Domingo 12 de junio – El no condena, sino acoge.

H. Manuel Frutos, LC

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Cristo, Rey nuestro. ¡Venga tu Reino!

Oración preparatoria (para ponerme en presencia de Dios)

Señor, ¡Oh Dios Creador y Dueño de todas las cosas!, mírame; y, para que sienta el efecto de tu amor, concédeme servirte de todo corazón. Por nuestro Señor Jesucristo que vive y reina por los siglos de los siglos. Amen.

Evangelio del día (para orientar tu meditación)

Del santo Evangelio según san Lucas 7, 36-8, 3

En aquel tiempo, un fariseo invitó a Jesús a comer con él. Jesús  fue a la casa del fariseo y se sentó a la mesa. Una mujer de mala vida en aquella ciudad, cuando supo que Jesús iba a comer ese día en casa del fariseo, tomó consigo un frasco de alabastro con perfume, fue y se puso detrás de Jesús, y comenzó a llorar, y con sus lágrimas le bañaba los pies, los enjugó con su cabellera, los besó y los ungió con el perfume.

Viendo esto, el fariseo que lo había invitado comenzó a pensar: “Si este hombre fuera profeta, sabría qué clase de mujer es la que lo está tocando; sabría que es una pecadora”.

Entonces Jesús le dijo: “Simón, tengo algo que decirte”. El fariseo contestó: “Dímelo, Maestro”.  Él le dijo: “Dos hombres le debían dinero a un prestamista. Uno le debía quinientos denarios y el otro, cincuenta. Como no tenían con qué pagarle, les perdonó la deuda a los dos. ¿Cuál de ellos lo amará más?”.  Simón le respondió: “Supongo que aquel a quien le perdonó más”.

Entonces Jesús le dijo: “Has juzgado bien”. Luego, señalando a la mujer, dijo a Simón: “¿Ves a esta mujer? Entré en tu casa y tú no me ofreciste agua para los pies, mientras que ella me los ha bañado con sus lágrimas y me los ha enjugado con sus cabellos. Tú no me diste el beso de saludo; ella, en cambio, desde que entró no ha dejado de besar mis pies. Tú no ungiste con aceite mi cabeza; ella, en cambio, me ha ungido los pies con perfume. Por lo cual, yo te digo: sus pecados, que son muchos, le han quedado perdonados, porque ha amado mucho. En cambio, al que poco se le perdona, poco ama”. Luego le dijo a la mujer: “Tus pecados te han quedado perdonados”.

Los invitados empezaron a preguntarse a sí mismos: “¿Quién es éste, que hasta los pecados perdona?” Jesús le dio a la mujer: “Tu fe te ha salvado; vete en paz”.

Después de esto, Jesús comenzó a recorrer ciudades y poblados predicando la buena nueva del Reino de Dios. Lo acompañaban los Doce y algunas mujeres que habían sido libradas de espíritus malignos y curadas de varias enfermedades. Entre ellas iban María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios; Juana, mujer de Cusa, el administrador de Herodes; Susana y otras muchas, que los ayudaban con sus propios bienes.

Palabra del Señor.

Medita lo que Dios te dice en el Evangelio.

…Una mujer de mala vida…. ¿Por qué estaba allí? ¿Cuál era el motivo por el que había ido? Seguramente porque había escuchado hablar a Jesús con anterioridad y sus palabras la habían transformado. La mujer es acogida por Jesús.

La situación que plantea el Evangelio de hoy es curiosa. Tres personas totalmente diferentes se encuentran: Jesús, Simón, el fariseo, que es un judío practicante, y la mujer de la que decían que era pecadora y que se coloca a los pies de Jesús. Las reacciones ante la escena podemos resumirlas en tres:

(1°) Jesús acoge a una persona que, según las costumbres de la época, no podía ser acogida, pues era pecadora.

(2°) El fariseo critica a Jesús y condena a la mujer.

(3°) Palabras de Jesús, en primer lugar para Simón: «¡Al que poco se le perdona, poco ama!»

Un fariseo piensa que no tiene pecado, porque observa en todo la ley. La seguridad personal que yo, fariseo, creo en mí por la observancia de las leyes de Dios y de la Iglesia, muchas veces me impide experimentar la gratuidad del amor de Dios, su verdadera acogida a sus pies. En las palabras que Jesús dirige a la mujer vemos esto con más profundidad: Jesús declara a la mujer perdonada y añade: «Tu fe te ha salvado. ¡Vete en paz!». Aquí brota la novedad de la actitud de Jesús. Él no condena, sino acoge. Y es la fe y la misericordia que recibe lo que ayuda a la mujer a rehacerse y a encontrarse consigo misma y con Dios. En la relación sincera e íntima con Jesús, una fuerza nueva despierta dentro de cada uno de nosotros que nos hace renacer y dirigir nuestros pasos hacia el Señor. La mujer, ciertamente, no hubiera hecho lo que hizo, si no hubiese tenido la certeza absoluta de ser acogida por Jesús. Los marginados y los pecadores, los pobres y los necesitados de nuestra sociedad, ¿tienen hoy la misma certeza respecto de mí?

« Estoy convencido de que toda la Iglesia, que tiene una gran necesidad de recibir misericordia, porque somos pecadores, podrá encontrar en este Jubileo la alegría para redescubrir y hacer fecunda la misericordia de Dios, con la cual todos estamos llamados a dar consuelo a cada hombre y a cada mujer de nuestro tiempo. No olvidemos que Dios perdona todo, y Dios perdona siempre. No nos cansemos de pedir perdón.»

(Homilía de S.S. Francisco, 13 de marzo de 2015). 

Diálogo con Cristo

Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama. 

Propósito

Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.

Hoy acogeré con amor a todas aquellas personas con las que me encuentre y  tendré una actitud de acogida y gran escucha  hacia los demás, incluso y especialmente hacia aquellos que no sean de mi predilección o simpatía.

Despedida

Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a Ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.

Amén.

¡Cristo, Rey nuestro!

¡Venga tu Reino!

Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.

Ruega por nosotros.

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.