Luis Antonio López

El Señor te ha elegido para que seas objeto de su propiedad

Tenía 11 años y todo empezó con un deseo. Jesús pasó por la rivera de mi vida y me invitó a vivir una historia de amor, de amistad y de plenitud.

En mi familia somos seis hermanos, tres hombres y tres mujeres y yo soy el más pequeño. Vengo de una familia muy religiosa y practicante por parte de mi mamá. En mi familia tengo una tía canonizada, Santa María de Jesús Sacramentado Venegas, fundadora de las hijas del Sagrado Corazón de Jesús, que fue canonizada en el año 2000 junto con otros veinticuatro mártires mexicanos. También puedo decir que en mi pueblo se ha conservado mucho la fe religiosa gracias a la entrega y santidad de los párrocos. Toda esta religiosidad influyó mucho en mi niñez, aunque yo siempre fui un niño “travieso” y me la pasaba mucho tiempo en la calle jugando con mis amigos. Recuerdo que, entre otras muchas cosas de las que hablábamos como niños, nos preguntábamos qué queríamos ser de grandes. Yo siempre respondía que me iba a casar, pero la verdad esa respuesta no me convencía del todo.

La historia de mi vocación inició a los 11 años cuando uno de mis hermanos, que es un año mayor que yo, de un día para otro desapareció de la casa. Me dijo que se iba, que era un lugar donde iba a pasar el verano en la ciudad de México y que estaba muy feliz. A mí me costó mucho que se fuera mi hermano, pues siempre íbamos juntos a todas partes. Nos poníamos la misma ropa, dormíamos juntos y teníamos los mismos amigos. Me costó despedirme de él y le rogué mucho que se quedara. No entendía porqué se había marchado de casa ni a dónde iba. Recuerdo que lloré pero en el fondo estaba feliz porque él estaba feliz. A las pocas semanas me empezó a escribir cartas y a contarme lo que hacía: juegos, piscina, actividades, paseos, etc., me empezó a ilusionar y cuando lo fuimos a visitar mi mamá y yo, después de un mes y medio, lo vi muy feliz y muy cambiado.

No recuerdo si hubo un momento exacto cuando recibí la llamada, pero me gusta pensar en un momento donde me convencí de dónde tenía que estar y recuerdo que, una vez que tomé la decisión, sabía que era para siempre. Esto sucedió cuando fui a visitar a mi hermano, junto con mi mamá, a la ciudad de México. Recuerdo que viajamos de noche y fuimos a visitar la Virgen de Guadalupe. Estaba muy emocionado. Apenas llegamos al centro vocacional del Ajusco, donde estaba mi hermano, un lugar desde donde se contempla toda la ciudad de México, lleno de árboles, de campos de juego, tuve una moción interior que no me quedó la menor duda de que yo tenía que estar allí. Fue tan solo llegar, antes incluso de ver a mi hermano o a los demás seminaristas. Me sentía en casa. A partir de esa primera experiencia, todo ese día fue un confirmar esa primera impresión. También me llamó mucho la atención ver que todos los que vivían allí tenían un rostro muy feliz. Allí fue donde me decidí a entrar en el seminario y el momento en el que que me decidí a ser sacerdote. A partir de entonces empecé a decir a mis demás compañeros de la escuela que quería ser sacerdote. Esta respuesta sí me convencía y desde entonces hasta el presente me siento muy feliz de estar respondiendo a la llamada que Dios me hizo para ser sacerdote.

Durante mis años de seminario he estado en diversos países: España, Estados Unidos, Italia, Brasil, México y de nuevo Italia. Ha sido un recorrido largo pero bello. La gracia de Dios me ha asistido y acompañado en todo momento. He podido conocer diversos países, diversas culturas, muchos compañeros a lo largo de estos años y veo clara la mano de Dios que me ha sostenido en los momentos difíciles de este camino. Sin duda, no me hubiera sido posible llegar hasta el presente sin el apoyo de mi familia, de mis hermanos y de tantas personas que me han sostenido con sus oraciones. Mi gratitud la dirijo en modo especial a mis superiores y formadores que me han asistido en estos años y que han sabido ser instrumentos de Dios. Gracias a su entrega y su comprensión he podido salir adelante superando los diversos obstáculos que se han ido presentando en estos años.

Ahora que miro hacia atrás, no me queda más que admirarme y repito con el salmo 115: “Cómo pagaré al Señor por todo el bien que me ha hecho” el Señor. No soy yo quien ha elegido seguir al Señor, sino que el Señor me ha elegido. El Señor es fiel a sus palabras y puedo atestiguar que en ningún momento me ha abandonado. Pido a María el don de la perseverancia en este camino. Ella me ha protegido y acompañado también en este recorrido. A Cristo y a María va mi mayor gratitud por su fidelidad y su Misericordia.

lalEl P. Luis Antonio López, L.C., nació en Guadalajara (Jalisco), México. Es el menor de 6 hermanos. Entró en el centro vocacional del Ajusco, en la ciudad de México, a la edad de 12 años y a los 14 años lo enviaron a Valencia (España) donde hizo dos años de seminario menor. Ingresó al noviciado de Salamanca en el 2001 y tras la primera profesión en el 2003 fue enviado a Cheshire (USA) para estudiar humanidades. En el 2005 se trasladó a Roma donde estudió dos años de filosofía. De 2007 a 2011 ayudó en la formación de los seminaristas menores en Sao Paolo (Brasil) y después en la ciudad de Guadalajara (México). En el 2011 regresó a Roma para terminar sus estudios de filosofía y teología y en este período ha estado apoyando en la secretaría del territorio de Italia. El P. Luis Antonio comenzará su sacerdocio en Italia apoyando con grupos del Regnum Christi.”