Una y otra vez me sales al encuentro.

Viernes 1 de abril – Una y otra vez me sales al encuentro

Una y otra vez me sales al encuentro para demostrarme en cada instante que me quieres y que me acompañas.

Viernes de la octava de Pascua

 

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

¡Cristo, Rey Nuestro! ¡Venga tu Reino!

 

Oración preparatoria (para ponerme en presencia de Dios)

Señor, hoy me encuentro nuevamente ante Ti, con el deseo de escucharte. Quiero meditar tu Palabra para conocerte y amarte más. Tengo sed de Ti, soy como tierra reseca. Creo firmemente en Ti, creo que tu gracia me renueva. Gracias por llamarme para estar contigo. Éste es un momento especial, en que vengo a Aquél que es mi única fuente: Tú, Señor.

Evangelio del día (para orientar tu meditación)

Del santo Evangelio según san Juan 21,1-14

En aquel tiempo, Jesús se les apareció otra vez a los discípulos junto al lago de Tiberíades. Se les apareció de esta manera: Estaban juntos Simón Pedro, Tomás (llamado el Gemelo), Natanael (el de Caná de Galilea), los hijos de Zebedeo y otros dos discípulos. Simón Pedro les dijo: «Voy a pescar». Ellos le respondieron: «También nosotros vamos contigo». Salieron y se embarcaron, pero aquella noche no pescaron nada.

Estaba amaneciendo, cuando Jesús se apareció en la orilla, pero los discípulos no lo reconocieron. Jesús les dijo: «Muchachos, ¿han pescado algo?». Ellos contestaron: «No». Entonces Él les dijo: «Echen la red a la derecha de la barca y encontrarán peces». Así lo hicieron, y luego ya no podían jalar la red por tantos pescados.

Entonces el discípulo a quien amaba Jesús le dijo a Pedro: «Es el Señor». Tan pronto como Simón Pedro oyó decir que era el Señor, se anudó a la cintura la túnica, pues se le había quitado, y se tiró al agua. Los otros discípulos llegaron en la barca, arrastrando la red con los pescados, pues no distaban de tierra más de cien metros.

Tan pronto como saltaron a tierra, vieron unas brasas y sobre ellas un pescado y pan. Jesús les dijo: «Traigan algunos pescados de los que acaban de pescar». Entonces Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red, repleta de pescados grandes. Eran ciento cincuenta y tres, y a pesar de que eran tantos, no se rompió la red. Luego les dijo Jesús: «Vengan a almorzar». Y ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: «¿Quién eres?», porque ya sabían que era el Señor. Jesús se acercó, tomó el pan y se lo dio y también el pescado.

Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a sus discípulos después de resucitar de entre los muertos.

Palabra del Señor.

Medita lo que Dios te dice en el Evangelio

Señor Jesús, que has muerto por mí. Hace apenas pocos días te encontrabas en la cruz y yo no podía concebir que alguien hubiese tenido tanto amor por mí. Sí, tanto amor tuviste por mí que aceptaste el sufrimiento, la incomprensión e incluso el abandono de los tuyos, hasta aceptar el sacrificio en la cruz. Me resulta difícil comprender que alguien me ame así, por eso quiero pedirte un corazón sensible, que se abra a la experiencia de tu amor: abre con tu amor mi corazón, Señor. Ábrelo ante el testimonio de tu vida, de tu muerte y de tu resurrección.

Al contemplar el amor con que me salvaste, Señor, me siento llamado a amarte como tú me amaste, y a ofrecerte todo, como tú lo ofreciste por mí. Porque, ¿qué más podrías tú haberme regalado? En verdad que toda tu vida fue una entrega constante. Y tú me lo dijiste, Señor: no viniste a ser servido, sino a servir y a dar tu vida por mi salvación. Tu vida fue toda una misión llena de amor, una misión tan breve, pero tan colmada de pasión y plenitud. Y ese mismo amor es el que hoy me inspira a imitarte, a desear hacerte presente en el mundo. Haz crecer en mí este deseo.

Tres días han pasado desde tu muerte en la cruz, Señor. Has resucitado. Y como si tu amor no pudiera resistirse a mí, has venido a buscarme otra vez. En Genesaret, unas brasas a la orilla del lago, un desayuno preparado para tus discípulos… ¿cuántos detalles tuyos no podría yo también descubrir a lo largo de mi vida? Una y otra vez me sales al encuentro para demostrarme en cada instante que me quieres y que me acompañas. Quiero aprender a percibirte, afina mis sentidos, para descubrirte especialmente a lo largo de este día y hacerte presente en los detalles, pues ese “ofrecerlo todo por mí” consistió especialmente en imprimir tu amor a cada detalle.

Contemplando el amor que tuviste por mí, Señor, quiero sentir el apremio de amarte más. Hoy quiero seguir tu ejemplo. Quiero gritar tu nombre con mi vida en cada instante de este día. Tú me has hecho entender con sencillez que la santidad comienza en cada detalle, que dar la vida consiste en dar cada detalle con amor, y que la santidad es servicio, que la santidad es caridad. Señor, concédeme contemplarte en la cruz, experimentar cuánto me amas, para así transmitir tu amor. En esto consiste ser verdadero testimonio de tu nombre. Hoy pongo en tus manos mis deseos de amarte. Quiero ser voz y testigo de aquél que me salvó. Se tú hoy el dueño de mi corazón, para poder proclamarte con mi vida.

 «¡Jesús es el Señor! Pero no quiero decirlo sólo yo: quiero escucharlo de ustedes, de todos, ahora, todos juntos «¡Jesús es el Señor!», otra vez «¡Jesús es el Señor!». Nadie habla como Él. Sólo Él tiene palabras de misericordia que pueden curar las heridas de nuestro corazón. Sólo Él tiene palabras de vida eterna.» (Homilía de S.S. Francisco, 21 de marzo de 2015).

Diálogo con Cristo

Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama.

Propósito

Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.

Por el deseo de imitarte en tu amor, Señor, ofreceré una sonrisa a las personas que me presentes en este día, y seré amable como Tú.

Despedida

Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a Ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.

Amén.

¡Cristo, Rey nuestro!

¡Venga tu Reino!

Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.

Ruega por nosotros.

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.