Lunes 13 de junio – El amor del Señor no tiene límites.

San Antonio de Padua

H. Balam Loza LC

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Cristo, Rey nuestro. ¡Venga tu Reino!

Oración preparatoria (para ponerme en presencia de Dios)

Señor, te veo en la cruz. Te veo guardando silencio ante los desprecios y humillaciones. Te veo delante de tu pueblo, totalmente rechazado. Y me veo a mí, aclamado, respetado y aceptado. Veo tu paciencia delante de los ignorantes. Y veo mi impaciencia delante de ellos.  ¿Qué puedo hacer? Soy un gran pecador. Soy la persona más llena de orgullo. Delante de esta cruz,  ¿qué hacer? Estar en silencio, contemplando a la Humildad misma, al Amor.

Evangelio del día (para orientar tu meditación)

Del santo Evangelio según san Mateo 5, 38-42

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Han oído que se dijo: Ojo por ojo, diente por diente. Pero yo les digo que no hagan resistencia al hombre malo. Si alguno te golpea en la mejilla derecha, preséntale también la izquierda; al que te quiera demandar en juicio para quitarte la túnica, cédele también el manto. Si alguno te obliga a caminar mil pasos en su servicio, camina con él dos mil. Al que te pide, dale; y al que quiere que le prestes, no le vuelvas la espalda”.

Palabra del Señor.

Medita lo que Dios te dice en el Evangelio.

«Donde no hay amor, pon amor y sacarás amor». Sin duda que alguna vez nos hemos encontrado llenos de rabia con alguna persona que nos ofendió. Y podríamos decir: «pero ¿por qué tengo que pedir perdón yo si fue éste el que me ofendió?» Pero veamos al Maestro… Estando en la cruz, calló. Pero no era un silencio indignado o un silencio de cansancio. Era un silencio lleno de amor.

Elevado en la cruz veía cada rostro. Veía mi rostro. Veía mis pecados y… prefirió callar. Podría haber lanzado fuego a innumerables ciudades. Podría haber hecho lo que quería. pero calló. Me miró con amor. Me miró con esos ojos con los que miraba a multitudes. Abrió los brazos y me dio todo. Hasta la última gota de sangre. Me dio a su madre. Me dio el perdón.

Y hoy cada vez que me acerco al confesionario me perdona cada pecado, limpia mi alma de pies a cabeza. Me mira a los ojos s. Sin muchas palabras. Y ahí está derramando su gran misericordia en mi alma. La limpia y la deja blanca como la nieve.

Corre a mi encuentro y me cubre con un manto, pone anillo en mi mano y sandalias en mis pies. Hace una gran fiesta. Ha vuelto su hijo. No le importa lo que haya perdido ni lo que perderá. Lo único en lo que piensa es en que su hijo ha vuelto a casa.

Pienso en las tantas veces que he ultrajado el nombre de mis Señor, las veces en las que no he hecho caso a sus llamadas de amor. Lo veo en la cruz. Veo cada una de sus llagas. Veo a su madre, al pie de la cruz. Los veo sufrir. Y sólo puedo quedarme ahí contemplando que el amor del Señor no tiene límites.

«Los agentes de evangelización, por tanto, han de ser ante todo artesanos del perdón, especialistas de la reconciliación, expertos de la misericordia. Así podremos ayudar a nuestros hermanos y hermanas a “cruzar a la otra orilla”, revelándoles el secreto de nuestra fuerza, de nuestra esperanza, de nuestra alegría, que tienen su fuente en Dios, porque están fundados en la certeza de que Él está en la barca con nosotros.»

(Homilía de S.S. Francisco,  2 de diciembre  de 2015).

Diálogo con Cristo.

Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama.

Propósito.

Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.

Hoy te ofrezco, Señor, acercarme al sacramento de la reconciliación.

Despedida

Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a Ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.

Amén.

¡Cristo, Rey nuestro!

¡Venga tu Reino!

Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.

Ruega por nosotros.

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.