darlo y entregarlo todo

Jueves 18 de febrero de 2021 – ¿De qué le sirve al hombre ganar todo el mundo?

H. Luis Alejandro Huesca Cantú, L.C.

 

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Cristo, Rey nuestro. ¡Venga tu Reino!

 

Oración preparatoria (para ponerme en presencia de Dios)

Señor Jesús, me pongo en tu presencia en este día que me has regalado. ¿Por qué eres tan bondadoso conmigo? ¿Por qué me has amado tanto?

Humildemente, te pido un corazón lleno de esperanza para que sepa esperarlo todo de Ti. Deseo firmemente poner únicamente en Ti todas mis seguridades, para que solamente Tú seas la Roca que me sostenga en el camino de todos los días.

 

 

Evangelio del día (para orientar tu meditación)

Del santo Evangelio según san Lucas 9, 22-25

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Es necesario que el Hijo del hombre sufra mucho, que sea rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, que sea entregado a la muerte y que resucite al tercer día”.

Luego, dirigiéndose a la multitud, les dijo: “Si alguno quiere acompañarme, que no se busque a sí mismo, que tome su cruz de cada día y me siga. Pues el que quiera conservar para sí mismo su vida, la perderá; pero el que la pierda por mi causa, ése la encontrará. En efecto, ¿de qué le sirve al hombre ganar todo el mundo, si se pierde a sí mismo o se destruye?”.

Palabra del Señor.

 

Medita lo que Dios te dice en el Evangelio

Uno de mis profesores de la universidad, cuando estudiaba ingeniería mecánica, decía que es preferible desgastarse que oxidarse. Y es que así es la vida, como el hierro y el acero. El acero con el uso se va desgastando. Se desgasta porque lo ha dado todo, lo ha entregado todo. Se desgasta porque ha recorrido muchos kilómetros en el motor de un carro o ha girado millones de veces en el eje de una máquina. Sin embargo, el acero también puede oxidarse. Si está a la intemperie se va oxidando poco a poco por la humedad del aire. Y estos pedazos que se oxidan ya no son útiles. No pueden ya aportar nada nuevo.

El Evangelio de hoy nos pregunta si preferimos desgastarnos u oxidarnos. Desgastarse significa darlo y entregarlo todo por Cristo y por los demás. Oxidarse, en cambio, significa quedarnos sólo pensando en nosotros mismos.  El Evangelio nos hace esta pregunta que nos interpela y nos toca las entrañas: ¿De qué le sirve al hombre ganar todo el mundo, si se pierde a sí mismo o se destruye? (Lc 9, 25). Nos está invitando a hacer un alto en el camino y a levantar la mirada a la Cruz del Señor. Nos invita a preguntarnos si todo lo que hacemos es por buscar la fama y el dinero o realmente porque queremos dar gloria a Dios con nuestra vida. Nos invita a abrazar la cruz de todos los días y a caminar tras las huellas de Cristo. Nos pregunta si me estoy buscando solo a mí o si lo estoy buscando a Él, a Cristo, quien se hace el encontradizo en mi vida cotidiana.

 

«Gastar los talentos propios, las energías y el propio tiempo solo para cuidarse, custodiarse y realizarse a sí mismos conduce en realidad a perderse, o sea, a una experiencia triste y estéril. En cambio, vivamos para el Señor y asentemos nuestra vida sobre su amor, como hizo Jesús: podremos saborear la alegría auténtica y nuestra vida no será estéril, será fecunda. En la celebración de la Eucaristía revivimos el misterio de la cruz; no solo recordamos, sino que cumplimos el memorial del Sacrificio redentor, en el que el Hijo de Dios se pierde completamente a Sí mismo para recibirse de nuevo en el Padre y así encontrarnos, que estábamos perdidos, junto con todas las criaturas.»

(Ángelus de S.S. Francisco, 3 de septiembre de 2017).

 

Diálogo con Cristo

Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama.

 

Propósito

Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.

Dedicar 5 minutos de silencio para preguntarle a Jesús hacia dónde quiere que vaya en mi vida. ¿Voy por buen camino? ¿Trato a los demás con bondad y amor? ¿Acepto las pequeñas grandes cruces que Jesús me comparte todos los días?

 

Despedida

Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a Ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.

Amén.

 

¡Cristo, Rey nuestro!

¡Venga tu Reino!

 

Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.

Ruega por nosotros.

 

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.