Gracias por tu ternura

Martes 13 de septiembre – La ternura de Dios se revela plenamente en Jesús.

San Juan Crisóstomo, obispo y doctor de la Iglesia.

Iván Yoed González Aréchiga, LC

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Cristo, Rey nuestro. ¡Venga tu Reino!

Oración preparatoria (para ponerme en presencia de Dios)

Por tantas gracias, tantos regalos que de Ti recibo, quiero venir a agradecerte, Señor. Ayúdame a mirar con los ojos de la fe, para que pueda ver todas tus gracias en mi vida. Es posible que durante el día me olvide un poco de Ti y me cueste descubrir tu gracia. Pues bien, ahora me detengo para contemplarte, agradecerte y platicar contigo. Gracias por llamarme.

Evangelio del día (para orientar tu meditación)

Del santo Evangelio según san Lucas 7, 11-17

En aquel tiempo, se dirigía a Jesús a una población llamada Naím, acompañado de sus discípulos y de mucha gente. Al llegar a la entrada de la población, se encontró con que sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de una viuda, a la que acompañaba una gran muchedumbre.

Cuando el Señor la vio, se compadeció de ella y le dijo: “No llores”. Acercándose al ataúd, lo tocó, y los que lo llevaban se detuvieron. Entonces Jesús dijo: “Joven, yo te lo mando: levántate”. Inmediatamente el que había muerto se levantó y comenzó a hablar. Jesús se lo entregó a su madre.

Al ver esto, todos se llenaron de temor y comenzaron a glorificar a Dios, diciendo: “Un gran profeta ha surgido entre nosotros. Dios ha visitado a su pueblo”.

La noticia de este hecho se divulgó por toda Judea y por las regiones circunvecinas.
Palabra del Señor.

Medita lo que Dios te dice en el Evangelio.

¿Quién eres Tú, Señor?, ¿debería temerte? Cuántas veces los discípulos se encontraron a tu lado, sin ser conscientes de con quien andaban hombro a hombro. Platicaban contigo, te preguntaban cosas, te observaban en tiempos de silencio o mientras platicabas con otros. Y en su mirada habría algo de admiración y algo de temor también. Un Dios con el poder de levantar un muerto. Así te habías mostrado hoy. Un Dios con un poder desconocido, incluso para sus más cercanos discípulos.

A veces me pregunto por qué no viniste a este mundo de otra manera, por qué no nos salvaste de otro modo, por qué elegiste nacer en un pesebre, nacer de una pobre jovencita desposada con un carpintero. Me lo pregunto.

Una escena semejante a la de este evangelio se juega cuando expulsaste unos demonios que atormentaban a un pobre hombre. Los espíritus inmundos salieron del hombre para entrar en una gran piara de puercos, que se arrojó al mar por un alto precipicio y se fueron ahogando. Toda la gente de aquella región estaba asustada. En otra ocasión te acercaste a tus discípulos en medio de la noche, cuando las olas habían crecido mientras ellos se encontraban en medio del mar. Creían que eras un fantasma. Te temieron.

Cuando nos muestras un poco de poder, nosotros comenzamos a asustarnos. Nos asusta todo lo que nos confunde, lo que no podemos controlar, lo que se escapa a nuestra inteligencia, lo que nos supera; pero especialmente lo que nos es lejano, misterioso, no confiable.

Si Tú no te hubieses revelado como la misericordia, Señor, no sé con qué temor viviría ante Ti. Si Tú no te hubieses hecho un niño, si Tú no hubieses vivido entre nosotros, no sé con qué sentimiento te contemplaría. Si no te hubieses hecho frágil como yo, si no hubieses reído, llorado y sufrido como yo, si no hubieses muerto por mí en la cruz, no sé si alguna vez habría podido experimentar tu amor.

Gracias, Señor, por amarme. Gracias por mostrarme tu poder al mismo tiempo que tu cercanía. Gracias por mostrarme tu divinidad al mismo tiempo que tu humanidad. Gracias por llevar mi vida en tu mano y, al mismo tiempo, por acompañarme. Gracias, Señor.

«Jesús se acerca, toca el ataúd, detiene el cortejo fúnebre, y seguramente habrá acariciado el rostro bañado de lágrimas de esa pobre madre. «No llores», le dice (Lc 7,13). Como si le pidiera: «Dame a tu hijo». Jesús pide para sí nuestra muerte, para librarnos de ella y darnos la vida. Y en efecto, ese joven se despertó como de un sueño profundo y comenzó a hablar. Y Jesús «lo devuelve a su madre» (v. 15). No es un mago. Es la ternura de Dios encarnada, en él obra la inmensa compasión del Padre.»
(Homilía de S.S. Francisco, 5 de junio de 2016).

Diálogo con Cristo

Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama.

Propósito

Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.
El día de hoy leeré algunos minutos un libro espiritual que me ayude a conocer, para amar más, a Jesús. Y si aún no tengo, buscaré uno.

Despedida

Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a Ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.

Amén.

¡Cristo, Rey nuestro!

¡Venga tu Reino!

Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.

Ruega por nosotros.

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.