Alfredo G. Hernández, L.C.

Lo esencial es invisible a los ojos.

Los grandes y pequeños misterios, los grandes y pequeños momentos de Gracia – siempre unidos a los momentos de debilidad –, los pequeños arranques de generosidad… han sido y son en buena parte invisibles. Son, sin embargo, los que me definen hoy. No soy sino un tejido de misericordias, de pequeñas y grandes misericordias y bondades del Señor, que se han ido entrelazando en lo que va de mi vida.

Cuantas veces he intentado descubrir en mi vida el momento concreto de la llamada de Dios o un momento concreto donde haya respondido de manera clara y definitiva, tantas veces me he tenido que rendir. No me ha sido posible, y no me es posible ahora, identificar el día y la hora en la que el Señor me dijo «Sígueme». Y es que siento esta llamada como algo eterno… que me encontré ya ahí, desde mi primera infancia; una llamada que ha ido madurando hasta hacerse certeza y una respuesta que, en sus altibajos, ha sido constante. Así como un platillo que se concina a fuego lento, o como el cabello que crece imperceptible pero constantemente, o como las olas del mar que sin grandes sobresaltos van erosionando la roca, así contemplo la historia de mi vocación.

«Lo esencial es invisible a los ojos». Los grandes y pequeños misterios, los grandes y pequeños momentos de Gracia – siempre unidos a los momentos de debilidad –, los pequeños arranques de generosidad… han sido y son en buena parte invisibles. Son, sin embargo, los que me definen hoy. No soy sino un tejido de misericordias, de pequeñas y grandes misericordias y bondades del Señor, que se han ido entrelazando en lo que va de mi vida.

«Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir» (Jer…..). Antes de narrar algunos hechos autobiográficos, quiero afirmar con fuerza, como dice el Profeta Jeremías, que ha sido Dios el que ha tenido la iniciativa en todo este camino. Él – así lo creo firmemente – sembró en mi corazón desde niño el deseo de servirle; Él me ha acompañado en las planicies, en las honduras y en las alturas; Él me ha sostenido cuando flaqueaban las fuerzas; Él ha ido, poco a poco, conquistando mi corazón y transformándolo cada vez más en imagen del Corazón de su Hijo Jesucristo. Todo es obra suya y a mí me queda sólo el mérito – que por lo demás es también don suyo – de dejarme seducir.

Nací en la ciudad de Toluca, Edo. de México, en 1985. De mi primera infancia guardo el recuerdo de una familia feliz. Un lugar especial en mi memoria lo ocupa la Parroquia de San Carlos Borromeo y la Capillita de los Dolores: en estas Iglesias aprendí, en buena parte de mano de mi abuelita, a amar a Jesús y a María y tuve mis primeras clases de catecismo. Hice mi Primera Comunión con sólo seis años. Mientras los demás niños querían ser bomberos o astronautas, yo quería ser Papa… tal cual.; incluso le escribí una cartita a San Juan Pablo II pidiéndole un consejo para serlo. Más allá de lo anecdótico, el deseo de ser Sacerdote me lo encontré ya ahí, en mi corazón, desde que me acuerdo. La vivencia en casa de una fe sencilla, con devociones bonitas – recuerdo especialmente los rosarios y el ofrecimiento de flores los meses de mayo, o la velita y oración a la Divina Providencia los primeros días de cada mes – fueron haciendo que, para mí, fuera perfectamente natural vivir en clave de Dios. No puedo no mencionar la participación de mis papás en el patronato pro-construcción de la hoy Parroquia de la Santísima Trinidad, muy cerca de nuestra casa; «edificar la Iglesia» es una metáfora bíblica cuyo sentido profundo comprendí vivencialmente desde chico, instalado el equipo de sonido, tocando la campana, sirviendo como monaguillo.

El fin de mi niñez lo marcó la decisión de mi papá de continuar su vida alejado de nuestra familia. No puedo, al respecto, no hacer mención y agradecer con toda mi alma a mi mamá, a mis abuelos paternos y a toda la familia – en especial a mis tíos y tías – que me ayudaron a asimilar sin mayores traumas la pérdida y que me enseñaron a perdonar y a nunca guardar ni rencores ni odios. Nunca le he oído a mi mamá una palabra negativa sobre mi papá, a pesar de que ella fue la que tuvo que pagar, en buena parte, los platos rotos. Los cambios en la vida y hábitos que implicó esta situación no fueron pocos, pero también detrás de estos acontecimientos estaba el Señor que me iba preparando y enseñando tantas cosas… Tenía 10 años.

Quizá a raíz de esto se acentuó mucho mi concepción de la familia en sentido amplio: sin duda los tres – mi mamá, mi hermano Juan Pablo y yo – éramos el núcleo y son para mí mi todo, pero mis lazos de afecto y cercanía para con el resto de la familia se fortalecieron mucho: mis tíos han sido y son importantísimos para mí y mis primos – cada uno de ellos – es para mí un hermano.

Los dos últimos años de primaria estudié en el Instituto México de Toluca, de los Hermanos Maristas, y en estos años entré en contacto también con el Regnum Christi. De mano de mi tía Ele conocí y me fui integrando cada vez más con el ECYD de Toluca que en esos años estaba naciendo. Sería muy largo contar las experiencias de esos años en el ECYD – en especial gracias al apostolado y los sacramentos – que me fueron preparando cada vez más a dar un paso decisivo: salir de casa.

El día en que conocí el Centro Vocacional me dije: «de aquí soy»: encontré en el Ajusco el lugar que buscaba para seguir cuanto antes el deseo profundo de mi corazón de ser Sacerdote. No fue fácil obtener el permiso de mi mamá en un primer momento, como es perfectamente comprensible; sin embargo el Señor se fue encargando de ir allanando el camino y pude ingresar al Centro Vocacional en agosto de 1998.

Mi vida en el Centro Vocacional, como la de cualquier buen adolescente estuvo llena de altibajos. Sin embargo las experiencias de esos años y el conocimiento cada vez mayor de la legión y de la vocación sacerdotal suplen con creces las dificultades que pudo haber habido. ¡Cuántos amigos de esos años! ¡Cuántos sacerdotes y formadores que con paciencia fueron ayudando a sacar lo mejor de mí mismo! Tuve la oportunidad de transcurrir un año en el Centro Vocacional de Gozzano, en Italia: una de las experiencias más enriquecedoras – en todos los sentidos – que he tenido.

Tras cuatro años en el Centro Vocacional tomé la decisión de ingresar al Noviciado de la Legión de Cristo. En realidad el ingreso al Noviciado no implicó para mí un gran discernimiento: fue el paso natural de un camino de seguimiento del Señor sin grandes sobresaltos. Estos dos años en Santa María de la Montaña fueron, sin embargo, complicados espiritualmente, lo que me obligó a realizar un discernimiento serio no ya de la autenticidad de la llamada de Dios – de la que nunca he tenido duda – sino de mi voluntad y de mi capacidad para seguirla. Estos años fui aprendiendo que elegir es renunciar y que renunciar a personas, a experiencias y a cosas no es nada fácil. Gratificante sí, pero no fácil. Agradezco a mi Instructor, P. Jorge Fernández, y a mis Asistentes, su ayuda en este período al final del cual pude dar con mayor conciencia el paso siguiente: la Profesión Religiosa.

De mi período de estudios, tanto en Salamanca, como las dos estancias en Roma, podría escribir varias páginas con experiencias y anécdotas de todo tipo, pero no me parece éste el lugar adecuado. El período de estudios sirve para eso: para estudiar, para prepararse y para ir madurando la propia vocación y el deseo de entrega. De todos los aspectos que podría comentar únicamente quiero hacer mención de uno: en estos años he tenido – y conservo – numerosas amistades que son, en verdad, un gran tesoro. Con muchos de estos hermanos y amigos he caminado muchos años juntos. No puedo sino agradecer mucho a Dios N. S. por cada uno de ellos: algunos son sacerdotes, con otros me ordenaré este diciembre, algunos estudian sus últimos años de teología y otros más han optado por otros estados de vida. Por cada uno doy gracias a Dios.

Un pequeño párrafo sobre mis prácticas apostólicas: a pesar de los años turbulentos en que me tocó hacer las prácticas (2008 – 2011) puedo afirmar que fueron una maravilla. La Comunidad en la que viví, en Aguascalientes, estaba formada por padres y hermanos de los que guardo muy buenos ejemplos; de uno de los padres de la comunidad, el P. Ignacio Buisán, me decía frecuentemente así quiero ser cuando sea sacerdote. Mi trabajo, en la Gira Vocacional fue otra maravilla: Dios me bendijo con excelentes compañeros (el P. Rodrigo, Federico y Adrián), con muchas familias a las que aprecio mucho, y con muchos frutos apostólicos. La gran enseñanza de estos años se podría decir que es la experiencia de la paternidad: me tocó ayudar y acompañar a muchachos y familias a descubrir el querer de Dios para ellos y el Señor hizo crecer mi corazón y querer de verdad a cada uno de mis muchachos.

Los últimos años de mi preparación para emitir mi Profesión Perpetua se vieron envueltos en los escándalos que sacudieron a la legión a partir de 2008. Gracias a Dios, al apoyo de mi comunidad estas situaciones no me afectaron mucho personalmente y continué con mi trabajo apostólico incluso con más ganas, consciente de la necesidad de sumar todo lo posible desde mi puesto de trabajo. Paradójicamente esta situación vino a afirmar mi vocación o, mejor dicho, mi voluntad de seguirla: pasaba por un momento de crisis cuando todo explotó y la contemplación de las necesidades que tenía la legión – que tanto había hecho por mí – terminó por archivar los debates internos en torno a mi ¿quiero o no quiero?

Hice mi Profesión Perpetua el 15 de septiembre de 2010, con la conciencia plenamente convencida de lo que hacía: me consagré por entero al servicio del Señor en la legión de Cristo de por vida. Quiero recalcar esto: profesé con mucha fe en Dios y con una confianza grande en la Iglesia y en la legión; pero con plena conciencia y convencimiento personal de lo que hacía… a pesar de que muchos se hayan empeñado en negar el valor o la autenticidad subjetivas de las profesiones hechas en ese período.

Mi regreso a Roma y los últimos años de estudios fueron de luchas intensas en muchos ámbitos. El tema vocacional lo tenía resuelto, gracias a Dios, pero otra serie de dificultades personales y comunitarias le dieron color e intensidad a estos años. Sólo puedo decir que Dios bendice y que bendice mucho. Dios nunca te deja y tiene la mano extendida para tomar la tuya cuando, como Pedro, medio hundido, le gritas: ¡sálvame Señor! De entre las bendiciones que Dios me regaló estos últimos años le agradezco especialmente la persona de mi Padre Espiritual. P. Benjamín: muchas gracias por todo y bien sabes, padre, todo lo que hay detrás de ese todo.

Muchas gracias también a mis compañeros, en especial a los de la Generación, a mi Superior y a mis Formadores de estos últimos años.

Recibir las Sagradas Órdenes es una Gracia inmensa. Es un Don, no un premio ni una ceremonia de graduación al final del ciclo de estudios. Ser ministro de Jesucristo in aeternum es, también, una responsabilidad superlativa. Soy consciente de mi debilidad y de mis muchas carencias; pero hace relativamente poco descubrí que no hay que ser perfectos: hay que trabajar cada día para ser mejor, hay que ser constante en el esfuerzo de cada día por ser cada vez más de Cristo y menos de mí mismo, por poner cada vez más a Cristo al centro de mi vida.

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El P. Alfredo G. Hernández Herrera, LC nació en Toluca, Edo. de México, el 29 de julio de 1985. Procedente del ECYD, ingresó al Centro Vocacional del Ajusco, en la Ciudad de México, en el verano de 1998 y al Noviciado de Monterrey en septiembre de 2002. Realizó su Primera Profesión religiosa el 29 de agosto de 2004 y su Profesión Perpetua el 15 de septiembre de 2010. Estudió humanidades y ciencias en Salamanca, España, y filosofía y teología en el Ateneo Regina Apostolorum en la ciudad de Roma. Es licenciado en filosofía. Realizó sus prácticas apostólicas
entre los años 2008 y 2011 colaborando con la pastoral vocacional de la diócesis de Aguascalientes y como promotor vocacional de la legión de Cristo en Aguascalientes y Zacatecas. El P. Alfredo desempeña su ministerio en la ciudad de Guadalajara, Jal., colaborando en el Instituto Cumbres San Javier y en la sección de jóvenes del Regnum Christi en dicha ciudad.

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