alegría sígueme

Sábado 9 de marzo de 2019. – ¿Cómo es mi reacción al llamado de Dios?

H. Jose Torres, L.C.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Cristo, Rey nuestro. ¡Venga tu Reino!

Oración preparatoria (para ponerme en presencia de Dios)
Señor, que pueda sentir tu misericordia en mi corazón.

Evangelio del día (para orientar tu meditación)
Del santo Evangelio según san Lucas 5, 27-32
En aquel tiempo, vio Jesús a un publicano, llamado Leví (Mateo), sentado en su despacho de recaudador de impuestos, y le dijo: “Sígueme”. Él, dejándolo todo, se levantó y los siguió.
Leví ofreció en su casa un gran banquete en honor de Jesús, y estaban a la mesa, con ellos, un gran número de publicanos y otras personas. Los fariseos y los escribas criticaban por eso a los discípulos diciéndoles: “¿Por qué comen y beben con publicanos y pecadores?” Jesús les respondió: “No son los sanos los que necesitan al médico, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores, para que se conviertan”.
Palabra del Señor.

Medita lo que Dios te dice en el Evangelio

«Sígueme», ésas son las primeras palabras que Jesús, le dijo a Leví, y ésas son las palabras que nos dice a diario a cada uno de nosotroseeeeeeeeeeeeeeeeeee

«Dejándolo todo, se levantó y lo siguió», es así como se debe reaccionar al llamado de Cristo. Pero para eso es necesario un verdadero deseo de entrega, de confianza en su providencia divina dejando todo en sus manos. Ésa es la actitud que debemos tener cuando, en la Santa Misa, en el momento del ofertorio, ponemos todo nuestro corazón y todo lo que somos, en manos de Dios, y decimos en lo más profundo de nuestro corazón, allí donde hablamos con Dios a solas, «Señor te doy todo, mira que no valgo nada, pero sé que esto poco que soy, te es agradable». Con confianza de niños, dejemos que Él inunde nuestros corazones de su amor y misericordia; seamos dóciles en su llamada.

«No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores a que se conviertan.» Es así como nos tenemos que considerar cada día, cuando nos acercamos a la Eucaristía, y mucho más cuando nos acercamos a la confesión. Es allí donde la santa Madre Iglesia nos ofrece esos remedios indispensables y eficaces para nuestra alma; es allí donde vamos a encontrar la misericordia, el amor que cura nuestras heridas. Lo más importante aquí es saberse necesitado de esa misericordia, saberse realmente pecador, para que Dios, con su gracia infinita, pueda curarnos y llenarnos de su amor que salva y cura.

Pidamos a María santísima, ella que es auxilio de los cristianos, que sepamos acudir a estos sacramentos con un corazón dispuesto a dejarse curar y transformar por su Hijo, así como lo hizo ella frente al ángel: «Hágase en mí según tu palabra».

«El llamado de Dios no es una carga pesada que nos roba la alegría, ¿es pesada? A veces sí, pero no nos roba la alegría. A través de ese peso también nos da la alegría. Dios no nos quiere sumidos en la tristeza —uno de los malos espíritus que se apoderaban del alma y que ya lo denunciaban los monjes del desierto—; Dios no nos quiere sumidos en el cansancio que viene de las actividades mal vividas, sin una espiritualidad que haga feliz nuestra vida y aun nuestras fatigas. Nuestra alegría contagiosa tiene que ser el primer testimonio de la cercanía y del amor de Dios. Somos verdaderos dispensadores de la gracia de Dios cuando trasparentamos la alegría del encuentro con Él.»
(Homilía de S.S. Francisco, 9 de septiembre de 2017).

Diálogo con Cristo
Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama.

Propósito
Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.
Hoy voy a rezar algunas jaculatorias en acción de gracias por todo lo que Dios me da.

Despedida
Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a Ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.
Amén.

¡Cristo, Rey nuestro!
¡Venga tu Reino!

Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.
Ruega por nosotros.

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.