Jueves 14 de abril - Para que el mundo tenga viva eterna.

Jueves 14 de abril – Para que el mundo tenga vida eterna.

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

¡Cristo, Rey Nuestro! ¡Venga tu Reino!

Oración preparatoria (para ponerme en presencia de Dios)

Hoy quisiera presentarme ante Ti consciente de mi pequeñez. Soy una persona que tantas veces se ha sentido inclinada a buscarse a sí misma y a pensar en mí únicamente. Soy consciente de que muchas veces me he olvidado de tu amor. Y por eso quiero darte gracias en este momento, mi Dios: gracias por colocar en mí el deseo inextinguible de volver a Ti una y otra vez. Pues, sin importar qué tan bajo me he encontrado, Tú siempre me tendiste la mano y llamaste mi atención una vez más. Hoy vengo, pues, en respuesta a tu llamada y en escucha de tu voz. Gracias, Señor, por invitarme a estar contigo.

Evangelio del día (para orientar tu meditación)

Del santo Evangelio según san Juan 6, 44-51

En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos: “Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre, que me ha enviado; y a ése yo lo resucitaré el último día. Está escrito en los profetas: Todos serán discípulos de Dios. Todo aquel que escucha al Padre y aprende de él, se acerca a mí. No es que alguien haya visto al Padre, fuera de aquél que procede de Dios. Ese sí ha visto al Padre.

Yo les aseguro: el que cree en mí, tiene vida eterna. Yo soy el pan de la vida. Sus padres comieron el maná en el desierto y sin embargo, murieron. Este es el pan que ha bajado del cielo para que, quien lo coma, no muera. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre, y el pan que yo les voy a dar es mi carne para que el mundo tenga vida”.

Palabra del Señor.

Medita lo que Dios te dice en el Evangelio

Señor, Dios mío, entre los dones tan excelsos que quisiste otorgarnos con tu amor, incluiste el de quedarte con nosotros en la Eucaristía. Todo un Dios omnipotente se hizo un niño en el regazo de María, nuestra madre. Todo un Dios omnipotente quiso hacerse pan para estar junto a nosotros. Un amor hasta la muerte supo hacer permanecer su amor después de ella. Vida de un constante martirio, vida de un constante servicio por los hombres. Un corazón cuyo pensamiento nunca fue otro sino sólo yo. El pan vivo que bajó del cielo para ser comido y otorgar, con su manjar, la vida eterna.

Ese pan es verdadera carne, ese pan es Cristo verdadero. Eres Tú, Señor, que me amaste. Naciendo en un pesebre ofreciste tu pobreza para enseñarme y darme tu amor. Viviste un Nazaret silencioso para darme prueba de tu amor con la obediencia, el servicio y la humildad. Y los tres últimos años de tu vida los pasaste deshaciéndote de amor por nosotros en la entrega por tu Reino. Poco antes de morir ante el suplicio de la cruz, me entregaste a tu madre para hacerla mía para siempre. Y el segundo previo a tu último suspiro, no dudaste en ofrecer también tu Espíritu al Padre. Finalmente, al terminar la cena, nos dejaste el memorial de tu pasión, de tu muerte y de tu resurrección, para que pudiéramos también en este valle de lágrimas unirnos a tu cuerpo y a tu sangre a través de tan divino sacramento. Tú eres el pan vivo que ha bajado del cielo. Quiero recibirte, Señor, imitarte, amarte y vivir para siempre contigo. El pan que Tú nos diste es tu carne para que el mundo tenga viva eterna. Gracias por tu amor, Señor Jesús.

«Encontrar y acoger en nosotros a Jesús, “pan de vida”, da significado y esperanza en el camino habitualmente tortuoso de la vida. Pero este ‘pan de vida’ nos ha sido dado con una tarea: para que podamos saciar al mismo tiempo el hambre espiritual y material de nuestros hermanos, anunciando el Evangelio por todas partes. Con el testimonio de nuestra actitud fraterna y solidaria hacia el prójimo, volvamos presente a Cristo y su amor en medio de los hombres. La Virgen Santa nos ayude en la búsqueda y en seguir a su hijo Jesús, el pan verdadero, el pan vivo que no se corrompe y dura en la vida eterna»

(Homilía de S.S. Francisco, 2 de agosto de 2015).

Diálogo con Cristo

Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama.

Propósito

Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.

Señor, hoy te prometo visitarte en la Eucaristía y dedicar algunos minutos a orar contigo.

Despedida

Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a Ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.

Amén.

¡Cristo, Rey nuestro!

¡Venga tu Reino!

Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.

Ruega por nosotros.

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.