich mir eingestehen, dass ich schon lange wusste, wohin Gott mich eigentlich führen möchte: zum Priestertum. In diesem Moment beschloss ich, mich auf diesen Weg zu machen. Und noch am gleichen Tag beim Abendessen sagte ich es auch meiner Familie: „Jetzt ist mir klar, dass ich Priester werde.“

Ich war noch nicht sicher ob Diözesanpriester oder Legionär Christi? Deshalb besuchte ich zunächst das Priesterseminar im Erzbistum München. Um auch die Legionäre Christi besser kennen zu lernen und etwas Abstand zum bisherigen Umfeld zu gewinnen und zu sehen, was Christus mit meinem Leben vorhat, machte ich mich auf den Weg nach Mexiko, wo ich ein Jahr als „Coworker“ im Regnum Christi an verschiedenen pastoralen Projekten der Legionäre Christi mitarbeiten durfte.

Von Bayern nach Mexiko und Rom

Die neun Monate, die ich in der mexikanischen Stadt Puebla verbrachte, wurden die bis dahin besten meines Lebens, und ich wurde von Gott in jeder Hinsicht reich beschenkt. Sicher trug auch die herzliche und lockere mexikanische Lebenseinstellung viel dazu bei. Zu Weihnachten 2002 nahm ich mit anderen 30 „Coworkern“ aus aller Welt an einer Pilgerfahrt nach Rom teil. Während der geistlichen Exerzitien in Stille in Rom erkannte ich, wie wichtig das Leben in Gemeinschaft und eine umfassende Ausbildung für einen Priester sind. Der Wunsch, Priester in der Ordensgemeinschaft der Legionäre Christi zu werden, festigte sich in dieser Zeit.

 „Jetzt bin ich angekommen“

Im Sommer 2003 begann ich zusammen mit sechs anderen jungen Männern die Kandidatur in Vorbereitung auf das Noviziat in Bad Münstereifel. Es war eine super Zeit! Bereits am ersten Abend nach meiner Ankunft kniete ich mich vor das Kreuz in meinem Zimmer und durfte ein jubelndes Glücksgefühl erleben. Ich sagte mir: „Jetzt bist Du da angekommen, wo Du hingehörst!“ Gott schien mich in diesem Augenblick teilhaben lassen zu wollen an seiner Freude, dass ich bis hierher seinem Ruf gefolgt war.

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Die zwei Jahre in unserem Noviziat in Deutschland genoss ich in vollen Zügen. Unter den 24 Mitbrüdern fand ich schnell Freunde, mit denen ich mich seitdem eng verbunden fühle. Es war so eine Lust, sein junges Leben ganz in die Hände Jesu zu legen! So eine Begeisterung, so ein Schwung, so eine Nächstenliebe! Unser Novizenmeister führte uns ein in die morgendliche einstündige Betrachtung der Heiligen Schrift. Täglich zwei Stunden Anbetung, Zeit, um sich vom Heiligen Geist ergreifen zu lassen in der Gegenwart Gottes.

Internationale Gemeinschaft und Theologiestudium

Ich bin ein Gemeinschaftsmensch. Das Zusammenleben und der Austausch mit meinen Mitbrüdern aus aller Welt haben mich vom ersten Tag an bereichert, besonders die Unterschiedlichkeit der Kulturen, Charaktere und Temperamente. Da war Spanien mit 220 Brüdern, Rom mit 475, Wien mit fünf Legionären Christi und fünf „Coworkern“, Bad Münstereifel mit 50 und nun die Generaldirektion mit 100. Es ist schon gewaltig, Brüder und Freunde zu haben, die aus allen Kontinenten kommen!

Studieren wir Legionäre Christi zu viel? Nichts von meinem Philosophie- und Theologiestudium erscheint mir bis heute überflüssig, in jedem Buch fand ich wertvolle Schätze für meinen Dienst als Seelsorger. Dankbar bin ich, dass ich so viele Themen in Ruhe vertiefen konnte, die für meine Arbeit als Priester wichtig sind.

Bevor ich mit dem Theologiestudium den letzten Teil meiner Vorbereitung auf die Priesterweihe abschloss, absolvierte ich einen sehr lebensnahen und grundlegenden Abschnitt meiner umfassenden Priesterausbildung: Das apostolische Praktikum, welches mich zuerst ein Jahr nach Österreich und dann zwei Jahre nach Bayern in die Jugendarbeit führte. Sehr beeindruckt und bereichert haben mich das Lebens- und Glaubenszeugnis der Menschen, die unsere Ordensgemeinschaft im Gebet oder materiell unterstützen. Von ihnen habe ich viel für mein Leben lernen dürfen.

Gerade dieses von Papst Franziskus ausgerufene Jahr der Barmherzigkeit, dieses letzte Jahr vor meiner Priesterweihe, war für mich ein Segen weil eine ausgezeichnete Vorbereitung auf das, was von nun an mein Dienst sein wird: Allen Menschen ein lebendiges Abbild der barmherzigen Liebe Gottes sein, ein anderer Christus.

Damit Christus in mir lebt!

Sehr dankbar schaue ich auf mein bisheriges Leben zurück, ein besseres hätte ich mir nicht vorstellen können! Überall durfte ich Gott erfahren, in jeder Begegnung und jedem Gespräch, in seiner ganzen Schöpfung, in Freud und Leid, bei all meinen Schwächen und Sünden. Ich habe die große Gewissheit, dass mich Christus zu seinem Priester berufen hat und bin unendlich froh und dankbar dafür! Für mich bedeutet dieser Weg der engen Nachfolge vor allem eins: Dass Christus in mir leben soll!

Leonhard MaierLeonhard Maier LC kam als erstes von drei Kindern am 14. Mai 1982 in Oberbayern zur Welt. Das Feuer für Christus begann zu brennen beim Dienst als Ministrant und bei den Katechesen eines Priesters der Legionäre Christi in der Heiliggeistkirche in München. Nach einer Unterhaltung war der Ruf ins Priestertum klar, doch sollte er ins Priesterseminar oder zu den Legionären Christi? Eine Woche Schweigeexerzitien in Rom gaben ihm die Gewissheit: Gott ruft ihn ins Ordensleben bei den Legionären Christi. Zwei Monate Kandidatur und zweijähriges Noviziat absolvierte er in Bad Münstereifel, humanistische Studien in Salamanca (Spanien), Grundstudium Philosophie in Rom, vier Jahre apostolisches Praktikum in Bayern und Österreich, drei Jahre Grundstudium Theologie (an der päpstlichen Hochschule Regina Apostolorum) und derzeit ist er dabei, sein Lizenziat in Dogmatik abzuschließen (bis Sommer 2017). Zum Diakon wurde er geweiht am 17. April 2016 in der St. Anna- Basilika in Altötting.

Juan Pablo Najera, L.C.

Juan Pablo: 1 ― Dios: 70 X 7 y contando

Les presento mi vida en un marcador: Juan Pablo: 1 ― Dios: 70 X 7 y contando. En realidad, yo tendría que estar en números negativos, pero Dios me ha perdonado varias deudas. En cuanto al 70 X 7, no vayan a creer que es igual a 490; es un modo evangélico de decir “infinito”.

Sé que es un marcador desproporcionado, pero no sería lo mismo sin mi «1» y a mí me hace gran ilusión poder aportarlo. Es como la gota de agua que el sacerdote pone en el cáliz y se pierde en el vino. En esa mezcla es mejor mantener la desproporción. Basta una gota para que se dé el milagro sin diluir el vino, que da sabor.

               También debo reconocer que ese «1» no es sólo mío. En gran parte se lo debo a mis papás de quienes he aprendido a confiar en Dios, en mi familia y en mi Iglesia. Ahora que lo pienso, quizá a ellos los debería poner del lado del marcador divino. Son de los dones más especiales que he recibido en mi vida.

               Me topo con el mismo dilema cuando pienso en mis hermanos, mis amigos, y mis hermanos legionarios. Todos ellos han contribuido al «1» que está de mi lado y todos ellos son dones de Dios. No sería lo mismo sin ellos. Ciertamente sin ellos no sería mejor.

               El partido comenzó mucho antes de que yo lo advirtiera. Cada día anotaba mi punto sin darme cuenta. Bastaba dejarme amar: 1 punto. Poco a poco el juego comenzaba a ponerse más interesante; entraban más elementos. Mientras uno crece, crece también el mundo en que se mueve; crece la independencia; crecen las posibilidades. El plan de juego lo aprendía principalmente de mis papás y de mi Madre, la Iglesia, pero no siempre fui fiel a sus estrategias. Así, hubo ocasiones en que me iba en ceros, o incluso en puntos negativos, pero también de eso fui aprendiendo: cada caída fue ocasión para levantarme. A grandes rasgos, este párrafo encierra mi infancia y primera adolescencia.

               Con todo ello, no había acabado de entender que Dios era un jugador activo en el juego de mi propia vida. Amaba a Dios, buscaba obedecer sus leyes y le rezaba como me habían enseñado, pero no me había dado cuenta de que Él constantemente me hablaba.  Un importante descubrimiento fue durante un retiro al final de la primaria donde un padre legionario nos invitaba a hablar con Jesucristo como con un amigo. Recuerdo que fui a la capilla, empecé un diálogo interior, y no sabía si estaba hablando conmigo mismo o con Jesucristo. Por un lado dudaba y por otro sentía ―no encuentro otra palabra para describirlo― que Alguien me decía «Soy Yo, soy Yo». No me lo decía con palabras. Me lo decía como una invitación a la confianza.

               Abro una pequeña paréntesis para explicar que el “juego” funciona de la siguiente manera: Dios pone todo de su parte y a mí me pide que confíe. Mi acto de confianza es el punto que sólo yo puedo anotar. Suena muy fácil… no lo es. Cada día presenta nuevos retos para confiar en Dios. Teniendo en cuenta que el acto más importante de fe es el que nos toca hacer hoy, podemos llamar este juego, “el juego de la fe”. Dice la Lumen Fidei, «La fe consiste en la disponibilidad para dejarse transformar una y otra vez por la llamada de Dios» (LF 13).

               El juego seguía poniéndose más interesante. Una vez que entiendes que Dios te habla, parece que Dios se emociona: surgen todo tipo de ideas (en estos momentos es bueno conocer a alguien con más experiencia en las cosas de Dios para ver si estas ideas realmente vienen de Él). Ante ciertas invitaciones, yo decía «ya sabía que me ibas a pedir esto», y confiar en Dios era cuestión de generosidad. Otras invitaciones, en cambio, suscitaban en mí un «híjole… esto no me lo esperaba». En estas ocasiones, confiar era cuestión de valentía, de emprender un camino desconocido, de abandonar las propias seguridades. Quien no se sienta capaz de abandonar ciertas seguridades, mejor que ni le entre al juego; mejor que se busque un ídolo. «Ante el ídolo, no hay riesgo de una llamada que haga salir de las propias seguridades, porque los ídolos “tienen boca y no hablan” (LF 13).

               Yo preferí jugármela con un Dios quien sí que habla. Dios me llamó al Regnum Christi, luego a dar un año de colaborador, luego al candidatado, y luego a ser Legionario de Cristo. Todo esto implicó abandonar muchas seguridades, pero hizo mi juego mucho más interesante de lo que hubiera imaginado.

               A estas alturas, yo pensaba que el juego había cambiado sustancialmente. Había entregado mi vida a Cristo como legionario. Esto debería valer más que un punto, ¿no? Además, la vida religiosa también presenta sus retos: la vivencia de los votos, las dificultades en la oración, la vida de comunidad, la renuncia a lo mundano, entre otros. No siempre era fácil pero no me faltaba motivación para levantarme cada día con grande ilusión de seguir acumulando puntos. Sin embargo, sucedía algo extraño: por más puntos que ―según yo― acumulaba, nunca me parecían suficientes. « ¡Soy Legionario de Cristo! ¡Cofundador! ¡Tengo que ser santo!―me decía a mí mismo― ¡Debería estar ganando mucho más puntos!» La ilusión se mezclaba con una cierta frustración; poco a poco esta disminuía y aquella aumentaba.

               Dice el Catecismo: «Se ora como se vive porque se vive como se ora» (CIC 2725). Pues bien, año tras año mi oración se iba volviendo más pesada. Externamente seguía siendo buen religioso y cumplía con mis debere; internamente me sentía atrapado en un círculo de frustración. Eso de acumular y acumular puntos se volvía cada vez más fastidioso. Encima, hubo veces que me fui a puntos negativos: esto era humillante. Es verdad que el juego había cambiado… pero no como yo lo esperaba. Menos mal que Dios nunca dejó de poner su 70 X 7. En un reciente retiro para sacerdotes decía el Papa Francisco: «Nada une más con Dios que un acto de misericordia, ya sea que se trate de la misericordia con que el Señor nos perdona nuestros pecados, ya sea de la gracia que nos da para practicar las obras de misericordia en su nombre».  A lo largo de mi vida religiosa, los momentos en que más he experimentado la cercanía de Dios han sido en el confesionario. Agradezco a Dios por todos esos sacerdotes ―principalmente hermanos en la Legión― a través de quienes he hecho esta experiencia de la Misericordia.

               Pero Dios no se conforma sólo con cumplir su parte. Él quiere vernos cumplir la nuestra. Y no sólo eso… quiere vernos hacerlo con paz y alegría. Así, en el “juego de la fe” Dios también la hace de coach. Y cuando un atleta está ciclado, atorado, o “enmañado” ―como queramos llamarlo―, la prescripción del coach es siempre la misma: back to basics. Es como si Dios me dijera «Juan Pablo, no se trata de acumular puntos. Yo tengo puntos de sobra. A ti te toca poner sólo un punto: confiar en mí». Dicho así en una frase suena muy fácil. En mi caso han tenido que pasar varios años para comenzar a asimilar esta enseñanza. «Señor ―insistía yo― yo quisiera darte más, quisiera orar mejor, quisiera caer menos… ¡quisiera ser más santo! ¡Quiero anotar más puntos!» «Juan Pablo ―repetía el Señor― no me interesan tus puntos. Tú pon la confianza. Lo de la santidad, la oración, y todas tus expectativas… todo eso déjamelo a mí». O dicho en el lenguaje de la misa: «No por ponerle más agua, el vino se transforma en la Sangre de Cristo; basta una gota. Demasiada agua diluye el vino; le quita el sabor». De nuevo tengo que agradecer a mis hermanos en la Legión; esta vez, a quienes han sido mis formadores y directores espirituales. En gran parte, ha sido a través de ellos que Dios me ha dicho estas cosas.

               ¿Y ahora qué sigue? A pocos días de la ordenación diaconal y a unos meses del sacerdocio, siento que Dios me invita al próximo nivel del juego. Quizá el siguiente paso sea quitar la división de marcadores. Aprender de María, campeona en la fe. Ella nunca está en competición con Dios; siempre se suma. En mi vida, por ejemplo, siempre ha favorecido la acción de Dios. Quizá de su mano pueda pasar de, «Juan Pablo: 1 ― Dios: 70 X 7»; a «Juan Pablo en Dios ―y Dios en Juan Pablo―: 70 X 7 +1».

Juan Pablo NajeraEl H. Juan Pablo Nájera, L.C., nació el 9 de diciembre de 1983 en Monterrey, México. Terminando los estudios de preparatoria dio un año como colaborador en el 2002. Después, ingresó en el 2003 al noviciado de los Legionarios de Cristo en Cheshire (EUA) donde también cursó las humanidades. Estudió la licenciatura en filosofía y el bachillerato de teología en Roma. Realizó sus prácticas apostólicas en Saltillo en la pastoral vocacional. Iniciará su ministerio como auxiliar en la Administración Territorial de Monterrey.

Juan Andrés Lander, L.C.

Queridos jóvenes: ¡No tengáis miedo de Cristo! Él no quita nada, y lo da todo.
(Benedicto XVI - Homilía 24/04/2005)

Lo primero que aprendí en el Cursillo de Colaboradores del Regnum Christi y que he experimentado en primera persona es que Dios nunca se deja ganar en generosidad.

Las oraciones de la abuela

Nací en Caracas el 16 de mayo de 1979. Desde que tengo uso de razón, mi abuela materna ha rezado para que yo fuera sacerdote. En un principio me parecía lo más natural para mí. Pero cuando entendí la renuncia que implicaba esperé que Dios no me llamara.

En el Instituto Cumbres de Caracas

En 1986 se fundó el Instituto Cumbres de Caracas muy cerca de mi casa. Por ser un colegio católico y bilingüe mis padres decidieron inscribirme allí a mí y a mi hermano menor. En el colegio recibí una formación religiosa que me ha marcado para toda la vida. Recibía la comunión casi todos los días y los domingos con mi familia íbamos siempre a misa ya fuera en el colegio o en la parroquia y me gustaba mucho acolitar. Sin embargo, cada vez que comulgaba le decía a Dios que podía hacer conmigo lo que quisiera, pero que por favor no me llamara al sacerdocio.

Incorporado al ECYD

Desde pequeño me incorporé al ECYD y tenía claro en mi corazón que un cristiano auténtico no solo debe rezar, ir a misa y vivir la vida de gracia, sino que además tiene que hacer algo por los demás. En los últimos años del colegio el Regnum Christi no estaba muy presente en Caracas, por lo que no me enteré ni siquiera que existía. En estos años nacieron una hermana y un hermanito más, con los que se completó la familia.

En la Universidad – AIESEC

Graduado del colegio, en 1996, entré en la Universidad Simón Bolívar dónde estudié Ingeniería de Computación. Fue una etapa que disfruté mucho, amistades, fiestas, viajes, etc. En estos años practicaba mi fe, iba a misa los domingos, rezaba algo cada día, pero sabía que Dios me había dado mucho y esperaba más de mí. Los últimos dos años me involucré en una organización internacional de estudiantes que tiene sede en la Universidad llamada AIESEC. Este grupo tiene como misión el desarrollo de los pueblos y su gente a través del intercambio a nivel laboral de estudiantes recién graduados. Allí canalicé mi deseo de hacer algo por los demás, aunque era a un nivel meramente humano.

Trabajando en Sheffield – SHUXI

Con AIESEC conseguí irme a trabajar a Inglaterra en la ciudad de Sheffield, en una empresa diseñando software, llegué en el 2001. En los meses que me preparaba para ir a Inglaterra tomé un curso opcional de cultura Británica en la Universidad. Una amiga con la que estaba tomando el curso me recomendó leer Harry Potter, me gustó y me ayudó mucho. Vivir en Inglaterra fue realmente mágico. Visité casi todas las ciudades principales, también Gales, Escocia e Irlanda. Llegando a Sheffield contacté la capellanía de la Universidad, se llama SHUXI (Sheffield Hallam University Chaplaincy). Iba a misa con ellos todos los domingos y teníamos diversas actividades. También ayudé algunas veces en la pastoral de adolescentes. Fue una etapa de mucho crecimiento espiritual.

Dublin Oak – Harry Potter

En enero, quedándome seis meses de contrato me dispuse a buscar otro trabajo. Me interesaba vivir en algún otro país de Europa, en el continente, para aprovechar y conocer un poco más. El día que estaba escribiendo mi curriculum recibí un e-mail del director de Dublin Oak que me invitaba a ser prefecto en la Academia. Al principio pensé que el padre se había equivocado, pero luego me confirmó que en efecto quería que yo fuera. Por haber leído Harry Potter se me hizo atractivo el trabajo. Luego que decidí ir, cuando le comentaba a mis amigos les parecía interesante. Desde que acepté el padre me fue preparando poco a poco. Me mandó algunos libros para formarme y comencé a rezar el rosario. En un principio iba a ir directamente a Irlanda desde Inglaterra en agosto.

Cursillo de Colaboradores en México

Pero a finales de junio de 2002 el padre me comentó que sería conveniente que fuera al cursillo de colaboradores para capacitarme para el trabajo en la Academia. Yo no tenía ganas de irme de Inglaterra antes de tiempo, por lo que le escribí al padre un mensaje como de ocho páginas explicándole todas las razones por las que no podía ir al curso. En resumen: no podía irme un mes antes del trabajo, no tenía dispuesto pagar un pasaje para ir a México, a esas alturas seguramente no habrían pasajes para esas fechas, ya había pagado un mes de renta por adelantado y no me lo iban a devolver, etc. El padre me respondió casi de inmediato en cuatro frases: te estoy mandando un cheque por ochocientos euros, ojalá el pasaje cueste menos que eso, que te vaya bien en México, que Dios te bendiga.

Yo en el momento me molesté mucho por la insistencia del padre. Mi jefe me vio molesto y cuando le comenté lo que pasó me dijo que le parecía bien si me iba antes. Llamé a la primera agencia de viaje que encontré y resulta que solo les quedaba un pasaje para esas fechas y que el costaba exactamente ochocientos euros. Cuando llegué a casa el dueño estaba allí y me pidió si me podía ir antes, necesitaba hacer unas remodelaciones… Por lo que ese mismo día, Dios se encargó de desvanecer todas mis objeciones.

 

El cursillo lo hicimos en El Dorado, en Toluca. Desde que llegué me sentí que regresaba a casa. Había un verdadero ambiente de familia con los otros colaboradores. Por primera vez en mi vida conocí a consagrados del Regnum Christi, y me encontré con el mismo espíritu con la que crecí en el colegio.

La llamada a la vida Consagrada

El segundo día, en la oración de la mañana vi con mucha claridad que Dios me llamaba a la vida consagrada en el Regnum Christi. Para mí fue un momento de alegría. Durante años le había pedido a Dios que podía hacer conmigo lo que quisiera pero que prefería que no me llamara al sacerdocio. Me llamó a la vida consagrada, una vida de entrega, y en ese mismo momento le dije que sí.

Luego lo fui viendo con mi director espiritual y me dijo que probablemente en lugar de ir a Dublín sería mejor que me quedara en México como colaborador para que conociera mejor al Regnum Christi. De hecho me incorporé al movimiento en el cursillo.

Pero al final me dijeron en lugar de dar años como colaborador, si quería, podía hacer Ejercicios Espirituales y comenzar el año de formación para la vida consagrada, consagrándome al final del año. A mí me pareció muy bien y acepté.

La llamada al sacerdocio

Estando en los Ejercicios Espirituales en Amecameca, en el cuarto día, vi con mucha claridad que Dios me llamaba al sacerdocio en la Legión. En el momento no me di cuenta de lo grande y especial de esta gracia. Ha sido una certeza que me ha acompañado desde entonces con la misma claridad y brillo. Ya estaba dispuesto a entregar toda la vida, así que le dije a Dios que sí, pero que se pusiera de acuerdo! Cuando lo comenté con mi director espiritual me parece que no me creyó. Me recomendaron mejor dar años como colaborador y seguir el proceso de discernimiento.

En espera para ir al Noviciado

Así que estuve de colaborador en el Ciudad de México, luego me mandaron a Chihuahua y en el 2003 a Caracas. Allí estuve ayudando en la sección de jóvenes y con el ECYD. Finalmente en el 2005 me invitaron a hacer el Candidatado, pero primero me nombraron coordinador de un campamento nacional del ECYD. Gracias a Dios todo salió muy bien y en julio de 2005 comencé el Candidatado en Medellín.

Formación en la Legión

 

Noviciado

 

Después del Candidatado hice el Noviciado en Monterrey (2005-2007). Allí realmente conocí a Cristo y me enamoré mucho más de Dios, de la Iglesia, de la Virgen y de mi vocación. En mi segundo año me topé con el libro “La verdadera devoción de María” de San Luis María Grignion de Montfort e hice mi consagración mariana, que renuevo cada año desde entonces.

Humanidades

Fui a Salamanca, España, para estudiar las humanidades. Por problemas con el pasaporte llegué en Enero de 2008 y tuve que recuperar los meses perdidos. Cuando niño me fastidiaban mucho las materias humanísticas, pero en Inglaterra se me despertó el gusto por la literatura, el arte y la historia y aproveché mucho los estudios en esta etapa. En junio me pidieron adelantar los exámenes para ir a Mallorca a apoyar con dos campamentos del ECYD.

Filosofía

Llegué a Roma en Agosto de 2008. Tomé un cursillo intensivo de italiano y luego dos años de filosofía. Aproveché mucho los estudios, la importancia de conocer la verdad y saber cómo ayudar a otros a descubrirla, más allá de los engaños y falacias que nos propone la cultura dominante. Acompañé como guía a muchas personas que vinieron de peregrinación a Roma en esos años, en especial a los chicos de las Academias de Oaklawn y Dublin Oak.

Prácticas Apostólicas

Terminando la filosofía, en el 2010, fui a Venezuela de prácticas apostólicas. Estuve el primer año como secretario territorial y los otros dos trabajando en el Instituto Cumbres de Caracas como instructor de formación. Fue muy hermoso tener la oportunidad de darme a los demás en la misma institución en que tanto recibí! En especial el trabajar con personas que estuvieron allí desde que yo era pequeño y que tanto contribuyeron en mi formación. También apoyé en el nuestro seminario menor, en Mérida, en algunas ocasiones.

Teología

Finalmente regresé a Roma en el 2013 y aquí he estado desde entonces, estudiando la teología. Ha sido realmente hermoso profundizar en todo lo que conocemos a cerca de Dios, de la Iglesia y de los sacramentos a través de la Revelación, las Sagradas Escrituras, la Tradición y el Magisterio. En este tiempo estuve colaborando con un colegio que tenemos en Roma, coordinando las peregrinaciones que hacen las Academias a Roma y algunos de nuestros colegios de EEUU a Roma.

En el futuro

Ahora he sido destinado como promotor vocacional para nuestro seminario menor de Mérida, Venezuela. Estaré trabajando en Barquisimeto y Maracaibo. Realmente no me lo esperaba y día a día me encuentro más entusiasmado con esta nueva misión. De verdad amo mi vocación Legionaria y estoy muy agradecido con Dios por todo lo que he recibido de mi familia, del Regnum Christi, de la Legión. Será una maravilla poder ayudar a otros a descubrir el llamado y acompañarles en los primeros años a responder a este Dios que en palabras de Benedicto XVI no quita nada y lo da todo.

lander-juan-andresEl P. Juan Andrés Lander, L.C. nació en Caracas el 16 de mayo de 1979. Fue alumno fundador del Instituto Cumbres de Caracas y se graduó en 1996 en la cuarta promoción. Estudió Ingeniería de Computación en la Universidad Simón Bolívar y se graduó en el 2001. Trabajo un año y medio en Sheffield, Inglaterra diseñando Software. Dio tres años como colaborador del Regnum Christi en México, Chihuahua, y Caracas. Ingresó al Noviciado en 2005. El P. Álvaro Corcuera recibió su primera profesión en Monterrey en 2007 y la profesión perpetua en Caracas en 2010. Hizo tres años de prácticas apostólicas, uno como Secretario Territorial y dos como Instructor de Formación en el Instituto Cumbres de Caracas. Durante los estudios de Filosofía y Teología en Roma participó y coordinó diversas peregrinaciones a Roma de las Academias Dublin Oak y Oaklawn a Roma y los colegios Everest y Northwoods. También colaboró en el Colegio Irish en la catequesis y el ECYD.

Giovanni Malgaroli, L.C.

Tu seguimi!

Non me ne andrò triste.

Anzitutto, Giovanni Paolo II era morto. La cosa mi aveva toccato, anche se in realtà non mi interessava cosa dicesse o facesse. Da quando ero nato lo vedevo lì, in televisione, e questa scomparsa mediatica era una cosa nuova per me. In ogni caso, è stato in quell’anno, 2005, quando le cose sono cominciate a cambiare.

Prima, cioè prima di conoscere Cristo, come tanti altri ragazzi vagavo per la vita senza preoccuparmi di grandi cose. La scuola, sempre sul filo del 6 per passare. La discoteca, d’obbligo al sabato sera. Le partite di calcetto con gli amici, la moto, le vacanze in montagna (meglio se sulla neve), la Playstation. I miei genitori non mi hanno mai fatto mancare niente e io ne ho approfittato per passarmela bene.

La fede… bé, diciamo che era lì, da qualche parte. Non ho mai smesso di frequentare la Messa domenicale, ma non ricevevo l’Eucaristia e non mi confessavo mai. Questa era tutta la mia vita di fede: senza preghiere, senza processioni, senza candele accese… In realtà, a pensarci bene qualche preghiera la facevo prima di addormentarmi: un Padre Nostro, un Ave Maria, una preghiera per i defunti. Niente di più. (Nonostante tale pochezza, la frequenza alla Messa e queste scarne preghiere credo siano state una grazia molto particolare con la quale il Signore non ha voluto che mi allontanassi troppo da Lui).

Nel 2005 stavo cercando di finire l’università, impresa titanica per uno che è sopravvissuto col 6 in pagella. Oramai ero un po’ stufo della routine quotidiana e cercavo qualche uscita dal solito circolo. Anche se era lontana l’idea di una relazione seria, avevo il desiderio di trovare una ragazza con la quale costruire qualcosa insieme.

Ed ecco che dal niente sbuca Aldo, un signore del mio paese che non avevo mai notato. Aldo era costretto sulla sedia a rotelle dalla sclerosi multipla. Una domenica mi vede a Messa e, in qualche modo, chiede a mia madre il favore di domandarmi se un giorno potevo andare a parlare con lui. Come dire di no alla propria madre che ti chiede di andare a parlare con una persona sulla sedia a rotelle? Alla fine, come sacrificio, andai a parlare con Aldo. Aldo mi presentò un sacerdote, così che mi ritrovai a dover parlare non solo con il signore sconosciuto sulla sedia a rotelle, ma pure con un sacerdote sconosciuto! Sicuramente non durò a lungo la chiacchierata; il sacerdote, tuttavia, prima che me ne andassi mi invitò a partecipare a un pellegrinaggio diretto a Medjugorje. Ovviamente rifiutai, così come la seconda volta che mi contattò. Alla terza, qualche mese più tardi, non trovai più scuse e, col pensiero che nei pellegrinaggi di solito ci sono molte ragazze, accettai, senza neanche sapere che cos’era Medjugorje.

Il pellegrinaggio, in effetti, brulicava di ragazze in gamba. Strinsi amicizia con un piccolo gruppo di ragazzi e ragazze che si rivelarono molto speciali. Alla fine l’esperienza fu forte, intensa. Qualcosa era cambiato. Con la scusa di tenermi in contatto con loro, incominciai un modesto cammino di preghiera che, come frutto di tanto bene ricevuto, ci portò a organizzare l’anno dopo lo stesso pellegrinaggio mariano, cercando però di coinvolgere più giovani possibile.

Anche in questa occasione andò tutto nel migliore dei modi; il gruppo si compattò e crebbe in numero e fervore. Maria e la preghiera erano sempre più presenti nelle nostre vite e sempre più al centro della nostra amicizia. Fu Maria chi realmente incontrai in questi pellegrinaggi e lei mi fece conoscere suo Figlio. Naturalmente un po’ alla volta. Fatto sta che 13 mesi dopo il primo pellegrinaggio, tornato dal secondo, mi ritrovai pregando il rosario ogni giorno, leggendo qualche versetto del Vangelo ogni giorno, confessandomi ogni mese e ricevendo l’Eucaristia ad ogni messa a cui partecipavo. La vita sacramentale, il contatto diretto con la Parola di Dio e le nuove amicizie nella fede mi avevano fatto scoprire una vita che non conoscevo. Il vuoto lasciato dai molti piaceri effimeri si era riempito della gioia profonda delle cose belle, tra le quali c’era pure quella persona che sembra fatta apposta per stare con te.

Sinceramente non potevo chiedere di più: una bella relazione che stava crescendo, la macchina, l’università che stava per terminare, amici incredibili, moltissima libertà e una famiglia splendida alle spalle che mi sosteneva in tutto. Eppure, con la pienezza della grazia e delle cose belle, incominciavo a sentire un’inquietudine nuova, un non so ché, quasi un pungolo che sembrava volermi aprire altri orizzonti, senza che capissi quali altri orizzonti ci potessero essere.

Nella preghiera il Signore andava coltivando semi di bene che erano pronti per germinare. In effetti, ordinata un po’ la vita con la frequenza ai sacramenti e con il cuore un po’ più puro, non era strano pensare al bene che si può fare vivendo più coerentemente quanto Gesù propone nel Vangelo. Non solo; la lettura diaria di qualche versetto incominciava ad assumere un colore diverso. Poco a poco, non leggevo più la storia di un libro, ma ascoltavo delle parole rivolte a me.

Maria, nel frattempo, provava a farmi capire che cosa significasse essere amato da Dio e cercare di corrispondergli. Il suo esempio di vita e le dolci parole dei suoi messaggi insistevano nello stimolare il mio cuore, tanto che mi ritrovai pensando che non esisteva solo il matrimonio come progetto di vita, bensì pure la strada della consacrazione, del dare la vita affinché altri potessero incontrarsi a loro volta con Gesù, com’era successo a me.

La prima volta che questo accadde mi lasciò sconvolto e, preso coscienza del pensiero “orribile”, rifiutai subito qualsiasi parvenza di inclinazione per una vita così. Le parole del Vangelo, tuttavia, erano ormai un alimento di cui non potevo farne a meno; la loro dolcezza mi consolava e la loro fortezza mi sosteneva. Arrivò il momento in cui i pensieri sulla possibilità di essere sacerdote ritornavano con frequenza senza che ci potessi far niente. L’inquietudine cresceva e con essa la confusione, dato che anche l’affetto per la ragazza con cui uscivo era cresciuto ed era molto sincero.

Continuavo a pregare, ma cercando di non badare a cosa volesse indicarmi il Signore.  Finché andai con gli amici a Lourdes, un posto a me molto caro per aver ricevuto una grazia speciale di Maria quando ero bambino. All’inizio di una Messa mi venne chiesto di assistere il sacerdote all’altare, lo stesso sacerdote dei pellegrinaggi precedenti. Era da molto tempo che non facevo più il “chierichetto”. Al momento della comunione il sacerdote mi chiese di seguirlo e di sostenere il calice, così da permettergli di distribuire l’Eucaristia sotto le due specie. In quel momento mi resi conto della grazia incredibile di poter offrire agli uomini l’alimento per la vita eterna, il pane di vita, Cristo stesso che si dona.

Era definitivamente giunto il momento di fare chiarezza e decidere davvero che cosa fare della mia vita. Mi convinsi di concedere a Gesù un tempo per parlarmi ed ascoltarlo, un tempo che fosse effettivamente un tempo per Lui e non solo qualche preghiera giornaliera. Fu così che, col desiderio di trovare risposte e con la viva speranza che tutto questo fosse solo un “disagio” passeggero, parlai con quel sacerdote dello stato in cui mi trovavo. Lui mi invitò ad un corso di discernimento vocazionale, cioè un periodo di un mese in cui, in un atmosfera di raccoglimento, le attività del giorno sono indirizzate a conoscere meglio il Signore e a dargli la possibilità di parlare “chiaro”.

Per l’ennesima volta Gesù mi rivolgeva queste parole: «Gesù fissò lo sguardo su di lui, lo amò e gli disse: “Una cosa sola ti manca: va’, vendi quello che hai e dallo ai poveri, e avrai un tesoro in cielo; e vieni! Seguimi!”.» Ma soprattutto quelle che seguono: «Ma a queste parole egli [il giovane ricco] si fece scuro in volto e se ne andò rattristato; possedeva infatti molti beni» (Mc 10,21-22). Gesù mi diceva “seguimi!” e io l’unica cosa di cui ero certo era che non volevo andarmene triste!

L’esperienza fu splendida, intensa, certamente diversa da qualsiasi altra. Oramai sapevo cosa voleva Gesù da me; sapevo pure cosa avrei dovuto fare, ma c’erano di mezzo la ragazza, gli amici, la famiglia, le mie cose. Come dirglielo? Come lasciare tutto?

Non ho idea di dove abbia trovato la forza o il coraggio per fare il salto nel vuoto. O meglio, so che è stata pura grazia di Dio! Alla fine, tra le molte lacrime, il disorientamento generale – sia mio che di amici e parenti – un po’ di incoscienza, presi la decisione di seguire Gesù nel modo che Lui mi indicava. Entrai così nella Legione di Cristo, nella quale chiedo a Dio la grazia di donare la mia vita per la conversione dei cuori e la salvezza delle anime.

Per il Regno di Cristo alla Gloria di Dio.

giovanniGiovanni Malgaroli è nato il 27 novembre 1982 ed è vissuto a Lesa (No) fino all’entrata in seminario. È il secondo di tre fratelli. Mentre finiva la Laurea Triennale in Filosofia presso l’Università degli Studi di Milano, il 15 settembre 2007 è entrato nel noviziato della Legione di Cristo a Gozzano (No). Due anni più tardi ha emesso la sua prima professione religiosa. Dopo un anno di Studi Umanistici a Salamanca (Spagna), ha trascorso due anni a Roma ottenendo la Licentia Docendi in Filosofia. Nel 2012 si è trasferito a Monterrey (Messico) per il tirocinio apostolico presso l’Istituto Irish. Nel settembre dello stesso anno ha emesso la professione perpetua dei consigli evangelici. Nel 2013 è tornato a Roma per iniziare gli studi di Teologia che ha terminato tre anni più tardi. È stato ordinato Diacono il 16 aprile 2016 a Gozzano (No) da Mons. Franco Giulio Brambilla, vescovo della diocesi di Novara.

Durante i suoi anni a Roma ha fatto parte dell’equipe della Segreteria Generale e il suo primo ministero sacerdotale lo vedrà impegnato come Segretario Generale dell’Ateneo Pontificio Regina Apostolorum a Roma.

Javier Delgado, L.C.

Dar a Cristo a los demás

Recuerdo mis primeras Megamisiones. Era la misa del Jueves Santo. Me tocó repartir la comunión por primera vez en mi vida y me impresionó la humildad del Señor de ponerse en mis manos para poder llegar a su pueblo. Ese día comprendí qué era lo que el Señor había puesto en mi corazón desde niño: dar a Cristo a los demás. Comprendí que eso era ser sacerdote: traer a Cristo a mis manos y, como ministro suyo, hacerlo llegar a las almas.

Soy Javier Delgado, LC. Nací en Irapuato, México en 1986. Entré a la apostólica – el seminario menor de la Legión – a los 12 años en León. Hoy en día veo niños de esa edad y me pregunto realmente cómo fueron capaces mis padres de darme permiso para irme de casa a tan pequeño. Doy gracias a Dios por la fe de mis padres que supieron dejarme salir de casa tras la llamada de Cristo.

¿Cómo se dio esta llamada? Con toda sencillez. Entre los 7 u 8 años, típica edad en la que los adultos preguntan a los niños qué quieren ser de grandes, me di cuenta que me importaba poco qué iba a ser de grande, me atraían muchas cosas. Sin embargo, una cosa tenía clara, hiciera lo que hiciera, quería dedicarme a dar a Cristo a los demás.

Cuando el Papa Francisco recuerda su infancia suele hablar de su abuela. Yo le debo mi vocación también, en parte, a mis abuelos. Cuando era pequeño me atraía mucho lo que ellos hacían. Me entusiasmaba que, en medio de sus quehaceres habituales, dedicaran gran parte de su tiempo a dar catecismo a los niños, a organizar la Hora Santa en mi Colegio, a llevarnos a los nietos a misiones. Fue en unas misiones con ellos cuando por primera vez me tocó dar una catequesis a niños y organizarles juegos. Recuerdo el gozo interior que el Señor me permitió sentir al final de ese día, el gozo de haber hablado de Jesús.

Esto que me atraía de mis abuelos lo encontré plenamente en el ECYD. A los 10 años entré con mis amigos al Club Faro. Veía en mi responsable del ECYD lo que yo quería ser. Y no sólo por sus cualidades humanas, sino sobre todo porque nos explicaba el Evangelio de manera convincente, aterrizada y atractiva. Si me preguntaba a mí mismo qué quería ser, respondía: ser responsable del ECYD.

De alguna manera Dios ya había sembrado la semilla de mi vocación en esos años. No pensaba en ser sacerdote sino en ser responsable del ECYD, pero en marzo de 1998 en mi retiro de incorporación al ECYD el Señor se encargó de hacerme ver lo que Él quería. El retiro lo predicó el P. Eugenio Martín. Recuerdo el momento en el que, oyéndolo predicar de Cristo, sentí en mi interior la llamada de Dios a ser Legionario. Sentí que tenía que dedicar toda mi vida a predicar a Cristo como ese sacerdote. Sentí que Dios me decía, como empujándome, que me quería así. Ese día en la noche me confesé y le dije al padre que sentía que Dios quería que fuera Legionario de Cristo. Recuerdo que en la acción de gracias después de la comunión del día de mi incorporación me quedé mirando largo rato el Cristo crucificado de la capilla donde estábamos. Fue cuestión de pocas semanas para que todo quedara arreglado. Para mí fue algo muy sencillo y es aquí donde vuelvo a recordar la fe de mis padres que en ningún momento me cuestionaron sino que me creyeron y me apoyaron. Ese verano de 1998 entré a la apostólica de León.

De mis años como apostólico recuerdo con especial cariño y ternura a la Santísima Virgen, mi madre que en todo mi camino de formación me ha acompañado y sostenido con su presencia siempre humilde y discreta. Los formadores en la apostólica nos invitaban continuamente a visitarla en la gruta de los jardines. Poco a poco, en esas visitas aprendí a refugiarme en María. Esta cercanía con María se acrecentó de manera especial cuando a los 14 años me pidieron ir a la fundación de la apostólica de Venezuela. Fueron años difíciles, de purificación de mis intenciones en el seguimiento de Cristo. Al inicio veía la fundación de Barquisimeto como una aventura y con cierto idealismo adolescente. Sin embargo, una vez allí y con el pasar del tiempo, me fui quedando cada vez más con lo esencial de mi vocación: Cristo. Recuerdo que algunas noches me iba a rezar y a llorar a los pies de un cuadro de la Virgen de Guadalupe que teníamos en la apostólica. Le pedía que me cubriera con su manto, lo que aprendí de mi madre que al darme la bendición siempre me decía: “Que Dios te bendiga y te haga un santo, y que la Santísima Virgen te cubra con su manto azul lleno de estrellas”.

Antes de entrar al noviciado tuve una fuerte crisis. El verano antes de entrar estuve casi un mes en mi casa pues llevaba casi un año sin ver a mi familia por estar en Venezuela. En ese período de verano se me enfrió el corazón por abandonar la oración. A pocos días de terminar la visita familiar hablé con mi padre y le dije que estaba pensando no volver al seminario. Recuerdo que me recomendó no tomar la decisión de dejar la Legión sin volver a la apostólica y hablar con mi superior exponiéndole los motivos. Volví a la apostólica con mi crisis y esos meses fueron una lucha en la oración y en la dirección espiritual. Aprendí en esos momentos aquello que dice San Ignacio en sus ejercicios, que los momentos de turbación y tentación no son adecuados para tomar decisiones. Esta lección me ha acompañado por toda mi vida pues uno pasa por momentos en los que la sensibilidad le traiciona, también la racionalidad, y la solución no está en dejarse llevar por lo que siento o pienso, pues más cierto que todo ello es la fidelidad de Dios.

Del noviciado recuerdo un momento especial de gracias en mi segundo año, poco antes de la profesión. Ese día había ido a visitar a la familia de un chico que quería entrar a la apostólica. Al terminar de cenar el sacerdote con el que iba se levantó de la mesa junto con los padres de familia del chico para hablar a solas. Yo me quedé a la mesa con el chico y sus dos hermanas, las dos de mi edad. Una de ellas comenzó a interrogarme sobre mi vocación y a decir que, si salía de la Legión, seguramente encontraba novia rápido, que ella sería la primera. La otra la paró en seco, gracias a Dios. Ese día en la noche llegué al Sagrario con muchos interrogantes, sobre todo, con el corazón removido. Me di cuenta de que fuera de la Legión y del sacerdocio la opción de formar una familia era real. Le dije al Señor que, si quería que yo fuera feliz; y que, si era omnipotente, por qué no cambiaba sus planes sobre mí, en vez de tener que yo cambiar los míos por los suyos. Sentí en mi interior que me respondía: Javier, si quieres yo cambio mis planes por los tuyos, pero si lo que quieres es ser feliz, he pensado para ti el sacerdocio en la Legión. Lo que yo quiero, aunque te cueste, es el camino verdadero de tu felicidad. Esa noche la recuerdo como un pequeño Getsemaní pues aprendí a decir con Cristo: “Padre, si es posible, pase de mi este cáliz, pero no se haga mi voluntad sino la tuya” (Mt 26,39).

El período de formación de las prácticas apostólicas lo hice en Mérida, Yucatán, con los chicos del ECYD. Regresar al ECYD fue uno de los regalos más grandes que he recibido, fue respirar de nuevo el aire del inicio de mi vocación. Recuerdo mis primeras Megamisiones en un pueblo entre Campeche y Yucatán llamado Paraíso. Era la misa del Jueves Santo. Estaba sentado entre los misioneros, tratando de escuchar la Misa. Había algunos misioneros un poco inquietos. Mientras estábamos cantando el Cordero de Dios, el párroco volteó a verme y me llamó. Inmediatamente pensé que algo malo estaba pasando, que querría que pusiera en orden a los chicos, se me pasaron mil opciones por la cabeza… cuando llegué al altar, no me dijo nada; sólo me dio el copón lleno de hostias y su bendición. No me lo podía creer. Empecé a repartir la comunión por primera vez en mi vida y me impresionó la humildad del Señor de ponerse en mis manos para poder llegar a su pueblo, y su humildad de entrar en nuestras bocas. Jesús en la Eucaristía entra en cualquier boca: bocas resecas, bocas tristes, felices, sin dientes, de niños, de adultos… Ese día comprendí qué era lo que el Señor había puesto en mi corazón desde niño: dar a Cristo a los demás. Comprendí que eso era ser sacerdote: traer a Cristo a mis manos y, como ministro suyo, hacerlo llegar a las almas.

No fueron años fáciles. Me tocó salir a las prácticas apostólicas en verano de 2008, pocos meses antes de que se hiciera pública la doble vida de nuestro fundador. Recuerdo que el día antes de que saliera la noticia mi superior me llamó para decirme cómo estaban las cosas. Después de hablar con él me fui a la capilla de la casa y me pregunté a mí mismo: ¿Tú por quién estás aquí? Me puse a hablar muy sinceramente con Cristo y a hacer memoria de por qué había entrado a la Legión y le dije que estaba aquí por Él, porque Él me había llamado y que le renovaba mi consagración. Tomé la resolución de irme al Colegio inmediatamente para hablar con mis responsables del ECYD antes de que la noticia les llegara por otros medios. Quería que los responsables tuvieran claro por quién estaban en el ECYD. Sostener a otros en esos momentos fue lo que más me sostuvo a mí mismo.

En noviembre de 2009, me tocó la gracia de ir a Madrid para unas reuniones sobre el ECYD. Fueron para mí una gracia muy especial. Estaba empezando a cansarme del trabajo con adolescentes. Tenía una fuerte sensación de dispersión en medio del cúmulo de actividades y fastidiado un poco por los chicos. Esos días en Madrid me di cuenta de que tenía que hacer lo mismo que Cristo estaba haciendo conmigo y hace con todos los hombres. Él no se desespera de nosotros, nos tiene en el centro de su Corazón y sale a buscarnos allí en donde estamos, aprovechando cualquier oportunidad, para despertar nuestra sed de eternidad, nuestro deseo de encontrarnos con Él. Esos días tuve la oportunidad de encontrarme con Cristo Eucaristía de una manera muy especial; y la otra gracia de esos días fue el encuentro con mis hermanos y hermanas en el Movimiento.

Una noche, a mitad de las reuniones, estaba reflexionando en lo que era un verdadero encuentro y metido en esas reflexiones entré a la capilla a rezar. Decidí no encender la luz y ponerme sólo delante de Cristo. Quería encontrarme con Él. Dejé mis reflexiones y empecé a contarle al Señor cómo me encontraba, a sacar mis verdaderas preocupaciones, mis anhelos, mis complejos. Decírselo al Señor me hizo llorar mucho, pero a la vez esas lágrimas son las que sostienen en la prueba, son lágrimas derramadas frente al Señor de todo consuelo. Experimenté lo que es abrirle el corazón al Señor y dejar que ungiera con aceite mis heridas. A partir de ese día decidí no pasar un solo día sin ponerme “en verdad” delante del Señor.

Esos días en Madrid fueron para mí la primera experiencia de encuentro con el Regnum Christi en pleno: consagrados, consagradas, laicos y legionarios. Puedo decir que desde entonces me he vuelto “adicto” de nuestra familia. Quizás hoy en día ya sea algo normal, pero hace siete años no lo era. Le agradezco a Dios inmensamente por ese don, por haber podido palpar la realidad de mis hermanos y hermanas en el Movimiento, que pasábamos por momentos especialmente difíciles. Esa experiencia de vivir el Movimiento y las que han venido después han sido para mí una luz en mi identificación con mi vocación legionaria. He releído mis notas de esos meses y encontré una oración que decía: “Señor, no permitas que vaya a olvidar estas experiencias RC que me han marcado como LC. No puedo concebirme legionario sin el Regnum Christi”.

Los últimos años de formación en Roma han sido un período muy hermoso en el que el Señor ha ido limando aristas, purificando y bendiciendo. Empecé diciendo que entré a la Legión para dar a Cristo a los demás. En realidad, en la Legión y el Movimiento he recibido a Cristo por medio de los demás. Lo que más deseo es continuar esta cadena de gracia por la cual el Señor me ha bendecido en primera persona. Sé que como sacerdote me hace ministro de su gracia. Pido tus oraciones para que mi corazón esté siempre lleno de Cristo y así pueda darlo a los demás.

Dice el Papa Benedicto en la Deus Charitas est que uno puede saciar la sed de Dios que tienen los demás y convertirse en fuente de amor sólo en la medida en que beba de la fuente originaria que es Cristo. Esto es lo que pido para mi sacerdocio, que mi sed de Dios sea cada día mayor, mi búsqueda de su rostro cada día más intensa; para que la sed que los hombres tienen de Dios encuentre eco profundo en mi corazón y no quiera sino darles “Agua viva” (Jn 4,10).

Le pido al Señor que en estos próximos años sigamos confiando en Él y sigamos construyendo el Movimiento: una familia unida por la fe en Cristo, acrisolada en el dolor junto a nuestra Madre dolorosa, con el corazón encendido por el amor a Cristo y el deseo de que Él reine en el corazón de todos los hombres. Cristo Rey Nuestro, ¡venga tu Reino!

Javier DelgadoEl P. Javier Delgado, L.C., nació en Irapuato, México en 1986. Entró a la Legión a los 12 años de edad. Hizo su primera profesión de votos a los 18 años en Monterrey. Estudió la licenciatura en filosofía y el bachillerato en teología en el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum. De 2008 al 2011 fue director del ECYD de la Ciudad de Mérida Yucatán, e instructor de formación del Colegio Cumbres de la misma ciudad. Del 2011 al 2016 colaboró en el área de apostolado de la dirección general de los Legionarios de Cristo. Su primer ministerio como sacerdote será en la ciudad de Barcelona como director del ECYD, capellán e instructor de formación del Colegio Santa Isabel.