El tesoro del Reino de los cielos.

Miércoles 27 de julio – El tesoro del Reino de los cielos.

H. Cristian Gutiérrez, LC
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Cristo, Rey nuestro. ¡Venga tu Reino!

Oración preparatoria (para ponerme en presencia de Dios)

Jesús, sé que me escuchas, que me ves y que me hablas. Sé que quieres estar conmigo. Me presento ante Ti con lo bueno y lo malo que tengo, porque sé que Tú me amas más allá de mis cualidades y debilidades. Creo que eres un Dios cercano a sus hijos; confío que eres fiel a tus promesas y espero en tu misericordia. Abre mi corazón para escuchar tu voz y acoger tu voluntad. Quiero, Señor, realizar el plan que tienes para mi vida y ayudar a los demás a vivir siempre cerca de Ti.

Evangelio del día (para orientar tu meditación)

Del santo Evangelio según san Mateo 13, 44-46

En aquel tiempo, Jesús dijo a la multitud: «El Reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en un campo. El que lo encuentra lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va y vende cuanto tiene y compra aquel campo.

El Reino de los cielos se parece también a un comerciante en perlas finas que, al encontrar una perla muy valiosa, va y vende cuanto tiene y la compra».
Palabra del Señor.

Medita lo que Dios te dice en el Evangelio.

Éste es un pasaje con muchas acciones: encontrar, esconder, alegrarse, ir, vender, comprar. Esto me hace reflexionar en que la conquista del Reino de los cielos no es pasiva. Conquistar tu Reino implica acción, movimiento, arrojo. Implica salir de mí mismo y trabajar. Tal vez esto fue lo primero que quisiste resaltar de tu Reino: es un Reino para los que luchan por obtenerlo. Claro que siempre con tu ayuda. Al fin y al cabo, ¿qué puedo hacer sin Ti?

Tú me has dado una vocación. La guardaste en mi alma a la espera de que yo la encontrara algún día. Ésta es la perla, el tesoro que me invitas a encontrar y valorar. No hace falta buscarlo en otros sitios, está dentro de mí. Dame la gracia, Señor, de encontrar este tesoro en mi alma y aprovecharlo.

También podría pensar que el tesoro y la perla eres Tú mismo. Tú siempre estás en mí y sólo me hace falta tomar un poco de conciencia para hallarte en mi interior. Para ser feliz se necesitan dos cosas: encontrar el Tesoro y renunciar a todo lo que impida conseguirlo. Aquellos hombres encontraron la perla o el tesoro. Permíteme, Señor, valorarte como debo. Tú eres mi tesoro.

El comerciante o el hombre que halla el tesoro vende TODO lo que tiene para adquirir aquel objeto. En el pasaje me dices que aquel hombre «lleno de alegría» vendió cuanto tenía para obtener el campo. ¡Vendió todo! ¡Todo! Pero no lo vendió en vano porque ya había encontrado la perla de su vida. Tampoco vendió todo con tristeza o desánimo porque sabía que ese tesoro o esa perla valían muchísimo más que todo lo que poseía hasta ahora.

Dame la gracia, Señor, de valorar tu amistad y tu presencia en mi alma. Sólo así seré capaz de ponerte en el primer lugar de mi vida. Ayúdame a hacer una experiencia profunda de Ti y de tu amor, para que no te cambie por ningún otro corto, falso o efímero placer.

Homilía de S.S. Francisco, 1 de noviembre del 2015.

«Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos». Podemos preguntarnos, ¿cómo puede ser feliz una persona pobre de corazón, cuyo único tesoro es el reino de los cielos? La razón es precisamente ésta: que al tener el corazón despojado y libre de muchas cosas mundanas, esta persona es “esperada” en el reino de los cielos.»

Diálogo con Cristo

Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama.

Propósito

Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.
Haré una comunión espiritual y te agradeceré tu presencia y compañía permanente en mi interior.

Despedida

Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a Ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.

Amén.

¡Cristo, Rey nuestro!

¡Venga tu Reino!

Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.

Ruega por nosotros.

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.