La voluntad del Padre es el amor

Martes 22 de septiembre de 2020 – Señor, quiero verte.

H. Edgar Maldonado, L.C.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Cristo, Rey nuestro. ¡Venga tu Reino!

Oración preparatoria (para ponerme en presencia de Dios)
Señor, Tú eres Cristo nuestro hermano. Tu Dios es nuestro Dios, tu Padre y nuestro Padre.

Evangelio del día (para orientar tu meditación)
Del santo Evangelio según san Lucas 8, 19-21
En aquel tiempo, fueron a ver a Jesús su madre y sus parientes, pero no podían llegar hasta donde él estaba porque había mucha gente. Entonces alguien le fue a decir: “Tu madre y tus hermanos están allá afuera y quieren verte”. Pero él respondió: “Mi madre y mis hermanos son aquellos que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica”.
Palabra del Señor.

Medita lo que Dios te dice en el Evangelio
Jesús, quiero verte. Como María, quiero ir hasta donde Tú estás, pues dijiste: te pido por ellos, Padre, para que donde yo esté, ellos también estén conmigo. No puedo llegar hasta Ti, no debido a la multitud, sino a mi debilidad. Tú conoces mi corazón, sabes cuáles son mis deseos de hacer tu voluntad y hacer que otros te conozcan. Acaso me preguntarás por qué quiero llegar hasta Ti, ¿verdad? Como María, quiero verte. Date cuenta de que yo también toco a tu puerta y te llamo. Yo también quiero cenar contigo. Quiero verte. Ahora me vienen a la memoria aquellas palabras de no todo el que dice `Señor, Señor` entrará en el Reino de los Cielos, sino que hace la voluntad del Padre que está en los cielos. Mi pregunta es, ¿cuál es la voluntad del Padre? Tú una vez dijiste que tu alimento es hacer la voluntad del Padre. ¿Cuál es ese alimento? Tú mismo lo dijiste en la última cena: que te conozcan y amen a ti, Dios único y verdadero y a tu enviado, Jesucristo. Y añadiste: como el Padre los ha amado, así los he amado yo. Ámense unos otros como yo los he amado. Es decir, amarnos como el Padre nos ama. La voluntad del Padre es el amor. El alimento del Hijo es el amor. Mi único deseo será el amor. Amemos para, así, poder ver un día el rostro del Amor, Dios nuestro Padre, Cristo nuestro Hermano.

«Es sorprendente notar cómo el Evangelio está tejido de preguntas que buscan inquietar, despertar e invitar a los discípulos a ponerse en camino, para que descubran esa verdad capaz de dar y generar vida; preguntas que buscan abrir el corazón y el horizonte al encuentro de una novedad mucho más hermosa de lo que pueden imaginar. Las preguntas del Maestro siempre quieren renovar nuestra vida y la de nuestra comunidad con una alegría sin igual. Así les pasó a los primeros misioneros que se pusieron en camino y llegaron a estas tierras; escuchando la palabra del Señor, buscando responder a sus preguntas, pudieron ver que pertenecían a una familia mucho más grande que aquella que se genera por los lazos de sangre, de cultura, de región o de pertenencia a un determinado grupo. Impulsados por la fuerza del Espíritu, y cargados sus bolsos con la esperanza que nace de la buena noticia del Evangelio, se pusieron en camino para encontrar a los miembros de esa familia suya que todavía no conocían. Salieron a buscar sus rostros. Era necesario abrir el corazón a una nueva medida, capaz de superar todos los adjetivos que siempre dividen, para descubrir a tantas madres y hermanos thai que faltaban en su mesa dominical. No sólo por todo lo que podían ofrecerles sino también por todo lo que necesitaban de ellos para crecer en la fe y en la comprensión de las Escrituras.»
(Homilía de S.S. Francisco, 21 de noviembre de 2019).

Diálogo con Cristo
Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama.
Dame tu amor para amarte. Dame tu amor para amarlos. Dame tu amor para amarme.

Propósito
Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.
Tomaré un crucifijo entre mis manos, lo besaré y diré: Jesús, te quiero.

Despedida
Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a Ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.
Amén.

¡Cristo, Rey nuestro!
¡Venga tu Reino!

Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.
Ruega por nosotros.

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.