Domingo 15 de mayo – Haremos en él nuestra morada.

Pentecostés

H. Iván Yoed Glez. LC

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Cristo, Rey nuestro. ¡Venga tu Reino!

Oración preparatoria (para ponerme en presencia de Dios)

Gracias, Dios mío, por llamarme a estar contigo. Eres Tú, Señor, quien me regala este instante para estar en tu compañía. El gozo más profundo de toda alma es poder estar unida a la tuya. Si alguna vez me he alejado, mírame aquí nuevamente ante Ti. Quiero renovar mi amor a Ti, Señor, y colocar en tus manos mi oración.

Evangelio del día (para orientar tu meditación)

Del santo Evangelios según san Juan 14, 15-16. 23-26

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Si me aman, cumplirán mis mandamientos; yo le rogaré al Padre y él les dará otro Paráclito para que esté siempre con ustedes, el Espíritu de la verdad.

El que me ama, cumplirá mi palabra y mi Padre lo amará y vendremos a él y haremos en él nuestra morada. El que no me ama no cumplirá mis palabras. Y la palabra que están oyendo no es mía, sino del Padre, que me envió.

Les he hablado de esto ahora que estoy con ustedes; pero el Paráclito, el Espíritu Santo que mi Padre les enviará en mi nombre, les enseñará todas las cosas, y les recordará todo cuanto yo les he dicho».

Palabra del Señor

Medita lo que Dios te dice en el Evangelio.

No como el mundo me la ofrece, me ofreces Tú la paz. Tu paz no proviene de un placer pasajero, sino de un amor duradero. ¿Puede haber fuente mayor de paz, que la de saberse amado por todo un Dios? Si alguna vez me olvidé de Ti, y desconfié de tu amor para conmigo, quisiera pedirte que coloques mi alma nuevamente en la certeza de tu amor.

Me mostraste, Señor, tu amor extremo al señalarme tu costado traspasado. Quisiera que mi corazón ardiera, se doliera y se tornara más sensible al contemplar tu amor consumado en tu muerte de cruz. ¿Es que acaso me he habituado a la realidad más estremesedora y sublime? En este mundo hubo una persona que logró traspasar el umbral de la muerte. En este mundo hubo una persona que me amó en la tortura de la cruz. En este mundo una persona fue flagelada, crucificada, y escarnecida por limpiar mis pecados. En este mundo Dios mismo, el Creador y la fuente misma de la vida, se hizo carne, se hizo hombre. En este mundo Dios vino a morir por mí. Y me mostró su costado tras haber traspasado el umbral de la muerte para ofrecerme su resurrección por el amor. Y además de todo lo anterior, no me dejas desamparado y envías al Espíritu Santo, mi defensor, mi ayuda y protector, por eso hoy me invitas a confiar en Él.

Quisiera detenerme a pensar cómo he correspondido a tu amor; reflexionar si he reconocido, aceptado y seguido las inspiraciones del Espíritu Santo, que habita en mí, que intercede por mí, que mi ilumina y que me recuerda tu Palabra.

«El Espíritu Santo derramado en Pentecostés en el corazón de los discípulos es el inicio de una nueva época: la época del testimonio y de la fraternidad. Es un tiempo que viene de lo alto, de Dios, como las llamas de fuego que se posaron sobre la cabeza de cada discípulo. Era la llama del amor que quema cualquier aspereza; era el lenguaje del Evangelio que cruza las fronteras puestas por los hombres y toca los corazones de la multitud, sin distinción de lengua, raza o nacionalidad. Como ese día de Pentecostés, el Espíritu Santo se derrama continuamente hoy sobre la Iglesia y sobre cada uno de nosotros para que salgamos de nuestra mediocridad y de nuestras clausuras y comuniquemos al mundo entero el amor misericordioso del Señor.»

(Homilía de S.S. Francisco, 24 de mayo de 2015).

Diálogo con Cristo

Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama.

Propósito

Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.

Ofrecer un pequeño sacrificio a Cristo, en intercesión por los cristianos perseguidos.

Despedida

Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a Ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.

Amén.

¡Cristo, Rey nuestro!

¡Venga tu Reino!

Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.

Ruega por nosotros.

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.