Carlos Zanatta, L.C.

Enséñame a hacer tu voluntad, porque tú eres mi Dios; tu buen Espíritu me guíe a tierra firme. (Sal. 143, 10)

¿Nunca te has preguntado qué es lo que verdaderamente vale la pena en la vida? Esa pregunta estuvo dando vueltas por mi cabeza durante algunos años. Dios que la había puesto en mi interior se encargaría de darle respuesta a su tiempo. Déjame que te cuente como sucedió todo.

Pasaban los días uno tras otro y cada mañana, camino al trabajo en una planta automotriz, al pasar entre las interminables líneas de producción de autos, surgían siempre las mismas preguntas; ¿Para qué tanto coche? ¿Quién los compra? ¿Alguna vez será suficiente? En el fondo estaba criticando el materialismo reinante en este mundo.

Estas preguntas y muchas más, invariablemente desembocaban en una misma pregunta: ¿Qué es lo que verdaderamente vale la pena en esta vida? No lo sabía todavía, pero mi alma tenía sed de infinito, de eternidad y por ello no encontraba una respuesta en el materialismo que me rodeaba.

Esta pregunta surgió en mí, poco a poco. Creo que tuvo que ver con un episodio en mi vida en el cual casi pierdo la vida, un incidente de carretera. Sucedió todo muy rápidamente. Ante lo que parecía una muerte inminente, pasaron en un instante delante de mí todas las personas que más amaba, una por una y, al final, un sentimiento de que no podía acabar todo ahí, que me faltaba tanto por hacer. Todo esto en un instante. Recuerdo que una vez pasado todo esto, reflexionando con calma lo que había pasado, tuve el presentimiento de que Dios tenía para mí grandes planes, pero nunca me imaginé cuan grandes.

Sobrevivir a una experiencia así no te puede dejar indiferente, te hace cuestionarte muchas cosas sobre la propia vida: cómo la estoy aprovechando, para qué estoy aquí, qué sentido tiene mi vida, etc. Eran muchas preguntas las que me venían a la mente, pero poco a poco fui encontrando la pregunta que lo resumía todo, la más importante: ¿Qué es lo que verdaderamente vale la pena en esta vida? O dicho de otra forma ¿Qué es lo que da la felicidad en esta vida?

Al menos tres años me llevó contestar esa pregunta y la respuesta llegó poco a poco, después de muchos momentos de reflexión. Yo tenía la certeza de que Dios me amaba. Desde que recuerdo, siempre me he sentido un consentido de Dios. Ahora bien, pensaba yo, si Dios me ama, quiere lo mejor para mí, y seguramente será lo mejor para mí, pues Dios no se puede equivocar. Por lo tanto, lo que realmente me va a hacer feliz es la voluntad de Dios en mi vida. Por mucho tiempo creí que era yo solo quien había llegado a esta respuesta, hoy sé que detrás de todo ello se encontraba el Espíritu Santo que con maestría y paciencia me llevaba por el buen camino.

Así que me dediqué a buscar la voluntad de Dios en mi vida, pero ¿Dónde la podría encontrar? La respuesta era fácil, en mi fe. De este modo comencé por retomar muchas cosas de mi fe que poco a poco había olvidado, no por rechazo a esta, sino simplemente porque me había dejado llevar por los afanes de la vida. Sin darme cuenta era la semilla entre los espinos, me había convertido en aquella porción de los hombres que acogen la palabra de Dios, pero los afanes de este mundo habían ahogado la palabra de Dios en mi alma.

Empecé a recuperar el tiempo perdido: acudía con frecuencia al Catecismo, cuando se decía algo en contra de la Iglesia en los medios investigaba al respecto, preguntaba a quien conocía mejor que yo la fe católica, etc. Poco a poco me fui enamorando de mi fe y, en el proceso, también fui acercándome a los sacramentos. No lo podía saber en aquel momento, pero Dios estaba preparando el terreno para lo que vendría después.

Hacia el final de este camino de regreso al padre, a modo del hijo pródigo, recibí una invitación a una convivencia en el noviciado de los legionarios de Cristo en Monterrey, con el propósito de visitar a mi hermano que en esa época se encontraba ahí. La verdad, no estaba convencido de querer ir, pero dije que sí a la invitación como una forma rápida de salir de esa situación incómoda, a fin de cuentas, pensaba, en seis meses ya nadie se acordaría de que había sido invitado. Pero no fue así.

Llegó el mes de diciembre y con él, la convivencia. Habían pasado varios meses desde la invitación y sin embargo esta no había caído en el olvido. Ahí estaba yo, en una convivencia vocacional sin saber cómo había sido.

En la primera plática aprendí que era la vocación. La segunda plática fue la más decisiva, el tema era el llamado. Durante esta, me di cuenta que probablemente Dios me estaba llamando a seguirle más de cerca. Con el paso de los años he podido ver con maravilla cómo Dios me fue llevando de la mano esta época de mi vida.

Él me había estado preparando durante años para esos días de convivencia, con paciencia había preparado el terreno para que su llamado cayera en tierra fértil, poco a poco me había enseñado que él no quiere otra cosa que nuestra felicidad y que todo lo que nos presenta como su voluntad, no tiene otro fin.

Lo que pasó ese día de convivencia, en aquella plática fue que dos líneas se intersectaron; la primera me preparó a buscar y aceptar la voluntad de Dios en mi vida, la segunda me mostró cuál era lo que Dios quería para mí. Al final de la convivencia sabía que tenía que ir al candidatado en el verano, para profundizar en lo que Dios parecía que me estaba pidiendo. Mientras llegaba ese momento, la vida en la Sección me ayudó a mantenerme en la decisión surgida durante la convivencia.

El candidatado en el noviciado de Monterrey fue un momento importante que me ayudó a confirmar, con ayuda del director espiritual, el llamado que Dios me estaba haciendo. Sin embargo, el candidatado no era el final del camino, más bien era el comienzo de un camino de maduración en mi vocación, en la que cada etapa cursada ha aportado lo suyo.

Cursé el noviciado y las humanidades clásicas en Salamanca España. Un tiempo de muchas gracias pero también dificultades. Fue un periodo en el que conocí en profundidad el amor de Cristo y a la Legión.

Al finalizar los estudios humanísticos comenzó el periodo de filosofía. Tuve la gracia de estar esos años en la Dirección General, viviendo de cerca la primera etapa del proceso de renovación de la Legión. Digo que fue una gracia porque el vivirlo de manera tan cercana me dio seguridad que a pesar de la tormenta que rodeaba a la Legión, la barca llegaría a buen puerto.

Las prácticas apostólicas que siguieron a la filosofía, fueron un respiro del ritmo intenso que supone conjugar estudio y apostolado a la vez. Si algo tengo que agradecer a Dios de este periodo es la comunidad que me acogió ese par de años y la oportunidad de transmitir el amor de Dios que yo había recibido.

El regreso a la teología significó el comienzo de una preparación más próxima al sacerdocio. Este ya no era una realidad tan lejana, los ministerios, los ejercicios de mes y la profesión perpetua eran como los escalones que subían al presbiterio. Los años de teología fueron de maduración en mi vocación sacerdotal y religiosa, de crecimiento en la vida espiritual y de un mayor amor a Dios. Son años que miro con profunda gratitud por los dones recibidos.

Recibí el don de la ordenación diaconal el 14 de mayo de 2016, en el Centro de estudios superiores de los legionarios de Cristo en la ciudad de Roma.

Actualmente realizo mi labor apostólica en varias ciudades de la zona fronteriza entre México y Estados Unidos, en el ECYD y en las secciones del movimiento Regnum Christi. La misión encomendada nos sobrepasa, pero las palabras de Jesús nos reconfortan: «la mies es mucha, pero los obreros pocos; rogad, por tanto, al Señor de la mies que envíe obreros a su mies». Somos simples instrumentos de Dios trabajando en su mies, él es quien la riega y le da la luz necesaria para que dé fruto. Espero que estas líneas te ayuden y te pido una oración para ser siempre fiel instrumento de la voluntad de Dios en mi ministerio sacerdotal.

Carlos ZanattaEl P. Carlos Zanatta es originario del estado de Veracruz en México. Estudió Ingeniería Mecánica, profesión que desempeñó por un tiempo hasta su entrada a la Legión de Cristo en el año 2006. Cursó el noviciado en Salamanca España, al igual que las humanidades clásicas. Posteriormente cursó el bachillerato de filosofía en Roma como miembro de la Dirección General, entre los años 2009 y 2011. Realizó mis prácticas apostólicas en Torreón y Durango como instructor de formación y posteriormente como reclutador vocacional. En el 2013 regresó a Roma para proseguir sus estudios de teología, nuevamente como miembro de la Dirección General. Actualmente el P. Carlos realizo su ministerio en ambas partes de la zona fronteriza entre México y Estados Unidos, con grupos de adolescentes y jóvenes.

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