Sábado 28 de mayo - No hay peor ciego que el que no quiere ver.

Sábado 28 de mayo – No hay peor ciego que el que no quiere ver.

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Cristo, Rey nuestro. ¡Venga tu Reino!

Oración preparatoria (para ponerme en presencia de Dios)

(del Papa Clemente XI, extracto)

“Creo en Ti, Señor, pero ayúdame a creer con más firmeza; espero en Ti, pero ayúdame a esperar con más confianza; te amo, Señor, pero ayúdame a amarte más ardientemente; estoy arrepentido, pero ayúdame a tener mayor dolor.

Te adoro, Señor, porque eres mi creador y te anhelo porque eres mi último fin; te alabo porque no te cansas de hacerme el bien y me refugio en Ti, porque eres mi protector.
Que tu sabiduría, Señor, me dirija y tu justicia me reprima; que tu misericordia me consuele y tu poder me defienda.” Amén

Evangelio del día (para orientar tu meditación)

Del santo Evangelio según san Marcos 11, 27-33

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos llegaron de nuevo a Jerusalén, y mientras Jesús caminaba por el templo, se le acercaron los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos, y le preguntaron: “¿Con qué autoridad haces todo esto? ¿Quién te ha dado autoridad para actuar así?”.

Jesús les respondió: “Les voy a hacer una pregunta. Si me la contestan, yo les diré con qué autoridad hago todo esto. El bautismo de Juan, ¿era cosa de Dios o de los hombres? Contéstenme”.

Ellos se pusieron a razonar entre sí: “Si le decimos que de Dios, nos dirá: ‘Entonces ¿por qué no le creyeron?, y si le decimos que de los hombres”. Pero, como le tenían miedo a la multitud, pues todos consideraban a Juan como verdadero profeta, le respondieron a Jesús: “No lo sabemos”. Entonces Jesús les replicó: “Pues tampoco yo les diré con qué autoridad hago todo esto”.

Palabra del Señor.

Medita lo que Dios te dice en el Evangelio.

El pasaje de hoy tiene un tono triste, casi desesperanzador. No hay peor ciego que el que no quiere ver, y vemos cómo los enemigos de Cristo cierran sus ojos con tanto empeño. Han visto milagros, sí, y han oído el mensaje de salvación, pero viven cerrados en sí mismos. El corazón humano sólo se puede abrir desde dentro.

Tú deseas llenar mi alma con tu gracia y tu amor, Señor. Ardes en ilusión de darme la felicidad eterna. Pero depende de mí el abrirte mi corazón. Nos has dado este poder tan grande, esta responsabilidad tan seria, esta llave que es nuestra libertad. Y a pesar de que muchas veces no la he usado bien, o la he tenido olvidada en el polvo, hoy te quiero dar esta llave. Hoy te quiero abrir mi corazón, para que lo orientes hacia Ti, para que lo liberes de estas cadenas que son mi egoísmo y mi orgullo.

Y cuenta conmigo para tocar otros corazones en tu nombre. ¡Ojalá todo el mundo se abriera a la lluvia fecunda de tu amor! Entonces el Reino de Cristo habrá llegado a su plenitud. Muchas veces nos detiene el miedo y la falta de fe. Por eso, Señor, hazme un signo ante el mundo: que mi vida demuestre a todos que vale la pena confiar en Ti, abrirse a Ti, darte nuestro amor.

 

«También recordamos que cada uno de nosotros conoce en qué medida, tantas veces estamos ciegos de la luz linda de la fe, no por no tener a mano el evangelio sino por exceso de teologías complicadas. Sentimos que nuestra alma anda sedienta de espiritualidad, pero no por falta de Agua Viva —que bebemos sólo en sorbos—, sino por exceso de espiritualidades “gaseosas”, de espiritualidades light.»

(Homilía de S.S. Francisco, 24 de marzo de 2016). 

Diálogo con Cristo

Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama. 

Propósito

Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.

Hoy voy a promover a mi alrededor la buenas conversaciones, evitando la crítica y la discusión innecesaria, y alabando el bien de los demás.

Despedida

Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a Ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.

Amén.

¡Cristo, Rey nuestro!

¡Venga tu Reino!

Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.

Ruega por nosotros.

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.