Jueves 12 de mayo - Quien ama vive la unidad, vive la comunión

Jueves 12 de mayo – Quien ama vive la unidad, no está lejos y va al encuentro.

H. Balam Loza LC

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Cristo Rey nuestro, ¡Venga tu Reino!

Oración preparatoria (para ponerme en presencia de Dios)

Señor, me pongo delante de Ti. Quiero acompañarte en las largas caminatas que hacías. Disfrutaré un día contigo. Estaré con mi mejor hermano que me cuida y me consiente, que da su vida por mí y me deja TODO. ¡Qué bien se está con una persona que no busca nada de mí sino simplemente disfruta estar conmigo y me ama tal cual soy! Entre nosotros no hay secretos. Tu corazón es una casa de puertas abiertas donde si uno quiere entrar puede hacerlo con toda confianza. Así pues, hoy te abro mi corazón para que entres en él y podamos unirnos más.

Evangelio del día (para orientar tu meditación)

Del santo Evangelio según san Juan 17, 20-26

En aquel tiempo, Jesús levantó los ojos al cielo y dijo: «Padre, no sólo te pido por mis discípulos, sino también por los que van a creer en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí y yo en ti somos uno, a fin de que sean uno en nosotros y el mundo crea que tú me has enviado.

Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno, como nosotros somos uno. Yo en ellos y tú en mí, para que su unidad sea perfecta y así el mundo conozca que tú me has enviado y que los amas como me amas a mí.

Padre, quiero que donde yo esté, estén también conmigo los que me has dado, para que contemplen mi gloria, la que me diste, porque me has amado desde antes de la creación del mundo.

Padre justo, el mundo no te ha conocido; pero yo sí te conozco y éstos han conocido que tú me enviaste. Yo les he dado a conocer tu nombre y se lo seguiré dando a conocer, para que el amor con que me amas esté en ellos y yo también en ellos».

Palabra del Señor.

Medita lo que Dios te dice en el Evangelio.

Han pasado dos mil años desde que pronunciaste estas palabras. Y cada vez que leo “sino también por los que van a creer en mí por la palabra de ellos” pienso que Tú me llamas a vivir unido a Ti. Creo en tus palabras que siguen siendo transmitidas por medio de tus discípulos. Tu mensaje sigue llegando a numerosas personas por medio de tus instrumentos. Es verdad, Jesús, que algunos discípulos tuyos no han sido un ejemplo. Sin embargo, puedo decir que aunque los conductos por donde pasaba el agua estaban un poco oxidados el agua de tu palabra siempre ha llegado pura y fresca. Por eso no me escandalizo cuando veo que un seguidor tuyo falla. Si Pedro te falló y lo seguiste amando cómo voy a juzgar yo a alguien. Si el padre amó a su hijo que volvía descalzo, de un largo viaje, habiéndose gastado toda la herencia, ¿cómo me voy a poner en la posición del hijo mayor que juzga a su propio hermano?

Hoy el mundo te conoce gracias a innumerables hombres y mujeres que, dejando su comodidad, llevaron tu mensaje a los lugares más desconocidos. Pienso en hombres como san Benito de Nursia que, en una época de grandes problemas, dejó sus comodidades para irse a un lugar apartado y ahí vivió una vida de silencio, oración y trabajo. Pero a partir de entonces Europa comenzó a llamarse así. O pienso en un san Francisco de Asís que en un momento de crisis por el que pasaba la Iglesia, dejó sus vestidos caros y vivió la autenticidad del Evangelio. Y mi mirada se puede ir a América donde una gran cantidad de religiosos tuvieron un papel muy importante en la evangelización. Y a veces se puede pensar que la Iglesia de hoy está llena de sacerdotes pecadores y tristes. Pero uno puede ir a África y ver la labor de los Combonianos que van a ese continente y dan su vida. O en India a las Misioneras de la Caridad que van en auxilio de los más necesitados y de los excluidos. Entonces me doy cuenta que tu mensaje ha sido llevado hasta los últimos confines. Tu amor ha sido llevado con valentía a todos, sin excluir a nadie.

Y ahora me pregunto ¿Soy capaz de llevar tu mensaje en medio del mundo? ¿Soy capaz de dejar mi comodidad? Señor, Tú sabes bien el barro con el que estoy hecho. Quiero servirte solo a Ti, pero la verdad es que muchas veces no soy capaz de sacrificarme un poco. Mi corazón está muy apegado a las cosas materiales y si me tengo que desprender de algo me quejo con facilidad. Hoy quiero comenzar; quiero olvidarme un poco de mí mismo para servirte mejor. Ayúdame y dame un corazón valiente y generoso como el tuyo.

«Jesús ora al Padre para que los suyos sean “perfectamente uno”: quiere que sean entre ellos “uno”, como Él y el Padre. Es su última petición antes de la Pasión, la más sentida: que haya comunión en la Iglesia. La comunión es esencial. El enemigo de Dios y del hombre, el diablo, no puede nada contra el Evangelio, contra la humilde fuerza de la oración y de los sacramentos, pero puede hacer mucho daño a la Iglesia tentando nuestra humanidad. Provoca la presunción, el juicio sobre los demás, las cerrazones y las divisiones. Él mismo es “el que divide” y a menudo comienza haciéndonos creer que somos buenos, quizá mejor que los demás: así tiene el terreno listo para sembrar la cizaña. Es la tentación de todas las comunidades y se puede insinuar también en los carismas más bonitos de la Iglesia.» (Homilía de S.S. Francisco, 18 de marzo de 2016).

Diálogo con Cristo

Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama.

Propósito

Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.

Participaré en una hora eucarística para pedir por la unidad en a Iglesia y no tendré miedo de ir contra corriente al invitar a otras personas a participar. Lo único que me moverá es amarte a Dios y a mi prójimo.

Despedida

Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a Ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.

Amén.

¡Cristo, Rey nuestro!

¡Venga tu Reino!

Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.

Ruega por nosotros.

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.