Santos brillan en la iglesia

Miércoles 14 de septiembre – Saber reconocer a Dios

H. Javier Castellanos, LC

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Cristo, Rey nuestro. ¡Venga tu Reino!

Oración preparatoria (para ponerme en presencia de Dios)

Me pongo en tus manos, Señor, para que hagas en mi vida lo que más te agrade. Habla a mi corazón en esta oración, indícame tu Voluntad para este día. Ayúdame a conocerte más para que crezca mi amor a Ti, y dame tu gracia para poder ser fiel a lo que Tú me pides. Amén.

Evangelio del día (para orientar tu meditación)

Del santo Evangelio según san Lucas 7, 31-35
En aquel tiempo, Jesús dijo: «¿Con quién compararé a los hombres de esta generación? ¿A quién se parecen? Se parecen a esos niños que se sientan a jugar en la plaza y se gritan los unos a los otros:

“Tocamos la flauta y no han bailado, cantamos canciones tristes y no han llorado”.

Porque vino Juan el Bautista, que ni comía pan ni bebía vino, y ustedes dijeron: “Ése está endemoniado”. Y viene el Hijo del hombre, que come y bebe, y dicen: “Este hombre es un glotón y un bebedor, amigo de publicanos y pecadores”. Pero sólo aquellos que tienen la sabiduría de Dios, son quienes lo reconocen».
Palabra del Señor.

Medita lo que Dios te dice en el Evangelio.

Existe un número enorme de santos en la Iglesia. La misma fe que nos une a todos, luego se expresa en cada hombre y mujer de un modo diverso. Es interesante aprender cómo unos santos murieron jóvenes, como el niño Domingo Savio, mientras que otros llegaron a edades muy avanzadas, como san Juan Evangelista. Hay santos también que lo dejan todo y siguen a Cristo en pobreza y virginidad, como santa Clara o san Francisco de Asís; otros, en cambio, destacan por su santidad en medio del mundo, al frente de una casa y una familia, como la reina santa Isabel de Hungría. Y es que Cristo no nos pide ser todos iguales, como fotocopias unos de otros. Más bien, Él ha puesto en cada alma un tesoro único e irrepetible, que brilla de manera particular en el gran mosaico de la Iglesia.
Más aún, en la vida de cada cristiano hay cambios de actitud y ritmos diversos. Hay momentos en nuestra vida que nos invitan a bailar y celebrar. Después llega una etapa diversa, cuando es más adecuado llorar y sobrellevar el dolor con paciencia. Dios, cuando se hizo hombre, quiso entrar en todos los rincones de lo que significa ser humano. Su gracia es como esa flauta que suena en los tiempos alegres, e incluso esa melodía para los tiempos tristes, pero que por ser melodía consuela el corazón con esperanza.
Es imposible vivir todos los días y todas las situaciones con una sonrisa en la cara. Lo que sí es posible es vivir con los ojos siempre orientados a Cristo. A veces habrá momentos de tristeza, cuando tenemos que abrir el corazón para la gracia que está por venir; luego llegarán los momentos de festejo por el Señor que ha llegado entre nosotros. En un tiempo o en otro, lo que da el sentido profundo es reconocer a Dios Providente detrás de todo.
¿Qué tipo de «música» espiritual nos pide Cristo? ¿En qué tiempo nos encontramos nosotros, cada uno? A veces es difícil saber qué nos pide Dios en nuestra vida, o en el momento particular que vivimos. Por eso es necesario pedir constantemente y con fe su Sabiduría. Durante esta oración, en lo profundo del corazón, pidámosle al Señor que nos ayude a reconocer su voz.

«Recordemos también a todos los santos y santas –famosos o anónimos–, que se han dejado «partir» a sí mismos, sus propias vidas, para «alimentar a los hermanos». Cuántas madres, cuántos papás, junto con el pan de cada día, cortado en la mesa de casa, se parten el pecho para criar a sus hijos, y criarlos bien. Cuántos cristianos, en cuanto a ciudadanos responsables, se han desvivido para defender la dignidad de todos, especialmente de los más pobres, marginados y discriminados. ¿Dónde encuentran la fuerza para hacer todo esto? Precisamente en la Eucaristía: en el poder del amor del Señor resucitado.»
(Homilía de S.S. Francisco, 26 de mayo de 2016).

Diálogo con Cristo

Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama.

Propósito

Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.
Rezar un misterio del rosario, contemplando la docilidad de María a la voluntad de Dios y pidiéndole esta gracia para mi vida.

Despedida

Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a Ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.

Amén.

¡Cristo, Rey nuestro!

¡Venga tu Reino!

Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.

Ruega por nosotros.

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.