En la gruta de la Virgen

En la gruta de la Virgen

Por Rodrigo Fernández de Castro, LC

Era el sábado santo, 11 de abril de 2009. Estaba en el noviciado de Monterrey en la convivencia vocacional. En mi corazón reinaban las dudas de si ir o no al candidatado, de si seguir con mi carrera universitaria o hacer la prueba de entrar al noviciado. Sentía que Dios me pedía algo más, pero no entendía qué era ese “algo más”: ¿más oración?, ¿más apostolado?, o incluso, ¿la entrega total de mi vida? Esa mañana me acerqué a la gruta de la Virgen del candidatado y entré en un diálogo interior con María, pidiéndole en palabras más o menos similares:

«Madre, quizás Jesús ya me ha dicho con claridad qué quiere de mí, si entrar al noviciado o no, pero no le entiendo. Te pido que lo escuches por mí y, como una madre que va desmenuzando el alimento para que su hijo lo pueda comer, vayas diciéndome por partes lo que Jesús quiere para mí».

Pasaron las horas. Yo no esperaba una respuesta tan rápida, pues había escuchado que las cosas de Dios llevan un ritmo distinto a las cosas del mundo. Pero, entonces, por la noche, en la misa de la vigilia pascual, sucedió lo inesperado: en mi corazón sentí la voz de Dios que respondía a mis dudas y me aclaraba el camino. Jesús, la luz del mundo (cf. Jn 8,12), venía a mi corazón y lo iluminaba con su claridad, invitándome a seguirle en esta vocación, a entregarle mi vida por completo.

Entonces recordé lo que horas atrás había pedido a María. ¡Ella no me había fallado! María había acudido a Jesús y había intercedido por mí, así como intercedió por los novios en las bodas de Caná. Si en aquel momento había dicho a Jesús “no tienen vino” (Jn 2,3) esta vez le había dicho de mí “no tiene luz” y entonces Él me había dado su luz clarificadora.

Cada vez que paso por una gruta de María en cualquiera de nuestras casas recuerdo: María es mi madre. Y como buena madre, se preocupa por mí, porque esté bien, porque sea feliz, porque vaya por el buen camino. Ella es una madre cercana, que escucha a sus hijos, que toma sobre sí sus preocupaciones, dificultades y angustias, y se los presenta a Jesús, no descansando hasta que obtiene de Él una gracia, una bendición.

Desde que entramos al ECYD o a Regnum Christi se nos ha hablado del amor a María. Este mes de mayo debería ser un buen momento de renovarlo. Si está apagado, como las brasas de una chimenea, echemos unas pajitas y nos daremos cuenta de que el fuego se encenderá de nuevo. Si ya está ardiendo, echemos más leños, de manera que la luz y el calor que salen de nosotros llegue a otras almas. ¡Cuántas personas necesitadas de esa ternura, cercanía y mediación de María! Acerquémonos todos los días, antes de dormir, a pedirle ese vino que necesita nuestra vida: la paz, la serenidad, una mayor entrega, un corazón de apóstol…, y, en nuestras últimas horas, una buena muerte.