Cristo nos quiere escuchar

Miércoles 9 de diciembre de 2020 – Abre tu corazón a un Corazón que te entiende.

San Juan Diego

H. Francisco J. Posada, L.C.

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Cristo, Rey nuestro. ¡Venga tu Reino!

 

Oración preparatoria (para ponerme en presencia de Dios)

Señor, tú sabes mejor que nadie lo que traigo dentro ahora mismo, todas mis preocupaciones y alegrías. Te pido que creo firmemente que eres alguien real en mi vida y puedas sentirte cercano porque Tú solo quieres lo mejor para mí. Te pido que me dejes ver tu rostro en mi vida porque eso me basta. Concédeme el don de ver en todo lo que hago, aunque sea difícil la alegría de hacer tu voluntad.

 

Evangelio del día (para orientar tu meditación)

Del santo Evangelio según san Mateo 11, 28-30

En aquel tiempo, Jesús dijo: “Vengan a mí, todos los que están fatigados y agobiados por la carga, y yo les daré alivio. Tomen mi yugo sobre ustedes y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontrarán descanso, porque mi yugo es suave y mi carga, ligera”.

Palabra del Señor.

 

Medita lo que Dios te dice en el Evangelio

En nuestro seminario en Cheshire, Estados Unidos hay una estatua del Sagrado Corazón con estas palabras del Evangelio de Mateo. Por mucho tiempo fue una frase que sabía que era importante, pero nunca tuvo un significado más profundo. Un día en medio del invierno todo el paisaje cubierto de nieve me dije «¡Qué cansancio con toda esta nieve! Bonita sí, pero ya es demasiado.» Mirar a Cristo y contarle toda la situación por la que estamos pasando siempre es una experiencia renovadora. Se da en un momento y lugar concreto al que podemos regresar con nuestra memoria.

En primer lugar, Cristo nos quiere escuchar. Tiene un corazón abierto que nos acoge y espera que acudamos a Él. En segundo momento nos da el consuelo que necesitamos. Después de entrar en contacto con Dios nada será igual porque Él nos dará lo que necesitamos en ese momento. En tercer lugar, nuestro encuentro con Él no se queda solo ahí, sino que nos invita a ayudarle así es como pasamos de estar necesitados a ayudantes de Dios y de los demás. Este es el ejemplo de Dios que nos sale al encuentro como humanidad y nos muestra el camino de regreso al Padre sin importar lo que cueste.

Es un gran misterio porque aunque sea algo difícil es una dulce experiencia ya que en el fondo es algo que anhela nuestro corazón y quién más para llenar nuestro deseos que el Corazón de Dios. Escuchemos las palabras de Dios y esforcémonos en ponerlas en práctica.

 

«Hermanos y hermanas ¡la mansedumbre! La mansedumbre es característica de Jesús, que dice de sí mismo: “Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón”. Mansos son aquellos que tienen dominio de sí, que dejan sitio al otro, que lo escuchan y lo respetan en su forma de vivir, en sus necesidades y en sus demandas. No pretenden someterlo ni menospreciarlo, no quieren sobresalir y dominarlo todo, ni imponer sus ideas e intereses en detrimento de los demás. Estas personas, que la mentalidad mundana no aprecia, son en cambio preciosas a los ojos de Dios, que les da en herencia la tierra prometida, es decir, la vida eterna. También esta bienaventuranza comienza aquí abajo y se cumplirá en el Cielo, en Cristo. La mansedumbre. En este momento de la vida, también mundial, donde hay tanta agresividad…Y también en la vida cotidiana, lo primero que sale de nosotros es la agresión, la defensa. Necesitamos mansedumbre para avanzar en el camino de la santidad. Escuchar, respetar, no agredir: mansedumbre.»

(Ángelus de S.S. Francisco, 1 de noviembre de 2020).

 

Diálogo con Cristo

Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama.

 

Propósito

Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.

Tomar cinco minutos (o más) para contarle a Dios una dificultad por la que esté pasando ahora.

Despedida

Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a Ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.

Amén.

 

¡Cristo, Rey nuestro!

¡Venga tu Reino!

 

Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.

Ruega por nosotros.

 

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.