Pentecostés: cubeta de agua fría que nos despierta de la mediocridad

Pentecostés: cubeta de agua fría que nos despierta de la mediocridad

En cada Pentecostés hay una verdad que no se menciona, una verdad que ya la sostenía Chesterton: la mediocridad consiste en estar delante de la grandeza y no darse cuenta. Hay una mediocridad más o menos latente en cada uno de nosotros con relación al Espíritu Santo, porque puede ser que a menudo lo tenemos muy arrinconado en nuestra vida diaria.

¿Quién no ha leído o por lo menos no ha escuchado el clásico libro de Antonio Royo Marín titulado «El gran desconocido?». En el fondo, el Espíritu Santo es el gran desconocido porque es uno que vive dentro de casa, es uno de todos los días. Esa Persona Divina que siempre está ahí dentro de nosotros por la gracia del Bautismo. Precisamente por ser de casa ya no nos asombra, es uno más- como lo son los seres queridos que tenemos dentro de casa o los amigos a quienes vemos a menudo-. Ahí está ese gran desconocido que poco caso le hacemos. ¡Ay, nada más triste que un cristiano mediocre!

Pentecostés siempre es una cubeta de agua fría sobre nuestro mediocre corazón para que nos despertemos ante ese Espíritu de Dios que siempre está presente en la historia del mundo y de cada hombre desde aquel aletear de su amor sobre las aguas del Génesis (Cfr. Gn 1, 2). Ese Espíritu es puro Amor entre el Padre y el Hijo y nunca se ha cansado de ser uno de casa, uno que está muy cercano. María lo experimentó en la Anunciación (Cfr. Lc 1,35) y allí se dio el Pentecostés de la Madre del Hijo de Dios. Es el Espíritu que empuja a Cristo al desierto (Cfr. Mt 4, 1; Mc 1,12; Lc 4,1). En el bautizo de Cristo baja el Espíritu en forma de una paloma (Cfr. Mt 3,16; Mc 1, 10; Lc 3, 22). Pentecostés es la bomba atómica del amor de Dios que explota en los corazones de los apóstoles y los empuja a evangelizar por todo el mundo (Cfr. Hch 2, 1-11). Cómo no reconocer que cada uno de nosotros también tenemos en algún momento de la vida nuestro Pentecostés personal. Hace unos días se cumplieron 500 años que San Ignacio de Loyola sufrió aquel cañonazo de Pamplona. ¡Bendito cañón del Espíritu Santo que provocó su conversión y regaló a la Iglesia un gigante de la fe!

El Espíritu Santo siempre actúa así. Parece el tímido que está dentro de casa y nadie le hace caso, pero actúa con mucha fuerza y trastoca cualquier vida, cualquier situación humana. A fin de cuentas, como a San Ignacio de Loyola, es ese gran desconocido que nos hace reconocer- en palabras de San Gregorio Magno- que la santidad consiste en arder por las cosas del cielo (Cfr. Gregorio Magno, In Evang 24, 6).

Si por un lado el Espíritu Santo orienta nuestra mirada al cielo, por otro nos enseña a hablar el idioma del amor, porque es Él que ha querido aprender el idioma de nuestra carne. No podemos percibir la presencia del Espíritu Santo fuera de la carne del Verbo de Dios, Cristo; fuera de la Iglesia, su Cuerpo Místico; sin los sacramentos como presencia eficaz de su amor en el mundo. Sólo Él es capaz de comprender el idioma de la persona amada. Nos ama inmensamente, aunque estando dentro de nosotros, solemos tratarle como uno que está dentro de casa y le hacemos poco caso. ¡Sólo el amor puede aprender el idioma del que ama! Si no basta platicar con un enamorado. Por eso, ¡sólo el corazón lleno de asombro y de fe puede entender el idioma de Dios que es Amor y se nos da en Pentecostés con el Espíritu Santo!

Sólo Pentecostés nos puede despertar de nuestra mediocridad con la gracia del Amor que nos da ese mismo Espíritu que es fuego, que es soplo, que es agua, que es fuerza, alegría y paz. Sin embargo, no nos sintamos culpables de una mediocridad latente que quizás ha oxidado el corazón. La tentación de la mediocridad frente al Espíritu Santo no es cosa de hoy, es de ayer. Basta echar un vistazo a la historia de la Iglesia. El Emperador Teodosio I tuvo que reunir en Constantinopla a 185 obispos orientales y occidentales en aquel lejano 381 porque había cerca de 36 obispos que decían que el Espíritu Santo no era Dios. ¡Vaya, eran obispos que lo afirmaban!

Así que desde aquel entonces la mediocridad de algunos frente al don maravilloso de Dios Espíritu Santo era evidente. Aquel Concilio puso remedio a esa mediocridad y a aquellos que desafortunadamente remaban contra el viento de ese Espíritu Santo los declaró herejes y a nosotros nos regaló una hermosa profesión de fe: que el Espíritu Santo es Dios, que procede del Padre y del Hijo y con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria. ¡Así que ese gran desconocido, ese uno más de casa que esté dentro de nosotros es alguien muy importante, tan antiguo y tan nuevo que en su acción lo novedoso y lo perenne se entrelazan!

Si tenemos la gracia de arrojar lejos la mediocridad frente al Espíritu Santo, percibiremos que hay dos signos que comprueban ese paso de la mediocridad a la confianza total en Él. San Pablo ofrece dos remedios del Espíritu de Dios para pasar de la mediocridad al amor: uno es que quien reconoce que Jesús es el Señor lo hace movido por el Espíritu Santo; y el otro es que quien escucha al Espíritu Santo siempre privilegiará la unidad, es decir se reconocerá miembro de un solo Cuerpo, que es Cristo y su Iglesia (Cfr. 1 Cor 12, 3b-7. 12-13). Fuera del Espíritu Santo no hay unidad, hay conflicto, hay discordia, hay riñas ideológicas que dañan muchos corazones e hieren la unidad de la Iglesia de Cristo.

¡Cuánto tenemos que orar al Espíritu Santo para que nos dé la gracia de la unidad, que no significa pensar todos de modo uniforme, sino amarnos en la diversidad, superando los posibles conflictos que puedan existir en cualquier convivencia humana y cristiana! ¡Recordemos que la antítesis de Babel es Pentecostés, la antítesis de las rebeldías humanas es la dulce presencia de ese Espíritu que irrumpe en Pentecostés! Quien ama a Cristo, escucha al Espíritu Santo, y sólo en Él puede confesar amarlo, adorarlo y considerarlo como huésped íntimo del alma.

Si queremos atender mejor a ese «gran desconocido» que está dentro de nuestra alma y superar nuestra mediocridad frente a su presencia, pidamos la gracia de la humildad para orar y vivir siempre dentro de su amor y la gracia de la unidad que supera el conflicto. Con el corazón de San Agustín podemos sintetizar sin titubeos esa cubeta de agua fría del Espíritu Santo que nos despierta de la mediocridad señalada acertadamente al inicio por Chesterton: «Si queréis vivir del Espíritu Santo, conservad la caridad, amad la verdad, desead la unidad y así llegaréis a la eternidad» (San Agustín, Discurso 267, in: Padovese, Sermoni per i tempi liturgici, cit. 451).

Por Celso Júlio da Silva, LC