Category Archives: Uncategorized

Juan Pablo Najera, L.C.

Juan Pablo: 1 ― Dios: 70 X 7 y contando

Les presento mi vida en un marcador: Juan Pablo: 1 ― Dios: 70 X 7 y contando. En realidad, yo tendría que estar en números negativos, pero Dios me ha perdonado varias deudas. En cuanto al 70 X 7, no vayan a creer que es igual a 490; es un modo evangélico de decir “infinito”.

Sé que es un marcador desproporcionado, pero no sería lo mismo sin mi «1» y a mí me hace gran ilusión poder aportarlo. Es como la gota de agua que el sacerdote pone en el cáliz y se pierde en el vino. En esa mezcla es mejor mantener la desproporción. Basta una gota para que se dé el milagro sin diluir el vino, que da sabor.

               También debo reconocer que ese «1» no es sólo mío. En gran parte se lo debo a mis papás de quienes he aprendido a confiar en Dios, en mi familia y en mi Iglesia. Ahora que lo pienso, quizá a ellos los debería poner del lado del marcador divino. Son de los dones más especiales que he recibido en mi vida.

               Me topo con el mismo dilema cuando pienso en mis hermanos, mis amigos, y mis hermanos legionarios. Todos ellos han contribuido al «1» que está de mi lado y todos ellos son dones de Dios. No sería lo mismo sin ellos. Ciertamente sin ellos no sería mejor.

               El partido comenzó mucho antes de que yo lo advirtiera. Cada día anotaba mi punto sin darme cuenta. Bastaba dejarme amar: 1 punto. Poco a poco el juego comenzaba a ponerse más interesante; entraban más elementos. Mientras uno crece, crece también el mundo en que se mueve; crece la independencia; crecen las posibilidades. El plan de juego lo aprendía principalmente de mis papás y de mi Madre, la Iglesia, pero no siempre fui fiel a sus estrategias. Así, hubo ocasiones en que me iba en ceros, o incluso en puntos negativos, pero también de eso fui aprendiendo: cada caída fue ocasión para levantarme. A grandes rasgos, este párrafo encierra mi infancia y primera adolescencia.

               Con todo ello, no había acabado de entender que Dios era un jugador activo en el juego de mi propia vida. Amaba a Dios, buscaba obedecer sus leyes y le rezaba como me habían enseñado, pero no me había dado cuenta de que Él constantemente me hablaba.  Un importante descubrimiento fue durante un retiro al final de la primaria donde un padre legionario nos invitaba a hablar con Jesucristo como con un amigo. Recuerdo que fui a la capilla, empecé un diálogo interior, y no sabía si estaba hablando conmigo mismo o con Jesucristo. Por un lado dudaba y por otro sentía ―no encuentro otra palabra para describirlo― que Alguien me decía «Soy Yo, soy Yo». No me lo decía con palabras. Me lo decía como una invitación a la confianza.

               Abro una pequeña paréntesis para explicar que el “juego” funciona de la siguiente manera: Dios pone todo de su parte y a mí me pide que confíe. Mi acto de confianza es el punto que sólo yo puedo anotar. Suena muy fácil… no lo es. Cada día presenta nuevos retos para confiar en Dios. Teniendo en cuenta que el acto más importante de fe es el que nos toca hacer hoy, podemos llamar este juego, “el juego de la fe”. Dice la Lumen Fidei, «La fe consiste en la disponibilidad para dejarse transformar una y otra vez por la llamada de Dios» (LF 13).

               El juego seguía poniéndose más interesante. Una vez que entiendes que Dios te habla, parece que Dios se emociona: surgen todo tipo de ideas (en estos momentos es bueno conocer a alguien con más experiencia en las cosas de Dios para ver si estas ideas realmente vienen de Él). Ante ciertas invitaciones, yo decía «ya sabía que me ibas a pedir esto», y confiar en Dios era cuestión de generosidad. Otras invitaciones, en cambio, suscitaban en mí un «híjole… esto no me lo esperaba». En estas ocasiones, confiar era cuestión de valentía, de emprender un camino desconocido, de abandonar las propias seguridades. Quien no se sienta capaz de abandonar ciertas seguridades, mejor que ni le entre al juego; mejor que se busque un ídolo. «Ante el ídolo, no hay riesgo de una llamada que haga salir de las propias seguridades, porque los ídolos “tienen boca y no hablan” (LF 13).

               Yo preferí jugármela con un Dios quien sí que habla. Dios me llamó al Regnum Christi, luego a dar un año de colaborador, luego al candidatado, y luego a ser Legionario de Cristo. Todo esto implicó abandonar muchas seguridades, pero hizo mi juego mucho más interesante de lo que hubiera imaginado.

               A estas alturas, yo pensaba que el juego había cambiado sustancialmente. Había entregado mi vida a Cristo como legionario. Esto debería valer más que un punto, ¿no? Además, la vida religiosa también presenta sus retos: la vivencia de los votos, las dificultades en la oración, la vida de comunidad, la renuncia a lo mundano, entre otros. No siempre era fácil pero no me faltaba motivación para levantarme cada día con grande ilusión de seguir acumulando puntos. Sin embargo, sucedía algo extraño: por más puntos que ―según yo― acumulaba, nunca me parecían suficientes. « ¡Soy Legionario de Cristo! ¡Cofundador! ¡Tengo que ser santo!―me decía a mí mismo― ¡Debería estar ganando mucho más puntos!» La ilusión se mezclaba con una cierta frustración; poco a poco esta disminuía y aquella aumentaba.

               Dice el Catecismo: «Se ora como se vive porque se vive como se ora» (CIC 2725). Pues bien, año tras año mi oración se iba volviendo más pesada. Externamente seguía siendo buen religioso y cumplía con mis debere; internamente me sentía atrapado en un círculo de frustración. Eso de acumular y acumular puntos se volvía cada vez más fastidioso. Encima, hubo veces que me fui a puntos negativos: esto era humillante. Es verdad que el juego había cambiado… pero no como yo lo esperaba. Menos mal que Dios nunca dejó de poner su 70 X 7. En un reciente retiro para sacerdotes decía el Papa Francisco: «Nada une más con Dios que un acto de misericordia, ya sea que se trate de la misericordia con que el Señor nos perdona nuestros pecados, ya sea de la gracia que nos da para practicar las obras de misericordia en su nombre».  A lo largo de mi vida religiosa, los momentos en que más he experimentado la cercanía de Dios han sido en el confesionario. Agradezco a Dios por todos esos sacerdotes ―principalmente hermanos en la Legión― a través de quienes he hecho esta experiencia de la Misericordia.

               Pero Dios no se conforma sólo con cumplir su parte. Él quiere vernos cumplir la nuestra. Y no sólo eso… quiere vernos hacerlo con paz y alegría. Así, en el “juego de la fe” Dios también la hace de coach. Y cuando un atleta está ciclado, atorado, o “enmañado” ―como queramos llamarlo―, la prescripción del coach es siempre la misma: back to basics. Es como si Dios me dijera «Juan Pablo, no se trata de acumular puntos. Yo tengo puntos de sobra. A ti te toca poner sólo un punto: confiar en mí». Dicho así en una frase suena muy fácil. En mi caso han tenido que pasar varios años para comenzar a asimilar esta enseñanza. «Señor ―insistía yo― yo quisiera darte más, quisiera orar mejor, quisiera caer menos… ¡quisiera ser más santo! ¡Quiero anotar más puntos!» «Juan Pablo ―repetía el Señor― no me interesan tus puntos. Tú pon la confianza. Lo de la santidad, la oración, y todas tus expectativas… todo eso déjamelo a mí». O dicho en el lenguaje de la misa: «No por ponerle más agua, el vino se transforma en la Sangre de Cristo; basta una gota. Demasiada agua diluye el vino; le quita el sabor». De nuevo tengo que agradecer a mis hermanos en la Legión; esta vez, a quienes han sido mis formadores y directores espirituales. En gran parte, ha sido a través de ellos que Dios me ha dicho estas cosas.

               ¿Y ahora qué sigue? A pocos días de la ordenación diaconal y a unos meses del sacerdocio, siento que Dios me invita al próximo nivel del juego. Quizá el siguiente paso sea quitar la división de marcadores. Aprender de María, campeona en la fe. Ella nunca está en competición con Dios; siempre se suma. En mi vida, por ejemplo, siempre ha favorecido la acción de Dios. Quizá de su mano pueda pasar de, «Juan Pablo: 1 ― Dios: 70 X 7»; a «Juan Pablo en Dios ―y Dios en Juan Pablo―: 70 X 7 +1».

Juan Pablo NajeraEl H. Juan Pablo Nájera, L.C., nació el 9 de diciembre de 1983 en Monterrey, México. Terminando los estudios de preparatoria dio un año como colaborador en el 2002. Después, ingresó en el 2003 al noviciado de los Legionarios de Cristo en Cheshire (EUA) donde también cursó las humanidades. Estudió la licenciatura en filosofía y el bachillerato de teología en Roma. Realizó sus prácticas apostólicas en Saltillo en la pastoral vocacional. Iniciará su ministerio como auxiliar en la Administración Territorial de Monterrey.

Lucio Boccacci

In the Footsteps of the Prophets

God chose his prophets by calling them to a particular vocation. A prophet discovered his vocation through an experience of God that marked his existence from that point onward. Since then the prophet discovered God’s action everywhere, both in his life and in society.

Only three prophets in Scripture describe the moment they first felt called by God: Isaiah, Jeremiah, and Ezekiel. They narrated their “vocation story” to make themselves and their message more authoritative among the people. God called this prophetSo we better listen to what he has to say! 

God commanded the prophet to speak. Have you ever read, “Thus says the Lord”? The prophet spoke the words God inspired in him.

Yet the prophet didn’t just say something new. He also spoke for his own sake. He wasn’t a mere telegraph for divine revelation. What he taught was really a projection of his own dialogue with God. Hence, the prophet’s most intimate life was at the service of the message he had to proclaim. So what a prophet communicated revealed a lot of the personal drama between him and God.

Every vocation to the priesthood and consecrated life follows this same pattern. The same God that called his prophets continues to call his priests and consecrated. Like the prophets, he calls them to a particular vocation, through a series of God-inspired experiences that change the course of their life. Like the prophets, these encounters with God validate their vocation and their message.

Yet their message is not just God’s message. It’s a message that’s born in the drama of their relationship with God. That’s in part why priests and consecrated are “mediators”. They not only give witness to the Word of God as it bears fruit in their life. But through their response to that Word, God freely binds himself to a microcosm of the drama of being human.

 

Jeremiah, the “Intimate Prophet”

4 Now the word of the Lord came to me saying…

“Before I formed you in the womb I knew you,
and before you were born I consecrated you;
I appointed you a prophet to the nations.”

Then I said, “Ah, Lord God! Truly I do not know how to speak, for I am only a boy.” 

But the Lord said to me,

“Do not say, ‘I am only a boy’;
for you shall go to all to whom I send you,
and you shall speak whatever I command you.

(Jer 1:4-7)

The call of the Prophet Jeremiah didn’t come in a vision, but “the word of the Lord came” to him (Jer 1:4). The word of the Lord was the decisive force behind his prophetic vocation.

And God chose Jeremiah even before he formed him in the womb. Even so, Jeremiah claimed that he was too young and that he didn’t know how to speak. He wasn’t afraid of God’s presence. He was afraid of the greatness of his mission. He worried about how the people would respond to God’s message.

He didn’t understand that what was indispensable for God was that the prophet delivers God’s word. The emphasis was on God’s word. Circumstances didn’t matter. It was God’s way of making himself present when the people became hard of heart. The prophet was the middleman of this drama. And the deep suffering of this particular prophet made for some beautiful and profound words of Scripture (cf. 15:10-21; 17:5-11; 20:7-18; 31:31-34). That’s why he’s called the “intimate prophet”.

 

My mother once told me a story about me similar to these verses in Jeremiah. When she was noticeably pregnant with me, my parents visited Rio de Janeiro’s Christ the Redeemer statue atop Corcovado Mountain. And she climbed all 220 steps to reach the summit! There she entrusted me to Providence in exchange for a safe delivery and a healthy baby. At that moment only God knew the life he had traced out for me. Let’s say my mother got more than she asked for.

The first moments I can remember being called was in High School. I went through a “second conversion” thanks to various books I read on apologetics and the Scriptures. Like Jeremiah, my vocation has always been linked with the Word of God. For this reason I’ve always been close to the Scriptures.

It’s particularly in the Scriptures that I feel my soul makes contact with God’s will for my life. I see reflected in God’s Word insights into my life and mission. And what I wish to communicate with my preaching and my example is a life immersed in the Word of God.

My hope as a priest is to help souls encounter God through his Word. It means a lot to me that as a priest God speaks his Word to his people through the reading of the Gospel at Mass and through the preaching of the homily.

I hope to make the Scriptures come alive in the hearts and minds of young people. I hope to teach them to understand what they read in faith. I hope the Scriptures will become for them what it has become for me: an occasion for prayer to encounter God and discover his will.

 

The Boy Prophet and his Mother

46 After three days they found him in the temple, sitting among the teachers, listening to them and asking them questions. 47 And all who heard him were amazed at his understanding and his answers. 48 When his parents saw him they were astonished; and his mother said to him, “Child, why have you treated us like this? Look, your father and I have been searching for you in great anxiety.” 49 He said to them, “Why were you searching for me? Did you not know that I must be in my Father’s house?” (Lk 2:46-49)

Like Jeremiah, God also predetermined Jesus’ specific mission before Mary conceived of the Holy Spirit (cf. Lk 1:26-38). And we can hear echoes of the calling of Jeremiah when we read the passage of the boy Jesus in the Temple. But unlike young Jeremiah, the boy Jesus didn’t shy away from transmitting God’s word.

Jesus’ deliberate (and perplexing) remaining behind in the Temple can only make sense if he was first called by his Father. This was a response to a calling from God to a new experience that broke with his simple past and forever changed his life in Nazareth. From then on, he would see the normal occurrences of daily life as both an occasion for a future parable and an allusion for the Kingdom of God.

This was Jesus’ vocational moment, even if he was always infinitely aware of his Divine Sonship. Now it became public, and it took on new urgency.

From the prophetic standpoint, his action at the Temple was a typical prophetic sign. It was a completely awkward and enigmatic act. But that’s the way God asks prophets to get our attention. And I think Jesus got his parents’ attention!

The word that best describes Mary’s presence in the Gospel is “accompaniment”. She accompanied the fulfillment of God’s will with her submission in faith. And she accompanied Jesus during all his life, from the womb to the tomb and beyond. This episode in Jesus’ life was no exception, even if for the moment she didn’t understand his actions. One day she would understand that her life was intertwined with Jesus’ mission.

One thing that Mary didn’t understand at the time was that Jesus was walking in the footsteps of the prophets. He revealed nothing short of his own experience of God: “I must be in the things of my Father”. This is his version of the prophets’ famous and repeated phrase: “Thus says the Lord”. But he would say, “Thus says, my Father”. From the onset of adolescence, Jesus’ placed his most intimate life at the service of the message he had to proclaim. He revealed the dialogue between him and his Father. He revealed the drama of the mission that he was to fulfill. Mary was slowly catching on to the role she would play in that mission.

 

I had my own little “prophetic action” when I was a boy. The only reason I know about it is that my parents got it on tape. It happened at my First Communion. Like the boy Jesus, I did something that somehow revealed God’s path for my life.

Pictures were taken in front of the altar after Mass. At that moment I didn’t shy away from getting up on the altar. So I got behind the altar and I used my new first communion prayer book to pretend I was celebrating Mass.

I don’t know why I did it. It was some sort of joke. At least I know my younger brothers enjoyed it. Yet God enjoyed it for a different reason. He knew someday it would come true. It was one of those moments that can only be explained in hindsight. Somehow this innocent little boy followed what appeared to him as an instinct. He was simply doing what he was designed to do by the Father in heaven. Like Jesus in the Temple, this was just a little preview of things to come.

 

I always grew up in an environment where God’s voice could be heard. I thank God for all of my family. Yet I have much to thank the faith example of both my mother and my grandfather.

My grandfather taught me how to see God in in his Creation. He was a retired petroleum engineer that witnessed to his faith through his example and words. I tried to follow that example as I studied chemical engineer at the University of Oklahoma. I sought to find God’s hand behind all the physics and math and chemistry. And I ended up seeing God’s hand leading my life in a new direction.

Yet my mother had a more direct influence in my faith. She always had a profound devotion to Mary, the mother of Jesus. And I was always close to my mother. So it was natural that her devotion to Mary rubbed off on me.

In High School I decided to make a total consecration to Jesus thru Mary. I followed the booklet designed by St. Louis de Montfort. I fulfilled all the daily prayers up to my consecration on Dec 8, 1999. That was my last year of High School. It was the first time I consciously and clearly took note of my calling to the priesthood.

Likewise, Mary has always been at my side throughout all the drama of my vocational discernment. She accompanied me even from before my consecration. Indeed, I grew up praying the rosary at my mother’s side. I asked for her protection for my vocation when a pilgrim statue of Our Lady of Fatima visited our family. I still have my picture with that statue. Before entering college I promised a daily rosary for the rest of my life. And then in the seminary I always received special graces on Marian feast days. My superiors even changed my assignment once on Our Lady of Sorrows (Sept. 14).

Most importantly, I remember one day I traveled home from my summer internship at Phillips Petroleum during college. I worked at a nearby city. So every day I traveled about an hour to and from work. I listened to the “Bible on tape” on the way to work. And I prayed the rosary on the way back. I thought about the calling to the priesthood.

And then God touched my heart in a very direct way. I knew I was called beyond all doubt. I wept in the car as I prayed the rosary. I waved to the other cars passing me on my left. I was okay! These weren’t tears of sadness and despair. They were tears of profound joy and freedom. I finally accepted God’s call.

Then there was a weekend during college that I took off to visit my family. At some point I went shopping with my mother. On the way back I signaled I needed to tell her something. I rarely spoke like this, so she got the hint it was serious. She parked the car in front of the garage. And that’s when I told her I wanted to be a priest.

She looked ahead. She sighed. And when she got a hold of herself, she said, “I know”.

How did she know? I suppose mothers have a way of knowing these things. Mothers don’t just see what’s on the outside. They have an intuition for what’s happening in their children’s life. Certainly that intuition comes from their union of body at pregnancy. Both God and our mothers know us when we’re being knit in the womb. Indeed, it’s a unique gift mothers hold dear.

Luke the Evangelist understood this. That’s why he twice wrote that Mary “treasured all these things in her heart” (cf. Lk 2:19 and 51). Mary learned from her experience with Jesus to accompany the vocation of every priest and consecrated. She’s the mother of all prophets. And she’s my mother too.

The Prophets of Pope Francis

 

So I continue onward towards my diaconate and then my priestly ordination. I have the assurance of God’s Word and Mary’s accompaniment. God has filled my life with the signs of a vocation.

I ask for your prayers, so that I continue forward in my vocation to be a priest consecrated in the Legion of Christ and the Regnum Christi family. With the priests and consecrated at the helm, we all make up a family of prophets.

We’re lucky to have Pope Francis at this moment of our history. At one point Pope Francis delineated his expectations for the year of consecrated life. High on the list was the consecrated person’s call to prophecy.

The Pope counts on priests and consecrated to “wake up the world”. A prophetic witness is actually demanded of everyone. But it’s a special duty for priests and consecrated.

The Pope called prophecy the “distinctive sign of consecrated life”. Our life becomes a prophetic witness because we follow the Lord in a special way. We live the way Jesus lived on earth. And Jesus lived with heaven in sight. That has to strike a chord!

The Pope said that prophets receive from God the ability to scrutinize the times in which they live and to interpret events. So when they are faithful to this calling they become a living prophetic sign of God’s will for the world and for every individual. God is able to touch the lives of so many people through their prayer, example, and apostolic ministry. That’s why the Pope sees this as a priority for consecrated life.

A religious must never abandon prophecy. And he must know that a prophet is never alone. Just like he promised Jeremiah, God promises this to us:

 “Be not afraid of them, for I am with you to deliver you” (Jer 1:8).

boccacci-lucioThe first moments I can remember being called was in High School. I went through a “second conversion” thanks to various books I read on apologetics and the Scriptures. Like Jeremiah, my vocation has always been linked with the Word of God. For this reason I’ve always been close to the Scriptures.

Luis Antonio López

El Señor te ha elegido para que seas objeto de su propiedad

Tenía 11 años y todo empezó con un deseo. Jesús pasó por la rivera de mi vida y me invitó a vivir una historia de amor, de amistad y de plenitud.

En mi familia somos seis hermanos, tres hombres y tres mujeres y yo soy el más pequeño. Vengo de una familia muy religiosa y practicante por parte de mi mamá. En mi familia tengo una tía canonizada, Santa María de Jesús Sacramentado Venegas, fundadora de las hijas del Sagrado Corazón de Jesús, que fue canonizada en el año 2000 junto con otros veinticuatro mártires mexicanos. También puedo decir que en mi pueblo se ha conservado mucho la fe religiosa gracias a la entrega y santidad de los párrocos. Toda esta religiosidad influyó mucho en mi niñez, aunque yo siempre fui un niño “travieso” y me la pasaba mucho tiempo en la calle jugando con mis amigos. Recuerdo que, entre otras muchas cosas de las que hablábamos como niños, nos preguntábamos qué queríamos ser de grandes. Yo siempre respondía que me iba a casar, pero la verdad esa respuesta no me convencía del todo.

La historia de mi vocación inició a los 11 años cuando uno de mis hermanos, que es un año mayor que yo, de un día para otro desapareció de la casa. Me dijo que se iba, que era un lugar donde iba a pasar el verano en la ciudad de México y que estaba muy feliz. A mí me costó mucho que se fuera mi hermano, pues siempre íbamos juntos a todas partes. Nos poníamos la misma ropa, dormíamos juntos y teníamos los mismos amigos. Me costó despedirme de él y le rogué mucho que se quedara. No entendía porqué se había marchado de casa ni a dónde iba. Recuerdo que lloré pero en el fondo estaba feliz porque él estaba feliz. A las pocas semanas me empezó a escribir cartas y a contarme lo que hacía: juegos, piscina, actividades, paseos, etc., me empezó a ilusionar y cuando lo fuimos a visitar mi mamá y yo, después de un mes y medio, lo vi muy feliz y muy cambiado.

No recuerdo si hubo un momento exacto cuando recibí la llamada, pero me gusta pensar en un momento donde me convencí de dónde tenía que estar y recuerdo que, una vez que tomé la decisión, sabía que era para siempre. Esto sucedió cuando fui a visitar a mi hermano, junto con mi mamá, a la ciudad de México. Recuerdo que viajamos de noche y fuimos a visitar la Virgen de Guadalupe. Estaba muy emocionado. Apenas llegamos al centro vocacional del Ajusco, donde estaba mi hermano, un lugar desde donde se contempla toda la ciudad de México, lleno de árboles, de campos de juego, tuve una moción interior que no me quedó la menor duda de que yo tenía que estar allí. Fue tan solo llegar, antes incluso de ver a mi hermano o a los demás seminaristas. Me sentía en casa. A partir de esa primera experiencia, todo ese día fue un confirmar esa primera impresión. También me llamó mucho la atención ver que todos los que vivían allí tenían un rostro muy feliz. Allí fue donde me decidí a entrar en el seminario y el momento en el que que me decidí a ser sacerdote. A partir de entonces empecé a decir a mis demás compañeros de la escuela que quería ser sacerdote. Esta respuesta sí me convencía y desde entonces hasta el presente me siento muy feliz de estar respondiendo a la llamada que Dios me hizo para ser sacerdote.

Durante mis años de seminario he estado en diversos países: España, Estados Unidos, Italia, Brasil, México y de nuevo Italia. Ha sido un recorrido largo pero bello. La gracia de Dios me ha asistido y acompañado en todo momento. He podido conocer diversos países, diversas culturas, muchos compañeros a lo largo de estos años y veo clara la mano de Dios que me ha sostenido en los momentos difíciles de este camino. Sin duda, no me hubiera sido posible llegar hasta el presente sin el apoyo de mi familia, de mis hermanos y de tantas personas que me han sostenido con sus oraciones. Mi gratitud la dirijo en modo especial a mis superiores y formadores que me han asistido en estos años y que han sabido ser instrumentos de Dios. Gracias a su entrega y su comprensión he podido salir adelante superando los diversos obstáculos que se han ido presentando en estos años.

Ahora que miro hacia atrás, no me queda más que admirarme y repito con el salmo 115: “Cómo pagaré al Señor por todo el bien que me ha hecho” el Señor. No soy yo quien ha elegido seguir al Señor, sino que el Señor me ha elegido. El Señor es fiel a sus palabras y puedo atestiguar que en ningún momento me ha abandonado. Pido a María el don de la perseverancia en este camino. Ella me ha protegido y acompañado también en este recorrido. A Cristo y a María va mi mayor gratitud por su fidelidad y su Misericordia.

lalEl P. Luis Antonio López, L.C., nació en Guadalajara (Jalisco), México. Es el menor de 6 hermanos. Entró en el centro vocacional del Ajusco, en la ciudad de México, a la edad de 12 años y a los 14 años lo enviaron a Valencia (España) donde hizo dos años de seminario menor. Ingresó al noviciado de Salamanca en el 2001 y tras la primera profesión en el 2003 fue enviado a Cheshire (USA) para estudiar humanidades. En el 2005 se trasladó a Roma donde estudió dos años de filosofía. De 2007 a 2011 ayudó en la formación de los seminaristas menores en Sao Paolo (Brasil) y después en la ciudad de Guadalajara (México). En el 2011 regresó a Roma para terminar sus estudios de filosofía y teología y en este período ha estado apoyando en la secretaría del territorio de Italia. El P. Luis Antonio comenzará su sacerdocio en Italia apoyando con grupos del Regnum Christi.”

Michael O’Connor

“Before I formed you in the womb I knew you,
and before you were born I consecrated you;
I appointed you a prophet to the nations.”
Jeremiah 1:5

The vocation to the priesthood is not something that a man chooses, but rather a call that he responds to. God is the one who chooses. He doesn’t choose the most qualified, but he qualifies the ones that he calls to do his work, to lead souls on the road to salvation.

Join the Legion, see the world!

Well, that is not exactly the reason that I began this journey to the priesthood within the Congregation of the Legionaries of Christ, but it has certainly a blessing for me. Being an international congregation the Legion has centers throughout the entire globe and by the grace of God I’ve been asked to move around quite a bit. God knows exactly what we need and when we need it.

When did this whole journey begin? It is hard to put a date and place on it for me as to when it all began for me. It wasn’t an angel in bright light or a voice from the heavens. I think that throughout my entire life I was enriched with knowing many people and have always sought to discover the best in everyone and try to imitate that. For me the figure of the priest has always been something outstanding. It takes a lot to dedicate your whole life to serving others. In a sense, I consider my recognizing my vocation part of the vocation of my family. Little by little we’ve gone about becoming more “faithful Catholics” together. Sometimes mom and dad were breaking the trail, us kids were dragging behind at times. Then, at a certain point I think God used us to take the front line. Now, we take turns helping each other mutually grow in our faith and relationship with Christ.

Throughout my childhood and teen years the Church was always present. Sometimes my siblings and I were “kindly invited by mom” to help cleaning the pews under orders from mom or working on the Church property to trim bushes or rake leaves. We spent time in and outside the Church. I got to know a number of priests, both diocesan and religious. Still, within me, the desire to follow in their footsteps didn’t begin to grow until the end of High School and didn’t crystalize until I’d made a commitment to dedicate more of my time to Christ. Little by little I formed a desire to service and to make others happy by what I do and commit myself to.

Finishing High School, I was invited by my spiritual director to consider the idea of spending a year before college as a volunteer for the Regnum Christi Movement. It sounded like something very attractive to me, although I didn’t make any commitment at the time. As graduation approached I began to consider the possibility more seriously and in the end made a small act of generosity that God used to begin a great work in my soul. This is a pattern in my life that looking back I recognize more and more. God takes our little acts of love and multiplies them infinitely. From this year of service work was born a vocation and from this vocation a desire to respond generously to the call.

Rome sweet home!

Before entering the novitiate in Cheshire I did a formation course for a month, spiritual exercises for a week and was present in St. Peter’s square for Pope Benedict XVI’s election, each on a different trip! There has always been something about Rome that has attracted me and drawn me back. Little did I know that I’d end up spending 5 more years studying and evangelizing in Rome before being sent on my apostolic mission as a priest.

Toward the end of high school I followed in the footsteps of my older sister, Carrie, who had given a year of service work with Regnum Christi. I thought it was something very impressive that she would take a year off from going to university to go wherever they sent her and not be paid for it. There has always been a special bond between the two of us, and this certainly had something to do with my decision to do the same in 2004. Later that year she entered the Consecrated life in Regnum Christi.

I was assigned to work in Washington D.C. with adolescents and youth. There were a number of boys’ clubs that I visited with a Legionary brother and we also ran camps in Virginia, Delaware and North Carolina. It was a year of a lot of growth for me. I was learning life skills and dealing with all kinds of people while struggling to give the best of myself to others.

Toward the end of the year I was beginning to feel a tug in my heart to see about doing another year of service work. It had helped me a lot and I wanted to continue on the path of being an instrument of God in the lives of others. It all became quite clear one night during week-long spiritual exercises in Rome kneeling before the Blessed Sacrament exposed in the chapel of the Center for Higher Studies. I felt a deep peace in my heart and a clear idea in my mind, I needed to go to the candidacy in Cheshire in the summer to “taste and see” if God was calling me to the priesthood.

The adventure begins

Oftentimes formation years seem eternal. There was no exception in my case. But now, looking back at eleven years of formation, I ask myself “where did the time go?” As one gets older, the years go faster and faster. There is a point where a semester passes in the blink of an eye.

From the moment I entered the novitiate I have felt the hand of God in my life. By no means have these years all been easy. God is a good Father and goes about forming us in many ways.

Looking back, I can see clearly that the experiences that God allowed me to have all been a preparation for what has followed and what is awaiting me in the future. All the souls that God has allowed me to come into contact with have been for me a gift. I am certain that each and every person has given me something that has helped me in my apostolic life up to this point and what is awaiting me in the future.

My first years on the apostolate were spent in the Apostolic School in New Hampshire as an assistant of pre-candidates in the minor seminary. It was a moment of learning the art of working with adolescents and accompanying them in their spiritual life while I also grew in mine. This has been my experience in working with young people throughout my legionary formation. I always find myself excited about giving and then end up receiving so much more.

Returning to Rome for my studies I was blessed to continue to work in the Parish of Gran Madre di Dio in Ponte Milvio and a few activities with groups of young people while balancing with my studies. I came back with a great desire to serve the people that God put on my path. I found myself surrounded by a beautiful family at the parish and many new friends that have supported me throughout this journey with their prayers and example.

Another blessing upon returning to Rome was to be among so many of my legionary brothers, many of whom I hadn’t seen for a few years, and spend this last stretch before ordination accompanied by and accompanying them. The family spirit that we live in the Legion has always been a clear sign for me that God is calling me to this life. To have so many brothers who are there to support, who are on the same journey, who share their experiences, blessings and sufferings is priceless in the life of a priest. When I encounter a new situation that I don’t know how to confront I know that I can go to one of my brothers who will give me advice that I can count on. This has been my experience throughout these years.

The Last Stretch

Returning for the final leg of theological studies was a reality check for me. With the rush of activity and the multiple responsibilities while I was on internship, arriving to Rome was a moment of pause. It is a strange feeling after living in the fast lane for years and then suddenly to find oneself before a stack of books trying to transfer information from them into the mind.

I went from praying my morning meditation when I wasn’t waking up the boys for the day or leading their meditation before Mass to having an entire hour to spend with Christ. It was like a breath of fresh air for my spiritual life. These last years have helped me to value how important prayer life is for the life of a priest. It is from prayer that we draw our strength.

Another reflection that comes forward in this moment is that the priesthood is too great for me! I cannot possibly fulfill all that Christ is asking of me! It is too much! Drawing near to the diaconate ordination this was constantly on my mind. I need to trust in God to persevere in this vocation. There are so many souls that are counting on my priestly vocation and God has chosen me as his instrument of mercy, but I must abandon myself to his hands completely. This has been my prayer in this last stretch. After spiritual exercises during Holy Week I was able to find this peace that I was looking for. It was in prayer, no longer simply a logical idea that occurred to me, that I found peace. Jesus Christ gave me this grace of abandonment to his grace. I pray every day for perseverance in this vocation and for each and every one of the souls that God will put in the path of my priestly ministry.

Michael O'ConnorHe was born in Olympia Fields, Illinois on November 11, 1985, second of 5 children. Michael grew up in Michigan playing sports and working different jobs. He was always nurtured by the faith in his adolescent years and through high school, attending retreats, conventions, missions in Mexico and World Youth Day in Toronto. Finishing High School he did a year of service work as a volunteer with the Legionaries of Christ in Washington, D.C. His thoughts began to turn seriously to the priesthood during this year of service work. He entered the novitiate of the Legionaries of Christ in Cheshire, CT in 2005, then was sent to Dublin, Ireland for his second year of novitiate where he professed his first vows. In 2007 he did his classical studies in Salamanca, Spain before arriving to Rome for philosophy studies. The Legion asked him to work in two minor seminaries following these studies and then he returned to Rome to finish up the Ecclesiastical Studies with 3 years of theology. Eleven years later he is just a few small steps from being a “Priest forever in the line of Melchizedek” (Heb. 7:17)

Nikolaus Klemeyer

Dios es amor. Estoy amado por él.

“Los conversos son molestos”, dice [Georges] Bernanos. Por esta razón, y por algunas otras, he diferido mucho tiempo el escribir este relato. Es difícil, efectivamente, que uno hable de su conversión sin hablar de sí […] Así, a menudo, me resigno de hablar en primera persona, es porque está claro para mí, como querría que lo estuviese en seguida para vosotros, que no he desempeñado papel alguno en mi propia conversión.

He querido empezar mi historia con esta cita de André Frossard del libro “Dios existe. Yo me lo encontré” para dejar clara mi intención fundamental. Mi intención es mostrar la acción de Dios en la vida de la propia vida y la vida de mi familia.

El inicio de mi historia vocacionale se sitúa en el norte de Alemania, en la zona de Bremen. Ahí se encuentra la “hacienda de los Klemeyer”, un muy hermoso rancho antiguo en posesión de una familia arraigadamente evangélica-luterana. El abuelo paterno era un pastor luterano y un oficial militar. Por mantenerse fiel a su tropa los Rusos lo hicieron prisionero junto con ella y se quedó en Siberia. Sobrevivió sólo pocos años la dureza de los campos de concentración rusos. Mi abuela entonces crio como viuda de guerra a sus tres hijos. Muy religiosa y aún más luterana, tanto que mi mamá la llamó una vez de broma “un cardenal protestante”. La tradición de los pastores siguió con mi tío, el mayor de los tres hermanos. El del medio y el más joven, mi papá, se dedicaron a la música.

Mi mamá igualmente proviene de una familia profundamente luterana. El abuelo de mi mamá se dedicaba como pastor plenamente a la cura de almas en las parroquias. El papá de mi mamá era médico. Amante de la lectura, reflexivo e interesado como era, nos dimos cuenta después de su muerte, que estudió a fondo sea los escritos de Papa San Juan Pablo II como los del entonces Card. Josef Ratzinger.

Puesto que mi papá recibió en el año 1976 un puesto como flautista en la ópera de Munich nosotros pasamos nuestra niñez en el sur de Alemania, cerca de Munich. Fuimos a una escuela católica y jugábamos en la plaza delante de la Iglesia católica, vecina de nuestra casa. La escalera de la Iglesia católica se convirtió para nosotros en gasolinera y taller para nuestras bicicletas. Vino a veces el sacerdote católico y nos invitó a entrar a la Iglesia. De la presencia de Cristo en el tabernáculo no sabíamos todavía nada.

Dios sin embargo estaba muy presente en nuestra familia. Eramos bautizados, rezábamos en familia y los domingo nos fuimos al servicio luterano. Vivmos la fe de manera natural y familiar. Las fiestas escolares en la escuela eran marcadas por la misa católica organizadas por un movimiento católico alemán. Participé también en unas clases de catequismo para niños, organizadas por una mexicana católica muy creyente según la pedagogía de Sofia Cavalletti, colaboradora de Maria Montissori. Así la vida católica pronto se me hizo familiar de manera inconsciente. Nunca tematizamos lo católico como algo contrario a lo evangélico-luterano. Lo importante era la fe en Cristo. Mis papás eran muy abiertos a catolicismo y valoraban también la riqueza de la fe católica.

Esta semilla de fe y también de lo católico pudo desarrollarse en un ambiente muy sano. Mi familia era súmamente cálida y acogedora. Era una familia grande y muchas veces refugio para otras familias. Así mis papás eran “papás” de más que sólo nosotros. Esta en casa significaba para nosotros: seguridad, paz, alegría y bueno humor, calor y tranquilidad. Además el contacto con la música me ayudaba de hacer crecer en mi un corazón que valoraba mucho la amistad, la fidelidad, la autenticidad y amor duradero y profundo.

En el año 1997 una familia amiga me invitó a participar en un campamiento en Roma. Los organizadores eran los Legionarios de Cristo. Ya que me interesaba ver Roma, me apunté. Eran días súmamente intensos, puesto que era un ambiente totalmente nuevo para mí. La experienca vivida en Roma era la piedra fundamental para mi futuro camino vocacional, dentro de la Iglesia católica, como también dentro de la Legión. Dios me regaló dos cosas: una grande apertura interior y una seguridad que mi “casa” la encontraría en la Iglesia católica y en el Regnum Christi. También tuve mi primer contacto con la Virgen María. Recé mi primer Ave María, que un chico me dejó escrito en una ficha

Este primer contacto con los legionarios de Cristo no terminó. Empecé de asistir a diversos campamentos para jóvenes. Eran para difrutar: uno pudo estar entre jóvenes, vivir la fe abiertamente y con mucha alegría. Viví unos cinco años con un contacto directo con lo católico. En los campamientos no iba a comunión ni a confesión, sabiendo que me faltaba todavía la plena comunión con la Iglesia, pero había un gran deseo de recibir los sacramentos. Por esto pedí en el año 2001 de poder recibir el sacramento en confirmación y así convertir definitivamente a la Iglesia Católica.

Mi decisión de hacerme católico, la cual mis papás apoyaron como una decisión consciente de mi parte, hizo madurar también mi decisión de llegar a ser sacerdote en la Legión. Entrar en la congregación era realmente sólo una cuestión de tiempo. Er motivado por el deseo de dar a Cristo toda mi vida.

Desde mi niñez toqué intensamente el violín, también con el deseo de seguir el ejemplo de mi papá y llegar a ser músico. Ahora sin embargo, con la seguridad interior de tener una vocación al sacerdocio ya no era justificado para mí sacrificar a la música tanto tiempo y esfuerzo. Quería dar a mi vida una orientación clara, y por esto pedí entrar en la escuela apostólica de EEUU. Luego, un año después entré en el noviciado en Alemania.

Es para mi importante subrayar cómo Dios, quien quiso darme este maravilloso don de quererme todo para Sí, no se limitó a mí. Una vocación siempre rompe muchos esquemas. En cierto sentido toda mi familia estaba llamada, especialmente mis papás y mi hermana pequeña. Poco después de mi entrada a la Legión, mi mamá y hermana pequeña, como también mi hermano mayor convirtieron. También mi papá llegó a entender y amar cada vez más la fe católica, que pudo palpar de primera mano en la vida de mi mamá y de los muchos legionarios que pasaron por mi casa. Recuerdo, como profundizó mucho en el entendimiento de la liturgia, y siempre asistió a la misa católica a lado de mi mamá, sin recibir la comunión. Era para él obvio de no recibirla todavía como protestante. Grande era la alegría cuando en su manera sobria me comentó en otoño de 2009 que planeaba de hacerse católico. La confirmación de un hombre de 67 años descendiente de una familia profundamente luterana era un milagro de la gracia de Dios.

Cuando me preguntan si mis papás llegaron a ser católicos por mí, sólo puedo decir que no. Es un misterio de la gracia de Dios. Ciertamente había un deseo de mi parte que un día toda mi familia llegara a ser católica, pero nunca sentí la capacidad de lograrlo. En el caso de mi mamá era un anhelo que muy temprano empezó a madurar en ella. Una vez le pregunté por qué se había hecho católica y realmente no me pudo responder. Dios plantó en ella un deseo hacia la Iglesia Católica, el cual ella nutrió con reflexión y lectura. Lo católico no era algo ajeno, sino lo sentía como algo propio, a lo cual sin embargo uno todavía no pertenecía totalmente. El paso oficial era así un paso más bien pequeño.

En diciembre 2012 Dios cerró soprendentemente un ciclo de vida. Mi papá murió dentro de una semana de una insuficiencia pulmonial. Todos nosotros, hermanos y mi mamá en primero lugar, nos hemos imaginado siempre una vida futura con nuestro padre, como abuelo para los nietos, padre presente en la ordenación sacerdotal, o esposo que pasa años tranquilos con su mujer. Pero partió después de una breve lucha, y Dios lo llamó.

Dios quiso terminar su obra con obra, una parte de su plan con nuestra familia. Después de una conversión tan de repente también llegó una muerta tan inesperada. Estamos agradecidos por los dos.

El camino por el que Dios guía a las almas es y será siempre para mí fuente de contemplación y gratitud. Ya nuestra madre celestial nos enseñó a tener un corazón contemplativo. Su madre conservaba estas cosas en su corazón (Lc 2, 51). Contemplar y profundizar es el encendido para el transmitir. El agua que yo le daré se convertirá en él en manantial que brotará hasta la Vida eterna (Jn 4, 14). Experimentar el amor de Dios, sea en la propia vida, sea también en la vida de las persona que nos rodean siempre será ocasión para la acción de la gracia en tantas almas. No nos tenemos que inventar algo sino simplemente no molestar el plan de Dios.

Gott ist die liebe. Ich bin von ihm geliebt.

«„Die Bekehrten sind lästig”, sagte [Georges] Bernanos. Aus diesen und anderen Gründen habe ich lange gewartet, den vorliegenden Bericht zu schreiben. Es ist schwierig, von der eigenen Bekehrung zu sprechen, ohne von sich selbst zu sprechen. […] Wenn ich nicht umhin kann, oft in der ersten Person zu sprechen, so deshalb, weil es für mich klar ist – ich wünschte, es gelänge mir, meine Leser ebenso davon zu überzeugen -, dass ich nicht die geringste Rolle bei meiner eigenen Bekehrung gespielt habe.»

Dies ist ein Zitat aus dem Buch „Gott existiert. Ich bin ihm begegnet!“ von André Frossard. Es rückt am Anfang dieses Zeugnisses mein Grundanliegen ins rechte Licht. Es geht nicht um meine Lebensgeschichte, sondern um Gottes Handeln im Leben meiner ganzen Familie.

Ich möchte die Berufungsgeschichte im Bremerkreis, in Norddeutschland, anfangen. Dort findet man den „Klemeyerhof“, einen wunderbaren alten Bauernhof im Besitz einer tief evangelisch-lutherischen Familie. Mein Großvater war evangelischer Pfarrer und deutscher Offizier. Aus Treue zu seiner Truppe ist er in die russische Gefangenschaft gegangen und dort geblieben. Ein Jahr nach Kriegsende starb er in einem sibirischen Kriegsgefangenenlager. Meine Großmutter hat als Kriegswitwe ihre drei Söhne allein im Umkreis von Göttingen großgezogen. Sie war tief religiös und noch tiefer evangelisch, so dass meine Mutter sie einmal spaßeshalber einen “evangelischen Kardinal” nannte. Sie war Mitbegründerin des Marburger Kreises –einer evangelischen Gebetsbewegung-, in dem sie über Jahrzehnte hauptamtlich mitarbeitete. Die Pastorentradition wurde durch den ältesten Bruder meines Vaters weitergeführt. Alle drei Brüder widmeten sich intensiv der klassischen Musik; mein Vater und der mittlere der drei Brüder auch beruflich.

Meine Mutter wurde in Bremen geboren und entstammt ebenso einer tief-religiösen evangelischen Familie. Mein Urgroßvater mütterlicherseits war Pfarrer im Raum Stuttgart und hat sich mit seiner Frau ganz dem Dienst der Gemeinde gewidmet. Der Vater meiner Mutter war Kinderarzt. Er war sehr belesen und tief interessiert an den Fragen über Mensch und Gott. Wir entdeckten nach seinem Tod, dass sowohl die Schriften von Johannes Paul II wie auch von Joseph Ratzinger ihn sehr beschäftig hatten.

Mein Vater ging 1976 als Soloflötist an die Münchner Staatsoper. So wuchsen wir Kinder in Bayern, konkret in Pöcking am Starnbergersee, auf. Als Grundschule wählten meine Eltern bewusst eine kleine katholische Privatschule in einem Vorort Münchens. Zuhause versammelten wir uns gerne zum Spielen auf dem großen Innenhof der katholischen Pfarrei in Pöcking, denn unser Grundstück grenzte an die Katholische Kirche. Die Treppen zur Kirche waren sowohl Tankstelle wie auch Werkstatt für unsere Kinderfahrräder. Kam nun der katholische Priester vorbei, so lud er uns manchmal ein, die Kirche zu betreten. Von Christi Gegenwart im Tabernakel ahnten wir jedoch nichts.

Christus war sehr präsent in unserer gläubigen Familie. Wir wurden getauft, wir beteten gemeinsam, gingen am Sonntag zum Gottesdienst und waren eine Familie, die den Glauben auf sehr natürliche Weise lebte. Die Schulfeste waren immer gezeichnet von der katholischen Messe, gestaltet von der Katholischen Integrierten Gemeinde. Als Kind nahm ich auch teil an einer katholischen Früherziehung nach Sofia Cavalletti, einer Mitarbeiterin von Maria Montissori. Diese wurde von einer tief gläubigen mexikanischen Katholikin, Freundin meiner Mutter, geleitet. Dort wurde ich eher unbewusst mit den katholischen Grundwahrheiten vertraut. Meine Eltern hatten ein sehr offenes Verhältnis zum Katholischen und schätzten den Reichtum und die Schönheit des katholischen Glaubens.

Diese ersten Samen christlichen Glaubens und eben auch schon das Katholische durften in einem nahrhaften Boden aufwachsen. Denn das Klima in meiner Familie war äußerst warmherzig und geborgen. Wir waren eine große Familie (zu acht), die immer auch „Zufluchtsort“ für viele andere Familien und Freunde war. Mein Vater und meine Mutter waren somit Vater und Mutter für mehr als nur für uns. Das Wort „Zuhause“ bedeutete viel für uns: Geborgenheit, Frieden, Heiterkeit und Witz, Wärme und eben ein tiefes Gefühl von „zuhause sein“. Auch gefördert durch den frühen Kontakt mit der Musik, hat sich somit in mir ein Herz gebildet, welches Liebe, Freundschaft und Treue sehr hoch schätzte. Ich sehnte mich immer nach Echtheit und währender, tiefer Liebe.

1997 wurde ich, damals zwölfjährig, von einer befreundeten Familie eingeladen, an einer Pilgerfahrt in Rom teilzunehmen. Die Betreuer dieser Fahrt waren die Legionäre Christi. Es waren äußerst intensive Tage, da für mich das so katholische Umfeld gänzlich neu war. Diese Erfahrung war der Grundstein für den zukünftigen Berufungsweg. Gott schenkte mir damals zweierlei: eine große Offenheit und eine Gewissheit, dass ich mein Zuhause in der katholischen Kirche und in der Familie des Regnum Christi finden werde. Hier hatte ich auch einen ersten Kontakt mit der Gottesmutter Maria. Ich sprach ein einfaches Ave Maria, welches mir einer der Jungen auf einen Zettel schrieb, vor ihrer Statue. So ist Gottes Wirken: unscheinbar, aber mächtig.

Dieser erste Kontakt mit den Legionären Christi brach nicht ab. Ich begann an verschiedenen Jugendlager teilzunehmen. Dies war zum Genießen: man durfte unter Jungen sein, die auch den Glauben lebten und dabei war nichts Frömmelndes. Ich wuchs so in den katholischen Glauben hinein, so sehr, dass ich im Sommer 2001 den ersten offiziellen Schritt tat: ich bat darum, in die katholische Kirche eintreten zu dürfen und gefirmt zu werden.

Zu diesem Zeitpunkt habe ich das katholische Leben schon über vier Jahre hinweg intensiv mitbekommen. Aber eben immer nur in einer gewissen Distanz. Ich ging während der Jugencamps oder Reisen nach Rom niemals zur Beichte und empfing auch die Heilige Kommunion nicht. Ich verstand, dass mir die volle Gemeinschaft mit der katholischen Kirche fehlte und so der Empfang der Sakramente nicht kohärent war. Aber der Sehnsucht war da und auch das Verständnis, was für einen Reichtum die Sakramente, besonders die Eucharistie und die Beichte, beinhalten.

Mit der Entscheidung katholisch zu werde, die meine Eltern als bewusste Entscheidung meinerseits unterstützten, reifte auch meine Wunsch, Priester in der Legion zu werden. Der Eintritt in den Orden war eigentlich nur noch eine Frage der Zeit. Jedoch war er motiviert vom Wunsch, Christus mein ganzes Leben zu geben. Diese Freude an der Hingabe reifte über die langen Jahre der Vorbereitung auf das Priestertum hinweg, war aber von Anfang an präsent.

Seit meiner Kindheit spielte ich intensiv Geige, mit dem Wunsch dem Beispiel meines Vaters zu folgen und Musiker zu werden. Nun aber, mit der Sicherheit, zum Priestertum berufen zu sein, war für mich der Mühe- und Zeitaufwand in der Musik nicht mehr gerechtfertigt. So wollte ich meinem Leben eine klare Ausrichtung geben und besuchte für ein Jahr das Kleinseminar der Legionäre Christi in den Vereinigten Staaten. Dort beendete ich die Schule, um dann 2003 mit 18 Jahren in Bad Münstereifel dem Orden beizutreten.

Die Berufung sprengt viele Rahmen. Meine ganze Familie wurde in einem gewissen Sinne berufen. Bald schon traten meine Mutter und meine kleine Schwester der katholischen Kirche bei. So auch mein älterer Bruder durch seinen Entschluss, sein Lebensweg innerhalb der Katholischen Integrierten Gemeinde zu suchen. Mein Vater wurde “Dulder” der häufigen Besuche von Patres und Brüdern der Legionäre. Er schloss den katholischen Glauben und auch das Regnum Christi immer mehr in sein Herz. Als eher wortkarger Mensch, wenn es um innere Überzeugungen und Gedanken ging, offenbarten seine Taten und Reaktionen seine wahre Haltung. Bald besuchte er treu die katholische Messe an der Seite meiner Mutter. Für ihn war es selbstverständlich, als Evangelischer nicht zur Kommunion zu gehen. Die Begründung dafür, dass er nur noch zur katholischen Messe ging, war: “Wenn ich beim evangelischen Gottesdienst keine gute Predigt höre, gehe ich leer nach Hause. Bei der katholischen Messe ist es die Liturgie selber, welche mir unabhängig von der  Predigt den Reichtum des Glaubens übermittelt.”

Somit drang er zum Mittelpunkt des katholischen Glaubens vor, der Liturgie als Vergegenwärtigung der Geheimnisse Christi und erfuhr in meiner Mutter und auch der ganzen Regnum Christi Familie, was katholisches Leben ist. Dennoch war die Überraschung und Freude groß, als er mir auf seine nüchterne Art im Herbst 2009 sagte, er plane nun katholisch zu werden. Die wenige Monate darauf folgende Firmung dieses 67 alten Mannes aus urevangelischer Familie war ein Wunder der Gnade Gottes.

Wenn man mich fragt, ob meine Eltern durch mich katholisch geworden sind, kann ich immer nur sagen:”Nein!” Es ist ein Geheimnis der Gnade Gottes. Natürlich war ein Wunsch da, dass eines Tages meine ganze Familie katholisch werde, aber niemals fühlte ich mich fähig, dies zu bewirken. Im Falle meiner Mutter war es eben ein Same, der schon früh in sie gelegt wurde. Ich fragte sie einmal, warum sie katholisch geworden sei, und sie konnte es nicht wirklich beantworten. Gott hatte in ihrer Seele schon früh eine Sehnsucht zu katholischen Kirche geweckt, die sie in der belesenen und tiefen Art ihres Vaters durch Lektüre und innerem Staunen über den Reichtum nährte. Das Katholische war kein Fremdkörper und fing an etwas Eigenes zu werden.

Im Dezember 2012 hat Gott unerwartet einen Lebenskreis in unserer Familie geschlossen. Mein Vater starb innerhalb einer Woche an einem Lungenversagen. Wir alle, sei es meine Mutter, meine Geschwister und ich selber, hatten uns immer ein Leben mit unserem alten „Väterchen“ vorgestellt. Ob nun Großvater für seine Enkelkinder, Vater anwesend bei der Priesterweihe oder Ehemann, der mit meiner Mutter einen ruhigen letzten Lebensabschnitt verbrachte, dies war er immer für uns. Nun aber verschied er nach kurzem Todeskampf und wurde von Gott heimgeholt.

Wir empfanden, dass Gott damit einen Kreis schließt. Er wollte es so, er wollte sein Werk, ein Teil seines Planes mit unserer Familie schon frühzeitig abschließen. Der Überraschung über eine so schnelle Bekehrung folgte auch die Überraschung eines so schnellen Todes. Beides jedoch passte zusammen und für beides sind wir in unserer Familie dankbar.

Gottes Weg mit den Seelen ist und wird für mich immer Quelle der Betrachtung und Dankbarkeit sein. Schon unsere himmlische Mutter hat uns gelehrt, ein betrachtendes Herz zu bewahren. Seine Mutter bewahrte alles, was geschehen war, in ihrem Herzen (Lukas 2, 51). Betrachten und Vertiefen führt zum  Weitergeben. Vielmehr wird das Wasser, das ich ihm gebe, in ihm zur sprudelnden Quelle werden, deren Wasser ewiges Leben schenkt (Johannes 2, 14). Gott als Liebe zu erfahren, sowohl im eigenen Leben, wie auch im Leben derjenigen, die uns umgeben, ist immer Ursprung für das Wirken der Gnade in so vielen Seelen. Wir müssen uns dabei nichts einfallen lassen, sondern Gottes Plan nicht stören.

klemeyer-nicholaus

Nikolaus Klemeyer ist am 28. Februar 1985 in Starnberg in Süden von München, Deutschland geboren. Er stammt aus einer evangelischen Familie. Sein Vater war Musiker und Sohn eines Evangelischen Pfarrers. Schon als Jugendlicher hatte P. Nikolaus Klemeyer Kontakt mit den Legionären Christi und nahm an einigen Romfahrten und Jugendlagern teil. 2001 konvertierte er zum Katholischen Glauben. Auch Großteil seiner Familie wurde später katholisch.

2002 trat er dem Kleinseminar der Legionäre Christi in den USA bei und 2003 dem Noviziat in Bad Münstereifel. Er absolvierte die humanistischen Studien in Salamanca in Spanien und die Philosophie- wie auch Theologiestudien in Rom. Außerdem half er als Ausbilder für zwei Jahre im Noviziat in Deutschland und für ein Jahr im Zentrum für humanistische Studien in Salamanca, Spanien.

ES Nicolás Klemeyer nació el 28 de febrero de 1985 en Starnberg, en el sur de Munich, Alemania. Él viene de una familia protestante. Su padre era un músico e hijo de un pastor protestante. Ya en su adolescencia tuvo contacto P. Nicolás Klemeyer con los Legionarios de Cristo y participado en varias peregrinaciones a Roma y campamentos juveniles. En 2001 se convirtió a la fe católica. También la mayoría de su familia fue más tarde Católica.
En 2002 se unió al pequeño seminario de los Legionarios de Cristo en el EE.UU. y 2003 en el noviciado en Bad Münstereifel. Se graduó de los estudios humanísticos en Salamanca en España y la filosofía, así como estudios de teología en Roma. También ayudó como instructor durante dos años en el noviciado en Alemania y por un año en el Centro de Estudios Humanísticos en Salamanca, España.

Rafael Kizimia

“Antes mesmo de te formar no ventre materno, Eu te escolhi; antes que viesse ao mundo, Eu te separei e te designei para a missão de profeta para as nações.” (Jeremias 1,5)

No último ano da escola me convidaram para fazer missões de evangelização na Amazônia, pelo que comecei a me preparar com muita alegria. Uma semana antes de embarcar eu estava rezando o terço no meu quarto e de repente, depois de um ano e meio sem pensar um só segundo no tema, surgiu uma convicção muito forte dentro de mim: eu seria sacerdote.

Desde pequeno senti sempre um grande desejo de fazer alguma coisa pelos outros, de fato quando me perguntavam o que queria fazer quando crescesse sempre respondia que gostaria de ser médico para ajudar aos outros. O que não sabia era que Deus tinha outros planos.

Nasci numa família católica, mas por um ou outro motivo nem sempre vivemos intensamente a nossa fé o que nos levou a peregrinar por outros caminhos fora da Igreja até que como bons filhos voltamos a casa. Meu pai faleceu quando eu ainda tinha 10 anos, pelo que desde esse momento entre a minha mãe, meus irmãos e eu nasceu um vinculo muito especial que nos une até hoje. Agradeço muito a Deus porque desde o começo deram um apoio incondicional à minha vocação não obstante as dificuldades que tiveram que enfrentar.

            Com o passar do tempo o desejo de fazer alguma coisa pelos outros se fortificava em mim, mas eu não achava mais que ser médico era a solução, pouco a pouco sentia que formar uma família colmaria esses desejos.

            Quando estava no último ano do ensino fundamental, a providência de Deus começou a atuar com mais clareza. Um dia nos perguntaram na escola quem gostaria de ser padre, como isso nunca tinha passado pela minha cabeça não disse nada, mas um grande amigo meu teve a inspiração de levantar a mão e dizer que tinha a curiosidade de saber se Deus o chamava. Alguns dias depois um jovem, que hoje é um sacerdote legionário, o Pe. Alexandre Nunes, veio conversar com o meu amigo e convidar ele para fazer missões e conhecer o seminário do Legionário de Cristo. Como eu estava ao seu lado também recebi o convite, ao final meu amigo não foi nesta viagem, mas eu, sem saber bem o porquê, decidi ir.

            Depois de passar a semana santa no noviciado da Legião, eu comecei a fazer missões de evangelização, estas experiências marcaram a minha vida e fizeram germinar a semente da vocação que Deus já tinha plantado em mim e que ainda não era consciente. Depois do primeiro ano de missionário me incorporei ao Movimento Regnum Christi o que me ajudou a viver uma profunda experiência de vida cristã. Acho que tal experiência me fez ver que era possível ser cristão no mundo, ser jovem e seguir a Cristo. Das muitas coisas que fizemos me lembro de modo especial as reuniões de formação e os encontros com Cristo que fazíamos os sábado à noite antes de sair para uma festa. Era como ser um fermento na massa, não importava o ambiente em que estávamos, nós conseguíamos viver a alegria de ser jovens e ao mesmo tempo formar ao nosso redor um ambiente sadio e cristão.

            Quando estava no final do primeiro ano do ensino médio senti pela primeira vez que talvez Deus me chamasse ao sacerdócio, então comentei ao meu diretor espiritual que me disse para colocar tudo isso nas mãos de Nossa Senhora. E assim o fiz, confesso que neste momento tive a certeza que seria sacerdote. Sem embargo, no ano seguinte, por medo e falta de generosidade comecei a me afastar um pouco dos meus compromissos de vida cristã, nas vezes que tinha direção espiritual não tocava no tema da vocação. Assim se passou um ano e meio onde nem por um instante pensei de novo na vocação. Por isso, eu já começava a pensar na minha futura profissão, no desejo de formar uma família e levava adiante a paixão que sentia pelo teatro. Já fazia dois anos que trabalhava como ator e estava me saindo cada vez melhor, cheguei a ganhar alguns prêmios e desejava fazer uma experiência no cinema, mas Deus tinha outros planos.

            No último ano da escola me convidaram para fazer missões de evangelização na Amazônia, pelo que comecei a me preparar com muita alegria. Uma semana antes de embarcar eu estava rezando o terço no meu quarto e de repente, depois de um ano e meio sem pensar um só segundo no tema, surgiu uma convicção muito forte dentro de mim: eu seria sacerdote. Os dez dias passados na Amazônia foram de muita luta contra meu egoísmo, mas ao ver tantas almas que precisavam conhecer a Cristo, aquele desejo que sentia quando era criança, de ajudar aos outros, recobrou força em mim e eu finalmente entendi qual era o meu caminho.

            Uma vez tomada a decisão senti uma grande paz mesmo que os medos humanos de um futuro desconhecido não deixaram de surgir, mas Deus deu forças e graças a mim e às pessoas que estavam ao meu redor, mesmo quando não entendiam a minha decisão.

            Finalmente em janeiro de 2004 iniciei essa aventura maravilhosa que é a consagração a Deus. Aos poucos meses de ter começado o noviciado fui enviado à Espanha para continuar ali a minha formação por mais 4 anos. Depois de estudar a filosofia em Roma pude regressar ao Brasil onde trabalhei por 3 anos em dois seminários da Legião.

            Realmente não é fácil tomar a decisão de deixar tudo para seguir a Cristo, mas uma vez que se coloca o pé nesta estrada posso testemunhar que é a coisa mais maravilhosa do mundo, não que seja fácil e não tenha suas dificuldades e sofrimentos, mas a alegria de fazer tudo por aquele que deu a vida por nós e de levar muitas almas para o céu, supera tudo isso.

kizimia-rafaelO Pe. Rafael Kizimia Fantini nasceu em São Paulo, Brasil. Tem dois irmãos e provem de uma família católica. Decidiu entrar no seminário em 2004 aos 18 anos depois de alguns anos de experiência em missões de evangelização que o fizeram ver a necessidade que as almas tem da ajuda dos sacerdotes. No mesmo ano de 2004 foi enviado a Salamanca, Espanha onde continuou seu noviciado e fez os estudos de humanidades clássicas. No ano de 2008 se mudou para Roma onde cursou dois anos de filosofia. De 2010 a 2013 trabalhou como formador em dois seminários da Legião de Cristo no Brasil. Finalmente terminou seus estudos de teologia em Roma no ano de 2016.

Ryan Richardson

“What return can I make to the Lord for all His goodness to me? I will take up the cup of salvation and call on the name of the Lord.” (Psalm 116: 12-13).

I began to ask myself, “Where does it all end? Is there one, ultimate goal that brings lasting satisfaction?” If so, then I wanted to dedicate all my energy in pursuing this goal.

            Perhaps the most frequent question I receive is, “So, when did you first decide to be a priest?” I often chuckle at the question because, atleast for me, the answer can’t be given in a single phrase or a short conversation. While some priests were suddenly aware of a special calling to serve the Lord at a fairly early age, I didn’t even think of the priesthood until a bit later in life. Instead, the discovery of a vocation occurred gradual, over time.

            Although I was born and raised a Catholic in South Louisiana, I wasn’t the most pious child. It was my older brother Tim (my only sibling) who was the altar boy and goody two shoes of the family. I was more rambunctious and the class clown.  I can remember making fun of my older brother for going to Mass on Sundays and wasting an hour of watching football or playing outside. It’s not that I detested religion or the Mass, but I just didn’t see its’ relevance. I was much more concerned with friends, grades and sports. As I grew up, I excelled in American Football and it consumed much of my life. In high school, I played the fullback position and was elected a team captain. We were one of the best teams in the state of Louisiana and many of the players went on to play at the collegiate level. The sport taught me so many life lessons such as hard work, sacrifice and teamwork. I also excelled in the classroom. I was in all honors classes and ranked near the top of my class.

            My so called “conversion” experience happened during my late high school years.  Even though I excelled in sports and grades, I noticed a certain interior dissatisfaction. If we won a game, I experienced happiness, but that experience didn’t last long. Almost immediately, I found myself preparing for the next game.  Even after a winning season, I was suddenly planning for the next season (and so on). It was the same thing with studies. I would do well on a test, experience a brief moment of satisfaction and then start studying for the next exam. I began to ask myself, “Where does it all end? Is there one, ultimate goal that brings lasting satisfaction?” If so, then I wanted to dedicate all my energy in pursuing this goal.

            I began to take my faith seriously and started to develop habits of prayer and sacramental life. I prayed the rosary daily before lunch, went to Mass regularly on Sundays and frequented the sacrament of confession. For the first time, the person of Christ was relevant in my daily life. I started dialoguing often with Him and the Blessed Mother and tried to live an authentic Christian life. Even though I continued to excel at sports and academics, my perspective toward them changed. My relationship with Christ now became the center from which all else revolved around.

            After high school, I attended college at Loyola University New Orleans and met a Legionary for the first time. I was immediately impressed. His demeanor, way of dress, dynamism and passion for Christ were extremely attractive. Even though I had not been actively discerning a priestly vocation, a thought crossed my mind that seemed to come from nowhere. That idea was,If you were to be a priest, be a priest like that.” I soon developed a relationship with him and a few other Legionaries and became a member of Regnum Christi. I fell in love with the charism and, after graduation, spent two years as a Regnum Christi Missionary.  I lived in a Legionary community and saw first-hand the spirit of charity and sense of mission in the Legion. I felt at home and discerned that God might be calling to me to the priesthood. Therefore, I decided to atleast join the Summer Candidacy Program in Cheshire, Connecticut. I had nothing to lose. There was no commitment to join and after the three months I would have a better idea of where God was calling me. I just had one condition. I made a visit to Our Lady in the Novitiate courtyard and prayed this prayer: “Mary, if this for me, just bring me happiness. If you fill me with joy, then I will follow wherever God leads.” At the end of the Summer, I could honestly say that I was the happiest I had ever been in my life. I became a Novice in September 2005 and adventure of religious life began. Since then, I haven’t turned back.

            Reflecting on these last eleven years in the Legion, I am reminded of Jesus’ parable of the workers in the vineyard (Matthew 20:1-16). The landowner goes out and calls various workers at different times of the day. Even though some were called earlier than others, they each receive the same wage. For those of us called to the priesthood, that wage is God’s mercy. His goodness to me has given great joy and has led me on a path unimaginable. He has called me to a specific vocation of priestly service in the Legion of Christ and has asked me to be an instrument of His love and mercy in the world.  “What return can I make to the Lord for all His goodness to me? I will take up the cup of salvation and call on the name of the Lord.” (Psalm 116: 12-13).

richardson-ryanDeacon Ryan Richardson is a spiritual director for college age students and young adults in the Diocese of Dallas, Texas. Born and raised in New Orleans, He graduated summa cum laude in 2003 from Loyola University New Orleans, where he obtained a bachelor’s degree in Economics and received the John X Wegman Award for Most Outstanding Business Undergraduate. After graduation, he volunteered one year as Director of Chapter Development for COMPASS, a national network of Catholic college students. He was named the program’s Executive Director in 2004 and in 2005 joined the Legionaries of Christ. During his years of priestly formation he has served as an Assistant to the Instructor of Novices in Cheshire, CT and co-founder of Upper Room Rome, an apostolate that networks English speaking Catholic college students in the Eternal City. In 2016, he graduated summa cum laude with degrees in Philosophy and Theology from the Pontifical Athenaeum Regina Apostolorum in Rome, Italy. He was ordained a deacon on August 6, 2016 in Rolling Prairie, Indiana and will be ordained a priest in Rome on December 10, 2016.

Sebastián Rodríguez

Dejé mi examen en blanco diciéndome:
«Si me decido hoy a ser sacerdote será para toda mi vida,
mientras que esta nota será una más de las muchas que recibiré
por los exámenes que haré en el futuro».

Me decidí por el sacerdocio cuando tenía 12 años. Estaba haciendo un examen de inglés, cuando pasó un hermano Legionario por el pasillo fuera de mi sala de clase; era normal que pasaran, pero ese día su paso dejó algo en mí. «¿Cómo será ser uno de ellos?, me gustaría vestir de esa manera, organizar retiros, campamentos, hablar de Dios a las personas, dar la Comunión. ¿No será que Dios me llama?».

Fue el estilo de pensamiento que me surgió al verlo pasar, pero fue tan claro y fuerte que me dije: «Si me decido hoy a ser sacerdote será para toda mi vida, mientras que esta nota será una más de las muchas que recibiré por los exámenes que haré en el futuro». Con esa convicción dejé el lápiz a un lado y no continué haciendo el examen. ¿Cosas de niño? ¿Cómo tan chico y tan seguro? Mirando atrás es difícil explicármelo, sin embargo, fue lo que sentí en ese momento y mi decisión inicial se ha ido fortaleciendo a lo largo de los años cada vez que le he preguntado al Señor: ¿qué quiere Dios?

    Nací en Santiago de Chile el 27 de marzo de 1986 en un ambiente familiar maravilloso; rodeado del amor de mis padres, de mi hermana mayor y de mis dos hermanos menores. Siempre hemos estado muy unidos a toda la familia; era frecuente vernos acompañados de los primos, tíos y abuelos durante el año, especialmente durante las fiestas y vacaciones de verano.

    Entré al colegio Cumbres en 1991, cuando cumplí 5 años, y fue así cómo los Legionarios entraron en mi vida. En 1997, casi con 12 años, me incorporé al ECyD y no me perdía actividades (el ECYD, Encuentros, Convicciones y Decisiones, es una organización del Movimiento Regnum Christi, para adolescentes que hacen una alianza con Cristo y entre sí para construir un mundo nuevo según el Evangelio). Gracias a la formación de mi familia, del Cumbres y del ECyD, fui recibiendo la gran enseñanza de tener a Cristo en el centro de mi vida, como a un Amigo, como el mejor de los amigos, a quien puedo confiarle todo. Además, pude aprender a buscar conocer a Cristo, para amarle personalmente y luego transmitirle de forma apasionada y eficaz.

    Después de esa prueba de inglés, en que sentí el llamado, me fui directamente a la Capilla donde estuve un buen tiempo en oración. Salí de ahí con grandes motivaciones, tanto es así que fui a la biblioteca para pedir un libro sobre algún sacerdote que contara su vocación (la verdad es que quería salir de la duda: «¿A todos los llama Dios en una prueba de inglés?» – me preguntaba –, esa era mi duda, ¿para qué ocultarla?, tenía 12 años). El libro se me acabó esa misma tarde, estaba ansioso, y comencé a hablar con mi director espiritual (el mismo hermano Legionario que había pasado por la ventana). Fui un fin de semana a conocer el Centro Vocacional (Seminario Menor de los Legionarios de Cristo) y me gustó mucho. Pensé entrar, pedí permiso para irme el año que entraba, pero con el tiempo, y ayuda de mis papás, me di cuenta que Dios me llamaba por otro camino. Fue así como a los 14 años, el 1 de febrero de 2001, entré a vivir con los Legionarios en el Centro Estudiantil, un grupo pensado para el discernimiento vocacional de los Laicos Consagrados del Regnum Christi, pero en Chile abierto para ambas vocaciones.

    Estuve en el Centro Estudiantil mis últimos cuatro años de colegio. Algo que me motivaba de esta nueva realidad, fundada en Chile el año 2000, era que seguíamos estudiando en el mismo colegio, es decir, mantenía mi ambiente, mis amigos y profesores, además de discernir y hacer madurar esa posible vocación haciendo mucho apostolado en el ECyD. La decisión no fue fácil, por un lado estaba convencido de haber escuchado el llamado de Dios, pero por otro, el hecho de dejar a mi familia me costaba demasiado. A pesar de ello, al ver que era Dios el que me lo estaba pidiendo, que de mí dependía corresponderle y que el Centro Estudiantil me iba a ser importante para poder discernir y cuidar mejor mi vocación, me lancé a pedir el permiso a mis papás. Me dijeron que no. Sus argumentos fueron los mismos que cuando les pedí permiso para entrar al Centro Vocacional: que era muy chico, que lo pensara mejor y que debía conocer más el mundo.

     A mitad de año (todavía con 13 años), en una visita a Cristo Eucaristía, vi bastante claro que Dios me pedía entrar el próximo año. Pero «¿cómo quieres que entre si no tengo el permiso?» – le reclamé a Jesús – y me habló claro; quedamos en que haría una presentación a toda mi familia para hablarles sobre el Centro Estudiantil, demostrándoles, con mis palabras, cuáles eran mis motivaciones para seguir este camino. Preparé unas invitaciones especiales que entregué con anticipación a cada uno (a mis padres, hermanos y a la Lili, la nana de mi casa) para que no faltara nadie; hablé con los miembros del Centro Estudiantil de entonces para preguntarles qué hacían y cómo vivían; y, con esa información, fui preparando con mucho entusiasmo mi Power Point.

    Cuando llegó el día de la presentación (29 de octubre de 2000) no me fue fácil, era “el todo o nada” y al mismo tiempo sabía que si me daban el permiso, igual me costaría por pensar en dejarlos. Pese al nerviosismo, la presentación salió tal como lo tenía planeado: les hablé de lo que quería, respondí a las preguntas que tenían, y les invité a comer unas galletas que les había comprado mientras les tocaba música en un órgano electrónico que tenía. Al terminar mi papá me dijo que me veía seguro y que él sí me daba permiso. Recuerdo que le preguntó a mi hermana y ella también dio su aprobación: «Si él lo quiere, por mí bien». Al día siguiente hablé con mi mamá y, junto a mi papá, me dieron el permiso definitivo; ahora era un hecho que me iba a ir a vivir con los padres a partir del próximo año. Esos meses que me quedaban en la casa los aproveché para estar muy cerca de ellos, terminé el año de colegio, seguí pensando bien mi decisión y continué trabajando en mi vida espiritual: rezando, comulgando todos los días en el colegio, participando en las actividades del ECyD e incluso, gracias al apoyo de mis papás para estar realmente seguro de mi decisión, pude ir de peregrinación a Roma para el término del Jubileo del año 2000 y el 60ª Aniversario de la Legión de Cristo.

     De regreso del viaje a Roma tuve dos semanas de vacaciones inolvidables con mi familia, era la despedida, y eso hizo que fueran días muy especiales. Como dije antes, entré al Centro Estudiantil el 1 de febrero de 2001 y encontré un gran ambiente de caridad, de alegría, de oración y de sencillez, el cual me ayudó mucho a adaptarme rápidamente a mi nueva forma de vida. A mi familia la veía domingo por medio (aunque muchas veces también la veía en la salida del colegio, o a mis hermanos en el recreo), sin embargo fueron cuatro años para que ambos nos ayudáramos a entender las exigencias de la vocación religiosa y lógicamente a darnos cuenta de lo bonito que era seguir a Jesús y lo importante que era para mí el corresponder a Su invitación.

    Terminando el colegio, graduándome en diciembre de 2004, estaba todo listo para comenzar mi formación sacerdotal y entrar formalmente a la Congregación. El 1 de enero del año 2005 viajé a Brasil. Tuve dos meses de Candidatado (Postulantado) en Curitiba y dos años de noviciado en Sao Paulo. Fueron dos años muy enriquecedores para rezar, conocer más a Cristo y enamorarme de mi vocación. Seguí con mi apostolado en el ECyD, ahora ayudando en la fundación del Club Coliseo en la ciudad de Mogi das Cruzes. El 25 de febrero de 2007 profesé mis primeros votos por 3 años, lo que me convirtió por fin en miembro religioso de la Congregación de los Legionarios de Cristo y luego de unos años de formación, el 27 de marzo de 2012, hice mi Profesión Perpetua recibida por el Cardenal Velasio de Paolis en Madrid, mientras trabajaba apostólicamente en los clubes del ECYD de Sant Cugat y Barcelona.

    Es así como desde que sentí el primer llamado, tras mis años de estudio y trabajo apostólico, puedo decir que soy muy feliz. Y que a pesar de las situaciones difíciles que he tenido que afrontar, normal en toda vocación, todo ha valido la pena. Estar cerca de Dios es una gran experiencia en todo sentido, cada día es un desafió que me llena de alegría, sin duda, seguir a Cristo es una vocación maravillosa. Confío en Dios en que muchos más serán llamados y puedan vivir tan felices como yo, y le pido que los que sientan esta llamada sean siempre generosos para cumplir con lo que Dios quiere para ellos.

    Seré ordenado sacerdote, Dios mediante, en diciembre de este año. Les pido oraciones para que pueda ser un fiel instrumento en las manos de Dios y pueda administrar los sacramentos acercando a muchas personas a percatarse de cuánto Dios las quiere. Y de esta forma poder transmitir a Dios a los demás aportando en lo que se pueda al crecimiento espiritual de todos los que estén cerca de mí. Termino con una oración que siempre me ha ayudado desde que me incorporé al Movimiento Regnum Christi: «Me toca a mí, y de mi depende que tus palabras Señor no se pierdan, me toca a mí, que tu mensaje de salvación llegue a todos los hombres».

Sebastían RodríguezNació el 27 de marzo del año 1986 en Santiago de Chile. Estudió en el colegio Cumbres. Estuvo 4 años en el Centro Estudiantil de Chile. El 1 de enero de 2005 comenzó el Candidatado en Brasil durante dos años y luego fue a Sao Paulo para ingresar al noviciado. Hizo su primera profesión religiosa el día 25 de febrero de 2007. Durante seis meses ayudó en la pastoral juvenil y en la promoción vocacional en Porto Alegre. A mediados del 2007 viajó a Estados Unidos para estudiar un año de Humanidades y Ciencias Clásicas en Cheshire (Connecticut). En septiembre de 2008 comenzó Filosofía en Thornwood (Nueva York). Luego de titularse bachiller en Filosofía, en julio del año 2010, trabajó en España durante tres años en la pastoral juvenil de Sant Cugat y Barcelona, siendo también administrador de los clubes Faro de ambas ciudades. El 27 de marzo de 2012 hizo su Profesión Perpetua. Desde agosto de 2013 vive en Roma, donde estudió tres años de Teología y tras la ordenación diaconal, colabora en la administración del Ateneo Pontificio Regina Apostolorum.

Giovanni Malgaroli, L.C.

Tu seguimi!

Non me ne andrò triste.

Anzitutto, Giovanni Paolo II era morto. La cosa mi aveva toccato, anche se in realtà non mi interessava cosa dicesse o facesse. Da quando ero nato lo vedevo lì, in televisione, e questa scomparsa mediatica era una cosa nuova per me. In ogni caso, è stato in quell’anno, 2005, quando le cose sono cominciate a cambiare.

Prima, cioè prima di conoscere Cristo, come tanti altri ragazzi vagavo per la vita senza preoccuparmi di grandi cose. La scuola, sempre sul filo del 6 per passare. La discoteca, d’obbligo al sabato sera. Le partite di calcetto con gli amici, la moto, le vacanze in montagna (meglio se sulla neve), la Playstation. I miei genitori non mi hanno mai fatto mancare niente e io ne ho approfittato per passarmela bene.

La fede… bé, diciamo che era lì, da qualche parte. Non ho mai smesso di frequentare la Messa domenicale, ma non ricevevo l’Eucaristia e non mi confessavo mai. Questa era tutta la mia vita di fede: senza preghiere, senza processioni, senza candele accese… In realtà, a pensarci bene qualche preghiera la facevo prima di addormentarmi: un Padre Nostro, un Ave Maria, una preghiera per i defunti. Niente di più. (Nonostante tale pochezza, la frequenza alla Messa e queste scarne preghiere credo siano state una grazia molto particolare con la quale il Signore non ha voluto che mi allontanassi troppo da Lui).

Nel 2005 stavo cercando di finire l’università, impresa titanica per uno che è sopravvissuto col 6 in pagella. Oramai ero un po’ stufo della routine quotidiana e cercavo qualche uscita dal solito circolo. Anche se era lontana l’idea di una relazione seria, avevo il desiderio di trovare una ragazza con la quale costruire qualcosa insieme.

Ed ecco che dal niente sbuca Aldo, un signore del mio paese che non avevo mai notato. Aldo era costretto sulla sedia a rotelle dalla sclerosi multipla. Una domenica mi vede a Messa e, in qualche modo, chiede a mia madre il favore di domandarmi se un giorno potevo andare a parlare con lui. Come dire di no alla propria madre che ti chiede di andare a parlare con una persona sulla sedia a rotelle? Alla fine, come sacrificio, andai a parlare con Aldo. Aldo mi presentò un sacerdote, così che mi ritrovai a dover parlare non solo con il signore sconosciuto sulla sedia a rotelle, ma pure con un sacerdote sconosciuto! Sicuramente non durò a lungo la chiacchierata; il sacerdote, tuttavia, prima che me ne andassi mi invitò a partecipare a un pellegrinaggio diretto a Medjugorje. Ovviamente rifiutai, così come la seconda volta che mi contattò. Alla terza, qualche mese più tardi, non trovai più scuse e, col pensiero che nei pellegrinaggi di solito ci sono molte ragazze, accettai, senza neanche sapere che cos’era Medjugorje.

Il pellegrinaggio, in effetti, brulicava di ragazze in gamba. Strinsi amicizia con un piccolo gruppo di ragazzi e ragazze che si rivelarono molto speciali. Alla fine l’esperienza fu forte, intensa. Qualcosa era cambiato. Con la scusa di tenermi in contatto con loro, incominciai un modesto cammino di preghiera che, come frutto di tanto bene ricevuto, ci portò a organizzare l’anno dopo lo stesso pellegrinaggio mariano, cercando però di coinvolgere più giovani possibile.

Anche in questa occasione andò tutto nel migliore dei modi; il gruppo si compattò e crebbe in numero e fervore. Maria e la preghiera erano sempre più presenti nelle nostre vite e sempre più al centro della nostra amicizia. Fu Maria chi realmente incontrai in questi pellegrinaggi e lei mi fece conoscere suo Figlio. Naturalmente un po’ alla volta. Fatto sta che 13 mesi dopo il primo pellegrinaggio, tornato dal secondo, mi ritrovai pregando il rosario ogni giorno, leggendo qualche versetto del Vangelo ogni giorno, confessandomi ogni mese e ricevendo l’Eucaristia ad ogni messa a cui partecipavo. La vita sacramentale, il contatto diretto con la Parola di Dio e le nuove amicizie nella fede mi avevano fatto scoprire una vita che non conoscevo. Il vuoto lasciato dai molti piaceri effimeri si era riempito della gioia profonda delle cose belle, tra le quali c’era pure quella persona che sembra fatta apposta per stare con te.

Sinceramente non potevo chiedere di più: una bella relazione che stava crescendo, la macchina, l’università che stava per terminare, amici incredibili, moltissima libertà e una famiglia splendida alle spalle che mi sosteneva in tutto. Eppure, con la pienezza della grazia e delle cose belle, incominciavo a sentire un’inquietudine nuova, un non so ché, quasi un pungolo che sembrava volermi aprire altri orizzonti, senza che capissi quali altri orizzonti ci potessero essere.

Nella preghiera il Signore andava coltivando semi di bene che erano pronti per germinare. In effetti, ordinata un po’ la vita con la frequenza ai sacramenti e con il cuore un po’ più puro, non era strano pensare al bene che si può fare vivendo più coerentemente quanto Gesù propone nel Vangelo. Non solo; la lettura diaria di qualche versetto incominciava ad assumere un colore diverso. Poco a poco, non leggevo più la storia di un libro, ma ascoltavo delle parole rivolte a me.

Maria, nel frattempo, provava a farmi capire che cosa significasse essere amato da Dio e cercare di corrispondergli. Il suo esempio di vita e le dolci parole dei suoi messaggi insistevano nello stimolare il mio cuore, tanto che mi ritrovai pensando che non esisteva solo il matrimonio come progetto di vita, bensì pure la strada della consacrazione, del dare la vita affinché altri potessero incontrarsi a loro volta con Gesù, com’era successo a me.

La prima volta che questo accadde mi lasciò sconvolto e, preso coscienza del pensiero “orribile”, rifiutai subito qualsiasi parvenza di inclinazione per una vita così. Le parole del Vangelo, tuttavia, erano ormai un alimento di cui non potevo farne a meno; la loro dolcezza mi consolava e la loro fortezza mi sosteneva. Arrivò il momento in cui i pensieri sulla possibilità di essere sacerdote ritornavano con frequenza senza che ci potessi far niente. L’inquietudine cresceva e con essa la confusione, dato che anche l’affetto per la ragazza con cui uscivo era cresciuto ed era molto sincero.

Continuavo a pregare, ma cercando di non badare a cosa volesse indicarmi il Signore.  Finché andai con gli amici a Lourdes, un posto a me molto caro per aver ricevuto una grazia speciale di Maria quando ero bambino. All’inizio di una Messa mi venne chiesto di assistere il sacerdote all’altare, lo stesso sacerdote dei pellegrinaggi precedenti. Era da molto tempo che non facevo più il “chierichetto”. Al momento della comunione il sacerdote mi chiese di seguirlo e di sostenere il calice, così da permettergli di distribuire l’Eucaristia sotto le due specie. In quel momento mi resi conto della grazia incredibile di poter offrire agli uomini l’alimento per la vita eterna, il pane di vita, Cristo stesso che si dona.

Era definitivamente giunto il momento di fare chiarezza e decidere davvero che cosa fare della mia vita. Mi convinsi di concedere a Gesù un tempo per parlarmi ed ascoltarlo, un tempo che fosse effettivamente un tempo per Lui e non solo qualche preghiera giornaliera. Fu così che, col desiderio di trovare risposte e con la viva speranza che tutto questo fosse solo un “disagio” passeggero, parlai con quel sacerdote dello stato in cui mi trovavo. Lui mi invitò ad un corso di discernimento vocazionale, cioè un periodo di un mese in cui, in un atmosfera di raccoglimento, le attività del giorno sono indirizzate a conoscere meglio il Signore e a dargli la possibilità di parlare “chiaro”.

Per l’ennesima volta Gesù mi rivolgeva queste parole: «Gesù fissò lo sguardo su di lui, lo amò e gli disse: “Una cosa sola ti manca: va’, vendi quello che hai e dallo ai poveri, e avrai un tesoro in cielo; e vieni! Seguimi!”.» Ma soprattutto quelle che seguono: «Ma a queste parole egli [il giovane ricco] si fece scuro in volto e se ne andò rattristato; possedeva infatti molti beni» (Mc 10,21-22). Gesù mi diceva “seguimi!” e io l’unica cosa di cui ero certo era che non volevo andarmene triste!

L’esperienza fu splendida, intensa, certamente diversa da qualsiasi altra. Oramai sapevo cosa voleva Gesù da me; sapevo pure cosa avrei dovuto fare, ma c’erano di mezzo la ragazza, gli amici, la famiglia, le mie cose. Come dirglielo? Come lasciare tutto?

Non ho idea di dove abbia trovato la forza o il coraggio per fare il salto nel vuoto. O meglio, so che è stata pura grazia di Dio! Alla fine, tra le molte lacrime, il disorientamento generale – sia mio che di amici e parenti – un po’ di incoscienza, presi la decisione di seguire Gesù nel modo che Lui mi indicava. Entrai così nella Legione di Cristo, nella quale chiedo a Dio la grazia di donare la mia vita per la conversione dei cuori e la salvezza delle anime.

Per il Regno di Cristo alla Gloria di Dio.

giovanniGiovanni Malgaroli è nato il 27 novembre 1982 ed è vissuto a Lesa (No) fino all’entrata in seminario. È il secondo di tre fratelli. Mentre finiva la Laurea Triennale in Filosofia presso l’Università degli Studi di Milano, il 15 settembre 2007 è entrato nel noviziato della Legione di Cristo a Gozzano (No). Due anni più tardi ha emesso la sua prima professione religiosa. Dopo un anno di Studi Umanistici a Salamanca (Spagna), ha trascorso due anni a Roma ottenendo la Licentia Docendi in Filosofia. Nel 2012 si è trasferito a Monterrey (Messico) per il tirocinio apostolico presso l’Istituto Irish. Nel settembre dello stesso anno ha emesso la professione perpetua dei consigli evangelici. Nel 2013 è tornato a Roma per iniziare gli studi di Teologia che ha terminato tre anni più tardi. È stato ordinato Diacono il 16 aprile 2016 a Gozzano (No) da Mons. Franco Giulio Brambilla, vescovo della diocesi di Novara.

Durante i suoi anni a Roma ha fatto parte dell’equipe della Segreteria Generale e il suo primo ministero sacerdotale lo vedrà impegnato come Segretario Generale dell’Ateneo Pontificio Regina Apostolorum a Roma.

Esteban Rodriguez, L.C.

“Habla Señor que tu siervo escucha” (1 Samuel 3, 10)

Me prometí y le prometí a Dios que la siguiente vez que tomara la decisión de ir al seminario no habría marcha atrás, que le daría todo lo que me pidiera. Y esa promesa quedó enmarcada en mi corazón.

El primer recuerdo vocacional se remonta a mis 12 años cuando amenacé a mi madre en el supermercado en tono enojado: “La próxima vez que digas a las personas en la calle que seré sacerdote no te acompaño de nuevo”, pues le gustaba comentarlo a los demás.

Quién pensaría que sería yo mismo al año siguiente comenzaría a acercarme a dos hombres vestidos de negro y divertidos que me invitaron a un campamento de verano para conocer el seminario menor. Pasado un tiempo comencé el pre seminario y luego de pasadas dos semanas de haber llegado, quise regresar a casa y se lo comenté al Padre; me sugirió tomarme tres días para pensarlo bien. Yo me olvidé por completo que quería regresar a casa, pues esos sentimientos habían pasado.

Después de unos días de convivencia me consulta de nuevo por la intención de irme a lo cual asentí pensando que ya había comprado el boleto de regreso y ya había dado mi palabra. Me lleve una sorpresa cuando en la estación de autobuses compra en ese momento el boleto y me lo entrega. Podría haberme quedado en el seminario, pero Dios tenía otros planes para atraerme a El “con lazos de amor” (Oseas 11, 4).

En el viaje de regreso recuerdo llorar mucho pensando y reviviendo el deseo de estar en el seminario y también en casa con mi familia. Me prometí y le prometí a Dios que la siguiente vez que tomara la decisión de ir al seminario no habría marcha atrás, que le daría todo lo que me pidiera. Y esa promesa quedó enmarcada en mi corazón.

Esos años posteriores al regreso del seminario ayudé en la parroquia con catequesis y luego en el coro de la parroquia. Trabajamos en retiros, campamentos, encuentros de jóvenes, adoraciones y otras actividades. Doy gracias a Dios por esos años hermosos de convivencia con tantos jóvenes con los cuales mantengo cercanía y amistad hasta la fecha. Dios estaba poniéndome en el camino correcto, estaba trabajando la tierra de mi corazón para que al momento oportuno pueda ser generoso.

Ayudando en un campamento haciendo adoración y tome la Biblia para ayudarme de la palabra de Dios para rezar y me encontré con la historia de Samuel, desde entonces cada vez que recibía a Jesús Eucaristía, le pedía “¡Habla Señor que tu siervo escucha, quiero seguirte pero no estoy seguro, ayúdame, llámame!” y hasta el día de hoy en cada comunión esas palabras surgen como una oración espontánea. Desde este momento volvió a pasar por mi mente la posibilidad de ser sacerdote.

En el verano antes del último año de secundaria, aparecen en mi vida de nuevo aquellos hombres de negro, los padres Legionarios de Cristo. Me invitaron a unas misiones por las sierras visitando unas comunidades necesitadas, estaba feliz con la invitación, pero tenía ya el compromiso con el campamento arquidiocesano y las misiones eran un día después. En casa me dijeron que una cosa o la otra, no podía dejar de ayudar en el campamento y decidí dejar de lado las misiones. La sorpresa fue cuando llegando después de esa semana, mi madre me dio permiso para ir a las misiones con los miembros del Regnum Christi. Sería de los momentos claves de mi vocación.

En las noches me quedaba viendo las estrellas, como saben en las sierras el cielo parece estar mucho más cerca. Pensaba cada noche en la llamada a Seguirlo más de cerca como sacerdote, pero tenía mis dudas y no quería dar brazo a torcer ni dejar todos mis amigos, familia y proyecto de vida.

Sucedió lo que sería el inicio de la historia de amor entre Dios y su creatura. Sé que Dios no manda a un ángel o un mensajero para darnos la seguridad en la llamada vocacional, pero se lo pedía con tanta insistencia en la oración que me diera una certeza en el llamado que al final me regaló un gesto del que no podría dudar que estaba respondiéndome a lo que le pedía.

Una noche viendo las estrellas le decía a Dios si quería que lo siguiera como sacerdote, que pase una estrella fugaz en el cielo; me lleve una gran sorpresa cuando de repente no dejo de pensarlo y veo una estrella cayendo, me quede sin habla, Dios estaba escuchando mi oración. Lo guardé como un secreto.

Pero por mi dureza de corazón y falta de fe no sería la única vez que el Señor me daría una respuesta inmediata a mi oración. Como grupo de jóvenes en la parroquia teníamos cada miércoles adoración Eucarística y en una ocasión sentado en la primera fila, veía como se juntaba la cera en el borde de la vela en el altar junto a la custodia. Nuevamente empiezo a pensar en la decisión de irme al seminario y pensé que si Dios lo quería, que me dijera con un gesto que ese camino era para mí. Pensé si Dios lo quiere, que esa cera acumulada en la vela (y que era bastante) se desprendiera como asintiendo a lo que estaba rezando en mi interior. De nuevo sin terminar casi de pensarlo el hecho se hacía realidad, la cera se desprendió y cayó en el altar, lloré por mi dureza de corazón y falta de fe. Hasta el día de hoy guardo ese pequeño pedacito de cera que me recuerda la escucha de Dios a mi oración.

Otra perla en mi vocación, le llamo así porque son el tesoro en la historia de Dios conmigo, fue una semana antes de hacer el viaje al noviciado en Brasil. Fuimos hasta la capital a dos horas de casa a comprar todo lo necesario para irme al seminario. Al final de la jornada junto con mi madre tomamos un taxi desde la casa de mi tía y nos lleva a la estación de autobuses. Llegando a casa busco mi documento de identidad y no lo encuentro, lo había perdido y era el único documento que necesitaba para pasar la frontera. Doy fe que me quedé tranquilo, pensé que si Dios quería que fuera al seminario Él se ocuparía también de esto. Creo que pocas veces experimenté tanta seguridad y fe en la acción de Dios. Pasaban los días y la oración era más confiada.

De repente faltaban dos días para el viaje y mi padre se levantó con un infarto al corazón. Eran las 6 am y en casa todo era un revuelo, mis hermanos corriendo, la ambulancia, mamá preocupada por el tercer infarto de papá y yo sin saber qué hacer. Lo llevaron a la clínica donde lo trataban en la capital. De camino esa misma mañana, a dos días de la partida, una llamada, mi tía sorprendida me cuenta que llegó un taxista y le dejó mi documento de identidad, había recordado de dónde me tomó aquel día para ir a los autobuses y pasó por la casa a regresar el documento. No lo podía creer, otra vez Dios estaba presente respondiendo, saliendo al paso de cada situación. Ahora sólo faltaba que mi papá respondiera bien a las fuertes medicinas que le habían suministrado.

Pase esa noche pensando y hablando con mi mamá, qué sería lo mejor. Agradezco el apoyo de mis hermanos porque nunca se opusieron a mi decisión. Al día siguiente entré en terapia intensiva para ver a mi padre y entre los tubos de respiración me preguntó si estaba feliz con lo que estaba por hacer. Le dije que sí. A lo que respondió, ¡si vos sos feliz, yo soy feliz! Así fue como dejándolo todo emprendí el viaje a esta aventura que es seguir a Cristo como su sacerdote, como su misionero, como su Legionario de Cristo.

María Santísima también ha tenido un especio privilegiado en mi vocación. Recuerdo mi oración constante cada noche de esos dos años de noviciado en Sao Paolo, Brasil, delante de la imagen de María de Guadalupe le pedía que me concediera la gracia de dar la extremaunción a mi papá. En pocas palabras que llegara a verme sacerdote. Pero después de una semana en España para mis estudios humanísticos me llaman de casa para darme la noticia de su partida. En el momento lloré desconsolado por que no había recibido los santos oleos y el viático, me enoje con la Virgen María porque se lo pedí tanto tiempo y con todo el fervor que podía y no me lo concedió.

Pude llegar a su velatorio. Ver a mi familia alrededor del ataúd es una imagen que nunca borraré de mi mente. Acercarme y rezar el santo rosario junto a él era lo único que deseaba y así lo hice. Siempre cargo conmigo una imagen o una medalla de la Virgen y en ese momento antes de cerrar el ataúd saqué mi estampita y se la puse en el bolsillo interno de su saco diciéndole que esa era su entrada para llegar al cielo. María es el camino más seguro para llegar al cielo.

Desde ese momento María no me ha dejado nunca, cada dificultad en esos años de formación y de trabajo apostólico me ha tomado por la mano con tanta paciencia y me ha educado no sin dolor, pero si con mucho amor. Me considero un loco enamorado de su dulce Madre del cielo.

Soy feliz respondiendo a la llamada que Dios me hizo hace años y que me repite en cada Eucaristía: te elegí para amar. Dame Jesús la gracia de la perseverancia final y nunca permitas que me aparte de Tí. Gracias por fijarte en alguien tan insignificante como este servidor y elevarme a las gradas del altar haciéndome otro Cristo para mis hermanos los hombres.

Esteban RodriguezEl P. Esteban Javier Rodríguez, L.C., nació el 20 de septiembre de 1985 en la ciudad de Metán, Salta, Argentina. Entró en la Legión de Cristo a los 18 años de edad. Tras completar los años de noviciado en Sao Paolo, Brasil pasó un semestre en la comunidad de Betania en Buenos Aires y después un año de humanidades clásicas en Salamanca, España. Realizó sus años de prácticas apostólicas como promotor vocacional en el sur de la Ciudad de México. La filosofía y la teología las estudió en el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum en Roma, Italia. Actualmente desarrolla su ministerio en la pastoral vocacional en Guatemala, El Salvador y Costa Rica.