Santos anónimos: Un programa de vida (Mt 5,1-12)

Evangelio: Mt 5,1-12
Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los sufridos, porque ellos heredarán la tierra. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos obtendrán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos se llamarán hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos. Alégrense porque su premio será grande en los cielos.

Fruto: Renovar mi compromiso bautismal de vivir la santidad.

Pautas para la reflexión:
El contenido principal del Evangelio de hoy es el de renovar nuestro deseo y nuestro compromiso de ser santos bajo una guía que el mismo Jesús nos da: las Bienaventuranzas.

1. La innumerable multitud de los santos.
Leemos en el libro del Apocalipsis que detrás del Cordero (de Cristo) iba una multitud innumerable, que nadie podía contar; los que habían lavado sus vestidos en la sangre del Cordero. Esta imagen simbólica representa la multitud de almas que han alcanzado el cielo, que han respondido con su fidelidad a la redención que Cristo les ofrecía. Y todos estos, todo aquel que llega al cielo, es un santo. Son los santos «anónimos», de los que ni siquiera conocemos el nombre: la mujer que ha vivido entregada a su familia, desgastándose por sus hijos, el hijo obediente a sus padres, el trabajador sencillo, honrado y coherente, el empresario que ama a sus trabajadores y se preocupa por ellos… Una multitud anónima de personas que han vivido haciendo el bien, en muchos casos sin apenas ser conocidas. Personas santas, que han santificado a cuantos les rodeaban.

2. ¿Qué es la santidad?
Todas estas personas, ¿por qué son santas? La respuesta es sencilla: han cumplido su deber, han amado a Dios y al prójimo, cumpliendo los dos principales mandamientos: «Amar a Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas, con todo tu cuerpo, y amar al prójimo como Cristo le ama». Esa es la santidad, y a eso estamos llamados todos los cristianos. Santo no es aquel que se pasa horas de rodillas en una Iglesia, con los ojos casi en blanco y que luego sale a la calle criticando a diestra y siniestra; santo es, simplemente, el que ama a Dios y al prójimo en la oración y en el día a día.

3. Mi llamada a la santidad.
El día de nuestro bautismo, nuestros padres y padrinos, en nombre nuestro, prometieron a Dios el esfuerzo por amarle en nuestra vida, renunciando a las falsas seducciones del demonio. Pero con el paso del tiempo, solemos olvidar lo que prometimos a Dios. Nos pasa como al niño pequeño, que promete a su mamá portarse bien, y a los cinco minutos ya ha hecho otra travesura. Pero Dios nos conoce, sabe que somos débiles, que la inercia del día, el cansancio nos hacen olvidar nuestro propósito de amarle sobre todas las cosas. Él quiere que, conociendo nuestra debilidad, caminemos día a día por acercarnos más a Él. Sabe que va a haber caídas, fallos, debilidades, pero lo principal es levantarse. En las Bienaventuranzas nos da todo un programa de vida para vivir la santidad.

Propósito: Renovaré mi deseo de vivir en santidad, viviendo la máxima de la caridad en mi familia.