Cristo Rey

Domingo 22 de noviembre de 2020- Reconocimiento por vivir el Reino de Dios.

Nuestro Señor Jesucristo Rey del Universo

H. Francisco J. Posada, L.C.

 

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Cristo, Rey nuestro. ¡Venga tu Reino!

 

Oración preparatoria (para ponerme en presencia de Dios)

 

¡Qué más puedo yo desear sino vivir toda una eternidad a tu lado! Pero el camino no es fácil, de hecho, me es muy difícil ver cuál es. Te pido me des la sabiduría que necesito para reconocer el camino privilegiado al cielo. Esa sed interna que tengo nada ni nadie la puede llenar sino solo Tú.

 

Evangelio del día (para orientar tu meditación)

Del santo Evangelio según san Mateo 25, 31-46

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Cuando venga el Hijo del hombre, rodeado de su gloria, acompañado de todos sus ángeles, se sentará en su trono de gloria. Entonces serán congregadas ante él todas las naciones, y él apartará a los unos de los otros, como aparta el pastor a las ovejas de los cabritos, y pondrá a las ovejas a su derecha y a los cabritos a su izquierda.

Entonces dirá el rey a los de su derecha: ‘Vengan, benditos de mi Padre; tomen posesión del reino preparado para ustedes desde la creación del mundo; porque estuve hambriento y me dieron de comer, sediento y me dieron de beber, era forastero y me hospedaron, estuve desnudo y me vistieron, enfermo y me visitaron, encarcelado y fueron a verme’. Los justos le contestarán entonces: ‘Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te dimos de comer, sediento y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos de forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o encarcelado y te fuimos a ver?’ Y el rey les dirá: ‘Yo les aseguro que, cuando lo hicieron con el más insignificante de mis hermanos, conmigo lo hicieron’.

Entonces dirá también a los de la izquierda: ‘Apártense de mí, malditos; vayan al fuego eterno, preparado para el diablo y sus ángeles; porque estuve hambriento y no me dieron de comer, sediento y no me dieron de beber, era forastero y no me hospedaron, estuve desnudo y no me vistieron, enfermo y encarcelado y no me visitaron’.

Entonces ellos le responderán: ‘Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento, de forastero o desnudo, enfermo o encarcelado y no te asistimos?’ Y él les replicará: ‘Yo les aseguro que, cuando no lo hicieron con uno de aquellos más insignificantes, tampoco lo hicieron conmigo’. Entonces irán éstos al castigo eterno y los justos a la vida eterna”.

Palabra del Señor.

 

Medita lo que Dios te dice en el Evangelio

Imagínate entrar en un estadio de fútbol. Todos los puestos están llenos, no cabe ni un alma más. Mientras vas entrando escuchas que toda la gente, al unísono, repite un nombre. Una y otra vez, con todas sus fuerzas. Ya adentro te invitan al centro del campo y pasmado por la cantidad de personas y todo el ruido que pueden hacer no te queda nada más que oírlos. Te das cuenta de qué nombre estaban gritando y no lo puedes creer. Así que le preguntas a la persona de al lado, ¿qué nombre están diciendo? Y te responde, tú lo sabes mejor que nadie, eres tú. Ante tan gran ovación no comprendes porqué la gente exclama tu nombre. Alguien, viendo que no tienes ni idea, toma un micrófono y dice «Tú has sido una persona muy especial, gracias a ti todos nosotros estamos aquí, por lo que tú has hecho».

Las obras de misericordia, relatadas en el Evangelio, son acciones concretas en nuestra vida que nos ayudan a acercarnos a Dios y a los demás para encontrar un amor que nos llene completamente. Muchas veces no son fáciles y en nuestra agenda hay tantas otras cosas qué hacer que disfrutaríamos muchísimo, fiestas, etc. La gente que sufre y no tiene a nadie o muy pocas personas que se interesan en ellos son una llamada de atención para ver en qué estamos invirtiendo nuestra vida y qué legado queremos dejar. A veces, aunque hagamos estos actos concretos, nos falta el desinterés de la dimensión de la gratuidad, como dice el Papa Francisco, los hacemos para librarnos del compromiso social, para hacer la finta de que somos buenos, a fin de cuentas, siempre viendo qué podemos sacar de provecho cada uno de nosotros.

El estar a la altura de estas acciones difíciles es de héroes y Dios, al final del tiempo, lo reconocerá porque cuando tuve hambre me disté de comer…

Claramente cada persona práctica las obras de misericordia de acuerdo a su condición de vida. Dios no le pide más de lo que puede dar, pero ese poco o mucho es la forma en la que Él nos llama a servirlo en nuestros hermanos.

 

 

«Los seguidores de Jesús se reconocen por su cercanía a los pobres, a los pequeños, a los enfermos y a los presos, a los excluidos, a los olvidados, a quien está privado de alimento y ropa. Podemos leer ese famoso parámetro sobre el cual seremos juzgados todos, seremos juzgados todos. Es Mateo, capítulo 25. Este es un criterio-clave de autenticidad cristiana. Algunos piensan, erróneamente, que este amor preferencial por los pobres sea una tarea para pocos, pero en realidad es la misión de toda la Iglesia, decía San Juan Pablo II: “Cada cristiano y cada comunidad están llamados a ser instrumentos de Dios para la liberación y promoción de los pobres”.  La fe, la esperanza y el amor necesariamente nos empujan hacia esta preferencia por los más necesitados, que va más allá de la pura necesaria asistencia. Implica de hecho el caminar juntos, el dejarse evangelizar por ellos, que conocen bien al Cristo sufriente, el dejarse “contagiar” por su experiencia de la salvación, de su sabiduría y de su creatividad. Compartir con los pobres significa enriquecerse mutuamente.»

(Homilía de S.S. Francisco, 19 de agosto de 2020).

 

Diálogo con Cristo

Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama.

 

Propósito

Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.

Pasar un tiempo con una persona teniéndola como lo más importante del mundo en este momento.

 

Despedida

Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a Ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.

Amén.

 

¡Cristo, Rey nuestro!

¡Venga tu Reino!

 

Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.

Ruega por nosotros.

 

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.